La comensalidad mínima negada en Gaza

Leonardo Boff*

Todos estamos presenciando el crimen contra la humanidad que comete el Israel de Netanyahu, negando agua y comida a los millones de palestinos de la Franja de Gaza: niños muriendo, mujeres desmayándose de hambre en las calles. Peor aún, 1200 personas han sido asesinadas mientras intentaban con sus cuencos recibir algún alimento. Entre estas, cientos fueron abatidas al azar, como si se tratase de un tiro al blanco, cuando se aglomeraban para recibir un poco de comida.

         Aún así queremos hablar de la comensalidad, fieles a las tradiciones utópicas de la humanidad, comensalidad que está siendo negada totalmente a la población de Gaza. Comensalidad es comer y beber juntos, pues es en este acto cuando los seres humanos celebramos más la alegría de vivir y convivir.

         Sin embargo vivimos en una humanidad flagelada, con más de 700 millones de hambrientos y más de mil millones con insuficiencia  alimentaria, con mil quinientos millones de personas sin agua potable suficiente y dos mil millones sin aguas tratadas.

         La comensalidad es tan central que está ligada a la esencia misma del ser humano en cuanto humano. Hace siete millones de años comenzó la separación lenta y progresiva entre los simios superiores y los humanos a partir de un ancestro común. La especificidad del ser humano surgió de forma misteriosa y de difícil reconstrucción histórica. Pero los etnobiólogos y arqueólogos nos señalan un hecho singular. Cuando nuestros antepasados antropoides salían a recoger frutos, semillas, caza y peces, no comían individualmente lo que conseguían reunir. Tomaban los alimentos y los llevaban al grupo. Y ahí practicaban la comensalidad: los distribuían entre ellos y comían grupal y comunitariamente (E.Morin, L’identité humaine, Paris 2001).

Por tanto fue la comensalidad, que supone la solidaridad y la cooperación de unos con otros, lo que permitió el primer salto de la animalidad hacia la humanidad. Fue solo un primerísimo paso, pero decisivo porque a él le cupo inaugurar la característica básica de la especie humana, diferente de otras especies complejas (entre los chimpancés y nosotros hay solo 1,6% de diferencia genética): la comensalidad, y con ella la solidaridad y la cooperación. Pero esta pequeña diferencia hace toda la diferencia.

Lo que fue verdadero ayer sigue siendo verdadero hoy. Urge rescatar esta comensalidad que antaño nos hizo humanos y que debe hoy hacernos humanos de nuevo. Si no está presente, nos hacemos inhumanos, crueles y sin piedad. ¿No es esta, lamentablemente, la situación de la humanidad actual?

Además de la comensalidad, nuestra humanidad se completa a través del lenguaje gramaticalizado. El ser humano es el único ser de lenguaje “con doble articulación” de las palabras y de los sentidos, ambos regidos por reglas gramaticales. No damos gruñidos. Hablamos. El lenguaje nos posibilita organizar el mundo y nuestro propio universo interior, el imaginario y el pensamiento. El lenguaje es uno de los elementos más sociales que existe, pues por su naturaleza es social y para surgir presupone la sociabilidad humana (cf. H. Maturana y F. Varela, A árvore do conhecimento, Campinas1995).

Otro dato ligado a la comensalidad es el arte culinario, es decir, la preparación de los alimentos. Bien escribió Claude Lévi-Strauss, eminente antropólogo que trabajó muchos años en Brasil: «el dominio de la cocina es una forma de actividad humana verdaderamente universal. Así como no existe sociedad sin lenguaje, tampoco existe ninguna sociedad que no cocine algunos de sus alimentos» (Cf.D. Pingaud y otros, La Scène primitive, Paris 1960: 40).

Hace 500 mil años el ser humano aprendió a hacer fuego. Y con su creatividad aprendió a domesticarlo y con ello a cocinar los alimentos. El “fuego culinario” es lo que diferencia al ser humano de otros mamíferos complejos. El paso de lo crudo a lo cocido equivale pasar de lo animal al ser humano civilizado. Con el fuego surgió la cocina propia de cada cultura y de cada región.

Cada pueblo posee algunos alimentos característicos que forman parte de su identidad histórica, como la feijoada de Brasil, los tacos de Méjico, la hamburguesa de los norteamericanos, la pizza de los italianos y muchos otros. No se trata solo de cocinar los alimentos sino de darles sabor. En los condimentos utilizados y en los sabores diferenciados se distinguen una culinaria y una cultura de otras. Las distintas culinarias crean hábitos culturales, que suelen estar vinculados a ciertas fiestas como la Navidad, la Pascua, el Año Nuevo, las fiestas patronales, San Juan u otras semejantes.

 La comensalidad está ligada a todos estos fenómenos tan complejos. La comensalidad incluye también una dimensión simbólica. Comer nunca es solo un gesto de nutrición grupal para saciar el hambre y sobrevivir. Es un rito comunitario, rodeado de símbolos y de significados que refuerzan la pertenencia del grupo y consolida el salto hacia lo específicamente humano.

En otras palabras, nutrirse nunca es una mecánica biológica individual. Consumir comensalmente es comulgar con los otros que comen conmigo. Es entrar en comunión con las energías escondidas en los alimentos, con su sabor, su olor, su belleza y su densidad. Es  comulgar con las energías cósmicas que subyacen en los alimentos,  la fertilidad de la tierra, la irradiación solar, los bosques, las aguas, la lluvia, los vientos. Y especialmente con las personas que hacen posible que los alimentos lleguen a nuestras mesas.

Gracias a este carácter numinoso de comer/consumir/comulgar, toda comensalidad es en cierta forma sacramental. Viene cargada de buenas energías, simbolizadas por ritos y representaciones plásticas. Se come también con los ojos. El momento de comer es el más esperado del día y de la noche. Tenemos la conciencia instintiva y refleja de que sin comer no hay vida ni supervivencia ni alegría.

Todo esto les está siendo negado a los habitantes de Gaza y a millones de personas hambrientas en todo el mundo. Nuestro desafío  es el del Gobierno de Lula: hambre cero.

*Leonardo Boff ha escrito Comer y beber juntos y vivir en paz, Sal Terrae 2007.

Traducción de MªJosé Gavito Milano

A América Latina e o Brasil que queremos

Leonardo Boff

         Estamos entrando no mundo multipolar, questionado pela visão unipolar dos Estados Unidos. Neste contexto, a América Latina e o Brasil ocupam um lugar importante no debate geopolítico. Aqui estão os elementos essenciais que garantem a continuidade de nossa civilização e da vida. Tanto Trump quanto a China, em disputa, os colocaram sob seu olhar cobiçoso.

No que tange aos tarifaços, não se trata apenas de uma medida pessoalíssima de Trump,mas de todo um sistema que vê no Sul global um perigo para o dólar e para a hegemonia dos USA. O tarifaço sobre o Brasil  quer significar uma lição para toda a América Latina, e para os BRICs, de submissão aos interesses imperiais. O Brasil, como nenhum outro país, está  de forma soberana e serena, contrapondo-se à essa pretensão imperialista de alinhamento e até de submetimento. O que, finalmente, nós queremos? Queremos uma América Latina e um Brasil que estão nos nossos sonhos. O grande sonho é este:

         Em primeiro lugar não queremos uma América Latina e um Brasil que os outros sempre quiseram: uma permanente feitoria do capitalismo em suas várias formas de realização  histórica, um espelho dos países metropolitanos, um eco da voz dos patrões do mundo,uma neo-colonização, uma porção exótica do mundo onde há indígenas, povos ancestrais, papagaios e o inferno verde.

         Particularmente queremos uma América Latina que resgate o sentido originário do nome que os povos que há milênios aqui vivem a chamavam: Abya Ayala que significa a Terra Madura. Esse nome é profético para todas as terras. Todas elas devem ainda madurar para que a Terra como planeta seja realmente Abya Ayala, a Terra Madura para ser a morada comum de todos os humanos, irmanados entre si e com todos os demais seres da natureza como se refere a Carta da Terra (2003:Preâmbulo) e a encíclica do Papa Francisco Laudato Sì:sobre o cuidado da Casa Comum (2015). Queremos uma América Latina e um Brasil que sejam uma América indo-afro-asio-latino-americana, lugar onde se realiza seguramente o maior ensaio histórico de sincretização de todas as raças. Pois para essa porção da Terra  vieram representantes de quase todas as raças humanas. Só no Brasil vieram representantes de 60 povos diferentes.

         Aqui nos trópicos está imergindo uma civilização sincrética como a própria natureza, de raiz multicultural, antecipação daquilo que deverá ser a humanidade unificada num único Planeta com a consciência de um único destino comum. Ela se assenta sobre uma base ecológica promissora:  a maior biodiversidade da Terra e a maior riqueza hídrica do Planeta.

         Queremos uma América e um Brasil que façam desta sua dotação natural e histórica uma oferta de esperança e de sonho de uma humanidade mais solidária, mais tolerante, mais respeitadora das diferenças, mais benevolente e mais espiritual. A América do Sul é um continente místico. A realidade é vivida empapada de energias divinas que acompanham o ser humano em sua trajetória dando-lhe um sentido de transcendência, de cordialidade, de humor e de leveza.

         Queremos uma América e um Brasil que consideram a Terra como a Pacha Mama, a grande Mãe, a Terra sem Males e a Gaia dos modernos e que a respeitam e veneram como se venera e respeita a própria mãe.

         Queremos uma América e um Brasil onde os seres humanos, homens e mulheres, se sintam filhos e filhas dessa grande Mãe e se proponham viver na sinergia e na irmandade, o ideal andino do bem viver e conviver.

         Queremos uma América que não se sinta mais América mas que se sinta como a própria Terra que aqui chegou a essa consciência universalista, carregada de fraternura e de vontade de construir uma única história: a história da humanidade que encontrou seu caminho de volta à pátria comum, ao planeta Terra, após milênios de dispersão nos continentes, nos estados-nações e nos limites das culturas. Agora é o tempo de construção da  Casa Comum.

         Queremos uma América e um Brasil que veem os povos como tribos do único povo dos humanos, espécie do homo sapiens sapiens em sintonia com as demais espécies na mesma aventura histórica e cósmica sobre esse Planeta: uma fraternidade universal e terrenal.

         Queremos uma América e um Brasil que se sintam sob o arco-íris da nova aliança (um contrato social planetário) que os humanos estão fundando entre si, aliança de convivência na sinergia, na compaixão uns para com os outros e com os demais seres, convergente nas diversidades e diversa na unidade, arco-íris que simboliza a permanente aliança de  Deus com tudo o que existe e vive para que nunca mais haja a devastação dos dilúvios naturais e históricos mas  que todos possam sempre viver mais e melhor.

         Essa América e esse Brasil só serão um dos nomes da própria Terra se nós mesmos, seus filhos e filhas, assumirmos esse chamado e vivermos consoante esse imperativo. É a própria Terra que fala e clama através de  nós para que inauguremos essa nova fase da história planetária.Que esse sonho ancestral, sonhado por Bolivar, José Marti e Darcy Ribeiro se historize enquanto ainda temos tempo e se não sucumbirmos ao aquecimento global ou à alguma outra tragédia de dimensões planetárias.

Leonardo Boff escreveu Habitar a Terra, Vozes 2022; Brasil:Concluir a refundação ou prolongar a dependência? Vozes 2018;Terra Madura, Planeta, São Paulo 2023.

Difendere la democrazia e fondare una democrazia eco-sociale

      Leonardo Boff

Attualmente, come poche volte nella storia, la democrazia è sotto attacco sia come valore universale, sia come forma di organizzare la società. Esiste una coalizione globale di gruppi con molto potere e denaro che la negano in nome di proposte regressive e autoritarie che rasentano la barbarie.

La democrazia, fin dalle sue origini greche, si sostiene su quattro pilastri: la partecipazione, l’uguaglianza, l’inter-azione e la spiritualità naturale.

L’idea di democrazia presuppone ed esige la partecipazione di tutti i membri della società, resi cittadini liberi e non meri spettatori o semplici beneficiari. Insieme costruiscono il bene comune.

Quanto più si realizza la partecipazione, maggiore è il livello di uguaglianza tra tutti. L’uguaglianza deriva dalla partecipazione di tutti. La disuguaglianza, come per esempio, l’esclusione dei cittadini poveri, neri, indigeni, di altri orientamenti sessuali, di altri livelli culturali e altre esclusioni, significa che la democrazia non ha ancora realizzato la sua vera natura. Per natura essa è, nelle parole del sociologo portoghese Boaventura de Souza Santos (ingiustamente accusato), una democrazia infinita: deve essere vissuta in famiglia, in tutte le relazioni individuali e sociali, nelle comunità, nelle fabbriche, nelle istituzioni educative (dalla scuola primaria all’università), in una parola, ovunque gli esseri umani si incontrino e si relazionino.

Con la partecipazione di tutti su un piano di parità, si crea la possibilità di inter-azione tra tutti, di scambio e di forme di libera comunicazione fino a modalità di comunione, insite negli esseri umani con la loro soggettività, propria identità, intelligenza e cuore. Così, la democrazia emerge come una tela di relazioni che è più della somma totale dei cittadini. L’essere umano vive al meglio la sua natura di “nodo di relazioni” in un regime in cui prospera la democrazia. Essa appare come un alto fattore di umanizzazione, cioè di gestazione di esseri umani attivi e creativi.

Infine, la democrazia rafforza la spiritualità naturale e crea il campo per la sua espressione. Intendiamo la spiritualità, così come è intesa oggi dalla new science, attraverso la neuro-scienza e la cosmo-genesi come parte della natura umana. Non va confusa né derivata dalla religiosità, sebbene quest’ultima possa rafforzarla. Essa ha lo stesso diritto al riconoscimento dell’intelligenza, della volontà e dell’affettività. È innata negli esseri umani. Come ha scritto Steven Rockefeller, professore di etica e filosofia della religione al Middlebury College di New York, nel suo libro Spiritual Democracy and Our Schools (2022): “la spiritualità è una capacità innata negli esseri umani che, quando coltivata e sviluppata, genera un modo di essere fatto di relazioni con se stessi e con il mondo, promuove la libertà personale, il benessere e il fiorire del bene collettivo” (p. 10). Si esprime attraverso l’empatia, la solidarietà, la compassione e la riverenza, valori fondamentali per la convivenza umana e, di conseguenza, per l’esperienza attiva della democrazia.

Questi quattro pilastri, nell’attuale contesto dell’antropocene (e dei suoi derivati nel necrocene e nel pirocene), in cui gli esseri umani emergono come una minacciosa meteora della vita nella sua grande diversità, al punto da mettere a repentaglio il futuro comune della Terra e dell’umanità, fanno della democrazia infinita, integrale e naturale il loro antidoto più potente. Sostengo la stessa opinione di molti analisti delle attività umane con effetti su scala planetaria (la trasgressione di 7 dei 9 limiti planetari), secondo cui senza un nuovo paradigma, diverso dal nostro che non include la spiritualità naturale, la benevolenza verso la natura e la cura della nostra Casa Comune, difficilmente sfuggiremo a una tragedia ecologico-sociale che metterà a rischio la nostra sussistenza su questo pianeta.

Da qui l’importanza di combattere frontalmente il movimento nazionale e internazionale di estrema destra che nega la democrazia e mira a distruggerla. È urgente difendere la democrazia in tutte le sue forme, anche quelle a bassa intensità (come quella brasiliana), altrimenti soccomberemo.

Vale il saggio monito di Celso Furtado nel suo libro Brasil: a construção interrompida (1993): “La sfida che si pone alle soglie del XXI secolo non è altro che cambiare il corso della civiltà, spostandone l’asse dalla logica dei mezzi, al servizio dell’accumulazione in un orizzonte temporale breve, a una logica dei fini, al servizio del benessere sociale, dell’esercizio della libertà e della cooperazione tra i popoli” (p. 70). Questa inversione di tendenza implica la fondazione di una democrazia eco-sociale che possa salvarci.

Leonardo Boff ha scritto: “Brasil: concluir a refundação ou prolongar a dependência“, Vozes 2018. (Traduzione dal portoghese di Gian

Die Relevanz des Mitgefühls in der gegenwärtigen Situation

Leonardo Boff

Wir erleben derzeit Kriege in vielen Ländern, vor allem im Gazastreifen, wo einer der größten Völkermorde der Geschichte stattfindet, im Krieg gegen die Ukraine, in dem Tausende, vor allem junge Menschen, unter den unerbittlichen Angriffen Russlands getötet werden, und anderswo, insbesondere in Afrika.

Wie kann man sich nicht über den Völkermord an Tausenden unschuldiger Kinder empören, die nichts mit dem Krieg zu tun haben, den Israel gegen die Hamas führt, der wahllos die gesamte Bevölkerung des Gazastreifens ins Visier nimmt und darauf abzielt, insbesondere Kinder und Jugendliche auszulöschen, die sich in Zukunft gegen den Staat Israel stellen könnten.

Um voll und ganz menschlich zu sein, muss die Ethik auch Mitgefühl beinhalten. Es gibt zu viel Leid in der Geschichte, zu viel Blut auf unseren Straßen und die unendliche Einsamkeit von Millionen und Abermillionen von Menschen, die das Kreuz der Ungerechtigkeit, des Unverständnisses und der Bitterkeit allein in ihrem Herzen tragen. Das Ethos der Barmherzigkeit möchte sie alle in das planetarische Ethos einbeziehen, mit anderen Worten, in das gemeinsame Haus, wo sie willkommen sind und wo man ohne Scham weinen oder einander die Tränen liebevoll abwischen kann. Mitgefühl ist die natürliche Ethik der Akteure im Gesundheitswesen, insbesondere derjenigen, die die Palliativpflege übernommen haben, die jetzt im Rahmen des SUS zugelassen ist. Die nationale Bewegung Premier Palliative Care, die von dem großzügigen Dr. Samir Salman aus São Paulo, dem Leiter des Premier-Instituts, gefördert wird, umfasst Hunderte von Ärzten und Pflegepersonal, die sich der Palliativmedizin verschrieben haben.

Für Thomas von Aquin ist „das Mitleid die höchste aller Tugenden, denn es öffnet den Menschen nicht nur für den anderen, sondern auch für den Schwächsten und Hilfsbedürftigsten; in diesem Sinne ist es ein wesentliches Merkmal der Göttlichkeit“ (S.Theologica II.q.30 a.4 c).

Aber zuerst müssen wir etwas Sprachtherapie betreiben, denn Mitleid hat im allgemeinen Verständnis einen abwertenden Beigeschmack. Mitleid bedeutet, die andere Person zu bemitleiden, weil man sie für hilflos hält, ohne die innere Kraft, sich zu wehren. Es impliziert die Haltung eines Menschen, der auf andere herabschaut und sie erniedrigt.

Im frühen Christentum war Mitleid jedoch gleichbedeutend mit Barmherzigkeit, jener großzügigen Haltung, die die Leidenschaft mit anderen teilen und sie in ihrem Schmerz nicht allein lassen will. Das ist nicht die „Nächstenliebe“, die der argentinische singende Dichter Atauhalpa Yupanqui kritisiert: „Ich verachte die “Nächstenliebe” wegen der Schande, die sie bringt. Ich bin wie der Berglöwe, der in Einsamkeit lebt und stirbt”. Der Mensch wird in der Regel in seinem letzten Lebensabschnitt von geliebten Menschen begleitet, die ihn mit palliativer Pflege umgeben haben.

Im Buddhismus gilt das Mitgefühl als die persönliche Tugend des Buddha. Deshalb ist es von zentraler Bedeutung und hat mit der Frage zu tun, die den Buddhismus als spirituellen Weg begründet hat: „Was ist der beste Weg, uns vom Leiden zu befreien“? Die Antwort des Buddha lautete: „durch Mit-Gefühl, durch unendliches Mit-Gefühl“.

Der Dalai Lama aktualisiert diese uralte Antwort auf folgende Weise: „Hilf anderen, wann immer du kannst, und wenn du es nicht kannst, füge ihnen niemals Schaden zu und sei immer mitfühlend“.

            Zwei Tugenden erfüllen das Mitgefühl: Losgelöstheit und Fürsorge. Durch Losgelöstheit verzichten wir auf jedes Gefühl der Überlegenheit gegenüber anderen und respektieren sie so, wie sie sind. Durch Fürsorge nähern wir uns ihnen an und kümmern uns um ihr Wohlergehen, indem wir ihnen in ihrem Leiden helfen.

Mitgefühl ist vielleicht der größte ethische und spirituelle Beitrag, den der Osten zur Weltkultur geleistet hat. Was das Leiden schmerzhaft macht, ist nicht so sehr das Leiden selbst. Es ist die Einsamkeit des Leidens. Der Buddhismus und auch das Christentum fordern eine Gemeinschaft im Leiden, damit niemand in seinem Schmerz allein und hilflos gelassen wird.

Es ist eine große Schande zu sehen, dass europäische Länder mit christlichen Wurzeln, die die Menschenrechte und die Idee der Demokratie geschaffen haben, Netanjahus völkermörderischen Krieg gegen die Hamas und das palästinensische Volk unterstützt haben.

Wie Liebe und Fürsorge hat auch Mitgefühl einen unbegrenzten Anwendungsbereich. Es ist nicht auf den Menschen beschränkt, sondern gilt allen Lebewesen und dem Kosmos. Das buddhistische und franziskanische Ideal des Mitgefühls lehrt uns, wie wir uns angemessen auf die Gemeinschaft des Lebens beziehen: zunächst jedes Wesen in seiner Andersartigkeit respektieren, dann eine emotionale Bindung zu ihm aufbauen, für es sorgen und insbesondere jenen Lebewesen helfen, die leiden oder vom Aussterben bedroht sind. Nur dann können wir von seinen Gaben in angemessenem Maße und verantwortungsvoll profitieren, je nachdem, was wir für ein erfülltes und würdiges Leben brauchen.

Angesichts des großen menschlichen Leids und der systematischen Angriffe auf Mutter Erde ist Mitgefühl ein humanistisches und ethisches Gebot.

Leonardo Boff, Co-Autor mit Werner Müller, schrieb: Das Prinzip Mitgefühl, Herder Verlag 1999

Übersetzt von Bettina Gold-Hartnack