Durante la pandemia qué leer y cómo leer: Occidente abraza al Oriente (III), Chuang-tzu y Teresa de Ávila

Por más que el mundo moderno se haya secularizado, el hecho es que gran parte de la humanidad encuentra el sentido de la vida en los caminos espirituales de sus respectivas culturas. Los caminos espirituales son muchos. Sin desmerecer otros, quiero destacar dos que están en la base de dos grandes culturas: la de Occidente y la de Oriente. Cabe recordar que espiritualidad no es saber sobre la Suprema Realidad, sino experimentarla a partir de la totalidad de nuestro ser.

Occidente afirma: existe el camino de la comunión personal con la Suprema Realidad que incluye el Todo.

El Oriente sostiene: existe el camino de la comunión con el Todo que incluye la Suprema Realidad.

En Occidente predomina la comunión personal y dialogal con la Suprema Realidad, que en la tradición judeocristiana y musulmana se llama simplemente Dios. No se trata de una experiencia intelectual, de la cabeza, sino amorosa, del corazón que siente, ama y vibra, envolviendo todo el ser. Maestros de esta experiencia son, entre otros, San Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz y Teilhard de Chardin. 

Dice San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual refiriéndose a Dios:

“Descubre tu presencia/Matéme tu vista y hermosura/Mira que la pena de amor no se cura/Sino con la presencia y la figura” (verso 11).

Santa Teresa de Ávila no es menos efusiva en sus Aspiraciones de vida eterna:

“Vivo sin vivir en mí, después que muero de amor/ porque vivo en el Señor/que me quiso para sí./ Cuando el corazón le dí/puse en él este letrero:/que muero porque no muero” (verso 1).

Este modo de hablar es el del enamoramiento, el del encuentro íntimo y profundo con Dios. A partir desta comunión yo-tú, se entrevé Dios en el Todo y en cada ser, como aparece en la mística cósmica de San Francisco que emocionalmente llama a las criaturas mis hermanas y mis hermanos. San Juan abre su primera epístola así: “Aquel que nosotros tocamos, que hemos visto con nuestros ojos y hemos oido con nuestros oidos, ese os lo comunicamos”. Es una experiencia concreta, tocar, sentir y ver.

En Oriente la experiencia primera reside en el Todo. Nada está aislado. Todo está relacionado formando el Gran Todo. El maestro yogui responde a la pregunta: “¿Quién eres tú? Él señala el universo y dice: tú eres todo eso, toda la realidad, parte del Todo, tú eres el Todo”. Nuestro extravío se produce porque hemos perdido la memoria sagrada de que somos un eslabón de la única y gran corriente de la vida, parcela del Todo. No hacemos una experiencia de no-dualidad con todas las cosas: somos árbol, somos pájaro, somos las estrellas, estamos sumergidos en el Todo. Y el Todo se llama Tao, la Suprema Realidad presente en todo.

Tomas Merton que vivió en Occidente la experiencia del Oriente tradujo “La vía de Chuang-tzu” (Vozes 1993).

Alguien preguntó a Chuang-tzu: ”Muéstrame donde puede ser encontrado el Tao. A lo que él respondió: No hay lugar donde el Tao no pueda ser encontrado: está en la hormiga, en la vegetación del pantano, en el pedazo de ladrillo, en el excremento, y concluyó: el Tao es grande en todo, completo en todo, integral en todo. Estos aspectos son distintos, pero la Realidad es el Uno” (p.158-159).

Como se deduce, las cosas son diversas pero todas desaguan en el Uno, en el Tao.

¿Cómo se lleva a cabo una experiencia de no-dualidad? Los orientales proponen como primer ejercicio: la experiencia de la luz. Ella incide sobre nuestras cabezas, baña todo el organismo, atraviesa las paredes de la casa, el jardín, la ciudad, el océano, toda la Tierra y se extiende por todo el universo. La persona, hecha luz, se siente unida a cada cosa, al Todo.

Los caminos de Oriente y de Occidente no son antagónicos sino complementarios. Ambos intentan, fundamentalmente, crear en nosotros lo que tanto buscamos: un centro a partir del cual todo se liga y re-liga y nos permite vivir el Todo. Poco importa el nombre con el que llamamos a ese centro. Corresponde a lo que significa Dios, Tao, Alá, Javé, Olorun. Ese centro está en nosotros pero también nos desborda. Es el misterio vivo e interior de nuestra vida y del universo.

Entre nosotros tenemos también la experiencia espiritual que subyace a las religiones afro-brasileras u otras que asimilan elementos africanos. Todo gira alrededor del axé, que corresponde más o menos al qi de los orientales o a la ruah, pneuma, spiritus de los occidentales: una energía cósmica que impregna toda la realidad y tiene sus principales portadores en los seres humanos. Exu, no es el demonio que se debe invocar, sino la principal expresión del axé. El axé actúa dentro de nosotros, como fuerza de irradiación y de captación de buenas energías, puestas al servicio de los demás. Por no entender la profundidad, ecológica incluso, de estas religiones de origen africano, son difamadas y hasta perseguidas por grupos neopentecostales que tienen poco de espiritual y de sentido de lo sagrado de todas las cosas.

Somos seres espirituales cuando nos sumergimos en nuestra profundidad y nos damos cuenta de que somos parte de un Todo que nos transciende. Estamos habitados por el espíritu, aquel momento de la conciencia por el cual tenemos la percepción de ser parte de un todo y que el Todo está en nosotros. 

La espiritualidad occidental u oriental tiene que ver con la experiencia de la Suprema Realidad, no con un saber, expresado en doctrinas, dogmas y ritos. Todo esto es parte de la religiones que nacieron de una experiencia espiritual, pero que no son la espiritualidad. Pueden fomentarla igual que pueden sofocarla por exceso de doctrinas. Ellas son agua canalizada, no fuente de agua cristalina. De esa agua todos tenemos sed. Al beberla nos hacemos más humanos y abiertos unos a otros y al Todo.

*Leonardo Boff ha escrito Espiritualidad: un camino de realización, Mar de Ideias, Rio 2016, y Meditación de la luz: el camino de la sencillez, Vozes 2010.

Traducción de Mª José Gavito Milano

La resurrección como insurrección: el verdugo no triunfa sobre la víctima

Lo que sustenta al cristianismo, en sus distintas expresiones históricas en diferentes iglesias, no es la referencia a un gran profeta o sabio, no es la cruz impuesta injustamente a alguien que pasó por el mundo haciendo solamente el bien, ni es la sangre derramada. Es la resurrección. Pierre Teilhard de Chardin, uno de los primeros que articuló la fe cristiana con la visión evolutiva del mundo, dice que la resurrección es un “tremendous” de significación universal que va más allá de la propia fe cristiana. Representaría una revolución dentro de la evolución. En otras palabras, una anticipación del fin bueno de toda la creación y la realización de todas las virtualidades escondidas dentro del ser humano que, prisionero del espacio-tiempo, no consigue dejarlas irrumpir. Él es un ser que está todavía naciendo . Y llega un momento, dentro del proceso cosmogénico en curso, en el que se da esta oportunidad de acabar de nacer. Entonces implosiona y explosiona el homo revelatus, el ser humano totalmente revelado y realizado en su plena hominización. Es la anticipación de la esperanza radical de que no la muerte sino la vida en plenitud escribe la última página de la historia humana y universal.

Para los portadores de la fe cristina, la resurrección es la realización en la persona de Jesús de lo que él anunciaba: el Reino de Dios. Este significa una revolución absoluta de todas las relaciones, inclusive cósmicas, inaugurando lo nuevo en el mundo. Esa revolución implica la superación de la muerte y el triunfo definitivo de la vida, no de cualquier tipo de vida, sino de una vida totalmente plenificada. En fin, el “novísimo Adán” (1Cor 15,45) acaba de irrumpir dentro de la historia.

San Pablo, inesperadamente, tuvo una experiencia del Resucitado cuando iba camino de Damasco a perseguir cristianos. A la luz de esa experiencia, se burla de la muerte y exclama: “ ¿Dónde, oh muerte, está tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, el aguijón con el que nos atemorizabas? La muerte fue tragada por la victoria. Gracias a Nuestro Señor Jesucristo” (1Cor 15,55-57).

El cristianismo vive y sobrevive por la fe en la resurrección de Cristo y no por la creencia en la inmortalidad del alma, tema que no es cristiano sino platónico. Aquí se decide todo, hasta el punto de que Pablo en su Primera Carta a los Corintios afirma con todas las palabras: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe; somos también falsos testigos, somos los más miserables de todos los hombres”(1Cor 15,14-19).

La explosión de luz se transforma en explosión de alegría. Contra la experiencia cotidiana de la mortalidad, especialmente ahora bajo la acción letal de la Covid-119, podemos mantener la fe y la esperanza de que los que fueron arrebatados, viven resucitados. Cristo, nuestro hermano, es el primero entre los hermanos y hermanas. Nosotros participamos de su resurrección, pues lo que ocurre en su humanidad, afecta a la humanidad que está también en nosotros. Entonces podemos decir: no vivimos para morir, morimos para resucitar.

Los muertos de los cuales no pudimos despedirnos, darles nuestro último homenaje ni hacerles el velorio, son solo invisibles. Ellos, resucitados, no están ausentes sino bien presentes. Esto puede enjugar nuestras lágrimas y dar sosiego a nuestro corazón.

Por otro lado, la resurrección representa una insurrección contra la justicia de los hombres, judíos y romanos, por la cual Jesús fue condenado al suplicio de la cruz. Esa justicia establecida y legal fue rechazada. Con la resurrección de Jesús triunfó la justicia del oprimido e injusticiado, venció el derecho del pobre. Cabe recordar que quien resucitó no fue un emperador con todo su poder político y militar, no fue un sumo sacerdote en la cima de su santidad, ni un sabio con la irradiación de su sabiduría. Fue un crucificado, un ajusticiado, muerto fuera de los muros de la ciudad, lo que significaba una suprema humillación.

La resurrección define el sentido de nuestra esperanza: ¿por qué morimos si ansiamos vivir siempre? ¿Qué sentido tiene la muerte de aquellos que sucumbieron en la lucha por la justicia de los humillados y ofendidos? ¿Quién dará sentido a la sangre de los anónimos, de los campesinos, de los obreros, de los indígenas, de los negros, de las mujeres y de los niños, derramada por los poderosos en razón del único crimen de reivindicar su derecho negado? La resurrección responde a estas preguntas inevitables del corazón. Ella garantiza que el verdugo no triunfa sobre la víctima. Significa el rescate de la justicia y del derecho de los débiles, de los subyugados y deshumanizados como lo fue el Hijo de Dios cuando pasó entre nosotros. Ellos heredan la vida nueva.

¿Cómo denominar la realidad resucitada que llegó a la culminación anticipada de la evolución? Los autores del Nuevo Testamento se enredan en los términos. Para un evento nuevo, nuevo lenguaje. El más pertinente, entre otros, es el de San Pablo: “el novísimo Adán” o “cuerpo espiritual” (1Cor15,45). El primer Adán trae consigo la muerte; el novísimo, Jesús resucitado, deja atrás la muerte. La expresión “cuerpo espiritual” parece contradictoria: si es cuerpo no puede ser espíritu; si es espíritu no puede ser cuerpo. Pero Pablo inteligentemente une los dos términos: es cuerpo, realidad concreta y no fantasmagórica, pero un cuerpo con cualidades del espíritu. Es propio del espíritu estar más allá de la materia, como ya lo vio Aristóteles. Por el espíritu habitamos las estrellas más distantes y tocamos la realidad divina. El espíritu posee una dimensión transcendental y cósmica. Eso sería la resurrección. No sin razón, Pablo elabora en sus epístolas toda una cristología cósmica: el Resucitado llena el universo y nos acompaña en las tareas más cotidianas.

Finalmente, cabe destacar que la resurrección es un proceso: comenzó con Jesús y se extiende por la humanidad y por la historia. Siempre que triunfa la justicia sobre las políticas de dominación, siempre que el amor supera la indiferencia, siempre que la solidaridad salva vidas en peligro, como ahora, obligados al aislamiento social, ahí está ocurriendo la resurrección, es decir, la inauguración de aquello que tiene futuro y será perennizado para siempre.

A quien cree en la resurrección, no le es permitido vivir triste, no obstante la oscuridad de la historia, como actualmente. El Viernes Santo es un paso que culmina con la resurrección. Es más que el triunfo de la vida; es la plena realización de la vida en todas sus virtualidades.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito: Nuestra resurrección en la muerte, Vozes 2012. Vida más allá de la muerte, Vozes, 26. edic. 2012; titulado en español Hablemos de la otra vida, Sal Terrae.

Traducción de Mª José Gavito Milano

El llanto de nuestras madres en plena Covid-19 y el llanto de la Madre de Dios

Son muchas las madres que lloran a sus hijos e hijas arrebatados por la Covid-19. El llanto de nuestras madres remite al llanto de María que acompañó a su hijo Jesús hasta el pie de la cruz (Jn 19,25).

Llega un soldado y perfora el costado y el corazón de Jesús. Dos conocidos suyos, cuya solidaridad superó el miedo, José de Arimatea y Nicodemo, desprenden su cuerpo de la cruz. Lo ungen y lo envuelven en vendas de lino con aromas. María recibe ahora en sus brazos el cuerpo del hijo herido y mutilado. La serenidad singular de su semblante pálido transfigura las llagas

El cuerpo estigmatizado recupera una rara hermosura. 

Mientras lo acaricia, María llora, y sollozando, dice:

Hijo mío, Hijo del alma, ¿qué te han hecho? 

Tú les anunciaste una gran liberación y ¡mira qué suerte te impusieron!

Tú curaste a tantos con tus manos ¡y cómo te traspasaron!

Hijo mío, Hijo de mi alma, ¿qué te han hecho? 

Tú restituiste la vida a tantos ¡y tantos se unieron para quitarte la vida!

Tú viviste haciendo el bien, solo el bien, ¡y mira el mal que te causaron! 

Hijo mío, Hijo de mi alma, ¿qué te han hecho? 

¿Qué más debías haberles hecho que no hiciste? 

¿No les diste el cuerpo, las túnicas y la vida? ¡Y ellos te levantaron en una cruz! 

¿Qué más debías haberles hecho que no hiciste? 

¿No les diste toda tu sangre? ¡Y ellos te perforaron el corazón

Hijo mío, Hijo de mi alma, cumpliste la voluntad del Padre que quería tu fidelidad hasta el fin: 

porque nunca te acomodaste a este mundo; porque no quisiste lo poco sino todo: el Reino de tu Padre, hecho de amor, de justicia y de fraternidad.

Descansa, Hijo mío, porque tu Padre por tu vida, por tu entrega y por tu muerte ya se apiadó y ofreció la salvación a todos. 

Así como engendró al Hijo de Dios y lo acompañó hasta la cruz (cf. Mc 15,4; Jn 19,25), María acompaña a sus hermanos y hermanas, todos nosotros, especialmente a nuestras madres ahora que está con cuerpo y alma en la gloria. Ella no es indiferente al drama de nuestras madres. Como en su Magnificat, tomó partido por los humildes contra los orgullosos, por los pobres contra los prepotentes (cf. Lc 1,51-53), y continúa suscitando mujeres valientes que se comprometen con la realización de la justicia y la superación de las discriminaciones impuestas a ellas secularmente. 

Hay una dimensión femenina y maternal en la salvación que Dios nos ofrece. Este carácter viene de María porque ella es madre de Cristo y madre de los hombres. La salvación divina es tierna como el amor materno; acogedora como el gesto de la magna mater que toma al hijito en sus brazos, lo acaricia y le da de comer (Jr 11,1-4); radical y entera como suele ser el amor de la mujer y de la madre (Is 49,15-16).

María sigue compadeciéndose de sus hermanas en la Tierra, las acompaña en su sufrimiento por las pérdidas que causa el virus letal, las reconforta con su mirada de comprensión, apoyo y empatía, como hizo con su hijo Jesús. 

Su cuerpo muerto, plantea una interrogación sin respuesta: ¿El sufrimiento injustamente infligido quién lo pagará? Dios no se desinteresa de los crímenes ni de las víctimas. “Se pedirán cuentas por la sangre de los profetas muertos desde el comienzo del mundo” (Lc 11,50) y por la sangre del profeta de los profetas que fue Jesús.

Y no solo eso, pedirá cuentas también por las dictaduras militares, como la nuestra de 1964, por las víctimas que hizo, como el periodista Vladimir Herzog en São Paulo, por las mujeres torturadas, violadas y muertas por el DOI-CODI de Río de Janeiro y por los descuartizados e incinerados de la Casa de la Muerte de Petrópolis. ¿Cómo alguien, a ejemplo de nuestro gobernante y de muchos militares, puede celebrar un crimen de lesa humanidad?

Dios exige reparación de la injusticia, que se hace mediante el cambio de la mente y del corazón (conversión). El clamor de la injusticia perversa no se desvanecerá hasta que no se haga la justicia necesaria. Siempre habrá espíritus que no se resignarán al cinismo y al pragmatismo, a la opresión y al secuestro de la libertad para mantener un orden que produce y reproduce siempre personas empobrecidas, a las que odia porque ya se han organizado para salir de la exclusión y se comprometen a cambiar este tipo de sociedad. 

Soñarán como Jesús con un mundo amoroso y justo para todos. Asumirán todos los riesgos para construirlo. Seguirán siendo condenados y crucificados en nombre de esta esperanza. Los ideales no son sepultados con sus cadáveres. Antes por el contrario, sus cuerpos lacerados por la represión y la violencia, se trasforman en sementera de nuevos seguidores: “si el grano de trigo no muere, no producirá fruto” (Jn 12,24).

La Pasión de Cristo va siendo completada por cada generación con sus compromisos y sus luchas, y tendrá sus mártires cuya sangre seguirá clamando al cielo por la llegada del Reino de amor y de justicia.

María llora sobre todos ellos, por las mujeres luchadoras, como lloró sobre Jesús. En el llanto de la madre de Dios está el llanto de todas nuestras madres que han perdido a sus seres queridos sin poder despedirse de ellos ni guardarles el luto debido. ¡Que María enjugue sus lágrimas y las consuele! 
El interrogante de todos se alza como un clamor hasta Dios: ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo? Y el Señor, que es misericordioso, mantendrá viva nuestra esperanza, transformando la pregunta en súplica: “Venga a nosotros tu reino de vida de amor y de justicia, así en la tierra como en el cielo”.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito: Tiempo de transcendencia: el ser humano como proyecto infinito, Sal Terrae 2009; Cristianismo: lo mínimo de lo mínimo, Trotta 2013.

Traducción de Mª José Gavito Milano

A ressurreição como insurreição: o verdugo não triunfa sobre a vítima

O que sustenta o Cristianismo, nas suas várias expressões históricas em diferentes igrejas, não é a referência a um grande profeta ou sábio, nem é a cruz imposta injustamente a alguém que passou pelo mundo somente fazendo o bem, nem o sangue derramado. É a ressurreição. Pierre Teilhard de Chardin que, um dos primeiros que articulou a fé cristã com a visão evolucionista do mundo, diz que a ressurreição é um “tremendous” de significação universal que vai além da própria fé cristã. Representaria uma revolução dentro da evolução. Em outras palavras, uma antecipação do fim bom de toda a criação e a realização de todas as virtualidades escondidas dentro do ser humano que, prisioneiro do espaço-tempo, não as consegue deixar irromper.Ele é um ser que ainda está nascendo. Eis que chega um momento, dentro do processo cosmogênico em curso, em que se dá esta oportunidade de acabar de nascer. Então implode e explode o homo revelatus o ser humano totalmente revelado e realizado em sua plena hominização. É a antecipação da esperança radical de que não a morte mas a vida em plenitude escreve a última página da história humana e universal.

A ressurreição é, para os portadores da fé cristã, a realização na pessoa de Jesus do que ele anunciava: o Reino de Deus. Este significa uma revolução absoluta de todas as relações,inclusive cósmicas, inaugurando o novo no mundo. Essa revolução implica a superação da morte e o triunfo definitivo da vida, não de qualquer tipo de vida, mas de uma vida totalmente plenificada. Em fim, o “novíssimo Adão” (1Cor 15,45) acaba de irromper dentro da história.

São Paulo, inesperadamente, teve uma experiência do Ressuscitado, quando estava a caminho de Damasco para prender cristãos. À  luz desta experiência, zomba da morte e exclama: “Oh morte, onde está a tua vitória? Oh morte, onde está o espantalho com o qual nos amedrontavas? A morte foi tragada pela vitória. Graças a Nosso Senhor Jesus Cristo”(1Cor 15,55-57).

O Cristianismo vive e sobrevive por causa da fé da ressurreição de Cristo e não pela crença na imortalidade da alma, tema que não é cristão mas platônico.  Aqui tudo se decide, a ponto de Paulo na sua Primeira Carta aos Coríntios  afirmar com todas as palavras:”Se Cristo não ressuscitou, vã é a nossa fé; somos também falsas testemunhas, somos os mais miseráveis de todos os homens”(1Cor 15,14-19).

A explosão de luz se transforma em explosão de alegria. Contra a experiência diuturna da mortalidade, especialmente agora sob a ação letal do Covid-119, podemos manter a fé e a esperança de que os que foram ceifados, vivem ressuscitados. Cristo, nosso irmão, é o primeiro entre os irmãos e as irmãs. Nós participamos de sua ressurreição, pois o que ocorre em sua humanidade, afeta a humanidade que está também em nós. Então podemos dizer: não vivemos para morrer. Morremos para ressuscitar.

Nos mortos dos quais nem pudemos nos despedir, prestar-lhes a última homenagem e fazer-lhes o velório, são apenas invisíveis. Eles, ressuscitados, não são ausentes mas bem  presentes. Isso pode enxugar nossas lágrimas e dar sossego ao nosso coração.

Por outro lado, a ressurreição representa uma insurreição contra a justiça dos homens, judeus e romanos, pela qual Jesus foi condenado ao suplício da cruz. Essa justiça estabelecida e legal foi refutada. Com a ressurreição de Jesus  triunfou a justiça do oprimido e injustiçado, venceu o direito do pobre. Cabe recordar, quem ressuscitou não foi um imperador com todo o seu poder político e militar, não foi um sumo sacerdote no alto de sua santidade, nem um sábio com a irradiação de sua sabedoria. Foi um crucificado, um assassinado, morto fora dos muros da cidade, o que significava uma suprema humilhação.

A ressurreição define o sentido de nossa esperança: por que morremos se ansiamos viver sempre? Que sentido tem a morte daqueles que sucumbiram na luta pela justiça dos humilhados e ofendidos? Quem dará sentido ao sangue dos anônimos, dos camponeses, dos operários, dos indígenas, dos negros, das mulheres e das crianças, derramado pelos poderosos em razão do único crime de reivindicarem seu direito negado? A ressurreição responde a estas interrogações inarredáveis do coração.Ela garante que o algoz não triunfa sobre a vítima. Significa o resgate da justiça e do direito dos fracos, dos subjugados e desumanizados como foi o Filho de Deus quando passou entre nós. Eles herdam a vida nova.

Como denominar a realidade ressuscitada que chegou à culminância antecipada da evolução? Os autores do Novo Testamento se embaraçam nos termos. Para um evento novo, nova linguagem. A mais pertinente, entre outras, é aquele de São Paulo: “o novíssimo Adão”ou “corpo espiritual(1 Cor 15,45). O primeiro Adão traz a morte consigo; o novíssimo, Jesus ressuscitado, deixou a morte para trás. A expressão “corpo espiritual” parece contraditória: se é corpo não pode ser espírito; se é espírito não pode ser corpo. Mas Paulo inteligentemente une os dois termos: é corpo, realidade concreta e não fantasmagórica, mas um corpo com qualidades do espírito. É próprio do espírito estar para além da matéria, como já viu Aristóteles. Pelo espírito habitamos as estrelas mais distantes e tocamos a realidade divina. O espírito possui uma dimensão transcendental e cósmica. Isso seria a ressurreição. Não sem razão, Paulo elabora em suas epístolas toda uma cristologia cósmica: o Ressuscitado enche o universo e nos acompanha nas tarefas mais cotidianas.

Por fim, cabe enfatizar que a ressurreição é um processo: começou com Jesus e se expande pela humanidade e pela história. Sempre que triunfa a justiça sobre as políticas de dominação,sempre que o amor supera a indiferença, sempre que a solidariedade salva vida sob risco como agora,obrigados ao isolamento social, aí está ocorrendo a ressurreição, vale dizer, a inauguração daquilo que tem futuro e será perenizado para sempre.

A quem crê na ressurreição, não lhe é mais permitido viver triste, não obstante a obscuridade da história como atualmente. A sexta-feira santa é uma passagem que culmina da ressurreição; é, mais que o triunfo da vida; comparece como a plena realização da vida em  todas as suas virtualidades.

Leonardo Boff é teólogo e escreveu: A nossa ressurreição na morte, Vozes 2012. Vida para lém da morte, Vozes, 26.edic. 2012.