El Papa Francisco recupera el buen sentido de Jesús

El eje que estructura los discursos del Papa Francisco no son las doctrinas y los dogmas de la Iglesia católica. No es que no las aprecie, sabe que son elaboraciones teológicas creadas en diferentes momentos de la historia. Ellas provocaron guerras de religión, cismas, excomuniones, quema de teólogos y mujeres (como Juana de Arco y las que consideraban brujas) en la hoguera de la inquisición. Esto duró varios siglos y el autor de estas líneas tuvo una amarga experiencia en el cubículo donde se interrogaba a los acusados en el adusto edificio de la ex-Inquisición, situado a la izquierda de la basílica de San Pedro.

El Papa Francisco está revolucionando el pensamiento de la Iglesia remitiéndose a la práctica del Jesús histórico. Él recupera lo que hoy en día se llama “la Tradición de Jesús” que es anterior a los evangelios actuales, escritos 30-40 años después de su ejecución en la cruz. La Tradición de Jesús o también, como se llama en los Hechos de los Apóstoles “el camino de Jesús”, se funda más en valores e ideales que en doctrinas. Son esenciales el amor incondicional, la misericordia, el perdón, la justicia y la preferencia por los pobres y marginados y la total apertura a Dios Padre. Jesús, a decir verdad, no pretendió fundar una nueva religión. Él quiso enseñarnos a vivir. A vivir con fraternidad, solidaridad y cuidado de unos a otros.

Lo que más resalta en Jesús es su buen sentido. Decimos que alguien tiene buen sentido cuando tiene la palabra oportuna para cada situación, un comportamiento adecuado y cuando atina rápidamente con el meollo de la cuestión. El buen sentido está ligado a la sabiduría concreta de la vida. Es distinguir lo esencial de lo secundario. Es la capacidad de ver y de poner las cosas en su debido lugar. El buen sentido es lo opuesto a la exageración. Por eso, el loco y el genio que en muchos puntos se aproximan, se distinguen aquí fundamentalmente. El genio es aquel que radicaliza el buen sentido. El loco radicaliza la exageración.

Jesús, como nos dan testimonio los evangelios, se manifestó como un genio del buen sentido. Un frescor sin analogías atraviesa todo lo que dice y hace. Dios en su bondad, el ser humano con su fragilidad, la sociedad con sus contradicciones y la naturaleza con su esplendor aparecen con una inmediatez cristalina. No hace teología ni apela a principios morales superiores. Ni se pierde en una casuística tediosa y sin corazón. Sus palabras y actitudes muerden de lleno en lo concreto donde la realidad sangra y debe tomar una decisión ante sí mismo y ante Dios.

Sus amonestaciones son incisivas y directas: “reconcíliate con tu hermano” (Mt 5,24). “No juréis de ninguna manera” (Mt 5, 34). “No resistáis a los malos y, si alguien te abofetea la mejilla derecha, muéstrale también la otra” (Mt 5, 39). Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mt 5, 34). “Cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que da tu derecha” (Mt 6, 3).

Este buen sentido le ha faltado a la Iglesia institucional (papas, obispos y curas), no a la Iglesia de la base, especialmente en cuestiones morales. Aquí es dura e implacable. Las personas con su dolor son sacrificadas a los principios abstractos. Se rige antes por el poder que por la misericordia. Y los santos y sabios nos advierten: donde impera el poder, se desvanece el amor y desaparece la misericordia.

Qué diferente es el Papa Francisco. La cualidad principal de Dios, nos dice, es la misericordia. A menudo repite: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6, 36). Y explica el sentido etimológico de la misericordia: miseris cor dare: «dar el corazón a los míseros», a los que padecen. En la charla del Ángelus del 6 de abril de 2014 dijo con voz alterada: «Escuchad bien: no existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos». Y pide a la muchedumbre que repita con él: «No existe ningún límite para la misericordia divina ofrecida a todos».

Como un teólogo nos recuerda que Santo Tomás de Aquino afirma que, en lo que se refiere a la práctica, la misericordia es la mayor de las virtudes «porque se derrama hacia los otros y además los socorre en sus debilidades».

Lleno de misericordia ante los peligros de la epidemia de virus Zika abre espacio al uso de anticonceptivos. Se trata de salvar vidas: «evitar el embarazo no es un mal absoluto», dijo en su visita a México en febrero de este año. A los nuevos cardenales les dice con todas las palabras: «La Iglesia no condena para siempre. El castigo del infierno con el cual atormentaba a los fieles no es eterno». Dios es un misterio de inclusión y de comunión, nunca de exclusión. La misericordia siempre triunfa.

Esto significa que tenemos que interpretar las referencias de la Biblia al infierno no fundamentalísticamente, sino pedagógicamente, como una forma de llevarnos a hacer el bien. Lógicamente no se entra de cualquier manera en el Reino de la Trinidad. Hay que pasar por la clínica purificadora de Dios hasta irrumpir, purificados, dentro de la eternidad bienaventurada.

Tal mensaje es verdaderamente liberador. Y confirma su exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”. Esta alegría es ofrecida a todos, también a los no cristianos, porque es un camino de humanización y de liberación.

* Leonardo Boff es articulista del JB online y escribió:” Los derechos del corazón”, Paulus 2016.

Traducción de MJ Gavito Milano

Un ethos mondiale della cura. Per evitare l’abisso

Leonardo Boff*

La Carta della Terra, un documento nato da una consultazione di base dell’umanità, sotto il coordinamento di M. Gorbachev, con l’obiettivo di definire valori e principi per la salvezza della nostra civiltà, e approvato dall’Unesco nel 2003, inizia con questo severo avvertimento: «Ci troviamo in un momento critico della storia della Terra, in un’epoca in cui l’umanità è chiamata a scegliere il suo futuro (…): o stringiamo un’alleanza globale per prenderci cura della Terra e gli uni degli altri o potremo assistere alla distruzione della nostra specie e della biodiversità».

Nella sua enciclica Laudato si’, papa Francesco lancia un avvertimento analogo: «Basta guardare la realtà con sincerità per vedere che c’è un grande deterioramento della nostra casa comune» (n. 61). E aggiunge: «Mai abbiamo maltrattato e offeso la nostra casa comune come negli ultimi due secoli» (n. 53). Un comportamento, conclude, «che a volte sembra suicida» (n. 55).

La Carta della Terra e la Laudato si’ sono a mio parere gli unici documenti di carattere mondiale a offrire una proposta alternativa per la nostra relazione con la Terra, contrapponendo al paradigma della conquista e del dominio, proprio della modernità, il paradigma della cura e della responsabilità, proprio del presente. Due paradigmi opposti: quello moderno ci pone al di fuori e al di sopra della natura, nell’atto di dominarla, e quello nuovo ci fa sentire parte di essa, nell’atto di prendercene cura. Il nucleo della questione ecologica sta nella scelta tra queste due diverse relazioni con la Madre Terra: o di potere e di sfruttamento o di cura e convivenza.

Bisogna pertanto superare la trappola tesa dalle varie conferenze sul riscaldamento globale organizzate dall’Onu, ancora dominate dall’idea di poter superare la crisi con mezzi tecnici e dunque dalla proposta delle ricette di sempre, le quali non fanno che aggravare il problema anziché offrire un’alternativa al paradigma vigente. Diceva bene Albert Einstein: «Non possiamo risolvere i nostri problemi con lo stesso pensiero che li ha generati». A nulla serve limare i denti del lupo nell’illusione di fargli perdere la ferocia. La ferocia del lupo non è nei suoi denti ma nella sua natura. Un inganno in cui è fatalmente caduta quasi tutta la riflessione ecologica contemporanea, la quale si è limitata all’ambientalismo senza aprirsi a una visione integrale, quella basata sul presupposto che tutto è in relazione, come riconoscono l’enciclica e la Carta della Terra.

La nostra proposta è quella contenuta nel sottotitolo della Laudato si’: “La cura della casa comune”. Notiamo la sfumatura: il papa non parla semplicemente di pianeta o di Terra, ma adotta il linguaggio della ragione sensibile e cordiale, parlando di “casa comune” e di “Madre Terra”.

Il papa assume con decisione il nuovo paradigma, nato dalla nuova cosmologia, dalla fisica quantistica e dalle scienze della vita e della Terra, secondo cui tutti gli esseri sono sempre in relazione, sono interdipendenti e possiedono un valore intrinseco, indipendentemente dall’uso che ne fanno gli esseri umani: la Terra è la casa comune, un super-organismo vivente. La nuova ecologia pone l’accento sulla cultura della cura e della compassione e sull’articolazione permanente tra il grido della Terra e il grido dei poveri, riscattando quella ragione sensibile che corregge e arricchisce la ragione strumentale-analitica, la principale causa dell’attuale crisi ecologica.

Al di sopra di tutto, si impone il paradigma della cura. Se un giorno, a causa della nostra irresponsabilità, la Madre Terra non riuscisse più a produrre e a riprodurre la vita per tutti, ogni cosa verrebbe meno: la nostra civiltà, i nostri progetti, i nostri sogni e la nostra stessa esistenza. La Madre Terra – la Magna Mater degli antichi, la Nana degli orientali, la Pacha Mama dei popoli andini, la Gaia dei moderni – è, allora, la precondizione di tutto ciò che esiste e che possa esistere in questo mondo.

La descrizione convenzionale della Terra come pianeta composto da parti emerse, i continenti, e da fiumi, mari e oceani, è solo esteriore, e direi anche povera. La Terra è ben altro: è la coesistenza, l’inter-retro-relazione di tutti questi fattori sempre interdipendenti e articolati tra loro in modo da rendere la Terra un super-organismo vivo, dinamico e sempre pronto a produrre e riprodurre vita.

A partire dagli anni ’70, è apparso infatti chiaro alla maggior parte della comunità scientifica che la Terra non si limita a presentare vita sul suo suolo, ma offre un’articolazione così sottile ed equilibrata delle componenti fisiche, chimiche, energetiche ed ecologiche da essere in grado di mantenersi viva. Di tutto ciò, nel 2002, James Lovelock e la sua équipe hanno presentato le prove, trasformando quella che era solo un’ipotesi in una teoria scientifica (cioè in una verità scientifica). A ciò si aggiunge il fatto che, il 22 aprile 2009, l’Assemblea Generale dell’Onu ha approvato all’unanimità la proposta di trasformare la Giornata della Terra del 22 aprile in Giornata della “Madre Terra”, accogliendo con ciò l’idea che solo un essere vivente può produrre vita. Così è la Terra: un essere pieno di vita che genera vita. Afferma il grande biologo Edward Wilson che, se guardassimo un grammo di terra al microscopio, potremmo vedere 10 miliardi di microrganismi di 6mila specie differenti. È la prova che la Terra è viva.

Le minacce alla Madre Terra

Sono quattro le principali minacce che pesano sulla nostra casa comune. La prima è data dallo stile di vita moderno, le cui origini affondano nella nuova visione scientifica del mondo affermatasi nel XVI secolo, quando si è smesso di guardare alla Terra come alla grande generatrice di vita, per vederla come una cosa – res extensa –, un baule pieno di risorse a servizio dell’essere umano. Sulla base della tecnoscienza si è progettato un nuovo paradigma: quello della conquista e del potere come dominazione, allo scopo di sottomettere la natura, di conquistare altri popoli e di creare forme più efficaci di sfruttamento delle risorse della Terra in funzione del profitto. Ed è così che sono stati eliminati popoli interi, come in America Latina, e devastati interi ecosistemi, come la Foresta Atlantica e parte dell’Amazzonia.

Tale paradigma ha prodotto due ingiustizie: una sociale, con la creazione di una grande e diffusa povertà, e l’altra ecologica, con la devastazione di interi ecosistemi. A partire dal 1972, quando si è realizzato il primo bilancio sullo stato della Terra, scienziati e capi di Stato si sono resi conto che la Terra è malata. E la causa è il modello di sviluppo sfrenato e diseguale imposto in tutto il mondo. Oggi l’umanità ha toccato i limiti della Terra, acquisendo la consapevolezza di non poter mantenere l’attuale stile di vita. Se gli Usa, l’Europa e il Giappone volessero estendere a tutta l’umanità il loro livello di benessere, ci sarebbe bisogno perlomeno di cinque Terre uguali alla nostra. Ed è impossibile. È necessario cambiare perché ci sia più equità.

L’attuale stile di vita è individualista e consumista. Dobbiamo contrapporgli la sobrietà condivisa, la frugalità volontaria e la solidarietà nei confronti di chi meno ha. Possiamo essere più con meno.

Il 13 agosto 2015 si è registrato l’Earth Overshoot Day, il Giorno del sovrasfruttamento, quello in cui la Terra la esaurito la biocapacità di far fronte alle esigenze umane. Per farlo, c’è ora bisogno di 1,6 pianeti. In altre parole, il nostro stile di vita è insostenibile. Nel gennaio 2015, 18 scienziati hanno pubblicato sulla famosa rivista Science uno studio su “I limiti planetari: una guida per uno sviluppo umano in un mondo in cambiamento”. Lo studio elenca 9 aspetti fondamentali per la continuità della vita, tra cui l’equilibrio dei climi, la conservazione della biodiversità, la preservazione della fascia di ozono e il controllo dell’acidificazione degli oceani. Si incontrano tutti in uno stato di deterioramento, ma i più degradati sono i due che vengono definiti “limiti fondamentali”: il cambiamento climatico e l’estinzione delle specie. Il superamento di tali limiti può condurre la civiltà al collasso.

Prendersi cura della Terra significa opporre al paradigma della conquista che devasta gli ecosistemi quello della cura che preserva la natura, risana le ferite passate e previene quelle future. Dobbiamo produrre quello di cui abbiamo bisogno per vivere, ma rispettando i ritmi della natura e restando all’interno dei limiti di ogni ecosistema.

La seconda minaccia consiste nella macchina di morte rappresentata dalle armi di distruzione di massa, chimiche, biologiche e nucleari, che possono distruggere la vita intera in 25 diversi modi. Una minaccia a cui dobbiamo opporre una cultura della pace, del rispetto per i diritti della vita, della natura e della Madre Terra e la distensione e il dialogo tra i popoli. Invece del “chi vince e chi perde”, occorre perseguire il “vincono tutti”, cercando convergenze nella diversità.

La terza minaccia è la mancanza di acqua potabile. Di tutta l’acqua che esiste sulla Terra solo il 3% è acqua dolce, tutto il resto è acqua salata. Di questo 3%, il 70% è destinato all’agricoltura, il 20% all’industria e solo il 10% all’uso umano. Una quantità irrisoria che spiega perché più di un miliardo di persone soffra di insufficienza idrica. Il ciclo dell’acqua si sta riducendo di anno in anno, con il rischio di una grave crisi mondiale con migliaia e migliaia di vittime o di guerre violente per l’accesso alle fonti idriche. Che l’acqua si sia trasformata in merce è una perversità: l’acqua è un bene naturale, vitale, comune e insostituibile che non dovrebbe mai essere usato come fonte di lucro, perché non si può negoziare sulla vita, che è sacra.

Prendersi cura dell’acqua implica la cura delle foreste, perché sono queste le protettrici naturali di tutte le acque. Eppure, più della metà delle foreste umide mondiali è andata distrutta, alterando i climi, prosciugando i fiumi e riducendo le falde acquifere. Ciascun albero assorbe anidride carbonica e mediante la fotosintesi produce l’ossigeno necessario alla vita.

La quarta grande minaccia è rappresentata dal crescente riscaldamento della Terra. La geofisica del pianeta prevede la costante alternanza di fasi di freddo e di caldo. Ma tale ritmo naturale è stato alterato dall’eccessivo intervento umano: l’anidride carbonica, il metano e gli altri gas del processo industriale hanno creato una nube intorno alla Terra che trattiene il calore qui in basso, un calore che sta aumentando in maniera irrefrenabile. Ci stiamo avvicinando all’aumento di 2°C: con tale temperatura sarebbe ancora possibile amministrare i cicli della vita, ma anche così molte specie non riuscirebbero ad adattarsi e scomparirebbero. Secondo Edward Wilson, stanno scomparendo ogni anno tra le 27mila e le 100mila specie viventi. Un’autentica devastazione.

Gli scienziati ci avvertono che, se le cose non cambieranno, a metà di questo secolo la Terra potrebbe andare incontro a un brusco aumento di temperatura, anche di 4-6°C. Con questo aumento, ci avvisano, nessuna forma di vita conosciuta sarebbe risparmiata. La specie umana sarebbe in grave pericolo: grazie alla scienza e alla tecnologia qualche milione di persone potrebbe forse salvarsi, ma la grande maggioranza sarebbe condannata a scomparire. Nel caso peggiore, la Terra andrebbe avanti, coperta di cadaveri, ma senza di noi. E sarebbe una disgrazia indescrivibile. Il grande naturalista di origine francese Théodore Monod, nel suo libro L’avventura umana, ci ha lasciato questo avvertimento: «Siamo capaci di una condotta insensata e demente; a partire da adesso, si può temere tutto, proprio tutto, anche l’annientamento della specie umana».

A ragione, il chimico Paul J. Crutzen, Nobel per la Chimica nel 1995, ha parlato dell’avvento di una nuova era geologica: l’Antropocene. E molti scienziati lo hanno seguito. L’Antropocene configurerebbe una nuova era in cui la grande minaccia alla vita, il vero Satana della Terra, non è un meteorite ma lo stesso essere umano.

Per prenderci cura della Terra contro il riscaldamento globale dobbiamo cercare fonti alternative di energia, come la solare e l’eolica, perché è quella fossile – il motore della nostra civiltà industriale – a produrre, in gran parte, l’anidride carbonica. Siamo chiamati a vivere le diverse “erre” della Carta della Terra: ridurre, riusare, riciclare, riforestare, rispettare e respingere ogni appello al consumo.

La Terra che sente, pensa, ama, cura e venera

La Terra non ha generato solo noi esseri umani. Ha prodotto l’immensa comunità di vita, a partire dalla miriade di microrganismi che compongono il 90% di tutta la rete della vita. In tutti gli esseri viventi è presente lo stesso alfabeto genetico di base: i 20 aminoacidi e le quattro basi fosfatate. È la combinazione differenziata di questi elementi a creare la biodiversità all’interno della sacra unità della vita. È per questo che un legame di fraternità ci unisce tutti.

Noi, esseri umani, siamo quella porzione della Terra che, in un momento di alta complessità, ha cominciato a sentire, a pensare e ad amare. Siamo Terra, come si dice in Genesi 2,7 e come papa Francesco ribadisce nella sua enciclica (n. 2). Sentire che siamo Terra e prenderci cura di essa significa immergerci nella comunità terrena, nel mondo dei fratelli e delle sorelle, come vissuto esemplarmente da Francesco d’Assisi nella sua mistica cosmica e come ripetuto da papa Francesco (n. 10).

La coscienza collettiva sta lentamente incorporando la sfida di provvedere alla casa comune, rendendola abitabile per tutti, conservandola nella sua generosità e preservandola nella sua integrità e nel suo splendore. Nasce da qui un ethos mondiale della cura e della responsabilità collettiva, in grado di unire gli esseri umani al di là delle loro differenze culturali, affinché si sentano di fatto come figli e figlie della Terra, che la amano e la rispettano come propria madre. È importante, come afferma papa Francesco, «alimentare una passione per la cura del mondo» (n. 216). Del resto, siamo la stessa Terra che si preoccupa del proprio destino e cerca sempre più di provvedere a se stessa attraverso la nostra cura. E tutti siamo sotto la cura dello Spirito Creatore, del Dio che si è rivelato come «sovrano amante della vita» (Sap 11,26). E che, sicuramente, non permetterà che abbia fine la vita umana sulla Terra.


L’autore di questo articolo è Leonardo Boff, tra i padri fondatori della Teologia della Liberazione e massimo esponente del nuovo paradigma ecoteologico; tra le altre cose, ha scritto Grido della terra grido dei poveri. Per una ecologia cosmica (Cittadella, 1996), Il Tao della Liberazione (Fazi Editore, 2014) e Al cuore del Cristianesimo (Emi, 2013). Pubblicato per Adista Roma marzo 2016.


 

Eine Kultur, die das Herz in den Mittelpunkt stellt

Seit dem sogenannten Zeitalter der Aufklärung (1715 – 1789) hat unsere Kultur auf rigorose Weise das Verständnis von René Descartes (1596 – 1650) angewandt, demzufolge der Mensch „Herr und Meister“ der Natur ist und mit ihr nach eigenem Gutdünken verfahren kann. Descartes stellte die Vernunft und das wissenschaftliche Denken über alles: was vor diesen nicht bestehen kann, verliert seine Legitimität. Daraus folgte eine herbe Kritik an allen Traditionen, vor allem aber am traditionellen christlichen Glauben.

Dies verschloss auch dem Geist, der zu Wissen führt, ohne notwendigerweise über die rationalen Wege zu gehen, viele Türen. Bereits Blaise Pascal bemerkte diesen Reduktionismus in seinen „Gedanken“ über die „Logik des Herzens“ („Das Herz hat seine Gründe, die der Verstand nicht kennt“) und im „Esprit de Finesse“, das sich selbst vom „Esprit der Geometrie“ distanzierte, d. h. von der berechnenden und analytisch-instrumentellen Vernunft.

Doch was sorgfältig an den Rand gedrängt und sogar diffamiert wurde, war das Herz, das Organ der Feinfühligkeit und des Universums der Emotionen, unter dem Vorwand, dass es aus wissenschaftlicher Sicht „klare und unverwechselbare Ideen“ (Descartes) verderben würde.

Daraus entstand herzloses Wissen, das dem Ziel der Moderne dient, welches darin bestand und noch heute besteht, das Wissen in Macht zu verwandeln, eine Macht als Mittel, um die Natur, Völker und Kulturen zu beherrschen. Dies war das Verständnis, das allem Kolonialismus, Sklaverei und schließlich der Zerstörung der Anderen, wie der reichen Kulturen der indigenen Völker Lateinamerikas, zugrunde lag (man denke an Bartolomé de las Casas und seinen Bericht von der Verwüstung der westindischen Länder).

Erstaunlicherweise zeigte jede moderne Erkenntnistheorie, die sich auf Quantenmechanik, neue Astronomie, phänomenologische Philosophie und analytische Psychologie beruft, dass jegliches Wissen bereits von den Gefühlen des Subjekts geprägt ist, und dass das Subjekt und Objekt unauflöslich miteinander verbunden sind, teilweise auch durch verborgene Interessen (J. Habermas).

Von diesen Beobachtungen ausgehend und mit der erbarmungslosen Erfahrung moderner Kriege dachte man daran, das Herz zu rehabilitieren. Schließlich ist das Herz der Sitz der Liebe, der Zuneigung, des Mitgefühls, des Respektgefühls, der Basis menschlicher Würde und unveräußerlicher Rechte. Michel Mafessoli aus Frankreich, David Goleman aus den USA, Adela Cortina aus Spanien, Muniz Sodre aus Brasilien und viele andere rings um den Globus haben hart daran gearbeitet, die emotionale Intelligenz bzw. die sensible Vernunft oder die Vernunft des Herzens zu retten. Ich persönlich glaube, dass wir uns angesichts der globalen Krisen unseres Lebensstils und unseres Verhältnisses zur Erde ohne Vernunft des Herzens keinen Schritt in Richtung Rettung der Vitalität von Mutter Erde bewegen und die Zukunft unserer Zivilisation nicht gewährleisten können.

Was uns neu und wie eine Eroberung erscheint – die Rechte des Herzens – war Dreh- und Angelpunkt der großen Kultur der Maya in Mittelamerika, insbesondere in Guatemala. Da die dortige Bevölkerung nicht die Beschneidung durch die moderne Vernunft erfuhr, hielt sie treu an ihren Traditionen fest, die sie von ihren Großmüttern und Großvätern über die Generationen hinweg empfing. Die wichtigsten Texte darüber, das Popol Vuh und das Buch von Chilam Balam von Chumayel bezeugen diese Weisheit.

Ich habe oftmals an Maya-Zelebrationen mit deren Priestern und Priesterinnen teilgenommen. Diese finden immer um ein Feuer herum statt. Sie beginnen mit der Anrufung des Herzens der Winde, der Berge, des Wassers, der Bäume und des Herzens der Vorfahren. Diese Rufe geschehen unter einem lokal parfümierten Weihrauch, der viel Dampf entstehen lässt.

Als ich ihren Reden über die Energien der Natur und des Universums zuhörte, schien mir, dass, abgesehen von der unterschiedlichen Sprache, ihre Weltsicht sehr der Sicht der Quantenphysik ähnelt. Für sie ist alles Energie und Bewegung, zwischen Herausbildung und Zerfall (wir würden sagen: die Dialektik von Chaos und Kosmos), was dem Universum Dynamik verleiht. Sie waren bedeutende Mathematiker und erfanden die Zahl Null. Ihre Berechnungen der Sterne ähneln in vielerlei Hinsicht dem, was wir mit modernen Teleskopen herausfanden.

Sie bringen so schön zum Ausdruck, dass alles Existierende aus der liebenden Begegnung zweier Herzen entstand, dem Herz des Himmels und dem der Erde. Die Erde ist die Pacha Mama, ein lebendiges Wesen, das fühlt, intuitiv erfassen kann, vibriert und das die Menschen inspiriert. Menschen sind die „illustren Söhne und Töchter, die Sucher und Forscher über die Existenz“; dies erinnert uns an Martin Heidegger.

Das Wesen des Menschen ist das Herz, um das man sich kümmern muss, sodass es freundlich, verständnisvoll und liebend sein kann. Alle lebenslange Ausbildung besteht darin, die Dimension des Herzens zu kultivieren. Die La Salle Brüder leiten in der Hauptstadt von Guatemala eine große Hochschule – Prodessa -, wo junge Maya in einem zweisprachigen Internat leben können. Dort wird die Weltsicht der Maya aufgegriffen und systematisiert, und gleichzeitig wird das Wissen der Vorfahren integriert und verbunden mit der Moderne, vor allem in Verbindung mit der Landwirtschaft und einem respektvollen Verhältnis zur Natur.

Ich freue mich, mit einem Text zu schließen, den mir eine weise Maya-Frau am Ende eines Treffen mit Mayas gab: “Wenn du zwischen zwei Wegen wählen musst, frage dich, welcher der beiden ein Herz hat. Wer den Weg des Herzens wählt, wird sich nie irren“ (Popol Vuh).

Leonardo Boff Theologe und Schriftsteller

Übersetzt von Bettina Gold-Hartnack

 

 

A culture where the heart is at the center

Since the so-called Century of Lights, (1715-1789), our culture has rigorously applied the understanding of Rene Descartes, (1596-1650), that the human being is “lord and master” of Nature and can dispose of her at his whim. Descartes gave absolute value to reason and the scientific spirit: whatever cannot pass the test of reason, loses legitimacy. From this there followed a severe criticism of all traditions, especially of traditional Christian faith.

This also closed many windows of the spirit that permit knowledge without necessarily passing through the rational cannons. Blaise Pascal already noted that reductionism in his Thoughts about the logique du coeur, (“the heart has reasons unknown to reason”), and in the esprit de finesse, that differentiated itself from the esprit de géométrie, this is, from the calculating and analytical instrumental reason.

But what was thoroughly relegated to the margins and even defamed was the heart, the organ of the sensibility and of the universe of emotions, with the pretext that from the scientific point of view, it would spoil “clear and distinctive ideas” (Descartes). Thus arose a knowledge without heart, but functional to the goal of modernity, that was, and still is, of making knowledge a power, a power as a means of dominating nature, peoples, and cultures. That was the metaphysics (the understanding of reality) underlying all of colonialism, slavery, and eventually, the destruction of the different, such as the rich cultures of the original peoples of Latin America (remember Bartolome de las Casas with his History of the Destruction of the Indies).

Curiously, all modern epistemology that incorporates quantum mechanics, the new astrology, the phenomenological philosophy and analytical psychology have shown that all knowledge comes impregnated with the emotions of the subject, and that subject and object are indissolubly linked, sometimes by hidden interests (J. Habermas).

Starting from these observations and with the pitiless experience of modern wars, it was thought to rescue the heart. After all, in the heart resides love, affection, compassion, the feeling of respect, the bases of human dignity and inalienable rights. Michel Mafessoli, in France, David Goleman in the United States, Adela Cortina in Spain, Muniz Sodre, in Brazil and many others around the world, have worked hard to rescue emotional intelligence, or sensible or cordial reason. Personally, I believe that facing the globalized crises of our lifestyle and of our relationship with the Earth, without cordial reason, we will not move to safeguard the vitality of Mother Earth and guarantee the future of our civilization.

What appears new to us, and a conquest –the rights of the heart–, was the axis of the great Mayan culture of Central America, particularly in Guatemala. Since they did not experience the circumcision of modern reason, they faithfully kept the traditions that came through the Grandmothers and Grandfathers, throughout the generations. Their principal written texts, the Popol Vuh and The Books of Chilam Balam of Chumayel, bear witness to that wisdom.

I have participated many times in Mayan celebrations, with their priests and priestesses. They are always done around the fire. They start by calling to the heart of the winds, of the mountains, the heart of the waters, the trees and the heart of the ancestors. These calls are made in the middle of a native perfumed incense that produces a lot of smoke.

Listening to them talk of the energies of nature and of the universe, it seemed to me that, except for the differences of language, their cosmic vision was very much like quantum physics. Everything to them is energy and movement, between formation and disintegration (we would say: the dialectics of chaos-cosmos) that give dynamism to the Universe. They were eminent mathematicians and had invented the number zero. Their calculus of the course of the stars approximates in many ways what we have attained with modern telescopes.

Beautifully they say that everything that exists was born from the loving encounter of two hearts, the heart of Heaven and the heart of the Earth. The Earth is Pacha Mama, a living being who feels, intuits, vibrates and inspires human beings. Humans are the “illustrious sons and daughters, the investigators, the searchers of the existence”, affirmations that remind us of Martin Heidegger.

The essence of the human being is the heart, that must be cared for to be affable, understanding and loving. All the education that continues throughout life consists of cultivating the dimension of the heart. The Brothers of La Salle have in the capital city of Guatemala an immense College –Prodessa– where young Mayans live in a bilingual internship. There the Mayan cosmic vision is recaptured and systematized at the same time that ancestral knowledge is assimilated and combined with the modern, especially linked to agriculture and respectful relationships with nature.

I am pleased to end with a text that a wise Mayan woman passed to me at the close of an encounter with only Mayan people: “When you have to choose between two paths, ask yourself which of them has heart. Whoever chooses the path of the heart never will be wrong” (Popol Vuh).

Leonardo Boff is a brazilian theologian and ecologist, has written Christianity in a Nutshell, Orbis 2014

Free translation from the Spanish by
Servicios Koinonia, http://www.servicioskoinonia.org.
Done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.