El confronto de dos tipos de poder en la Iglesia

El Centro de Estudios Bíblicos (CEBI) de Sergipe organizó del 25 al 28 de octubre una serie de charlas sobre el libro Iglesia: carisma y poder, que celebra 40 años desde su publicación en 1981. El CEBI es una organización nacional de grupos populares y ecuménicos que estudian la Biblia en profundidad, como inspiración de prácticas innovadoras dentro de la Iglesia y también libertarias en la sociedad. El propósito era mostrar la actualidad de los temas tratados en el libro, que articulan la Iglesia con la sociedad y los modelos de Iglesia vigentes.

Este libro fue enjuiciado en 1984 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, llevando a su autor, a mí en este caso, a un verdadero proceso judicial. Este culminó en 1985 con una “notificación” y no un decreto condenatorio, prohibiendo la reedición del libro y la imposición al autor de un tiempo de “silencio obsequioso”. En ella no se hace ninguna condenación doctrinal, solo se dice como conclusión:

Esta Congregación se siente en la obligación de declarar que las opciones aquí analizadas de Fray Leonardo Boff son de tal naturaleza que ponen en peligro la sana doctrina de la fe, que esta Congregación tiene el deber de promover y tutelar”.

Obsérvese que no se trata de doctrinas (campo de los dogmas) sino de “opciones” (campo de la moral) que pueden significar un “peligro”. Evitado ese peligro, no hay por qué no seguir adelante con las opciones que eran y siguen siendo: la centralidad de los pobres y de su liberación, el poder como servicio y no como centralización, y la constitución legítima de comunidades eclesiales de base, como una reinvención de la Iglesia en los medios populares (eclesiogénesis).

Al leer todo el texto del Card. Joseph Ratzinger exponiendo los tales “peligros” se nota un error de lectura. Se leyó no Iglesia: carisma y poder, sino Iglesia: carisma o poder. Esta alternativa no se encuentra en ninguna página del libro, que afirma la legitimidad de un poder en la Iglesia junto con el carisma evidentemente el poder como servicio y no como acumulación em pocas manos.

Seguramente el punto central que la Congregación vio como “peligro” fue la confrontación entre un modelo de Iglesia, sociedad jerarquizada de poder sagrado y otro modelo de Iglesia, comunidad fraterna de iguales con funciones diferentes. El primer modelo, dominante, es el de la Iglesia-gran-institución compuesta de clérigos, portadores del poder sagrado, y de laicos y laicas sin ningún poder de decisión. Aquí surgen las desigualdades, especialmente cerrando las puertas del ministerio sacerdotal a las mujeres e imponiendo la ley del celibato obligatorio a todo el cuerpo clerical. El otro modelo es el de la Iglesia-red-de-comunidades, todos sujetos de poder sagrado, ejercido mediante funciones (carismas) diferentes.

Ambos modelos se remiten al pasado de la Iglesia; el primero especialmente al evangelio de San Mateo, que confiere gran importancia a Pedro (Mt 16,18;18,16) que originará la centralización, llamada “cefalización” (todo se concentra en la cabeza). El segundo se refiere a las cartas de San Pablo, que hablan de una Iglesia comunidad de hermanos y hermanas, dotada de muchos carismas (funciones y servicios), especialmente en sus Cartas a los Corintios, a los Romanos y a los Efesios. Para San Pablo el carisma pertenece a la cotidianidad y significa simplemente funciones o servicios, todos animados por el Espíritu Santo y por Cristo resucitado, cabeza en la Iglesia y en el cosmos, lo que implica una descentralización del poder, presente en todos y todas.

De manera resumida, el hecho histórico es el siguiente: Hasta el siglo IV la Iglesia era fundamentalmente una comunidad fraternal. Desde el momento en que el cristianismo fue declarado por el emperador Constantino (325) “religión lícita”, por Teodosio (391) “religión obligatoria” para todos, prohibiendo el paganismo, hasta culminar con el emperador Justiniano (529) transformando los preceptos cristianos en leyes civiles, se gestó entonces la Iglesia-gran-institución. De religión perseguida pasó a religión perseguidora de los paganos. Siendo “religión obligatoria”, todos tuvieron que asumir la fe cristiana, creando una Iglesia de masas, no por conversión sino por obligatoriedad bajo el miedo y la amenaza de muerte.

Con la decadencia del imperio romano, el obispo de Roma León Magno (440-461) asumió el poder y el título de Papa (abreviación de pater patrum, padre de los padres), reservado hasta entonces a los emperadores. Junto al estilo imperial se asumieron también los palacios, el báculo, la estola, el manto (muceta) símbolo del poder monárquico, la púrpura y otros símbolos imperiales y paganos que perduran hasta el día de hoy. 

La Iglesia-gran-institución no pasó la prueba del poder. En ella se realizó lo que afirma Thomas Hobbes en el Leviatán (1615): “Señalo, como tendencia general de todos los hombres, un perpetuo e impaciente deseo de poder y más poder que solo cesa con la muerte; la razón de eso reside en el hecho de que no se puede garantizar el poder sino buscando más poder todavía” (cap.X). Los Papas empiezan a acumular poder hasta llegar al Papa Gregorio VII con su Dictatus Papae (la dictadura del Papa), que proclama al Papa como señor absoluto sobre la Iglesia y sobre los emperadores o reyes. Ya no bastaba ser sucesor de Pedro. El Papa Inocencio III(+1216) se anunció como vicario de Cristo y finalmente Inocencio IV(+1254) se estableció como representante de Dios. Todavía hoy se atribuye al Papa, según el derecho canónico, un poder que parece pertenecer solamente a Dios. El Papa es portador de un poder sagrado “supremo, ordinario, pleno, inmediato y universal” (canon 331). A esto se añadió en 1869 la infalibilidad en asuntos de fe y moral. A más no se podría llegar.

La consecuencia ha sido el surgimiento de una Iglesia-sociedad piramidal, monárquica, rígida y rigurosa, que en términos doctrinales de sus inquiridos, fue mi experiencia, no olvida nada, no perdona nada y exige todo. En este modelo de Iglesia se verifica lo que el psicoanalista C.G.Jung afirmaba: «Donde prevalece el poder no hay lugar para la ternura ni para el amor».

Los únicos Papas que rompieron con esta tradición, celosa de su poder sagrado y monárquico, fue el Papa bueno Juan XXIII y explícitamente el Papa Francisco que, en sus primeras palabras, dijo gobernar la Iglesia en la caridad y no en el poder sagrado. Por eso pide a los pastores la “revolución de la ternura”. 

Frente a ese modelo, hoy en profunda crisis estructural, surgió otro modelo de Iglesia red-de-comunidades fraternas. En la historia de la Iglesia siempre ha existido, especialmente en las órdenes y congregaciones religiosas, aunque nunca consiguió ser hegemónico. Pero adquirió densidad en la amplia red de comunidades eclesiales de base, extendidas actualmente por todo el universo cristiano y ecuménico. En ellas el poder es servicio real, cotidiano y participado por todas las personas en la medida en que cada una tiene su lugar en la comunidad. Hay muchos servicios y funciones (carismas): quien reza, quien enseña, quien organiza la liturgia, quien visita a los enfermos, quien trabaja con los jóvenes, todos en pie de igualdad, según dice San Pablo (1Cor 7,7;12,29). Hay una función (carisma) singular que es la de crear unidad y cohesión en la comunidad haciendo que todos los servicios (carismas) confluyan al bien común: es el servicio de presidir la comunidad. Como tal, preside también la eucaristía, no como función exclusiva, sino simultánea con las demás. Su función no es concentrar sino coordinar.

Este modelo traduce mejor el mensaje y el ejemplo del Jesús histórico que no quiso ningún poder y que estableció todo el poder como servicio y no como dominación (Mt 23,11). Este modelo se presenta como otra forma de organizar la herencia de Jesús, de gestar una Iglesia más conforme con su sueño de todos hermanos y hermanas (Mt 23,8).

Este modelo comunional se presenta más adecuado a la verdadera evangelización, que significa encarnar  mensaje cristiano en las diferentes culturas, asimilando sus modos de ser. La Iglesia sería como un inmenso tapete de colores, hecho con un tejido inmenso de comunidades cristianas, diferentes en sus cuerpos, pero todas unidas en el mismo testimonio de la vida nueva traída por Jesús muerto y resucitado. Caminaría junto con el proceso de mundialización que lentamente construye la Casa Común, el mundo necesario, dentro del cual están los varios mundos culturales (asiático, africano, latino, indígena etc). Ahí estará la Iglesia-gran-institución, que seguramente pervivirá pero sin la hegemonía actual, y principalmente la red inmensa de comunidades cristianas diversas y unidas en el mismo testimonio del Resucitado y de su Espíritu, junto con otras iglesias y caminos espirituales al servicio unos de otros y de la única Casa Común que tenemos, la Madre Tierra.

*Leonardo Boff ha escrito Iglesia: carisma y poder, Record, Rio de Janeiro 2005; Eclesiogénesis: la reinvención de la Iglesia, Record, Rio de Janeiro 2008; Francisco de Asís y Francisco de Roma: una nueva primavera en la Iglesia, Mar de Ideias, Rio de Janeiro 2015.

Traducción de Mª José Gavito Milano

    Igreja: carisma e poder: 40 anos

 O Centro de Estudos Bíblicos (CEBI) do Sergipe organizou entre 25-28 de outubro uma série de palestras sobre o livro Igreja: carisma e poder que celebra 40 anos de sua publicação em 1981. O CEBI é uma articulação nacional de grupos populares e ecumênicos que estudam a Bíblia de forma aprofundada, como inspiração de práticas inovadoras para dentro da Igreja e também libertárias na sociedade. O propósito era mostrar a atualidade dos temas nele tratados que articulam a Igreja com a sociedade e os modelos de Igreja vigentes.

Foi este livro que foi ajuizado em 1984 pela Congregação da Doutrina da Fé levando seu autor, no caso eu, a um verdadeiro processo judicial. Culminou em 1985 com uma “notificação” e não um decreto condenatório, proibindo a reedição do livro e a imposição ao autor de um tempo de “silêncio obsequioso”. Não se faz nenhuma condenação doutrinária, apenas se diz como conclusão:”Esta Congregação sente-se na obrigação de declarar que as opções aqui analisadas de Frei Leonardo Boff  são de tal natureza que põe em perigo a sã doutrina da da fé, que esta Congregação tem o dever de promover e tutelar”

Observa-se que não se trata de doutrinas (campo dos dogmas) mas de “opções”(campo da moral) que podem significar um “perigo”. Evitado este perigo, não há porquê não seguir adiante nas opções que eram e continuam sendo: a centralidade do pobres e de sua libertação, o poder como serviço e não como centralização e a constituição legítima de comunidades eclesiais de base, como uma reinvenção da Igreja nos meios populares (eclesiogênese).

Lendo-se todo o texto do Card.Joseph Ratzinger expondo os tais “perigos” nota-se um equívoco de leitura. Leu-se não Igreja:carisma e poder, mas Igreja: carisma ou poder.Esta alternativa não se encontra em nenhuma página do livro. Afirma-se a legitimidade de um poder na Igreja junto com o carisma.

Seguramente o ponto central que a Congregação viu como “perigo”foi o confronto entre um modelo de Igreja, sociedade hierarquizada de poder sagrado e outro modelo de Igreja, comunidade fraterna de iguais com funções diferentes. O primeiro modelo dominante é o da Igreja-grande-instituição composta de clérigos, portadores do poder sagrado e de leigos sem poder de decisão nenhum.Aqui surgem as desigualdades, especialmente fechando as portas ao ministério sacerdotal às mulheres e impondo a lei do celibato obrigatório a todo o corpo clerical. O outro modelo é o da Igreja-rede-de-comunidades, todos sujeito de poder sagrado, exercido em funções(carismas) diferentes.

Ambos os modelos se  reportam ao passado da Igreja, o primeiro especialmente ao evangelho de São Mateus que confere grande importância a Pedro(Mt 16,18;18,16) que originará a centralização, chamada de “cefalização”(tudo se concentra na cabeça); o segundo às cartas de São Paulo que referem uma Igreja, comunidade de irmãos e irmãs, dotada de muitos carismas (funções e serviços), especialmente, em suas Cartas aos Coríntios, aos Romanos e aos Efésios. Para São Paulo o carisma pertence à cotidianidade e significa simplesmente funções ou serviços, todos animados pelo Espírito Santo e pelo Cristo ressuscitado, cabeça Igreja e no cosmos,implicando uma descentralização do poder, presente em todos e todas.

O fato histórico é, resumidamente, o seguinte: até o  século IV a Igreja, fundamentalmente, era uma comunidade fraternal. Do momento em que o cristianismo foi declarado pelo imperador Constantino (325) “religião lícita”, por Teodósio (391) “religião obrigatória” para todos, proibindo o paganismo até culminar com o imperador Justiniano (529) transformando os preceitos cristãos em leis civis, gestou-se, então, a Igreja-grande-instituição. De religião perseguida, passou a religião perseguidora dos pagãos. Sendo “religião obrigatória”, todos tiveram que assumir a fé cristã, criando uma Igreja de massa, não por conversão mas por obrigatoriedade sob medo e ameaça de morte.

Com a decadência do império romano, o bispo de Roma Leão Magno (440-461) assume o poder e o título de Papa (abreviação de pater patrum, pai dos pais), até então reservado aos imperadores. Assume-se junto o estilo imperial, os palácios, o báculo, a estola, o manto (mozeta) símbolo do poder monárquico, a púrpura e outros símbolos imperiais e pagãos que perduram até os dias de hoje.

A Igreja-grande-instituição não passou pela prova do poder. Nela se realizou o que afirma Thomas Hobbes no Levitã (1615):”Assinalo, como tendência geral de todos os homens, um perpétuo e irrequieto desejo de poder e de mais poder que cessa apenas com a morte; a razão disso reside no fato de que não se pode garantir o poder senão buscando mais poder ainda”(cap.X). Começa a acumulação do poder dos Papas até chegar com o Papa Gregório VII com o seu Dictatus Papae (a ditadura do Papa) a proclamar o Papa com senhor absoluto sobre Igreja e sobre os imperadores ou reis. Já não bastava ser sucessor de Pedro. O Papa Inocêncio III (+1216) se anunciou como vigário de Cristo e, por fim, Inocêncio IV(+1254) se arvorou representante de Deus. Hoje ainda se atribui ao Papa, consoante do direito canônico, um poder  que, parece, pertencer somente a Deus. O Papa  é portador de um poder sagrado”supremo, ordinário,pleno, imediato e universal”(cânon 331). A isso, desde de 1869, se acrescentou a infalibilidade em assuntos de fé e moral. Mais não se poderia ir.

A consequência é o surgimento de uma Igreja-sociedade piramidal,monárquica, rígida e rigorosa, que em termos doutrinários, de seus inquiridos, foi a minha experiência, nada esquece,nada perdoa e tudo cobra. Nesse modelo de Igreja se verifica o que o psicanalista C.G.Jung afirmava:”Onde prevalece o poder não há mais lugar para a ternura nem para o amor”.

Os únicos Papas que romperam com esta tradição, ciosa de seu poder sagrado e monárquico, foi o bom Papa João XXIII e explicitamente o Papa Francisco que, em suas primeiras palavras,disse governar a Igreja na caridade e não no poder sagrado. Por isso cobra dos pastores uma “revolução da ternura”.

Face a esse modelo, hoje em profunda crise estrutural, surgiu o outro modelo da igreja, rede-de-comunidades fraternais. Ela sempre existiu na história da Igreja, particularmente, nas ordens e congregações religiosas, mas nunca conseguiu ser hegemônica. Mas ganhou densidade na vasta rede de comunidades eclesiais de base, atualmente, espalhadas em todo o universo cristão e ecumênico. Nelas o poder é serviço real, cotidiano e por todos participado na medida em que cada um tem o seu lugar na comunidade. São muitos serviços e funções  (carismas), quem prega, quem ensina,quem organiza a liturgia, quem visita os enfermos, quem trabalha com os jovens, todos em pé de igualdade, consoante São Paulo (1Cor 7,7;12,29).Há uma função (carisma) singular que é o de criar a unidade e a coesão na comunidade fazendo com que todos os serviços (carismas) confluam para o bem comum: é o serviço da presidência da comunidade. Como tal, preside também a eucaristia, não como função exclusiva, mas simultânea com as demais. Sua função não é concentrar mas coordenar.

Este modelo traduz melhor a mensagem e o exemplo do Jesus histórico que não quis nenhum poder e que estabeleceu todo o poder como serviço e não como dominação (Mt 23,11). Esse modelo apresenta-se como uma outra forma de organizar a herança de Jesus, de gestar uma Igreja mais conforme com o seu sonho, de todos irmãos e irmãs (Mt 23,8).

Este modelo comunional se apresenta mais adequado à verdadeira evangelização que significa encarnar a mensagem cristã nas mais diferentes culturas e assimilando seus modos de ser. A igreja emergiria como um imenso tapete colorido, feita uma teia imensa de comunidades cristãs, diferentes em seus corpos, mas todas unidas no mesmo testemunho da vida nova trazida por Jesus morto e ressuscitado. Caminharia junto com o processo de mundialização que lentamente constrói a Casa Comum, o mundo necessário, dentro do qual estão os vários mundos culturais (asiático, africano, latino, indígena etc). Aí estará a Igreja-grande-instituição que seguramente persistirá mas sem a hegemonia atual e principalmente a rede imensa de comunidades cristãs diversas e unidas no mesmo testemunho do Ressuscitado e de seu Espírito, junto com outras igrejas e  caminhos espirituais a serviço de uns e de outros e da única Casa Comum que temos, a Mãe Terra.

Leonardo Boff escreveu Igreja: carisma e poder, Record, Rio de Janeiro 2005;Eclesiogênese: a reinvenção da Igreja,Record,Rio de Janeiro 2008; Francisco de Assis e Francisco de Roma: uma nova primavera na Igreja, Mar de Ideias, Rio de Janeiro 2015.

San Francisco: el último cristiano patrono de la ecología

Hoy, 4 de octubre, es el día del Seráfico Padre San Francisco, como los frailes cariñosamente suelen llamarlo. Fue alguien que llevó tan lejos el proyecto de Jesús que acabó identificándose con él. Por esto es llamado el Primero después del Único, Jesucristo, o también el Último cristiano. La Tradición de Jesús generó incontables seguidores, entre hombres y mujeres, pero nadie fue tan radical como él: el último cristiano de verdad.

Según el historiador Arnold Toynbee, y el filósofo Max Scheler, profesor de Martin Heidegger, Francisco ha sido el mayor hombre que produjo Occidente. Él desborda la Orden Franciscana y ya no pertenece a la Iglesia Católica sino a la humanidad. Ha pasado a ser el hermano universal. Inspiró al Papa Francisco a escribir las dos encíclicas de ecología integral “Sobre el cuidado de la Casa Común” (2015) y “Todos hermanos y hermanas” (2020). Dice conmovedoramente: Francisco “es el ejemplo del cuidado de lo que es frágil; cualquier criatura era una hermana, unida a él por lazos de cariño, pues se sentía llamado a cuidar de todo lo que existe” (n.10 y 11).

Francisco también es llamado el Poverello, el pobrecito de Asíso el Fratello, el hermano de toda criatura.

Tres características entre otras marcan su persona: la pobreza, la fraternidad y la minoridad. 

La pobreza para Francisco no es un ejercicio ascético. Es un modo de vida. Consiste en suprimir todo lo que puede distanciarme del otro: los bienes, los saberes y principalmente los intereses. Como la palabra sugiere – interés– es aquello que hay entre (inter) yo y el otro. Francisco quiso despojarse de todo eso. Ponerse de rodillas, a la altura del otro, para estar ojo a ojo, rostro a rostro. Sin distancia tú sientes al otro como tu hermano o tu hermana, su piel, su mirada y el latir de los corazones. 

La fraternidad resulta de esta pobreza. Ser pobre para ser más hermano y hermana y formar una comunidad humana y también cósmica. Acogió con profunda humildad el humus oscuro de donde todos nos originamos, en sus palabras “la madre y hermana Tierra”, y también a todos los seres de la naturaleza. A la lombriz que forcejea para hacer un agujero en el piso duro del camino, él cuidadosamente la recoge y la lleva a un lugar húmedo. Ve una rama rota y corre a vendarla para que pueda revivir. Escucha a las alondras cantando y les pide permiso para unirse a ellas con sus salmos. Buscó la unidad de la creación entre los seres humanos y todo lo creado. En plena cruzada contra los musulmanes, cruza el frente y va a hablar con el sultán de Egipto. No fue para convertirlo, sino para confraternizar con él y rezar juntos. Se hacen grandes amigos. Hasta el feroz lobo de Gubbio es su hermano y hace que se reconcilie con toda la ciudad. 

La minoridad nace de la pobreza y de la fraternidad universal. En su tiempo había “mayores”, toda la jerarquía eclesiástica que tenía al Papa como su cabeza, los ricos comerciantes de las Comunas, como su padre, que estaban formándose y dejando atrás las jerarquías feudales. Y había también “menores”, los siervos de la gleba, los empleados de los talleres de tintura de telas, que vivían en condiciones miserables. Y había todavía los hansenianos (los leprosos), rechazados y aislados fuera de la ciudad.

Son los sin poder. Y con ellos va a vivir y convivir Francisco. Se junta con los leprosos, come de la misma escudilla de ellos, les limpia las llagas y los abraza como hermanos y hermanas. Rechaza todo poder. Sabe que la mayor tentación humana consiste en el poder, pues nos hace parecer “pequeños dioses” que tienen en sus manos el destino de los demás. Bien observaba Hobbes en su Leviatán: “el poder para asegurarse busca cada vez más poder y esto solo cesa con la muerte”. Los sabios de todas las tradiciones nos advierten: donde impera el poder, desaparece el amor y falta la ternura; impera la competencia, surge la tensión, irrumpe el conflicto y puede ocurrir hasta el asesinato del otro. Ser “menor” para Francisco es unirse a los sin-poder, participar de su marginación y rechazar decididamente todo poder. No elaboró ninguna institución que los auxiliase. Hizo más: fue a vivir con ellos y a participar de su suerte.

Finalmente, cabe hablar de su profundo amor a Clara. Pocas veces en la historia cristiana se ha verificado tanta sintonía entre el animus y el anima. No huyeron de la experiencia más gratificante y profunda del amor humano ni de sus sutilezas. En el amor real y verdadero entre ambos encontraban al Amor Mayor que los unía más profundamente y también con todas las criaturas.

En alabanza al Seráfico Padre Francisco, su hermano y seguidor en homenaje escribió: Francisco de Asís: el hombre del paraíso, ilustrado por Nelson Porto, Vozes, Petrópolis 1986.

Traducción de Mª José Gavito Milano

El amor forma parte del ADN del ser humano

Observamos con consternación en nuestro país y también en gran parte del mundo una ola de odio, de desprecio, de exclusión y de violencia simbólica y física que suscita la pregunta: ¿cómo se inscribe este dato siniestro dentro de la vida humana? Como veremos luego, los investigadores del secreto de la vida humana nos aseguran que por naturaleza y no simplemente por un proyecto personal o social, en nuestro DNA está inscrito el amor, la cooperación, la solidaridad y la compasión. Los que viven y alimentan el odio son enemigos de sí mismos y de la vida misma. Por eso no producen nada positivo, sino desgracias, exclusiones, crímenes y muerte. Es lo que lamentablemente estamos presenciando.

Sobre esta cuestión, el primer nombre a ser mencionado es sin duda James D.Watson con su famoso libro “ADN: el secreto de la vida” (2005). Junto con su colega Francis Crick sustentan científicamente que el amor está presente en la esencia del ADN. Ambos descodificaron en 1953 el código genético, la estructura de la molécula de ADN, la doble hélice que contiene el programa de toda vida, desde la célula primigenia surgida hace 3.800 millones de años hasta llegar a nosotros, seres humanos. 

Todos estamos constituidos por el mismo código genético de base, lo que nos hace a todos parientes unos de otros. Afirma Watson: “contra el orgullo, las sublimes realizaciones del intelecto humano revelan que tenemos apenas dos veces más genes que un gusano insignificante, tres veces más genes que una mosca de frutas en descomposición y solo seis veces más genes que la simple levadura de panadería”. Una molécula de ADN estirada alcanza un metro y 85 centímetros; reducida a su forma original es una billonésima de centímetro y está presente en cada célula de nuestro cuerpo, incluso en la más superficial de la piel de nuestra mano. Watson define: “la vida así como la conocemos no es más que una vasta gama de reacciones químicas coordinadas. El secreto de esta coordinación es un complejo y arrebatador conjunto de instrucciones inscritas químicamente en nuestro ADN. Pero todavía nos queda un largo camino que recorrer hasta llegar al pleno conocimiento de cómo actúa el ADN” (p.424).

Muchos nuevos conocimientos enriquecieron la visión de Watson y Crick, especialmente los de los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela. Lo mejor de estas investigaciones fue maravillosamente resumido por el ecologista y físico cuántico Fritjof Capra en su libro La trama de la vida (1997). Él mostró didácticamente que para que surgiera la vida es necesario el patrón de organización (que nos hace distinguir una silla de un árbol) de una estructura que organiza los elementos físico-químicos que permiten la irrupción de la vida. Pero esto no basta, es necesario incluir la auto-creación. Los seres vivos, en sistemas abiertos que los hacen dialogar con todo el entorno, no son estáticos, están siempre en proceso de autocreación (autopoiesis de Maturana). No solo se adaptan a los cambios, sino que crean otros nuevos junto con los demás seres, de tal forma que continuamente co-evolucionan.

Una contribución decisiva fue aportada por Humberto Maturana que estudió la base biológica del amor. Él ve el amor presente desde los inicios del universo. Cada ser se rige por dos procesos: el primero es de necesidad de interconectarse con todos los demás para asegurar más fácilmente su supervivencia. El segundo es de pura espontaneidad. Los seres se interrelacionan por rara gratuidad, creando entre sí lazos nuevos y por afinidad, como si se enamorasen recíprocamente. Es la irrupción del amor en el proceso cosmogénico. El amor que surge entre dos seres, millones de años después, tuvo su origen en esa relación de ancestral amorosidad espontánea.

Todo esto sucede como un dato de la realidad objetiva. Al llegar al ser humano se puede transformar en algo subjetivo, en un amor conscientemente asumido y vivido conscientemente como un proyecto de vida.

Toda esta reflexión se destina a deslegitimar y acusar como inhumana, contraria al movimiento del universo y a la base biológica de la vida, la prevalencia del odio, de la exclusión y de la rabia presentes en nuestro país, animadas por un jefe de estado que se distingue por su odio y comportamientos desviados y necrófilos. Se ha hecho enemigo de la vida de sus compatriotas al aliarse con la Covid-19, presentándose como maestro curador a través de la cloroquina y compuestos, como si fuese médico y especialista. Quedó como un simple charlatán y, con referencia a los indígenas, un genocida.

Termino con este testimonio de Watson en el libro antes mencionado:

Aunque no sea religioso, veo elementos profundamente verdaderos en las palabras sobre el amor de San Pablo en la epístola a los Corintios: “Si hablase todas las lenguas… si conociese todos los misterios y toda la ciencia… pero no tuviese amor, no sería nada. Pablo, a mi entender, reveló con claridad la esencia de nuestra humanidad. El amor, ese impulso que nos hace cuidar al otro fue lo que permitió nuestra supervivencia y éxito en el planeta. El amor es tan fundamental a nuestra naturaleza humana que estoy seguro de que la capacidad de amar está inscrita en nuestro ADN. Un Pablo secular (él, Watson) diría que el amor es la mayor dádiva de nuestros genes a la humanidad” (p.433-434).

Tales palabras nos llevan a responder al odio bolsonarista con el amor, a la ofensa de sus fans con amorosidad: Tales actitudes nos dan la certeza y garantía de que estos tiempos nefastos de ira y de odio pasarán.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor y ha publicado La casa, la espiritualidad, el amor, Paulinas, SP 2017Los derechos del corazón, Paulus, SP 2015.

Traducción de Mª José Gavito Milano