Preocupación por las víctimas en la sociedad y en la Iglesia

Estamos viviendo a nivel mundial y nacional una extraña paradoja. Por una parte constatamos, como en ningún periodo histórico anterior, una creciente preocupación por las víctimas de crímenes cometidos personal o colectivamente. Por otro lado, verificamos una clamorosa indiferencia hacia las víctimas, ya sean de crímenes de feminicidio sobreviviente, o de  conflictos de alta letalidad y hacia los millones de refugiados e inmigrantes, que buscan huir de guerras o del hambre, principalmente en Europa y en Estados Unidos. Estos últimos especialmente son los más rechazados.  

En 1985 la ONU publicó la “Declaración sobre los principios fundamentales de justicia para las víctimas de delitos y del abuso de poder”. Fue un paso decisivo en defensa de las víctimas siempre olvidadas por la justicia en regímenes autoritarios o en democracias de baja intensidad, controladas por los poderosos,  principales causantes de víctimas.

Curiosamente en Brasil, la visión de los derechos humanos concernía prioritariamente a la defensa de los autores de los delitos, cuando su preocupación central fue siempre la protección de la dignidad de toda persona humana, de sus derechos en todas sus dimensiones.

A pesar de haber en Brasil, por lo general, un déficit normativo acerca del incentivo a los derechos de las víctimas, cabe constatar que en el Derecho Penal Contemporáneo esta preocupación ha adquirido últimamente cierta importancia. Se introdujeron   modificaciones en el Código del Proceso Penal determinando como requisito para la fijación de sentencia criminal por parte del juez, los daños por el crimen realizado. El juez impone indemnizaciones y la obligación al  condenado de resarcir a la víctima.

En suma, hay que enfatizar cierto giro jurídico: antes la responsabilidad civil se centraba en el criminal, ahora se vuelve hacia la  víctima y la compensación del daño sufrido por esta: “de una deuda de responsabilidad se ha pasado a una reparación  de indemnización”.

Esta preocupación por las víctimas adquirió resonancia mundial, cuando la Iglesia Católica (pero también otras iglesias), tras mucha vacilación despertó a la exigencia ética y moral de oír a las víctimas y compensar el daño psicológico y espiritual causado. Al principio no era así.  Un decreto de autoridades del Vaticano exigía, bajo pena canónica, que los sacerdotes pederastas no fuesen denunciados a las  autoridades civiles.

Todo quedaba ocultado dentro del mundo eclesial. Al pedófilo se le transfería a otra parroquia o diócesis, sin tener en cuenta que también allí continuaban los abusos. Este vicio afectaba a sacerdotes, obispos y hasta cardenales. Se alegaba que el silencio (nada obsequioso) era para no desmoralizar a la institución Iglesia Universal, y preservar su buen nombre como la guardiana de la moralidad y de los valores occidentales.

Esto nos remite al farisaísmo, tan combatido por el Jesús histórico, ya que los fariseos predicaban una cosa y vivían otra, dándose por piadosos (Lucas 11,45-46). Ese fariseísmo prevaleció un buen tiempo en el interior de la Iglesia Católica.

La versión predominante de las autoridades vaticanas era moralista: la pedofilia se juzgaba como un pecado; bastaba confesarlo y todo quedaba resuelto. Pero encubierto. Doble error fatal: no era solo un pecado; era un crimen horrendo y vergonzoso. El tribunal adecuado para juzgar tal crimen no era el derecho canónico sino la justicia civil del estado. Así que sacerdotes, obispos y hasta cardenales tuvieron que enfrentarse a tribunales civiles, reconocer el delito y someterse a la pena. Para otros, el propio Papa se anticipaba y mandaba a un cardenal pedófilo a un convento para que, recogido, se redimiese de sus crímenes.

El segundo error fatal: solo se tenía en cuenta al  eclesiástico pederasta. Pocos pensaban en las víctimas. Inicialmente así era como se trataba el problema de la pedofilia, inclusive dentro de la Curia Romana.

Fue necesario que interviniesen los papas,  especialmente el Papa Francisco para dar centralidad a las víctimas de los abusos sexuales. Él se reunió con muchas de ellas.  Varias veces pidió perdón en nombre de toda Iglesia por los crímenes cometidos. Ha habido diócesis en Estados Unidos que casi fueron a la quiebra por las indemnizaciones que tuvieron que pagar a las víctimas, impuestas por los tribunales civiles.

Prácticamente en todos los países y diócesis se ha investigado a clérigos pedófilos, algunas de forma dramática como en el caso de Chile que ocasionó la renuncia de gran parte del episcopado. No menos dramática fue la investigación en Alemania,  involucrando al Papa Benedicto XVI, en el tiempo en que era cardenal-arzobispo de Múnich. Tuvo que admitir delante de un tribunal civil haber sido indulgente con un sacerdote pederasta,  transfiriéndolo simplemente a otra parroquia.

Lo grave de los abusos sexuales por parte de personas del clero es la profunda escisión que crea en la mente de las víctimas. Por su naturaleza, un clérigo está rodeado de respeto por ser portador de lo sagrado y, eventualmente, es considerado como representante de Dios. Mediante el abuso criminal se rompe espiritualmente el camino de la víctima a Dios. ¿Cómo se puede pensar y amar a un Dios cuyo representante comete esos crímenes? Ese daño espiritual, además  del psicológico, está poco señalado en los análisis que se han hecho y se hacen.

Millones y millones de personas en todo el mundo son víctimas de discriminación, desprecio, odio y hasta de muerte por el color de su piel, por ser de otra creencia o de otra ideología política, de otra opción sexual o simplemente por ser pobres. Fueron los países europeos cristianizados los que hicieron más víctimas con la Inquisición, con guerras de 100 millones de muertos. Fueron ellos quienes comercializaban con personas arrancadas de África y las vendían como esclavas en las Américas y otras partes. Impusieron a sangre y fuego el colonialismo, el capitalismo depredador, el uso sistemático de la violencia para imponer en el mundo sus supuestos valores cristianos.

Desde el justo Abel hasta el último elegido, las víctimas tendrán el derecho de gritar hasta el juicio final contra las injusticias que les han sido impuestas. En el lenguaje de una víctima indígena del siglo XVI, refiriéndose-a los brutales colonizadores: “ellos fueron el anticristo sobre la tierra, el tigre de los pueblos, el chupador del indio”. Habrá un día en que toda la verdad saldrá  a la luz, a pesar de que en el tiempo presente, en las palabras de San Pablo “la verdad está aprisionada por la injusticia” (Romanos 1,18). Pero la verdad y no la violencia creadora de víctimas, escribirá la última palabra del libro de la historia.

*Leonardo Boff ha escrito Teología del cautiverio y de la liberación, Ed. San Pablo 1985.

Traducción de María José Gavito Milano

¿Hemos aprendido la lección del Covid-19?

Hemos superado en gran parte las amenazas del Covid-19, que durante tres años puso en peligro la vida de millones de personas. Es cierto que han quedado secuelas: el virus afectó los riñones, los pulmones, los intestinos e incluso el cerebro. En cierto modo, se ha instalado en nuestro organismo y probablemente tal como sucede con la gripe, debamos seguir recibiendo vacunas protectoras.

Indiscutiblemente la acción deletérea del virus ha aumentado nuestra conciencia ecológica. No hay más que ver lo mucho que se ha escrito sobre el tema y los cientos de “emisiones en vivo y en directo” sobre el cuidado de la Casa Común, realizadas en todos los países y cómo se han ido formado grupos ecologistas.

Sin embargo, en términos sociales y globales, imaginábamos que habríamos comprendido el significado profundo de la lección que la pandemia nos legó. No ha sido así. Todo parece haber vuelto a la vieja normalidad, la misma que trajo el virus, ya sea en las formas de producción que requerirían una relación más amigable con la naturaleza; la sobreexplotación de los ecosistemas continúa; la deforestación, sea en la Amazonia, en el Cerrado y el Congo, sigue a un ritmo preocupante, por más que los gobiernos hagan esfuerzos para limitar la voracidad del capital mundial.

Especialmente la minería, explotada en casi todos los países, degrada ecosistemas enteros y perjudica la salud de miles de personas. La escasez de agua potable será probablemente uno de los factores de grandes conflictos en un futuro próximo, ya que cada vez escasea más y su caudal disminuye debido al calentamiento global.

Quizá el vacío político más grave sea la incapacidad de crear un centro de decisión global y plural para enfrentar problemas globales (como las pandemias, el calentamiento global, el agotamiento de la biodiversidad, el deterioro de suelos y cultivos, etc.) que requieren una solución global. Siguen prevaleciendo soberanías obsoletas, pues en nombre de ellas cada país trata de defender sus intereses sin tener en cuenta el carácter sistémico de los problemas. La Carta de la Tierra (2003) ya advertía: “Nuestros desafíos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales están interconectados y juntos podemos forjar soluciones inclusivas” (Preámbulo). Estas soluciones incluyentes requieren un centro plural de gestión global, porque la mejor ciencia nos advierte de las graves crisis que se avecinan y contra las que poco podemos hacer.

Y lo que es más importante: debemos inaugurar un nuevo paradigma de cómo habitar nuestra Casa común, porque de mantenerse el actual podría conducirnos a gravísimos desastres socio-psicológicos. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo 2022 (PNUD), bajo el lema Tiempos inciertos, vidas inestables, deja claro “que sin un drástico cambio de rumbo, podemos estar abocados aún a más privaciones e injusticias”.

Sin un nuevo paradigma, las desigualdades solo tienden a crecer. Hace años, en 1990, esta misma organización mundial mostraba la relación entre el 5% más rico y el 5% más pobre, que en 1960 era de 1 a 30; en 1990 pasó de 1 a 60 y en 1995 de 1 a 74. Hoy en día el foso entre ambos debe de haberse ampliado mucho más, ya que la pandemia ha causado 800.000 pobres.

Hay que añadir otro dato que nos hace reflexionar: la brecha entre lo que producimos con nuestra ciencia y tecnología y lo que la naturaleza produce por sí misma y que nos permite continuar en este planeta. La estamos deteriorando día a día. La contribución de la naturaleza a la economía actual se estima en 33 billones de dólares al año. El producto interior bruto mundial es de unos 18 billones de dólares. Si el furor capitalista por la acumulación ha vuelto estéril gran parte de la naturaleza, habría que sumar los 33 billones de dólares provenientes de la naturaleza al PIB mundial. Ninguna teoría o técnica sabría de dónde sacarlos. Como se deduce, hemos llegado a los límites de la Tierra. Necesitamos más de una Tierra y media para satisfacer el consumo mundial, sobre todo el consumo suntuoso de las clases ricas.

Cada vez nos acercamos más al momento en que la humanidad debe elegir entre continuar como está todo, y ahí peligra nuestra supervivencia, o cambiar para asegurar nuestra subsistencia sobre la Tierra.

Esta alternativa nos la ha planteado el Covid-19, obligándonos a la reclusión social para pensar (un verdadero repliegue existencial colectivo), al uso de mascarillas para evitar contaminarnos unos a otros y a la búsqueda desesperada de vacunas, afortunadamente encontradas. Pero no obviaron el dilema: ir al encuentro de lo peor o cambiar de rumbo.

El tiempo se acelera y no tenemos en cuenta su ritmo, ocupados con nuestros negocios, con nuestros proyectos de crecimiento, sin darnos cuenta de los límites de los bienes y servicios del planeta.

Los tiempos son cada vez más inciertos y las vidas cada vez más inestables y amenazadas, sobre todo con el nuevo régimen climático imparable al que no todos los seres vivos consiguen adaptarse, incluida buena parte de la humanidad.

El autor principal del PNUD, Pedro Conceição, afirma con razón: “Para sortear la incertidumbre, tenemos que redoblar los esfuerzos en materia de desarrollo humano y mirar más allá de mejorar la riqueza o la salud de las personas. Éstas siguen siendo importantes. Pero también tenemos que proteger el planeta y proporcionar a las personas las herramientas necesarias para sentirse más seguras, recuperar el control sobre sus vidas y tener esperanza en el futuro”. Ese futuro está en nuestras manos, pero no cae del cielo.

*Leonardo Boff ha escrito Opción Tierra: la solución para la Tierra no cae del cielo, Sal Terrae, 2008.

Traducción de María José Gavito Milano

Um “racismo amador”ou um racismo cultural

A questão do racismo contra os negros é ancestral. Nos últimos tempos ganhou especial relevância por causa dos crimes cometidos contra alguns deles, de forma cruel, nos USA e das chacinas ocorridas especialmente na zona norte e na Baixada do Rio de Janeiro: jovens negros na idade entre 18-20 anos são, não raro, “abatidos” (havia até a cruel “lei do abate”introduzida pelo governador do Rio,  cassado, Witzel) como se fossem animais. Sob o pretexto de um policial se sentir com medo ou ameaçado podia “abater” as pessoas, especialmente, negras.

Fenômeno semelhante está ocorrendo em vários países da Europa. Tenho em mãos um minucioso estudo de um negro de Guiné Bissau,Filomeno Lopes, jornalista bem formado numa universidade italiana e que trabalha em Roma como radialista na rádio do Vaticano para a África. Engajado na superação do racismo escreveu uma espécie de carta aberta aos jovens italianos, não no dialeto acadêmico, mas de alta divulgação.  A eles dirige uma mensagem, explicando-lhes as muitas razões, todas elas falsas, do porquê surgiu o racismo secular contra os negros-africanos. Dá um título curioso: “um racismo amador e descomplexado”. Com isso quis aclarar que o racismo antinegro-africano está culturalmente tão arraigado que os jovens lhes desconhecem as razões, por isso, é “amador, descomplexado” e legitimado. Sem dar-se conta são racistas na linguagem, nas metáforas despectivas, nos chistes e nos comportamentos discriminatórios, a ponto de não se darem conta do que fazem e do sofrimento e da humilhação que produzem nas vítimas negro-africanas. Esse fato ocorreu recentemente na Espanha contra um excelente jogador negro brasileiro, Vinicius Junior, do Valência.

Para muitos europeus os negros africanos são “Lázaros”, os condenados da Terra, os amaldiçoados descendentes de Cam bíblico, descartados do sistema mundo.

No Brasil cunhamos a expressão de “racismo cultural” ou “estrutural”, vale dizer,os três séculos de bárbara escravidão, de maus tratos, de desprezo  e de ódio aos milhões de afro-descendentes impregnaram nossa cultura de forma desumana e, por vezes, cruel. Só pelo simples fato de serem negros e principalmente se forem pobres e morarem nas favelas que circundam quase todas as nossas cidades.

Vejam a que ponto chegou a barbárie nos países ditos “civilizados” da Europa.Recentemente decidiram como deliberação dos governos e por unanimidade a omissão de resgate do mar, seja dos que vêm do Oriente Médio mas particularmente dos que chegam de África. Colocaram sobre os ombros da Itália o encargo do resgate. Mas como estão chegando multidões, também a Itália aderiu a esta política,um crime contra a humanidade e  contra toda a tradicional ética da “lei do mar”escrupulosamente observada por  todos na salvação e no resgate de pessoas postas em risco ou náufragas.

O Mediterrâneo está se tornando a sepultura de centenas e centenas de pessoas, relegadas, consideradas indesejáveis e “lixo do mundo”. Bem dizia o Papa Francisco:”eles agora estão aqui na Europa, porque antes nós, europeu, estivemos lá, na África, sendo bem recebidos mas dominando-os e roubando-lhes as riquezas; agora eles  vêm para cá e são rechaçados e mal recebidos”. Se conseguem passar as fronteiras, a primeira pergunta certa feita, sem sequer saudá-los é:”documentos”; não quem és? Como te chamas? De onde vens e o que buscas neste país? A maioria foge das guerras e da fome buscam apenas viver com um mínimo de paz.

Por detrás  do racismo contra os negros está a arrogância dos supremacistas brancos europeus e norte-americanos. Julgam-se no topo da pirâmide da hominização,considerando os negros, em razão da cor de sua pele, a escala intermediária entre o símio antropoide e o homem branco. Como foi possível que estas pessoas, cristianizadas, negaram totalmente a mensagem do Mestre de  Nazaré, não branco mas semita, que revelou serem todos os seres humanos filhos e filhas de Deus e por isso respeitáveis e amáveis? Mesmo os maiores filósofos e gênios não escaparam do vício racista, o que comprova a tese de que a cabeça pensa a partir de onde os pés pisam, no caso, num solo  cultural racista, antinegro africano.

Kant,o maior crítico da razão pura e da razão prática, não foi suficientemente crítico. É dele a afirmação:”Os negros da África não receberam da natureza nenhum sentimento que se elevasse acima da estupidez (…). Os pretos (…) são tão barulhentos que para acalmá-los recorremos a pauladas”. Hegel vai mais longe ainda:” “O negro encarna o homem no estado de natureza em toda a sua selvajaria e desenfreamento”. Portanto, “se queremos ter uma ideia correta dele, devemo-nos abstrair de qualquer noção de respeito, moral, de tudo o que se passa sob o nome de sentimento: neste caráter não podemos encontrar nada que contenha até mesmo um eco de humanidade. Os relatos detalhados dos missionários confirmam plenamente a nossa afirmação e parece que só o maometanismo ainda é capaz de aproximar os negros da cultura”. Com razão reconhecia Gramsci:”A história é mestra mas não tem discípulos” Estes maus discípulos forjaram a ideologia que legitimasse a escravidão e a supremacia dos brancos.

Todo o esforço do autor é mostrar aos jovens os grandes valores das culturas africanas, especialmente ao redor do conceito de Ubuntu:”eu só sou eu através e com você;  eu sou porque nós somos; a vida é sempre com os outros; o ser humano é o remédio do outro ser humano”. É o ser juntos, a comunhão do “nós somos” que funda a”comunhão de destino”.

Se isso for vivido não há porquê segregar, já por tantos séculos, milhões e milhões de africanos. Importa recordar que todos nós somos africanos, pois, o primeiro ser humano irrompeu na África e de lá se difundiu por todo o mundo. Hoje nos encontramos na mesma Casa Comum. Eles que foram os primeiros não podem ser considerados os últimos. Ao contrário, devemos agradecer-lhes porque neles se formaram as primeiras estruturas psíquicas,mentais,sentimentais e racionais que nos caracterizam enquanto humanos. Nesse sentido a Mãe África é perene e viverá sempre em nós, pois com ela formamos uma comunidade de destino junto com a outra Mãe, a Terra.

Leonardo é teólogo,filósofo e escritor e escreveu: O destino do homem e do mundo, Vozes 1973, várias edições.

O otimismo da vontade contra o colapsoo climático

Michael Löwy

Publicamos este texto do amigo e interlocutor Michael Löwy pela clareza das ideias e pela alternativa que oferece à crise mundial que nos afeta a todos e põe até em risco o nosso futuro. Sua posição é equilibrada e nos abre um horizonte de esperança. Vale a pena ler e aprofundar sua proposta pois representa uma utopia viável e esperançadora. LBoff

No último dia 3 de junho, o Fórum 21 e parceiros, como o Fórum Permanente da Intelectualidade Orgânica, promoveram um encontro com o intelectual marxista Michael Löwy, diretor do Centro Nacional de Pesquisa Científica (CNRS em francês) e um dos grandes estudiosos do pensamento revolucionário de esquerda, com obras sobreKarl Marx,Leon Trotski, Rosa Luxemburgo, György Lukács, Lucien Goldmann e Walter Benjamin; além de movimentos transgressores como o surrealismo e o romantismo e a teologia da libertação sobre a qual escreveu vários livros.

Desde 2013, inicialmente ao lado do filósofo marxista Leandro Konder (falecido em 2014), Löwy passou a coordenar a coleção Marxismo e literatura da editora Boitempo, de imensurável contribuição para a formação política dos leitores brasileiros e latino-americanos. Sua militância “faz dele um elo de fundamental importância entre inúmeros grupos políticos de esquerda dos dois lados do Atlântico” e “sua personalidade aberta, tolerante e avessa às frequentes rupturas entre marxistas faz com que atue nos mais diversos fóruns de debate pela coesão e pela construção do socialismo” (p. 11), aponta Ivana Jinkings e João Alexandre Peschanski em As utopias (Boitempo, 2007) de Michael Löwy .

Com essa bagagem de décadas de militância e de produção teórica, Löwy vem defendendo o Ecossocialismo, “um projeto civilizatório ancorado na democracia social e econômica, e no respeito à Natureza”, que agrega o que há “de melhor no socialismo e na ecologia”, explica. Em “O que é o Ecossocialismo?” (Cortez Editora, 2012), ele traz os fundamentos dessa concepção de mundo, ampliando e atualizando os conceitos abordados em Ecologia e Socialismo, publicado pela mesma editora em 2004.

Nessa palestra, ele explica o ecossocialismo e aponta como as lutas ecológicas e socialistas compartilham da mesma base antissistêmica, fundamental para o enfrentamento das mudanças climáticas e, em última instância, para a sobrevivência da humanidade no planeta. Afinal, por mais que os bilionários lancem foguetes para escapar do inferno ambiental que estão produzindo, a verdade é que “não existe Planeta B”.

Partindo da célebre frase de Gramsci, de que é preciso manter “o pessimismo da razão” e “o otimismo da vontade”, Löwy dividiu sua palestra em duas partes: na primeira, ele traz um diagnóstico sintético das catástrofes ambientais e políticas em marcha; na segunda, os caminhos (ainda) possíveis.

O pessimismo da razão

A situação da humanidade é grave. A crise ecológica e a mudança climática representam uma ameaça sem precedentes na história humana e diante disso, aponta Löwy, “a questão ambiental já é e será ainda mais a principal questão política, econômica, social e ética do século XXI”.

Nunca vivemos algo parecido em termos ambientais e de ameaça civilizatória. Pela primeira vez e num futuro não muito distante, a humanidade poderá chegar ao extremo de acabar com a água potável do planeta. Ao mesmo tempo, o nível do mar, devido ao derretimento das calotas polares da Groenlândia e da Antártica, poderá se elevar mudando completamente a paisagem que hoje conhecemos. “Bastam alguns metros, para que cidades como Rio de Janeiro, Recife, Amsterdã, Veneza, Londres, Nova York, Xangai, etc. fiquem debaixo d´água”.

Ante esse cenário trágico, soam cada vez mais “absurdas as discussões dos meios bancários, do sistema econômico e financeiro sobre quantos por cento do PIB serão perdidos para evitar as catástrofes ecológicas. Como você calcula o custo dessas cidades? Das vidas humanas?”, questiona Löwy e, sobretudo, “quem é responsável por essa situação, sem precedentes?”

Os cientistas usam o termo antropoceno para descrever atual era geológica, iniciada a partir dos anos 1940. “Uma era geológica em que o antropos (o ser humano) está mudando alguns dos parâmetros fundamentais do planeta, como o clima”. Embora “cientificamente correto” – realmente é a ação humana (antropos) que está provocando a crise – Löwy destaca que antropoceno é um termo “um pouco curto” porque a humanidade existe “há centenas de milhares de anos” sem crise ecológica.

A crise começa com a Revolução Industrial no século XVIII, agravando-se “muitíssimo depois da II Guerra Mundial, a partir de 1945”. A responsabilidade não é “da ação humana, em geral”, mas de “um modo particular de produção e de ação humana: o modo de produção capitalista industrial moderno”. Em sua avaliação a compreensão “de que o responsável pela crise ecológica e pelas mudanças climáticas é a civilização capitalista moderna, o sistema capitalista, vem sendo bastante aceita, e para além dos circuitos marxista e ecossocialista”.

Löwy cita os exemplos da encíclica Laudato Si’ do Papa Francisco, sobre o cuidado da Casa Comum, de 2015, que responsabiliza “o atual sistema [capitalista] globalizado, baseado em formas perversas de propriedade com o único critério de maximização do lucro” pela crise ecológica e pela desigualdade social. Destaca também a mobilização das juventudes pelo mundo afora e o impacto da ativista ambiental sueca Greta Thunberg, que afirma ser “matematicamente impossível resolver a crise ecológica nos quadros do atual sistema econômico”.

Posturas antissistêmicas que se confrontam com a “atitude totalmente ecocida” de figuras como Donald Trump e Jair Bolsonaro, que negam as mudanças climáticas, defendendo os interesses do que Löwy denomina de “oligarquia fóssil”, uma poderosa parcela da classe dominante ligada aos interesses do carvão, do petróleo e o do gás. “Um enorme conglomerado, poderosíssimo, o coração das classes dominantes no capitalismo. Essa oligarquia fóssil não quer ouvir falar em abandonar as energias fosseis obviamente porque seu poder econômico depende dessas fontes”, afirma.

Felizmente, “a maior parte dos governos e países reconhece que o problema existe e que ele é sério”. No entanto, combatê-lo demanda ações antissistêmicas porque “o sistema capitalista não pode existir sem acumulação do capital, do lucro, da mercadoria, do mercado. Não pode existir sem expansão e sem crescimento. Isso faz parte de sua natureza e desde o século XVIII, essa expansão e acumulação é baseada nas energias fósseis”, detalha.

Daí a dificuldade de conter a emissões de gases estufa, de combater o horizonte de catástrofes e de superar a fase retórica. Basta observar a sucessão de COPs (Conferências das Partes) das Nações Unidas, e a imensa dificuldade de se emplacar medidas que “limitem drasticamente, nos próximos anos e não daqui a 50 anos, a utilização e extração das energias fósseis. Esse fracasso dramático e preocupante das reuniões internacionais é o sinal de que o sistema não está disposto a enfrentar seriamente o problema”, avalia.

Otimismo da Vontade

Frente o trágico diagnóstico, Löwy apresenta, na segunda parte de sua exposição, o ecossocialismo,“uma síntese dialética entre o melhor do socialismo e o melhor da ecologia”, como a mais consequente das alternativas antissistêmicas e anticapitalistas. Em sua avaliação, “um socialismo que não seja ecológico, ou uma ecologia que não seja socialista, não terão condições de enfrentar o desafio da crise ambiental”. Neste sentido, o ecossocialismo é também “uma crítica ao socialismo produtivista que predominou no século passado e à ecologia de mercado”.

Por outro lado, a questão ambiental é marginal na obra de Marx e Engels, afinal, “no século XIX, a destruição não tinha esse caráter dramático que tem no século XX”. Mesmo assim, aponta, ela aparece na “correta intuição” de ambos sobre a destruição dos equilíbrios ecológicos pelo capitalismo. Apoiado, portanto, na crítica marxista do capitalismo, do fetiche da mercadoria, etc., o ecossocialismo confere centralidade à questão ecológica.

A questão ambiental não é “mais um capítulo do programa”. Ela passa a ser compreendida como “um fio condutor de toda concepção do socialismo do século XXI, que precisa ter como um de seus vetores principais o reestabelecimento da harmonia entre a sociedade humana e a natureza ou Mãe Terra’.

Segundo Löwy, o ecossocialismo rompe com a concepção que muitos marxistas tem do socialismo como “uma transformação das relações de produção”, que passariam da propriedade privada à propriedade coletiva, visando o livre desenvolvimento das forças produtivas. “Essa ideia de socialismo nós temos que abandonar, porque os problemas não são apenas as relações capitalistas de produção, mas o aparato produtivo capitalista, responsável pela crise ecológica e pelas mudanças climáticas”, alerta.

Após a Comuna de Paris (8 de março a 28 de maio de 1871), lembra Löwy, Marx escreveu sobre a breve tomada de poder pela população, apontando que “os trabalhadores não podem se apropriar do aparelho de Estado capitalista burguês, eles precisam quebrá-lo e criar outra forma de poder político, democrática e revolucionária”. O mesmo se aplica hoje para os ecossocialistas. É preciso “transformar radicalmente o aparelho produtivo do Estado, a começar pela transformação de suas fontes de energia”, e repensar o que vem sendo produzido por esse sistema, em busca de uma “profunda ruptura com o consumismo e o produtivismo”, salienta.

O ecossocialismo é “uma proposta muito ambiciosa de mudança de paradigma dos fundamentos da civilização capitalista industrial moderna”. Ele propõe “uma nova civilização, orientada por novos valores e critérios sociais, éticos, políticos, econômicos, ecológicos”. Um “projeto de transformação das estruturas do poder político, do poder econômico, do modo de produção e de suas relações”. É, portanto, uma proposta revolucionária e como tal implica o enfrentamento dos interesses das classes dominantes. Afinal, como afirmava Benjamin, “o capitalismo nunca vai morrer de morte natural”. Não irá desmoronar vítima de suas “contradições internas” como esperavam os socialistas, anarquistas e comunistas de outrora.

“O capitalismo só irá desaparecer se houver vontade política e social da grande maioria da população”. Se para Marx as revoluções são a locomotiva da história; para Benjamin elas são o puxar do freio de emergência pela população. “Nós somos passageiros de um trem suicida. Esse trem se chama civilização capitalista moderna. Ele está indo numa velocidade crescente em direção ao abismo que se chama catástrofe ecológica, catástrofe climática. A nossa tarefa revolucionária é parar esse trem suicida e louco. E mudar a sua direção”, aponta Löwy.

Em sua avaliação, somente com “muita mobilização, muita luta e muita pressão” será possível substituir as fontes de energia fósseis pelas renováveis. É preciso, ao mesmo tempo, diminuir a quantidade do consumo e da produção. E acabar com publicidade, devolvendo à população o poder de decisão sobre suas necessidades fundamentais, hoje exclusivamente nas mãos do mercado, salienta.

Para Löwy, é imprescindível “obliterar o avanço de iniciativas desastrosas” como a recente proposta de perfuração de petróleo na foz do Rio Amazonas. Temos de apresentar “ações concretas” voltadas ao “bloqueio das iniciativas mais destruidoras do sistema”.

“O ecossocialismo nunca acontecerá se não nos debruçarmos sobre coisas muito concretas. É no processo de luta social e ecológica que as pessoas vão tomando consciência dos problemas e das soluções possíveis”, salienta. Daí a aposta ecossocialista “na luta como pedagogia conscientizadora”, seguindo a trilha apontada por Rosa Luxemburgo para quem a “consciência crítica e revolucionária nasce da luta, da greve, do enfrentamento às elites”.

“A pedagogia mais eficaz é a pedagogia da luta. É através dela que as pessoas tomam consciência da necessidade de se organizar, de se auto-organizar, de quem é o adversário. Eu acredito muito na pedagogia das lutas. A gente nem sempre pode ganhar, mas pode… E tivemos vitórias importantes”, avalia Löwy ao finalizar sua apresentação com a máxima de outro revolucionário, Bertolt Brecht: “Quem luta pode perder, mas quem não luta já perdeu”.

Fonte: Newaleterr IHU 16/06/2023

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