La Carta Magna de la ecología integral: grito de la Tierra-grito de los pobres

Antes de hacer cualquier comentario vale la pena resaltar algunas singularidades de la encíclica Laudato sí del Papa Francisco.

Es la primera vez que un Papa aborda el tema de la ecología en el sentido de una ecología integral (por tanto que va más allá de la ambiental) de forma tan completa. Gran sorpresa: elabora el tema dentro del nuevo paradigma ecológico, cosa que ningún documento oficial de la ONU ha hecho hasta hoy. Fundamenta su discurso con los datos más seguros de las ciencias de la vida y de la Tierra. Lee los datos afectivamente (con inteligencia sensible o cordial), pues discierne que detrás de ellos se esconden dramas humanos y mucho sufrimiento también por parte de la madre Tierra. La situación actual es grave, pero el Papa Francisco siempre encuentra razones para la esperanza y para confiar en que el ser humano puede encontrar soluciones viables. Enlaza con los Papas que le precedieron, Juan Pablo II y Benedicto XVI, citándolos con frecuencia. Y algo absolutamente nuevo: su texto se inscribe dentro de la colegialidad, pues valora las contribuciones de decenas de conferencias episcopales del mundo entero, desde la de Estados Unidos a la de Alemania, la de Brasil, la de la Patagonia-Comahue, la del Paraguay. Acoge las contribuciones de otros pensadores, como los católicos Pierre Teilhard de Chardin, Romano Guardini, Dante Alighieri, su maestro argentino Juan Carlos Scannone, el protestante Paul Ricoeur y el musulmán sufí Ali Al-Khawwas. Los destinatarios somos todos los seres humanos, pues todos somos habitantes de la misma casa común (palabra muy usada por el Papa) y sufrimos las mismas amenazas.

El Papa Francisco no escribe en calidad de Maestro y Doctor de la fe sino como un Pastor celoso que cuida de la casa común y de todos los seres, no sólo de los humanos, que habitan en ella.

Un elemento merece ser destacado, pues revela la «forma mentis» (la manera de organizar su pensamiento) del Papa Francisco. Este es tributario de la experiencia pastoral y teológica de las iglesias latinoamericanas que a la luz de los documentos del episcopado latinoamericano (CELAM) de Medellín (1968), de Puebla (1979) y de Aparecida (2007) hicieron una opción por los pobres contra la pobreza y a favor de la liberación.

El texto y el tono de la encíclica son típicos del Papa Francisco y de la cultura ecológica que ha acumulado, pero me doy cuenta de que también muchas expresiones y modos de hablar remiten a lo que viene siendo pensado y escrito principalmente en América Latina. Los temas de la «casa común», de la «madre Tierra», del «grito de la Tierra y del grito de los pobres», del «cuidado», de la «interdependencia entre todos los seres», de los «pobres y vulnerables», del «cambio de paradigma», del «ser humano como Tierra» que siente, piensa, ama y venera, de la «ecología integral» entre otros, son recurrentes entre nosotros.

La estructura de la encíclica obedece al ritual metodológico usado por nuestras iglesias y por la reflexión teológica ligada a la práctica de liberación, ahora asumida y consagrada por el Papa: ver, juzgar, actuar y celebrar.

Comienza revelando su principal fuente de inspiración: San Francisco de Asís, al que llama «ejemplo por excelencia de cuidado y de una ecología integral, y que mostró una atención especial por los más pobres y abandonados» (n.10; n.66).

Y entonces empieza con el ver: «Lo que le está pasando a nuestra casa» (nn.17-61). Afirma el Papa: «basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común» (n.61). En esta parte incorpora los datos más consistentes referentes a los cambios climáticos (nn.20-22), la cuestión del agua (n.27-31), la erosión de la biodiversidad (nn.32-42), el deterioro de la calidad de la vida humana y la degradación de la vida social (nn.43-47), denuncia la alta tasa de iniquidad planetaria, que afecta a todos los ámbitos de la vida (nn.48-52), siendo los pobres las principales víctimas (n. 48).

En esta parte hay una frase que nos remite a la reflexión hecha en América Latina: «Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres» (n.49). Después añade: «el gemido de la hermana Tierra se une al gemido de los abandonados del mundo» (n.53). Esto es absolutamente coherente, pues al principio ha dicho que «nosotros somos Tierra» (n. 2; cf. Gn 2,7), muy en la línea del gran cantor y poeta indígena argentino Atahualpa Yupanqui: «el ser humano es Tierra que camina, que siente, que piensa y que ama».

Condena la propuesta de internacionalización de la Amazonia que «solamente serviría a los intereses económicos de las multinacionales» (n.38). Hace una afirmación de gran vigor ético: «es gravísima iniquidad obtener importantes beneficios haciendo pagar al resto de la humanidad, presente y futura, los altísimos costos de la degradación ambiental» (n.36).

Con tristeza reconoce: «nunca habíamos maltratado y lastimado a nuestra casa común como en los dos últimos siglos» (n.53). Frente a esta ofensiva humana contra la madre Tierra que muchos científicos han denunciado como la inauguración de una nueva era geológica –el antropoceno– lamenta la debilidad de los poderes de este mundo que, engañados, «piensan que todo puede continuar como está» como coartada para «mantener sus hábitos autodestructivos» (n.59) con «un comportamiento que parece suicida» (n.55).

Prudente, reconoce la diversidad de opiniones (nn.60-61) y que «no hay una única vía de solución» (n.60). Así y todo «es cierto que el sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista porque hemos dejado de pensar en los fines de la acción humana» (n.61) y nos perdemos en la construcción de medios destinados a la acumulación ilimitada a costa de la injusticia ecológica (degradación de los ecosistemas) y de la injusticia social (empobrecimiento de las poblaciones). La humanidad simplemente «ha defraudado las expectativas divinas» (n.61).

El desafío urgente, entonces, consiste en «proteger nuestra casa común» (n.13); y para eso necesitamos, citando al Papa Juan Pablo II: «una conversión ecológica global» (n.5); «una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad» (n.231).

Realizada la dimensión del ver, se impone ahora la dimensión del juzgar. Juzgar que es planteado en dos vertientes, una científica y otra teológica.

Veamos la científica. La encíclica dedica todo el tercer capítulo al análisis «de la raíz humana de la crisis ecológica» (nn.101-136). Aquí el Papa se propone analizar la tecnociencia sin prejuicios, acogiendo lo que ha traído de «cosas realmente valiosas para mejorar la calidad de vida del ser humano» (n. 103). Pero este no es el problema, sino que se independizó, sometió a la economía, a la política y a la naturaleza en vista de la acumulación de bienes materiales (cf.n.109). La tecnociencia parte de una suposición equivocada que es la «disponibilidad infinita de los bienes del planeta» (n.106), cuando sabemos que ya hemos tocado los límites físicos de la Tierra y que gran parte de los bienes y servicios no son renovables. La tecnociencia se ha vuelto tecnocracia, una verdadera dictadura con su lógica férrea de dominio sobre todo y sobre todos (n.108).

La gran ilusión, hoy dominante, reside en creer que con la tecnociencia se pueden resolver todos los problemas ecológicos. Esta es una idea engañosa porque «implica aislar las cosas que están siempre conectadas» (n.111). En realidad, «todo está relacionado» (n.117) «todo está en relación» (n.120), una afirmación que recorre todo el texto de la encíclica como un ritornelo, pues es un concepto-clave del nuevo paradigma contemporáneo. El gran límite de la tecnocracia está en el hecho de «fragmentar los saberes y perder el sentido de totalidad» (n.110). Lo peor es «no reconocer el valor propio de cada ser e incluso negar un valor peculiar al ser humano» (n.118).

El valor intrínseco de cada ser, por minúsculo que sea, está destacado de manera permanente en la encíclica (n.69), como lo hace la Carta de la Tierra. Negando ese valor intrínseco estamos impidiendo que «cada ser comunique su mensaje y dé gloria a Dios» (n.33).

La mayor desviación producida por la tecnocracia es el antropocentrismo. Este supone ilusoriamente que las cosas solo tienen valor en la medida en que se ordenan al uso humano, olvidando que su existencia vale por sí misma (n.33). Si es verdad que todo está en relación, entonces «nosotros los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas y nos unimos con tierno cariño al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre Tierra» (n.92). ¿Cómo podemos pretender dominarlos y verlos bajo la óptica estrecha de la dominación?

Todas las «virtudes ecológicas» (n.88) se pierden por la voluntad de poder como dominación de los otros y de la naturaleza. Vivimos una angustiante «pérdida del sentido de la vida y del deseo de vivir juntos» (n.110). Cita algunas veces al teólogo ítalo-alemán Romano Guardini (1885-1968), uno de los más leídos a mediados del siglo pasado, que escribió un libro crítico contra las pretensiones de la modernidad (n.105 nota 83: Das Ende der Neuzeit, El ocaso de la Edad Moderna, 1958).

La otra vertiente del juzgar es de corte teológico. La encíclica reserva un buen espacio al «Evangelio de la Creación» (nn. 62-100). Parte justificando el aporte de las religiones y del cristianismo, pues siendo la crisis global, cada instancia debe, con su capital religioso, contribuir al cuidado de la Tierra (n.62). No insiste en las doctrinas sino en la sabiduría presente en los distintos caminos espirituales. El cristianismo prefiere hablar de creación en vez de naturaleza, pues la «creación tiene que ver con un proyecto de amor de Dios» (n.76). Cita, más de una vez, un bello texto del libro de la Sabiduría (11,24) donde aparece claro que «la creación pertenece al orden del amor» (n.77) y que Dios es “el Señor amante de la vida” (Sab 11,26).

El texto se abre a una visión evolucionista del universo sin usar esa palabra, hace un circunloquio al referirse al universo «compuesto por sistemas abiertos que entran en comunión unos con otros» (n.79). Utiliza los principales textos que ligan a Cristo encarnado y resucitado con el mundo y con todo el universo, haciendo sagrada la materia y toda la Tierra (n.83). Y en este contexto cita a Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955, n.83 nota 53) como precursor de esta visión cósmica.

El hecho de que Dios-Trinidad sea relación de divinas Personas tiene como consecuencia que todas las cosas en relación sean resonancias de la Trinidad divina (n.240).

Citando al Patriarca Ecuménico de la Iglesia ortodoxa, Bartolomeo «reconoce que los pecados contra la creación son pecados contra Dios» (n.7). De aquí la urgencia de una conversión ecológica colectiva que rehaga la armonía perdida.

La encíclica concluye esta parte acertadamente: «el análisis mostró la necesidad de un cambio de rumbo… debemos salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos hundiendo» (n.163). No se trata de una reforma, sino, citando la Carta de la Tierra, de buscar «un nuevo comienzo» (n.207). La interdependencia de todos con todos nos lleva a pensar «en un solo mundo con un proyecto común» (n.164).

Ya que la realidad presenta múltiples aspectos, todos íntimamente relacionados, el Papa Francisco propone una “ecología integral” que va más allá de la ecología ambiental a la que estamos acostumbrados (n.137). Ella cubre todos los campos, el ambiental, el económico, el social, el cultural y también la vida cotidiana (n.147-148). Nunca olvida a los pobres que testimonian también su forma de ecología humana y social viviendo lazos de pertenencia y de solidaridad de los unos con los otros (n.149).

El tercer paso metodológico es el actuar. En esta parte, la encíclica se atiene a los grandes temas de la política internacional, nacional y local (nn.164-181). Subraya la interdependencia de lo social y de lo educacional con lo ecológico y constata lamentablemente las dificultades que trae el predominio de la tecnocracia, dificultando los cambios que refrenen la voracidad de acumulación y de consumo, y que puedan inaugurar lo nuevo (n.141). Retoma el tema de la economía y de la política que deben servir al bien común y a crear condiciones para una plenitud humana posible (n.189-198). Vuelve a insistir en el diálogo entre la ciencia y la religión, como viene siendo sugerido por el gran biólogo Edward O. Wilson (cf. el libro La creación: cómo salvar la vida en la Tierra, 2008). Todas las religiones «deben buscar el cuidado de la naturaleza y la defensa de los pobres» (n.201).

Todavía en el aspecto del actuar desafía a la educación en el sentido de crear una «ciudadanía ecológica» (n.211) y un nuevo estilo de vida, asentado sobre el cuidado, la compasión, la sobriedad compartida, la alianza entre la humanidad y el ambiente, pues ambos están umbilicalmente ligados, la corresponsabilidad por todo lo que existe y vive y por nuestro destino común (nn.203-208).

Finalmente, el momento de celebrar. La celebración se realiza en un contexto de «conversión ecológica» (n.216) que implica una «espiritualidad ecológica» (n.216). Esta se deriva no tanto de las doctrinas teológicas sino de las motivaciones que la fe suscita para cuidar de la casa común y «alimentar una pasión por el cuidado del mundo» (216). Tal vivencia es antes una mística que moviliza a las personas a vivir el equilibrio ecológico, «el interior consigo mismo, el solidario con los otros, el natural con todos los seres vivos y el espiritual con Dios» (n.210). Ahí aparece como verdadero que «lo menos es más» y que podemos ser felices con poco.

En el sentido de la celebración «el mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza» (n.12).

El espíritu tierno y fraterno de San Francisco de Asís atraviesa todo el texto de la encíclica Laudato sí. La situación actual no significa una tragedia anunciada, sino un desafío para que cuidemos de la casa común y unos de otros. Hay en el texto levedad, poesía y alegría en el Espíritu e indestructible esperanza en que si grande es la amenaza, mayor aún es la oportunidad de solución de nuestros problemas ecológicos.

Termina poéticamente “Más allá del sol”, con estas palabras: «Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza» (n.244).

Me gustaría acabar con las palabras finales de la Carta de la Tierra que el mismo Papa cita (n.207): «Que nuestro tiempo se recuerde por despertar a una nueva reverencia ante la vida, por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad, por acelerar la lucha por la justicia y la paz, y por la alegre celebración de la vida».

Leonardo Boff, teólogo y ecólogo

Traducción de Mª José Gavito Milano

Este texto es un capitulo del libro en italiano Curare la Madre Terra, EMI, Bologna 2015.

The Magna Carta of integral ecology: cry of the Earth-cry of the poor

Before making any comment it is worth highlighting some peculiarities of the Laudato si encyclical of Pope Francis.

It is the first time a pope addresses the issue of ecology in the sense of an integral ecology (as it goes beyond the environment) in such a complete way. Big surprise: he elaborates the subject on the new ecological paradigm, which no official document of the UN has done so far. He bases his speech with the safest data of life sciences and Earth. He reads the data affectionately (with a sensitive or cordial intelligence), as he discerns that behind them hides human tragedy and suffering and also for Mother Earth. The current situation is serious, but Pope Francis always finds reasons for hope and trust that human beings can find viable solutions. He links to the Popes who preceded him, John Paul II and Benedict XVI, quoting them frequently. And something absolutely new: the text is part of collegiality, as it values ​​the contributions of dozens of bishops’ conferences around the world, from the US to Germany, that of Brazil, Patagonia-Comahue, and Paraguay. He gathers the contributions of other thinkers, such as Catholics Pierre Teilhard de Chardin, Romano Guardini, Dante Alighieri, the Argentinian maestro Juan Carlos Scannone, Protestant Paul Ricoeur and the Sufi Muslim Ali Al-Khawwas. The recipients are all of us human beings, we are all inhabitants of the same common house (commonly used term by the Pope) and suffer the same threats.

Pope Francis does not write as a Master or Doctor of faith, but as a zealous pastor who cares for the common home of all beings, not just humans, that inhabit it.

One element deserves to be highlighted, as it reveals the “forma mentis” (the way he organizes hi thinking) of Pope Francis. This is a contribution of the pastoral and theological experience of Latin American churches in the light of the documents of Latin American Bishops (CELAM) in Medellin (1968), Puebla (1979) and Aparecida (2007), that were an option for the poor against poverty and in favor of liberation.

The wording and tone of the encyclical are typical of Pope Francis, and the ecological culture that he has accumulated, but I also realize that many expressions and ways of speaking refer to what is being thought and written mainly in Latin America. The themes of the “common home”, of “Mother Earth”, the “cry of the Earth and the cry of the poor”, the “care” of the “interdependence of all beings”, of the “poor and vulnerable “, the” paradigm shift, “the” human being as Earth “that feels, thinks, loves and reveres, the” integral ecology “among others, are recurrent among us.

The structure of the encyclical obeys to the methodological ritual used by our churches and theological reflection linked to the practice of liberation, now taken over and consecrated by the Pope: see, judge, act and celebrate.

First, he begins revealing his main source of inspiration: St. Francis of Assisi, whom he calls “the quintessential example of comprehensive care and ecology, who showed special concern for the poor and the abandoned” (n.10, n.66).

Then he moves on to see “What is happening in our home” (nn.17-61). The Pope says, “just by looking at the reality with sincerity we can see that there is a deterioration of our common home” (n.61). This part incorporates the most consistent data on climate change (nn.20-22), the issue of water (n.27-31), erosion of biodiversity (nn.32-42), the deterioration of the quality of human life and the degradation of social life (nn.43-47), he denounces the high rate of planetary inequality, which affects all areas of life (nn.48-52), with the poor as its main victims (n. 48).

In this part there is a phrase which refers to the reflection made in Latin America: “Today we cannot ignore that a true ecological approach always becomes a social approach and should integrate justice in discussions on the environment to hear both the cry of the Earth and the cry of the poor “(n.49). Then he adds: “the cries of the Earth join the cries of the abandoned of this world” (n.53). This is quite consistent since the beginning he has said that “we are Earth” (No. 2; cf. Gen 2.7.), Very in line with the great singer and poet Argentine indigenous Atahualpa Yupanqui: “humans beings are the Earth walking, feeling, thinking and loving.”

He condemns the proposed internationalization of the Amazon that “only serves the interests of multinationals” (n.38). There is a great statement of ethical force, “it is severely grave to obtain significant benefits making the rest of humanity, present and future, pay for the high costs of environmental degradation” (n.36).

He acknowledges with sadness: “We had never mistreated and offended our common home as much as in the last two centuries” (n.53). Faced with this human offensive against Mother Earth that many scientists have denounced as the beginning of a new geological era -the antropocene- he regrets the weakness of the powers of this world, that deceived, “believed that everything can continue as it is, as an alibi to “maintain its self-destructive habits” (n.59) with “a behavior that seems suicidal” (n.55).

Prudently, he recognizes the diversity of opinions (nn.60-61) and that “there is no single way to solve the problem” (n.60). However, “it is true that the global system is unsustainable from many points of view because we have stopped thinking about the purpose of human action” (n.61) and we get lost in the construction of means for unlimited accumulation at the expense of ecological injustice (degradation of ecosystems) and social injustice (impoverishment of populations). Mankind simply disappointed the divine hope “(n.61).

The urgent challenge, then, is “to protect our common home” (n.13); and for that we need, quoting Pope John Paul II, “a global ecological conversion” (n.5); “A culture of caring that permeates all of society” (n.231).
Once the seeing dimension is realized, the dimension of judgment prevails. This judging is done in two aspects, the scientific and the theological.

Let´s see the scientific. The encyclical devoted the entire third chapter to the analysis “of the human root of the ecological crisis” (nn.101-136). Here the Pope proposes to analyze techno-science, without prejudice, recognizing what it has brought such as “precious things to improve the quality of human life” (n. 103). But this is not the problem, but the independence, submitted to the economy, politics and nature in view of the accumulation of material goods (cf.n.109). Technoscience nourishes on a mistaken assumption that there is an “infinite availability of goods in the world” (n.106), when we know that we have surpassed the physical limits of the Earth and that much of the goods and services are not renewable. Technoscience has turned into technocracy, which has become a real dictatorship with a firm logic of domination over everything and everyone (n.108).

The great illusion, dominant today, lies in believing that technoscience can solve all environmental problems. This is a misleading idea because it “involves isolating the things that are always connected” (n.111). In fact, “everything is connected” (n.117) “everything is related” (n.120), a claim that appears throughout the encyclical text of the as a refrain, as it is a new contemporary paradigm key concept. The great limitation of technocracy is the fact of ‘knowledge fragmentation and losing the sense of wholeness “(n.110). The worst thing is “not to recognize the intrinsic value of every being and even denying a peculiar value to the human being” (n.118).

The intrinsic value of each being, even if it is minuscule, it is permanently highlighted in the encyclical (N.69), as does the Earth Charter. By denying the intrinsic value we are preventing “each being to communicate its message and to give glory to God” (n.33).

The largest deviation of technocracy is anthropocentrism. This means an illusion that things have value only insofar as they are ordered to human use, forgetting that its existence is valuable by itself (n.33). If it is true that everything is related, then “we humans are united as brothers and sisters and join with tender affection to Brother Sun, Sister Moon, Brother river and Mother Earth” (n.92). How can we expect to dominate them and view them within the narrow perspective of domination by humans?

All these “ecological virtues” (n.88) are lost by the will of power and domination of others to nature. We live a distressing “loss of meaning of life and the desire to live together” (n.110). He sometimes quotes the Italian-German Romano Guardini (1885-1968) theologist, one of the most read in the middle of the last century, who wrote a critical book against the claims of the modernity (n.105 note 83: Das Ende der Neuzeit, The decline of the Modern Age, 1958).

The other side of judgment is the theological. The encyclical reserves an important space for the “Gospel of Creation” (nos. 62-100). It begins justifying the contribution of religions and Christianity, as it is global crisis, each instance must, with its religious capital contribute to the care of the Earth (n.62). He does not insists in doctrines but on this wisdom in the various spiritual paths. Christianity prefers to speak of creation rather than nature, because “creation is related to a project of love of God” (n.76). Quote, more than once, a beautiful text of the Book of Wisdom (21.24) where it is clear that “the creation of the order of love” (n.77) and God emerges as “the Lord lover of life “(Wis 11:26).

The text opens for an evolutionary view of the universe without using the word, but doing a circumlocution referring to the universe “consisting of open systems that come into communion with each other” (n.79). It uses the main texts that link Christ incarnated and risen with the world and with the whole universe, making all matters of the Earth sacred (n.83). In this context he quotes Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955, n.83 note 53) as a precursor of this cosmic vision.
The fact that Trinity-God is divine and it related with people means that all things are related resonances of the divine Trinity (n.240).

Quoting the Ecumenical Patriarch Bartholomew of the Orthodox Church “recognizes that sins against creation are sins against God” (n.7). Hence the urgency of a collective ecological conversion to repair the lost harmony.

The encyclical concludes well with this part “The analysis showed the need for a change of course … we must escape the spiral of self-destruction in which we are sinking” (n.163). It is not a reform, but, citing the Earth Charter, but to seek “a new beginning” (n.207). The interdependence of all with all leads us to believe “in one world with a common project” (n.164).

Since reality has many aspects, all closely related, Pope Francis proposes an “integral ecology” that goes beyond the environmental ecology to which we are accustomed (n.137). It covers all areas, the environmental, economic, social, cultural and everyday life (n.147-148). Never forget the poor who also testify human and social ecology living ties of belonging and solidarity with each other (n.149).

The third methodological step is to act. In this part, the Encyclical observes the major issues of the international, national and local politics (nn.164-181). It stresses the interdependence of the social and educational aspect with ecological and sadly states the difficulties that bring the prevalence of technocracy, creating difficulty for the changes that restrain the greed of accumulation and consumption, that can be opened again (n.141) . He mentions again the theme of economics and politics that should serve the common good and create conditions for a possible human fulfillment (n.189-198). He re-emphasizes on the dialogue between science and religion, as it is being suggested by the great biologist Edward O.Wilson (cf. the book Creation: how to save life on Earth, 2008). All religions “should seek the care of nature and the defense of the poor” (n.201).

Still in the aspect of acting, he challenges education in the sense of creating “ecological citizenship” (n.211) and a new lifestyle, seated on caring, compassion, shared sobriety, the alliance between humanity and the environment, since both are umbilically linked, and the co-responsibility for everything that exists and lives and our common destiny (nn.203-208).

Finally, the time to celebrate. The celebration takes place in a context of “ecological conversion” (n.216), it involves an “ecological spirituality” (n.216). This stems not so much from theological doctrines but the motivations that faith arises to take care of the common house and “nurture a passion for caring for the world” (216). Such a mystical experience is what mobilizes people to live the ecological balance, “to those who are solidary inside themselves, with others, with nature and with all living and spiritual beings and God” (n.210). That appears to be the truth that “less is more” and that we can be happy with little.

In the sense of celebrating “the world is more than something to be solved, it is a joyous mystery to be contemplated in joy and with love” (n.12).

The tender and fraternal spirit of St. Francis of Assisi is present through the entire text of the encyclical Laudato. The current situation does not mean an announced tragedy, but a challenge for us to care for the common house and for each other. The text highlights poetry and joy in the Spirit and indestructible hope that if the threat is big, greater is the opportunity for solving our environmental problems.

The text poetically ends with the words “Beyond the Sun”, saying: “let’s walk singing. That our struggles and our concerns about this planet do not take away our joy of hope “(n.244).
I would like to end with the final words of the Earth Charter which the Pope quotes himself (n.207): ” Let ours be a time remembered for the awakening of a new reverence for life, the firm resolve to achieve sustainability, the quickening of the struggle for justice and peace, and the joyful celebration of life.¨

 This text is a chapter of a book in italien Curare la Madre Terra, EMI, Bologna 2015

Leonardo Boff is theologist and ecologist

A Carta Magna da ecologia integral: grito da Terra-grito dos pobres

         Antes de qualquer comentário vale enfatizar algumas singularidades da encíclica Laudato sí do Papa Francisco.

É a primeira vez que um Papa aborda o tema da ecologia no sentido de uma ecologia integral (portanto que vai além da ambiental) de forma tão completa. Grande surpresa: elabora o tema dentro do novo paradigma ecológico, coisa que nenhum documento oficial da ONU até hoje fez. Fundamental é seu discurso com os dados mais seguros das ciências da vida e da Terra. Lê os dados afetivamente (com a inteligência sensível ou cordial), pois discerne que por detrás deles se escondem dramas humanos e muito sofrimento também por parte da mãe Terra. A situação atual é grave mas o Papa Francisco sempre encontra razões para a esperança e para a confiança de que o ser humano pode encontrar soluções viáveis. Honra os Papas que o antecederam, João Paulo II e Bento XVI, citando-os com frequência. E algo absolutamente novo: seu texto se inscreve dentro da colegialidade, pois valoriza as contribuições de dezenas de conferências episcopais do mundo inteiro que vão dos USA, da Alemanha, do Brasil, da Patagonia-Camauhe até do Paraguai. Acolhe as contribuições de outros pensadores como os católicos Pierre Teilhard de Chardin, Romano Guardini, Dante Alighieri, de seu mestre argentino Juan Carlos Scannone, do protestante, Paul Ricoeur e do muçulmano sufi Ali Al-Khawwas. Por fim, os destinatários são todos os seres humanos, pois todos são habitantes da mesma casa comum (palavra muito usada pelo Papa) e padecem das mesmas ameaças.

O Papa Francisco não escreve na qualidade de Mestre e Doutor da fé mas como um Pastor zeloso que cuida da casa comum e de todos os seres, não só dos humanos, que habitam nela.

Um elemento merece ser ressaltado, pois revela a”forma mentis”(a maneira de organizar seu pensamento) do Papa Francisco. Este é tributário da experiência pastoral e  teológica das igrejas latino-americanas que à luz dos documentos do episcopado latinoamericano (CELAM) de Medellin (1968), de Puebla(1979) e de Aparecida (2007) fizeram uma opção pelos pobres contra a pobreza e em favor da libertação.

O texto e o tom da encíclica são típicos do Papa Francisco e da cultura ecológica que acumulou.  Mas me dou conta de que também  muitas expressões e modos de falar remetem ao que vem sendo pensado e escrito principalmente na América Latina. Os temas da “casa comum”, da “mãe Terra”, do“grito da Terra e do grito dos pobres”, do “cuidado”, da “interdependência entre todos os seres, “do valor intrínseco de cada ser”, dos “pobres e vulneráveis” da “mudança de paradigma” do “ser humano como Terra” que sente, pensa, ama e venera, da “ecologia integral” entre oturos, são recorrentes entre nós

A estrutura da encíclica obedece ao ritual metodológico usado por nossas igrejas e pela reflexão teológica ligada à prática de libertação, agora assumida e consagrada pelo Papa: ver, julgar, agir e celebrar.

         Primeiramente, revela sua fonte de inspiração maior: São Francisco de Assis, chamado por ele de “exemplo por excelência de  cuidado e de uma ecologia integral e que mostrou uma atenção especial aos pobres e abandonados”(n.10; 66).

E então começa com o ver: ”O que está acontecendo à nossa casa”(nn.17-61). Afirma o Papa :”basta olhar a realidade com sinceridade para ver que há uma deteriorização de nossa casa comum”( n.61). Nesta parte incorpora os dados mais consistentes com referência às mudanças climáticas (nn.20-22), à questão da água (n.27-31), à erosão da biodiversidade (nn.32-42), à deteriorização da qualidade da vida humana  e à degradação da vida social (nn.43-47), denucía a alta taxa de iniquidade planetária, afetando todos os âmbitos da vida (nn.48-52) sendo que as principais vítimas são os pobres (n. 48).

Nesta parte, traz uma frase que nos remete à reflexão feita na América Latina:”Hoje não podemos desconhecer que uma verdadeira abordagem ecológica sempre se torna uma abordagem social que deve integrar a justiça nas discussões sobre o ambiente para escutar tanto o grito da Tera quanto o grito dos pobres”(n.49). Logo a seguir acrescenta:”gemidos da irmã Terra se unem aos gemidos dos abandonados deste mundo”(n.53). Isso é absolutamente coerente, pois logo no início diz que “nós somos Terra”(n. 2; cf. Gn 2,7), bem na linha do grande cantor e  poeta indígena argentino Athaulpa Yupanqui:”o ser humano é Terra que caminha, que sente, que pensa e que ama”.

Condena a proposta de internacionalização da Amazônia que “apenas serviria aos intereses da multinacionais”(n.38). Há uma afirmação de grande vigor ético:”é gravíssima iniquidade  obter importantes benefícios fazendo pagar o resto da humanidade, presente e futura, os altíssimos custos da degradação ambiental”(n.36).

Com tristeza reconhece:”nunca temos ofendido nossa casa comum como nos últimos dois séculos”(n.53). Face a esta ofensiva humana contra a mãe Terra que muitos cientistas denunciaram como a inauguração de uma nova era geológica -o antropoceno – lamenta a debilidade dos poderes deste mundo que, iludidos, “pensam que tudo pode continuar como está”como alibi para “manter seus hábitos autodestrutivos” (n.59) com “um comportamento que parece suicida”(n.55).

Prudente, reconhece a diversidade das opiniões (nn.60-61) e que “não há uma única via de solução”(n.60). Mesmo assim “é certo que o sistema mundial é insustentável sob vários pontos de vista porque deixamos de pensar os fins do agir humano”(n.61) e nos perdemos na construção de meios destinados à acumulação ilimitada á custa da injustiça ecológica (degração dos ecossistemas) e da injustiça social (empobrecimento das populações). A humanidade simplesmente “defraudou a esperança divina”(n.61).

O desafio urgente, então, consiste em “proteger nossa casa comum”(n.13); e para isso precisamos, citando ao Papa João Paulo II : “de uma conversão ecológica global”(n.5); “uma cultura do cuidado que impregne toda a sociedade”(n.231).

Realizada dimensão do ver, se impõe agora a dimensão do julgar. Esse julgar é realizado por duas vertentes, uma científica e outra teológica.

Vejamos a científica. A encíclia dedica todo o terceiro capítulo na análie “da raíz humana da crise ecológica”(nn.101-136). Aqui o Papa se propõe analisar a tecnociência, sem preconceitos, acolhendo o que ela trouxe de“coisas preciosas para melhorar a qualidade de vida do ser humano”(n. 103).      Mas esste não é o problema. Ela se independizou, submeteu a economia, a política e a natureza em vista da acumulação de bens materiais (cf.n.109). Ela parte de um pressuposto equivocado que é a “disponibilidade infinita dos bens do planeta”(n.106), quando sabemos que já encostamos nos limites físicos da Terra e grande parte dos bens e serviços não são renováveis. A tecnociência se tornou tecnocracia, uma verdadeira ditadura com sua lógica férrea de domínio sobre tudo e sobre todos (n.108).

A grande ilusão, hoje dominante, reside na crença de que com a tecnociência se  podem resolver todos os problemas ecológicos. Essa é uma diligência enganosa porque “implica isolar as coisas que estão sempre conexas”(n.111). Na verdade, “tudo é relacionado”(n.117) “tudo está em relação”(n.120), uma afirmação que perpassa todo o texto da encíclica como um ritornelo, pois é um conceito-chave do novo paradigma contemporâneo. O grande limite da tecnocracia está no fato de  “fragmentar os saberes e perder o sentido de totalidade (n.110)“. O pior é “não reconhecer o valor intrínseco de cada ser e até negar um peculiar valor do ser humano”(n.118).

O valor intrínseco de cada ser, por minúsculo que seja, é permanenemente enfatizado pela encíclica (n.69) , como o faz a Carta da Terra. Negando esse valor intrínseco estamos impedindo que “cada ser comunique a sua mensagem e dê glória a Deus”(n.33).

O desvio  maior produzido pela  tecnocracia é o antropocentrismo moderno. Seu pressuposto ilusório é que as coisas apenas possuem valor na medida em que se ordenam ao uso humano, esquecendo que sua existência vale por si mesmo (n.33). Se é verdade que tudo está em relação, então,”nós seres humanos somos unidos como irmãos e irmãs e nos unimos com terno afeto ao irmão sol, à irmã lua, ao irmão rio e à mãe Terra”(n.92). Como podemos pretender dominá-los e vê-los na ótica estreita da dominação por parte do ser humano?

Todas estas “virtudes ecológicas”(n.88) são perdidas pela vontade de poder como dominação dos outros e da natureza. Vivemos uma angustiante “perda do sentido da vida e da vontade de viver juntos”(n.110). Cita algumas vezez o teólogo italo-alemão Romano Guardini (1885-1968), um dos mais lidos nos meados do século passado e que escreveu um livro critico contra as pretenções da mordernidade(n.83: Das Ende der Neuzeit, 1959)

A outra vertente do julgar é de cunho teológico. A encíclica reserva um bom espaço ao “Evangelho da Criação”(nn. 62-100). Parte justificando a contribuição das religiões e do cristianismo, pois sendo a crise global, cada instância deve, com o seu capital religioso, contribuir para o cuidado da Terra (n.62). Não insiste nas doutrinas mas  na sabedoria presente nos vários caminhos espirituais. O cristianismo prefere falar de criação ao invés de natureza, pois “criação tem a ver com um projeto de amor de Deus”(n.76). Cita, mais de uma vez, um belo texto do livro da Sabedoria (21,24) onde aparece claro que “a criação é da ordem do amor”(n.77) e que Deus emerge como “o Senhor amante da vida”(Sab 11,26).

O texto se abre para uma visão evolucionista do universo, sem usar a palavra, mas fazendo um circunlóquio, referindo-se ao universo “composto por sistemas abertos que entram em comunhão uns com os outros”(n.79). Utiliza os principais textos que ligam Cristo encarnado e ressuscitado com o mundo e com todo o universo, tornando sagrada a matéria e toda a Terra (n.83) É neste contexto que cita P.Teihard de Chardin (1881-1955, n. 83 nota 53) como precurssor desta visão cósmica.

O fato de o Deus-Trindade ser relação de divinas Pessoas tem como consequência que todas as coisas em relação sejam ressonâncias da Trindade divina (n.240).

Citando o Patriarca Ecumênico Bartolomeu da Igreja ortodoxa “reconhece que os pecados contra a criação são pecados contra Deus”(n.7). Daí a urgência de uma conversão ecológica coletiva que refaça a harmonia perdida.

A encíclica conclui esta parte, acertadamente:”a análise mostrou a necessidade de uma mudança de rumo….devemos sair da espiral de autodestruição em que nos estamos afundando”(n.163). Não se trata de uma reforma, mas, citando a Carta da Terra, de buscar “um novo começo”(n.207). A interdependência de todos com todos nos leva a pensar “num só mundo com um projeto comum”(n.164).

Já que a realidade apresenta mútiplos aspectos, todos intimamente relacionados, o Papa Francisco propõe uma  “ecologia integral” que vai além da costumeira ecologia ambiental (n.137). Ela recobre todos os campos, o ambiental, o econômico, o social, o cultural, o espiritual e também a vida cotidiana(n. 147-148). Nunca esquece os pobres que testemunham tambem sua forma de ecologia humana e social, vivendo laços de pertença e de solidariedade de uns para com os outros (n.149).

O terceiro passo metodológico é o agir. Nesta parte, a encíclica se atém aos grandes temas da política internacional, nacional e local (nn.164-181). Sublinha a interdependência do social e do educacional  com o ecológico e constata lamentavelmente os constrangimentos que o predomínio da tecnocracia traz, dificultando mudanças que refreiam a voracidade da acumulação e do consumo e que podem inaugurar o novo (n.141). Retoma o tema da economia e da política que devem servir ao bem comum e criar as condições de uma plenitude humana possível (n.189-198). Volta a insistir no diálogo entre a ciência e a religião, como vem sendo sugerido pelo grande biólogo Edward O.Wilson (cf. o livro  A criação :como salvar a vida na Terra, 2008). Todas as religiões “devem buscar o cuidado da natureza e a defesa dos pobres”(n.201)

Ainda no aspecto do agir desafia a educação no sentido de criar a “cidadania ecológica”(n.211) e um novo estilo de vida, assentado sobre o cuidado, a compaixão, a sobriedade compartida, a aliança entre humanidade e o ambiente, pois ambos estão umbilicalmente ligados e a corresponsabilidade por tudo o que existe e vive e pelo nosso destino comum (nn.203-208).

Por fim, o momento do celebrar. A celebração se realiza num contexto de “conversão ecológica”(n.216) que implica uma “espiritualidade ecológica”(n.216).  Esta se deriva não tanto das doutrinas teológicas mas das motivações que a fé suscita para cuidar da casa comum e “alimentar uma paixão pelo cuidado do mundo”(216). Tal vivência é antes uma mística  que mobiliza as pessoas a viverem o equilíbrio ecológico, “aquele interior consigo mesmo, aquele solidário com os outros, aquele natural com todos os seres vivos e aquele espiritual com Deus”(n.210). Aí aparece como verdadeiro que “o menos é mais” e que podemos ser felizes com o pouco.

No sentido de celebração “o mundo é mais que uma coisa a se resolver, é um mistério grandioso para ser contemplado na alegria e no louvor”(n.12).

O espírito terno e frateno de São Francisco de Assis perpassa todo o texto da encíclica Laudato sí.  A situação atual não significa uma tragédia anunciada, mas um desafio para cuidarmos da casa comum e uns dos outros. Há no texto leveza, poesia e alegria no Espírito e inabalável esperança de que se grande é a ameaça, maior ainda é a oportunidade de solução de nossos problems ecológicos.

Termina, poeticamente com as palavras “Para além do sol”, dizendo: “caminhemos cantando. Que nossas lutas e nossas preocupações por esse planeta não nos tirem a alegria da esperança”(n.244).

Apraz-me terminar com as palavras finais da Carta da Terra que o proprio Papa cita (n.207):”Que o nosso tempo seja lembrado pelo despertar de uma nova reverência face à vida, pelo compromisso firme de alcançar a sustentabilidade e pela intensificação no compromisso pela justiça e pela paz e pela alegre celebração da vida”.

Este texto será um capitulo de um livro em italiano Curare la Terra, Editrice EMI, Bologna 2015.

Leonardo Boff é colunista do JBonline

De ecclesia lascatorum: la chiesa delle schiappe

Il titolo – De ecclesia lascatorum – potrebbe far arricciare il naso a qualcuno. Alla fine del mio libro: Chiesa: carisma e potere, 1982), io ne promettevo la continuazione con il titolo: De Severina ecclesia, La chiesa dei Severini, cioè “la chiesa dei disgraziati e poveri” chiamati, nel nord-est, Severini. Non sono mai riuscito a scrivere quel libro anche se il cardinale Joseph Ratzinger, allora presidente della Congregazione per la Dottrina della fede, che aveva giudicato quello precedente, ogni tanto chiedeva informazioni se il libro annunciato era stato pubblicato o no. Era pieno di preoccupazioni per l’ortodossia del testo, dato che il tema dei poveri sempre mette paura ai portatori di potere.

Ma ecco che adesso appare un libro che ha realizzato quel mio proposito dei tempi andati. Arriva rifinito in forma profondamente spirituale, commovente e convincente dal mio caro e affezionatissimo confratello Frei Lency Frederico Smaniotto, che in Seminario veniva soprannominato affettuosamente ‘polentone’ o “testone” che recentemente ci ha lasciati.

Se qualcuno ha voglia di conoscere la radicalità di un francescano che ha preso a serio il messaggio innovatore del concilio Vaticano II, i documenti dell’episcopato latino-americano di Medellin e di Puebla, l’opzione radicale per i poveri e abbandonati e la Teologia della liberazione, legga questo libro, trattenga le lacrime perché la sua saga provoca commozione per coerenza, affetto, umiltà, coraggio e spiritualità francescana che ha paralleli nel padre Alfredino, in fra Damiano, nel Vescovo di Barra in Bahia, Dom Luis Fernando Cappio, nel vescovo di Sao Felix da Araguaia Dom Pedro Casaldaliga e, oso dire, anche nel Papa Francesco, tra gli altri.

Lui ha realizzato per filo e per segno quanto Papa Francesco aveva richiesto il 28 maggio 2015 ai francescani del mondo intero: che vivessero la minorità. Diceva il Papa: “Minorità” significa uscire da noi stessi, dai nostri schemi e punti di vista personali; significa andare al di là delle strutture che pure sono utili quando utilizzate saggiamente al di là degli abiti e al di là delle certezze per testimoniare una prossimità concreta con i poveri, i bisognosi, gli emarginati, con un atteggiamento autentico di compartecipazione e di servizio”. Frei Lency è stato concretamente un frate minore che si abbassava fino all’altezza degli occhi dell’interlocutore per poterlo vedere meglio.

Ha scritto il libro De Ecclesia Lascatorum, appoggiato a una bombola del gas. Lui non pretendeva far teologia, ma testimoniare una mistica con i più umiliati di questo mondo, servi sofferenti e invisibili della società. Non si tratta soltanto di scrivere, ma molto più di vivere, soffrire insieme e insieme buscarle, essere arrestati insieme, arrischiare la vita insieme e rallegrarsi insieme. Mille lotte e centinaia di sconfitte. Ma, come il Maestro, mai ha abbandonato i suoi. Sempre si è risollevato e ha ripreso la via-sacra dei lascados, in qualsiasi parte si ritrovassero.

Ha percorso le principali stazioni della passione popolare in vari Stati del Brasile. Effettivamente, Gesù è ancora inchiodato alla croce, ancora gocce disudore e sangue scorrono nel suo corpo e gridano preghiere a Dio. Frei si è associato a coloro che hanno ascoltato il lamento del Maestro. Insieme con tanti “lascados” Lency ha tentato di fare scendere Gesù dalla croce.

Trovo che questo libro è una delle testimonianze più vive, più forti e più persuasive della Chiesa dei poveri, onore della nostra Chiesa brasiliana e faro che illumina il cammino di tanti che, compassionevoli e solidali, vogliono ma non sempre possono seguire la stessa opzione.

Ma questa opzione è lì per dimostrare che il Vangelo dei “lascados” è vivo. Può essere vissuto nella radicalità con cui l’ha vissuto Francesco di Assisi, attuata da Francesco di Roma. Il suo messaggio è talmente di sfida che nessun editore ha avuto il coraggio evangelico di pubblicarlo. Ma “habent sua fata libelli” dicevano gli antichi: “i libri, quelli veri, hanno un loro destino”.

Il libro è completato da scritti di un altro che si è identificato con la popolazione afrodiscendente, frei David Raimundo Santos, che apre scuole e prepara gli studenti per l’università.

Frei Lency non è più visibile tra noi, anche se è sempre presente. Lui sta con i suoi lascados che lo hanno preceduto nella gloria. Finalmente sta con il Resuscitato, che non ha nascosto le sue piaghe di “lascado”. Dopo tante lotte, frei Lency non è morto: ha ascoltato la chiamata di Dio che gli ha sussurrato: «Mio caro figlio, Lency, come ti stavo aspettando! Tu vieni stanco e con il tuo corpo a pezzi. Adesso starai con me e ti porterò alla fonte dell’eterna giovinezza dove tutti i tuoi fratelli e sorelle “lascados” ti stanno aspettando. E come un’aquila che rinnova tutto il suo corpo, rivivrai. Più ancora, risusciterai per restare eternamente con noi, con quei “miei fratelli e sorelle minori nei quali io stavo presente e che tu mi hai servito e che adesso non soffrono più, e non piangono né si lamentano più perché tutto è passato».

“Vieni, mio caro figlio. Vieni perché io ti sto aspettando da sempre. Hai compiuto la tua missione come la mia quando andavo pellegrinando tra i poveri e “Lascados” della Palestina. Vieni, rimani con noi per sempre per tutti tempi che non avranno fine nel nuovo Cielo e nella nuova Terra dove non ci saranno più “lascados”, perché tutti saranno fratelli e sorelle, miei cari figli e figlie care”.

Leonardo Boff

amico, fratello, confratello
Traduzione di Romano e Lidia Baraglia