La aparición de la Covid-19 ha traído grandes cuestionamientos para la existencia humana. Para frenar su propagación se han impuesto varias medidas restrictivas que han provocado impaciencia, indignación, desesperanza y fatalismo. Pero han creado también la oportunidad de fe, de esperanza y sobre todo de reflexión acerca del sentido de nuestra presencia en este planeta y un aprendizaje para la vida, que debe continuar mejor, más tierna y fraterna.
El virus invisible ha desenmascarado la arrogancia del ser humano moderno que se juzgaba un pequeño dios, capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza con la tecnociencia y someterlas a su servicio. La Covid-19 ha demostrado que solamente somos señores de la naturaleza si la obedecemos. No somos dueños sino parte de la naturaleza junto a y no encima de los demás seres.
La Covid-19 nos ha revelado como seres expuestos a la imprevisibilidad y la vulnerabilidad, es decir, no dominamos las condiciones que garantizan o amenazan nuestra vida. ¿Quién, exceptuando epidemiólogos, como uno de los mayores, David Qammen, previó la llegada amenazadora del virus? Son pocos los países que tienen un SUS (Sistema Único de Salud) como nosotros en Brasil. No lo tienen Estados Unidos, Italia, España y México entre otros. Además somos seres que no poseen ningúnórgano especializado (Mangelwesen de Arnold Gehlen) que asegure nuestra existencia ni poseemos un hábitat propio, como tienecada especie de la naturaleza. Tenemos que construir, mediante la interacción con la naturaleza y el trabajo. nuestro hábitat, o sea, un lugar hospitalario en el cual podemos vivir sin mayores amenazas y en paz.
El virus ataca a personas, ricas y pobres, clases, religiones y todas las naciones del planeta. Las armas de destrucción masiva sobre las que se funda el poder de los imperios de hoy en busca de hegemonía mundial e incluso del dominio sobre otros pueblos, se han vuelto ineficaces e incluso ridículas. Lo que nos está salvando no son los mantras de la cultura del capital (lucro, competencia, individualismo, asalto a los bienes y servicios de la naturaleza, dominio del mercado sobre la sociedad) sino los valores casi ausentes en este sistema capitalista y neoliberal: la centralidad de la vida, la interdependencia entre todos, la solidaridad, la generosidad, el cuidado de unos a otros y de los escasos bienes naturales, las relaciones sociales más amigables frente a la insaciable voracidad del mercado, un estado social que atiende las demandas básicas de sus ciudadanos Este es un aprendizaje que estamos haciendo; hay que interiorizarlo y fundar un nuevo paradigma de comportamiento, para que no se traduzca en unos pocos actos sino en una actitud permanente, ya que esto es lo que transforma.
La indignación y la impaciencia son comprensibles porque somos seres sociales. No poder convivir, abrazar y besar a nuestros seres queridos y amigos es doloroso y triste. Asumimos las renuncias como cuidado de nosotros mismos y como solidaridad con los demás para no contaminarlos ni contaminarnos nosotros mismos. Importa que la indignación se transforme en empatía por los que sufren, ya sea en los hospitales, o con las familias que han perdido a sus seres queridos.
El fatalismo significa aceptar un hecho como inevitable ante el cual no podemos hacer nada. Esta es una visión negacionista que nos lleva a la inercia y al abatimiento. Olvida que el ser humano fue creado creador; tiene energías ocultas en su interior que son más fuertes que la dureza de los acontecimientos. Podemos resistirlos, evitarlos y, aunque ocurran, siempre es posible sacar lecciones de ellos y así superarlos. Nada es fatal en este mundo. Solo la muerte lo es. Pero la muerte no tiene por qué significar el fin de nuestra peregrinación, sino el momento de transfiguración, el ejercicio de la libertad suprema al no permitir que nos quiten la vida, sino entregársela a un Mayor, y despedirnos de este mundo agradecidos por el hecho de haber existido. La última palabra de Santa Clara, compañera de San Francisco de Asís, es inspiradora: “Señor, te doy gracias por haberme creado”. Inclinó la cabeza hacia un lado y expiró y así cayó en los brazos de Dios-Padre-y-Madre de bondad que la esperaban.
Ante la pandemia avasalladora, es urgente suscitar la fe y alimentar la esperanza. La fe, en su sentido bíblico, significa más que acoger verdades y adherirse a doctrinas. Es sobre todo confiar en Alguien que acompaña nuestros pasos, conoce todos nuestros altibajos, sabe de qué polvo estamos hechos y se apiada de nosotros. Por eso, como dice de forma consoladora el Salmo 103: “Él no está siempre acusando ni guarda rencor para siempre; como un padre tiene compasión de sus hijos, así el Señor se compadece de los que confían en él, porque conoce nuestra naturaleza y recuerda que somos polvo” (v. 9-14). Tener fe significa que la vida, por penosa que sea, tiene sentido y vale la pena asumirla y amarla. Hoy la asumimos en su fragilidad y confiamos en que ese Alguien pueda compadecerse de nosotros y salvarnos del virus letal
La esperanza nos hace comprender que lo invisible es parte de lo visible. La realidad empírica y dada no es toda la realidad. Oculta algo invisible que pertenece a nuestra condición humana: las innumerables posibilidades y virtualidades escondidas dentro de nosotros. Podemos desentrañarlas inventando una nueva solución a nuestros problemas. La esperanza nos permite soñar y pensar en mundos aún no vividos y ensayados pero que nos desafían a darles forma. Mientras haya esperanza, no habrá callejones sin salida. Por la esperanza nos convencemos de que la Covid-19 no será el Next Big One, el gran virus terminal, contra el que ninguna vacuna sería eficaz y que podría liquidar gran parte de la biosfera y acabar con millones de seres humanos. Pero el virus es misterioso, desconocemos las consecuencias y su posible permanencia endémica entre los humanos. Todo indica que el mundo pre-pandemia definitivamente ha pasado. Debemos prepararnos para algo nuevo en la humanidad: una nueva forma de vivir y convivir entre nosotros los humanos y con la naturaleza a ser regenerada.
Nuestra esperanza es que aún tenemos futuro. Nacidos en el corazón de las grandes estrellas rojas, hace miles de millones de años, seguiremos irradiando. Alimenta nuestra esperanza una de las últimas frases de la Laudato Si: cómo cuidar de la Casa Común delPapa Francisco: “Caminemos cantando; que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza” (n.244).
*Leonardo Boff es filósofo y teólogo y ha escrito: El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amor social, que saldrá publicado en breve por la Editorial Vozes 2021.
O intrusão do Covid-19 trouxe grandes questionamentos para a existência humana. Para frear sua propagação se impuseram várias medidas restritivas que provocaram impaciência, indignação,desesperança e fatalismo. Mas também criaram a oportunidade de fé, de esperança e sobretudo de reflexão sobre o sentido de nossa presença neste planeta e de um aprendizado para a vida que deve seguir melhor, mais terna e fraterna.
O vírus invisível desmascarou a arrogância do ser humano moderno que se julgava um pequeno deus, capaz de, com a tecnociência, dominar as forças da natureza e submetê-las ao aeu serviço. O Covid-19 demonstrou que somente nos assenhoreamos da natureza se obedecermos a ela. Não somos donos mas parte da natureza junto e não em cima dos demais seres abraçados como irmãos e irmãs.
O Covid-19 nos revelou como seres expostos à imprevisilidade e à vulnerabilidade, quer dizer, não dominamos as condições que garantem ou ameaçam nossa vida. Quem, afora alguns epidemiologistas, como um dos maiores, David Qammen, previu a chegada ameaçadora do vírus? São poucos países que tem um SUS (Sistema Único de Saúde) como nós no Brasil. Não o tinham os USA, a Itália, a Espanha, o México entre otros. Ademais somos seres que não possuem nenhum órgão especializado (Mangelwesen de Arnold Gehlen) que assegure a nossa existência nem possuímos um habitat próprio, como cada espécie da natureza possui. Precisamos construir pela interação com a natureza e pelo trabalho o nosso habitat, vale dizer, um lugar hospitaleiro no qual podemos viver com sem maiores ameaças e em paz.
O vírus ataca as pessoas, ricas e pobres, as classes, as religiões e todas as nações do planeta. As armas de destruição em massa sobre as quais se funda o poder dos impérios atuais em busca de hegemonia mundial e até de dominação sobre outros povos, se tornaram ineficazes e até ridículas. O que nos está salvando não são os mantras da cultura do capital (o lucro, a concorrência, o individualismo, o assalto aos bens e serviços da natureza, o domínio do mercado sobre a sociedade) mas os valores quase ausentes nesse sistema capitalista e neoliberal: a centralidade da vida, a interdependência entre todos, a solidariedade, a generosidade, o cuidado de uns para com os outros e para com os bens naturais escassos, as relações sociais mais amigáveis contra a voracidade insaciável do mercado, um estado social que cuida das demandas básicas de seus cidadãos.Eis um aprendizado que estamos fazendo e que deve ser internalizado e fundar um novo paradigma de comportamento, para que não se traduza apenas por alguns atos mas se torne uma atitude permanente, pois é essa que transforma.
A indignação e a impaciência são compreensíveis, pois somos seres sociais. Não poder conviver, abraçar e beijar nossos entes queridos e amigos é penoso e entristecedor. Assumimos as renúncias como o cuidado para conosco mesmos e como solidariedade para com os demais para não contaminá-los ou nós mesmos não sermos contaminados. A indignação importa que se transforme em empatia para os que sofrem, seja nos hospitais, seja com as famílias que perderam seus entes queridos.
O fatalismo significa aceitar um fato como inevitável face ao qual nada podemos fazer. Essa é uma visão negacionista que nos leva à inércia e ao tédio. Esquece que o ser humano foi criado criador; possui dentro de si energias escondidas que são mais fortes que a dureza dos acontecimentos. Podemos resistir a eles, evitá-los e, mesmo acontecidos, sempre é possível tirar lições deles e assim superá-los. Nada é fatal nesse mundo. Somente o é a morte. Mas a morte não precisa significar o fim de nossa peregrinação mas o momento de transfiguração, o exercício da suprema liberdade ao não permitir que a vida nos seja tirada, mas entregá-la a um Maior e despedir-se des te mundo, agradecidos pelo fato de termos existido. É inspiradora a última palavra de Santa Clara, a companheira de São Francisco de Assis:”Senhor, te agradeço por me teres criado”. Inclinou a cabeça ao lado e expirou e assim caiu nos braços de Deus-Pai-e-Mãe de bondade que a esperavam.
Face à avassaladora pandemia urge suscitar a fé e alimentar a esperança. Fé, em seu sentido bíblico, significa mais que acolher verdades e aderir a doutrinas. É antes de tudo uma confiança em Alguém que acompanha nossos passos, conhece todos os nossos altos e baixos, que sabe do pó do qual somos feitos e tem piedade de nós. Por isso, como diz de forma consoladora, o salmo 103:”Ele não está sempre acusando nem guarda rancor para sempre; como um pai sente compaixão por seus filhos, assim o Senhor tem compaixão por aqueles que a Ele se confiam porque conhece nossa natureza e se lembra de que somos pó”(v.9-14). Ter fé significa que a vida, por mais penosa que seja, tem sentido e vale a pena assumi-la e amá-la. Hoje a assumimos em sua fragilidade e confiamos que esse Alguém pode se compadecer de nós e nos salvar do vírus letal.
A esperança nos faz compreender que o invisível é parte do visível. A realidade empírica e dada não é toda a realidade. Ela esconde algo invisível que pertence à nossa condição humana: as incontáveis possibilidades e virtualidades escondidas dentro de nós. Podemos desentranhá-las inventar uma solução nova aos nossos problemas. É a esperança que nos permite sonhar e pensar em mundos ainda não vividos e ensaiados mas que somos desafiados a moldá-los. Enquanto houver esperança, jamais existirão becos sem saída. Pela esperança nos convencemos a nós mesmos de que o Covid-19 não representará o “Next Big One”, o grande vírus terminal, contra o qual nenhuma vacina seria eficaz e que poderia liquidar grande parte da biosfera e levar milhões da humanidade a um desfecho trágico.
Ainda temos futuro. Nascidos no coração das grandes estrelas vermelhas, há bilhões de anos, seguiremos irradiando. Alimenta nossa esperança uma das últimas frases da Laudato Si: como cuidar da Casa Comum do Papa Francisco:”Caminhemos cantando; que as nossas lutas e a nossa preocupação por este planeta não nos tirem a alegria da esperança”(n.244).
Leonardo Boff é filósofo e teólogo e escreveu: O doloroso parto da Mãe Terra: uma sociedade de fraternidade sem fronteiras e de amor social a sair em breve pela Vozes 2021.
Morreu no dia 5 de abril em sua casa Tübigen, seguramente um dos maiores teólogos da Igreja Católica romana do século XX, aberto à ecumene cristã,religiosa e política. Sua produção foi imensa, frequentando os principais temas que iam da música à nova cosmologia, passando pelo estudo das grandes religiões, da teologia ecumênica, da filosofia, da política, da economia e da ética mundial. Fomos amigos pois juntos trabalhamos na edição da revista internacional Concilium (sai em 7 línguas,no Brasil pela Vozes) por mais de 20 anos. Aproximamo-nos muito por ocasião da minha convocação por parte da Congregação da Doutrina da Fé (Ex-Inquisição, ex-Santo Ofício) em razão de meu livro Igreja:carisma e poder ajuizado em 1984. Ele mesmo fora convocado mas diante de seus argumentos e do apoio de cardeais, bispos, autoridades eclesiásticas e também políticas, foi dispensado. Mas perdeu o título de teólogo católico e com isso a cátedra de teologia sistemática e ecumênica na Universidade de Tübingen. Mas a Universidade o acolheu como professor de ética e de ecumenismo,num instituto que ele ajudara a criar.Lutou sempre pela reforma da Igreja, tornando o celibato opcional, assumindo uma ética evangélica e humanitária nas questões de família e de sexualidade. Apoiou-me publicamente no meu processo judicial em Roma e nos sentimos companheiros de tribulações. Muitas são as tribulações que ambos tivemos que suportar por causa da sistemática vigilância doutrinária e até penas e restrições que aquela instância do Vaticano, sem qualquer piedade, impõe. Quero aqui manifestar meu reconhecimento e pesar pela partida desse entranhável amigo que tanto contribuiu para tornar crível e compreensível a herança de Jesus, apresentada por ele, Hans Küng, como algo bom e profundamente humano para todos e não apenas para os professantes da fé cristã. Que o Cristo que ele tanto anunciou e amou lhe dê o abraço infinito de comunhão eterna e de paz perpétua: Leonardo Boff
O padre e teólogo católico Hans Küng, o renomado estudioso e prolífico escritor que convivia com o mal de Parkinson, a degeneração macular e a artrite desde 2013, morreu nessa terça-feira, 6 de abril, em sua casa em Tübingen, Alemanha. Ele tinha 93 anos.
A reportagem é de Patricia Lefevere, publicada por National Catholic Reporter, 06-04-2021. A tradução é de Moisés Sbardelotto.
Poucos homens em toda a cristandade tiveram tanto a dizer ou tiveram a sua obra lida por tantos cristãos – e outros – quanto Küng, o célebre e controverso teólogo suíço e padre católico.
Abra uma revista ou ligue a televisão na Europa, e é provável que você veja o rosto e escute a voz em tom germânico do famoso professor suíço que viveu, ensinou e proferiu conferências por mais de 40 anos na Alemanha.
Muitas vezes, ele era fotografado na companhia de chefes de Estado – Tony Blair da Grã-Bretanha, Mikhail Gorbachev da União Soviética, Helmut Schmidt da Alemanha – assim como de líderes religiosos mundiais.
Ele frequentemente participava de diálogos públicos com representantes acadêmicos do budismo, das religiões chinesas, do hinduísmo, do islamismo e do judaísmo. Ele também se encontrou com o secretário-geral da ONU Kofi Annan em sua busca por uma ética global como um caminho para a paz internacional no século XXI.
Dezenas de milhares de seus leitores que vivem além das fronteiras da Europa, na América, Austrália, Ásia e África, também o ouviram ou pelo menos leram um ou mais de seus livros. Ele foi o principal teólogo católico a falar na China sobre religião e ciência, o primeiro teólogo a discursar para um grupo de astrofísicos e, mais tarde, no Congresso Europeu de Radiologia sobre o tema de uma medicina mais humana.
As razões para a sua popularidade eram onipresentes: legibilidade, clareza, erudição, honestidade, destemor. Ele era inteligente, ocasionalmente profundo. Alguém menos dotado intelectualmente podia entender seus argumentos e ser atraído pelos seus textos e pelas suas palestras exatamente por esse motivo.
Ele disse e escreveu aquilo que achava que precisava ser transmitido naquela que ele considerava como a sua luta implacável pela liberdade intelectual e a sua busca apaixonada pela verdade.
Em seu livro mais popular – “Christ sein”(“Ser cristão”, Ed. Vozes, 1979) – que rapidamente vendeu mais de 200.000 cópias em alemão quando foi lançado em 1974, Küng disse que investigou questões teológicas que preocupam qualquer pessoa instruída.
Ele escreveu para aqueles “que creem, mas se sentem inseguros”, para aqueles que costumavam crer “mas não estão satisfeitos com a sua descrença” e para aqueles que estão fora da Igreja e não estão dispostos a abordar “as questões fundamentais da existência humana com meros sentimentos, preconceitos pessoais e explicações aparentemente plausíveis”.
Bíblia e jornal
Para um público tão amplo, Küng mantinha as Escrituras e o jornal diário à mão. A partir dos 10 anos de idade, quando os nazistas invadiram a Áustria, vizinha da Suíça, dando início à Segunda Guerra Mundial, o jovem Hans – o mais velho de sete irmãos – começou a ler o jornal diário. Era uma disciplina que ele manteve até a sua morte, apesar do declínio da visão. Manter-se informado sobre os assuntos religiosos e mundiais o tornava “um realista, e não um romântico”, disse ele a esta repórter em vários de nossos encontros.
Muitas vezes polêmico, o nome “Küng” trazia a sua própria marca de adjetivos na Igreja conservadora e nas publicações políticas conservadoras: ele era o dissidente Küng, a bête noire, o desobediente, o herege, o apóstata, o errante, o protestante. Em suma, “l’enfant terrible da Igreja Católica”, gritavam muitas manchetes.
Seu livro de 1971 “Infallible? An Inquiry”[Infalível? Uma investigação], causou alvoroço em todo o mundo católico, contestando a declaração de infalibilidade papal promulgada em 1870 no Concílio Vaticano I. Küng investigou a base teológica da declaração e descobriu que a reivindicação da autoridade papal suprema era um impasse para a unidade com as outras Igrejas cristãs.
O livro foi publicado apenas três anos depois que o Vaticano pedira a Küng que respondesse a acusações contra seu livro anterior, “Igreja Católica” (Ed. Objetiva, 2002). Autoridades católicas contestaram a compreensão do teólogo sobre a autoridade papal e solicitaram que ele comparecesse em Roma para responder às acusações.
Küng manteve a sua posição. Ele não se retrataria. Ele queria ver o arquivo que o Vaticano acumulou sobre ele. Ele exigiu uma lista por escrito das questões a respeito do seu livro, assim como os nomes daqueles que examinaram a obra. Ele pediu para falar em alemão durante qualquer reunião com as autoridades vaticanas e ainda solicitou que o Vaticano pagasse as suas despesas de viagem para Roma ou então realizasse as audiências na casa de Küng em Tübingen.
Além de abordar a infalibilidade, Küng também criticou a lei do celibato, favorecendo, ao invés disso, um clero e um diaconato casados, ambos abertos tanto a mulheres quanto a homens. Ele defendeu que o celibato compulsório era a principal razão para a escassez de padres e acusou a hierarquia de preferir negar aos fiéis uma celebração da Eucaristia perto de casa para manter o celibato obrigatório. A lei contradizia o Evangelho e a tradição católica antiga, e deveria ser abolida, escreveu ele.
Ele criticou a proibição das dispensas para padres que desejassem deixar o sacerdócio – introduzida pelo Papa João Paulo II após a sua eleição como pontífice em 1978 – por considerá-la uma violação dos direitos humanos.
Sua abordagem histórico-crítica à pesquisa o levou a concluir que as primeiras comunidades cristãs em Corinto e em outros lugares tinham membros leigos que presidiam os serviços eucarísticos na ausência de um padre.
Ele discordou da proibição da Igreja à contracepção artificial e as suas inibições em questões de sexualidade humana. Ele até teve a ousadia de criticar o primeiro ano do pontificado de João Paulo II. Em um artigo publicado em oito jornais da Europa, das Américas e da Austrália, Küng questionou se o novo papa estava aberto ao mundo, se era um líder espiritual, um verdadeiro pastor, um colega bispo colegial, um mediador ecumênico ou até mesmo um verdadeiro cristão.
Küng reconheceu que os católicos tradicionais considerariam que fazer tais perguntas ao papa popular era “mais imperdoável do que a blasfêmia”. Mas ele disse que suas críticas surgiram do “compromisso leal” com a Igreja e sentiu que “o papa tem o direito de receber uma resposta da sua própria Igreja em solidariedade crítica”.
Revogação da licença para lecionar
Os redatores de manchetes e jornalistas em geral tiveram um dia cheio em 18 de dezembro de 1979, quando o Vaticano puxou o tapete da carreira de professor de Küng, revogando sua missio canonica, ou licença para lecionar como teólogo católico na Universidade de Tübingen, onde ele estava desde 1960. Tal licença é exigida para lecionar como teólogo católico em uma instituição reconhecida pelo pontífice, como a escola de teologia católica de Tübingen.
A secular universidade alemã tem há muito tempo escolas separadas de teologia católica e protestante. A sua escola católica, na qual Küng atuou como professor de teologia dogmática de 1963 a 1979, é renomada pela sua interpretação moderna do Novo Testamento.
Em “Disputed Truth” [Verdade controversa], o segundo livro dos seus três volumes de memórias, Küng gastou 80 páginas revisando as acusações contra ele – as reuniões secretas de bispos alemães e autoridades vaticanas fora da Alemanha, a traição de sete de seus 11 colegas de Tübingen e quase um colapso físico e emocional causado pela exaustão dos seus esforços para responder às acusações do Vaticano, enquanto preservava seu posto em uma universidade estatal.
No fim, Küng manteve seu cargo de professor, não no corpo docente católico, mas no Instituto de Pesquisa Ecumênica, um órgão secular da universidade, que ele havia fundado e dirigido desde o início dos anos 1960. Ele também continuou sendo “um padre em boa situação”, o que irritou aqueles que buscavam a sua excomunhão. Apesar de sua franqueza, Roma reconheceu a sua dedicação de uma vida inteira à Igreja e permitiu que Küng pregasse e publicasse até que a doença e a deficiência o desaceleraram em 2013.
Küng e Ratzinger
Küng mostrou uma certa consternação em 1979, quando soube do envolvimento do cardeal Joseph Ratzinger na remoção de sua licença de ensino. Como decano da teologia em Tübingen no início dos anos 1960, Küng havia oferecido – e Ratzinger aceitou – uma cátedra em Tübingen. Mas, depois das revoltas estudantis na Alemanha em 1968, Ratzinger deixou a academia, voltando para a sua cidade natal, Munique, onde se tornou arcebispo e depois cardeal. Mais tarde, ele chefiou a Congregação para a Doutrina da Fé durante 25 anos, sob o comando de João Paulo II.
Para surpresa de muitos, Küng solicitou um encontro com Ratzinger logo depois que este foi eleito papa em abril de 2005. Os dois padres mantiveram o respeito um pelo outro e uma correspondência limitada por mais de 45 anos. Ratzinger, agora Papa Emérito Bento XVI, concordou rapidamente em se encontrar com Küng. Os dois conversaram por quatro horas e jantaram na residência de verão de Bento XVI em Castel Gandolfo.
Um comunicado emitido pelo Vaticano dois dias após o encontro no dia 24 de setembro de 2005 indicou que o encontro foi amigável e que Bento XVI elogiou Küng pelos seus esforços para construir um código de ética global que consagrasse os valores que eram mantidos em comum entre as religiões e reconhecido por líderes seculares também.
Os dois não abordaram quaisquer questões doutrinais. Küng também não pediu que sua licença de ensino fosse restaurada. Em vez disso, eles encontraram um consenso sobre questões relativas à ciência e à religião, fé e à razão, e a questões sociais relacionadas com a ética e a construção da paz.
Embora essa noite compartilhada por eles fosse apenas uma centelha de tempo em comparação com o quarto de século em que Küng estivera em um estado de relações tensas com o Vaticano, o teólogo viu isso como um sinal de abertura e até mesmo um prenúncio de esperança para aqueles que compartilhavam a sua visão crítica da Igreja em relação àquilo que ele frequentemente chamava de “procedimentos inquisitoriais” contra ele e outros dissidentes.
Durante anos, Küng pediu aos padres e bispos que mostrassem alguma coragem contra aquilo que ele chamava de sistema repressivo romano, que demandava obediência acima da razão e conformidade acima da liberdade de consciência.
O que foi, de fato, que deu a esse pensador renegado uma confiança tão duradoura em meio a décadas de luta?
Uma indicação é fornecida em “Ser cristão”, que teve muitas edições e foi traduzido para dezenas de línguas. Küng o chamava de “uma pequena Summa”, na qual trabalhou por sete anos. Suas 720 páginas investigam se a fé cristã podia continuar enfrentando os desafios do mundo moderno e se a mensagem cristã era adequada para os homens e as mulheres de hoje. Küng disse que escreveu o livro porque não sabia o que era especificamente cristão e precisava descobrir.
No início da obra, Küng citou o físico e filósofo alemão Carl Friedrich von Weizsäcker, que disse: “Há uma coisa que eu gostaria de dizer aos teólogos: algo que eles sabem e que outros deveriam saber. Eles detêm a única verdade que vai mais fundo do que a verdade da ciência, sobre a qual repousa a era atômica. Eles têm um conhecimento da natureza do ser humano que está mais profundamente enraizado do que a racionalidade dos tempos modernos. Inevitavelmente sempre chega o momento em que o nosso planejamento falha e perguntamos e perguntaremos acerca da verdade”.
A busca da verdade foi a tarefa escolhida para a qual Küng ofereceu a sua investigação insaciável e o seu intelecto inextinguível.
“Eu tenho uma curiosidade intelectual infinita”, disse ele a esta jornalista durante o primeiro de muitos encontros ao longo de quase 40 anos. “Eu nunca estou satisfeito. Devo sempre saber mais sobre tudo, para detectar exatamente quais são os problemas. Eu não tenho muitos preconceitos antes de começar, pois não temo o resultado.”
“A cristologia apresenta muitos problemas, e por isso as pessoas dizem: ‘É perigoso tocar na questão do nascimento virginal, da pré-existência de Cristo, da Trindade’. Mas eu acho que a verdade não pode fazer mal – nem a mim pessoalmente nem à Igreja”, disse ele ao NCR.
A chance de refletir sobre Deus dava a Küng um enorme prazer e satisfação, relatou ele em “My Struggle for Freedom”[Minha luta pela liberdade], o primeiro volume de suas memórias.
“Eu sei nadar”
Quando jovem, Küng se lembra de ter voltado para casa “radiante” quando se deu conta de que “eu posso nadar (…) a água me sustenta”. Para ele, essa experiência ilustrava “a aventura da fé, que não pode ser provada teoricamente por um curso em ‘terra firme’, mas simplesmente deve ser tentada: uma aventura bastante racional, embora a racionalidade só surja no ato”, ele escreveu em seu primeiro livro de memórias.
Amante da natureza ao longo da vida, Küng passou muito tempo nos seus arredores – nadando quase todos os dias de sua vida e esquiando até os 80 anos durante as breves férias na Suíça. Esquiar o ajudava, pelo menos por algumas horas, a “arejar o meu cérebro e a esquecer todos os estudos, muitas vezes desafiando o frio, o vento, a neve e a tempestade”, afirmou ele em suas memórias.
Quase todos os seus livros foram compostos à mão enquanto Küng se sentava em seu espaçoso terraço em Tübingen, perto das margens do Rio Neckar, ou em sua casa junto ao Lago Lucerna, em Sursee, sua cidade natal na Suíça. O sol e o ar fresco permeiam seus textos tanto quanto a pesquisa, a história, os estudos exaustivos e as análises e soluções para problemas teológicos e filosóficos específicos.
Os elementos inclementes aos quais Küng aludia enquanto estava nas encostas dos Alpes tornaram-se o material de crítica da Congregação para a Doutrina da Fé. De fato, o Santo Ofício – como ela era conhecida nos tempos anteriores ao Vaticano II – abriu um arquivo secreto (o infame 399/57i) sobre Küng logo após ele ter escrito o seu primeiro livro, fruto da sua tese de doutorado, “Justification” [Justificação], em 1957.
Nele, Küng previu que era possível um acordo de princípio entre a teologia católica conforme estabelecida no Concílio de Trento do século XVI e a teologia da Reforma do século XX como evidenciada na “Dogmática Eclesiástica” (Fonte Editorial, 2019) do teólogo luterano Karl Barth.
Embora tivesse apenas 28 anos de idade quando publicou essa conclusão, essa seria a primeira de muitas investigações ecumênicas e inter-religiosas que solidificaram as suas próprias raízes em uma fé viva em Cristo, que, segundo ele, perdurou durante toda a sua carreira e o ajudou a estar sempre aberto a outras fés. De fato, Küng sustentou por muito tempo que a firmeza na própria fé e a capacidade de diálogo com os de outra crença são virtudes complementares.
Quatro décadas depois de escrever “Justificação”, Küng publicou livros sobre o cristianismo, o judaísmo, o islamismo e as religiões chinesas. No decorrer de sua pesquisa, ele se encontrou frequentemente com líderes religiosos na Ásia, África e Oriente Médio. Nesses encontros, ele disse que inicialmente tinha mais questões de fé (dogmática) do que de ética (moralidade). Mas, com o passar do tempo, ele percebeu que, apesar das diferenças dogmáticas entre as religiões, já havia características comuns decisivas na ética que poderiam ser o fundamento para uma ética global.
Ética mundial
Assim, no início dos anos 1990, Küng estava bem preparado para assumir a tarefa de preparar uma “Declaração para uma Ética Global” para o Parlamento das Religiões Mundiais que se reuniu em Chicago em 1993. A parte mais referenciada da declaração era a de que não há paz entre as nações sem paz entre as religiões.
Não surpreende que o menino que descobriu que sabia nadar se tornou o homem que reconheceu os três grandes sistemas fluviais das grandes religiões da China, da Índia e do Oriente Próximo semita, os quais ele conheceu ao preparar uma viagem de muitas semanas para a África subsaariana, em 1986, e enquanto trabalhava em uma série de televisão alemã na Austrália em 1998.
Nada disso teria acontecido se a sua licença de ensino não tivesse sido retirada em 1979, admitiu ele mais tarde.
Isso também não teria ocorrido se ele não tivesse sido ordenado padre católico. Esse evento ocorreu em 1954 em Roma. Küng celebrou sua primeira missa na Basílica de São Pedro e pregou para a Guarda Suíça, alguns dos quais ele conhecia bem depois de sete anos estudando filosofia e teologia em latim na Pontifícia Universidade Gregoriana, em Roma.
Ele completou mais três anos de estudo em francês para o seu doutorado na Sorbonne e no Institut Catholique de Paris, onde escreveu a sua tese sobre a “Justificação”.
Küng voltou para a Suíça, atuando dois anos como padre assistente em Lucerna. Barth o convidou para uma conferência em Basel sobre o tema: “A Igreja sempre precisa de reforma”. Alguns na plateia acharam seu entusiasmo pela renovação excessivamente otimista. No entanto, no dia 25 de janeiro de 1959 – a semana seguinte à sua palestra – o Papa João XXIII convocou o Concílio Vaticano II. E Küng, ao preparar a sua conferência sobre a reforma do dia 19 de janeiro, já havia reunido extensas notas para um livro justamente sobre tal empreendimento.
Esse livro, “The Council, Reform and Reunion”[O Concílio, Reforma e Reunião], tornou-se programático para uma série de documentos do Vaticano II, incluindo aqueles sobre o estudo das Escrituras, o culto, a liturgia em língua vernácula, o diálogo com outras culturas e crenças, a reforma do papado, a liberdade religiosa e a abolição do Índice de Livros Proibidos.
O observador vaticano e ex-correspondente do NCR em Roma Peter Hebblethwaite aventurou-se a afirmar que nenhum teólogo jamais exerceria tanta influência na pauta de um concílio quanto Küng. O livro “O Concílio, Reforma e Reunião” não foi apenas um best-seller na Alemanha, na Holanda, na França e no mundo de língua inglesa, mas também recebeu a aprovação do cardeal Franz König, de Viena, que ditou seu imprimatur a Küng a partir do seu leito de hospital após sofrer graves ferimentos em um acidente de carro.
Conselheiro do Concílio
Pouco depois do lançamento do livro, o bispo de Küng, Carl Joseph Leiprecht, de Rottenburg, Alemanha, o convidou para ser seu perito pessoal, ou especialista, no Concílio vindouro. Küng não estava muito entusiasmado com um retorno a Roma. Mas vários colegas o persuadiram de que o Concílio prometia ser o evento eclesial do século e de que Küng não ousaria perdê-lo.
“Como eu poderia suspeitar que esse ‘sim’ determinaria o meu destino por mais de uma década?”, anotou ele em suas memórias.
Aos 34 anos de idade, Küng era o perito mais jovem do Concílio, logo acompanhado pelos dominicanos Edward Schillebeeckx, da Bélgica, e Yves Congar, da França; pelos padres alemães Ratzinger e Karl Rahner, além dos clérigos estadunidenses John Courtney Murray, George Higgins, John Quinn, Gustave Weigel e Vincent Yzermans.
Não eram apenas os bispos progressistas que procuravam a perspicácia e as habilidades de escrita de Küng, mas a sua fluência em francês, italiano, holandês, alemão, inglês e latim também o tornaram uma referência para lidar com a imprensa.
Ele era rápido em publicar seus pontos de vista sobre os textos do Concílio e as manobras dos bastidores em jornais importantes e era um frequente convidado da televisão, lembrado tanto pela sua boa aparência e pelos seus ternos, quanto pela sua expertise.
Durante a terceira sessão do Concílio em outubro de 1964 – quando o Papa Paulo VI já havia substituído o falecido João XXIII – parecia que o novo pontífice estava prestes a adiar a votação de declarações importantes sobre a liberdade religiosa e os judeus, devolvendo-as primeiro para uma verificação posterior por parte da Cúria altamente conservadora.
Trabalhando nos bastidores, mas em nome de poderosos homens da Igreja progressistas, Küng ajudou a convocar reuniões com 13 cardeais que rapidamente redigiram uma carta de protesto ao papa. Antes que a tinta secasse, Küng rompeu o sigilo imposto aos periti e revelou tudo ao público. Ele telefonou para os repórteres dos principais jornais europeus e os informou sobre as “escandalosas maquinações” contra as duas declarações.
Quando os bispos voltaram para a sessão da manhã de segunda-feira, eles foram recebidos por uma tempestade na imprensa internacional. O alvoroço, mais a intervenção pessoal dos cardeais junto ao papa, fez com que ambos os esquemas permanecessem na pauta do Concílio. O esboço sobre os judeus foi aprovado por 1.770 votos contra 185 no dia 20 de novembro de 1964.
Um ano depois, os bispos votaram a favor da Declaração sobre a Liberdade Religiosa por 2.308 votos a 70.
No dia 2 de dezembro de 1965, Paulo VI convidou Küng para uma audiência privada. Ela durou 45 minutos – mais do que o dobro do tempo previsto. Küng contou que o pontífice lhe disse que, depois de examinar tudo o que Küng havia escrito, o papa teria preferido que ele não tivesse escrito “nada”. Isso depois que o pontífice o elogiou pelos seus “grandes dons” e sugeriu que Küng usasse seus talentos a serviço da Igreja.
Conformar-se
Confuso, mas ainda sorridente, o teólogo assegurou ao chefe supremo: “Já estou a serviço da Igreja”.
Para isso, o papa deu a entender que Küng deveria se “conformar”, se realmente pretendia servir à Igreja. Antes de sair da biblioteca papal, Küng conseguiu direcionar a conversa para a controversa questão da contracepção, oferecendo ao papa um memorando com uma dezena de pontos a serem entregues à sua comissão papal que estudava a questão do controle de natalidade.
Mais tarde, ele lembrou que a audiência com Paulo VI o confrontou vividamente com a pergunta: para quem ele estava fazendo teologia? Ainda no fim de 1965, Küng entendeu: “A minha teologia obviamente não é para o papa (e seus seguidores), que claramente não quer a minha teologia como ela é”.
Naquele mesmo dia, Küng resolveu que faria teologia “para os meus semelhantes (…) para aquelas pessoas que precisam da minha teologia”.
Ao longo dos anos que se seguiram ao Concílio, Küng frequentemente assinalava as centenas de cartas que recebia e os comentários de multidões de apoiadores que compareciam às suas conferências na Alemanha e no exterior, testemunhando que eles permaneceram na Igreja por causa dos seus pontos de vista, da sua teologia e dos seus escritos.
Suas conferências na primavera de 1963 nos Estados Unidos, após a primeira sessão do Vaticano II, atraíram mais de 25.000 pessoas para a Universidade de Notre Dame, o Boston College e a Georgetown University, e para outros locais na Califórnia, Texas, Minnesota, Illinois, Pensilvânia e Washington.
Na Universidade de St. Louis, ele recebeu o primeiro de muitos doutorados honoris causa, mas a instituição jesuíta foi punida por não pedir primeiro a permissão de Roma para homenagear Küng.
No dia 30 de abril de 1963, o presidente John Kennedy acolheu Küng na Casa Branca, apresentando-o ao vice-presidente Lyndon Johnson e aos líderes do Congresso com as palavras: “E isto é o que eu chamo de um novo homem de fronteira da Igreja Católica”.
Entre dois “Joões”
Em novembro de 1983, no 20º aniversário do assassinato de Kennedy, Küng compartilhou com esta repórter como ele se sentiu privilegiado por ter vivido durante “o reinado dos dois Joões” [John Kennedy e João XXIII].
Observando que a morte de João XXIII ocorrera apenas cinco meses antes da de Kennedy, Küng lembrou que o tempo de cada um deles no cargo foi encurtado. No entanto, cada um teve uma breve janela de oportunidades que foi aproveitada – o papa ao convocar o Concílio, o presidente ao trabalhar no controle de armas com os soviéticos, disse Küng, enquanto relaxava em seu quarto de hotel em Ann Arbor, Michigan, onde ele estava para ministrar aulas na Universidade de Michigan.
Em visitas à sua casa em Tübingen em 1977 e 1985, e durante encontros subsequentes em Berkeley, Califórnia; Nova York; Ann Arbor; Detroit; Chicago; Pittsburgh; e Mahwah, Nova Jersey, esta repórter manteve amplas conversas com Küng sobre a sua fé, a sua família, o papel de Deus, a oração e a liturgia em sua vida.
Aqueles que tiveram o privilégio de ver Küng celebrando a missa – como esta repórter, em Greenwich Village, onde ele pregou sobre a Filiação de Deus no fim dos anos 1980 – viram um homem de profunda fé que dava tanta atenção às palavras e aos símbolos da liturgia quanto para compor seus livros e palestras.
Durante anos, ele presidiu a missa dominical das 11 horas na St. Johannes Kirche (Igreja de São João) no centro do campus de Tübingen. Küng havia proposto a missa para os professores.
“Eu tenho uma aversão real à má liturgia”, dizia ele. “Eu acho que é essencial que as pessoas sintam imediatamente que o homem que preside acredita no que diz, está comprometido com esta causa, está se dirigindo a elas, e não apenas encenando orações. As belas palavras litúrgicas e o maior louvor a Cristo – a menos que respaldados pelas Escrituras e compreendidos pelo povo – simplesmente não são úteis”, dizia ele em Tübingen.
Anos depois, em um seminário final sobre a “Vida Eterna”, ministrado a 20 estudantes e a 20 professores auditores na Universidade de Michigan, Küng se concentrou na Última Ceia.
“Vemos um homem enfrentando a sua morte. É muito simples. É uma cerimônia no contexto judaico tradicional. Ele pega o pão, dá a sua bênção, parte-o e distribui-o”, disse Küng, estendendo seus braços para as pessoas próximas. “Ele sabe que é a sua última vez com elas. Ele diz: ‘Tomem. É o meu corpo. Lembrem-se de mim. Desta noite’”.
Os estudantes trocaram olhares. Pessoa para pessoa. Católicos e hindus. Olhos úmidos e silêncio. Uma sensação de comunhão encheu a sala do seminário.
Esta entrevista foi dada em janeiro de 2020 e publicada na Italia. Ela, ao parecer, possui ainda atualidade. Por isso publico a versão espanhola.
A situação se agravou enormemente com a intrusão do Covid-19 especialmente com o negacionismo do atual presidente de extrema direita autoritária e até boçal. Mas sobre isso já escrevemos bastante.
De un Brasil en crisis, esclavizado, “campo de batalla en la guerra fría entre Estados Unidos y China”, de un continente explotado “para satisfacer a las superpotencias”, humillado, pisoteado, llega un mensaje de esperanza. De renovación. Que toca los temas del ambiente “rumbo a un nuevo Ecoceno” y de la igualdad social. Que habla del papel de la mujer, del nuevo rostro de la Iglesia, la del Papa Francisco. Un mensaje libre, “como el Espíritu Santo”.
El reportaje es de Annachiara Sacchi, publicado en el cuaderno La Lettura del Corriere della Sera del 26-01-2020.
Leonardo Boff, exponente destacado de la teología de la liberación, incómodo cuando era sacerdote y también después (dejó de ser fraile franciscano en 1992; en 1985 había sido advertido por la Congregación para la Doctrina de la Fe), activista de los derechos humanos y de la ecología, profesor universitario, está confiado: “En toda gran crisis hay la posibilidad de un cambio, pueden nacer nuevas fuerzas. Y Brasil es mayor que esa crisis”.
Esta es la entrevista.
¿Profesor Boff, está usted optimista o no?
En realidad, estoy preocupado. La situación en Brasil es trágica: el ultraliberalismo de Jair Bolsonaro, la extrema derecha política que hace apología de la violencia y de los regímenes dictatoriales, que exalta a los torturadores como héroes nacionales… Nunca vivimos nada semejante.
¿Cuál es la explicación?
Detrás de eso, está el proyecto de recolonizar América Latina y obligarla a ser solamente exportadora de commodities (carne, alimentos, minerales…). Y, en esa estrategia perversa, Brasiles central.
¿Por qué?
Porque es un país riquísimo, una reserva de bienes naturales que faltan en el mundo. Como dijo varias veces el premio Nobel Joseph Stiglitz, en los próximos años toda la economíadependerá de la ecología. Y Brasil tendrá un papel primordial en ese juego.
¿Es difícil vivir en Brasil hoy?
Mucho. El ministro de Economía, Paulo Guedes, es uno de los “Chicago Boys”, formados en la Universidad de Chicago, que trabajaron en el Chile de Pinochet. El ultraliberalismo de derecha está haciendo una política de los ricos para los ricos, está privatizando todo. Guedes está trayendo la política de Pinochet a Brasil. ¿Y sabes por qué nadie protesta, por qué la gente no sale a la calle como está pasando ahora en Chile?
No.
¡Porque el gobierno anunció que reprimirá cualquier protesta con el ejército! Aquí todos tienen miedo, aunque el descontento crezca. Pero dentro de las paredes de casa. Asistimos a una triste forma de inercia popular.
En América Latina presidentes como Evo Morales y Lula cerraron su era. Ahora, nuevas fuerzas orientan la opinión pública. ¿El impulso reformista acabó?
Tuvimos gobiernos que hicieron mucho por los pobres. En Brasil, 36 millones de personas fueron incluidas en el welfare. Pero el año pasado, un millón de familias pasaron de la pobreza a la miseria. El gobierno está desmontando las políticas sociales de Lula. Estamos tratando con una élite reaccionaria y esclavista que nunca aceptó que un obrero –en el caso de Brasil, Lula, o un indígena en el caso de Bolivia, Evo Morales– llegase a la presidencia del país. Esa élite ha hecho de todo con los medios más brutales. Pero a esta ola de violencia se le está oponiendo un movimiento de grupos progresistas, de afro-latino-americanos, de indígenas. Son los brotes de una realidad que veremos. Esa es la esperanza que nutrimos.
¿Ve usted algún nuevo líder político?
Lamentablemente no. Estamos en un momento de vacío, faltan figuras carismáticas, principalmente en Brasil. Tal vez también por culpa de Lula, gran carismático, pero que no supo formar una clase dirigente con nuevos carismas.
Su nuevo libro en italiano, “Soffia dove vuole” (Sopla donde quiere) habla del Espíritu Santo. ¿Por qué?
Los tiempos inquietantes que estamos viviendo exigen una reflexión seria sobre el Spiritus Creator.
Que quedó al margen de la teología
Eso no es cierto. Existen estudios grandiosos sobre el Espíritu, desde el de Yves Congarhasta el de Jürgen Moltmann, en diálogo con el nuevo paradigma cosmológico. Pero lo que podemos decir es esto: el Espíritu Santo ha estado casi siempre al margen de la jerarquía eclesiástica. Y con razón.
¿Cómo es eso?
La jerarquía está orientada hacia “áreas” como el poder, el orden, los dogmas, el derecho canónico, en una condición constante de autorreferencia. Son todos aspectos que sirven para mantener el statu quo y que tienen su razón de ser, no niego eso. Del mismo modo, sin embargo, ellos no pueden ser predominantes. El Espíritu es más carisma que poder, más movimiento que estabilidad, más innovación que permanencia. Él sigue una lógica diferente a la de la jerarquía de la Iglesia. Por eso, casi todos los predicadores del Espíritu Santo fueron marginados o perseguidos. Los hechos confirman eso. Mi libro juzgado en 1985 por la Congregación para la Doctrina de la Fe (cuyo prefecto era Joseph Ratzinger), se titulabaIglesia: carisma y poder. En Roma sin embargo lo leyeron como “Iglesia: carisma o poder”. Por esa confusión, me condenaron.
¿En vez de eso, que es lo que usted quería decir?
Yo quería crear un equilibrio entre carisma y poder. Pero ese equilibrio debe comenzar por el carisma. Si se comienza con el poder, se corre el riesgo de que este sofoque al carisma. En vez de eso, si se comienza con el carisma se impide que el poder sea ejercido de forma autoritaria, se le imponen límites, y se le obliga a ser poder-servicio y ponerse al servicio de la comunidad.
¿Cuál es el papel del Espíritu Santo hoy?
Estamos en un momento histórico, el Antropoceno, en el que las bases que sustentan la vida y la Tierra han sido profundamente atacadas. O cambiamos o morimos. El Espíritu es Spiritus Creator, Spiritus Vivificans. Sólo el Espíritu puede restaurar el equilibrio destruido por la voracidad del hombre. Sólo con el Espíritu es posible superar el Antropoceno y llegar al Ecoceno, a una sociedad sostenible, vital, abierta a la convivencia de todos con todos donde lo ecológico ocupará la centralidad. De ahí, ecoceno.
¿Por qué, en su elaboración teológica, usted insiste en enfatizar el papel de la ciencia?
No es posible hacer una teología actualizada sin un diálogo profundo con la nueva visión del mundo proveniente de las ciencias de la vida, de la Tierra, del cosmos. Esa lectura tiene ya un siglo, pero no es hegemónica. Son pocos los teólogos que han aceptado este desafío.
¿Por qué?
Porque obliga a estudiar ciencias diferentes: la física cuántica, la nueva biología, la astrofísica, la teoría del caos y de la complejidad. Después de tal camino, digo esto por experiencia, es más fácil hacer teología, porque con esos datos, Dios aparece inmediatamente como la energía misteriosa y amorosa que sustenta todo y que lleva adelante todo el proceso cosmogénico. La categoría teológica del Espíritu Santo es más adecuada para esa nueva forma de teología.
¿La conciencia ecológica qué tiene que ver con el Espíritu Santo?
El principal objetivo de mi libro es afirmar que el diálogo con la ecología y con la nueva cosmología nos obliga a cambiar el paradigma. El paradigma de la filosofía y de la teología occidentales es de raíz griega, esencialista, basado en naturaleza, sustancia, esencia y otros términos semejantes que pertenecen al área de la permanencia, de la estabilidad. En vez de eso, cuando se habla de Espíritu, todo es dinamismo, innovación. Hay que cambiar la forma de pensar a Dios, la historia, la Iglesia. Dios es dinamismo de tres personas divinas en comunicación entre sí y con la creación.
¿Teología de la ecología, entonces?
Yo he tratado de hacer una teología con un nuevo horizonte de comprensión. El mismo que el Papa Francisco indica en la encíclica Laudato si’: todo es relación; nada existe fuera de la relación. Poéticamente Francisco escribe: “El sol y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión: el espectáculo de sus incontables diversidades y desigualdades significa que ninguna criatura se basta a sí misma. Ellas existen solo en dependencia unas de otras, para completarse mutuamente en el servicio de unas a otras”. La tesis de la ecología es precisamente esta: todo está conectado para formar la gran comunidad de vida, el todo de la naturaleza y del universo. Y este modo de pensar corresponde a la naturaleza del Espíritu Santo.
¿Le parece a usted que la Iglesia católica está lista para aceptar estas reflexiones suyas?
La situación es diferente en cada país, pero en todas partes faltan profetas. Con Wojtyla y Ratzinger asistimos al retorno de la gran disciplina, vimos una Iglesia cerrada en sí misma, preocupada con la ortodoxia, atenta a combatir enemigos como la modernidad, las nuevas libertades. Y, sobre todo distante del pueblo, con una teología erudita pero pobre en innovacióny una liturgia ajena a la sensibilidad moderna.
Mientras que ahora….
Con el Papa Francisco surge otro tipo de Iglesia, abierta como un hospital de campaña, donde la centralidad no es tanto la ortodoxia, sino la pastoral del encuentro, de la ternura, de la convivencia. Para el Papa Francisco las doctrinas son importantes, pero lo más importante es entender que Cristo vino para enseñarnos a vivir los bienes del reino como el amor incondicional, la misericordia, la solidaridad, la compasión por quien sufre, por los últimos en total apertura al Padre de bondad y misericordia.
¿Mensaje recibido?
No siempre. Muchos católicos tradicionalistas no se han dado cuenta de que estamos ante otro tipo de papa, menos doctor y más pastor en medio de su pueblo. Un papa que lleva menos los símbolos paganos de los emperadores romanos y más la sencillez de un párroco de aldea, sencillo humilde, amigo de todos. Un hombre que viene de lejos, por eso es libre. Si no fuese así, ¿por qué el nombre de Francisco? Sería una contradicción pensar en San Francisco de Asís en un palacio pontificio. Pero tenemos a Francisco de Roma que vive y come con todos los demás, no él solo.
¿El aumento de las protestas públicas en la Iglesia contra el Papa Francisco le preocupa?
No me preocupa, porque no le preocupa. ¿Cómo sé esto? El papa duerme desde las 21h30 hasta las 5h30 como un tronco, bebe su mate y lleva adelante, franciscanamente, su misión, con una irradiación mundial en sentido religioso, ético y político. Nos conocemos desde 1972. Intercambié con él algunas cartas sobre temas de ecología y sobre el Sínodo para la Amazoniade octubre pasado.
¿A propósito, qué espera usted de la exhortación apostólica pos-sinodal de Francisco, que se espera en breve?
Algo bueno. Sobre todo sobre la defensa del rostro indígena de la Iglesia y sobre las mujeres. En mis cartas le pedí que hiciese un gesto profético sin pedir nada a nadie, como hizo Juan XXIII cuando convocó el Concilio Vaticano II.
¿Qué gesto?
Ordenar a las mujeres.
¿Y le respondió?
Me gradeció la carta.
Usted dedica su libro a las mujeres
Yo digo que la primera Persona divina en entrar en este mundo, o en irrumpir en el proceso de la evolución, no fue el Hijo, como dice la Iglesia. Fue el Espíritu Santo. Esto está muy claro en el texto de Lucas: “El Espírito vendrá sobre ti… y te cubrirá con su sombra”. Hice una búsqueda de meses en patrología: no hay ningún rastro de la centralidad del Espíritu. Ni siquiera en los grandes teólogos. De acuerdo con una lectura predominantemente masculina, prevalece el Hijo. Pero el Hijo vino después de la aceptación (“fiat”) de María, por lo tanto después del Espíritu. Y digo más aún: el Espíritu asumió a María, la divinizó. En el proyecto del Altísimo, hombre y mujer son igualmente divinizados. Forman parte de Dios.
Hoy la teología de la liberación es ecoteología, teología feminista, teología afro. Los pobres siguen siendo muchos y oprimidos. ¿La teología de la liberación tiene todavía un largo camino por delante?
La existencia de los pobres, de los oprimidos me hace pensar siempre en Jesús, en San Francisco y en tantos otros que tuvieron misericordia de ellos. Mientras existan pobres, especialmente en la medida en que su número aumenta, más necesaria se hace una teología de liberación. Es la situación actual en todo el mundo.
Le acusaron de ser pro-marxista.
Marx nunca fue padre ni padrino de la teología de la Liberación, como insinuaban los dictadores latinoamericanos. Pero hoy, más que nunca, la teología de la liberación es urgente. El ejército de los pobres ha aumentado terriblemente. Si la teología, sea la que sea, no toma en serio la situación actual difícilmente se librará de la crítica de cinismo y de irrelevancia histórica. Es preciso leer los signos de los tiempos. El Espíritu nos invita a tomar una posición del lado de las víctimas, de aquellos que el sistema imperante ha hecho invisibles.
El libro en español se titula El Espíritu Santo: fuego interior, dador de vida y padre de los pobres, PAVSA, Managua 2014; Trotta, Madrid 2014