Francisco de Asís, icono ecológico de una relación fraternal con cada ser de la naturaleza

La Covid-19 nos remite a un problema ecológico: la reacción de la Madre Tierra y de la naturaleza que, como entes vivos, han reaccionado contra la agresión sistemática que sufren desde hace siglos por parte del voraz proceso productivista que no respeta los límites de sostenibilidad y ha destruido los hábitats de los virus. Estos buscan en otros animales o en nosotros los humanos un nuevo hábitat, de cuyas células se alimentan. Es consecuencia del tipo de civilización científico-técnica que creamos a partir del siglo XVII que trataba a la Tierra y a la naturaleza sin propósito, y cuyo único valor era estar a disposición del uso de los seres humanos, para sacar ventajas de todo tipo, especialmente, económicas.

La visión secular de la Tierra como Magna Mater y Pachamama fue abandonada. Fué considerada como un baúl de recursos ilimitados en función de un proyecto de desarrollo tambien ilimitado, lo que es “una mentira” según la Laudato Si (n.106) por que un planeta pequeño y limitado no soporta un proyecto ilimitado .Sólo modernamente con la nueva cosmología y biología se ha recuperado la noción de la Tierra como un Super Ente vivo que se autoorganiza sistémicamente para mantenerse vivo y producir siempre vida, denominada Gaia.

Hoy, con la Covid-19, la concepción de la Tierra-Gaia y Pachamama de los pueblos andinos, ha adquirido relevancia. Nos muestra la urgencia de rehacer el contrato natural con ella, violado hace mucho, si queremos frenar su contraataque contra la humanidad. Ella ha enviado ya una gama de virus, entre ellos el actual coronavirus, que por primera vez está asolando a todo el planeta. Tales virus, junto al calentamiento global y otros eventos extremos son señales enviadas por la Madre Tierra para que reflexionemos y cambiemos nuestra forma da habitar en ella y nuestro modo destructivo de producción.

La lección que hay que sacar de estas señales es que debemos volver a sentirnos parte de la naturaleza y no sus dueños, y que nosotros los humanos somos la porción inteligente de la Tierra con la misión de cuidar de ella, como condición de nuestra propia supervivencia.

Para eso necesitamos figuras ejemplares que nos muestren que otra relación amigable y no destructiva para con la Madre Tierra y para con la naturaleza es posible. En verdad, es la única que se revela benéfica para ambas partes de este contrato natural.

En Occidente surgió un cristiano de excepcional calidad humana y religiosa que vivió una profunda fraternidad universal con todos los seres de la naturaleza: Francisco de Asís (1284-1226).

En su encíclica de ecología integral, Laudato Si: sobre el cuidado de la Casa Común, el Papa Francisco presenta a San Francisco «como el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es frágil, vivido con alegría y autenticidad. Es el patrono de todos los que estudian y trabajan en el campo de la ecología, amado también por muchos que no son cristianos» (n.10). Dice todavía más: «Corazón universal, para él cualquier criatura era una hermana, unida a ella por lazos de cariño; por eso se sentía llamado a cuidar de todo lo que existe… hasta de las hierbas silvestres que debían tener su lugar en el huerto» de cada convento de los frailes (n.11.12).

El historiador Lynn White Jr. en 1967 en su divulgado artículo “Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica” acusaba al judeocristianismo, por causa de su visceral antropocentrismo, de ser el factor principal de la crisis que en los días actuales se ha transformado en un clamor. Por otro lado, reconocía que ese mismo cristianismo tenía un antídoto en la mística cósmica de San Francisco de Asís. Para reforzar la idea sugería que fuese proclamado “patrono de los ecologistas”, cosa que hizo el Papa Juan Pablo II  el día 29 de Noviembre de 1979.

Efectivamente, todos sus biógrafos como Tomas de Celano, San Buenaventura, la Leyenda Perusina y otras fuentes de la época, afirman «la amigable unión que Francisco establecía con todas las criaturas; se llenaba de gozo inefable todas las veces que miraba el sol, contemplaba la luna y dirigía su mirada a las estrellas y al firmamento».

Daba el dulce nombre de hermanos y hermanas a cada criatura, a las aves del cielo, a las  flores del campo y hasta al feroz lobo de Gubbio. Construía fraternidad con los más discriminados como los hansenianos (leprosos) y con todas las personas, como el sultán Melek el Kamel de Egipto con quien mantuvo largos diálogos y mutuamente se admiraban.

En el hombre de Asís todo viene rodeado de cuidado, simpatía y ternura.

El filósofo Max Scheler en su conocido estudio sobre “La esencia y las formas de simpatía” (1926) le dedica brillantes y profundas páginas. Afirma que «nunca en la historia de Occidente surgió una figura con tales fuerzas de simpatía y de emoción universal como encontramos en San Francisco. Nunca más se pudo conservar la unidad y la entereza de todos los elementos como en San Francisco, en el ámbito de la religión, de la erótica, de la actuación social, del arte y del conocimiento» (1926, p.110). Tal vez por esta razón Dante Alighieri lo llamó el “sol de Asís” (Paraíso XI, 50).

Esta experiencia cósmica adquirió una forma genial en su “Cántico al hermano Sol”. Ahí encontramos una síntesis acabada entre la ecología interior con la ecología exterior.

Como mostró el filósofo y teólogo francés, el franciscano Éloi Leclerc (+1977), superviviente de los campos de exterminio nazi, para él los elementos exteriores como el sol, la tierra, el fuego, el agua, el viento y otros no eran apenas realidades objetivas sino realidades simbólicas, emocionales, verdaderos arquetipos que dinamizan la psique en el sentido de una síntesis entre el exterior y el interior y una experiencia de unidad con el Todo.

Estos sentimientos, nacidos de la razón sensible y de la inteligencia cordial, son urgentes hoy si queremos rehacer la alianza de sinergia y de benevolencia con la Tierra y sus ecosistemas.

El gran historiador inglés Arnold Toynbee reflexionó acertadamente: «Para mantener la biosfera habitable durante otros dos mil años, nosotros y nuestros descendientes tenemos que olvidarnos del ejemplo de Pedro Bernardone (padre de San Francisco), gran empresario de tejidos del siglo XIII, y de su bienestar material, y empezar a seguir el modelo de su hijo, Francisco, el más grande de todos los hombres que hayan vivido en Occidente. El ejemplo que nos da San Francisco es que los occidentales debemos imitarlo con todo nuestro corazón, porque es el único occidental que puede salvar la Tierra» (El País, 1972, p. 10-11).

Hoy San Francisco se ha convertido en el hermano universal que está más allá de las confesiones y culturas. La humanidad puede enorgullecerse de haber tenido un hijo con tanto amor, con tanta ternura y con tanto cuidado por todos los seres, por pequeños que parecieran.

Él es una referencia espontánea de una actitud ecológica que confraterniza con todos los seres, convive amorosamente con ellos, los protege contra las amenazas y los cuida como hermanos y hermanas. Él supo descubrir a Dios en las cosas. Acogió con jovialidad las enfermedades y las contradicciones de la vida. Llegó a llamar hermana a la propia muerte. Estableció una alianza con las raíces más profundas de la Tierra y con gran humildad se unía a todos los seres para cantar loores con ellos y no solo a través de ellos, como dice en su Cántico, a la belleza y a la integridad de la creación.

Como arquetipo, Francisco penetró en el inconsciente colectivo de la humanidad, en Occidente y en Oriente y desde allí anima las energías bienhechoras que se abren a la relación amorosa con todas las criaturas, como si estuviésemos aún en el paraíso terrenal (cf.L.Boff, Francisco de Assis: saudade do paraíso, Vozes 1986).

Él nos muestra que no estamos condenados a ser los agresores pertinaces de la naturaleza sino su ángel bueno que protege, cuida y transforma la Tierra en una Casa Común de todos, la comunidad humana y terrenal. Él suscita en nosotros la saudade de una integración que perdimos por causa de la ruptura que establecimos con la naturaleza y por ende con el Creador. Con él nos convencemos de que, por todos los lados, hay todavía señales del paraíso terrestre que nunca se perdió totalmente.

El espíritu de San Francisco, el hermano universal, podemos recrearlo dentro de nuestro interior e irradiarlo hacia el exterior, como lección aprendida del confinamiento social forzado.

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y ha escrito: Francisco de Assis: ternura e vigor, 12 edição, Vozes 2009. San Francisco de Asís, ternura y vigor, 8ª edición, Sal Terrae 2009.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Eduardo Newton: dedos de juristas devem trazer anéis de tucum

Publicamos este comovente e desafiante texto de Eduardo Newton extraído da Carta Capital de 14 de agosto de 2020. O anel de tucum era o grande símbolo que o bispo Dom Pedro Casaldáliga recebeu dos indígenas que sempre defendeu. Ele está difundido por todos os lados até no estrangeiro como símbolo da defesa dos povos originários, dos pobres e oprimidos e da teologia da libertação. Eu mesmo dando uma palestra quase no polo norte da Suécia em Umeo, encontrei dois suecos que traziam o anel. Perguntados, responderam com orgulho: “nós defendemos os nossos indígenas daqui, os samis e os pobres que existem também em nosso país; estivemos na Amazônia e encontramos indígenas, cuja causa de respeito e de sobrevivência prometemos levá-la pelo mundo afora”. Esse é o grande símbolo do anel de coco de tucum. Não poderiam os juristas, os que defendem os direitos a começar por aqueles dos que não podem sozinhos se socorrer, trazer junto com seu anel de advogado e jurista, este  símbolo de uma causa tão nobre? Fica aqui o desafio. LBoff

Eduardo Newton

14 de agosto de 2020 Carta Capital

Como poucos, D. Pedro Casaldáliga trazia comunhão pela causa dos oprimidos e excluídos do mundo inteiro em seu anel de tucum

No dia 08 de agosto de 2020, Pedro Casaldáliga, bispo emérito da Prelazia de São Félix do Araguaia, dava os seus últimos suspiros. O homem que se insurgiu contra a ganância daqueles que desejavam explorar o campo morreu no mesmo dia em que se anunciava o tétrico número de 100.000 mortos pela Covid-19. Este texto tem como objetivo homenagear o religioso e problematizar como o seu comportamento deveria, sem que implicasse qualquer violação ao caráter laico do Estado, influenciar os juristas verdadeiramente comprometidos com o Texto Constitucional vigente.

O catalão Pedro veio ao Brasil um pouco antes do Ato Institucional nº 05 e conheceu um Brasil profundo, quando então optou por lutar lado a lado de camponeses, indígenas e outras minorias vulnerabilizadas. A partir de seu relato para Ana Helena Tavares, depara-se com a sua condição de testemunha ocular do ocorrido naquelas paisagens do interior do Centro-Oeste:

Casaldáliga conta mais detalhes de sua chegada ao Brasil, comentando o quanto a paisagem mudou de lá para cá: ‘Foram quase sete dias de caminhão de São Paulo até aqui [São Félix do Araguaia]. Porque a estrada estava se abrindo, não tinha estrada. As pontes eram pequenas. Tinha muitos córregos. Agora, quando se faz o caminho de Barra do Garças para cá, não se tem ideia de como era a região. Está tudo desmatado. Os córregos profanados, alguns deles secos já perderam toda a vitalidade. Tinha mata. Se fala do Posto da Mata. Cadê a mata do posto?’”[i]

O religioso recentemente falecido destacou-se pela convicta e resoluta opção pelos pobres, o que se mostrava perfeitamente coerente com a sua inserção dentre os principais pensadores da Teologia da Libertação, que, por parte de Leonardo Boff, recebeu as seguintes considerações que se mostram idôneas a explicar essa escolha pelos vulnerabilizados:

Qual é o sonho da Teologia da Libertação? O de que todos, começando pelos mais pobres e oprimidos, possam se libertar das muitas opressões exteriores e interiores e viver como irmãos e irmãs em justiça, solidariedade, respeitosos da natureza e da Mãe Terra, numa grande comensalidade, desfrutando, com moderação compartida, os bons frutos da grande e generosa Mãe Terra.”[ii]

Muito embora integrasse uma milenar instituição, a Igreja Católica, Dom Pedro Casaldáliga, mesmo tendo sido nomeado bispo, não deixou se levar por ritos ou formalidades sem sentido para os seus companheiros de luta. Uma das maiores provas de sua simplicidade era aferida no uso do anel de tucum. Sobre essa joia desprovida de qualquer valor de troca, mais uma vez se recorre aos ensinamentos de Leonardo Boff:

O anel preto feito de coco de tucum que muitos bispos e até cardeais, teólogos, leigos, agentes de pastoral, cientistas políticos, antropólogos e outros carregam em seus dedos se transformou em sinal distintivo de uma comunhão pela causa dos oprimidos e excluídos do mundo inteiro (indígenas, negros, mulheres, minorias, discriminados por diferentes razões), por sua libertação e por um mundo onde eles possam ser incluídos.”[iii]

Essa modéstia não pode ser confundida com falta de conhecimento ou preparo intelectual. Dom Pedro Casaldáliga era um homem voltado para a práxis, um teórico preocupado com a efetiva fruição do Reino de Deus por todos os homens.

De fato, o já frágil corpo desse bispo descansou no dia 08 de agosto de 2020. A lei da entropia, mais uma vez, se fez presente diante de um ser vivo. Porém, esse desgaste que culminou com a sua morte não se mostrou capaz de apagar a vitalidade das ideais e do exemplo de Dom Pedro Casaldáliga, sendo certo que essa potência foi além do universo religioso.

Com arrimo em outro importante pensador da Teologia da Libertação e já citado neste texto, Leonardo Boff, depara-se com a necessidade de uma ampla participação para que a convivência se efetive:

Três são as pilastras que dão vida à convivência: a participação, a comunhão e a celebração. A participação de todos é essencial. Deve significar que todos os participantes se sentem sujeitos e responsáveis pela comunidade: distribuem entre si tarefas seja no nível da palavra, da celebração, dos serviços religiosos e dos trabalhos concretos decididos pela comunidade, geralmente, em articulação com outros grupos de base (…) Realizam-se parcerias entre os membros e com outros grupos (grupos de direitos humanos, grupos de saúde, de educação, de mulheres, de ecologia, de sem-terra, sem-teto e sindicato). Esta participação, novamente, obriga a buscar convergências e pôr em segundo plano as diferenças religiosas, ideológicas, de classe, entre outras.”[iv]

Além de se espelhar no irrestrito comportamento com os valores da democracia e dos direitos humanos, o meio jurídico tem sim muito o que aprender com Dom Pedro Casaldáliga e esse aprendizado se encontra inserido na necessidade de diálogo que a convivência exige.

Em um país tão desigual, é dever de todo ator jurídico conferir primazia em sua atuação para os mais pobres, repudiando, assim, condutas voltadas para a perpetuação da miséria e pobreza de expressivo contingente populacional. Esse agir não deve ser confundido com uma postura assistencialista, que, na verdade, acaba por não permitir o pleno desenvolvimento do cidadão. Aqui se está a falar na necessidade de se optar pelos pobres e isso como forma de que sejam efetivados os objetivos fundamentais da República. Esses objetivos fundamentais se encontram expressamente previstos no artigo 3º, Constituição da República:

Art. 3º Constituem objetivos fundamentais da República Federativa do Brasil:

I – construir uma sociedade livre, justa e solidária;

II – garantir o desenvolvimento nacional;

III – erradicar a pobreza e a marginalização e reduzir as desigualdades sociais e regionais;

IV – promover o bem de todos, sem preconceitos de origem, raça, sexo, cor, idade e quaisquer outras formas de discriminação.

No que se refere a esses objetivos fundamentais da República, Lenio Luiz Streck e José Luiz Bolzan de Morais apresentam as seguintes considerações sobre o artigo 3º, Carta Magna:

Os objetivos constitucionais fundamentais, como o art. 3º da Constituição, são a expressão das opções ideológicas essenciais sobre as finalidades sociais e econômicas do Estado, cuja realização é obrigatória para os órgãos e agentes estatais e para a sociedade, ou, ao menos, os detentores de poder econômico ou social fora da esfera estatal.”[v]

O vínculo com os objetivos fundamentais há de ser inquebrantável, ainda que essa escolha traga penosas e desagradáveis repercussões ao ator jurídico. É o ônus de uma postura que se mostra em conformidade constitucional e que respeita os pobres.

A chamada liturgia forense permeada por formalismos completamente desnecessários e que somente servem para afastar o jurisdicionado do sistema de justiça deve ser abolida. Em vez de becas, togas e linguagem cifrada, é preciso tornar a realidade forense acessível e o ambiente acolhedor. Palácios de justiça nababescos devem ser repensados para que a hospitalidade se faça também para o real titular do poder.

O glamour dos grandes escritórios ou posições de destaque nas instituições públicas certamente não serão alcançáveis para quem realizar essa verdadeira profissão de fé pelo Texto Constitucional. Mas, isso não é causa de qualquer frustração, pois é necessário compreender que as atividades jurídicas não se sustentam por si só. Elas se encontram inseridas em um projeto de servir uma parcela da população que ainda não sabe o que é a cidadania.

Em uma produção cinematográfica dos anos 1990, O Anel de Tucum, Dom Pedro Casaldáliga indica o simbolismo do seu anel de tucum e indaga o seu interlocutor se, após saber o sentido daquele humilde anel, toparia usá-lo. O pensamento do homenageado nesse texto, tal como afirmado, é marcado pela vitalidade e permite questionar aos juristas deste país se estariam prontos a usar anéis de tucum. Não seria a solução de todos os problemas, mas um passo para uma sociedade mais justa seria dado.

[i] TAVARES, Ana Helena. O problema é ter medo do medo. O que o medo da ditadura tem a dizer à democracia. Rio de Janeiro: Revan, 2016. p. 92

[ii] BOFF, Leonardo. Reflexões de um velho teólogo e pensador. Petrópolis: Vozes, 2018. p. 21.

[iii] BOFF, Leonardo. Virtudes para um outro mundo possível. Volume II: Convivência, respeito e tolerância. Petrópolis: Vozes, 2006. p. 37.

[iv] BOFF, Leonardo. Virtudes para um outro mundo possível. Volume II: Convivência, respeito e tolerância. Petrópolis: Vozes, 2006. pp.35-36

[v] STRECK, Lenio Luiz & MORAIS, José Luiz Bolzan. Comentários ao artigo 3º. IN: CANOTILHO, J. J. Gomes; MENDES, Gilmar F.; SARLET, Ingo W. & STRECK, Lenio L. (coordenadores). Comentários à Constituição do Brasil. São Paulo: Saraiva, 2013. p. 149.

 

 

Francisco de Assis, ícone ecológico de uma relação fraternal com cada ser da natureza

Francisco de Assis, ícone ecológico de uma relação fraternal com cada ser da natureza

Leonardo Boff

O Covid-19 remete a um problema ecológico: a reação da Mãe Terra e da natureza que, como entes vivos, reagiram contra a sistemática agressão que já há séculos sofrem pelo processo produtivista voraz que não respeita os limites de sustentabilidade e destruiu os habitat dos virus. Estes buscam em outros animais ou em nós humanos um novo habitat, de cujas células  se alimentam. É consequência do tipo de civilização técnico-científica que criamos a partir do século XVII que tratava a Terra e a natureza sem propósito e cujo único valor era estarem ao bel-prazer do uso dos seres humanos, para tirarem vantagens de todo tipo, especialmente, econômicas.

Foi abandonada a secular visão da Terra como Magna Mater e Pachamama. Só modernamente com a nova cosmologia e biologia se recuperou a noção da Terra como um Super Ente vivo que se auto-organiza sistemicamente para manter-se vivo e sempre produzir viva, denominada de Gaia.

Hoje com o Covid-19 a concepção da Terra-Gaia e Pachamama dos povos andinos, ganhou relevância. Ela  nos mostra a urgência de refazermos o contrato natural com ela, há muito violado, caso queiramos sustar seu  contra-ataque contra a humanidade.Ela já enviou uma gama de vírus, entre eles o atual Covid-19 que pela primeira vez está  assolando todo  o planeta. Tais vírus, ao lado do aquecimento global e de outros eventos extremos são sinais enviados pela Mãe Terra para refletirmos e mudarmos nossa forma da habitar nela e mudarmos nosso modo destrutivo de produção.

A lição que importa tirar destes sinais  é que devemos voltar a sentimo-nos parte da natureza e não seus donos e que nós humanos somos a porção inteligente da Terra com a missão de cuidarmos dela, como condição de nossa própria sobrevivência.

Para isso precisamos de figuras exemplares que nos mostrem que outra relação amigável e não destrutiva para com a Mãe Terra e para com a natureza é possível. Na verdade, é a única que se revela benéfica para ambas as partes deste contrato natural.

No Ocidente surgiu um cristão de excepcional qualidade humana e religiosa que viveu uma profunda fraternidade universal com todos os seres da natureza: Francisco de Assis (1284-1226).

Em sua encíclica da ecologia integral, Laudato Si: sobre o cuidado da Casa Comum, o Papa Francisco apresenta São Francisco “como o exemplo por excelência pelo cuidado pelo que é frágil, vivida com alegria e autenticidade. É o padroeiro de todos os que estudam e trabalham no campo da ecologia, amado também por muitos que não são cristãos”(n.10). Diz mais ainda:”Coração universal, para ele qualquer criatura era uma irmã, unida a ela por laços de carinho; por isso sentia-se chamado a cuidar de tudo o que existe…até das ervas silvestres que deviam ter o seu lugar no horto” de cada convento dos frades(n.11.12).

O historiador Lynn White Jr. em 1967 em seu rumoroso artigo “As raízes históricas de nossa crise ecológica” acusava o judeo-cristianismo, por causa de seu viceral antropocentrismo, como o principal fator da crise que nos dias atuais se transformou num clamor. Por outro lado, reconhecia que esse mesmo cristianismo tinha um antídoto na mística cósmica de São Francisco de Assis. Para reforçar a idéia sugeria que fosse proclamado “patrono dos ecologistas”,coisa que o Papa João Paulo II o fez no dia 29 de Novembro de 1979.

Efetivamente, todos os seus biógrafos como Thomas de Celano, São Boaventura, a Legenda Perusina e outras fontes da época, atestam “a amigável união que Francisco estabelecia com todas as criaturas; enchia-se de inefável gozo todas as vezes que olhava o sol, contemplava a lua e dirigia seu olhar para as estrelas e para o firmamento”.

Dava o doce nome de irmãos e irmãs a cada uma das criaturas, as aves do céu, as flores do campo e até ao feroz lobo de Gubbio. Constituía fraternidade com os mais discriminados como  os hansenianos (leprosos) e com todos as pessoas, como com o sultão Melek el Kamel no Egito com quem teve longos diálogos e mutuamente se admiravam.

No homem de Assis tudo vem cercado de cuidado, simpatia e enternecimento.

O filósofo Max Scheler em seu conhecido estudo sobre “A essência e as formas da simpatia”(1926) dedica-lhe brilhantes e profundas páginas. Assevera que “nunca na história do Ocidente emergiu uma figura com tais forças de simpatia e de emoção universal como encontramos em São Francisco. Nunca mais se pôde conservar a unidade e a inteireza de todos os elementos como em São Francisco, no âmbito da religião, da erótica, da atuação social, da arte e do conhecimento”(1926,p.110). Talvez seja por esta razão que Dante Alignieri o chamou de “sol de Assis” (Paradiso XI,50).

Esta experiência cósmica ganhou uma forma genial no seu “Cantico di Frate Sole”. Ai encontramos uma síntese acabada entre a ecologia interior com a ecologia exterior.

Como o filósofo e teólogo francês, o franciscano Eloi Leclerc (+1977), sobrevivente dos campos de extermínio nazista,   mostrou, que para ele, os elementos exteriores como o sol, a terra, o fogo, a água, o vento e outros não eram  apenas realidades objetivas mas realidades simbólicas, emocionais, verdadeiros arquétipos que dinamizam a psiqué  no sentido de uma síntese entre o exterior e o interior e de uma experiência de unidade com o Todo.

Estes sentimentos, nascidos da razão sensível e da inteligência cordial, são urgentes hoje se quisermos refazer a aliança de sinergia e de benevolência para com a Terra e seus ecossistemas.

Acertadamente ponderou o grande historiador inglês Arnold Toynbee:”Para manter a biosfera habitável por mais dois mil anos, nós e nossos descendentes, teremos de esquecer o exemplo de Pedro Bernardone (pai de São Francisco), grande empresário de tecidos do século XIII e seu bem-estar material e começar a seguir o modelo de seu filho, Francisco, o maior entre todos os homens que já viveram no Ocidente. O exemplo dado por São Francisco é que nós, os ocidentais, deveríamos imitá-lo de todo o coração, porque ele é o único ocidental que pode salvar a Terra”(El Pais,1972,p.10-11).

Hoje São Francisco se tornou o irmão universal que se situa para além das confissões e das culturas. A humanidade pode se orgulhar de ter produzido um filho com tal amor, com tanta ternura e com tão grande cuidado para com todos os seres, por menores que parecessem.

Ele é uma referência espontânea de uma atitude ecológica que se confraterniza com todos os seres, convive amorosamente com eles, os protege contra ameaças e os cuida como irmãos e irmãs. Ele soube descobrir Deus nas coisas. Acolheu com jovialidade as doenças e  as contradições da vida. Chegou a chamar de irmã a própria morte. Estabeleceu uma aliança com as raízes mais profundas da Terra e com grande humildade se unia a todos os seres para cantar louvores, junto com eles e não apenas através deles, como diz em seu Cântico, à beleza e à integridade da criação.

Como arquétipo, Francisco penetrou no inconsciente coletivo da humanidade, no Ocidente e no Oriente e de lá anima as energias benfazejas que se abrem à relação amorosa com todas as criaturas, como se estivéssemos ainda no paraíso terrenal (cf.L.Boff, Francisco de Assis: saudade do paraíso, Vozes 1986).

Ele mostra que não somos condenados a sermos os agressores pertinases da natureza mas o seu anjo bom que protege, cuida e transforma a Terra uma Casa  Comum de todos, da comunidade humana e terrenal. Ele suscita em nós a saudade de uma integração que perdemos por causa da ruptura que estabelecemos com a natureza. Com ele nos convencemos de que, por todos os lados,  há ainda sinais do paraíso terrestre que nunca se perdeu totalmente.

Podemos, com o espírito de São Francisco, o irmão universal, recriá-lo dentro de nosso interior  e irradiá-lo para  o exterior, como lição aprendida do confinamento social forçado.

Leonardo Boff é ecoteólogo,filósofo e escreveu: Francisco de Assis: ternura e vigor, 12.edição, Vozes 2009


Não assumimos a nova consciência planetária:Artemis II

Leonardo Boff As muitas viagens espaciais, seis tripuladas para a Lua, e outras que saíram até de nosso sistema solar e percorrem o espaço ilimitado do universo, não criaram, no geral da humanidade e muito menos nos dirigentes dos povos a nova consciência planetária que daí se deriva. Vivemos ainda no regime dos estados-nações, cada…

A Noite de Deus da paz perpétua

 

Nota prévia: escrevi este texto já há 15 anos. E o havia esquecido totalmente. Nem sei se foi publicado. Talvez no Jornal do Brasil para o qual colaborava. Mas uma amiga que possui, de tempos em tempos, visões de futuro, sombrias mas também esperançadoras descobriu este texto e mo enviou. Ela nutre a firme esperança de que o Covi-19 com as transformações que demanda,  prenuncia um tempo bom para toda a humanidade: o advento do Dia ou da Noite de Deus. Viu este texto meu, perdido, algo profético e antecipatório. Para alimentar a esperança de tantos acabrunhados com o isolamento social  republico-o agora para que possam se permitir um pouco de sonho, de esperança e de um destino de paz para a humanidade e para a Mãe Terra. Oxalá o sonho se transforme em ridente realidade. LB                  

 

C. G. Jung, um dos mestres fundadores do discurso psicanalítico junto com S. Freud, refere-se em suas obras aos grandes sonhos que podem visitar as pessoas. Ai emergem arquétipos ancestrais, carregados de mensagens que podem mudar o estado de consciência e até o destino das pessoas.

A mim me ocorreu um destes grandes sonhos no dia 23 de outubro deste ano de 2005 por volta das quatro da madrugada, em plena crise de artrose que me deixou preso em casa. A noite, de repente, virou dia. Era a noite sem armas, da paz perpétua. No contexto do referendo sobre o uso das armas vale a pena contar esse sonho.

Sonhei que estava na China, reminiscência de uma viagem que fizera com um grupo de teólogos brasileiros e canadenses nos anos 80. Em sonho vi que de uma encosta desciam multidões de chineses. Na China tudo é multidão. Nosso pequeno grupo foi tomado de medo. “Agora eles vêm para nos matar”. Mas na medida em que se aproximavam, escutavam-se vozes cada vez mais fortes: “agora é paz, agora é paz perpétua”.

Eu pensei: “é um truque deles para nos matarem a todos”. Ao contrário, quando se aproximaram, nos cercaram, dançando, abraçando-nos efusivamente e enchendo-nos de presentes. Alguns se estendiam traquilos por sobre a relva e nos convidavam a fazer o mesmo para estarmos todos juntos e à vontade

Começamos a ganhar confiança e também proclamávamos:”agora é paz, é paz perpétua”. Entretanto, um sentimento de estranheza me invadiu. Não conseguia me acostumar à ideia da paz perpétua nem como devia me comportar. A realidade era grande demais: um misto de alegria e de temor.

De repente pensei: “agora virão as bombas atômicas chinesas e nos liquidarão”. Mas o temor logo se desfez quando alguém ligou à televisão e lá não se viam mais violências nem futilidades, apenas a mensagem em todos os canais:”agora é paz, agora é paz.”.

De súbito um chinês se ergueu e disse: “preciso pagar minhas contas”. Mas logo se lembrou: “agora com a paz perpétua ninguém precisa pagar mais nada a ninguém porque todos terão tudo o que precisarem”.

Logo depois, vi uma roda de pessoas segurando alguém que parecia desmaiado. Logo percebi que se tratava do Presidente dos EUA. Da encosta desciam, graves e  solenes, os chefes chineses. Entraram numa sala junto com o Presidente norte-americano, agora refeito.

Pouco depois, abriram-se as portas e os chefes das duas nações proclamavam:”chegou o tempo da paz perpétua, da paz eterna”. Nisso escutei o Presidente norte-americano retrucar: “Teremos paz, mas isso só vale por duas semanas”.

No sonho fiquei profundamente prostrado e pensei:”O capitalismo desaparece com a paz. Ele precisa da guerra para existir”. Mas a certeza da paz era tão forte que todos se harmonizavam e não terminavam de sorrir e de se abraçar.

Era a primeira noite da era de Deus noite da paz perpétua.  Noite sereníssima e iluminada, realização do sonho mais ancestral da humanidade: a paz perpétua, paz sem  fim.

Nisso acordei cheio da graça divina. Apenas as dores dos joelhos me recordavam a diferença entre o sonho e a realidade. Mas no sentimento, o sonho era incomensuravelmente mais real que a realidade. Foi então que me lembrei dos versos místicos de São João da Cruz:

“Oh, noite mais amável que a alvorada. Oh, noite que juntaste o Amado com a amada, amada já no Amado transformada”.

Leonardo Boff é teólogo, filósofo e escritor