El necesario diálogo inter-religioso

Leonardo Boff*

El diálogo interreligioso es una de las demandas más urgentes en esta fase planetaria de la humanidad. El fundamentalismo y el terrorismo actuales se enraízan profundamente en convicciones religiosas más que en ideologías. Sólo motivaciones que se fundan en un sentido radical que trasciende los sentidos históricos inmediatos sustentan el valor de las personas, dispuestas a sacrificarse y a hacerse personas-bomba para destruir a otros, considerados como enemigos. Ese sentido normalmente lo producen las religiones. 

Trasfondo religioso de los conflictos actuales

Detrás de los principales conflictos del final del siglo XX y de principios del siglo XXI hay un trasfondo religioso, así en Irlanda, en Kosovo, en Kachemira en el pasado, y actualmente en Siria, en Afganistán, en el Congo y hoy dia de forma violenta entre Ucrania y Rusia, el ataque terrorista de Hamas de Gaza el 7 de octubre de 2023 y la represalia desproporcionada por parte del Estado de Israel, dirigido por un primer ministro de extrema derecha, contra los palestinos de la Franja de Gaza.

No sin razón escribió Samuel P. Huntington, uno de los observadores más atentos del proceso de globalización en su discutido libro El choque de civilizaciones (Planeta 2005): «en el mundo, la religión es una fuerza central, tal vez la fuerza central que motiva y moviliza a las personas… Lo que en última instancia cuenta para las personas no es la ideología política ni el interés económico. Aquello con lo que las personas se identifican son las convicciones religiosas, la familia y los credos. Por estas cosas combaten y hasta están dispuestas a dar su vida».

Efectivamente, no obstante el proceso de secularización y el eclipse de lo sagrado con la introducción de la razón crítica a partir del Iluminismo del siglo XVIII, la religión há sobrevido a todos los ataques. Y por el contrario, las últimas décadas están presenciando una vuelta poderosa del factor religioso y místico en todas las sociedades mundiales, vuelta propiciada principalmente por los hijos e hijas de los maestros de la sospecha y de la crítica devastadora de la religión, como Marx, Freud, Nietzsche, Popper y otros. 

La religión es la cosmovisión común de la mayoría de la humanidad. En ella encuentra orientación para la vida y de ella deriva actitudes éticas. Lo formuló bien Ernst Bloch, el filósofo marxista que rescató el sentido profundo del factor religioso y sentenció: “donde hay religión, ahí hay esperanza”. Y donde hay esperanza surgen incontables razones para luchar, para soñar, para proyectar utopías salvacionistas y dar sentido a la vida y a la historia.

Pluralismo religioso de hecho y de derecho

Entonces hay que partir del hecho incisivo de la religión, o mejor, del pluralismo religioso. Hay tantas religiones cuantas culturas hay en el mundo. Cuando una cultura produce su religión es señal de que ha llegado a su madurez. Ella ayuda a conferir identidad y cohesión cultural.

Todas las religiones trabajan con un sentido último y con valores que orientan la vida. Por eso poseen un alto valor humanizador y civilizatorio. Pero es importante no desconocer que ellas corren el riesgo permanente del fundamentalismo, de imaginarse absolutas y las mejores. Esta actitud está a un paso de la guerra religiosa, cosa que ha ocurrido con frecuencia en la historia. Las religiones necesitan, entonces, reconocerse mutuamente, entrar en diálogo y buscar convergencias mínimas que les permitan convivir pacíficamente. De aquí la importancia del diálogo entre todas.

Ante todo, es importante reconocer el pluralismo religioso, como de hecho y como de derecho. El hecho es innegable, basta constatarlo. La cuestión es su legitimación de derecho. En este punto hay divergencias profundas, especialmente en la Iglesia jerárquica católica, en otras iglesias cristianas, en ciertas tendencias del islam y de otras religiones. Aquí algunas iglesias cristianas muestran su fundamentalismo explícito, pues se juzgan las portadoras exclusivas de la revelación divina y las únicas herederas de la gesta salvadora de Dios en la historia por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesús.

Pero la pluralidad no se puede negar. Por eso hay que defender el derecho a este pluralismo de hecho. Primero por una razón interna a la propia religión. Ninguna religión puede pretender encuadrar a Dios, el Misterio, la Fuente originaria de todo ser o cualquier nombre que se le quiera dar a la Suprema Realidad, en las redes de su discurso y de sus ritos. Si así fuera, Dios sería un pedazo del mundo, en realidad un ídolo. Perdería totalmente su trascendencia a cualquier objetivación humana. Él está siempre más allá de como podamos representarlo. Así pues, hay espacio para otras expresiones y otras formas de celebrarlo que no sean exclusivamente a través de esta iglesia o de esta religión concreta. Como decía un pensador franciscano del siglo XIII Duns Scoto: «Si Dios existe como las cosas existen, entonces Dios no existe». Él no está en el orden de las cosas sino del fundamento de su existencia y de la permanencia en esa existencia.

Así por ejemplo, las religiones de matriz africana presentes en Brasil, no son cartesianas y occidentales. Tienen otra forma propia de sentir, de interpretar y de vivir lo Sagrado. Son religiones profundamente ecológicas, ligadas a las energías de la naturaleza y del cosmos. El mismo AXÉ es una energía cósmica, presente en todos los seres y más fuertemente en personas carismáticas como los pais y mães de santo. Su modo de cultivar lo Sagrado debe ser acogido como una de las formas legítimas de caminar hacia Dios (Olorum) y de ser visitados por las divinidades.

El equívoco de la pretensión de exclusividad

En verdad no es el pluralismo religioso lo que debe ser cuestionado sino la pretensión de una de las religiones de considerarse la única verdadera. No vale el sofisma: si hay un solo Dios, debe haber una sola religión. Ahora bien, la naturaleza de Dios y la naturaleza de la religión son profundamente distintas. La naturaleza de Dios es el Misterio, lo Inefable, lo Infinito. La naturaleza de la religión es lo limitado, lo histórico, lo finito, aquello que fue creado por la cultura humana. Dios nunca podrá ser identificado con alguna doctrina. Él está dentro y también fuera y más allá, pues esta es su naturaleza. Además, si aceptamos que Dios es diversidad de divinas personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo en permanente relación de amor y de diálogo, esto proporciona mayor fundamento para justificar la diversidad religiosa.

Por eso es importante reconocer el hecho de las muchas religiones e iglesias, para que cada una de ellas pueda decir algo de lo Inefable y revele dimensiones que otra no puede expresar. Todas juntas sinfónicamente señalan a la Realidad Sagrada y todas se callan, reverentes, delante de Ella porque Ella las desborda por todos los lados y formas.

Esta última reflexión nos obliga a introducir una distinción de fundamental importancia para que el diálogo interreligioso sea posible y adquiera alguna eficacia: la distinción entre espiritualidad y religión.

Distinción entre religión y espiritualidad

Por espiritualidad entendemos el encuentro con el Misterio del mundo, con el Inefable, con el Tao, con Olorum, con lo Numinoso con aquello que se acordó llamar Dios (aunque haya tradiciones que no se sientan bien, como el budismo, que es antes una sabiduría que una religión). Ese encuentro no es inventado ni impuesto. Simplemente sucede como una experiencia originaria. El ser humano es un ser de apertura al otro, al mundo y al Infinito. Él es simplemente un sistema abierto y dialogante. Él plantea preguntas radicales sobre su origen y su destino, sobre el sentido del universo, sobre el significado de su vida, de su sufrimiento y de su muerte. Él es un grito lanzado al infinito. Experimentar esta realidad constituye aquello que llamamos espíritu. Es un modo de ser, de relacionarse, de sentirse dentro de un Todo mayor. Científicos contemporáneos la llaman “espiritualidad natural” por pertenecer a la naturaleza humana (Cf. Steven Rockefeller, Spiritual Democracy and Our Schools, N,York 2022).

Esta espiritualidad natural no es monopolio de las religiones o de algún camino espiritual. Es anterior a todo. Posee el mismo derecho de ciudadanía antropológica que la libido, la voluntad, la inteligencia y la sensibilidad. Así como existe la inteligencia intelectual y la inteligencia emocional, existe también la inteligencia espiritual mediante la cual captamos, más allá de los hechos y de las emociones, los contextos globales de nuestra vida, totalidades significativas, valores y nuestra inserción en un Todo mayor. 

Es propio de la espiritualidad captar visiones globales y orientarse por un sentido trascendental. Neurólogos y neurolingüistas detectaron una base empírica de esta inteligencia en la biología de las neuronas. Algunos neurocientíficos y el psiquiatra I.Marshall con su esposa, física cuántica, Danah Zohar entre otros (Cf.D. Zohar, QS,Inteligencia espiritual, Paza&Janes, Barcelona 2001) llegan a hablar del “punto Dios” en el cerebro. En una perspectiva evolutiva quiere decir que el universo evolucionó hasta el punto de producir un ser de inteligencia que dispone de una capacidad de percibir, a partir de cierta aceleración de las neuronas, el Misterio de este universo, Misterio que penetra y resplandece en todo. Ese “punto Dios” representa una ventaja evolutiva de la especie homo, presente en todos sus representantes. Lógicamente, Dios no está solo presente en un punto del cerebro, sino en todo el ser humano y cada una de sus dimensiones. Pero es a partir de un punto de las neuronas desde el que se deja percibir fenomenológicamente. 

Esta experiencia espiritual está en la base de todas las religiones y caminos espirituales. La forma como esta experiencia se expresó históricamente varía de acuerdo a las culturas en India, en China, en el Tibet, en Japón, entre los Mayas, Aztecas, Tupí-Guaraní, Yanomami entre otros. Las religiones son los constructos culturales, los más diversos intentos de expresar en una doctrina, en una celebración, en un texto sagrado, en un código ético, esta espiritualidad originaria.

Las religiones son diferentes y muchas, pero la espiritualidad originaria es la misma. Ella permite el entendimiento y el diálogo entre las religiones, porque todas beben de la misma fuente de aguas cristalinas: la espiritualidad natural. Las religiones son canalizaciones de esta fuente originaria. 

Importancia de las religiones para la paz mundial

Si tal es la importancia de las religiones en la configuración de la humanidad concreta, entonces son decisivas para la convivencia y la paz mundial. Por eso entendemos la relevancia que el Papa Francisco les da en las dos encíclicas ecológicas Laudato Sì: sobre el cuidado de la Casa Común (2015) y en la Fratelli tutti (2020) en el sentido de salvaguardar la vida y el futuro de la Madre Tierra. Es muy conocida y siempre citada la tesis fundamental del teólogo alemán Hans Küng, recientemente fallecido, el mejor estudioso de las religiones en fase planetaria, con el cual concordamos: 

«No habrá paz entre las naciones si no existe paz entre las religiones. No habrá paz entre las religiones, si no existe diálogo entre las religiones» (Religiões do mundo, São Paulo 2018, 280; L. Boff, Ethos mundial., Rio de Janeiro 2003, 137).

El diálogo entre las religiones sigue un camino singular. No puede empezar por la discusión de las doctrinas que pronto generan debates interminables y divisiones, sino por la toma de conciencia de la espiritualidad que une a todas. Y esto se hace mediante la oración o meditación. El diálogo empieza cuando todos comienzan a rezar juntos o a meditar. Rezar y meditar es sumergirse en la espiritualidad. Ahí las personas empiezan a reconocerse, a descubrir la bondad de uno y otro, la piedad, la reverencia y la búsqueda sincera del Misterio de todas las cosas, de “Dios”. 

Las doctrinas quedan relativizadas en nombre de la vida concreta, inspirada por la respectiva religión. Lógicamente, todo lo que es sano, puede enfermar. Todas las religiones pueden incorporar desvíos, endurecimientos, actitudes fundamentalistas de grupos. Aquí hay un vasto campo de crítica recíproca y de procesos de purificación. Así como la enfermedad remite a la salud, de forma semejante la experiencia espiritual devolverá salud a las religiones. De este diálogo orante nacen los puntos de convergencia que fundan la paz posible entre las religiones, uno de los factores de la paz mundial.

Pero hay iglesias, especialmente entre nosotros, las neopentecostales, que siguen la lógica del mercado y hacen de la religión un gran negocio, no raramente explotando a los pobres con la teología de la prosperidad y últimamente con la teología del dominio. Por buscar beneficios económicos, fácilmente se alían a partidos políticos de vertiente más conservadora. De esta forma desnaturalizan la religión y la iglesia, pues estas no han sido hechas para el mercado sino para atender las demandas espirituales de las personas.

Puntos de convergencia en el diálogo interreligioso

El diálogo continuado permitió establecer puntos comunes entre las religiones, enumerados ya en 1970 en la Conferencia Mundial de las Religiones en favor de la Paz en Kyoto. Esos puntos convergentes fueron así formulados y reforzados años después en el gran encuentro de Chicago.

1. Hay una unidad fundamental de la familia humana en igualdad y dignidad de todos sus miembros.

2. Cada ser humano es sagrado e intocable, especialmente en su conciencia.

3. Toda comunidad humana representa un valor.

4. El poder no puede ser igualado al derecho. El poder jamás se basta a sí mismo, jamás es absoluto y debe ser limitado por el derecho y por el control de la comunidad.

5. La fe, el amor, la compasión, el altruismo, la fuerza del espíritu y la veracidad interior son, en última instancia, muy superiores al odio, la enemistad y el egoísmo. 

6. Se debe estar, por obligación, del lado de los pobres y oprimidos y contra sus opresores.

7. Alimentamos la profunda esperanza de que al final triunfará la buena voluntad.

Como se deduce, este diálogo no se agota en sí mismo. Se ordena a algo mayor: la paz entre los pueblos, la paz con la Tierra, la paz con los ecosistemas, la paz del ser humano consigo mismo y la paz con la Fuente originaria de donde vino y adonde va. Esa paz es, como bien lo definió la Carta de la Tierra, «la plenitud creada por relaciones correctas consigo mismo, con otras personas, con otras culturas, con otras vidas, con la Tierra y con el Todo mayor del cual somos parte».

El diálogo abierto entre las religiones significa, por tanto, la convivencia pacífica y alegre entre los más distintos caminos espirituales que ven, en su diversidad, una riqueza del único y mismo Misterio fontal del cual venimos y hacia el cual nos dirigimos. Su contribución es fundamental para la paz entre los diversos pueblos que habitamos la misma Casa Común.

*Leonardo Boff, 1938, teólogo, filósofo y autor de cerca de cien libros en las áreas de teología, filosofía, ética, espiritualidad y ecología.

Traducción de MªJosé Gavito Milano

Spiritualità naturale, etica, cura: come prostergare la fine del mondo

        Leonardo Boff

La crisi del nostro modo di vivere su questo unico pianeta coinvolge tutti, comprese le nazioni imperiali. Chi avrebbe detto che ci sarebbe stata una grave erosione dei valori democratici negli Stati Uniti? Il sogno originale americano, ripetono i suoi migliori estimatori, «implicava un nuovo mondo in cui le persone vivessero libere di realizzare i propri sogni, in un ambiente sociale che generasse cittadini illuminati, responsabili e impegnati, con un’appassionata preoccupazione per la dignità e i diritti individuali e degli altri nella prospettiva del bene comune». Evidentemente questo era il sogno della popolazione, non degli organismi governativi e degli apparati militari di sicurezza che cercavano e ancora cercano con tutti i mezzi, guerra compresa, il monopolio del potere mondiale. Qui era ed è altro il sogno.

Ciò che sta accadendo dagli anni ’60, ci racconta Steven Rockefeller, della famiglia dei miliardari Rockefeller, uno degli ideatori della Carta della Terra, di opzione buddista, una delle persone più dialoganti con cui ho avuto modo di interagire nel lavoro di stesura di quella Carta, constata che l’attuale gioventù ha dimenticato i valori sopra menzionati, vive focalizzata sul proprio io, svaluta il suo proprio paese e ha perso il senso della solidarietà. Ha concluso dicendo: «L’America è una nazione alla ricerca della sua propria anima» (Spiritual Democracy and our Schools, N.York 2022, p.15).

Ciò che si dice degli Stati Uniti vale praticamente per tutti o per i principali paesi, anche per il nostro [Brasile], poiché siamo tutti interdipendenti e ostaggio della cultura del capitale, accumulatore, materialista, consumista, escludente e insensibile al destino della maggioranza povera. Come insegnante e pedagogo, Steven Rockefeller ha scritto il citato libro “per rinnovare lo spirito americano attraverso l’educazione fin dalla prima infanzia”.

Gestisce tre categorie con le quali mi identifico e con cui sto lavorando da anni, in vista di un nuovo paradigma e di un altro stile di educazione: la spiritualità, l’etica e la cura della Casa Comune.

Steven vede la spiritualità come una dimensione essenziale dell’essere umano con lo stesso diritto di cittadinanza del corpo, dell’intelligenza, della volontà e della psiche. Per questo è naturale. La spiritualità non può essere identificata con la religione, sebbene possano esserci delle interrelazioni tra loro. La spiritualità naturale è innata. Da essa nascono le religioni come canali culturali di questo dato originario.

Come dice Steven, ci hanno dimostrato la filosofia, la psicologia del profondo e le neuro-scienze, «la spiritualità è una capacità innata nell’essere umano che, quando coltivata e sviluppata, genera un modo fatto di relazioni con se stessi e con il mondo, promuove la libertà personale, il benessere e la fioritura del bene collettivo» (p.10). La spiritualità naturale pone le domande inevitabili dell’essere umano: perché siamo in questo mondo, cosa ci aspetta oltre questa vita e la percezione di una Realtà Suprema. Essa si esprime attraverso l’amore incondizionato, il rispetto per l’Universo, per la solidarietà, per la cura di tutto ciò che esiste e vive e per la compassione per coloro che soffrono.

Questa comprensione mi fa ricordare il discorso di Michail Gorbachev al termine della stesura della Carta della Terra nelle sale dell’UNESCO a Parigi nel 2000: “Se noi vogliamo salvare la vita sul pianeta abbiamo bisogno di nuovi valori e di una spiritualità diversa”. Cioè, non sono sufficienti i nostri beni materiali né la tecno-scienza. Tutto questo deve essere impregnato dei valori del cuore, della sete di amore, dell’affetto, dell’empatia, dell’etica, della cura e della spiritualità. Solo così possiamo stabilire un legame affettivo e solidale con tutti gli esseri e con la Terra e così, salvarli. Tutti gli esseri hanno un valore in sé, oltre l’uso umano. La spiritualità naturale ci permette di sentire tutto questo, è una sorta di organismo naturale della nostra vita che nessuna parte della nostra natura può svolgere adeguatamente. La fisica quantistica Danah Zohar e il marito neurologo, Ian Marshall, dimostrarono che abbiamo dentro di noi quello che hanno chiamato “il punto di Dio nel cervello”. Ogni volta che si affrontano temi Sacri e Spirituali in chiave esistenziale si verifica una notevole accelerazione dei neuroni in una parte del cervello. È una sorta di organismo interiore attraverso il quale la spiritualità naturale e innata capta quell’Energia potente e amorevole che sostiene tutto e agisce anche dentro di noi (D. Zohar, O ser quântico, Rio 1991).

La spiritualità naturale ci porta direttamente all’etica, nel senso greco classico: la Casa (ethos) ben curata, ora la Casa Comune, la Terra. L’ethos cerca il. L’“etica”, le forme e i modi per realizzare il “bem viver”, attraverso le virtù dell’amore, della giustizia, dell’equa misura, della bellezza e di altre virtù consonanti ai sentimenti delle diverse culture. Fin dalla più tenera età e nel processo educativo si deve portare alla luce la spiritualità naturale che è sempre supportata dall’etica del “bem viver”.

Oggi più che mai è urgente la cura, intesa come essenza di tutti i viventi, soprattutto dell’essere umano, secondo il mito romano di Igino, esplorato dalla filosofia e dall’antropologia (cfr. L. Boff. Saber cuidar: ética do humano-compaixão pela Terra, Vozes 2023). Lasciato a se stesso, nessun organismo vivente sopravvive senza la cura.

Attualmente si scontrano due paradigmi: quello del potere e quello della cura. Quello del potere attuale come dominio caratterizza la modernità. È stato con questo potere che i popoli si sono sottomessi, molti resi schiavi, la natura sfruttata senza pietà, la materia, la vita e la propria Terra con scarsa sostenibilità. Il paradigma della cura rinuncia al potere come dominio e stabilisce una relazione amichevole con la natura e rispetta la Terra come la Grande Madre e Gaia. Attualmente, con la devastazione in atto nella modernità, s’impone il paradigma della cura se vogliamo garantire le condizioni ecologiche per la nostra sopravvivenza.

L’umanità si trova a un bivio. O segue la strada del potere che comporta uno sfruttamento illimitato delle risorse naturali al punto da incidere sugli equilibri della Terra, dati i cambiamenti climatici irreversibili; questo percorso potrebbe portarci all’apocalisse ecologica. O segue il cammino della cura. L’umanità si ferma, riflette sui rischi per la sua sopravvivenza e poi imposta un percorso più benevolo, improntato alla cura per la natura, degli uni per gli altri e con la Terra. Caso contrario, dice la Carta della Terra, «rischiamo la nostra distruzione e quella della diversità della vita (Preambolo). Papa Francesco non dice un’altra cosa in Fratelli tutti: «siamo sulla stessa barca, o ci salviamo tutti o non ci salviamo nessuno» (n.24).

Se avremo ancora tempo per questa svolta nel nostro comune destino con la Terra, sopravviveremo e inaugureremo un’altra forma di abitare il pianeta, con sentimento di appartenenza e con la coscienza di esserne i fedeli custodi.

L’educazione può compiere questa missione messianica di riportare alla luce, fin dalla nascita, la spiritualità naturale, l’etica della Terra e la cura del creato. Lungo questo cammino ci sarà la salvezza.

Leonardo Boff ha scritto Cuidar da Casa Comum: como protelar o fim do mundo, Vozes 2024.

(traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)

La espiritualidad natural, la ética, el cuidado:como protelar el fin del mundo

Leonardo Boff*

La crisis de nuestro modo de vivir en este único planeta nos envuelve a todos, hasta a las naciones imperiales. ¿Quién iba a decir que en Estados Unidos iba a haber una severa erosión de los valores democráticos? El sueño original americano, repiten sus mejores, «implicaba un nuevo mundo en el cual el pueblo vivía libre para realizar sus sueños, dentro de un ambiente social que generaba ciudadanos ilustrados, responsables y comprometidos, con una preocupación apasionada por la dignidad y los derechos  individuales y de los otros en la perspectiva del bien común». Evidentemente ese era el sueño de la población, no de los órganos gubernamentales y del aparato militar de seguridad que buscaban y siguen buscando por todos los medios, incluso bélicos, el monopolio del poder mundial.   Para estos el sueño era y es otro.

Lo que está ocurriendo desde los años 60, nos dice Steven Rockefeller, de la familia de los multimillonarios Rockefeller, uno de los ideadores de la Carta de la Tierra, de opción budista, una de las personas más dialogales con quien pude convivir en los trabajos de la redacción de dicha Carta, es que la juventud actual ha olvidado los valores mencionados, vive centrada en su propio yo, desprecia a su propio país y ha perdido el sentido de la solidaridad. Concluye  diciendo: “América es una nación en busca de su propia alma” (Spiritual Democracy and our Schools, N.York 2022, p.15).

Lo que se dice de Estados Unidos vale prácticamente para todos o para los principales países, también para el nuestro, ya que somos todos interdependientes y rehenes de la cultura del capital, acumulador, materialista, consumista, excluyente e insensible al destino de las mayorías pobres. Como profesor y pedagogo, Steven Rockefeller escribió el referido libro «para renovar el espíritu americano a través de la educación desde la más tierna infancia».

Maneja tres categorías con las cuales me identifico y con las cuales he trabajado desde hace años con vistas a un nuevo paradigma y otro estilo de educación: la espiritualidad, la ética y el cuidado de la Casa Común.

Steven ve la espiritualidad como una dimensión esencial del ser humano con el mismo derecho de ciudadanía que el cuerpo, la inteligencia, la voluntad, la psique. Por eso es natural. No se trata de identificar la espiritualidad con la religión, aunque pueda haber interrelaciones entre ellas. La espiritualidad natural es innata. De ella nacen las religiones como canalizaciones culturales de esta dimensión espiritual originaria.

Como nos lo han mostrado, dice Steven, la filosofía, la psicología de lo profundo y las neurociencias, la «espiritualidad es una capacidad innata en el ser humano que, cuando se alimenta y se desarrolla genera un modo de ser hecho de relaciones consigo mismo y con el mundo, promueve la libertad personal, el bienestar, y el florecimiento del bien colectivo» (p.10). La espiritualidad natural plantea las preguntas inevitables del ser humano: por qué estamos en este mundo, qué nos espera más allá de esta vida y la percepción de una Realidad Suprema. Ella se expresa por el amor incondicional, por la reverencia ante el Universo, por la solidaridad, por el cuidado hacia todo lo que existe y vive y por la compasión por quien sufre.

Esta comprensión me hace recordar las palabras de Mijaíl Gorbachev al cerrar la redacción de la Carta de la Tierra en la sede de la UNESCO en París en el año 2000: “Si queremos salvar la vida en el planeta necesitamos valores nuevos y otra  espiritualidad”. Es decir, no son suficientes nuestros bienes materiales ni la tecnociencia. Todo esto debe venir impregnado de los valores del corazón, sede del amor, del afecto, de la empatía, de la ética, del cuidado y de la espiritualidad. Sólo así se consigue establecer un lazo afectivo y solidario con todos los seres y con la Tierra y así salvarlos. Todo ser posee un valor en sí mismo, más allá del uso humano. La espiritualidad natural nos permite sentir todo esto, es una especie de órgano natural de nuestra vida que ninguna otra parte de nuestra  naturaleza puede desempeñar adecuadamente. La física cuántica Danah Zohar y su marido neurólogo, I. Marshall, demostraron que tenemos dentro de nosotros lo que llamaron “el punto Dios en el cerebro”. Siempre que de forma existencial se abordan lo Sagrado y lo Espiritual se verifica una aceleración de las neuronas de una parte del cerebro. Es una especie de órgano interior por el cual la espiritualidad natural e innata capta aquella Energía poderosa y amorosa que sustenta todo y que obra también en nuestro interior (D.Zohar, O ser quântico, Rio 1991).

La espiritualidad natural nos remite directamente a la ética, en el sentido clásico de los griegos: la Casa (ethos) bien cuidada, ahora la Casa Común, la Tierra. El “ethos” busca el bien vivir. La “ética”, las formas y maneras de concretar el bien vivir, por las virtudes del amor, de la justicia, de la justa medida, de la belleza y demás virtudes, según el sentir de la distintas culturas. Desde la más tierna edad y en el proceso educativo se debe esclarecer la espiritualidad natural que viene siempre acolitada por la ética del bien vivir.

Hoy más que nunca se hace urgente el cuidado, entendido como la esencia de todos los vivientes, especialmente del ser humano, según el mito romano de Higino, explorado por la filosofía y la antropología (cf.L. Boff. Saber cuidar: ética de lo humano-compaixão pela Terra,  Vozes 2023). Dejado a sí mismo, ningún organismo vivo sobrevive sin cuidado.

En la actualidad se están confrontando dos paradigmas: el del poder y el del cuidado. El del poder actual como dominación caracteriza la modernidad. Con este poder se sometieron pueblos, muchos esclavizados, se explotó despiadadamente la naturaleza, la materia, la vida y la propia Tierra, hoy en busca de sostenibilidad. El paradigma del cuidado renuncia al poder como dominación, establece una relación amistosa con la naturaleza y respeta a la Tierra como la Gran Madre y Gaia. Actualmente ante la devastación al modo de la modernidad, se impone el paradigma del cuidado si queremos asegurar las condiciones ecológicas para nuestra supervivencia.

La humanidad se encuentra en una encrucijada: o sigue el camino del poder que implica una explotación ilimitada de los recursos naturales hasta el punto de haber afectado al equilibrio de la Tierra, visto el cambio climático irreversible; camino que puede llevarnos a un armagedón ecológico. O sigue el camino del cuidado: la humanidad para, reflexiona sobre los peligros para sobrevivir y define un rumbo más benevolente, marcado por el cuidado de la naturaleza, de unos a otros y de la Tierra. En caso contrario, dice la Carta de la Tierra, «nos arriesgamos a nuestra destrucción y a la destrucción de la diversidad de la vida» (Preámbulo). No dice otra cosa el Papa Francisco en la Fratelli tutti: «estamos en el mismo barco, o nos salvamos todos o nadie se salva» (n.24)

Queda poco tiempo para dar un viraje a nuestro destino común con la Tierra, vamos a sobrevivir y a inaugurar otra forma de habitar el planeta, con sentimiento de pertenencia y con la conciencia de ser sus fieles guardianes.

La educación posee esta misión mesiánica de desentrañar desde el nacimiento la espiritualidad natural, la ética de la Tierra y el cuidado de la creación. Por ese camino habrá salvación.

*Leonardo Boff ha escrito Cuidar de la Casa Común: cómo retrasar el fin del mundo,Vozes 2024.

A espiritualidade natural, a ética,o cuidado: como evitar o fim do mundo

Leonardo Boff

A crise de nosso modo de viver neste único planeta envolve a todos até as nações imperiais. Quem diria que está havendo uma severa erosão dos valores democráticos dos Estados Unidos? O sonho original americano, repetem seus melhores, “implicava um novo mundo no qual o povo vivia livre para realizar seus sonhos,no interior de um ambiente social que gerava cidadãos eslarecidos, responsáveis e comprometidos, com uma apaixonada preocupação com a dignidade e os direitos individuais e dos outros na perspectiva do bem comum”. Evidentemente esse era o sonho da população não dos órgãos governamentais e do aparato militar de segurança que buscavam e ainda buscam,por todos os meios, mesmo bélicos, o monopólio do poder mundial.Aqui era e é outro o sonho.

O que está ocorrendo a partir dos anos 60, diz-nos Steven Rockfeller, da família dos bilionários Rockefellers, um dos idealizadores da Carta da Terra, de opção budista, uma das pessoas mais dialogáveis com quem pude conviver nos  trabalhos da redação da referida Carta, constata que a atual juventude,esqueceu os referidos valores, vive centrada no próprio eu, deprecia seu próprio país e perdeu o sentido da solidariedade.Conclui dizendo:”A América é uma nação à procurara de sua própria alma”(Sipiritual Democracy and our Schools, N.York 2022,p.15).

O que se diz dos Estados Unidos vale praticamente para todos ou os principais países, mesmo para  o nosso, já que estamos todos interdependentes e reféns da cultura do capital, acumulador, materialista,consumista,excludente e insensível ao destino das maiorias pobres. Como professor e pedagogo, Steven Rockefeller escreveu o referido livro “para renovar o espírito americano através da educação desde a mais tenra infância”.

Maneja três categorias com as quais me identifico e com elas tenho trabalhado há anos, em vista de um novo paradigma e de um outro estilo de educação: a espiritualidade, a ética e o cuidado da Casa Comum.

Steven vê a espiritualidade como uma dimensão essencial do ser humano com o mesmo direito de cidadania que o corpo, a inteligência, a vontade, a psique.Por isso é natural.Não se há de identificar a espiritualidade com a religião, embora possa haver inter-relações entre elas. A espiritualidade natural é  inata. Dela nascem as religiões como canalizações culturais deste dado originário.

Como nos tem mostrado,diz Steven, a filosofia, a psicologia do profundo e as neurociências, a “espiritualidade é uma capacidade inata no ser humano que, quando alimentada e desenvolvida, gera um modo de ser feito de relações consigo mesmo e com o mundo, promove a liberdade pessoal, o bem estar, e o florescimento do bem coletivo”(p.10). A espiritualidade natural coloca as questões inadiáveis do ser humano: por quê estamos neste mundo, o que nos espera para além desta vida e a percepção de uma Suprema Realidade. Ela se expressa pelo amor incondicional, pela reverência face ao Universo, pela solidariedade, pelo cuidado com tudo o que existe e vive e pela compaixão por quem sofre.

Essa compreensão me faz recordar a fala de Michail Gorbachev ao se encerrar a redação da Carta da Terra nos espaços da UNESCO em Paris no ano 2000:”Se quisermos salvar a vida no planeta precisamos de novos valores e de uma outra  espiritualidade”. Vale dizer, não são suficientes nossos bens materiais nem a tecnociência. Tudo isso deve vir impregnado dos valores do coração, sede do amor, da afeição, da empatia, da ética, do cuidado e da espiritualidade. Só assim se consegue estabelecer um laço afetivo e solidário para com todos os seres e para com a Terra e assim salvá-los. Todo ser possui um valor em si mesmo, para além do uso humno.A espiritualidade natural nos permite sentir tudo isso, é uma espécie de órgão natural de nossa vida que nenhuma porção de nossa natureza pode desempenhar adequadamente.A física quântica Danah Zohar e seu marido neurólogo, I. Marshall, demonstraram que temos dentro de nós, o que chamaram “o ponto Deus no cérebro”. Toda vez que de forma existencial se abordam temas do Sagrado e do Espiritual verifica-se uma aceleração significativa de neurônios de uma parte do cérebro. É uma espécie de órgão interior pelo qual nossa espiritualidade natural e inata capta aquela Energia poderosa e amorosa que tudo sustenta e age também em nossa interior.(D.Zohar, O ser quântico,Rio 1991).

A espiritualidade natural nos remete diretamente à ética, no sentido clássico dos gregos: a Casa (ethos bem cuidada, agora a Casa Comum, a Terra. O “ethos” busca o bem viver. A “ética”, as formas e maneiras de concretizar o bem viver, pelas virtudes do amor, da justiça, da justa medida, da beleza e demais virtudes consoante o sentir das várias culturas. Desde a mais tenra idade e no processo educacional deve-se desentrar a espiritualidade natural que sempre vem acolitada pela ética do bem viver.

Hoje mais do que nunca se faz urgente o cuidado, entendido, como a essência de todos os viventes, especialmente do ser humano, consoante o mito romano de Higino, explorado pela filosofia e pela antropologia (cf.L. Boff. Saber cuidar:ética do humano-compaixão pela Terra,  Vozes 2023). Deixado por si mesmo, nenhum organismo vivo sobrevive sem o cuidado.

Atualmente se confrotam dois paradigmas: o do poder e o do cuidado. O do poder atual como dominação caracteriza a modernidade. Foi com este poder que se submeteram os povos, muitos feitos escravos, a natureza desapiedadamente explorada, a matéria, a vida e a própria Terra hoje com parca sustentabilidade. O paradigma do cuidado renuncia ao poder como dominação e estabelece uma relação amigável com a natureza e respeita a Terra como a Grande Mãe e Gaia. Atualmente com a devastação no modo da modernidade, impõe-se o paradigma do cuidado se quisermos garantir as condições ecológicas de nossa sobrevivência.

A humanidade se encontra numa encruzilhada: ou segue o caminho do poder atual que implica uma exploração ilimitada dos recursos naturais a ponto de ter afetado o equilíbrio da Terra, haja vista a mudança climática irreversível; esse caminho pode levar-nos a um armagedom ecológico. Ou segue o caminho do cuidado. A humanidade pára, reflete sobre os riscos para sua sobrevivência e então define um rumo mais benevolente,marcado pelo cuidado para com a natureza, de uns para com os outro e com a Terra.Caso contrário, diz a Carta da Terra,”arriscamos a nossa destruição e a da diversidade da vida”(Preâmbulo). Não disse outra coisa o Papa Francisco na Fratelli tutti:”estamos no mesmo barco, ou nos salvamos todos ou ninguém se salva”(n.24)

Se ainda tivermos tempo para esta guinada do nosso destino comum com a Terra, iremos sobreviver e inaugurar outra forma de habitar o planeta,com sentimento de pertença e com a consciência de sermos seus guardiães fiéis.

A educação  possaui essa missão messiânica de desentranhar,desde a nascença, a espiritualidade natural,a ética da Terra e o cuidado pela criação.Por esse caminho haverá salvação.

 Leonardo Boff escrevei Cuidar da Casa Comum:como protelar o fim do mundo,Vozes 2024.