Desafíos a la educación ante los cambios en la vida y en la humanidad

La irrupción desde 2019 del coronavirus, afectando por primera vez a todo el planeta y a cada persona, pero no a nuestros animales domésticos como perros y gatos, tiene un significado que es importante descifrar. Nada en la naturaleza y en Gaia, nuestra Madre Tierra, es sin propósito.

¿Qué lección podemos sacar de esta pandemia? Para ello, no basta con hablar de ciencia, tecnología y todo lo demás. Tenemos que preguntarnos cuál es el contexto del virus, que no puede considerarse de forma aislada. Es necesario identificar las condiciones que han permitido su aparición y la devastación de la especie humana.

El Antropoceno y el Necroceno como contexto de la Covid-19

El contexto de la irrupción de la Covid-19 reside en el Antropoceno y en el Necroceno. En otras palabras, el motivo es la agresión sistemática que los seres humanos ejercemos contra la naturaleza y la Madre Tierra. Como muchos científicos afirman: hemos inaugurado una nueva era geológica, el Antropoceno. O sea, la gran amenaza a la vida y a la vitalidad de la Tierra no se debe a un meteoro rasante que ha caído en este planeta, sino a nosotros, los seres humanos. 

Como no tenemos ningún órgano especializado que garantice nuestra subsistencia –somos un ser biológicamente deficiente (Mangelwesen del antropólogo Arnold Gehlen)– y como tampoco tenemos un hábitat específico, tenemos que trabajar la naturaleza y así crear nuestro oikos (casa, hábitat) de modo a asegurar nuestra existencia y subsistencia. 

En este proceso de creación de nuestro hábitat, trabajando la naturaleza, identificamos varias etapas. En las primeras fases de la antropogénesis, hace millones de años, el ser humano tenía una relación de interacción armoniosa con la naturaleza. Más tarde, en el Neolítico, hace unos 10-12 mil años, pasó a una relación de intervención, con la gestión del agua, la irrigación y los cultivos agrícolas y animales, rompiendo ya la sinergia con la dinámica de la naturaleza. Después, en la era industrial, se pasó a la agresión directa, explotando la naturaleza sin tener en cuenta sus posibilidades y sus límites, con la falsa premisa de que los recursos naturales son infinitos y permitirían un desarrollo igualmente infinito. Sin embargo, una Tierra con bienes y servicios finitos no soporta un proyecto infinito. A pesar de ello, seguimos sin hacer caso de los límites, queriendo extraer de la Tierra lo que ya no puede darnos (la Sobrecarga de la Tierra, el Overshoot). Este proceso de sobreexplotación nos ha llevado a la fase actual de destrucción de la naturaleza. Ya no es el Antropoceno, sino el Necroceno, es decir, la devastación masiva de las formas de vida.

Estos son los datos terroríficos proporcionados por Edward Wilson, uno de los biólogos más importantes de la actualidad: cada año desaparecen unas 100.000 especies de seres vivos, después de millones y millones de años de presencia en el planeta. Un millón de otras especies también corren gran peligro de desaparecer. Aquí radica la causa de la irrupción del coronavirus: la relación agresiva y perjudicial del ser humano con su entorno vital, destruyendo los fundamentos físicos, químicos y ecológicos que mantienen la vida. Por lo tanto, es válida la declaración de la Laudato Si del Papa Francisco: “Nunca hemos maltratado y lastimado tanto nuestra casa común como en los dos últimos siglos” (n.53). Y continúa: “Las previsiones catastróficas ya no pueden ser miradas condesprecio e ironía … hemos superado las posibilidades del planeta de tal manera que el estilo de vida actual solo puede terminar en catástrofes” (n.161). En su otra encíclica, Fratelli tutti, que es una profundización de la Laudato Si, el papa afirma enfáticamente; “Estamos en el mismo barco: o nos salvamos todos o nadie se salva” (n.32). Por eso pide una conversión ecológica radical (n.5).

En esta misma dirección va la Carta de la Tierra de 2003, uno de los documentos más importantes nacidos desde abajo, partiendo de la consulta a miles de personas de todo el mundo y de todas las clases sociales, asumida por la UNESCO como una contribución para una nueva educación, que afirma en su primer párrafo: “Estamos ante un momento crítico de la historia de la Tierra, en un momento en el que la humanidad debe elegir su futuro… O formamos una alianza mundial para cuidar de la Tierra y unos de otros, o nos arriesgamos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida”. 

Para cerrar este escenario amenazador conviene citar la última frase de uno de los mayores historiadores del siglo XX, el inglés Eric Hobsbawn, en su conocido libro-síntesis La era de los extremos (1994). «El futuro no puede ser la continuación del pasado… Nuestro mundo corre el peligro de explosión y de implosión… No sabemos hacia dónde vamos. Sin embargo, una cosa es segura: si la humanidad quiere tener un futuro que valga la pena, no puede ser a base de prolongar el pasado o el presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, vamos a fracasar. Y el precio del fracaso, o sea, de la alternativa a un cambio de la sociedad, es la oscuridad» (p.562). En otra parte del libro, habla sobre nuestra autodestrucción.

Lo que nos está salvando frente a la irrupción de la Covid-19

¿Cómo hay que interpretar la Covid-19 en este contexto dramático? Es una señal enviada por la Madre Tierra para decirnos: “ustedes no pueden seguir con esta agresión y con este espíritu de destrucción contra mí, de lo contrario les enviaré señales graves y dañinas”. La Covid-19 es un contra-ataque de la Tierra contra el tipo de civilización humana que hemos creado, que implica una peligrosa devastación del sistema-vida y del sistema-Tierra. Si no cambiamos, podríamos estar abocados a lo peor o a un camino sin vuelta atrás. 

Por otra parte, ha quedado claro que lo que nos está salvando no son los mantras del sistema vigente: beneficio ilimitado, competencia desenfrenada, individualismo generalizado, explotación feroz de los bienes y servicios de la naturaleza, el estado mínimo y el mercado por encima de la sociedad.

Lo que nos está salvando son los valores ausentes o vividos solo de manera privada en la cultura del capital: la vida en su centralidad, la solidaridad, la interdependencia de todos con todos, el cuidado de los demás y de la naturaleza, un Estado suficientemente equipado para responder a las exigencias humanas y de la sociedad de los humanos y no de las mercancías.

Todos estos valores son los que nos humanizan como humanos. En la reciente encíclica Fratelli tutti estos valores son universalizados como alternativa al paradigma actual vigente.

Desde este panorama dramático surge claramente la pregunta: ¿Cómo debe ser nuestra educación ante estos desafíos, radicalizados por la presencia letal del coronavirus? ¿Podemos seguir como hasta ahora? Lo peor que nos podría pasar sería volver a la situación anterior, con una doble y perversa injusticia: una ecológica con la devastación de los ecosistemas y las amenazas que pesan sobre nuestro futuro, y otra social, producida por un pequeño grupo que controla casi toda la riqueza y los flujos financieros, haciendo que una gran parte de la humanidad viva en la pobreza e incluso en la miseria, y muera antes de tiempo.

La consecuencia lógica es que tenemos que cambiar si queremos sobrevivir. O bien, dar la razón a Sigmunt Bauman que nos advirtió poco antes de su muerte: “O nos damos la mano y colaboramos todos, o bien aumentaremos el número de los que caminan hacia su tumba”. 

La nueva situación de la humanidad desafía a la educación

Si esto es cierto, significa que nuestra educación debe asumir también cambios y nuevas directrices, principios y valores para estar a la altura de los retos del momento actual. La Carta de la Tierra lo dice bien claro: “Como nunca antes en la historia, el destino común nos llama a buscar un nuevo comienzo” (Conclusión). Observa que no se trata simplemente de mejorar, sino de buscar un nuevo comienzo. “Eso requiere”, continúa la Carta de la Tierra, en la misma línea que las Laudato Si y Fratelli tutti “un cambio de mente y de corazón; requiere un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal… sólo así llegaremos a un modo de vida sostenible (nótese que no dice un desarrollo sostenible, sino un modo de vida sostenible) a nivel local, nacional, regional y global”.

¿Qué significa cambiar de mente? 

Es ver la Tierra, no como un baúl de recursos para uso y disfrute nuestro sino como un superorganismo vivo que organiza sistémicamente todos los

factores para mantenerse vivo y producir permanentemente vida en toda la comunidad de vida. Es la Madre Tierra, tal como fue decidido por la ONU en una importante sesión el 22 de abril de 2009: este día ya no es el Día de la Tierra sino el día de la Madre Tierra, una madre a la que debemos tratar con amor, cariño y cuidado. 

¿Qué significa cambiar el corazón?

Significa, como bien dice la Laudato Si, “escuchar al mismo tiempo el grito de la Tierra y el grito de los pobres” (n.49). No basta la razón instrumental-analítica, fría y calculadora; es preciso sentir la realidad circundante en el corazón; es preciso “tener ternura, compasión y preocupación por los seres humanos” (n.91) y por todos los seres, “como el sol, la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el pardal, y demás seres” (n.86).

¿Qué significa tener un nuevo sentido de interdependencia global?

La Laudato Si lo aclara bellamente: “Todo está relacionado y todos los seres humanos están juntos como hermanos y hermanas en una peregrinación maravillosa que une también con ternura el afecto al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra” (n.92). La afirmación básica de la física cuántica es: todo es relación, no existe nada fuera de la relación porque todos estamos relacionados unos con otros en todos los momentos y circunstancias. El universo no está formado por el conjunto de los cuerpos celestes sino por el tejido de las relaciones que mantienen entre sí. 

¿Qué significa alimentar una responsabilidad universal?

Para la Laudato Si significa “la conciencia amorosa de no estar desligado de las otras criaturas, de formar con los otros seres del universo una preciosa comunión universal… es sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los otros y por el mundo” (nº 229). Tierra y humanidad tienen el mismo destino común, que puede ser bienaventurado o trágico, dependiendo de las prácticas de los seres humanos.

Todo esto tiene que ver con el tipo de educación que tenemos que desarrollar, enriquecer y reinventar para ayudar a crear un mundo necesario y no solo posible, en el cual coexistan los diversos mundos culturales, con sus valores, tradiciones y caminos espirituales, en la misma y única Casa Común, la naturaleza incluída.

Jacques Delors, hace años, cuando era secretario general de la UNESCO propuso algunos marcos para la educación en el siglo XXI. Él decía que “es preciso aprender a conocer, aprender a pensar, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir”. Todo esto es irrenunciable, pero tenemos que ir más lejos frente a los desafíos que nos está presentando una realidad global completamente cambiada.

Como decía la filósofa Hannah Arendt: “podemos informarnos durante toda la vida sin educarnos nunca”, o sea, no basta acumular informaciones. Hoy prácticamente todo se encuentra en Google. Tenemos que educarnos con esas informaciones para ser más humanos, más sensibles, más fraternos y cuidadosos con todas las cosas y garantizar un futuro bueno para todos, para nuestracivilización, para la vida y por lo tanto para la Madre Tierra.

Marcos para una educación adecuada para el tiempo actual

Algunos puntos son importantes y decisivos para una educación adecuada a la situación de la humanidad y de la Tierra. No es este el lugar de profundizar en ellos, sino de plantearlos como un desafío a la reflexión.

El primero es el rescate de la razón cordial o sensible. Somos fundamentalmente seres de sensibilidad más que de racionalidad. Por esto debemos desarrollar, como dice la Laudato Si, “una pasión por el cuidado del mundo, una mística que nos anime, que dé ánimo y sentido a la acción personal y comunitaria” (n. 216). Nos ayudan las reflexiones que se están haciendo en la actualidad sobre el rescate de esta dimensión cordial que enriquecerá la inteligencia racional (cf. mi libro Los derechos del corazón, Paulus 2015).

En segundo lugar, sentirnos parte viva y consciente de la naturaleza, creando lazos de amor, afecto, comunión y cuidado con cada ser de la naturaleza: no quemar nada, no derribar bosques ni selvas, no contaminar aires y suelos, permitir la regeneración de la naturaleza dándole descanso y cuidado. En esto los pueblos originarios son nuestros maestros, pues se sienten parte de la naturaleza y la tratan con respeto y con sumo cuidado. 

En tercer lugar, aprender a convivir con la diversidad.

A través de los medios de comunicación global, entramos en contacto con muchas culturas y valores humanos diferentes que van más allá de los nuestros de la cultura occidental. Entonces, no permitir que estas diferencias se trasformen en desigualdades, entender que podemos ser humanos de maneras diferentes y aceptarlas como válidas, no solo tolerarlas. Así podemos

construir una verdadera fraternidad sin fronteras. Como se canta entre nosotros: “el alma no tiene frontera, ninguna vida es extranjera”.

En cuarto lugar, incorporar una ética del cuidado necesario.

El cuidado pertenece a la esencia de la vida y principalmente del ser humano. Sin cuidado, no sobrevivimos (véase mi Saber cuidar, Vozes 1999 y El

cuidado necesario, 2013). Todo lo que amamos, también lo cuidamos y todo lo que cuidamos, también lo amamos. El cuidado debe ser incorporado no como un acto, sino como una actitud fundamental en todas las áreas de la vida, cuidando de sí, del otro, de nuestro espíritu, del tipo de sociedad que queremos, cuidando los ecosistemas, cuidando a la Madre Tierra.

Finalmente, desarrollar una dimensión espiritual de la vida

Vivimos dentro de una cultura que cultiva excesivamente los valores materiales con vistas al consumo humano. Desarrollamos poco lo que es específicamente humano: nuestra dimensión espiritual, hecha de valores intangibles, pero que son esenciales, como el amor incondicional, la solidaridad, la compasión, la capacidad de perdón y reconciliación, la apertura a lo sagrado de la naturaleza, a Dios que está continuamente creando y sustentando todo. El ser humano puede abrirse a esta dimensión y acoger conscientemente al Ser que hace ser a todos los seres. El resultado es que nos volvemos más humanos, más sensibles, más solidarios, más comprometidos con salvaguardar la vida y la justicia, especialmente de los más empobrecidos y hechos injustamente invisibles, sintiéndonos hijos e hijas de la Madre Tierra y hermanos y hermanas de todos los demás humanos. Igualmente, de todos los seres de la creación.

Todo empieza con la educación. Su tarea esencial es construir la identidad del ser humano, y hoy reinventarla, para poder enfrentar los desafíos que nos plantean los cambios de la propia Tierra y la humanidad globalizada. Como dijo el educador Paulo Freire: “La educación no cambia el mundo. la educación cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

Este es el reto de toda educación: transformar a las personas y al mundo que hay que salvar. Para esto tenemos que cultivar la esperanza, profundamente descrita en la Fratelli tutti: “una realidad enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y de los condicionamientos históricos en que vive”, que nos permite soñar otros mundos posibles y mejores (n.55). 

Las palabras finales del Papa Francisco en la Laudato Si nos inspiran: “Hermanos y hermanas, caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza” (n. 244).

Esta fue una conferencia dada en español, vía internet, para los Hermanos Maristas de Compostela de España y Portugal el día 16/03/2021, teniendo como referencia la ecología integral de la encíclica Laudato Si del Papa Francisco.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Desafios para educação face às mudanças na vida e na humanidade

                                           Leonardo Boff*

A intrusão do coronavírus desde 2019, afetando pela primeira vez todo o planeta e cada uma das pessoas, não nossos animais domésticos como gatos e cachorros, tem um significado que é importante decifrar. Nada na natureza e em Gaia, nossa Mãe Terra, é sem propósito.

Que lição devemos aprender com esta pandemia? Para isso, não basta falar em ciência, tecnologia e todos os outros insumos. Mas devemos nos perguntar qual é o contexto do vírus? Ele não pode ser considerado isoladamente. É preciso identificar as condições que permitiram sua irrupção e sua devastação da espécie humana.

O Antropoceno e o Necroceno como contexto do Covid-19

O contexto da irrupção do Covid-19 reside no Antropoceno e no Necroceno. Em outras palavras, o motivo é a agressão sistemática que os seres humanos exercem contra a natureza e a Mãe Terra. Como muitos cientistas afirmaram: inauguramos uma nova era geológica: o Antropoceno. Ou seja, a grande ameaça à vida e até mesmo à vitalidade da Terra não se deve a um meteoro rasante que caiu no planeta, mas a nós, seres humanos.

Como não possuímos nenhum órgão especializado que garanta nossa subsistência – somos um ser biologicamente deficiente (Mangelwesen do antropólogo Arnold Gehlen) e também pelo fato não termos um habitat específico, temos que trabalhar a natureza e assim criar nosso oikos (casa,habitat) de modo a assegurar nossa existência e subsistência.

Nesse processo que criar nosso habitat,trabalhando a natureza, identificamos várias etapas.Nas primeiras fases da antropogênese, há milhões de anos, o ser humano teve uma relação para com a natureza de  interação harmoniosa, respeitando seus ritmos. Mais tarde no neolítico, há cerca de 10-12 mil anos, passou a uma relação de  intervenção, com a gestão da água, com a irrigação e as culturas agrícolas e de animais, já rompendo a sinergia com a dinâmica da natureza; Depois, na era industrial, passou-se à agressão direta, explorando a natureza sem considerar suas possibilidades e limites, com a falsa premissa de que os recursos naturais são infinitos que permitiriam um desenvolvimento igualmente infinito. No entanto, uma Terra com bens e serviços finitos não suporta um projeto infinito. Apesar disso, continuamos a desconsiderar tais limites, querendo extrair da Terra o que ela já não pode mais nos dar (a Sobrecarga da Terra, o Overshoot).Esse processo de superexploração nos levou à fase atual de   destruição da natureza. Não é mais o Antropoceno, mas o Necroceno, ou seja, a devastação massiva de formas de vida.

Estes são os  dados aterrorizantes fornecidos por Edward Wilson, um dos maiores biólogos atuais: a cada ano,  cerca de 100 mil espécies de seres vivos desaparecem, após milhões e milhões de anos de presença no planeta. Um milhão de outras espécies também correm grande risco de desaparecerem.

Aqui reside a causa da intrusão do coronavírus: a relação agressiva e danosa do ser humano com seu meio vital, destruindo as bases físicas, químicas, ecológicas que sustentam a vida. Por isso é válida a afirmação da Laudato Si do Papa Francisco: “Nunca maltratamos e prejudicamos a nossa casa comum como nos últimos dois séculos” (n.53). E continua: “As previsões catastróficas não podem mais ser vistas com desprezo e ironia … ultrapassamos as possibilidades do planeta, de tal forma que o atual estilo de vida insustentável só pode terminar em catástrofe”(n.161). Na outra encíclica Fratelli tutti que é um aprofundamento do Laudato Si, ele enfaticamente afirma “Estamos no mesmo barco: ou não salvamos todos ou ninguém salva”(n.32). Por isso, cobra “uma conversão ecológica radical” (n.5).

Na mesma direção vai a Carta da Terra de 2003, um dos documentos mais importantes nascidos de baixo, a partir de uma consulta a milhares de pessoas de todas as partes do mundo e de todas as classes sociais e assumida pela UNESCO como uma contribuição para uma nova educação, que afirma em seu primeiro parágrafo: “Estamos diante de um momento crítico na história da Terra, numa época em que a humanidade deve escolher seu futuro… Nossa escolha é: ou formamos uma aliança global para cuidar da Terra e uns dos outros, ou arriscamos nossa destruição e a  destruição da diversidade da vida”.  

Para encerrar esse cenário ameaçador convém citar a última frase de um dos maiores historiadores do século XX, o inglês Eric Hobsbawn, em seu conhecido livro-síntese “A era dos extremos” (1994). «O futuro não pode ser a continuação do passado … O nosso mundo está em perigo de explosão e implosão … Não sabemos para onde vamos. No entanto, uma coisa é certa: se a humanidade deseja um futuro que valha a pena, não pode se basear no prolongamento do passado ou do presente. Se tentarmos construir o terceiro milênio nesta base, falharemos. E o preço do fracasso, isto é, da alternativa à mudança da sociedade, é a escuridão »(p.562). Em outra parte do livro, ele fala sobre nossa autodestruição.

O que nos está salvando diante da intrusão do Covid-19

Como se há de interpretar o Covid-19 neste contexto dramático? Ele representa um sinal enviado pela Mãe Terra para nos dizer:”vocês não podem mais continuar com essa agressão e com esse espírito de destruição contra mim,  caso contrário lhes enviarei severos  e danosos sinais”. O Covid-19 é um contra-ataque da Terra contra o tipo de civilização humana que criamos, que implica uma  perigosa devastação do sistema da vida e do sistema da Terra. Caso não mudarmos,  poderemos ir ao encontro do pior ou de um caminho sem retorno.

Por outro lado, ficou claro: o que nos está salvando não são os mantras do sistema vigente: o lucro ilimitado, a competição desenfreada,o individualismo generalizado, a exploração feroz dos bens e serviços da natureza, o Estado mínimo e o mercado acima da sociedade.   

O que nos está salvando são os valores ausentes ou vividos apenas privadamente na cultura do capital: a vida em sua centralidade, a solidariedade, a interdependência de todos com todos, o cuidado uns dos outros e da natureza, um Estado suficientemente apetrechado para atender às demandas humanas e da sociedade dos humanos e não das mercadorias. Todos esses valores são aqueles que não fazem humanos enquanto humanos. Na encíclica recente Fratelli tutti esses valores são universalizados com alternativa ao paradigma vigente.

A partir deste quadro dramático coloca-se claramente a questão: Como deve ser nossa educação diante desses desafios, radicalizados pela presença letal do coronavírus? Podemos continuar como antes? O pior que nos pode acontecer é voltar à situação anterior, com uma dupla e perversa injustiça: uma ecológica com a devastação dos ecossistemas e com as ameaças que pesam sobre o nosso futuro, e outra social por um pequeno grupo que controla quase toda  a riqueza e os fluxos financeiros fazendo com que grande parte da humanidade viva na pobreza até na miséria, morrendo antes do tempo. A consequência lógica é que temos que mudar se quisermos sobreviver. Ou então, dar razão a Sigmunt Bauman que nos advertiu pouco antes de sua morte: “ou damo-nos  as mãos e todos colaboramos ou então vamos aumentar o cortejo daqueles que caminham na direção de seu própria sepultura”.

A nova situação da humanidade desafia a educação

Se isso for verdade, significa que nossa educação deve assumir também mudanças e novas diretrizes, princípios e valores para estar à altura dos desafios do momento presente. A Carta da Terra diz bem: “Como nunca antes na história, o destino comum nos conclama a buscar um novo começo” (Conclusão). Repare-se: não se fala simplesmente em melhorar, mas em buscar um novo começo. “Isso requer” – continua a Carta da Terra, na mesma linha  da Laudato Si e Fratelli tutti ”mudanças na mente e no coração; requer um novo sentido de interdependência global e responsabilidade universal … só assim chegaremos a um modo de vida sustentável (note-se não se diz um desenvolvimento sustentável, mas um modo de vida sustentável) a nível local, nacional, níveis regional e global ”.

O que significa mudar de mente? É ver a Terra, não como um baú de recursos para nosso uso e desfrute, mas como um super-organismo vivo que organiza sistemicamente todos os fatores para se manter vivo e produzir permanentemente vida a toda a comunidade da vida. É a Mãe Terra, conforme foi decidido pela ONU em importante sessão de 22 de abril de 2009: este dia já não é mais o Dia da Terra, mas o Dia da Mãe Terra, uma mãe que devemos tratar com amor, carinho e com cuidado.

O que significa mudar seu coração? Significa, como bem diz Laudato Si: “escutar ao mesmo tempo o grito da Terra e o grito dos pobres” (n.49). Não basta a razão instrumental-analítica,fria e calculista;  é preciso sentir no coração a realidade circundante;  é preciso  “ter ternura, compaixão e preocupação pelos seres humanos” (n.91) e por todos os seres, “como o sol, a lua, o cedro e a florzinha, a águia e o pardal e outros seres”(n.86).

O que significa ter um novo senso de interdependência global?  A Laudato Si esclarece belamente:” Tudo está relacionado e todos os seres humanos estão juntos como irmãos e irmãs em uma peregrinação maravilhosa que  une também com ternura afeição o irmão sol, a irmã lua, o irmão rio e a mãe terra (n.92). A afirmação básica da física quântica é: tudo é relação; nada existe fora do relação porque todos estão relacionados uns com os outros em todos os momentos e circunstâncias. O universo não é feito pelo conjunto dos corpos celestes, mas pelo tecido das relações que eles mantêm entre si.

O que significa nutrir uma responsabilidade universal? Para a  Laudato Si significa “a consciência amorosa de não estar desligado das outras criaturas, de formar com os outros seres do universo uma preciosa comunhão universal … é sentir que precisamos uns dos outros, que temos uma responsabilidade pelos outros e pelo mundo ”(nº 229). Terra e humanidade têm o mesmo destino comum que pode ser bem-aventurado ou trágico, dependendo das práticas dos seres humanos.

Tudo isso tem a ver com o tipo de educação que deve ser desenvolvida, enriquecida e reinventada para ajudar a criar um mundo necessário e não só possível, no qual coexistam os diversos mundos culturais, com seus valores, tradições e caminhos espirituais, na mesma e a única Casa Comum, a natureza incluída.

Jacques Delors, anos atrás, então secretário geral  da UNESCO propôs alguns marcos para a educação no século 21. Ele dizia que “é preciso aprender a conhecer, aprender a pensar, aprender a fazer, aprender a ser e aprender a conviver”. Tudo isso é irrenunciável. Mas temos que ir mais longe em face dos desafios que nos são apresentados pela realidade global profundamente mudada.

Como dizia a filósofa  Hannah Arendt:”podemos nos informar ao longo e toda vida sem nunca nos educar”, ou seja, não basta acumular informações. Hoje praticamente tudo se encontra no Google. Temos que nos educar com esssas informações para sermos mais humanos, mais sensíveis, mais fraternos e cuidadosos para com todas as coisas e garantir um futuro bom para todos, para a nossa civilização, para a vida e, portanto, para a Mãe Terra.

Marcos para uma educação adequada para o tempo atual

Alguns pontos são importantes e decisivos para uma educação adequada à situação da humanidade e da Terra. Não é o lugar aqui para aprofundá-los, mas para colocá-los como um desafio à reflexão.

O primeiro é o resgate da razão cordial ou sensível. Somos seres fundamentalmente de sensibilidade mais do que  de racionalidade. É por isso que devemos desenvolver, como diz LaudatoSsi, “uma paixão pelo cuidado do mundo, uma mística que nos encoraje, que dê ânimo e sentido à ação pessoal e comunitária” (n. 216).Ajudam-nos as reflexões que estão sendo feitas atualmente sobre o resgate desta dimensão cordial que enriquecerá a inteligência racional (cf.o meu Os direitos do coração, Paulus 2015).

Em segundo lugar, sentir-se parte viva e consciente da natureza, criando laços de amor, afeto, comunhão e cuidado com cada ser da natureza: não queimar nada, não derrubar florestas, não poluir o ar e os solos, permitir a regeneração da natureza dando-lhe descanso e cuidado. Nisso os povos originários são nossos mestres, pois sentem-se parte da natureza e a tratam com reverência e sumo cuidado.

Em terceiro lugar, aprender a conviver com a diversidade. Através da mídia global, entramos em contato com inumeráveis culturas e valores humanos diferentes que vão além dos nossos da cultura ocidental. Então: não permitir que as diferenças se transformem em desigualdades, mas entender que podemos ser humanos de maneiras diferentes e aceitá-las, como válidas e não apenas tolerá-las. Assim, podemos aprender uns dos outros e construir uma verdadeira fraternidade sem fronteiras. Como se canta entre nós: “a alma não tem fronteira, nenhuma vida é estrangeira”.

Em quarto lugar é incorporar uma ética do cuidado necessário. O cuidado pertence à essência da vida e principalmente do ser humano. Sem cuidado, não sobrevivemos (veja-se o meu Saber cuidar, Vozes 1999 e O cuidado necessário, 2013) Tudo o que amamos, nós também cuidamos e tudo o que cuidamos, também amamos. O cuidado deve ser incorporado não como um ato, mas como uma atitude fundamental em todas as áreas da vida, cuidando de si, do outro, do nosso espírito, do tipo de sociedade que queremos, cuidando dos ecossistemas, cuidando da Mãe Terra.

Finalmente, desenvolver uma dimensão espiritual da vida. Vivemos dentro de uma cultura que cultiva excessivamente os valores materiais para o consumo humano. Pouco desenvolvemos o que é especificamente humano: a nossa dimensão espiritual, feita de valores intangíveis mas que são essenciais como o amor incondicional, a solidariedade, a compaixão, a capacidade de perdão e reconciliação, a abertura ao sagrado da natureza, a Deus que está continuamente criando e sustentando tudo. O ser humano pode abrir-se a esta dimensão e acolher de forma consciente o Ser que faz ser todos os seres. O resultado é que nos tornamos mais humanos, mais sensíveis, mais solidários, mais comprometidos com a salvaguarda da vida e da justiça especialmente dos mais empobrecidos e feitos injustamente  invisíveis, sentindo-nos filhos e filhas da Mãe Terra e irmãos e irmãs de todos os outros humanos. Igualmente de todos os seres da criação.

Tudo começa com a educação. Sua tarefa essencial é construir a identidade do ser humano e hoje reinventá-la para poder enfrentar os desafios colocados pelas mudanças na própria Terra e na humanidade globalizada. Como disse o grande educador Paulo Freire: “A educação não muda o mundo. A educação muda as pessoas que vão mudar o mundo ”.

Este é o desafio de toda educação: transformar as pessoas e o mundo a salvar. Para isso temos que cultivar a esperança profundamente descrita na Fratelli tutti: “uma realidade enraizada no profundo do ser humano, independentemente das circunstâncias concretas e dos condicionamentos históricos em que vive” que nos permite sonhar com outros mundos e formas sociais (n.55).

São inspiradoras  as palavras finais do Papa Francisco na Laudato Si: “Irmãos e irmãs, caminhemos cantando; que nossas lutas e nossa preocupação com este planeta não tirem a alegria da esperança ”(n. 244).

Esta foi um palestra ministrada em espanhol via internet aos Irmãos Maristas de Compostela da Espanha e de Portugal no dia 16/03/2021 tendo como referência a ecologia integral da encíclica Laudato Si do Papa Francisco.


Favor não divulgar os artigos sem autorização do autor. Se desejar divulgá-los ou publicá-los em qualquer meio de comunicação, eletrônico ou impresso, entre em contato para fazer uma assinatura anual: Direitos Autorais

Nuestro mundo corre peligro de explosión y de implosión

Leonardo Boff*

El sueño del Papa Francisco formulado en la Fratelli tutti de una fraternidad sin fronteras y de amistad social (n.6), base para un nuevo orden mundial, se funda en la conciencia de que estamos en una emergencia planetaria. Las amenazas a la vida y a la sostenibilidad de la Tierra lo llevaron a decir: “estamos en el mismo barco; o nos salvamos todos o nadie se salva” (n.32).

Para eso debemos cambiar forzosamente: hacer una transición de paradigmas, es decir, pasar del paradigma dominante que creó la modernidad, del ser humano amo y señor (dominus) de la naturaleza, que no se considera parte de ella y por eso puede explotarla como le parezca, al paradigma de hermano y hermana (frater) por el cual el ser humano se siente parte de la naturaleza, hermano de todos los seres y con la misión de guardarla y cuidar de ella.

En razón de esto, propone como base de sustentación de su propuesta las virtudes ausentes o vividas solo de manera subjetiva en el paradigma de “amo y señor”: el amor universal, la amistad social, el cuidado de todo lo que existe y vive, la solidaridad sin fronteras, la ternura y la amabilidad en todas las relaciones entre los humanos y con la naturaleza. Ella universaliza tales virtudes que antes eran privadas.

Por tanto, su alternativa se alimenta de lo que es esencial y lo mejor del ser humano, aquello que nos hace ser humanos.El Papa se da cuenta de lo inusitado de su propuesta, reconociendo: “parece una utopía ingenua, pero no podemos renunciar a este altísimo objetivo” (n.190).

Realmente hay voces de científicos y sabios que nos avisan de los peligros que corremos. Enumero algunos para concretar y dar carácter de urgencia a la propuesta del Papa, casi al límite de la desesperación, no obstante su fe indestructible y su enraizada esperanza en “Dios, apasionado amante de la vida” (Sab 11,26; Laudato Si n.77 y 89)Por causa de lo atrevido de su propuesta recurre también a aquello sin lo cual la vida no tendría futuro: la virtud y el principio esperanza. “Invito a la esperanza que nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive” (n.55).

 La esperanza tiene una base objetiva: el carácter virtual de la realidad. El dato objetivo no es todo lo real. También pertenece a lo real lo potencial y lo utópico, lo que aún no es pero puede ser. El dato actual nos dice que estamos comportándonos como el Satán de la Tierra, como lobos unos con otros, rehenes de la cultura del capital, de la competición sin límites y del consumismo desenfrenado. Pero este dato no lo es todo ni estamos condenados a perpetuarlo. Dentro de nosotros existe también lo potencial y lo utópico viable, de ser los cuidadores de la vida, hermanos y hermanas unos de otros y con todos los demás seres de la naturaleza.

Tal propuesta es enfáticamente predicada por la Fratelli tutti.Ese potencial forma parte de nuestra realidad. Y si está potencialmente en ella, puede ser activado, puede ser hecho proyecto personal y político, y puede inspirar prácticas que darán un sentido salvador a la historia. La esperanza nos salvará de la desesperación y de la destrucción. Vale la pena esperar siempre contra toda esperanza.Mientras tanto, tomemos conciencia de los graves peligros que pesan sobre nuestro destino, como nos confirman los mejores nombres de las distintas ciencias de la vida y de la Tierra.

Damos solo algunos ejemplos:

El genetista francés Albert Jacquard nos dice «que estamos fabricando una Tierra en la cual a ninguno de nosotros nos gustaría vivir. Debemos apresurarnos porque la cuenta regresiva ha empezado» (Le compte à rebous a-t-il commencée?, 2009).

Norberto Bobbio, notable jurista y filósofo, aunque melancólico por temperamento, creía en las virtualidades de dos grandes revoluciones de Occidente: la de los derechos humanos y la de la democracia. Ambas servirían de base para su propuesta de un pacifismo jurídico y político, capaz de resolver el problema de la violencia como lógica del antagonismo entre los Estados. Pero los eventos del terrorismo globalizado, derrumbaron las convicciones del viejo y respetado maestro. En una de sus últimas entrevistas declaró:

«No sabría decir cómo será el Tercer Milenio. Mis certezas caen y solo agita mi cabeza un enorme enorme punto de interrogación: ¿será el milenio de la guerra de exterminio o el milenio de la concordia entre los seres humanos?».

Al final de su vida, el gran historiador Arnold Toynbee (+1975), después de haber escrito diez tomos sobre las grandes civilizaciones históricas, dejó consignada esta opinión sombría en su ensayo autobiográfico Experiencias, de 1969:«Viví para ver el fin de la historia humana tornarse una posibilidad intra-histórica capaz de ser traducida en hechos, no por un acto de Dios sino del hombre».

Las advertencias de Martin Rees, astrónomo real del Reino Unido son muy serias. Con base en muchos conocimientos a los que tiene acceso afirma en su libro La Hora Final: alerta de un científico (2005): «La humanidad está en mayor peligro del que haya estado en cualquier otra época de su historia… nuestra oportunidad de sobrevivir hasta el fin de este siglo no pasa del 50% » (203.205) .

También es momento de citar, por su gran autoridad, la advertencia de uno de los mayores historiadores del siglo XX, Eric Hobsbawn, en su conocido libro-síntesis La Era de los Extremos (1994). Concluyendo sus reflexiones, considera:

«El futuro no puede ser la continuación del pasado… Nuestro mundo corre el peligro de explosión e implosión… No sabemos hacia donde vamos. Sin embargo una cosa es clara: si la humanidad quiere tener un futuro que valga la pena, no puede ser a base de prolongar el pasado o el presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, vamos a fracasar. Y el precio del fracaso, o sea, de la alternativa a un cambio de la sociedad, es la oscuridad» (p.562).

La pandemia de la Covid-19 nos deja una grave advertencia: si continuamos agrediendo la naturaleza y a la Tierra puede sucedernos algo todavía peor: otros virus más letales que el de la Covid-19 podrán asaltarnos. Esta situación suscita una indagación humanista y filosófica: ¿es posible tener todavía esperanza en el ser humano, en el sentido de ver y sentir al otro como hermano y hermana? ¿Puede él mejorar desde el punto de vista de las relaciones sociales, de la moralidad y de la humanidad o estamos condenados a vivir nuestra tragedia histórica hasta el fin, hasta nuestra autodestrucción?

El Papa Francisco en sus encíclicas ecológicas no excluye semejante tragedia (Cf. Laudato Si n.161).Seguramente no hay ninguna respuesta cabal para interrogaciones tan radicales, pero si en la pos-pandemia no iniciamos una transformación sustancial en la forma de producir, distribuir, consumir y en la forma de relacionarnos con la naturaleza, entonces sí podemos vernos sorprendidos con la destrucción de gran parte de la humanidad, o de toda ella. La Madre Tierra, entre dolores por perder hijos e hijas queridos pero rebeldes, continuará su trayectoria alrededor del Sol, pero sin nosotros.*

Leonardo Boff, ecoteólogo, filósofo ha escrito El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amor y amistad social, que será publicado en breve por la editorial Vozes.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Fra Éloi Leclerc che ha scoperto la fraternità di San Francesco a Buchenwald e Dachau. E l’ha trasmessa a Papa Bergoglio (di Leonardo Boff)

Di redazione – 31/01/2021 Faro di Roma

La figura del francescano francese Éloi Leclerc, autore del best-seller “La sapienza di un povero”, morto nel 2016 all’età di 95 anni nella casa di riposo delle Piccole Sorelle dei Poveri a Saint-Servan, in Francia, è evocata da Leonardo Boff, il più grande teologo brasiliano, in un saggio sulla fraternità umana nell’ottica dell’enciclica Fratelli tutti di Papa Francesco, ospitato da RaiNews nel blog Confini di Pierluigi Mele.

Nel testo, Boff propone una vera e propria etica della fraternità universale. È l’utopia di Francesco d’Assisi, di cui frate Éloi si è fatto cantore sino agli ultimi giorni della sua vita, che è stata come spezzata in due parti ben distinte: una prima, quella della giovinezza e della formazione francescana, culminata nell’esperienza del dolore e della crudeltà, con l’internamento nei lager tedeschi sino alla fine della guerra; la seconda totalmente consacrata alla testimonianza di un mondo diverso, che nasce dal riconoscere la bontà originaria della creazione di Dio: un riconoscimento che diventa chiamata per l’uomo ad accogliere la fraternità che gli è donata e che chiede di essere accolta con gratitudine.
La seconda parte della riflessione di Boff sarà pubblicata nei prossimi giorni sempre dal blog Confini. Di seguito le prime pagine del saggio di Boff

Il tema della fraternità universale è stata la preoccupazione insistente di uno dei migliori conoscitori degli ideali di Francesco di Assisi: il francese Eloi Leclerc in molte delle sue opere, specialmente nella “Saggezza di un povero” (Parigi 1959) e “Il Sole nasce ad Assisi” (Parigi 1999). Non parla in modo teorico ma da una terrificante esperienza personale. Giovane frate francese, anche se non ebreo, fu portato in Germania precipitando nell’inferno dei campi di sterminio nazisti a Buchenwald e Dachau. Ha conosciuto la banalità del male, le uccisioni compiute dalle SS per il semplice gusto di uccidere, le torture e le umiliazioni che segnavano la sua anima come ferro rovente.

Dopo la Shoah è possibile la fraternità umana?

Scosso nella fede nell’essere umano e dubitando dell’intero ideale di una fraternità umana, cercò disperatamente un raggio di luce che provenisse dal nulla. Anche dopo la sua liberazione per opera degli Alleati nel 1945, iniziò ad avere paura di ogni essere umano. Confessa: “di notte, mi svegliavo di soprassalto, il sudore colava e la mia anima si riempiva di paura; quelle immagini di orrore ritornavano sempre e mi perseguitavano; non potevo cancellarle” (p.33). E continua: “Che il Signore mi perdoni, se a volte di notte, questo vecchio che sono diventato, alza gli occhi inquieti al cielo, cercando un poco di luce” (p.31).

Caricava dentro di se i carnefici nazisti che lo perseguitavano e li suscitavano terrificanti domande sul destino umano e la sua capacità di distruggere vite indifese. Lo stesso trauma, più che psicologico, che invade e distrugge ogni essere umano dentro e fuori, è stato vissuto dal domenicano brasiliano padre Tito Alencar, che è stato barbaramente torturato dal delegato di polizia Fleury. Ha interiorizzato la sua immagine perversa in una forma tale da sentirsi sempre perseguitato da lui fino a quando, non sopportandolo più, ha posto fine alla sua vita, preferendo morire piuttosto che vivere una tortura permanente. Questa terribile esperienza è stata vissuta anche da padre Eloi Leclerc che, dopo una lunga e dolorosa riflessione, ci ha donato una piccola luce tremula indicando la possibilità di una fraternità universale, ispirata nei poverelli di Assisi.

In mezzo all’agonia: il Cantico delle Creature

È stato l’incontro con questa figura e con il suo esempio che ha fatto sì che alcuni raggi di sole apparissero nella sua anima ossessionata, facendogli sopportare le immagini dell’inferno umano. Narra di un fatto misterioso accaduto sul treno scoperto e carico di prigionieri che per 28 giorni da Buchenwald viaggiò da un luogo a un altro fino a fermarsi a Dachau, alla periferia di Monaco. C’erano tre confratelli, uno dei quali agonizzante. Nel mezzo dell’inferno irruppe qualcosa dal cielo. Senza sapere perché, mossi da un impulso superiore, iniziarono a cantare con voci quasi impercettibili il Cantico delle Creature di San Francesco. La fitta oscurità non poteva impedire la luce del Signore e del fratello Sole e la generosità della madre e della signora Terra. Nel Cantico si celebrano l’incontro dell’ecologia interiore con l’ecologia esteriore e il rapporto tra Cielo e Terra, da cui nascono tutte le cose. La domanda che sempre attraversava la sua gola: è possibile la fraternità tra gli esseri umani e con gli altri esseri della creazione? Questa esperienza tra agonia e abbaglio non potrebbe contenere un’eventuale risposta piena di speranza? Almeno si è aperto un tremulo lampo. Tale shock esistenziale lo motivò a studiare e ad approfondire quella che sarebbe stata la singolarità di questa figura assolutamente eccezionale nell’insieme delle agiografie.

La scoperta della fraternità nel volto del Crocifisso

Leclerc descrive, allora, il processo di costruzione della fraternità universale nella storia di Francesco di Assisi. Figlio di un ricco mercante di stoffe, considerato il re della gioventù dorata della città che viveva di feste e abbuffate, cominciò improvvisamente a rendersi conto della futilità di quella vita. Passava ore nella cappella di San Damiano, contemplando il volto dolce e tenero di un crocifisso bizantino. Qualcosa di simile faceva Dostoievsky: una volta l’anno viaggiava fino a Dresda in Germania per contemplare in una chiesa, per ore, la bellezza di un quadro di Maria straordinariamente sbalorditivo. Aveva bisogno di questa contemplazione per placare la sua anima tormentata. Nel romanzo I fratelli Karamasov ha lasciato questa frase stimolante: “la bellezza salverà il mondo”.

Così fu la dolcezza e lo sguardo misericordioso del Cristo bizantino che, similmente a Dostoevskij, conquistò quel giovane in profonda crisi esistenziale, cambiando il destino della sua vita. Lo convinse la fede nel Creatore che creò una fraternità fondamentale, facendo sì che tutti gli esseri, piccoli e grandi, inclusi gli umani e lo stesso Gesù di Nazareth, fossero tutti originati dalla polvere, dall’humus della Terra. Tutti hanno la stessa origine, formano una fraternità terrena.

In questo contesto di umiltà vale la pena ricordare ciò che San Paolo scriveva ai lettori della sua lettera agli Efesini: “Abbiate gli stessi sentimenti che aveva Cristo. Essendo Dio, non faceva caso alla sua condizione divina; si fece ultimo e assunse la condizione di servo per solidarietà con gli esseri umani; si presentò come un uomo semplice; si umiliò obbedientemente fino alla fine e alla morte in croce” (la più umiliante delle pene imposte ai sovversivi: Flp 2,5-8).

Alla luce di queste intuizioni, Francesco dimenticò la sua condizione di figlio di un ricco mercante, scoprì l’origine comune di tutti gli esseri, dalla polvere della terra, dal suo humus e contemplò l’umiltà di Cristo ritratto nel sereno e dolce volto del crocifisso bizantino. Siccome era concreto e risoluto in tutto ciò che si proponeva, ne trasse subito una conclusione: mi unirò solidariamente a coloro che sono più vicini al Crocifisso: i lebbrosi e con loro vivrò quello che ci fa, per la creazione, fratelli e sorelle e creerò una fraternità radicale con loro. Confessa nel suo testamento: “quella che prima mi sembrava amarezza ora emerge come dolcezza”. Conosciamo il resto della saga del Sole di Assisi come la chiama Dante nella Divina Commedia.

Tuttavia, Eloi Leclerc non si accontentò con l’esperienza illuminante del Cantico delle Creature. Una domanda angosciante non gli dava tranquillità: qual è l’ostacolo maggiore che impedisce la fraternità umana e con tutte le creature? Quale energia perversa è questa che produce i massacri e l’eliminazione sommaria di persone, considerate inferiori o subumane, come avvenne nei campi di sterminio? È giunto a questa conclusione: è la volontà di potenza.

Dove predomina il potere, non c’è né amore né tenerezza

Come aveva già percepito C.G. Jung, questa volontà di potenza costituisce l’archetipo più pericoloso dell’essere umano, perché gli dà l’illusione di essere come Dio, disponendo a suo piacimento della vita e della morte degli altri. E concludeva: “dove predomina il potere non c’è tenerezza né amore”. Quando diventa assoluto, il potere si rivela micidiale ed elimina tutti quelli che fanno sentire un’altra voce (p.30). Ora, le nostre società storiche (con l’eccezione dei popoli originari) sono strutturate intorno alla volontà del potere-dominio e di sottomissione di tutto ciò che si presenta: l’altro, i popoli, la natura e la vita stessa. Egli introduce la grande divisione tra quelli che hanno potere e quelli che non l’hanno.

Finché prevarrà il potere-dominio come asse strutturante di tutto, non ci sarà mai fraternità tra gli esseri umani e con il creato. Poiché quest’archetipo è umano, è latente dentro ciascuno di noi. In noi si nascondono un Hitler, uno Stalin, un Pinochet e un Bolsonaro. Lo stesso Leclerc confessa: “Mi sono sentito risvegliare in me stesso, la bestia assetata di vendetta” (p.32). Dobbiamo mettere sotto un severo controllo questa figura funesta che vive in noi, se vogliamo mantenere la nostra umanità. Se ci consegniamo alla seduzione del potere-dominio, rompiamo tutti i legami e l’indifferenza, l’odio e la barbarie possono occupare l’intero spazio della coscienza, come sta accadendo in diversi paesi del mondo, specialmente tra noi in Brasile. Allora emergono le sinistre figure, persino necrofile, menzionate.

Questo fatto drammatizza ulteriormente la domanda audacemente proposta da Papa Francesco in Fratelli tutti: l’urgenza della fraternità universale e dell’amore senza frontiere. Saranno possibili o costituiscono una mera e santa ingenuità? O forse sia un appello tra disperante e speranzoso, comprensibile di fronte a quanto più volte ripetuto da Papa Francesco: “O ci salviamo tutti o nessuno si salva”. Può darsi che ci sia offerta dalla Terra stessa, chissà, dall’universo stesso, una definitiva chance: o cambiamo e così ci salveremo o la Terra continuerà a girare intorno al sole, ma senza di noi.

Due anni fa, nel febbraio 2019, Papa Francesco, in visita negli Emirati Arabi Uniti, firmò ad Abu Dahbi un importante documento con il Grande Imam Al Azhar Amad Al-Tayyeb “Sulla fraternità umana in favore della pace e della comune convivenza”. In seguito, l’ONU ha stabilito il 4 febbraio come la Giornata della fraternità umana.

Sono tutti sforzi generosi che mirano, se non a eliminare, almeno a minimizzare le profonde divisioni che prevalgono nell’umanità. Aspirare a una fraternità universale sembra essere un sogno lontano, ma sempre desiderato.

Leonardo Boff