UNA NUEVA MODERNIDAD PARA EL BIEN DE TODOS: François Houtart


No dia 6 de junho do corrente ano um grande amigo, amigo dos pobres e dos oprimidos dos Terceiro Mundo, François Houtart faleu em Quito na idade de 92 anos(1925-2017). Sociólogo, teólogo e altermundista criou na Universidade de Lovaina um Centro Tricontimental para estudantes vindos dos três Continente, África, Ásia e América Latina para lá estudarem e fazerem seus doutorados. Viajou pelo mundo todo, fortalecendo os grjupos de base e de resistência, assumiu como poucos a causa dos indígenas.Embora formado em sociologia da religião, percorreu os vários campos do saber, sempre com alta qualidade. Ultimamente se ocupava no estudo das alternativas para a humanidade, especialmente, os passos da transição do velho paradigma da dominação para o paradigma centrado na vida. Aqui no Brasil foi publicado um livro notável dele:Agroecologia: solução para o clima ou saida para a crise do capistalismo,Vozes 2010. Segundo um sociólogo equatoriano, Napoleón Saltos, “na mesma semana, podia estar no Vietnã, depois na Síria para tentar um acordo de paz. Depois, na América Latina, podia passar pelas mesas de diálogo das FARC, falar com o PT sobre a crise no Brasil. Uma conferência na Argentina, um curso na Escola de Formação dos Sem Terra, em uma reunião em Havana”. Assim era vida de François Houtart. Morreu trabalhando. Reproduzimos uma conferencia feita em 2014 em Cuba no contexto da Conferencia internacional: Con todos para el bien de todos.
Ai proferiu uma conferência esclarecedora sobre o tema da nova modernidade que nos ajuda a entender o mundo atual

                     UNA NUEVA MODERNIDAD PARA EL BIEN DE TODOS

La preocupación principal de esta contribución es de proponer algunas hipótesis a propósito del papel de la concepción de la modernidad en el colapso progresivo del sistema capitalista y en la incapacidad del socialismo de construir una verdadera alternativa. Como pensar el futuro y orientar la acción de los movimientos populares? Por eso es necesario recordar brevemente la historia de la construcción del concepto de modernidad.

 

  1. LA MODERNIDAD EN CUESTIÓN: SU COOPTACIÓN POR LA LÓGICA DEL MERCADO[1]

 

  1. Las visiones iniciales

 

La reflexión tomara por base la obra de muchos autores que han reflexionado, desde distintos ángulos, la historia del capitalismo y la modernidad, tales como Max Weber, Fernand Braudel, Walter Benjamin, Michel Baud, Maurice Godelier, Eric Hobsbawn, Immanuel Wallerstein, Jorge Beinstein, Samir Amin y otros.

 

En Europa, el desarrollo de la modernidad siguió al prolongado periodo que medió entre la sociedad medieval y el nacimiento del capitalismo mercantil, entre los siglos XII y XVI. En los siglos XII y XIII se desarrollaron formas de proto-capitalismo, sobre todo en las ciudades del norte de Italia, gracias al incremento de las actividades comerciales con Europa Oriental (los Bogomiles). Como la vida transcurría en sociedades dominadas por culturas religiosas no es extraño que las instituciones y los actores religiosos desempeñaran un papel central en esta evolución.

 

En el siglo XIII, Tomás de Aquino (1225-1274) introdujo la racionalidad aristotélica no solo en el terreno de la teología, sino también en el del pensamiento socioeconómico acerca de la organización política de las sociedades, con lo que creó un vínculo entre la Edad Media y una modernidad que fue rápidamente absorbida por la lógica del mercado. El papel de los grandes pensadores árabes fue determinante en ese momento, ya que eran verdaderos puentes culturales entre las tradiciones filosóficas griegas y la Europa medieval. En centros de transformación económica y social (Boloña y París), Tomás de Aquino fue particularmente sensible a la necesidad de un nuevo enfoque intelectual y una adaptación del pensamiento cristiano. La renovación de la filosofía griega, con su racionalidad rigurosa, era bastante funcional para una transformación del campo económico exigiendo nuevos códigos y una nueva ética. Fue un proceso bastante similar al nacimiento del budismo en las civilizaciones urbanas del Siglo VI antes de nuestra era en Asia.

 

En la perspectiva tomista, haciendo el puente entre una sociedad medieval con referencias religiosas y la racionalidad griega como instrumento de una nueva lectura de las relaciones económicas y sociales, el orden establecido por Dios se basa sobre la propiedad colectiva de la tierra, lo que es de derecho natural. La propiedad privada es legítima y de derecho positivo, a condición de respetar sus funciones sociales. Así se establece la base del capitalismo, pero regulado por la dimensión colectiva.

Sin embargo, la introducción de una nueva lógica mercantil fue al origen de contradicciones sociales que irán acentuándose con el tiempo. Ya Francisco de Asís (1181-1226) y sus seguidores habían reaccionado contra las relaciones sociales surgidas de la consolidación de la burguesía urbana, iniciando una corriente de protestas que tomaron varias formas. A la vez, la legitimación religiosa de las conquistas occidentales, desde las Cruzadas hasta el posterior “descubrimiento” del Nuevo Mundo, e incluso la justificación de la esclavitud africana (para no mencionar el papel de árbitros desempeñado por los papas en la definición de los límites de los territorios imperiales), fortaleció la identificación entre la modernidad (a la que se denominaba civilización) y la expansión económica. El derecho internacional nació como derecho al comercio internacional, justificado por el precepto divino de desarrollar la tierra. Similares argumentos emplearon después los colonos de la América del Norte para exterminar a las poblaciones indígenas.

 

Como efecto de la conquista, la economía de la península ibérica se transformó completamente. Miles de toneladas de plata y de oro entraron en España, provocando una superinflación y la desaparición de la industria linera, que se desarrolló en Inglaterra. A partir del siglo XVI, la necesidad de ovejas para las empresas lineras llevó la burguesía naciente a establecer barreras (enclosures) sobre las tierras comunes (commons), proceso que Carlos Marx llamó la acumulación primitiva del capitalismo y que David Harvey analizó en términos de acumulación por despejo.

 

Se desarrolló también en Inglaterra un pensamiento filosófico nuevo, con Thomas Hobbes (1588-1679) y John Locke (1632-1704). El primero introdujo la idea del contrato social entre individuos, concepto desarrollado en seguida por el segundo. Para Locke, la propiedad privada es el fundamento de la nueva sociedad y es de derecho natural (lo que fue criticado por Immanuel Kant, 1724-1804). El mercado auto-regulado se construye sobre el individuo autónomo y el derecho a poseer. La libertad es la auto-posesión. Es el pacto social entre individuos que constituye la sociedad analizada como contractual. Esta concepción tendrá su influencia sobre Jean Jacques Rousseau (1712-1778).

 

Siguiendo su pensamiento inspirado de la evolución económica, Locke observa también que el dinero se transforma en capital y remplaza el contrato. Por eso, el valor de cambio se transforma en el fundamento de la organización social. Ya aparece la separación entre el ser humano y la naturaleza, concebida como un objeto y reducida a un recurso inagotable. De manera muy clara, una tal visión corresponde a los intereses de la nueva clase en expansión, la burguesía y la visión de la sociedad subordinada a la ley del mercado y establece las bases ideológicas y jurídicas del capitalismo (Álvaro Ramis Olivos, 2014).[2]

 

La figura la más destacada de esta corriente de pensamiento fue evidentemente, en el siglo XVIII, el filósofo moralista escoces Adam Smith (1723-1790). Él había conocido en Francia, los fisiócratas François Quesnay (1694-1774) y Jacques Turgot (1727-1781) y fue también muy cercano de David Hume (1711-1776) en Inglaterra, que continuaba la línea de pensamiento de John Locke. Para Smith, el bienestar humano depende del crecimiento económico. La división del mercado (para reducir los costos) y la acumulación del capital, son las condiciones del desarrollo de la economía. El introdujo también las nociones de valor de uso y de valor de cambio y la idea que el mercado es el mecanismo el más adecuado para la asignación de recursos. El comercio internacional se base sobre la “ventaja absoluta” más tarde nombrada ventaja comparativa.

 

En el continente, la reforma calvinista del siglo XVI fue, por su parte, el resultado de un largo proceso de adaptación de la ética religiosa a las necesidades del nuevo grupo dominante en el centro del continente europeo: la burguesía urbana. Max Weber mostró con claridad la afinidad existente entre la ética protestante y el espíritu del capitalismo, pero no logró descifrar el origen social del fenómeno, es decir su carácter de clase. La posterior secularización del concepto de progreso económico como expresión de la modernidad no cambió su filosofía fundamental. Por el contrario, aumentó su fuerza al abandonar una referencia religiosa considerada pre-moderna y se vio obligado a encontrar una nueva legitimación ideológica.

 

René Descartes (1596 – 1650), matemático y gran conocedor de las ciencias naturales de su época, desarrolló no solamente su discurso sobre el método, sino también la idea que los hombres son los “dueños y señores” de la naturaleza. La aplicación del espíritu científico a la relación con esta última es el centro de la preocupación. Sin embargo, es el Siglo de las Luces (1715 – 1789) que desarrollara esta perspectiva de manera sistemática. La idea de base era la primacía del espíritu científico y la capacidad del hombre de ser orientado por la razón. De ahí el rechazo de la metafísica y su remplazo por la razón experimental. El desarrollo de las ciencias y de las técnicas al servicio del mercado permite a los seres humanos de ser liberados de los ciclos de la naturaleza. Se perdió la visión holística de lo real, identificada como una percepción religiosa y ella fue remplazada por el progreso científico segmentado. Es así que nació el aislamiento de la economía de la sociedad y su capacidad de imponer sus leyes al conjunto social. El progreso técnico empezó a aplicarse en la agricultura y en la industria. (Álfaro Ramis, 2014).

 

Uno de los protagonistas de este tipo de progreso fue Nicolas de Condorcet (1743 – 1794). Gran sabio en varios dominios él tenía sin embargo ideas sociales y afirmaba que el progreso no era posible sin igualdad social. Murió encarcelado por los jacobinos, porque se opuso a la pena de muerte. Biógrafo de Turgot, el fisiocrato, él defendía la idea de un progreso continuo (J. Buzy, 2009).

 

Así todos los elementos para la explicación y la legitimación del capitalismo maduro estaban reunidos: la propiedad privada como derecho natural, el individuo como origen de la sociedad contractual, la naturaleza como recurso inagotable, el valor de cambio como base de la construcción social, la razón al servicio del mercado, el progreso lineal e indefinido. El resultado será la identificación entre el capitalismo y la modernidad.

 

La modernidad se definió entonces como progreso humano, lineal en su orientación, impulsado por la acumulación capitalista, fruto de la laboriosidad de la burguesía y fuente de un avance ininterrumpido. Desde el punto de vista político, el punto de giro que fue al origen del poder de esta clase social, fue la Revolución Francesa. Ella consagró el poder de esta clase social, con sus valores de emancipación del orden medieval, del carácter laico del Estado y de los Derechos Humanos, pero también como actor privilegiado de un progreso económico lineal, ignorando las externalidades (daños ecológicos y sociales) y de tipo sacrificial (millones de personas mueren en función de un bien futuro). Podemos concluir con Bolivar Etcheverría (1941 – 2010) que se desarrolló “un concepto del progreso que amenaza con destruir el objetivo estaba llamado a realizar: la idea del hombre” (Bolivar Etcheverría, 1994).

 

En ese proceso resultó central el papel de la ciencia y de la tecnología. El conocimiento, liberado del abordaje holístico de sociedades previas, fue capaz, al emanciparse gradualmente del ritmo de reproducción de la naturaleza, de avanzar autónomamente en muchos terrenos. Ese fue el inicio de una tremenda expansión científica, absorbida rápidamente por la ley del valor y, como la mayoría de las actividades humanas, instrumentalizada por los intereses de la burguesía capitalista. Sometidas al valor de cambio, la ciencia y la tecnología contribuyeron a la expansión sin frenos del capitalismo, que se identificó con la modernidad y que contribuyó, a su vez, con la desatención a las externalidades típica de la lógica capitalista y resultado de la pérdida de un abordaje holístico de la realidad. Eso contribuyó a hacer de la ciencia “el paradigma de todo conocimiento” y a extinguir un “humanismo auténtico que quería salvar la vida”, como señalara Bolívar Echeverría. De verdad, la autonomía relativa de los fenómenos culturales, una vez desarrollados, hizo que la sumisión de la ciencia no fuera total ni automática. El proceso fue más complejo.

 

La invención y la racionalidad científicas tenían una fuerza propia, pero condicionada por el medio de su emergencia (las condiciones materiales de su desarrollo fueron factores muy importantes) y la utilización de sus resultados como de las técnicas necesarias a su fase operacional fueron dominadas por los intereses económicos. Eso no impide que en la modernidad se hayan promovido valores positivos para la emancipación humana. En sus raíces, ella contenía, como lo hemos dicho, la laicidad del Estado, el rechazo de la esclavitud, la autonomía del pensamiento, el análisis de la sociedad en términos de estructuras, la crítica del poder, y la creación de un “hombre nuevo”. Por eso la crítica de la modernidad no puede caer en una filosofía pos-moderna negativita y debe redefinirse.

 

El desarrollo del capitalismo industrial y financiero fue la expresión más dura de esta lógica, que produjo nunca como antes una cantidad de bienes y servicios, pero que con su alienación del trabajo y sus conquistas coloniales provocó millones de pérdidas de vidas humanas, el agotamiento de la riquezas naturales y el desequilibrio climático que conocemos ahora.

 

 

  1. Las reacciones contra la modernidad dominada por el espíritu del capitalismo

 

La identificación entre modernidad y desarrollo capitalista ha provocado, por supuesto, muchas reacciones, sobre todo a partir del siglo XIX. En Occidente, el socialismo utópico ha sido una de ellas, pero también ha habido muchas otras, no solo en el pensamiento filosófico, sino también en el arte, la arquitectura, el urbanismo e incluso en movimientos sociales (feministas). El propio Carlos Marx (1818-1883) hizo una contribución a un enfoque crítico, sin emplear el concepto de modernidad como un eje de su reflexión. Marx desentraño los mecanismos de la acumulación capitalista basada en la ley del valor y mostró las contradicciones generadas por la ruptura del metabolismo entre la naturaleza y los seres humanos, así como por las relaciones sociales de producción, las manifestaciones concretas de la modernidad capitalista. Sin embargo, en los países socialistas el concepto siguió entendiéndose como un progreso lineal en un planeta inagotable. Es necesario explicar las razones de que ello fuera así, porque sus consecuencias perviven.

 

Se puede establecer como hipótesis, sin entrar en detalles, que las revoluciones socialistas del siglo XX adoptaron de manera acrítica la noción de modernidad, sin tener en cuenta las advertencias de Carlos Marx sobre la ruptura del equilibrio del metabolismo. La Unión Soviética destruyó la naturaleza en gran escala, bajo el pretexto del progreso. China no ve otro modo de desarrollar las fuerzas productivas sino por el pasaje por un proceso de extractivismo intenso y de producción industrial contaminante, por lo menos como una transición hacia el socialismo. Los países progresistas de América latina han querido salir del “atraso” con la misma concepción. El código forestal del Brasil habla de favorecer “la agricultura moderna” y Rafael Correa en Ecuador afirma que la meta es de construir “un capitalismo moderno”. Solamente Hugo Chávez, los últimos años de su mandato, empezó a hablar de “eco-socialismo”.

 

Continuando este rápido panorama de la esfera del pensamiento social y filosófico, cabe citar la contribución de Antonio Gramsci (1891-1927), quien subrayó que la cultura era un elemento central de la construcción social y la transformación de las sociedades. Según Gramsci, la hegemonía de la lógica capitalista no puede explicarse solamente por su poder material: necesita colonizar las mentes. Por tanto, su identificación con el progreso y la modernidad le resulta vital. El enfoque más crítico a la modernidad como parte integral del sistema capitalista ha sido el de la Escuela de Frankfurt, en especial el de Walter Benjamin (1892-1940) y de Max Horkheimer (1895-1973).

 

Para Benjamin, la modernidad es la marcha de la humanidad hacia un progreso externo a sí misma, al que llama “modernidad capitalista”, que se caracteriza por el papel primordial que ocupa en ésta el valor de cambio. De ahí que la recuperación de la modernidad implique la reintroducción del valor de uso (y otras dimensiones de valor). El reto consiste en construir una modernidad no capitalista, “que restaure los reales avances que ha logrado la humanidad en los últimos cinco siglos, y que han sido, a la vez, sometidos a la deformación capitalista, cada día más invasiva” (Carlos Antonio Rojas, 2010).
Max Horkheimer, en su obra Critica de la Razón instrumental (2010), define la modernidad como “era de la razón”. Para él hubo un pasaje entre una concepción objetiva de la razón y una perspectiva subjetiva.” Este predominio de una razón subjetiva o instrumental que devora la razón objetiva en la modernidad, escribe Xavier Giraldo, s.j., en la visión de Horkheimer, desata un conflicto entre naturaleza y razón que atraviesa toda la modernidad, al mismo tiempo que transforma radicalmente el papel y la comprensión del individuo” (Xavier Giraldo, 2010, 179). La consecuencia es el sojuzgamiento de la naturaleza, aun la que hay en el sujeto, en medios que “no transciendan la sociedad industrial” (Ibidem, 180). Se tendría que añadir varios otros análisis, como lo hace Xavier Giraldo, tales como críticas a las posiciones de Max Weber, o citas de las obras de Jürgen Habermas y Alain Touraine. La dimensión sicológica de la modernidad fue estudiada posteriormente por Michel Foucault (1926- 1984) en Francia y Eric Fromm (1900-1980), el siquiatra marxista, en los Estados Unidos. El debate no está concluido.
El movimiento de Mayo del 68, protagonizado fundamentalmente por estudiantes, tuvo lugar en Europa hacia las postrimerías del auge económico del período de posguerra. Este movimiento puso de manifiesto las contradicciones entre un sistema capitalista próspero y los valores culturales de la libertad, la estética y la espiritualidad. En un cierto sentido la influencia del pensamiento de Federico Nietzsche (1844- 1900) se hizo sentir, con la introducción de otros elementos que la racionalidad pura (el sueño, lo dionisiaco). Se extendió a grupos sociales similares de todo el mundo, pero no logró llegar a las raíces de lo que era, de hecho, una “modernidad vulnerada”. Se había despejado el camino en Occidente para el despliegue de la posmodernidad en sus versiones radical y moderada. La primera rechazaba todos los aspectos estructurales de la realidad, y se convirtió en la mejor compañera ideológica del neoliberalismo. La segunda contribuyó de diversas maneras a formular un enfoque crítico sobre la modernidad occidental asociada con la hegemonía global del capitalismo.

3.Las reacciones en la periferia del capitalismo central

En toda la periferia del capitalismo mundial se desarrollaron procesos críticos similares, según las diferentes condiciones de cada lugar, pero fue progresivo. Al principio se produjo una verdadera fascinación con una economía capaz de producir bienes y servicios como nunca antes, lo que creaba nuevas oportunidades para que las élites sociales y gobernantes locales reprodujeran su hegemonía social, e incluso para que se sumaran a ellas algunos individuos inteligentes y dinámicos de los estratos más bajos de la sociedad. Era la modernidad (en la India, el brown sahib), que entre los intelectuales, se vio acompañada por un buen conocimiento de los elementos culturales de la filosofía, el arte y la literatura occidentales. El filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría la ha llamado “la modernidad de lo barroco” (Bolívar Ercheverría, 1999). También tuvo repercusiones en el terreno político, con la adopción de nuevas formaciones políticas, como la de Sun Yatsen (1866-1925) –considerado el padre de la China moderna-, a inicios del siglo XX en ese país. Iniciativas de modernización política y social similares surgieron en casi todos los países asiáticos, como el Congreso Nacional de la India, fundado en fecha tan temprana como 1885; la Liga Awami (1949) en Bangladesh; el Partido Nacional Unido (1946) y el Partido de la Libertad (1951) en Sri Lanka; el Soka Gakkai (1930) en Japón y, tras la independencia, en muchos países africanos.

Pero simultáneamente, la destrucción de estructuras sociales y culturales previas también provocó reacciones. En muchas sociedades se realizaron esfuerzos intelectuales para reconciliar la modernidad occidental con los valores tradiciones. Ese fue el caso de la India, por ejemplo, de Vivekananda (1863-1902) y de Sri Aurobindo (1872-1950). Sin embargo, todos ellos aceptaban implícitamente la superioridad de Occidente. Similar orientación puede encontrarse en las grandes culturas y religiones orientales; en la tradición budista hanayana de Sri Lanka o en las diversas formas de budismo mahayana de China y Vietnam, e incluso en el budismo tántrico del Tíbet. El confucianismo ha sufrido muchas adaptaciones sutiles a la modernidad occidental, hasta el punto de poner en jaque la singularidad del papel de la ética protestante como promotora del espíritu del capitalismo. En el mundo islámico de los países árabes y de Irán, Paquistán e Indonesia, se aprecian tendencias similares.

En otros casos, el énfasis se ha puesto en la capacidad de resistencia de las culturas no occidentales a la penetración de la colonización mental que ha acompañado a la dominación económica y política. Tolstoi (1828-1910) y muchos otros intelectuales rusos, junto a innumerables movimientos religiosos y campesinos, son ejemplos de tal reacción. En la India, Gandhi (1869-1948) promovió un regreso a formas tradicionales de vida y, a la vez, un renacimiento de la ahimsa (respeto por la vida) como un instrumento para la acción política (la no violencia). En África, el concepto de negritud propuesto por Leopold Senghor (1906-2001) para reconstruir la identidad africana era una manifestación de la misma tendencia. Franz Fanon (1925-1961) fue aún más allá con su denuncia de la devastación cultural producida por el colonialismo como resultado de la lógica del capitalismo.

 

En Irán, la obra del filósofo y sociólogo Ali Shariati (1933-1977) abogaba por una nueva lectura del Islam asociada con una crítica al capitalismo. Shariati había sido amigo de Franz Fanon y estaba influenciado por el egipcio Jodat al-Shahhar. Murió muy joven, probablemente asesinado por la policía secreta del sha. El ingeniero sudanés Mahmoud Mohamed Taha (1909-1985) fundó un partido de orientación socialista y propuso una nueva interpretación del Corán Mahmoud Mahomed Taha, 2002). Fue ahorcado en Jartum por sus ideas sociales y religiosas no convencionales. En la India, el filósofo y sociólogo Ashis Nandy (1937-…), inspirado en Rabindranath Tagore, propuso construir un nuevo proyecto social a partir del contexto histórico y cultural del país a fin de promover una liberación colectiva del neoliberalismo opuesta a hindutva (el nacionalismo indio). También en la India, estudiosos marxistas de Kerala (Namboodiripad) y Bengala Occidental (Bagshi) elaboraron posiciones más radicales, aunque en ocasiones menos relacionadas con las raíces culturales históricas del país.

 

En América Latina, el reavivamiento de los pueblos indígenas a fines del siglo XX le planteó un fuerte desafío a la modernidad occidental. Para ellos, ésta había significado quinientos años de opresión y destrucción cultural. Se recuperaron conceptos como los de Sumak Kawzay (quechua) y Suma Qamaña (aymara), que significan buen vivir, para expresar la necesidad de establecer una armonía entre la “madre tierra” y los seres humanos, entre las comunidades y el bienestar personal. La base fundamental de esa visión del mundo es un abordaje holístico de la realidad ante las dramáticas consecuencias de la modernidad capitalista.

 

También en América Latina, la filosofía de la liberación y la teología de la liberación (Enrique Dussel (1998) elaboraron posiciones críticas sobre el sistema capitalista, al que consideraron “periférico” y dependiente en el subcontinente. En fecha más reciente, ello ha conducido a una mayor conciencia sobre las dimensiones ecológicas de la modernidad y su destrucción de ecosistemas y del medio ambiente natural[3].

 

Uno de los filósofos marxistas que mejor ha abordado el tema ha sido el ya mencionado Bolívar Echeverría, quien estudió en Alemania y trabajó en la Universidad Nacional Autónoma de México. Inspirado en Walter Benjamin, habló sobre las “ilusiones de la modernidad” (Bolivar Etcheverría, 1994) debido a su absorción por el capitalismo. El resultado es que la crisis del capitalismo conduce a la crisis de la modernidad. Esta es una realidad global, porque la historia reciente ha consistido en “la modernidad capitalista y ‘europeizante’ del planeta” (Bolivar Etcheverría, 2010, 21)). Ha globalizado “la experiencia del mercado como lugar privilegiado de socialización”. Ello se explica porque el valor de uso, o “la real presencia de las cosas en el mundo […] depende de su existencia como valor económico” (Ibidem, 41).

 

Para Echeverría, el sistema de satisfacción de las necesidades construido por el capitalismo solo puede mantenerse gracias a un sistema de capacidades productivas que lesiona a la sociedad como un todo y agota sus bases naturales. Ese sistema social cínico, orientado por el incremento infinito de los beneficios del capital, no solo es resultado de un modo de producción, sino de toda una civilización (Ibidem, 40). Por tanto, la modernidad capitalista tiene que ser puesta en jaque, tanto intelectualmente como en la práctica, y el Sur es un lugar estratégico para librar esa lucha.

 

Todas esas experiencias que han tenido lugar en el Sur –y podrían añadirse muchas otras- evidencian la necesidad de un nuevo paradigma que se exprese de diversas maneras. Las revoluciones socialistas ocurridas en la periferia del sistema capitalista central han constituido un desafío para el imperialismo colonial y la organización específica de las relaciones sociales de producción de ese sistema económico. Han introducido una respuesta más universal a las necesidades sociales e individuales. Pero no han cambiado, a fondo, el concepto de modernidad como progreso lineal en un planeta supuestamente inagotable. No se han emancipado de una visión históricamente introducida por la lógica del capitalismo. Ahora que esa lógica nos conduce a una crisis fundamental e irreversible, la tarea principal debería ser la de concebir otra manera de desarrollar las fuerzas productivas: una manera que no tenga como base la destrucción ambiental y el sacrificio humano por la supremacía del valor de cambio, sino que responda a las necesidades sociales y a la regeneración de la madre-tierra.

 

Ha llegado el momento de cambiar de perspectivas. En La gran transformación, Karl Polanyi (1886-1964) demostró con suma efectividad que el capitalismo desarticulaba la economía del conjunto de la sociedad y luego imponía su ley (la ley del valor) como la forma básica de organización y funcionamiento de la sociedad. Hay que reinsertar la economía en la sociedad como un todo, incluidas sus relaciones con la naturaleza (Karl Polanyi, 2001). Si de eso se trata el socialismo, entonces, es más que un cambio de las relaciones sociales de producción. Exige un cambio en la visión del mundo. Esto es mucho más que una regulación del sistema capitalista o la adaptación de la lógica del mercado para que responda a nuevas exigencias ecológicas y sociales. Necesitamos un cambio de paradigma, un nuevo acercamiento holístico a la realidad.

 

Es por eso que el neo-keynesianismo, o las propuestas de la Comisión Stiglitz sobre la crisis monetaria y financiera (Joseph Stglitz, 2010), o las soluciones sumamente parciales propuestas por Thomas Piketty, para reducir las distancias sociales sin una lucha de clases (Thomas Picketti, 2014), así como la llamada “economía de mercado social”, son respuestas insatisfactorias. Puede que inspiren algunas medidas para la transición, pero solo a condición de que estén guiadas por otra concepción de la vida colectiva de la humanidad en el planeta, y ello supone una reconstrucción del imaginario entorno a la modernidad.

 

  1. UN PARADIGMA CENTRADO SOBRE LA REPRODUCCIÓN DE LA VIDA

 

La modernidad post-capitalista parte de una visión holística en la cual la reproducción de la vida humana depende de la reproducción de la vida natural. Como se escribe en un libro colectivo (François Houtart et al., 2016) “La modernidad post-capitalista no pretende tomar una posición antropocéntrica sino conectar los ciclos de vida natural con aquellos de la vida de la especie humana a través del tiempo. La economía en la modernidad post-capitalista exige por lo tanto no sólo una nueva vinculación de la economía formal con la sustantiva, sino además la supeditación de la primera a la segunda. Lo anterior implica dirigir la política económica y hacer la contabilidad social desde el punto de vista del contenido. Este nuevo punto de vista implica enfocar las políticas bajo la óptica de la reproducción de la vida concreta, en vez de enfocar la reproducción del dinero como capital”.

 

Por eso se propone el concepto de Bien Común de la Humanidad, como paradigma de vida, lo que fue desarrollado en un libro publicado por el Instituto de Altos Estudios Nacionales de Quito (François Houtart, 2015). Basado sobre los cuatro ejes fundamentales de la vida colectiva en el planeta: relación con la naturaleza, construcción de la base material de la vida, organización colectiva y cultura, esta noción va más allá que la reconquista de los bienes comunes y que el concepto clásico del bien común. Sin embargo los incluye.

 

Para aplicar este paradigma alternativo al del capitalismo, se trata de elaborar su aplicación a los cuatro ejes citados. Como pasar de la explotación de la naturaleza como un recurso natural al respeto de la madre-tierra como fuente de toda vida, física, cultural, espiritual En segundo lugar, ¿como pasar de la prioridad del valor de cambio al predominio del valor de uso? En tercera instancia, como generalizar los procesos democráticos en todas las instituciones y relaciones sociales? Y finalmente como crear la interculturalidad? Propuestas concretas, basadas sobre experiencias existentes, que permiten decir que este paradigma no es una utopía en el sentido de una ilusión. La cuestión de fondo es como definir las transiciones, porque el capitalismo, a pesar de su crisis sistémica, no va desaparecer mañana. Se trata de una lucha social a largo plazo.

 

Dentro de este proceso se inscribe la redefinición de la modernidad, no en el sentido del pos-modernismo contemporáneo en filosofía y en ciencias sociales, sino dentro de una visión holística y una definición de las transiciones. Podemos ahora entrar en más precisiones.

 

  1. Otras relaciones con la naturaleza

 

La afirmación de una nueva concepción de las relaciones con la naturaleza, conlleva muchas consecuencias prácticas. Citaremos algunas de ellas a título de ejemplos, reagrupándolas en tres partes: las prohibiciones o limitaciones, las iniciativas positivas y lo que eso implica para una política de relaciones exteriores.

 

En la primera perspectiva, la aplicación consiste en no aceptar la propiedad privada de lo que se llama ‚los recursos naturales‛, es decir los minerales, las energías fósiles, las selvas. Se trata de un patrimonio común de la humanidad que no puede ser apropiado por individuos y corporaciones, siguiendo la lógica de la economía de mercado capitalista, es decir en función de intereses privados ignorando las externalidades y orientados por la maximización de la ganancia. Un primer paso en una transición consiste en la recuperación de la soberanía de los Estados sobre sus riquezas naturales, pero aún eso no asegura el resultado esperado de una buena relación con la naturaleza. Empresas nacionales actúan a menudo dentro de la misma lógica y en este sentido, la soberanía estatal tendría que integrar la filosofía del respeto en vez de la explotación. La internacionalización de este sector sería el paso ulterior, condicionado sin embargo por una real democratización de las instituciones de esta índole (las Naciones Unidas y sus órganos), que en muchos casos están bajo la influencia de los poderes hegemónicos políticos y económicos. Dentro de esta misma perspectiva la exigencia de introducir los costos ecológicos de toda actividad humana en los cálculos económicos permitiría reducir estos últimos y contrariar la racionalidad instrumental excluyendo las externalidades, que fue unas de las bases del carácter destructivo del capitalismo.

 

Otro aspecto es el rechazo de la mercantilización de los elementos necesarios a la reproducción de la vida, como el agua y las semillas. Son bienes comunes que deben salir de la lógica de la mercancía y entrar en una perspectiva de gestión común según varias modalidades, que no implican necesariamente la estatización, sino el control colectivo. De manera todavía más concreta, este principio implicaría poner fin a los monocultivos que preparan las regiones inhabitables del futuro, en particular en materias de alimentos para el ganado y de agro-combustibles. Una tasa sobre los kilómetros recorridos por los productos industriales o agrícolas permitiría reducir tanto el uso de energía como la contaminación de los mares. Otras medidas similares podrían ser también pensadas. De manera positiva, las reservas de biodiversidad tendrían que de ser extendidas a más territorios.

 

La promoción de la agricultura orgánica haría parte de este proyecto, como el mejoramiento de la agricultura campesina, más eficaz a largo plazo que la agricultura productivista capitalista (Olivier De Schutter, 2011). Exigir una prolongación de la esperanza de vida de todos los productos industriales permitiría un ahorro de materias primas, de energía y una disminución de la producción de gases a efectos invernaderos (Wim Dierckxsens, 2011).

 

Finalmente en el orden de la política internacional, la lucha contra las orientaciones de base de las instituciones financieras que contradicen el principio del respeto de la naturaleza comporta un gran número de capítulos. Se trata del Banco mundial, del Fondo monetario internacional, de los Bancos regionales y también de la regulación de la Banca privada, tan poderosa en este tiempo de financierización de la economía mundial. Las orientaciones de la OMC a favor de la liberalización del comercio mundial, también tienen sus vertientes ecológicas, porque ella se realiza en mayor parte dentro de la ignorancia de las externalidades. Países miembros de esta organización internacional tienen una gran responsabilidad en este sector y alianzas entre naciones ecológicamente conscientes podría influir sobre las decisiones.

 

La promoción de convenciones internacionales es otro sector de gran importancia. Se puede citar a título de ejemplos, las convenciones sobre el clima (COP21 de Paris), la biodiversidad (Conferencias de Bonn y Nagoya), sobre la protección de las aguas (ríos y mares), sobre la pesca, sobre los deshechos (en particular nucleares) y varias otras. El grado de sensibilidad a esta dimensión de los nuevos paradigmas sería a la base de la eficacia internacional de los Estados progresistas y podría figurar a la agenda de su política exterior.

 

Entonces, la redefinición del Bien Común de la Humanidad en función de la relación con la naturaleza es una tarea esencial frente a los daños ecológicos y a sus consecuencias sobre la capacidad regeneradora del planeta como sobre el equilibrio climático. Eso es un hecho nuevo en la consciencia colectiva, pero lejos de haber ya sido compartido por todos los grupos humanos.

 

Las sociedades socialistas no integraron realmente esta dimensión en sus perspectivas y eso se comprueba todavía hoy en el espectacular desarrollo económico de un país como China que se realiza sin dar mucha atención, por lo menos inmediata, a las externalidades. En cambio, un socialismo del siglo XXI tendrá que integrar este elemento como central.

 

  1. La subordinación del valor de cambio al valor de uso

 

El cambio de paradigma en su relación con la economía consiste en privilegiar el valor de uso en vez del valor de cambio, como lo hace el capitalismo. Se habla de valor de uso cuando un bien o un servicio adquieren una utilidad para satisfacer las necesidades de la vida de uno. Ellos adquieren un valor de cambio cuando son el objeto de una transacción.

 

La característica de una economía mercantil es privilegiar el valor de cambio. Para el capitalismo, la forma más desarrollada de la producción mercantil, este último es el único valor‛. Un bien o un servicio que no se convierte en mercancía, no tiene valor, porque no contribuye a la acumulación del capital, fin y motor de la economía (M. Godelier, 1982). En esta perspectiva, el valor de uso es secundario y, como lo escribe István Mészarós, él puede adquirir el derecho a la existencia si se amolda a los imperativos del valor de cambio‛ (2008, 49). Aún se pueden producir bienes sin ninguna utilidad a condición de que sean pagados (la explosión de los gastos militares, por ejemplo, o los elefantes blancos de la cooperación internacional). Se crean necesidades artificiales (por la publicidad) (Wim Dierckxsens, 2011) o también se amplían los servicios financieros en burbujas especulativas. Al contrario, poner el acento sobre el valor de uso hace del mercado un servidor de las necesidades humanas.

 

De verdad, el concepto de necesidades es relativo. Cambia con las circunstancias históricas y el desarrollo de las fuerzas productivas. El principio es que todos los seres humanos tienen el derecho a satisfacer sus necesidades vitales. Es lo que la declaración Universal de los derechos Humanos afirma de manera enfática. Sin embargo, eso no se realiza en el abstracto, sino en circunstancias económicas, sociales y políticas bien determinadas. La relatividad no puede significar desigualdades injustas, los unos teniendo más necesidades que otros en función de su situación de clase, de género o de etnicidad. La satisfacción de las necesidades básicas tiene que ser definida por la comunidad a diversos niveles, dentro de un proceso democrático y por organismos competentes (parlamentos nacionales e internacionales, asambleas representativas). Es lo que se podría llamar el establecimiento de una economía moral, es decir sometida a imperativos éticos que contradicen la predominancia del valor de cambio en tanto que fuente de acumulación del capital y fin de la economía.

 

Eso no es posible sin poner en cuestión la propiedad privada de los principales medios de producción, lo que precisamente permite el ejercicio de un poder de decisión a favor de los detentores o de los gerentes de los bienes de capital y una subordinación del trabajo al capital, real (directamente por el salario) o formal (indirectamente por otros mecanismos, como políticas monetarias, déficits y deudas de los Estados, especulación sobre los precios de los alimentos y de la energía, privatizaciones de los servicios públicos, etc.)[4].

 

Es el control exclusivo del capital sobre el proceso de producción que también es al origen de la degradación del trabajo mismo (Jorge Beinstein, 2009, 21) y de la no valoración del trabajo de las mujeres, esencial, sin embargo, en la reproducción de la vida en todas sus dimensiones. De verdad, la estatización completa como contra-puesta al mercado total no es una solución satisfactoria, como las experiencias socialistas del pasado lo comprobaron. Existen una multitud de formas de control colectivo, desde las cooperativas hasta las asociaciones de ciudadanos. De ahí una definición totalmente diferente de la economía. No se trata más de producir un valor agregado en beneficio de los propietarios de los bienes de producción o del capital financiero, sino de la actividad colectiva destinada a asegurar las bases de la vida física, cultural y espiritual de todos los seres humanos en el planeta.

 

No se puede aceptar una economía mundial y nacional basada sobre la explotación del trabajo para maximizar la tasa de ganancia, ni una producción, de bienes y servicios destinados al 20% de la población mundial que tiene un poder de compra bastante elevado, dejando a los demás excluidos de la repartición, porque no producen un valor agregado y no disponen de ingresos suficientes. Redefinir la economía significa de esta forma, un cambio fundamental. Evidentemente privilegiar el valor de uso, lo que implica un desarrollo de las fuerzas productivas, debe realizarse de acuerdo con el primer fundamento, el respeto a la naturaleza y también con los dos otros que abordaremos más adelante, la a generalización de los procesos democráticos y la interculturalidad. No excluye los intercambios, necesarios también a satisfacer nuevos valores de uso, pero a condición de no crear desequilibrios en el acceso local a valores de uso y de incluir las externalidades en el proceso.

 

Crecimiento y desarrollo no son conceptos equivalentes. Es lo que los economistas neoclásicos y aún neo-keynesianos parecen olvidar. Se impuso la lógica de la acumulación como sola lógica del desarrollo. Una nueva reflexión ha tenido lugar con varias formas de expresión. Una de ella fue de retomar el concepto de los pueblos indígenas de América latina ‚ el buen vivir‛ (Sumak Kawsay) noción mucho más amplia y que implica no solamente lo contrario de un crecimiento como un fin en sí mismo, sino también la armonía con la naturaleza (Dania Quiroga, 2009, 105). Ya en los años 1960, el Club de Roma había propuesto el crecimiento cero, como solución, a lo que ya se percibía como una vía no sostenible.

 

En la Unión soviética de los años cincuenta, se publicó un libro bien original, titulado ‚Comunismo sin Crecimiento‛. La idea fue retomada de manera todavía más radical por Serge Latouche, en Francia, que lanzó, en los 1990, el concepto de Decrecimiento, lo que inspiró una serie de movimientos, principalmente en las clases medias de Europa, para reducir el consumo y respetar el entorno natural. Si el contenido es positivo y si es importante denunciar el mito pretendiendo que el crecimiento resolverá todos los problemas (Serge Latouche, 2010); la noción es bastante eurocéntrica y limitada a las clases del consumo. Parece bastante indecente predicar el decrecimiento a poblaciones africanas o aun a los empobrecidos de las sociedades industrializadas. Un concepto como el del Buen Vivir‛ tiene una connotación positiva y más amplia. En Buthan, bajo la influencia del budismo, es la noción de felicidad que fue adoptada oficialmente como meta política y social. Estos casos son tal vez pequeñas islas dentro del océano del mercado mundial, pero anuncian el desarrollo de una visión crítica del modelo contemporáneo, con una perspectiva netamente holística.

 

Desde un punto de vista negativo siempre, no se puede aceptar la prioridad del capital financiero y por eso se debe abolir los paraísos fiscales en todas sus modalidades, tanto como el secreto bancario, dos instrumentos poderosos de la lucha de clases. También establecer una tasa sobre los flujos financieros internacionales (tasa Tobin) podría reducir el poder del capital financiero. Las ‚deudas odiosas‛ deben ser denunciadas después de audits, como se hizo en el Ecuador. No se puede admitir la especulación sobre los alimentos y la energía. Una tasa sobre los kilómetros recogidos por los bienes industriales o agrícolas permitiría reducir los gastos ecológicos de transporte y el abuso de las ‚ventajas comparativas‛. Alargar la ‚esperanza de vida‛ de los productos industrializados permitiría un gran ahorro de materias primas y de energía disminuiría la ganancia artificial del capital solamente por la rapidez de su rotación (Wim Dierckxsens, 2011).

 

 

Existen dimensiones positivas. Así, privilegiar el valor de uso sobre el valor de cambio significa también redescubrir el territorio. La globalización hizo olvidar la proximidad para favorecer los intercambios globales, ignorando las externalidades y dando la prioridad al capital financiero el más globalizado de los elementos de la economía por su carácter virtual. El territorio como espacio de actividad económica, pero también de responsabilidad política y de intercambio cultural es el lugar de otra racionalidad. No se trata de reducirlo a la pequeña dimensión, sino de reflexionar en términos de multi-dimensionalidad, donde cada elemento, desde la unidad local hasta el globo tiene su función, sin hundir la una en la otra.

 

De allí los conceptos de soberanía alimentaria y de soberanía energética, que significan que los intercambios son sometidos a un principio superior, la satisfacción de las necesidades a la dimensión del territorio. En la perspectiva del capitalismo, la ley del valor impone la prioridad de la mercantilización y por eso se privilegian, por ejemplo, los cultivos de exportación sobre la producción de alimentos para el consumo local. El concepto de seguridad alimentaria no basta, porque puede ser asegurado por intercambios basados sobre la destrucción de las economías locales, la sobre-especialización de ciertos territorios y la globalización del transporte, gran consumidor de energía y contaminador del entorno.

 

En la misma línea la regionalización de las economías a la escala mundial es un paso transicional favorable, para desvincularse de un centro capitalista que transforma el resto del mundo en periferias (aún emergentes). Eso vale para los intercambios, como para el sistema monetario, redibujando así un modelo globalizador. Eso nos lleva a las medidas concretas, que son numerosas y de las cuales daremos solamente algunos ejemplos.

 

Se puede dar muchos otros ejemplos también. La economía social y solidaria se construye sobre otras bases lógicas que las del capitalismo. De verdad está todavía marginal frente a la inmensa concentración del capital oligopólico, pero es posible incentivar varias de sus formas. Lo mismo vale para las cooperativas y el crédito popular. Deben ser protegidas contra su destrucción o su absorción por el sistema dominante. Por su parte, las iniciativas económicas regionales son medios favorables a una trasformación de la lógica económica a condición de no ser simplemente una adaptación del sistema a nuevas técnicas de producción y así servir de instrumento de integración de las economías nacionales en un conjunto capitalista de nivel superior. La restauración de los bienes comunes privatizados por el neo-liberalismo es una vía fundamental en muchos dominios: servicios públicos como el agua, la energía, los trasportes, las comunicaciones, la salud, la educación, la cultura, todo lo que ahora entra en el ‚sistema de necesidades/capacidades‛). Como lo hemos dicho, eso no significa necesariamente la estatización (necesaria en varios casos) sino el establecimiento de muchas formas de control público y ciudadano sobre estas producciones y distribuciones. Redefinir el ‚Bien Común de la Humanidad‛ en función de otra definición de la economía es así una tarea necesaria, frente a la destrucción del patrimonio común, como resultado del olvido de la dimensión colectiva de la producción de la vida y de la exclusividad del individualismo.

 

  1. La generalización de los procesos democraticos

 

Un tercer eje en la revisión de los fundamentos de la vida colectiva, en función del nuevo paradigma del Bien Común de la Humanidad está constituido por una generalización de la democracia, no solamente aplicada al sector político, sino también al sistema económico, en las relaciones entre hombres y mujeres, y en todas las instituciones. En otras palabras, la democracia formal, a menudo utilizada como una manera de establecer una igualdad artificial, reproduciendo de hecho desequilibrios sociales no reconocidos, debe transformarse en la formulación política de la solidaridad. Eso implica, en particular, una revisión del concepto del Estado y una reivindicación de los derechos humanos en todas sus dimensiones, individuales y colectivas. Se trata de hacer de cada ser humano, sin distinción de raza, de sexo, de clase, un sujeto de la construcción social y así de revalorizar la subjetividad (Franz Hinkelammert, 2005). La concepción del Estado es bastante central en este dominio.

 

El modelo de Estado centralizado, borrando todas las diferencias para construir ciudadanos en principio iguales, no basta para llegar a una verdadera democracia. Sin duda fue un paso adelante frente a las estructuras políticas del Antiguo régimen europeo. Hoy día no solamente se debe tener en cuenta las oposiciones de clases que permiten a una o a una coalición de estas, apodarse de los aparatos del Estado para establecer la dominación de sus intereses, sino también las varias nacionalidades que constituyen un territorio y que tienen el derecho de reivindicar sus culturas, sus referencias territoriales, sus instituciones sociales. No se trata de caer en un comunitarismo debilitando el Estado, como en ciertos países europeos de la era neoliberal, ni de regresar a un pasado romántico, como ciertos movimientos político-religiosos, ni de aceptar sin crítica el neo-anarquismo de ciertas protestas legítimas y masivas, ni de caer en la trampa de los poderes económicos (empresas transnacionales o instituciones financieras internacionales) que prefieren negociar con entidades locales de pequeña dimensión. El objetivo es llegar a un equilibrio entre estas diversas dimensiones de la vida colectiva, internacionales, regionales, locales, reconociendo su existencia e instaurando mecanismos de participación.

 

El papel del Estado no puede ser concebido sin tener en cuenta la situación de los grupos sociales los más marginalizados, los campesinos sin tierra, las castas inferiores y los dalits (fuera de castas) ignorados desde hace milenios, los pueblos indígenas de América y los afro-descendientes excluidos desde hace más de 500 años y en estos grupos, las mujeres a menudo doblemente marginalizadas. Procesos jurídicos, aún constitucionales, no bastan para cambiar la situación, aún si son útiles. El racismo y los prejuicios no desaparecen rápidamente en ninguna sociedad. En este sector el factor cultural tiene una importancia grande y puede ser el objeto de iniciativas específicas. Las políticas sociales, de protección contra las agresiones del mercado total y permitiendo la satisfacción de las necesidades de base, constituyen un paso importante de la transición, a condición de no ser solamente asistencialistas y desvinculadas de reformas estructurales. Políticas fiscales juegan un papel central en este dominio para ofrecer soluciones estructurales.

 

La generalización de los procesos democráticos vale también para el diálogo entre las instancias políticas y los movimientos sociales. La organización de instancias de consulta y de diálogo pertenece a la misma concepción, respetando la autonomía mutual. El proyecto de un Consejo de movimientos sociales en la arquitectura general del ALBA es una tentativa original en este sentido. El concepto de sociedad civil a menudo utilizado a este propósito no deja de ser ambiguo, porque ella es también el lugar de las luchas de clases: existen en realidad una sociedad civil de abajo y una de arriba y la utilización no calificada del término, permite muchas veces crear la confusión y presentar soluciones sociales que ignoran las diferencias de clases[5]. Por otra parte, formas de democracia participativa, como se encuentran en varios países latino-americanos entran también la misma lógica de democracia generalizada. Una independencia real de los diversos poderes ejecutivo, legislativo y judicial es una garantía de funcionamiento democrático normal.

 

Un Estado democrático debe ser también laico, es decir sin la intervención de instituciones religiosas mayoritarias o no, en los órganos de poder del Estado. Al mismo tiempo es la base de la libertad religiosa. Eso no significa un Estado laicista, no reconociendo la dimensión pública del factor religioso (la dimensión ética social de la Teología de la Liberación, por ejemplo) ni tampoco, como eso fue el caso en países del ‚socialismo real‛, estableciendo el ateísmo como casi-religión de Estado. Otras instituciones son concernidas por el mismo principio. Nada menos democrático que el sistema económico capitalista, con la concentración del poder de decisión en pocas manos. Lo mismo vale para los medios de comunicación social y se aplica también a todas las instituciones sociales, sindicales, culturales, deportivas, religiosas.

 

Asociada con los procesos democráticos, está evidentemente la noción de no-violencia. Los conflictos tienen resolverse en las comunidades humanas, desde la familia hasta el orden internacional, vía mecanismos no-violentos adecuados, formales o informales, de resolución. Se debe distinguir entre ejercer la fuerza y utilizar la violencia. El concepto de ‚violencia legítima‛ utilizado por el sociólogo alemán Max Weber, es peligroso, porque llega a una justificación fácil, por ejemplo, de guerras recientes, como en Irak, en Afganistán o en Libia. Sin embargo, si la no-violencia es el principio, lo deseable y deseado, la situación real es la de un mundo violento. Las razones son casi siempre la búsqueda de una hegemonía económica o política. En la historia moderna, la reproducción del capitalismo como sistema ha sido un factor prepotente, tanto para la acumulación del capital interno (el complexo militaro-industrial), como para asegurar el predominio de una nación sobre otra, como finalmente por el control de los recursos naturales (petróleo y metales estratégicos).

 

Los argumentos culturales y religiosos han sido generalmente, de manera consciente o no, legitimaciones ideológicas capaces de motivar pueblos y muchedumbres, en conflictos de naturaleza económica o política. Fueron también armas inmateriales de grupos oprimidos buscando la justicia. Así, como las dictaduras, las guerras son el fracaso de la democracia y significan una ruptura de la búsqueda del Bien Común de la Humanidad. Hoy día, con las tecnologías de muerte disponibles, no existen más guerras justas, sino las resistencias populares de los pueblos que se revelan, cuando toda salida democrática ha sido excluida. Solamente un análisis socio-político completo e histórico holístico puede dar cuenta de esta situación.

 

Políticas concretas tanto negativas como positivas resultan de estos principios. Dispositivos para luchar contra el racismo o la discriminación de sexo en varias materias entran en esta orientación. Lo mismo vale para los medios de comunicación de masa, prohibiendo, por ejemplo, su propiedad al capital financiero. Reglas de funcionamiento democrático (igualdad de los sexos, alternancias en los cargos, etc.) podrían constituir condiciones de reconocimiento público (y eventualmente de subsidio) de instituciones no estatales, como partidos políticos, organizaciones sociales, ONG e instituciones culturales y religiosas.

 

Para la política internacional, las aplicaciones son múltiples. Se piensa evidentemente a la ONU, donde varios componentes, a empezar por el Consejo de Seguridad, son muy poco democráticos. Lo mismo vale por los órganos de Bretton Woods, en particular el Banco mundial y el Fondo monetario internacional. Apoyar los esfuerzos en este sentido puede ser una prioridad para los gobiernos de la periferia. El funcionamiento informal, pero con grandes poderes reales, del G8 o aún del G20, deben ser cuestionados. Las Cortes de Justicia para el respeto de los Derechos humanos, que son órganos deseables, tienen ser sometidos a las mismas normas de democracia y nuevos campos de aplicación, como los crimines económicos, las deudas odiosas y los daños a la naturaleza tendrán de ser promovidos.

 

Todas las nuevas instituciones regionales latinoamericanas, como el Banco del Sur, la moneda regional (el Sucre), el Alba serán objetos de una atención particular en el sentido de generalización de la democracia y lo mismo vale para los otros continentes. La destrucción de la democracia por el capitalismo, especialmente en su fase neo-liberal, ha sido tal que las sociedades, a todos los niveles, se organizan en función de las ventajas de una minoría, provocando un grado de desigualdad en el mundo, nunca visto antes en la historia humana. Restablecer un funcionamiento democrático como paradigma universal constituye entonces un pilar del Bien Común de la Humanidad.

 

 

  1. La interculturalidad

 

 

Dar a todos los saberes, todas las culturas, las filosofías, las espiritualidades, la posibilidad de contribuir al Bien Común de la Humanidad, es el objetivo de la revisión de este fundamento cultural. Eso no puede ser el papel exclusivo de la cultura occidental que en realidad está actualmente identificada con la concepción del desarrollo, eliminando o marginalizando todas las otras perspectivas. Se debe descolonizar el imaginario, porque, como lo escribe Orlando Nuñez, “los valores culturales dominantes son los valores de la clase dominante” (Orlando Nuñez, 2015, 436). Eso implica tanto la lectura de la realidad, su interpretación o su anticipación como la ética necesaria a la elaboración del Bien Común de la Humanidad, la dimensión afectiva necesaria a la auto-implicación de los actores y las expresiones estéticas y prácticas. La pluriculturalidad integra, por supuesto, la adopción de las nuevas orientaciones de los tres otros fundamentos, sobre la relación con la naturaleza, la producción de las bases de la vida y la organización democrática generalizada. Ella es también importante para la trasmisión de las ideas y valores en los pueblos. Hablar en el lenguaje de cada uno y expresarse en términos culturalmente comprensibles es una exigencia de la democracia.

 

Sin embargo, no basta la multiculturalidad. Se trata de la promoción de una interculturalidad abierta, es decir de culturas en diálogo, con posibles intercambios. Las culturas no son objetos de museo, sino elementos vivos de una sociedad. Las migraciones internas y externas, vinculadas con el desarrollo de los medios de comunicación, son factores de muchos cambios culturales, evidentemente no todos deseados. Para existir las culturas necesitan bases y medios materiales, como un territorio de referencia (bajo diversas modalidades), medios de educación y de comunicación, expresiones diversas como fiestas, peregrinajes, rituales, agentes religiosos, edificios, etc.

 

Eso nos lleva a los aspectos prácticos, como la organización del Estado pluricultural, lo que en países como Bolivia o el Ecuador se ha traducido en las constituciones por Estados plurinacionales, no sin dificultades de aplicación del concepto en la práctica. La idea central es la obligación del Estado de garantizar las bases de la reproducción cultural de pueblos diferentes y en particular asegurar su defensa contra las agresiones de la modernidad económica y de la hegemonía cultural. Por eso, la educación bilingüe es un instrumento privilegiado. Pero la noción de interculturalidad debe tener también un impacto sobre la educación general, como la enseñanza de la historia y la trasformación de una filosofía educacional orientada por la lógica del mercado. También instancias éticas deben tener la posibilidad de expresarse, como organismos de Defensa de los Derechos humanos, observatorios de diversos tipos, instituciones religiosas.

 

La cultura incluye una dimensión espiritual, propia del ser humano, que lo lleva más allá de lo cotidiano. Este tema es central en un tiempo de crisis de civilización. Existe en el mundo entero una búsqueda de sentido, por la necesidad de redefinir las metas mismas de la vida. La espiritualidad es la fuerza que transciende la materia y da a esta un sentido. Las fuentes de espiritualidad son numerosas y se sitúan siempre al interior de un contexto social y ellas no pueden existir sin una base física y biológica. El ser humano es uno: su espiritualidad presupone la materia y su materialidad no tiene sentido sin el espíritu. Una visión culturalista de la espiritualidad, ignorando la materialidad del ser humano, es decir el cuerpo para el individuo y la realidad económico-política para la sociedad, es una desviación conceptual, llevando al reduccionismo (la cultura como único factor de cambio) o a la alienación (la ignorancia de las estructuras sociales). La espiritualidad, sin o con una referencia a un sobrenatural, da un sentido a la vida humana en el planeta. Su traducción concreta está condicionada por las relaciones sociales de cada sociedad, pero al mismo tiempo ella puede dar una orientación a estas últimas. Un cambio de paradigma no se realizara sin espiritualidad, según múltiples caminos y numerosas expresiones.

 

La visión del mundo, la lectura de la realidad y su análisis, la elaboración de los conocimientos, la ética de la construcción social y política, las expresiones estéticas y la auto-implicación de los actores, son partes esenciales de la elaboración de alternativas al modelo de desarrollo capitalista y de la civilización que este último trasmite. Ellas forman parte de todas las orientaciones nuevas de los fundamentos en función del paradigma alternativo, tanto de la relación con la naturaleza, como de la producción de las bases de la vida y de la redefinición de la economía y finalmente de la manera de concebir la organización colectiva y política de las sociedades. Pueden en sus diversidades contribuir al cambio necesario a la supervivencia de la humanidad y del planeta, a la definición del nuevo paradigma del Bien Común de la Humanidad.

 

Eso es lo esencial de la construcción de una nueva modernidad. Encontramos sus bases en el pensamiento como en las prácticas y debemos continuar a elaborarla como concepto. Sin embargo, se trata también de una praxis, lo que exige que se planteen formas de transición y también interrogarse sobre los actores capaces de llevar estas iniciativas hacia sus traducciones sociales y políticas. Se trata de una tarea esencial en tiempos de reactivación mundial del neo-liberalismo y cuando el modelo neo-desarrollista ha mostrado sus límites.

 

Bibliografía

 

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[1] Este texto fue parcialmente publicado en la revista Casa de las Américas, N° 277 (octubre-diciembre 2014), 12-24.

[2] Se trata de una tesis de doctorado presentada a la Universidad de Valencia y que hemos utilizado para varias de las referencias a autores del pasado.

[3] En particular, la obra del teólogo brasileño Leonardo Boff.

[4] Se estima que el 70 % del trabajo en el mundo es informal, lo que dificulta la organización de los trabajadores por Cuenta propia (CTCP-FNT), afiliada a la Federación Nacional de los trabajadores de Nicaragua (FNT) y a Streetnet Internacional (Orlando Núñez, 2011).

 

[5] En un barrio pobre de Bogotá, había hace algunos años una inscripción sobre una pared “Nosotros también tenemos Derechos Humanos”.

La fame come sfida etica e spirituale

Niente è più umanitario, sociale, politico, etico e spirituale che soddisfare la fame dei poveri della Terra.

Un mistico medievale, John Ruysbroeck della scuola olandese (1293-1381), ha detto bene: “Se tu fossi in estasi davanti a Dio e un affamato bussasse alla tua porta, lascia il Dio dell’estasi e vai a servire l’affamato. Il Dio che hai lasciato nell’estasi è meno sicuro del Dio che troverai nell’affamato”. Da questo è derivata la sacralità dei poveri e degli affamati.

Gesù stesso era pieno di compassione e ha soddisfatto con pane e pesci centinaia di persone affamate che lo seguivano. Al centro del suo messaggio c’è il Padre Nostro e il Pane Nostro quotidiano, nella famosa preghiera del Signore. È erede di Gesù solamente chi tiene sempre insieme il Padre Nostro con il Pane Nostro. Solo questa persona può dire Amen.

I livelli di povertà globali sono scioccanti. Secondo OXFAM, che misura ogni anno i livelli di disuguaglianza nel mondo, nel gennaio 2017 si accertò che 8 persone da sole hanno un reddito equivalente a quello di 3,6 miliardi di persone, vale a dire circa la metà dell’umanità. Questo fatto è più significativo della semplice parola “disuguaglianza”. Eticamente e politicamente questo fatto si traduce in una spaventosa ingiustizia sociale e, nell’ambito della fede giudaico-cristiana, questa ingiustizia sociale è un peccato sociale e strutturale che colpisce Dio e i suoi figli e figlie.

La povertà è sistemica, perché è il risultato di un tipo di società che si propone di accumulare sempre più beni materiali senza alcuna considerazione umanitaria (giustizia sociale) o ambientale (giustizia ecologica). Questa società presuppone persone crudeli, ciniche e senza alcun senso di solidarietà, quindi, un contesto di elevata disumanizzazione e di barbarie.

In Brasile, anche se molto è stato fatto per fare uscire il paese dallo spettro della fame, ci sono ancora 20 milioni di persone che vivono in estrema povertà. Con il suo programma “Brasile amorevole” la legittima presidenta Dilma Rousseff si era prefissa lo scopo di portare tutte queste persone fuori da questa situazione disumana.

Le definizioni date alla povertà sono molteplici. Trovo illuminante la posizione del premio Nobel per l’economia, l’indiano Amartya Sen, che ha creato l’economia solidale. Per lui la povertà, per cominciare, non è misurata dal livello di reddito o dal grado di partecipazione ai beni e ai servizi naturali. L’economista definisce la povertà nel contesto dello sviluppo umano come l’espansione delle libertà sostanziali, come lui le chiama, cioè, la possibilità e la capacità di produrre e realizzare il potenziale umano produttivo della propria vita. Essere poveri è vedersi privati della capacità di produrre il paniere di beni di base o l’accesso ad esso. In questo modo essi sentono negati i diritti di vivere con un minimo di dignità e la libertà per progettare il proprio percorso di vita.

Questo sviluppo ha un eminente grado di umanesimo e un forte carattere etico. Da qui il titolo della sua opera principale, che si chiama “Sviluppo come libertà”. La libertà è intesa come libertà “per” l’accesso al cibo, alla salute, all´istruzione, all´ambiente ecologicamente sano, alla partecipazione alla vita sociale e agli spazi di vita e di tempo libero.

La Teologia della Liberazione e la chiesa che sta alle sue spalle, nascono da un attento studio della povertà. La povertà si legge come oppressione. Il suo opposto non è la ricchezza, ma la giustizia sociale e la liberazione. L’opzione per i poveri contro la povertà è il marchio di fabbrica della Teologia della Liberazione.

Abbiamo distinto tre tipi di povertà. La prima è quella di chi non ha accesso al paniere alimentare di base né ai minimi servizi sanitari. L’approccio tradizionale è stato: quelli che hanno aiutino a quelli che non hanno. Così è nata una vasta rete di assistenzialismo e di paternalismo che aiuta puntualmente i poveri, ma li tiene dipendenti da altri.

La seconda lettura del povero sosteneva che i poveri hanno qualcosa; possiedono infatti l’intelligenza e la capacità di professionalizzarsi. Così possono entrare nel mercato del lavoro e organizzare la propria vita. Questa strategia è corretta, ma politicamente non prende conoscenza del carattere conflittuale del rapporto sociale, mantenendo chi esce dalla povertà all’interno del sistema che continua a produrre poveri. Lo rafforza inconsciamente.

La terza interpretazione del povero parte da quello che il povero ha e, quando viene a conoscenza dei meccanismi che rendono poveri (sono impoveriti e oppressi), si organizzano, pianificano un nuovo sogno di una società più giusta ed egualitaria, diventano una forza storica in grado, insieme ad altri, di dare nuova direzione alla società. Da questo punto di vista sono nati i principali movimenti sociali, sindacali e altri gruppi coscientizzati della società e delle chiese. Da loro si aspettano trasformazioni sociali.

Infine, per la percezione della fede biblica, i poveri saranno sempre l’immagine deturpata di Dio, la presenza del povero di Nazaret, crocifisso, che deve essere deposto dalla croce. Alla fine, alla sera della storia del mondo, i poveri saranno i giudici di tutti perché affamati, nudi e incarcerati, non sono stati riconosciuti come la presenza nascosta del Supremo Giudice davanti al quale un giorno ci troveremo tutti.

*Leonardo Boff è editorialista del JB on-line e ha scritto: Passione di Cristo, Passione del mondo, Cittadella Ed, 1978.

Traduzione di S. Toppi e M. Gavito

El hambre como desafío ético y espiritual

Nada más humanitario, social, político, ético y espiritual que saciar el hambre de los pobres de la Tierra.

Un místico medieval de la escuela holandesa, John Ruysbroeck (1293-1381), decía acertadamente: «Si estuvieras en éxtasis delante de Dios y un hambriento llamase a tu puerta, deja al Dios del éxtasis y vete a atender al hambriento. El Dios que dejas en el éxtasis es menos seguro que el Dios que encuentras en el hambriento». De ahí se deriva el carácter sagrado del pobre y del hambriento.

Jesús mismo se llenó de compasión y sació con pan y pescado a cientos de personas con hambre que le seguían. En el núcleo central de su mensaje se encuentra el Padre Nuestro y el Pan Nuestro, en la famosa oración del Señor. Solamente está en la herencia de Jesús quien mantenga siempre unidos el Padre Nuestro con el Pan Nuestro. Sólo ese podrá decir Amén.

Los niveles de pobreza mundial son estremecedores. Oxfam, que mide anualmente los niveles de desigualdad en el mundo, en enero de 2017 concluyó que solo 8 personas poseen la misma renta que 3,6 mil millones de personas, es decir, cerca de la mitad de la humanidad. Tal hecho es más que la fría palabra “desigualdad”. Ético-políticamente traduce una atroz injusticia social y, para quien se mueve en el ámbito de la fe judeocristiana, esta injusticia social representa un pecado social y estructural que afecta a Dios y a sus hijos e hijas.

La pobreza es sistémica, pues es fruto de un tipo de sociedad que tiene por objetivo acumular más y más bienes materiales sin ninguna consideración humanitaria (justicia social) ni ambiental (justicia ecológica). Ella presupone personas crueles, cínicas y sin ningún sentido de solidaridad, por lo tanto en un contexto de alta deshumanización y hasta de barbarie.

En Brasil, por mucho que se haya hecho sacando al país del mapa del hambre, existen aún 20 millones de personas viviendo en extrema pobreza. Con su programa “Brasil cariñoso” la presidenta legítima Dilma Rousseff se proponía sacar a toda esta gente de esa situación inhumana.

Las interpretaciones que se dan a la pobreza son múltiples. A mí me resulta iluminadora la posición del premio Nobel de economía, el indio Amartya Sen, que creó la economía solidaria. Para él la pobreza, inicialmente, no se mide por el nivel de ingresos, ni por la participación en los bienes y servicios naturales. El economista define la pobreza en el marco del desarrollo humano que consiste en la ampliación de las libertades sustantivas, como él las llama, es decir, la posibilidad y la capacidad de producir y realizar el potencial humano productivo de su propia vida. Ser pobre es ver-se privado de la capacidad de producir la cesta básica o de acceder a ella. De esta forma siente negados los derechos de vivir con un mínimo de dignidad y la libertad básica de poder proyectar su propio camino de vida.

Ese desarrollo posee un eminente grado de humanismo y una decidida naturaleza ética. De ahí que el título de su principal obra se llame “Desarrollo como libertad”. La libertad es entendida como libertad “para” tener acceso al alimento, a la salud, a la educación, a un ambiente ecológicamente saludable, a la participación en la vida social y a espacios de convivencia y de ocio.

La Teología de la Liberación, y la Iglesia que le subyace, nació a partir de un estudio cuidadoso de la pobreza. La pobreza se lee como opresión. Su opuesto no es la riqueza, sino la justicia social y la liberación. La opción por los pobres contra la pobreza es la marca registrada de la Teología de la Liberación.

Distinguíamos tres tipos de pobreza. La primera es la de los que no tienen acceso a la cesta básica y a los servicios sanitarios mínimos. La estrategia tradicional era hacer que los que tienen ayuden a los que no tienen. De ahí nació una vasta red de asistencialismo y paternalismo. Ayuda puntualmente a los pobres pero los mantiene dependientes de los demás.

La segunda lectura del pobre afirmaba que el pobre tiene, posee inteligencia y capacidad de profesionalizarse. Con eso entra en el mercado de trabajo y arregla su vida. Esta estrategia es correcta, pero políticamente no se da cuenta del carácter conflictivo de la relación social, manteniendo a quien sale de la pobreza dentro del sistema que continúa produciendo pobres. Lo refuerza inconscientemente.

La tercera interpretación parte de que el pobre tiene y cuando toma conciencia de los mecanismos que lo hacen pobre (son empobrecidos y oprimidos), se organizan, proyectan un sueño nuevo de sociedad más justa e igualitaria, se transforman en una fuerza histórica capaz de, junto con otros, dar un nuevo rumbo a la sociedad. De esta perspectiva nacieron los principales movimientos sociales, sindicales y otros grupos concientizados de la sociedad y de las iglesias. De ellos se pueden esperar transformaciones sociales.

Por último, para la mirada de fe bíblica el pobre siempre será la imagen desfigurada de Dios, la presencia del pobre de Nazaret, crucificado, que debe ser bajado de la cruz. Al final, al atardecer de la historia universal, los pobres serán los jueces de todos, porque hambrientos, desnudos y encarcelados no fueron reconocidos como la presencia anónima del propio Juez Supremo ante el cual, un día, compareceremos todos.

Leonardo Boff es articulista del JB online y escribió: Pasión de Cristo, pasión del mundo, Sal Terrae.

Traducción de Mª José Gavito Milano

“Papst Franziskus, die Befreiungstheologie und ihre Zukunft im Spiegel der Zeit”

Nos dias 26 e 27 de novembro a Sociedade Carl Friedrich von Weizsächer, conhecida agremiação de cientistas, a maioria vindos da física, da mecânica quântica, da biologia, da filosofia e outras ciências organizou em Berlim um simpósio cujo tema era “Religião e Sociedade em Diálogo: ética da modernidade”. Neste contexto, a convite, proferi uma palestra que vinha associada à entrega de uma medalha como reconhecimento pelo livro escrito conjuntamente com um cosmólogo norte-americanao Mark Hathaway “The Tao of Liberation. Ex- ploring the Ecology of Transformation“, 2010, que havia sido traduzido para o alemão com o título „Befreite Schöpfung – Kosmologie – Ökologie – Spiritualität“. O livro encontrou ressonância no meio científico, pois se tratava de articular os vários saberes do Oriente e do Ocidente em diálogo com o novo paradigma e numa perspectiva de uma ecologia integral. O título de minha palestra  era “O Papa Francisco,a Teologia da Libertação e seu futuro na perspectiva do futuro”.  Como é costume em tais eventos que premiam alguém, faz-se sempre uma apresentação do contemplado,o que chamam de “Laudatio”   O referente fez um excelente resumo de meu percurso intelectual e de minhas principais ideias. Como há no Brasil pessoas que leem e entendem o alemão, resolvei publicar ambos os textos. Lboff                    

Prof. Dr. Gerhard Kruip

                                                        Laudatio

für Leonardo Boff
anlässlich der Verleihung der Carl Friedrich von Weizsäcker-Medaille am 27.11.2016 in Berlin

Sehr geehrter, lieber Herr Leonardo Boff, meine sehr geehrten Damen und Herren,

diese Einladung, heute die Laudatio auf Leonardo Boff zu halten, ist eine große Ehre für mich. Es berührt mich sehr, darum gebeten worden zu sein. Die Theologie Leonardo Boffs hat mich von meinem Studium an geprägt und bis heute begleitet. Ich habe 25 Bücher von ihm zuhause im Regal stehen und eine noch größere Zahl kopierter Artikel abgeheftet. Viele Katholiken meiner Generation hätten für sich keine Wirkungsmöglichkeit in der katholischen Kirche gesehen, hätte es nicht die Befreiungstheologie gegeben, zu deren Pionieren und herausragendsten intellektuellen Vertretern Boff ohne Zweifel gehört. Dieser Neuaufbruch der Kirche in Lateinamerika hat uns Hoffnung gegeben. Er hat dazu beigetragen, dass wir unseren Glauben weiter entwickeln und auch nur deshalb bewahren konnten. Das erfüllt mich persönlich mit großer Dankbarkeit Ihnen gegenüber – und deshalb habe ich diese Auf- gabe sehr gerne übernommen. Das Lob fällt mir nicht schwer!

Einer der Texte, die mich tief beeindruckt haben, ist die kleine Sakramentenlehre, 1975 bei Vozes in Brasilien unter dem Titel „Os sacramentos da vida e a vida dos sacramentos“ er- schienen. Darin berichtet Boff von einem Brief seiner Familie, der ihn am 11. August 1965 in München erreichte, wo er gerade sein Promotionsstudium aufgenommen hatte. Darin stand die traurige Nachricht vom frühen Tod seines Vaters, der im Alter von 54 Jahren an einem Herzinfarkt gestorben war. Das Kuvert enthielt auch den Stummel der letzten Zigarette, die sein Vater kurz vor dem Tod geraucht hatte. Und nun zitiere ich einige Sätze aus diesem Buch wörtlich: „Von diesem Augenblick an ist der Zigarettenstummel kein einfacher Zigaret- tenstummel mehr. Denn er wurde zu einem Sakrament, lebt, spricht von Leben und begleitet mein Leben. Seine charakteristische Farbe, sein starker Duft und das Verbrannte an der Spit- ze lassen ihn in unserem Leben noch angezündet sein. Deshalb ist er von unschätzbarem Wert, gehört zur Mitte des Lebens und trifft unser Innerstes. […] Er liegt hinten in der Schub- lade. Dann und wann wird das Glasschächtelchen geöffnet. Ein Duft strömt aus. Es entstehen die Farben einer lebendigen Vergangenheit. […] die Augen des Geistes sehen die väterliche Gestalt lebendig vor sich. Der Stummel der Strohzigarette lässt sie gegenwärtig werden, wie sie das Stroh schneidet, den Tabak rollt, das Feuerzeug anzündet, lang an der Zigarette zieht, unterrichtet, Zeitung liest, mit den Funken sich das Hemd verbrennt, bis tief in die Nacht im Büro arbeitet und dabei raucht… und raucht. Die letzte Zigarette erlosch mit dem sterblichen Leben. Aber dennoch: Etwas brennt irgendwie noch immer, aufgrund der Zigarette.“ (S. 29, 32-33)

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Ich hoffe, dass sich auch die Nichtraucher unter Ihnen in diese Gedanken hineinversetzen konnten.

Schon an diesem kurzen Text kann man einige Charakteristika verdeutlichen, die das Denken von Boff prägen. Er geht vom Alltag aus, von menschlichen Erfahrungen, bevorzugt der ein- fachen und armen Menschen. Sein Denken ist niemals abgehoben, sondern bleibt verbun- den mit den Wurzeln, aus denen er auch als Person selbst lebt. Gleichzeitig hat er aber in seinem Denken eine grandiose Offenheit und Weite, löst sich dabei von eingefahrenen Glei- sen und den oft viel zu engen Vorgaben seiner katholischen Kirche, kann eben auch einen Zigarettenstummel als Sakrament begreifen. Wie die Tabakpflanze kommt sein Denken aus Lateinamerika und hat dort seine Wurzeln. Trotzdem darf man solche Überlegungen nicht mit dem in der Literatur Lateinamerikas so verbreiteten magischen Realismus verwechseln. Denn Boff unterwirft sein Denken zugleich dem Anspruch, vernünftig zu sein, verstanden werden zu können und dabei auch Anschluss zu finden an vorhandene Traditionen, in die- sem Fall an die katholische Sakramentenlehre, die gerade durch solche Reflexionen eine enorme Bereicherung erfahren hat. Denn mit ihrer Hilfe finden tatsächlich wieder mehr Menschen Zugang zur kirchlichen Lehre, die ja glaubt, dass mit dem Zeichen des Brotes und des Weines im gemeinsamen Mahl Jesus Christus in der versammelten Gemeinde gegenwär- tig wird.

Selbstverständlich geht die Weite des Denkens von Boff und der Reichtum seines Lebens und seines wissenschaftlichen Werks weit über dieses eine Beispiel hinaus. In einer Bibliographie seiner Werke, die bis 2005 reichte, habe ich 114 Monographien und fast 1000 Artikel und Beiträge gezählt. Mittlerweile sind noch weitere hinzugekommen. Viele von ihnen wurden übersetzt, man findet Übersetzungen in mindestens 15 Sprachen. Ich will versuchen, aus dieser Fülle die Wichtigsten seiner Gedanken und deren Kontexte kurz vorzustellen.

Leonardo Boff wurde mit dem Namen Genézio Darci Boff als Sohn italienischer Einwanderer 1938 in Concordia im südbrasilianischen Bundesstaat Santa Catarina geboren, wo übrigens auch sehr viele Brasilianer mit deutschem Migrationshintergrund leben. Genézio Darci war eines von 11 Kindern – wobei er in dem jüngst veröffentlichten Gespräch mit dem Psycho- analytiker Luigi Zoja meinte, seine Familie sei im Umfeld die kleinste gewesen. Boff wurde 1959 in den Franziskanerorden aufgenommen, der maßgeblich von deutschen Franziskanern geprägt war, die während des Kulturkampfes in Deutschland dorthin ausgewandert waren und wo man deshalb deutsch sprach. Er studierte bei ihnen Philosophie und Theologie und wurde 1964 zum Priester geweiht. Danach war er zu Gaststudien in Würzburg, Leuven und Oxford und entschloss sich dann zu einem theologischen Promotionsstudium in München, das er 1970 erfolgreich mit dem Doktor der Theologie abschloss. Seine Dissertation trug den Titel: „Die Kirche als Sakrament im Horizont der Welterfahrung“. Einer seiner wichtigsten akademischen Lehrer war Karl Rahner. Sein Doktorvater war Leo Scheffczyk, Zweitgutachter seiner Doktorarbeit Joseph Ratzinger, der spätere Papst Benedikt XVI., der die Arbeit damals sehr gelobt und ihre Publikation mit einer beträchtlichen Geldsumme gefördert hat. Boff lernte in München aber auch den Physiker Werner Heisenberg kennen, der zu dieser Zeit

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Direktor des Max-Planck-Instituts für Physik in München war. Das verhalf ihm zu einer inten- siven Auseinandersetzung mit der modernen Physik. Er beschäftigte sich auch eingehend mit Carl Gustav Jung und hörte Vorlesungen bei Albert Görres, der übrigens bei Viktor von Weizsäcker promoviert hatte und ein gläubiger, aber kirchenkritischer Katholik war. Von ihm stammt der Begriff der „ekklesiogenen Neurose“.

Nach seiner Rückkehr nach Brasilien wurde Boff Professor für Systematische Theologie am Instituto Teológico Franciscano in der von deutschen Einwanderern gegründeten Stadt Pet- rópolis im Bundesstaat Río de Janeiro, die übrigens seit Pedro II. den brasilianischen Kaisern als Residenz gedient hatte. Neben seiner Arbeit an der Hochschule war er Mitherausgeber der wichtigen theologischen Zeitschriften Concilium, Vozes und der Revista Ecclesiástica Bra- sileira. Offenbar kam es 1970 in Manaus im Kontakt mit an der Basis tätigen Priestern und Ordensleuten zu einer Art Bekehrungserlebnis. Boff wurde klar, dass die akademische Theo- logie, wie er sie in Deutschland kennen gelernt hatte, in Brasilien nur eine sehr begrenzte Bedeutung hatte. Dies stürzte ihn, wie er selbst berichtete, in eine persönliche Krise, die er durch sein Buch „Jesus Christus, der Befreier“, überwand. Fortan begleitete er neben seiner akademischen Arbeit Basisgemeinden, Menschenrechtsinitiativen und die Bewegung der landlosen Landarbeiter und wurde zusammen mit Gustavo Gutiérrez und Juan Luis Segundo zu einem der wichtigsten Vertreter der Befreiungstheologie in Lateinamerika.

Um diesen theologischen Neuaufbruch verständlich zu machen, muss ich ein klein wenig ausholen. Als die lateinamerikanischen Bischöfe 1965 vom Zweiten Vatikanischen Konzil in ihre Bistümer zurückkehrten, sollten und wollten sie seine Ergebnisse auch in ihrer Heimat umzusetzen. Im November 1965 hatten sie sich noch mit Papst Paul VI. getroffen, wobei auch schon die lateinamerikanische Bischofsversammlung für 1968 nach Medellín einberu- fen worden war. Etliche von ihnen hatten auch den sogenannten „Katakombenpakt“ unter- schrieben, in dem sie sich für einen Einsatz für die Armen und einen entsprechenden Le- bensstil verpflichteten. Unterstützt von vielen Theologen, Ordensleuten und engagierten Laien machten sie sich daran, nach dem Dreischritt „Sehen-Urteilen-Handeln“ von der eige- nen Situation her zu denken, die Forderungen des Evangeliums auf sie anzuwenden und Re- formen für Kirche und Gesellschaft zu fordern. Weil man sich dabei auf neueste sozialwis- senschaftliche Ansätze stützen wollte, verwendete man die damals aktuelle Dependenztheo- rie, die die Ursache der Armut in Lateinamerika nicht in dessen Rückständigkeit oder Unter- entwicklung sahen, sondern in seiner politischen und ökonomischen Abhängigkeit. Vor die- sem Hintergrund wird auch die Bezeichnung „Theologie der Befreiung“ verständlich: Wäh- rend die Enzyklika Populorum progressio 1967 mit Bezug auf den französischen Dominikaner Louis-Joseph Lebret im Grunde eine „Theologie der Entwicklung“ darstellte, vollzogen Kirche und wichtige Theologen in Lateinamerika einen Wechsel zu einer „Theologie der Befreiung“. Denn sie hatten die Hoffnung auf eine Verbesserung der Situation durch „Entwicklung“ ver- loren und hofften auf eine „Befreiung“ von den Strukturen der Abhängigkeit. Dabei war Ihnen mehr und mehr klar geworden – ähnlich wie dem Sozialkatholizismus in Deutschland im 19. Jahrhundert – dass es nicht genügt, die Menschen zu einer individuellen Umkehr zu

bewegen, sondern dass neben der „Gesinnungsreform“ auch durchgreifende „Zuständere- 3

formen“ notwendig sein würden. In vielen lateinamerikanischen Ländern vollzogen sich die- se Lernprozesse zudem im Kontext der Repression von autoritären Regimen oder sogar Mili- tärdiktaturen wie in Brasilien, Chile, Argentinien, Uruguay, Peru, Bolivien, Ecuador, El Salva- dor, Nicaragua, Guatemala und Panama. In Brasilien gelang erst 1985 ein Übergang zur De- mokratie.

Angesichts ihrer tief zwischen Arm und Reich gespaltenen Gesellschaften traf die Kirche in Lateinamerika eine „Option für die Armen“. Sie war das Ergebnis der allgemeinen Gerechtig- keitsforderung in einer Situation großer Ungerechtigkeit, in der es besonders dringlich ist, vorrangig den Armen zu helfen. Folgerichtig setzten sich viele Laien, Ordensleute, Priester und Bischöfe besonders für die Armen ein. Für das Verständnis dieser Option für die Armen ist aber wichtig, dass die Armen nicht als Objekte von Hilfe angesehen werden, sondern als Subjekte ihrer eigenen Geschichte, die als solche auch ernst genommen werden müssen. Es waren dann vor allem die Basisgemeinden, in denen sich die Stimme dieser Armen formierte und die sowohl für die Kirche als auch für die Gesellschaft zu einer wichtigen Kraft der Re- form geworden sind. Boff war diesen Basisgemeinden und den engagierten Armen immer sehr nahe. Nicht zuletzt sagen das Buchtitel aus wie „Teología a Escuta do Povo“ (1981) (dt. „Theologie hört auf das Volk“) oder „Eclesiogênese – a reinvenção da Igreja“ (1977) (dt. „Die Neuentdeckung der Kirche: Basisgemeinden in Lateinamerika“)

Die Befreiungstheologie hat vielfältige biblische Wurzeln. Im Alten Testament ist es vor allem der Bezug auf das Glaubensbekenntnis in Deuteronomium 26,5-9: „Mein Vater war ein hei- matloser Aramäer. Er zog nach Ägypten, lebte dort als Fremder mit wenigen Leuten und wurde dort zu einem großen, mächtigen und zahlreichen Volk. Die Ägypter behandelten uns schlecht, machten uns rechtlos und legten uns harte Fronarbeit auf. Wir schrien zum Herrn, dem Gott unserer Väter, und der Herr hörte unser Schreien und sah unsere Rechtlosigkeit, unsere Arbeitslast und unsere Bedrängnis. Der Herr führte uns mit starker Hand und hoch erhobenem Arm, unter großem Schrecken, unter Zeichen und Wundern aus Ägypten heraus […].“ Hier taucht auch die für die Befreiungstheologie so bedeutsame Wendung vom „Schrei der Armen“ auf, den Boff später auf den „Schrei der Erde“ ausgeweitet hat.

Charakteristisch für die Theologie von Boff ist nun, dass er sich nicht nur mit diesen befrei- ungstheologischen Kerngedanken beschäftigte und in einem Buch zusammen mit seinem Bruder Clodovis auch eine befreiungstheologische Methodenlehre verfasste, sondern diesen Ansatz in einer schier unglaublichen Breite auf alle Themen der Theologie und alle Heraus- forderungen der Gesellschaft bezog. Er war auch verantwortlicher Herausgeber einer groß angelegten Reihe „Bibliothek der Theologie der Befreiung“, deren Bände auf Grund amts- kirchlichen Drucks jedoch nur teilweise erscheinen konnten.

Ein wichtiger Aspekt der innerkirchlichen Konflikte war die Frage, wie marxistisch die Befrei- ungstheologie sei. Das wäre natürlich ein eigenes Thema, aber kurz gesagt, lautet die Ant- wort: Selbstverständlich wurden für die Gesellschaftsanalyse auch marxistische Theoreme verwendet, wie das ja generell in den Sozialwissenschaften üblich war und auch heute noch

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teilweise sinnvoll ist. Sogar der Nestor der katholischen Soziallehre, der in dieser Hinsicht vollkommen unverdächtige Jesuit Oswald von Nell Breuning veröffentlichte 1976 einen Arti- kel unter dem Titel „Wir alle stehen auf den Schultern von Karl Marx“. Die Rezeption des Marxismus verlief auch nicht über den orthodoxen Marxismus der Sowjetunion, sondern vor allem über die Dependenztheorie und die Werke Antonio Gramscis und anderer unorthodo- xer Marxisten. Befreiungstheologen und Befreiungspädagogen wie Paulo Freire als Marxis- ten oder Kommunisten zu bezeichnen war außerdem eine durchsichtige, aber wirkungsvolle Strategie der Militärdiktaturen zur Diffamierung und Ausgrenzung kritischer Intellektueller – eine Strategie übrigens, die massiv von den USA unterstützt wurde.

Aus dem umfangreichen Werk Boffs will ich nur auf ein paar Titel verweisen. Dabei nenne ich immer das Erscheinungsjahr des in portugiesischer Sprache erschienenen Originals, aber den Titel der später erschienenen deutschen Übersetzung. Sein erstes, in Brasilien schon 1971 publiziertes Buch trägt den Titel „Der kosmische Christus“ und befasst sich in Auseinander- setzung mit Teilhard de Chardin und der modernen Physik mit der universellen Bedeutung Jesu Christi. 1979 veröffentlicht er das Buch „Das mütterliche Antlitz Gottes“, worin er auf die feministische Kritik an der Befreiungstheologie reagiert und eine Neukonzeption der Ma- riologie entwirft. So als hätte er die Namensgebung des heutigen Papstes vorausgeahnt, schreibt Boff 1981 ein Buch über den heiligen Franz von Assisi mit dem Titel: „Zärtlichkeit und Kraft“. 1986 erscheint eine umfangreiche Trinitätslehre, die theologisch ausgesprochen spannend ist. Boff sieht in Joseph die Verleiblichung von Gott Vater, in Maria die Verleibli- chung des Heiligen Geistes, der in den semitischen Sprachen weiblichen Geschlechts ist, und in Jesus die Inkarnation des Gottessohnes. Erste Artikel zur ökologischen Problematik er- scheinen schon 1975. Die erste, auf dieses Thema bezogene Monographie „Von der Würde der Erde“ wird 1993 publiziert. Spirituelle Themen interessieren ihn ebenfalls sehr. Zusam- men mit dem Dominikaner Frei Betto, der mit bürgerlichem Namen Carlos Alberto Libânio heißt und der vor allem durch seine Nachtgespräche mit dem vorgestern verstorbenen Fidel Castro (1986) bekannt geworden ist, schreibt er 1994 das Buch „Mystik der Straße“. Viele weitere kamen danach noch hinzu. Es ist tatsächlich unmöglich, hier alle Titel zu erwähnen.

Die Ekklesiologie beschäftigt Boff seit seiner Dissertation. Dabei erregte ein Buch bei der Glaubenskongregation in Rom besonderes Aufsehen. In „Kirche, Charisma und Macht“, 1981 erschienen, legte Boff eine aus meiner Sicht sehr gelungene Analyse der Pathologien der römisch-katholischen Kirche vor. Er verwendete dabei Instrumente einer soziologischen Machtanalyse, wie sie auch Karl Marx und Max Weber entwickelt hatten. Auf der Grundlage neuester biblischer Forschungen und des Konzils plädierte Boff dafür, dass sich die Kirche weniger hierarchisch und auf der Basis des Kirchenrechts als vielmehr dezentral und unter Berücksichtigung der verschiedenen Charismen organisieren solle. Ich habe das Buch damals verschlungen und sah mich in meiner eigenen Kirchenkritik bestätigt. Viele Theologen in Deutschland hätten seine Thesen damals vielleicht noch nicht so scharf formuliert, was sie dann aber 1989 in der sogenannten „Kölner Erklärung“ durchaus taten. Und übrigens: die von Boff damals geäußerte Kritik findet man heute unschwer im Rundschreiben Evangelii

gaudium von Papst Franziskus wieder oder auch in seiner Ansprache im Vatikan zu den 15 5

Krankheiten der Kurie am 22. Dezember 2014. Aber damals versuchten Papst Johannes-Paul II. und Kardinal Joseph Ratzinger als Präfekt der Glaubenskongregation, die Befreiungstheo- logie zurückzudrängen. Sie wollten mit der Verurteilung von Boff ein Exempel statuieren und die damals überwiegend befreiungstheologisch ausgerichtete brasilianische Bischofskonfe- renz einschüchtern. Boff wurde nach Rom zitiert und musste sich am 7. September 1984 dort rechtfertigen, wurde aber begleitet und unterstützt von den beiden brasilianischen Franziskaner-Kardinälen Aloísio Lorscheider und Paulo Evaristo Arns sowie dem damaligen Vorsitzenden der brasilianischen Bischofskonferenz Ivo Lorscheiter, die alle Boff verteidig- ten, was in Rom dann doch Eindruck gemachte. Am 11. März erklärte die Glaubenskongrega- tion, die Theologie von Boff sei gefährlich für die gesunde Glaubenslehre, sprach aber keine Verurteilung aus und ergriff keine Sanktionen. Boff hat die Erklärung sofort akzeptiert und bekräftigt, sie für seine weitere theologische Arbeit zu berücksichtigen. Um so überraschter war man, als die Glaubenskongregation dann am 26. April 1985 Boff ein einjähriges Buß- schweigen auferlegte, das heißt, ihm verbot, öffentlich aufzutreten und zu publizieren.

Für Boff war die Sache nach dem Ende des Bußschweigens leider nicht überstanden. 1991 wurden weitere Disziplinarmaßnahmen gegen ihn verhängt, 1992 verbot ihm der Papst so- gar die Teilnahme am großen Nachhaltigkeitsgipfel in Rio de Janeiro. Daraufhin trat er aus dem Orden aus und bat darum, vom Priesteramt suspendiert zu werden, was er in einem sehr bewegenden Brief am 29. Juni 1992 mitteilte. Viele Menschen hat das sehr erschüttert, sehr traurig, aber auch wütend gemacht. Ich weiß noch genau, wie wir am Ende einer Ta- gung in Würzburg über das 500-Jahr-Gedenken der Entdeckung bzw. Eroberung Amerikas am 11. Juli 1992, angeregt durch meinen Freund und Kollegen Johannes Meier, einen Solida- ritätsbrief an Leonardo Boff verfassten.

Bedauerlicherweise war es so, dass weder Papst Johannes Paul II. noch Kardinal Joseph Ratzinger die Theologie der Befreiung je wirklich verstanden hätten. Man muss das leider so deutlich sagen. Es fehlte ihnen an Kenntnis der lateinamerikanischen Kirche, an Einfühlungs- vermögen in ihre Situation und an der Bereitschaft, sich wirklich auf einen echten Dialog einzulassen. In den Urteilen von Ratzinger, die man in einer guten Dokumentation über den Schriftverkehr zwischen Boff und der Glaubenskongregation nachlesen kann, wimmelt es von Missverständnissen und Fehlinterpretationen. Für die Kirche in Brasilien, aber auch in Lateinamerika und auf der ganzen Welt ist dadurch ein riesiger Schaden entstanden, weil ein zukunftsträchtiger und hoffnungsspendender theologischer und pastoraler Neuansatz einge- schüchtert und in seiner weiteren Entwicklung massiv behindert wurde. Das Jahr 1985 war der Beginn einer kirchlichen Eiszeit, die fast dreißig Jahre andauerte. Erst mit der Wahl von Papst Franziskus am 13. März 2013 fing das Eis zu schmelzen an und es begann ein neuer kirchlicher Frühling, über den Sie, lieber Herr Boff, ja sicherlich gleich noch sprechen werden. Offenbar hatten Sie einen sehr positiven Einfluss auf den derzeitigen Papst. In Laudato si‘ gibt es viele, manchmal fast wörtliche Anklänge an Ihre Gedanken, z.B. an der Stelle, wo der Planet Erde als einer derjenigen Armen bezeichnet wird, um deren Befreiung wir uns vorran- gig kümmern müssen (LS 2).

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Vielleicht bedeutete der Austritt aus dem Orden und die Aufgabe des Priesteramtes jedoch auch eine gewisse Befreiung. Weiterhin hielt Boff Vorträge zur Befreiungstheologie und wurde auch von Priestern und Ordensleuten zu Fortbildungen eingeladen. Entlastet von den ständigen Kämpfen mit der Kurie konnte er sich aber auch neuen Themen widmen und neue Aktivitäten entfalten. Und er tat es auch. 1993 erhielt er einen Lehrstuhl für Ethik, Religions- philosophie und Ökologie an der staatlichen Universität von Rio de Janeiro. Wie oben schon kurz erwähnt, widmete er sich stärker dem Umweltthema, entwickelte eine Ökotheologie der Befreiung und veröffentlichte dazu viele Bücher und Artikel. Er engagierte sich in der Bewegung der Weltsozialforen, die mit einem ersten solchen Forum 2001 in Porto Alegre in Brasilien begann. Wie auch Michail Gorbatschow, der erste Empfänger der Carl Friedrich von Weizsäcker-Medaille, gehört Boff zu den Autoren der Erd-Charta, welche angesichts der ge- genwärtigen Herausforderungen eine globale Ethik für die Zukunft der Menschheit formu- liert und übrigens auch von Papst Franziskus in seiner Enzyklika Laudato si‘ zitiert (LS 207) worden ist. Erfreulicherweise haben ja solche und andere Bemühungen dazu beigetragen, dass die Klimakonferenzen in Paris 2015 und in Marrakesch dieses Jahr kein Misserfolg wa- ren. Hoffen wir, das Donald Trump all diese kleinen Fortschritte nicht zunichtemacht.

Im Jahr 2001 erhielt Boff den Right Livelihood Award, der bei uns eher als „Alternativer No- belpreis“ bekannt ist, und zwar „für seine motivierenden Erkenntnisse in der Verbindung von menschlicher Spiritualität, sozialer Gerechtigkeit und Umweltschutz sowie sein langanhal- tendes Engagement für die Armen, um diese Werte in ihrem Leben und ihren Gemeinden zu verwirklichen“. Solches Engagement war übrigens in Brasilien auch nach dem Ende der Mili- tärdiktatur keineswegs ungefährlich. Noch 2005 wurde die US-amerikanische Ordensschwes- ter Dorothy Stang ermordet, und das ist nur ein Name aus einer ganzen Reihe von Märtyrern des Kampfes gegen Armut und Umweltzerstörung.

Ein besonders wichtiger Beitrag von Boff für die Befreiung der Armen und die Befreiung der Schöpfung ist das zusammen mit Mark Hathaway verfasste Buch „The Tao of Liberation. Ex- ploring the Ecology of Transformation“, 2009 bei Orbis Books zuerst in englischer Sprache erschienen, auf deutsch in diesem Jahr unter dem Titel „Befreite Schöpfung – Kosmologie – Ökologie – Spiritualität“. Das Vorwort hat übrigens Fritjof Capra geschrieben, der schon 1975 mit seinem Buch „Das Tao der Physik“ nach einer Verbindung von östlicher Mystik und mo- derner Physik gesucht hat. Die Grundthese des Buches „Befreite Schöpfung“ ist, dass wir im Erdzeitalter des Anthropozän eine neue Kosmologie brauchen, um sowohl unseren Planeten zu bewahren als auch soziale Gerechtigkeit in der globalisierten Welt zu realisieren. Diese neue Kosmologie muss ein holistisches, organizistisches Weltbild propagieren. Ein Modell dafür kann sein, was Lynn Margulis und James Lovelock als Gaia-Hypothese für den Planeten Erde formuliert haben, wofür es in verschiedenen indigenen Kulturen vielfältige Anknüp- fungspunkte gibt, etwa in der Vorstellung der „Mutter Erde“, der „Pacha mama“ bei den andinen Völkern Südamerikas oder in der Naturverbundenheit der vom Aussterben bedroh- ten indianischen Völker im Amazonas-Gebiet.

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Boff und Hathaway zeigen auf, wie reduziert wir unsere Welt nur wahrnehmen, wenn wir den herrschenden Paradigmen folgen, die immer noch vom Körper-Seele- bzw. Materie- Geist-Dualismus des René Descartes, vom mechanistischen Weltbild des Isaac Newton oder dem ökonomistischen Individualismus neoliberaler Wirtschaftskonzeptionen geprägt sind. Als Wahrheit gilt nur, was empirisch-wissenschaftlich nachgewiesen werden kann. In den Funktionsmechanismen unserer Gesellschaften herrscht die Tendenz vor, Mensch und Natur nur aus der Perspektive ihrer ökonomischen Verwertbarkeit und sogar den Menschen selbst nur als homo oeconomicus zu betrachten. Was nicht ökonomisch in Wert gesetzt werden kann, hat auch keinen Wert. Aber die moderne Physik, vor allem die Relativitätstheorie von Albert Einstein, die Heisenbergsche Unschärferelation, der Welle-Teilchen-Dualismus, die Quantenhypothese von Max Planck und die Chaostheorie lehren uns, dass von Materie als etwas Gegenständlichem, Festem, Greifbarem eigentlich nicht mehr die Rede sein kann und in vielen Bereichen auch nicht mehr von einer strengen Kausalität gesprochen werden kann. Die Materie besteht letztlich aus ganz viel Nichts und ein paar schwingenden Teilchen oder Wellen, über die nur Wahrscheinlichkeitsaussagen möglich sind. Auch in der Genetik wird deutlich, dass Gene den Phänotyp des betreffenden Wesens nicht vollständig bestimmen, sondern immer eine Wechselwirkung mit Umweltfaktoren stattfindet. Obwohl wir dank der modernen Neurologie auch unser Gehirn besser verstehen, kann nicht erklärt werden, wie Bewusstsein entsteht, ganz abgesehen davon, dass es prinzipiell nicht möglich ist, durch Be- obachtungen eines Gehirns von außen festzustellen, wie Bewusstseinsinhalte vom Träger des Gehirns selbst wahrgenommen werden – das sogenannte „Qualia-Problem“. Natürlich ruht Selbstbewusstsein auf neuronalen Netzen auf, kann aber nicht auf sie reduziert werden. Die Systemtheorie kann uns erklären, dass komplexe Systeme sich in unterschiedlichen Fließgleichgewichten befinden können, dass es schwer prognostizierbare Kippphänomene gibt und aus wachsender Komplexität heraus neue Realitäten emergieren können. All das zwingt uns, mechanistische Vorstellungen zu überwinden, was zugleich wieder Räume eröff- net für das Nachdenken über Wirklichkeiten, die über das naturwissenschaftlich und empi- risch Erfassbare und mathematisch Quantifizierbare hinausgehen.

Man bewegt sich dabei zwangsläufig im Bereich der Spekulation. Diese kann und muss na- türlich intellektuell verantwortet werden. Boff führt vor, dass das möglich ist. Und es ist klar, dass man nicht erwarten kann, solche spekulativ erarbeiteten Ergebnisse wiederum natur- wissenschaftlich beweisen zu können. Das, was Reduktionismen überwinden soll, kann nicht selbst wiederum reduktionistisch eingeholt werden. Trotzdem kann eine solche intellektuell verantwortete Spekulation hilfreich sein, für unser je individuelles Selbstverständnis, für un- seren Kampf um Gerechtigkeit, für die Bewahrung der Schöpfung, vor allem aber für die Fra- ge nach dem Sinn des Ganzen und dem Sinn unser je individuellen Existenz.

Boff bezieht sich teilweise auf den berühmten Jesuiten, Paläontologen und Evolutionstheo- logen Teilhard de Chardin, dem Rom übrigens auch damals ein Schweigegebot auferlegt hat- te, während er heute rehabilitiert ist. Ohne in Legitimationstheorien wie „Intelligent Design“ zu verfallen, kann man durchaus die Frage stellen, ob nicht hinter der Entstehung und Ent-

wicklung unseres und eventuell anderer Universen eine alles begründende, alles umfassende 8

geistige Wirklichkeit steht. Die Urknall-Theorie, die übrigens eigentlich von dem belgischen katholischen Priester und Astrophysiker Georges Edouard Lemaître stammt und von der Lemaître auch Papst Pius XII. hatte überzeugen können, erwies sich als durchaus anschluss- fähig für den theologischen Schöpfungsgedanken. Schließlich kann man fragen, ob diese geistige Wirklichkeit des Ursprungs zugleich eine innere Dynamik entfaltet, die nach höherer Komplexität, nach einem grandiosen Zu-Sich-Selbst-Kommen, nach einer Vollendung strebt, von der wir nicht wissen können, wie sie aussieht. Könnte es nicht sein, dass diese höhere Wirklichkeit in ihrem Entwicklungsprozess im Menschen und möglicherweise anderen ver- nunftbegabten Wesen im Universum zu ersten Formen des Selbstbewusstseins kommt, aus dem heraus eines fernen Tages, Teilhard de Chardin spricht vom Punkt Omega, unser Uni- versum oder alle Universen tatsächlich zu sich selbst kommen? Und hätten wir dann nicht eine große Verantwortung als Teil eines solchen Prozesses? Es gibt natürlich keine zwingen- den Beweise gegen die nihilistische Position, dass alles ohnehin irgendwann im Nichts enden wird und von dem, was uns heute wichtig und wertvoll erscheint, nichts bleibt, so dass dadurch auch sein gegenwertiger Wert zunichte gemacht wird. Wir können aber spüren und uns in unserem Zusammenleben darin bestärken, und dazu lädt uns auch Boff ein, dass die Hoffnung, dass das Ganze und unser je individuelles Leben als Teil eines größeren Prozesses durchaus Sinn hat, unser Leben menschlicher und reicher machen könnte, wenn wir den Mut finden, uns auf eine solche Perspektive einzulassen.

Leonardo Boff hat die drängenden aktuellen „Zeichen der Zeit“ verstanden und die relevan- ten Gegenwartsprobleme zum Thema gemacht. Dabei ist es ihm gelungen, die unterschied- lichsten religiösen Traditionen, die neuesten wissenschaftlichen Erkenntnisse und die Erfah- rungen der Menschen zusammenzuführen und mit den so gewonnenen Einsichten politische Prozesse in Gang zu setzen, die hoffen lassen, dass eine „bessere Welt“ tatsächlich möglich ist. Er ist wie Carl Friedrich von Weizsäcker einer der wenigen großen Denker, die die Per- spektiven der Wissenschaft, der Philosophie, der Religion und der Politik mit Blick auf die Herausforderungen der Gegenwart und die Verantwortung der heute lebenden Generation zusammenführen. Es ist deshalb „würdig und recht“, ihm die Carl Friedrich von Weizsäcker- Medaille zu verleihen.

In einem Interview für die Süddeutsche Zeitung am 18. April 2010, in dem Boff übrigens schon damals Papst Benedikt XVI. zum Rücktritt aufgefordert hatte, äußerte er sich auch zu den Nachteilen des Daseins als prominenter Intellektueller: Wörtlich sagte er damals: „Die Auszeichnungen haben mir mehr Ärger als Freude eingebracht.“

Wir hoffen, dass das dieses Mal umgekehrt ist, lieber Leonardo Boff. Wenn wir ernst neh- men, was Sie über Sakramente gesagt haben, dann können Sie und können wir diese Feier der Verleihung der Carl Friedrich von Weizsäcker-Medaille mit großer Freude als eine Art „Sakrament“ begreifen, nämlich als ein wirksames Zeichen für die Hoffnung, dass es der Menschheit gelingen möge, diesen wunderschönen Planeten und seine Lebensmöglichkeiten auch für zukünftige Generationen zu bewahren, was voraussetzt, dass wir trotz unterschied- licher religiöser Überzeugungen, trotz verschiedener Ethostraditionen, trotz gegensätzlichen

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Machtstrebens und konkurrierender ökonomischer Interessen, ja und auch gegen die Bor- niertheit der von irrationalen Ressentiments gesteuerten Populismen zu einer fairen Koope- ration innerhalb der Menschheitsfamilie zusammenfinden, dass also nicht nur Leonardo Boff und Papst Franziskus, sondern wir alle „den Schrei der Erde und der Armen“ hören.

Ich schließe mit einem Zitat aus dem Buch „Befreite Schöpfung“:

„Jeder von uns muss von Neuem seine eigene spirituelle Tradition erkunden und die Einsich- ten hervorholen, die uns zur Ehrfurcht vor allem Leben, zu einer Ethik des Teilens und der Fürsorge und zu einer Vision des in den Kosmos inkarnierten Heiligen beweg[ten]. Wenn uns das gelingt, dann können wir aus einer tiefen und unerschöpflichen Quelle der Inspiration schöpfen, die eine spirituelle Revolution auslösen kann, welche die Erde wahrhaftig heilen und gleichzeitig die Qualität des menschlichen Lebens verbessern kann.“ (S. 384f)

Vortrag von Prof. Dr. Leonardo Boff

Papst Franziskus, die Befreiungstheologie und ihre Zukunft im Spiegel der Zeit”

                                                        Begrüssung

Zunächst möchte ich meine Anerkennung erweisen gegenüber der bedeuteten Persönlickeit, die Carl Fridricch von Weizsäcker war, sei es als bekannter Physiker, als beachteter Philosoph und als ein engagierter Friedensforscher.

Dann möchte ich mich bedanken für all die, welche dieses Symposium veranstalten haben besonders die Mitglider des Kuratoriums. Ein Name muss ich zitieren, die mit mir standing in Verbindung war, die Einladung mir weitergab und das ganze Verlaufen der Arbeiten geschickt betreut hat: Herr Dr. Bruno Redeker, Mitglied des Verstandes.

Einen besonderen Dank muss ich aussprechen an den Prof. Dr. Gerhard Kruip, der die Laudatio vorgetragen hat. Er hat mit grosszügigen Worten den Werdegang meines Lebens und Tätigkeit sorgfältig bis in den kleinen Detaills vorgetragen, der mich sehr getroffen haben.

Seine Äusserungen gelten für mich als eine Herausforderung, damit ich mich an diesen Realitäten annähren kann.

Ich möchte auch andere Freunde und Bekannte begrüssen, die hier im Saal anwesend sind, besonders die aus den schönen münchener Zeiten, zusammen unsere Studien Ende des 60. Jahre des vorigen Jahrhunderts an der Ludwig Maximilian Universität verichten haben.

Bevor ich das vorgeschlagene Thema behandle möchte ich gerne in voraus sagen:

Besonders, schätze ich bei Carl Friedrich von Weizsäcker seinen radikalen Pazifismus im Hiblick auf die Einheit der Menschheit, auf Gerechtigkeit und auf ein friedliches Zusammenseins aller Kulturen und Völker. Seine Beziehung mit dem tibethanishcen Taoismus war ihm entscheidend. Dies alles hat mit dem Thema zu tun, das ich in meiner Rede gleich behaldelt werde. Mein letztes zusamen mit einem kanadischen Kosmologe, Mark Hathaway, geschriebenes Buch trägt gerade diesen Titel: The Tao of Liberation- Exploring the Ecology of Transformation (2010), der hier in Deutschland so übersezt worden ist: Befreite Schöpfung: Kosmologie – Ökologie – Spiritualität (2016 bei Butzon&Bercker). Wir beide haben den Versuch unternommen, einen Dialog mit den Einsichten des Taoismus mit den Grundaliegen der Befreiungstheologie in Verbindung zu bringen.

Ein besonderer Dank möchte ich aussprechen für die Verleihung der Medaille: ex imo cordis, wie wir damals sagten, d.h. von tiefem Herzen. Sie ist unverdient, weil ich dessen bewusst bin, dass viele andere Personen, einen solchen Preis mit mehr Verdienst hätte bekommen können, weil mehr als ich sich für die Besserung der Welt eingesetzt haben. Ich nehme diesen Preis an wegen der Sache, die jahrelang übernommen haben, nämlich die Sache der Befreiung der am Rand Gestossenen und der unisichtbar Gemachten dieser Welt.

Somit mochte ich zum Thema kommen, das mir so vorgeschlagen worden ist:

Papst Franziskus, die Befreiungstheologie und ihre Zukunft im Spiegel der Zeit”

Das erste was man sagen muss, im Hinblick auf die Befreiungstheologie, ist, dass sie keine theologische Schule ist. Sie versteht sic als eine pastoral-theologische Praxis, die sich in verschiedenen kulturellen Kontexten artikuliert . Deswegen gibt es verschiedene Strömungen von diesem Typus von Praxis. Mario Bergoglio kommt von den argentinischen peronistischen Kontext. Er hat oft gesagt er sei peronistisch der justicialischen Tendenz. Die Reflexion, die aus diesen verschiedenen Praxisformen gemacht wird, nennt man Befreiungstheologie.

Die grosse Herausforderung, die dieser Typus von Theologie sich als die Grundfrage gestellt hat, ist das Geschick der Armen dieser Welt, die die grosse Mehrheit ausmacht und die Erosion der Voraussetzungen, die das Leben und die Biokapaziptät der Erder bewahren.

Deswegen das Markenzeichen der BT ist die vorrangige Option für die Armen, gegen ihre Armut und für ihr Leben und für die soziale Gerechtigkeit und die Bewahung der Schöpfung. Ohne diese Option gibt es überhaupt keine autentische Befreiungstheologie, die sich so darstelt.

Von Anfang an, haben wir uns seis es al Theologen oder als einfache Christen diese Frage gestellt:

Wie können wir Gott als den barmherzigen Vater und als die gütige Mutter verkünden in einer Welt von Elendgestalten? Die Ausplünderung der Natur kommt nicht von sich selbst, sondern von der Gier auf Akkumulation und von der Unverantwortung des Menschen hauptsächlich von den Wohlstehendenn und Reichen. Wir können es nur glaubwürdig tun, wenn wir ihnen klar sagen, dass diese Armut weder von Gott kommt noch von ihm gewollt ist.

Diese Armut ist keine Armut, sondern sozial betrachtet eine Verarmung, eine Ungerechtigkeit, theologisch gesehen eine strukturelle Sünde, die angeprangert und geschichtlich überwunden werden muss.

Dies alles bedeutet, in einem Wort, Unterdrükung. Gegen die historisch-gesellschaftliche Unterdrückung der Mehrheit, muss das Gegenpol eingeführt werden, nämlich die Befreiung.

Nur wenn wir diese unwürdige und unmenschliche Situation historisch überwinden zu einer besseren und gerechtigeren verwandeln, können wir wahrhatig Gott, als ein gütiger Vater und eine barmherzige Mutter für alle verkünden. So eine schwere Herausfoderung haben wir uns gestellt. Und wir müssen gestehen, dass es ist uns nicht gelungen ist, sie zu konkretisieren. Sie bleibt für uns, und für alle eine offene Frage, die standing das an das Tor unseres Gewissen klopft.

Für diese ersehnte Befreiung müssen die Armen selbst Subjekte sein. Kirchen, andere Schichten der Gesellschaft und eventuel der Staat treten nur als wichtige Verbündete ein.

Somit wollen wir jeder Assistentialismus vermeiden, der immer in der Tradition aktiv war als Mildtätigkeit und Sorge um die Erniedrigten. Aber er führt immer zu einer Abhängigkeit der Armen, statt zu schätzen, was sie besitzen nämlich: Widerstandkraft, Fähigkeit zum Bewusstsein von ihren Rechten, Kraft zur Organisation und zur Veränderung ihrer Situation, wie immer der bekannte Pedagoge Paulo Freite ständig betonte.

Wenn aber die Armen und Ausgegrentzten ein Bewußtsein über ihre Misere entwickeln, sich organisieren, ein geschichtliches Projekt hervorrufen und eine Praxis für die Verwirklichung dieses Projektes einführen, werden tatsächlich die Träger ihres Befreiungsprozesses sein. Und dies alles geschieht, wenn es um die Befreiungstheologie angeht, auf Grund von Impulsen und Inspirationen des Glaubens.

Hier muss klar gesagt werden: Marx war weder Vater noch Pate der Befreiungstheologie.

Der eigentliche Ursprung ist die Tradition des Exodus, die Botschaft der Propheten, und die verba et facta des historischen Jesus, wie in den vier Evangelien bezeugt werden. Dies alles war die grosse Inspiration der befreienden Praxis. Sie ist das erste Wort. Dann kommt die Reflexion als das zweite Wort. Somit ist die Befreiungstheologie enstanden.

Sie herhebt den Anspruch, Theologie zu sein, also ein Reden von Gott und aus Gott. Aber nicht irgendeines Reden, sondern ein Reden von Gott aus dem Leiden und aus dem Elend der Armen und heutzutage aus dem Schrei der gekreuzigten Erde. Besser formuliert: die Befreungstheologie ist ein Reden von Gott aus dem Kampf gegen das Leiden und gegen das Elend der Verdamnten der Erde und von der ausgeplünderten Erde selbst.

In diesem Verständnis, bedeutet glauben auch kämpfen, kämpfen für mehr Solidarität, mehr Würde, mehr Partizipation, mehr soziale Gerechtigkeit, mehr Achsamkeit und Erhfurcht der Mutter Erde gegenüber die nur durch einen geschichtllichen Befreiungsproßess errungen werden können.

Wie hat sich die Befreiungstheologie seit den 60 Jahren entwickelt und was für eine Bedeutung bewährt sie noch?

In den 60-70 Jahren war das Hauptthema die sozio-ökonomischen Armen. Dementsprechend wurde eine ganz konkrete politische Befreiung eingeführt. Im Falle Brasiliens, wurden die Basisgemeinden, etwa hundert tausend, die Mitgründer der Arbeiter Partei (PT), deren soziale Politik in 13 Jahren circa vierzig Millionen Armen in die organizierte Gesellschaft integriert hat.

In den 80. Jahren war das Thema der unterdrückten Kulturen der Indios, der Schwarzen und der Frauen aufgetaucht und diesbezüglich die entsprechenden Formen der Befreiung. Alle diese neue Herausforderugnen müssen weitergeführt werden. Wir haben nur damit angefangen und ein langer Weg steht noch vor uns.

In den 90. Jahren ist die lebenswichtige Frage der Ökologie, als Bewahrung der Schöpfung besonders des Lebens auf der Erde entstanden.

Hier ist wichtig ein Wort über die Befreiungstheologie des Papstes Franziskus zu sagen. Wie die meisten Bischöfen kommt er auch aus diesem befreienden Milieu, wo die Befreiung als Praxis und auch als Reflexion getrieben wurde und wird. Bekanntlich ist seine ständige Auseinandersetzung mit der Regierung von der argentinischen Präsidentin Christina Kirchner, die einen grossen Assistentitalismus aufgemunter hat. Bergoglio hat mit Nachdruck darauf hingewiesen, dass diese Armut nicht einfach durch Menschenfreundlichkeit überwunden wird, sondern durch eine Politik der sozialen Gerechtigkeit, eine Politik also, die den Unterdrückten ihre Würde zurückgibt und sie zu selbständigen Bürgern macht.

Bergoglio hat kaum das Wort Befreiungstheologie benutzt. Das Wichtigste ist, dass er im Sinne der Befreiung gesprochen und gehandelt hat. In Argentinien hat sich eine Strömung der Befreiungstheologie entwickelt, die sich nicht als Alternative zu ihr verstand, sondern als seine bestimmte kulturelle Ausdruckform. Sie nennt sich “Theologie des Volkes” oder “Theologie der unterdrückten Volkskultur”.

In Argentinien hat das Volk seit Perón ein hohes politisches Bewusstsein entwickelt und eine bedeutungsvolle Volkskultur hervorgebracht, die am Schicksal des Landes Anteil hatte und hat. Juan Carlos Scannone, der bekannte Vertreter dieser theologischen Strömung bezeugt, dass sein Schüller Bergoglio sich immer dieser “Theologie des Volkes” verbunden fühlte. Wegen der Unterdrückung der Militärdiktadur war äusserst gefährlich marxistische Begriffe wie soziale Klassen zu benutzen. Deswegen hat die Theologie des Volkes immer diese Terminologie vermieden. Sie hat stattdessen vorgezogen, die Volkskultur in ihrer Dynamik gegen jede Unterdrückung, aber auch betonnte die partizipativen und befreiende Elemente, die in ihr enthalten sind.

Die beiden Strömungen engänzen einanader im Dienst an derselben Sache, den Armen in ihrem Kämpfen beizustehen und die in ihrem Streben nach Befreiung zu stärken. Für uns, ist klar, dass der jetzige Papst Vertreter de Befreiungstheologie ist, wie in dem offiziellen Dokument von der bischöflichen Versammlung der lateinamerischen Bischöfen in Aparecida (Brasilien, 2005) klar erscheint, wobei Bergoglio zusammen mit seinem Freund Kard. Claudio Hummes der Hauptverfasser des Dokumens war.

Trotz der Begrenzungen und Massregelungen, die dieser Art Theologie auferlegt worden sind, wobei ich selbst Opfer war, konnte sie sich aufrechterhalten und sich durchsetzen als eine legitime Strömung der Theologie unter anderen, mit einer bemerkenswerten Auswirkung in Afrika, Asien und in angagierten Gruppen in der ersten Welt.

Und nun wollen wir diese Fragen angehen: Welche sind die wichstigsten Herausforderung, die sich an Anfang des drittens Jahrtausend stellen? Unter vielen hebe ich bloß drei hervor:

  • Die Frage der weltweiten Ausgrentzung der Mehrheit der Menschheit
  • Die Frage der Wiederkehrs des Religiösen und Mystichen in allen oder fast allen Gesellschaften
  • Und schlieslich die ökologische Frage im unfangreichen Sinne des Wortes.
  • Eine Vorausetzung: die Wiedergewinnung des Herzens
  • Bevor ich diese Thematik eingehe, muss ich eine wichtige Voraussetzung behandeln: die Widergewinnung der Dimension des Herzens, oder die wichtige Bedeutung der fühlende Inteligenz,um effektiv eine neue Beziehung zur Erde und zur Natur herzustellen.
  • Zweifellos erfordet die globale ökologische Krise teknische Lösungen, die eine eventuelle Kathastrophe verhindert können. Die Teknick ist nicht alles, wie der Papst sosehr in seiner Enzyklika betont. Wir müssen auf ethische Kriterien zurückgreifen, denen die wissenschaftliche Praxis selbst unterworfen warden muss.
  • Was dringend nottut ist es, das Herz wachzurütteln. Das Herz ist es nämlich, das uns zum Handeln motiviert, Mitleid, Solidarität und Liebe zur Natur und zu unseren gemeinsamen Haus hervorruft.
  • Die Dimension des Herzens wurde im Laufe der Moderne vernachlässigt. Alles was dem Bereich der Emotionen, der Affekte, des Empfindens, mit einem Wort: des Pathos, enstammt, so meinte man, würde den analytischen “objekiven” Blick auf das Objekt trüben. Diese Dimensionen mussten unter Verdacht geraten, ja sogar zurückgedrängt warden.
  • Später hat dieselbe Wissenschft bemerkt, dass in jeder Beziehung Objekt-Subjekt emotinale und affective Momente mit im Spiel eintreten. Mehr noch, hat es sich festgestellt, dass die Grundstruktur des Menschen nicht Vernunft ist, sondern Gefühl, Sensibilität und Pathos ist.
  • Man muss bedenken, dass wir Menschen nicht einfach rationale, vernunftbegabte Lebewsen, sondern vernunftbegabte Säugetiere sind. Vor circa 200 Millionen Jahren traten die Säugetiere auf den Plan und es brach innerhalb des evolutiven Prozesses das limbische System de Gehirns Dieses ist verantwortlich für das Gafühl, die Fürsoge, die liebevolle Zuvewndung und die Zärtlichkeit der Mutter zu dem Junge. Erst in den letzten fünf oder sechs Millionen Jahren enstand die Hirnrinde und seit 100 tausend Jahren gibt es das Gehirn in der heutigen Form und mit ihr das abstrakte Denken, die Begrifflichkeiten und die rationale Sprache.
  • Es ist eine grosse Herausforderung für heutzutage wieder, dem Ältesten in uns eine entescheidende Stellewert einzuräumen: dem Gefühl und dem Empfinden, das am besten mit dem Ausdruck “Herz” beschrieben wird.
  • In ihm liegt unser Zentrum, unsere Fähigkeit auf tiefen Empfindungen, der Sitz der Werte, der Ethik und der Spiritualität. Damit reduzieren wir die Vernunft nicht, sondern wir integriren sie als etwas, das unverzichtbar ist für die Rangordnung der Gefühle, ohne dass sie diese ersetzt.
  • Wenn wir heute nicht lernen, die Erde als Gaia, als lebendiges Wesen, zu empfinden, sie so zu lieben, wie wir unsere Mutter lieben, und nicht so für sie sorgen, wie wir uns um unsere Kinder kümmern, dann wird es schwer sie zu retten.
  • Eine mit Empfindsamkeit, mit Gewsissen und ehtischen Grundsätzen betriebene Wissenschaft kann befreiende Auswege aus unserer zivilisatorischen Krise finden. Aber nicht ohne Herz. Dies ist für mich die notwendige Voraussetzung, damit unser Einsatz für die Bewahrung der Schöfung effektiv warden kann. Und nun kommen wir auf die vier genannten Herausforderunge
  •                              Die soziale Ausgrentzung

Die soziale Ausgrentzung, welche viel schlimmer als die Unterdrückung und Marginalisierung ist, ergibt sich aus der neuen Produktionsweise, die sich überall in der Welt durchgesezt hat. Was deutlich Karl Polaniy schon in den vierzigen Jahren des vorigen Jahrhunderts von der Grossen Transformation (Great Transformation) schrieb, hat sich durchgesetzt, und zwar, dass   wir von einer Marktwirtschat zu einer Markgesellschart geworden sind. Alles wird merkantilisiert einschließlisch Sexus und Mystik.

Der Weltmarkt, aber, ist nicht auf Kooperaration sondern auf Konkurrenz ausgerichtet. Die soziale Teilung geschieht nicht mehr zwischen Kapital und Arbeit, sondern zwischen denen, die auf dem Markt stehen und die nicht stehen. Nur die Konkurrenzfähigen bleiben dabei, die anderen werden gezwungen, auszusteigern und werden deswegen auch ausgeschlossen. Ausgeschlossen werden nicht nur Arbeitschichten sondern ganze Länder, die nicht mehr für dir planetarischen Konzernen   interessant sind.

Der ohnehin bestehende Graben zwischen Armen und Reichen wurde noch vertieft. Wie der Nobelpreisträger J. Stiglitz neulich gesagt hat: 1% de Menschheit besizt so viel Reichtung als die ganze Mehrheit der Armen der Welt.

Angesichts dieser katastrophalen Situation fühlen sie sich die verschiedenen Kirchen und logischerweise die Befreiungstheologie außenordentlich herausgefordet. Die Option für die Armen gegen ihre Armut wird radikalisiert. Diesmal geht es nicht so sehr um Befreiung in politischen Sinne des Wortes, sondern um das einfache materielle Leben zu retten; es geht darum, die Verarmten nicht verhungern zu lassen und die Biokapazität der Erde zu garantieren. So viel über dieses Thema.

Der Rückkehr des Religiösen und Mystischen in der heutigen Welt

Eine zweite Herausforderung hat etwas mit der Thematik unseres Symposiums zu tun: Die Rückkehr des Religiösen und des Mystichen in der meisten Gesellschaften.

Wenn eine Kultur, wie die unsirige, in eine tiefgreifende Krise gerät und kaum noch Visionen und Lebenssinne bieten kann, dann entsteht der Anlass für den Anbruch von allen möglichen Formen von Überwindung dieser Krise.

Die meisten kommen, wenn nicht ausschließlich, aus dem religiösen Bereich. Somit floriert überall die Suche nach neuen geistig-geistlichen Wegen und Methoden; traditionelle Frömmigkeit und Mystiken werden verlebendigt, Esoterik wird gesucht, ebenso neue auf der modernen Kosmologie basierten Initiationen und mystische Visionen werden auf dem Markt gebracht. Alle diese Strömungen stellen sich als heilsame Antwort auf die Nöte der Zeit und verkünden sie auch integrale Befreiung.

Wenn aber man des näheres betrachtet, basiert diese versprochene Befreiung nicht so sehr auf einem politischen Engagement, sondern auf einer Verinnerlichung, oder auf der Verrichtung von Initiationsriten, oder gar auf vermeintlich mirakulösen Eingreifen Gottes, wie bei vielen Pfingsbewegungen der Fall ist.

Oder es kann auch das Gegenteil geschehen: die Religion, fundamentalisch und pathologisch gelebt, wervandelt sich als Motivation für Terrorakte und wahre politische Kriege.

Schon vor Jahren, in seinem umstriten Buch Der Kamf der Kulturen, hat Samuel Huntington festegestellt:”In der modernen Welt ist Religion eine zentrale Kraft, welche die Menschen motiviert und mobilisiert. Was letztendlich bei den Leuten zählt, ist nicht politische Ideologie, auch nicht wirtschatfliches Interesse; die Menschen identifizieren sich vielmehr mit religiösen Überzeugungen, Familie, Glaubenszugehörigkeit. Dafür kämpfen sie und sind bereit,ihr Leben einsusetzten”. Die Geschichte der letzten Jahren hat dies alles bewiesen.

Trotzdem muss man sich fragen: was bedeuet diese religiöse und spirituelle Rüchkehr, massiv präsent   in fast allen Kulturen der Welt ?

Es ist dramatisch wenn die memoria passionis der Armen (also das Gedächtnis an den Leiden der Armen) verloren geht, also wenn der Schrei der Gedemütigten und Verdamter der Erde kein Gehör mehr findet. Aber tragischer als dies ist, wenn die memoria Dei (also die Erinnerung an Gott), wenn Gott aus der Welt der Menschen völlig ausgelöscht wird. Dann kann wie Dostoievki noch warnte, alles passieren.

Die Anwesenheit des Religiösen und des Mystichen,in den heutigen Kulturen, wenn nicht pathologisch verdreht und Grund für Terrorismus benuzt wird, lässt nicht zu, dass diese Tragödie stattfindet. Deswegen könnte dieser Rückkehr als einer positiver Faktor betrachtet warden. Es geht darum, das Höchste was in Mensch ist, zu bewahren und es ständig zu vergegenwärtigen.          Aber unter gewissen Umständen kann diese Mystik auch zur Mystifikation und zum Fundamentalismus werden. Die authentische Mystik hat immer die Passion für Gott mit der Passion für die Notleidenden verbunden.

Wie der Papst Franziskus in seiner ökologischen Enzyklika fordert, man müsse zugleich den Schrei der Erde mit dem Schrei der Armen hören (n.49).

Wahr ist nur die Mystik und Spiritualität, die die offenen Augen für die blutende Wunde der Menschen hat und die Hände für das solidarische Wirken mit den Armen hinstreckt. Nur dann sind sie wirklich befreiend und nicht gefährlich, entfrendend oder ilusorisch.

Die Antwort auf diese Herausforderung muss stet den Hunger nach Gott mit dem Hunger nach Brot miteinschliessen und hat beide ständig zu artikulieren. Keine Spiritualität,wie hoch auch immer, kann der Sache der Gerechtigkeit vorbeikommen. Wer kein Ohr für den Schrei der Armen und der Erde hat, hat auch nichst vor Gott vorzutragen und kann auch nicht in Namen Gottes etwas sagen.

Ohne die Vermitlung der sozialen un der ökologischen Gerechtigkeit, des Mitleids und der Solidarität mit den Leidenden und mit den Wunden der Erde, kann es keine wahre Befreiung und keine authentische Spiritualität geben.

Die lebenswichtige Frage der Ökologie.

Die Ökologie ist keine Alternative für die BT, wie hie und da gesagt wird. Die Ökologie bedeudet eine Erweiterung der BT. Wenn, wir schon behautet haben, die vorrangige Option für die Armen gegen ihrer Armut sei das Merkenzeichenn und auch das Wesen der BTheologie dann logischerweise müssen wir in dieser Option für die Armen, den grosen Arme miteinshcliessen, der die Mutter Erde ist. Sie ist am moisten ausgebedeutet und ausgeplündert.

Daraus ergibt sich eine Ekotheologie de Befreiung, die die Erde, in dem modernen Verständnis, als ein lebendiger Superorganismus namens Gaia, als Haupthema der Reflexion und der Praxis von grosser Bedeutung wird.

Beide haben dasselbe Ziel: die Befreiung sei der Unterdrückten Personen, sei der ausgeplünderten Muter Erde mit Hilfe eines neuen sozialen Bündnisses unter den Menschen und einen neuen natürlichen Bündnisse mit der Erde, in einem geschwisterlichen Verhältnis und auf der Grundalage einer zukunftfähigen Entwicklung, welche die Erde respektiert und auch für zukuntfige Generationen eine gute Lebensqualität gewährleistet.

Wenn wir von Ökologie hier reden, müssen wir die Perspektive, welche der Papst Franziskus in sener Enzyklika Laudato Si:die Sorge um das gemeinsame Haus, übernommen hat. Es geht nicht um eine grüne Ökologie, sondern um eine integrale Öklologie.

Diese integrale umfasst die Umweltökologie (die Lebensgemeinschaft, die die menschliche Existenz gewährleistet) um die Sozialeökologie (sie fragt sich nach welcher Art sind die sozialen Beziehungen zur Natur, agressiv, kooperativ, ausbeuterisch), um die mentale Ökologie (welche sind unsere Utopien, die Denkstrukturen,die unserer Beziehung zur Erde schaden oder begünstigen) und schließlich um die integrale und spirituelle Ökologie, die die Erde und den ganzen Kosmos miteinbezieht, als einen einheitliche und komplexen Prozeß zu dem wir Menschen gehören.

Der Papst munter alle an, eine wahre Leidenschaft für die eine sorgfältige Achsamkeit für die Erde zu ernähren. Er fügt noch hinzu: es genügen uns nicht mehr nur die wissenschafltlichen Kentnisse, wie sie auch immer nötig sind; wir brauchen eine wahre Mystik der Erde, die uns alle motiviert füt eine freundliche Beziehung zu ihr zu entweickeln (n. 2016).

Von Anfang an, wollte die Befreiungstheologie eine integrale sein. Jetz wollen wir entsprechend auch eine integrale Ökologie.

Sei den 80 Jahren des vorigen Jahrhunderts wurde klar für viele, nicht für alle Befreiungstheologen, dass die Logik des herrschenden auf Akkumulation angelegten Gesellschaftssystems beutet nicht nur die arbeitende Bewölkerung sowie ganze Nationen aus, sondern auch die Natur und die ganze Erde.

Nachdem, der ökologische Alarm gegeben worden ist, können wir nicht weiter wie sonst mit der Natur umgehen, als wäre sie ein Warenhaus oderein Selbstbedienungsladen. Die Natur ist unser aller Reichtum, den wir dringend erhalten werden müssen für uns und für die kommenden Generationen.

Wenn der Mensch im Augenblick Satan der Erde ist, dann mus er sich rasch zu ihrem Schutzengel entwickeln, damit er die Erde, als unser einziges gemeinasames Haus zu retten vermag.

Nur wenn die bedrohte und verwundete Erde in die Option für die Armen miteingeschlossen wird, können wir wahrhaftig von einer umfassender Befreiung reden. Vielleicht kann nur jetzt die Befreiungstheologie tatsächlich zu einer Welttheologie werden. Ich wage sogar zu sagen: solange die heutige triste Situation der Menschheit und der Erde mit so vielen Unterdrüchten fortdauert, wird die Befreiungstheologie, die Theologie der Zukunt sein.

Alle miteinander müssen wir uns um ein neues Paradigma bemühen, in dem Gaya leben kann und alle Geschöpfe ihren inneren Wert respektiert warden.

Theologisch gesehen stehen wir damit vor einer wahrlich weltökumenischen Herausforderung. Es geht um einen neuen natürlichen Bund mit der Erde, vergleichbar jenem Bund, den Gott nach der Katasphofe der Sintflut mit Noach geschlossen hat.

Dann statt des Schreis der Armen und der Erde wird der Freundenlärm des gemensamen Festes zu hören sein, das die Erlösten und Befreiten feiern, Menschen also, die nunmehr in ihrem Elternhaus, auf der guten, grossen, hochherzigen Mutter Erde daheim sind.

Schluß

                         Die Zukunft einer Gesellschaft von Freigelassenen

Ich wiederhole: solange noch in der Welt Hunger, Not, Ungerechigkeit, Agression gegen die Menschen und gegen die Muter Erde grassiert, wird es eine theologische Reflexion geben,welche aus dem Einsatz gegen diese Antirealität ensteht, die dann sich als Befreingstheologie angeben kann. Ohne die Inteligenz des Herzens, ohne Sensibilität und Mitleid hat kaum Sinn weder von der Befreiung noch von Befreiunstheologie zu reden.

Kein Traum ist gross genug. Es gibt allzu kleine Träume, die sich als grosse angeben, wie in dieser Zeit des herrschenden Konsumismus und des wirschatlichen Weltmarktes der Fall ist. Deswegen gibt es so viele frustrierte oder resignierte Menschen. Aus den Blickwinkel der Armen und der Gedemütigten der Erde wagt das befreiende Christentum einen Traum vorszustellen: der Traum von einer möglichen realen Gesellschaft von Freigelassenen, die sich als Brüder und Schwester verstehen und gegenseitig freudig annehmen.

Aus dem Staub der alten Sternen sind wir entstanden, um zu leuchten und nicht um zu leiden. Deshalb wollen wir Strahlkraft entfalten.

Dies ist der Sin der Evolution und auch der Plan des Schöpfers.

Vielen Dank.

Leonardo Boff

Berlin am 27.November 2016.