Sofer with those who suffer: the actuality of compassion

Leonardo Boff

A cloak of suffering and pain covers the whole of humanity, threatened by Covid-19. The culture of capital, in which we live, is characterized by individualism and a crying lack of cooperation. The Pope, on the Italian island of Lampeduza, seeing hundreds of Africans arriving by boat from Africa and being unwelcomed by the local population, said almost in tears: “Our modern culture has robbed us of compassion for our fellow human beings; we have become incapable of crying.

It seems that the inflation of instrumental and analytical rationality has caused us a kind of lobotomy: we have become insensitive to the suffering of others. The current president is the most tragic proof of this indifference. He has never visited a hospital overcrowded with people contaminated by Covid-19, many of them suffocating to death.

The pandemic made us discover our deep humanity: the centrality of life, the interdependence among all, the solidarity and the necessary care. It made us more sensitive. It brought back compassion.

Compassion is the ability to feel and share the passion of the other, to whisper words of hope into the ear, to offer a shoulder and say that you are there for them come and go, to be able to cry together but also to encourage each other.

Compassion is a transcultural human feeling. It can be found in all cultures: everyone bends over the fallen and bends down before the dignity of the suffering of the other.

Some time ago an ancient Egyptian tomb was discovered with this inscription, full of compassion: “I was someone who listened to the widow’s complaint; I was someone who wept for a misfortune and consoled the downcast; I was someone who heard the sobbing of the orphan girl and wiped her tears; I was someone who had compassion on a desperate woman.

Today the relatives of those killed and affected by Covid-19, which left in its victims severe sequelae, call us to live this better side of our humanity: compassion. St. Thomas Aquinas wrote in his Summa Theologica that compassion is more excellent than love for one’s neighbor; the latter is directed toward the other; compassion is directed toward the other who suffers.

From quantum physics, contemporary cosmology, and bioanthropology we learn that the fundamental law of all things and of the entire universe is not competition and the triumph of the most capable of adaptation, but the cooperation and synergy of all with all. Even the smallest and weakest has the right to live, because it has its place among all beings and carries within it a message to be heard by all. In this field, compassion among all beings other than humans also applies.

The following legend is told about St. Francis, who was especially compassionate with lepers, with the worm that could not make a hole in the hard soil of the road and who was compassionate enough to remove it and bring it to the damp earth, or with the broken twig:

He found a boy who was carrying in a cage doves to be sold in the market. He begged him: “Good child, give me these humble and innocent little doves so that they will not be killed and eaten by men. The boy, touched by St. Francis’ innocent love, gave him the cage with the doves. Whispering, St. Francis said to them: “my dear little sisters, foolish and simple, why have you let yourselves be caught? Behold, I am coming to set you free. He opened the cage. Instead of flying out, they went lining up on his chest and in his hood and did not want to leave. St. Francis took them to the hermitage and told them, “multiply as your Creator wills. They had many chicks. They did not leave the company of St. Francis and the friars, as if they were domestic. They only took off and flew away when St. Francis blessed them and let them go.

As can be seen, compassion, along the lines of Buddhism and Arthur Schopenhauer’s “Fundamentals of Morals” (1840), all founded on unlimited compassion for all beings, is not only important for those who are currently suffering, but for all of creation.

Let’s conclude with the inspiring words of the Dalai Lama: “Whether you believe in God or not, whether you believe in Buddha or not Even if you can’t help them with money, it’s still always worthwhile to express moral support and empathy. This should be the basis of our action. Whether we call it religion or not is the least of our concerns” (Logic of Love, 1998).What matters is compassion.

Leonardo Boff wrote Principle of Compassion and Care: the encounter between East and West, Vozes 2009.

Sufrir con quien sufre: la actualidad de la compasión

Leonardo Boff*

Un manto de sufrimiento y de dolor cubre toda la humanidad, amenazada por la Covid-19. La cultura del capital, dentro de la cual vivimos, se caracteriza por el individualismo y por una clamorosa falta de cooperación. El Papa, en la isla italiana de Lampedusa, al ver a cientos de africanos que llegaban en barco desde África y eran mal acogidos por la población local, dijo casi entre lágrimas: “nuestra cultura moderna nos ha arrebatado la compasión por nuestros semejantes; nos hemos vuelto incapaces de llorar”.Parece que la inflación de racionalidad instrumental y analítica nos ha producido una especie de lobotomía: nos hemos hecho insensibles al sufrimiento del otro.

El presidente actual es la comprobación más trágica de esta indiferencia. Jamás visitó un hospital a tope de personas contaminadas de Covid -19, muchas muriendo asfixiadas. Sin ningún sentimiento leyó en un discurso público una fría frase que le prepararon, pero se sentía que no venía de un corazón sensibilizado por las casi 600 mil vidas truncadas por su política necrófila.

La pandemia nos está haciendo descubrir nuestra humanidad profunda: la centralidad de la vida, la interdependencia entre todos, la solidaridad y el cuidado necesario. Nos hace más sensibles. Ha traído de vuelta la compasión. Tener compasión no es tener pena de los otros, mirándolos desde arriba. Compasión es la capacidad de sentir y compartir la pasión del otro, decirle al oído palabras de esperanza, ofrecerle un hombro y decirle que estás ahí, a su lado para lo que sea, es ser capaz de llorar juntos pero también de animarse mutuamente.

La compasión es un sentimiento humano transcultural. Se encuentra en todas las culturas: todos se inclinan sobre el caído y ante la dignidad del sufrimiento del otro. 

Tiempo atrás en un ancestral túmulo egipcio se descubrió esta inscripción, llena de compasión:

“Yo fui alguien que escuchó la queja de la viuda: fui alguien que lloró por una desgracia y consoló al abatido; fui alguien que oyó el sollozo de la niña huérfana y le enjugué las lágrimas; fui alguien que tuvo compasión de una mujer desesperada”. 

Hoy los familiares de los muertos y afectados por la Covid-19, que ha dejado en los curados secuelas graves, nos convocan a vivir este lado mejor de nuestra humanidad: la compasión. Santo Tomás de Aquino escribió en su Suma Teológica que la compasión es más excelente que el amor al prójimo. Este se dirige al otro; la compasión se dirige al otro que sufre.

Aprendemos de la física cuántica, de la cosmología contemporánea y de la bioantropología que la ley fundamental de todas las cosas y de todo el universo no es la competición y el triunfo del más capaz de adaptación sino la cooperación y la sinergia de todos con todos. Hasta el más pequeño y débil tiene derecho a vivir pues posee su lugar en el conjunto de los seres y lleva en sí un mensaje a ser oído por todos.

En este campo también vale la compasión entre todos los seres más allá de los humanos. De San Francisco, que se compadecía especialmente de los hansenianos (leprosos), de la lombriz que no conseguía hacer un hueco en el suelo duro del camino, la sacaba, compasivo, y la llevaba a la tierra húmeda, o de la rama rota, se cuenta la siguiente leyenda:

“Una vez encontró a un niño que llevaba una jaula llena de palomas para venderlas en el mercado. Le pidió: “buen niño, dame estas palomas tan humildes e inocentes para que no sean muertas y comidas por los hombres”. El niño, tocado por el amor inocente de San Francisco, le dio la jaula con las palomas. San Francisco les dijo susurrando: “mis queridas hermanitas, sencillas y simples, ¿por qué os dejasteis atrapar? Yo voy a liberaros”. Abrió la jaula pero en vez de salir volando, fueron a colocarse en su pecho y no se querían ir. San Francisco las llevó a la ermita y les dijo: “multiplicaos como lo quiere vuestro Creador”. Tuvieron muchos pichoncitos. No salían de la compañía de San Francisco y de los frailes, como si fuesen domésticos. Sólo levantaron el vuelo y salieron volando por los aires cuando San Francisco las bendijo y las dejó ir”.

Como se deduce, la compasión, en la línea del budismo y de Arthur Schopenhauer en su Fundamento de la moral (1840), fundada en la ilimitada compasión para con todos los seres, no es solo importantísima para quien está sufriendo actualmente sino para toda la creación.

Concluyamos con las palabras inspiradoras del Dalai Lama:

“Ya crea o no crea usted en Dios, ya crea en Buda o no… tenemos que participar en los sufrimientos de las otras personas. Aunque uno no pueda ayudarlas con dinero, siempre es válido expresar apoyo moral y empatía. Esta debe ser la base de nuestro actuar. Que a esto le llamemos religión o no, es lo que menos importa” (Lógica del amor, 1998). Nuestra conclusión: Lo que importa es la compasión más allá de cualquier diferencia o singularidad.

Leonardo Boff ha escrito Principio de Compasión y Cuidado: el encuentro entre oriente y occidente, Vozes 2009.

Traducción de Mª José Gavito Milano

La voracidad del capitalismo trajo la Covid-19

Leonardo Boff*

He sostenido la tesis de que la Covid-19 es un contraataque de la Madre-Tierra contra el sistema del capital y de su expresión política, el neoliberalismo. Ella ha sido agredida y devastada de tal manera que nos envió un arma suya, invisible, el coronavirus, como una alerta y una lección. Este puso de rodillas, humilladas, a las potencias militaristas que con sus armas de destrucción masiva podrían acabar con la vida sobre el planeta. Si se perpetúa la guerra contra el planeta, este podrá no querernos más. Un virus más letal, inmune a cualquier vacuna, podría llevar a gran parte de la especie humana a su fin.

Tal eventualidad no es imposible pues este sistema de muerte de seres de la naturaleza y de seres humanos, al decir del Papa Francisco, posee una tendencia suicida. Prefiere correr el riesgo de morir antes que renunciar a su voracidad.

Este cuento de León Tolstói (1828-1910), contado a los peones de su hacienda Yásnaya Poliana con el título De cuanta Tierra necesita un hombre, puede hacernos reflexionar. 

«Había una vez un campesino que trabajaba un trozo de tierra que no era muy fértil. Trabajaba mucho pero sin mucho fruto. Envidiaba a sus vecinos que tenían más tierras y cosechas más abundantes. Estaba especialmente molesto por los elevados impuestos que tenía que pagar sobre su pequeña tierra y sus escasas ganancias. 

Un día después de mucho pensar resolvió: “me voy con mi compañera lejos de aquí, en busca de tierras mejores”. Supo que a muchas leguas de su casa había gitanos que vendían tierras muy baratas, hasta por precios irrisorios cuando veían a alguien muy necesitado y con ganas de trabajar. 

Aquel campesino, deseoso de poseer mucha más tierra para cultivar y hacerse rico, pensó: “voy a hacer un pacto con el diablo. Este me va a dar suerte”, dijo a su mujer, que torció el gesto. Y le advirtió:

Marido mío, mucho cuidado con el diablo, nunca sale nada bueno de hacer un pacto con él; esa codicia tuya te va a echar a perder”.

Pero, ante la insistencia del marido, decidió acompañarlo para realizar su ambicioso proyecto. Así que partieron, llevando pocas pertenencias. 

Cuando llegaron a las tierras de los gitanos, el diablo ya estaba allí, bien trajeado, dando la impresión de ser un influyente mercader de tierras. El campesino y su mujer saludaron educadamente a los gitanos. Cuando iban a expresar su deseo de adquirir tierras, el diablo, sin ceremonias, se le anticipó y dijo:

Buen señor, veo que viene de lejos y tiene gran deseo de poseer buenas tierras para plantar y hacer alguna fortuna. Tengo una excelente propuesta que hacerle. Las tierras son baratas, al alcance de su bolsillo. Le propongo lo siguiente: usted pone una cantidad razonable de dinero en una bolsa aquí, a mi lado. El territorio que usted recorra a lo largo de todo un día, desde el amanecer hasta la puesta del sol, siempre que esté de vuelta antes de ponerse el sol, esa tierra recorrida será suya. En caso contrario perderá el dinero de la bolsa”.

Los ojos del campesino brillaron de emoción y dijo:

Me parece una propuesta excelente. Tengo piernas fuertes y acepto. Mañana bien temprano, al amanecer, me pongo a correr y todo el territorio que mis piernas puedan alcanzar será mío”.

El diablo, siempre malicioso, sonrió contento.

Y así fue, bien temprano, apenas el sol rompió el horizonte, el campesino echó a correr. Saltó cercas, atravesó riachuelos y no satisfecho ni siquiera se paró para descansar. Veía delante de sí una encantadora planicie verde y rápidamente pensó:“aquí voy a plantar trigo en abundancia”. Mirando a la izquierda se abría un valle muy llano y pensó “aquí puedo hacer una plantación de lino para ropa fina”.

Subió, un poco sin aliento, una pequeña colina y vió que allá abajo surgía un campo de tierra virgen. Y pensó: “quiero también aquella tierra. Allí voy a criar ganado y ovejas y voy a llenar las alforjas de las burras con dinero a más no poder”.

Y así recorrió muchos kilómetros, no satisfecho con lo que había conquistado, pues los lugares que veía eran atractivos y fértiles y alimentaban su deseo incontenible de poseerlos también. 

De repente miró el cielo y se dió cuenta de que el sol se estaba ocultando detrás de una montaña. Dijo para sí mismo:

No hay tiempo que perder. Tengo que volver corriendo, si no perderé todos los terrenos recorridos y, encima, el dinero. Un día de dolor, una vida de amor”, pensó, como decía su abuelo.

Se puso a correr con una velocidad desmedida para sus piernas cansadas. Pero tenía que correr sin reparar en los límites de sus tensos músculos. Incluso se quitó la camisa y dejó caer la bolsa con algo de comida. Siguió mirando la posición del sol, ya cerca del horizonte, enorme y rojo como sangre. Pero aún no se había puesto del todo. Aunque estaba cansadísimo, corría cada vez más, ya no sentía las piernas de tanto esfuerzo. Con tristeza, pensó: “quizás he abarcado demasiado y podría perderlo todo. Pero sigamos adelante”.

Viendo, a lo lejos al diablo, solemnemente de pie y a su lado la saca de dinero, recobró más ánimo, seguro de que iba llegar antes de la puesta de sol. Reunió todas las energías que tenía e hizo un último esfuerzo. Corría, sin pensar en los límites de sus piernas, como que fuera volando. No muy lejos de la llegada, se tiró hacia delante, casi perdiendo el equilibrio. Rehecho, todavía dio algunos pasos largos.

Fue entonces cuando extenuado y ya sin fuerzas, se desplomó en el suelo. Y murió. Su boca sangraba y todo su cuerpo estaba cubierto de arañazos y de sudor.

El diablo, maliciosamente, apenas sonrió. Indiferente al muerto y codicioso, miraba la bolsa de dinero. Todavía se dio el trabajo de hacer una fosa del tamaño del campesino y lo metió dentro. Eran solo siete palmos de tierra, la parte menor que le tocaba de todos los terrenos recorridos. No necesitaba más que eso. Su mujer, como petrificada, presenciaba todo, llorando copiosamente».

Este cuento reverbera las palabras de João Cabral de Melo Neto (1920-1999) en su obra Muerte y Vida Severina (1995). En el funeral del labrador dice el poeta: ”Esta fosa en que estás, con palmos medida, es la cuenta menor que sacaste en vida; es la parte que te cabe de este latifundio”.

De todos los terrenos atrayentes que veía y deseaba poseer, al ávido campesino solo le quedaron al final los siete palmos para su sepultura. 

¿No será este el destino del capitalismo y del neoliberalismo?


*Leonardo Boff ha escrito Covid-19: la Madre-Tierra contraataca a la humanidad, advertencias de la pandemia, Vozes 2020.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Die derzeitige Regierung Bolsonaro hat dem indigenen Volk den Tod gebracht

                Leonardo Boff

Die Verachtung, die der derzeitige Präsident gegenüber den Indigenen zeigt, ist berüchtigt. Er betrachtet sie als Untermenschen, und am 1. Dezember 2018 sagte er ganz deutlich: “Unser Projekt für die Indios ist es, sie uns gleich zu machen”. Und weiter: “Es wird keinen Zentimeter für indigene Reservate oder Quilombolas geben”.

Das Perverseste war, den Vorschlag zur Verfassungsänderung (PEC) nicht zu billigen, der ihnen Trinkwasser bringen sollte, die grundlegende Maßnahme gegen Covid-19. Das ist beabsichtigter Tod. Vor Tagen, in diesem Monat Juni, bei einer friedlichen Demonstration mehrerer ethnischer Gruppen, wurden sie in Brasilia mit Repression, Gummigeschossen und Tränengas empfangen. Sie wurden völlig im Stich gelassen, sodass 163 Dörfer verschiedener Ethnien verseucht wurden und 1.070 Menschen ums Leben kamen.

Ein Kenner der Geschichte des Amazonas, Evaristo Miranda, dessen Titel eine Offenbarung ist: Cuando el Amazonas corría hacia el Pacífico, (Vozes 2007) sagt uns: “Eines ist sicher: Die älteste und dauerhafteste menschliche Präsenz in Brasilien befindet sich im Amazonasgebiet. Vor etwa 400 Generationen besetzten, stritten, erforschten und veränderten verschiedene menschliche Gruppen die Amazonasgebiete und ihre Nahrungsressourcen” (S. 47). Sie entwickelten eine großartige Bewirtschaftung des Waldes, respektierten seine Einzigartigkeit und veränderten gleichzeitig seinen Lebensraum, um jene Pflanzen zu fördern, die für den menschlichen Gebrauch nützlich sind. Die Eingeborenen und der Wald entwickelten sich gemeinsam in einer tiefgreifenden Gegenseitigkeit.

Der Anthropologe Viveiros de Castro brachte es gut zum Ausdruck: “Das Amazonasgebiet, das wir heute sehen, ist das Ergebnis jahrhundertelanger sozialer Eingriffe, so wie die Gesellschaften, die dort leben, das Ergebnis jahrhundertelanger Koexistenz mit dem Amazonasgebiet sind” (in Tempo e Presença 1992, S.26).

Es ist auch erwähnenswert, dass sich im Inneren des Dschungels mit seinen hunderten von ethnischen Gruppen ab 1100, vor der Ankunft der portugiesischen Invasoren, ein immenser Raum (fast ein Imperium) des Tupi-Guarani-Stammes bildete. Er besetzte Territorien, die von den Ausläufern der Anden, die den Amazonas bilden, bis zu den Becken der Flüsse Paraguay und Paraná reichten und teilweise bis in die Gaucho-Pampa und den brasilianischen Nordosten reichten. “Auf diese Weise”, so Miranda, “wurde praktisch das gesamte Dschungel-Brasilien von Tupi-Guarani-Völkern erobert” (a.a.O. 92-93).

Im präkabralischen Brasilien gab es etwa 1.400 Stämme, 60 % davon im amazonischen Teil. Sie sprachen in Sprachen von 40 Stämmen, die in 94 verschiedene Familien unterteilt waren, was die Anthropologin Berta Ribeiro zu der Feststellung veranlasste, “dass nirgendwo auf der Erde eine ähnliche sprachliche Vielfalt wie im tropischen Südamerika gefunden wurde” (Amazônia urgente, 1990 S.75). Heute gibt es angesichts der Dezimierung der indigenen Völker, die im Laufe der Geschichte und in jüngster Zeit durch Garimpeiros, Minenarbeiter, Extraktivisten (meist illegal) verübt wurde, leider nur noch 274 Sprachen. Das bedeutet, dass mehr als tausend Sprachen verloren gegangen sind (85%) und mit ihnen das Wissen der Vorfahren, Weltanschauungen und einzigartige Kommunikationsmittel. Dies stellt eine irreparable Verarmung für das kulturelle Erbe der Menschheit dar.

Unter den vielen Tragödien, die zum Verschwinden ganzer ethnischer Gruppen führten, lohnt es sich, an eine zu erinnern, die nur wenigen bekannt ist. Der von Enigen bewunderte Don Juan VI. befahl in einem königlichen Schreiben vom 13. Mai 1808 offiziell den Krieg gegen die Krenak-Indianer im Tal des Rio Dulce in den Bundesstaaten Minas und Espírito Santo. Den militärischen Befehlshabern befahl er “einen Angriffskrieg, der kein anderes Ende haben wird, als wenn ihr das Glück habt, über ihre Behausungen zu herrschen und sie die Überlegenheit meiner Waffen spüren zu lassen… bis zur totalen Reduzierung einer ähnlichen und grausamen menschenfressenden Rasse” (L. Boff, O casamento do céu com a terra, 2014, S.140).

Warum bringen wir all das in Erinnerung? Damit wir erkennen, dass diese Vernichtungsaktionen auch heute noch andauern und wir Widerstand leisten, Kritik üben und die verbrecherische Politik der gegenwärtigen Regierung bekämpfen müssen, die einen Völkermord an den Indigenen und am brasilianischen Volk selbst verübt, der mehr als 510 Tausend Menschen den Tod gebracht hat.

Die Haupttäter und ihre Komplizen werden kaum umhin kommen, sich dem Internationalen Strafgerichtshof für Verbrechen gegen die Menschlichkeit in Den Haag zu stellen. Der Aufschrei ist nicht nur ein brasilianischer, sondern ein internationaler. Für solche Verbrechen gibt es keine Verjährung. Wo auch immer die Täter sich befinden und zu welcher Zeit auch immer, sie werden der Strenge der heiligen Menschenwürde  nicht entkommen, bei dem Eifer, den sie selbst an den Tag gelegt haben.

Diese Eingeborenen sind unsere Meister und Ärzte, wenn es um die Beziehung zur Natur geht, als deren Teil und große Bewahrer  sie sich fühlen. Jetzt, da wir mit Covid-19 ratlos und verloren sind und nicht wissen, wie es weitergehen soll, müssen wir sie konsultieren. Wie ein indigener Führer, Überlebender des verbrecherischen Krieges von Don Juan VI, Ailton Krenak, sagt, werden sie uns helfen, das Ende der Welt abzuwenden oder aufzuschieben.

Wenn wir dem Weg der Zerstörung unserer gemeinsamen Heimat folgen, sie grenzenlos und ohne Skrupel ausbeuten, könnte dieses Schicksal die Tragödie der menschlichen Spezies sein. Aber wir haben die Hoffnung, die die Ureinwohner bis zum heutigen Tag überleben ließ. Auch wir hoffen zu überleben, verwandelt durch die Lektionen, die uns Mutter Erde erteilt hat.

Leonardo Boff Theologe und Schriftsteller: ökologie:Schrei der Erde, Schrei der Arme, Patmos 2015.

Übersetzt von Bettina Goldhacker