El Papa Francisco: celoso cuidador de la Casa Común

Tiempo atrás escribimos que el Papa Francisco por causa del patrono que le inspiró el nombre – Francisco de Asís – tendría todo a su favor para ser el gran promotor de una propuesta ecológica mundial. Debía ser él, pues lamentablemente nos faltan líderes con autoridad y con palabras y gestos convincentes que despierten a la humanidad, especialmente a las élites dirigentes, ante las amenazas que afectan el destino común de la Tierra y de la Humanidad y a la responsabilidad colectiva y diferenciada de salvaguardarlo para todos.

Y este deseo se realizó plenamente con la publicación de la encíclica “Laudato si’: cuidar de la Casa Común”. Nos ofrece un texto de gran amplitud – la ecología integral – de rara belleza intelectual y espiritual, uniendo lo que era tan caro a san Francisco de Asís y también a Francisco de Roma: el comportamiento de cuidado con la hermana y madre Tierra y un amor preferencial a los condenados de la Tierra.

Esta conexión atraviesa todo el texto como un hilo conductor. No hay verdadera ecología, de ninguna expresión, sea ambiental, social, mental o integral, si no rescata a la humanidad humillada de los millones de empobrecidos de nuestra historia, aquellos en los cuales la Tierra como madre es más agredida y ofendida. El Papa Francisco aparece como celoso cuidador de la Casa Común. Se muestra extremadamente coherente con la marca registrada de la Iglesia de la liberación latinoamericana con su correspondiente teología que es la opción preferencial por los pobres, contra la pobreza y a favor de la justicia social y de su liberación. Lo opuesto a la pobreza no es la riqueza, es la injusticia de proporciones estructurales y mundiales. La forma más adecuada para enfrentar esta antirrealidad es la ecología integral que articula “tanto el grito de la Tierra como el grito del pobre” (n.49).

La ecología es más que un mero administrar los bienes y servicios escasos de la naturaleza. Representa un nuevo estilo de vivir, un arte nuevo de habitar diferentemente la Casa Común de tal forma que todos puedan caber en ella. No solamente los humanos, lo que configuraría el antropocentrismo duramente criticado por la encíclica (nn.115-121), sino todos los seres vivos e inertes, especialmente la gran comunidad de vida que sufre dura erosión de la biodiversidad por causa del predominio de la tecnocracia. Este es otro nombre para identificar al principal causante de la crisis ecológica globalizada: la furia productivista y consumista, digamos nosotros con una palabra que el Papa no usa, del capitalismo salvaje que busca acumular de forma ilimitada a costa de la devastación de la naturaleza, del empobrecimiento de las personas y del riesgo de una mega catástrofe ecológicosocial. Este sistema impone a todos un comportamiento, como enfatiza el Papa, que “parece “suicida” (n. 55).

Esta vinculación entre el Gran Pobre (la Tierra) y los pobres, como lo vieron muy pronto los teólogos de la liberación, se justifica porque vivimos tiempos de extrema urgencia: la huella ecológica de la Tierra ha sido ya sobrepasada en más del 30%. La Tierra necesita de un año y medio para reponer lo que nosotros con nuestro consumo le sustraemos durante un año.

Este dato nos plantea la cuestión de nuestra supervivencia colectiva. Tenemos que cambiar si queremos evitar el abismo. Por eso la pregunta central que la encíclica plantea es: ¿cómo debemos relacionarnos con la naturaleza y con la Madre Tierra? La respuesta es con el cuidado, la fraternidad universal, el respeto a cada ser pues posee valor intrínseco y con la aceptación de la interrelación de todos con todos.

En este particular, Francisco de Roma fue a buscar inspiración en un ejemplo vivo y no teórico, en Francisco de Asís. Explícitamente dice: ”creo que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado por todo lo que es débil y de una ecología integral vivida con alegría y autenticidad” (n.10).

Todos los biógrafos de su tiempo (Celano, San Buenaventura, citados por la encíclica) dan testimonio de “el tiernísimo afecto que nutría hacia todas las criaturas”; “les daba el dulce nombre de hermanos y hermanas de quienes adivinaba los secretos, como quien goza ya de la libertad y de la gloria de los hijos de Dios”. Liberaba pajaritos de las jaulas, cuidaba de cada animalito herido y llegaba a pedir a los jardineros que dejasen un rinconcito libre sin cultivar para que allí pudiesen crecer las malas hierbas, pues todas “ellas también anuncian al hermosísimo Padre de todos los seres”.

El Papa advierte que esto no es “romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento” (n.11). Si no usamos el lenguaje del encantamiento, de la fraternidad y de la belleza en relación con el mundo, ”nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos” (n. 11).

Aquí se transparenta otro modo-de-estar en el mundo, diferente del de la modernidad tecnocrática. En esta, el ser humano está sobre las cosas como quien las posee y domina. El modo-de-estar de Francisco es situarse junto con ellas para convivir como hermanos y hermanas en casa. Él intuyó místicamente lo que hoy sabemos por la ciencia: que todos somos portadores del mismo código genético de base; por eso nos une un lazo de consanguinidad, haciéndonos parientes, primos y hermanos y hermanas a unos de otros; de aquí la importancia de respetarnos y de amarnos mutuamente y jamás usar violencia entre nosotros y contra los demás seres, nuestros hermanos y hermanas. Este modo de ser podrá abrirnos un camino de superación de la crisis ecológica global.

Leonardo Boff, columnista del JB online y ecoteólogo

Traducción de Mª José Gavito Milano

The Magna Carta of holistc Ecology: cry of the Earth/ cry of the poor

Before engaging in commentary, is worth noting a few features of Pope Francis’ encyclical letter, Laudato sí’.

This is the first time a Pope had discussed ecology as holistic ecology (because it goes beyond the environment) in such a complete form. Great surprise: he develops the theme within a new ecological paradigm, something that no official document of the UN has yet done. He backs up his discourse with the best data from the life and Earth sciences. He reads the data properly (with sensible or cordial intelligence), because he discerns that beneath them lie human dramas and also much suffering on the part of Mother Earth. The present situation is grave, but Pope Francis always finds reasons for hope and a confidence that humans will find viable solutions. He connects with John Paul II and Benedict XVI, the Popes who preceded him, quoting them frequently. And there is something absolutely new: his text is written collegially, because it values the contributions of scores of Episcopal Conferences from around the world, from the Episcopal Conference of the United States to the those of Germany, Brazil, Patagonia-Comahue, and Paraguay. He also welcomes the contributions of other thinkers, such as the Catholics Pierre Teilhard de Chardin, Romano Guardini, Dante Alighieri, his Argentinean teacher Juan Carlos Scannone, the Protestant Paul Ricoeur and the Moslem Sufi Ali Al-Khawwas. It is addressed to all of humanity, because we all inhabit the same Common Home (a term the Pope often uses), and we all endure the same threats.

Pope Francis writes not as a Teacher and Doctor of the faith, but as a zealous Pastor who cares for the Common Home and for all the beings, not just the human ones, that inhabit her.

One aspect is worth noting, in that it reveals Pope Francis’ forma mentis (the way he organizes his thinking). It derives from the pastoral and theological experience of the Latin American churches, that in light of the documents of the Latin American Bishops (CELAM) of Medellín (1968), Puebla (1979) and Aparecida (2007), undertook an option for the poor; against poverty and for liberation.

The text and tone of the encyclical are typical of Pope Francis and the accumulated ecological culture, but I notice also that many expressions and forms of speech belong to the thinking and writings principally found in Latin America. The «Common Home», «Mother Earth», the «cry of the Earth and the cry of the poor», «caring», the «interdependence among all beings», the «poor and vulnerable», the «change of paradigm», the «human being as Earth» who feels, thinks, loves and venerates, of the «holistic ecology» and others, are recurrent themes among us.

The structure of the encyclical follows the methodology used by our churches and the theological reflection linked to the practice of liberation, now assumed and consecrated by the Pope: see, judge, act and celebrate.

The Pope starts by revealing his primary inspiration: Saint Francis of Assisi, whom he calls an «example par excellence of caring and of holistic ecology, and who gave special attention to the poorest and abandoned.» (nº 10 y 66).

And then he starts with seeing: «What is happening in our home» (17-61). The Pope says: «it is enough to view reality with sincerity to see that there is great damage to our Common Home» (61). In this section he incorporates the most reliable data related to climate change (20-22), the issue of water (27-31), the erosion of biodiversity (32-42), the deterioration of the quality of human life and degradation of social life (43-47). He denounces the extreme global inequality, that affects all aspects of life (48-52), the poor being the principal victims (48).

In this part there is a phrase that refers us to a reflection done in Latin America: «But now we cannot help but recognize that a true ecological plan always becomes a social plan that must incorporate justice into debates about the environment so as to hear the cry of the Earth as well as the cry of the poor» (49). Then he adds: «the moan of sister Earth joins the wail of the abandoned of the world» (53). This is absolutely coherent, because at the beginning he said that «we are Earth» (2; cf. Gn 2,7), very much in line with the great Indigenous Argentinean singer and poet Atahualpa Yupanqui: «the human being is Earth that walks, feels, thinks and loves».

He condemns the proposal to internationalize the Amazon because it «would only serve multinational economic interests» (38). He makes a proclamation of great ethical value: «it is a very grave inequity to obtain important benefits by forcing the rest of humanity, present and future, to bear the cost, through the extremely high level of environmental degradation» (36).

With sadness he recognizes that: «never before had we mistreated and damaged our Common Home as we have done in the last two centuries» (53). In the face of this human offensive against Mother Earth that many scientists have denounced as inaugurating a new geological era –the antrophocene– he laments the weakness of the powers of this world that, mistakenly, «think that everything can continue as it is» as an excise to «maintain their self-destructive habits» (59) with «behavior that appears suicidal» (55).

Prudently, Pope Francis recognizes the diversity of opinions (nn 60-61) and that «there is not just one unique solution» (60). Even so «it is true that the world system is unsustainable from diverse points of view because we no longer think of the consequences of human action» (61) and we get lost in the construction of means directed at unlimited accumulation at the price of ecological injustice (degradation of the ecosystems) and of social injustice (impoverishment of the populations). Humanity, simply, «has betrayed divine expectations» (61).

The urgent challenge, then, consists of «protecting our Common Home» (13); And to that end we need, quoting Pope John Paul II: «a global ecological conversion» (5); «a culture of caring that pervades the whole society» (231).

Having considered the dimension of seeing, is important now to examine the dimension of judging. Judging is addressed from two viewpoints, scientific and theological.

Let’s examine the scientific. The encyclical devotes the entire third chapter to analyzing «the human roots of the ecological crisis» (101-136). Here the Pope proposes to analyze techno-science without prejudice, acknowledging that it has brought «really valuable things to improve humanity’s quality of life» (103). But this is not the problem. Rather, it became independent, subjugating the economy, politics and nature to the accumulation of material goods (cf. 109). Techno-science begins from a mistaken assumption about the «infinite availability of the planet’s resources» (106), when we know that we have already reached the physical limits of the Earth and that a great part of its goods and services are not renewable. Techno-science has become technocracy, a true dictatorship with its iron logic of domination over everything and everyone (108).

The great illusion, now prevalent, lies in believing that with technocracy all the ecological problems can be solved. This is a misleading idea because it «implies isolating things that are always connected» (111). In reality, «all is related» (117) «all is in relationship» (120), an affirmation that runs throughout the text of the encyclical as a ritornello, for it is a key concept of the new contemporary paradigm. The great limit of technocracy lies in the fact that it «fragments knowledge and loses the meaning of the whole» (110). Worse still is «not recognizing the proper value of each being and even denying the special value of the human being» (n.118).

The intrinsic value of each being, no matter how minuscule, is permanently enshrined in the encyclical (69), as in the Earthcharter. Denying that intrinsic value denies the opportunity for «each being to communicate its message and give glory to God» (33).

The main deviation produced by technocracy is anthropocentrism. It falsely supposes that things have value only to the degree that they are useful to humans, forgetting that their existence has value in and of itself (33). If it is true that everything is related, then «we human beings are together as brothers and sisters and are united with tender affection to brother Sun, sister Moon, brother River and Mother Earth» (92). How can we strive to dominate them, and view them through the narrow scope of domination?

All the «ecological virtues» (88) are lost by the desire for power, seen as the domination of the others and of nature. We are experiencing a painful «loss of the meaning of life and the will to live together» (110). He quotes several times Italo-German theologian Romano Guardini (1885-1968), one of the most read thinkers of the mid XX century, who wrote a book critical of the pretensions of modernity (105 note 83: Das Ende der Neuzeit, The End of the Modern World, 1958).

The other type of judging is theological. The encyclical devotes much space to the «Gospel of Creation» (62-100). In part justifying the contribution of the religions and of Christianity, because since the crisis is global, each one, with its religious capital, must contribute to caring for the Earth, (62). He does not concentrate on doctrine, but on the wisdom present in the different spiritual paths. Christianity prefers to talk of creation rather than nature, because «creation has to do with a project of love from God» (76). He quotes, more than once. a beautiful text from the book of Wisdom (11,24) where it clearly appears that «the creation belongs to the order of love» (77) and that God is “the Lord who loves life” (Sab 11,26).

The text is open to an evolutionary vision of the universe, without using the term. It engages in circumlocution when referring to the universe as «composed of open systems that enter into communion, one with another» (79). He uses the principal texts that link the incarnated and resurrected Christ with the world and with all of the universe, making matter and the entire Earth sacred (83). And in this context, Pope Francis quotes Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955; nº 83 note 53), as the precursor of this cosmic vision.

A consequence of the fact that God-Trinity is a relationship of divine Persons is that all things in relationships are resonant of the divine Trinity (240).

Quoting Bartholomew I of Constantinople, Ecumenical Patriarch of the Orthodox Church, he «recognizes that sins against creation are sins against God» (7). Hence the urgency of a collective ecological conversion to restore the lost harmony.

The encyclical concludes this part with certitude: «the analysis showed the need for a change of course… we must get out of the spiral of self-destruction into which we are now sinking» (163). It is not about reform, but, quoting the Earthcharter, about searching for «a new beginning» (207). The interdependency of everything leads us to think «of a single world with a common project» (164).

Since there are multiple aspects to reality, all intimately related, Pope Francis proposes a holistic ecology that goes beyond the environmental ecology to which we are accustomed, (137). Holistic ecology covers all fields, the environment, economy, social, cultural, and daily life (147-148). The encyclical never forgets the poor whose living links of belonging and solidarity with one another are a testament to their form of human and social ecology, (149).

The third methodological step is to act. In this part, the encyclical touches the great themes of international, national and local politics (164-181). He emphasizes the interdependence of the social and educational with the ecological, and with sadness, confirms the difficulties caused by the predominance of technology, impeding the changes that could restrain the voracity of accumulation and consumption, and inaugurate a new paradigm, (141). He retakes the theme that the economy and politics must serve the common good, and create the conditions for a possible human plenitude (189-198). Again he insists on a dialogue between science and religion, as suggested by the great biologist Edward O. Wilson (cf. the book, Creation: how to save life in the Earth, 2008). All religions «must seek to care for nature and to defend the poor» (201).

Also in the aspect of acting he challenges education to create an «ecological citizenry» (211) and a new life style, based on caring, compassion, shared sobriety, an alliance between humanity and the environment, because they are inextricably linked, the joint responsibility for all that exists and lives, and for our common destiny (203-208).

Finally, the moment to celebrate. The celebration is realized in a context of «ecological conversion» (216) that implies an «ecological spirituality» (216). This spirituality derives not so much from theological doctrines as from the motivation elicited by faith to care for the Common Home and «to nourish a passion for caring for the world» (216). This experience precedes a mysticism that mobilizes people to live an ecological equilibrium, «the interior with itself, the solidarian with the others, the natural with all the living beings and the spiritual with God» (210). That «less is more» and that we can be happy with little then appears to be the truth.

In the context of celebration, «the world is something more than a problem to be resolved, it is a delightful mystery we contemplate with joyful praise» (12).

The tender and fraternal spirit of Saint Francis of Assisi runs through the entire text of the encyclical Laudato sí’. The present situation does not call for an announcement of tragedy, but a challenge, that we may care for our Common Home and for others. There is in the text a lightness, poetry and joy in the Spirit and the indestructible hope that if the threat is great, greater still is the opportunity to solve our ecological problems.

He ends poetically “Beyond the sun” with these words: «Let’s walk singing. May our struggles and concern for this planet not deprive us of the joy of hope» (244).

I would like to end with the final words of the Earthcharter that Pope Francis also quotes (207): «May our times be remembered for awaking a new reverence for life, for the firm resolution to reach sustainability, for accelerating the struggle for justice and peace, and for the joyful celebration of life».
Free translation from the Spanish by
Servicios Koinonia, http://www.servicioskoinonia.org.
Done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU..

Preservar a perspectiva singular do Papa: a ecologia integral

O Papa Francisco operou uma grande virada no discurso ecológico ao passar da ecologia ambiental para a ecologia integral. Esta inclui a ecologia político-social,  a mental,  

cultural

, a educacional, a ética e a espiritual.

Há o risco de que esta visão integral seja assimilada dentro do costumeiro discurso ambiental, não se dando conta de que todas as coisas, saberes e instâncias são interligadas. Quer dizer o aquecimento global tem a ver com a fúria industrialista, a  pobreza de boa parte da humanidade está relacionada com o modo de produção, distribuição e consumo, que a violência contra a Terra e os ecossistemas é uma deriva do paradigma de dominação que está na base de nossa civilização dominante já há quatro séculos, que o antropocentrismo é consequência da compreensão ilusória de que somos donos das coisas e que elas só gozam de sentido na medida em que estão colocadas ao nosso bel-prazer.

Ora, é essa cosmologia (conjunto de idéias, valores, projetos, sonhos e instituições) leva o Papa a dizer:”nunca temos maltratado e ofendido nossa casa comum como nos últimos dois séculos”(n.53).

Como superar essa rota perigosa? O Papa responde: ”com uma mudança de rumo” e ainda mais com a disposição de “delinear grandes percursos de diálogo que nos ajudem a sair desta espiral de autodestruição na qual estamos afundando”(n.163). Se nada fizermos podemos ir ao encontro do pior. Mas o Papa confia na capacidade criativa dos seres humanos que juntos poderão formular  o grande ideal :”um só mundo e um projeto comum”(164).

Bem diversa é a visão imperante e imperial presente na mente dos que controlam as finanças e os rumos das políticas mundiais:”um só mundo e um só império”.

Para enfrentar os múltiplos aspectos críticos de nossa situação o Papa propõe a ecologia integral. E lhe dá o correto fundamento: “Do momento que tudo está intimamente relacionado e que os atuais problemas exigem um olhar que atenda a todos os aspectos da crise mundial….proponho uma ecologia integral que compreenda claramente as dimensões humanas e sociais”(n.137).

O pressuposto teórico  se deriva da nova cosmologia, da física quântica, da nova biologia, numa palavra, do novo paradigma contemporâneo que implica a teoria da complexidade e do caos (destrutivo e generativo). Nessa visão o repetia um dos fundadores da física quântica Werner Heisenberg: “tudo tem a ver com tudo em todos os pontos e em todos os momentos; tudo é relação e nada existe fora da relação”.

Exatamente essa leitura o Papa a repete inumeráveis vezes, constituindo  o tonus firmus de suas explanações. Seguramente a mais bela e poética das formulações a encontramos no número 92 onde enfatiza: “tudo está em relação e todos nós seres humanos estamos unidos como irmãos e irmãs …com todas as criaturas que se unem conosco com terno e fraterno afeto, ao irmão sol, à irmã lua, ao irmão rio e à mãe Terra (n.92).

Essa visão existe já há quase um século. Mas nunca conseguiu se impor na política e na condução dos problemas sociais e humanos. Todos permanecemos ainda reféns do velho paradigma que isola os problemas e para cada um procura uma solução específica sem se dar conta de que essa solução pode ser maléfica para outro problema. Por exemplo, resolve-se o problema da infertilidade dos solos com nutrientes químicos que, por sua vez, entram na terra, atingem o nível freático das águas ou os aquíferos, envenenando-os.

A encíclica nos poderá servir de instrumento educativo para apropriarmo-nos desta visão inclusiva e integral. Por exemplo, como assevera a encíclica:“quando falamos de ambiente nos referimos a uma particular relação entre a natureza e a sociedade; isso nos impede de considerar a natureza como algo separado de nós….somos incluídos nela, somos parte dela”(n.139).

E continua dando exemplos convincentes:”toda análise dos problemas ambientais é inseparável da análise dos contextos  humanos, familiares, trabalhistas, urbanos e da relação de cada pessoa consigo mesma que cria um determinado modo de relações com os outros e com o ambiente”(n.141). Se tudo é relação, então a própria saúde humana depende da saúde da Terra e dos ecossistemas. Todas as instâncias se entrelaçam para o bem ou para o mal. Essa é textura da realidade, não opaca e rasa mas complexa e altamente  relacionada com tudo.

Se pensássemos nossos problemas nacionais nesse jogo de inter-retro-relação, não teríamos tantas contradições entre os ministérios e as  ações governamentais. O Papa nos sugere caminhos. Estes são certeiros e nos podem tirar da ansiedade em que nos encontramos face ao nosso futuro comum.

Teilhard de Chardin tinha razão quando nos anos 30 do século passado escrevia: “A era das nações já passou. A tarefa diante de nós agora, se não pereceremos, é construir a Terra” . Cuidando da Terra com terno e fraterno afeto no espírito de São Francisco de Assis e de Francisco de Roma, podemos  seguir “caminhando e cantando” como conclui a encíclica, cheios de esperança. Ainda teremos futuro e iremos irradiar.

Leonardo Boff é colunista do JB

Uma das inspirações para encíclica “verde”, L.Boff fala sobre futuro da “casa comum”

Encíclica do papa vai reforçar visão mais integral de ecologia, diz Leonardo Boff

Uma das inspirações para encíclica “verde”, teólogo fala sobre futuro da “casa comum”

Jornal do Brasil 21;06/2015

O teólogo e ecólogo Leonardo Boff, colunista do JB, foi uma das vozes que ajudaram a montar a encíclica do papa Francisco dedicada ao meio ambiente, divulgada nesta quinta-feira (18). Em entrevista por e-mail, ele falou sobre como seus textos e contribuições chegaram até Bergoglio, “uma das maiores lideranças mundiais, seja no campo religioso, seja no campo político”. Comentou ainda sobre a forma como o papa tem lidado com questões delicadas e também sobre as respostas de potências mundiais às ameaças a “nossa única casa comum”.

“Vejo poucos avanços porque os interesses econômicos se sobrepõem à preocupação pela salvaguarda da única casa comum que temos para morar”, diz Boff em entrevista ao JB

“Vejo poucos avanços porque os interesses econômicos se sobrepõem à preocupação pela salvaguarda da única casa comum que temos para morar. Há uma inconsciência irresponsável e culposa acerca das ameaças que pesam sobre nosso futuro. Se o que a comunidade científica mundial diz fosse ouvido, outros seriam os resultados dos encontros organizados pela ONU sobre o aquecimento global e a crescente erosão da biodiversidade”, alertou Boff. “Meu sentimento oscila entre a catástrofe e a crise”, continuou.

O Papa Francisco estabeleceu uma “relação íntima entre os pobres e a fragilidade do planeta” na encíclica Laudato Si [Louvado seja] – Sobre o cuidado da casa comum, divulgada nesta quinta-feira (18) e publicada em português pelas Edições Paulinas. Em janeiro, durante visita às Filipinas, Francisco demonstrou preocupação com a ecologia, afirmando a “necessidade de ver, com os olhos da fé, a beleza do plano de salvação de Deus, a ligação entre o ambiente natural e a dignidade da pessoa humana”.

Para Boff, “o escândalo da pobreza mundial num mundo de altíssimo consumo, a devastação dos ecossistemas e as ameaças que pesam sobre a casa comum, descuidada e maltratada” preocupam constantemente o papa Francisco.

Confira a entrevista com Leonardo Boff na íntegra:

JORNAL DO BRASIL – Como foram suas conversas com o Papa durante a elaboração da encíclica? Houve um encontro pessoalmente?

Leonardo Boff – É com certo constrangimento que respondo às perguntas desta entrevista, para não dar a impressão de uma importância de minha parte que não tenho. Se me perguntarem: você ajudou o Papa a escrever a encíclica?  Devo dizer: não. Apenas ofereci tijolos com os quais, se ele quisesse, poderia construir alguma coisa. Nunca tive um encontro pessoal com o Papa Francisco, somente indireto. Primeiramente através de uma amiga comum, Clélia Luro, para a qual ele telefonava de Roma todos os domingos por volta das 10h.

Através dela ele mandava os recados a mim e me fazia as solicitações de textos. Primeiramente, me pediu um texto que o ex-Presidente da Assembléia da ONU (gestão 2008-2009), Miguel d’Escoto, e eu havíamos elaborado para ser o marco teórico da nova ONU que está sendo excogitada: “Declaración Universal del Bien Común de la Madre Tierra y de la Humanidad”. O texto é urdido dentro do novo paradigma segundo o qual todas as coisas são interconectadas, formando um incomensurável sistema em evolução. Neste texto usávamos muito o termo “casa comum” para referir-nos à Terra.

Depois, quando o Papa esteve no Brasil novamente, por intermédia de uma pessoa, Dom Demétrio Valentini, bispo de Jales-SP, mandei entregar o livro que havia escrito em função de sua vinda ao Brasil: “Francisco de Assis – Francisco de Roma: uma nova primavera para Igreja”(Editora Mar de Ideias, Rio). Além disso, pedi para entregar em espanhol “Francisco de Assis: ternura e vigor” (Vozes), no qual abordava largamente a questão ecológica, pois ele o havia solicitado pela Clélia Luro. Junto mandei em espanhol a “Carta da Terra”, com recomendações minhas para que a utilizasse, pois me parecia o mais importante documento sobre ecologia no início do século XXI, fruto de uma vasta consulta de mais de duzentas mil pessoas de todas as orientações, sob a direção de Michail Gorbachev; eu havia participado da redação e havia conseguido incluir o tema do cuidado, “o laço de parentesco com toda a vida” e a espiritualidade.

Escrevi ao Papa que a Carta da Terra afirmava a interdependência entre todos os seres e o valor intrínseco de cada um, contra o antropocentrismo tradicional. Outra vez enviei através do bispo de Altamira no Xingu, Dom Erwin Kräutler, que havia em 2014 ganhado o prêmio Nobel alternativo da Paz pelo Parlamento sueco e que passando por Roma o Papa o convidou para redigir algo sobre a Amazônia. Por ele mandei em espanhol o meu livro mais completo sobre ecologia, “Ecologia: grito da Terra-grito dos pobres” (Trotta), expressão assumida pela encíclica. Enviei o outro igualmente em espanhol “Cuidar la Tierra: hacia una ética universal”, publicado no México (Dabar).

O principal foi um livreto com um DVD sobre as quatro ecologias, com belíssimas imagens onde abordo também a ecologia integral. Outros materiais foram enviados ao embaixador argentino na Santa, Sé Eduardo Valdés, amigo de Bergoglio, pois enviando diretamente ao Vaticano nunca se tem a certeza de que as coisas  cheguem às mãos do Papa. Através dele enviei um livro que considerava importante “Proteger la Tierra – cuidar la vida: como evitar el fin del mundo” (Dabar Mexico).

Através do mesmo embaixador enviei vários artigos em espanhol sobre questões ecológicas que saem no JB Online, onde colaboro já há vários anos. Lembro-me que escrevi num bilhete para ser entregue ao Papa, no qual havia uma citação da Carta da Terra que achava que devia constar na encíclica, como de fato consta no número 207: “Como nunca antes na história o destino comum nos obriga a buscar um novo começo… que nossa época possa ser lembrada pelo despertar de uma nova reverência face à vida, pelo compromisso firme de alcançar a sustentabilidade, pela intensificação da luta pela justiça e pela paz e pela alegre celebração da vida” (palavras finais da Carta da Terra).

Nem eu nem o embaixador recebemos qualquer retorno. Qual não foi a surpresa do embaixador Eduardo Valdes quando, no dia anterior à publicação da encíclica, isto é, no dia 17 de junho, o Monsenhor Fernandez do Vaticano se comunicou com ele para lhe agradecer todos os materiais meus que ele havia encaminhado ao Papa Francisco. Para terminar: fiz o que o Papa Francisco me pedia, sem qualquer pretensão de influenciá-lo. A encíclica é dele e ele é seu autor. Comumente, o Papa trabalha com um corpo de peritos que o servem e com outros especialistas convidados. O que posso dizer é que sinto ressonâncias de meus pensamentos e  modos de dizer na encíclica que não são apenas meus, mas de quantos trabalham a partir do novo paradigma de uma ecologia integral. Mas fui apenas um simples servo, como se diz no Evangelho.

O que o senhor poderia dizer a respeito dele e da forma como está conduzindo questões delicadas na Igreja?

Considero o Papa Francisco uma das maiores lideranças mundiais, seja no campo religioso seja no campo político. No campo religioso, usou da ternura de São Francisco para tratar as pessoas, particularmente os mais pobres. Mas tratou com a firmeza de um jesuíta aqueles que macularam a imagem da Igreja cristã com abusos sexuais e crimes financeiros. Neste ponto, ele foi duro e agiu como um médico. Limpou o Vaticano e talvez tenha muito que limpar ainda.

O fato mais visível é que ele trouxe uma primavera à Igreja depois de tempos de volta à grande e velha disciplina. Os cristãos sentem a Igreja como um lar espiritual e não como um pesadelo a ser suportado com desalento. Politicamente ele tem promovido o diálogo entre os povos, aproximado Cuba aos Estados Unidos e vice-versa e pregado insistentemente o encontro como forma de superar preconceitos e fundamentalismos e criar espaço para a paz. E o faz com tanta doçura e convicção que dificilmente alguém deixa de dar-lhe atenção.

O escândalo da pobreza mundial num mundo de altíssimo consumo, a devastação dos ecossistemas e as ameaças que pesam sobre a casa comum, descuidada e maltratada, o preocupam constantemente, pois pressente situações de traços apocalípticos, se nada de sério fizermos para conter o aquecimento global. Creio que a encíclica irá reforçar uma visão mais ampla, sistêmica, integral de ecologia, inserindo especialmente a questão social, mental e profunda. Espero que a discussão agora seja mais enriquecida e não apenas reduzida ao ambientalismo.

O senhor tem visto avanços significativos nesta questão entre as principais potências mundiais?

Há uma inconsciência irresponsável e culposa acerca das ameaças que pesam sobre nosso futuro

Vejo poucos avanços porque os interesses econômicos se sobrepõem à preocupação pela salvaguarda da única casa comum que temos para morar. Há uma inconsciência irresponsável e culposa acerca das ameaças que pesam sobre nosso futuro.

Se o que a comunidade científica mundial diz fosse ouvido, outros seriam os resultados dos encontros organizados pela ONU sobre o aquecimento global e a crescente erosão da biodiversidade que, segundo o conhecido biólogo Edward O. Wilson, oscila entre 27-100 mil espécies que desaparecem definitivamente da evolução, a cada ano.

Vivemos tempos de Noé, onde as pessoas comem e bebem, casam e dão-se a casar sem se dar conta do anúncio de um tsunami. Desta vez será diferente. Não haverá uma Arca de Noé que salve alguns e deixa perecer os demais. Todos poderemos ter o mesmo destino trágico. O Papa fala destas questões, mas como homem de fé, lembra que Deus, é o “o Senhor amante da vida”, texto que usa mais de uma vez e que concede à esperança a última palavra e não ao desastre.

Como o senhor vê o futuro da Terra? Há esperança?

Meu sentimento oscila entre a catástrofe e a crise. Como estudioso da questão já há mais de 30 anos e lendo os últimos dados científicos tenho a impressão de que nossa vez já chegou. Fizemos tantas e tão graves agressões  contra a mãe Terra que já não merecemos mais viver sobre ela. Ademais, de ano em ano são mais de três mil espécies que chegam ao seu clímax e naturalmente desaparecem do processo da evolução. Não poderá ter chegado a nossa vez? Ou a crise que conserva, sempre purifica e faz crescer.

Por outro lado, como homem de fé, sei que o desígnio do Criador, inscrito nas circunvoluções do processo cosmogênico, pode levar a nossa pequena nave ao porto mesmo tendo ventos contrários. Mesmo que ocorra uma catástrofe que liquide a vida visível de nosso planeta (só 5% é visível, o resto, os 95% são invisíveis como as bactérias, vírus e fungos) acredito que a última palavra a terá a vida. Como não sei. Faço uma aposta positiva, creio e espero.