Durante la pandemia qué leer y cómo leer: Occidente abraza al Oriente (III), Chuang-tzu y Teresa de Ávila

Por más que el mundo moderno se haya secularizado, el hecho es que gran parte de la humanidad encuentra el sentido de la vida en los caminos espirituales de sus respectivas culturas. Los caminos espirituales son muchos. Sin desmerecer otros, quiero destacar dos que están en la base de dos grandes culturas: la de Occidente y la de Oriente. Cabe recordar que espiritualidad no es saber sobre la Suprema Realidad, sino experimentarla a partir de la totalidad de nuestro ser.

Occidente afirma: existe el camino de la comunión personal con la Suprema Realidad que incluye el Todo.

El Oriente sostiene: existe el camino de la comunión con el Todo que incluye la Suprema Realidad.

En Occidente predomina la comunión personal y dialogal con la Suprema Realidad, que en la tradición judeocristiana y musulmana se llama simplemente Dios. No se trata de una experiencia intelectual, de la cabeza, sino amorosa, del corazón que siente, ama y vibra, envolviendo todo el ser. Maestros de esta experiencia son, entre otros, San Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz y Teilhard de Chardin. 

Dice San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual refiriéndose a Dios:

“Descubre tu presencia/Matéme tu vista y hermosura/Mira que la pena de amor no se cura/Sino con la presencia y la figura” (verso 11).

Santa Teresa de Ávila no es menos efusiva en sus Aspiraciones de vida eterna:

“Vivo sin vivir en mí, después que muero de amor/ porque vivo en el Señor/que me quiso para sí./ Cuando el corazón le dí/puse en él este letrero:/que muero porque no muero” (verso 1).

Este modo de hablar es el del enamoramiento, el del encuentro íntimo y profundo con Dios. A partir desta comunión yo-tú, se entrevé Dios en el Todo y en cada ser, como aparece en la mística cósmica de San Francisco que emocionalmente llama a las criaturas mis hermanas y mis hermanos. San Juan abre su primera epístola así: “Aquel que nosotros tocamos, que hemos visto con nuestros ojos y hemos oido con nuestros oidos, ese os lo comunicamos”. Es una experiencia concreta, tocar, sentir y ver.

En Oriente la experiencia primera reside en el Todo. Nada está aislado. Todo está relacionado formando el Gran Todo. El maestro yogui responde a la pregunta: “¿Quién eres tú? Él señala el universo y dice: tú eres todo eso, toda la realidad, parte del Todo, tú eres el Todo”. Nuestro extravío se produce porque hemos perdido la memoria sagrada de que somos un eslabón de la única y gran corriente de la vida, parcela del Todo. No hacemos una experiencia de no-dualidad con todas las cosas: somos árbol, somos pájaro, somos las estrellas, estamos sumergidos en el Todo. Y el Todo se llama Tao, la Suprema Realidad presente en todo.

Tomas Merton que vivió en Occidente la experiencia del Oriente tradujo “La vía de Chuang-tzu” (Vozes 1993).

Alguien preguntó a Chuang-tzu: ”Muéstrame donde puede ser encontrado el Tao. A lo que él respondió: No hay lugar donde el Tao no pueda ser encontrado: está en la hormiga, en la vegetación del pantano, en el pedazo de ladrillo, en el excremento, y concluyó: el Tao es grande en todo, completo en todo, integral en todo. Estos aspectos son distintos, pero la Realidad es el Uno” (p.158-159).

Como se deduce, las cosas son diversas pero todas desaguan en el Uno, en el Tao.

¿Cómo se lleva a cabo una experiencia de no-dualidad? Los orientales proponen como primer ejercicio: la experiencia de la luz. Ella incide sobre nuestras cabezas, baña todo el organismo, atraviesa las paredes de la casa, el jardín, la ciudad, el océano, toda la Tierra y se extiende por todo el universo. La persona, hecha luz, se siente unida a cada cosa, al Todo.

Los caminos de Oriente y de Occidente no son antagónicos sino complementarios. Ambos intentan, fundamentalmente, crear en nosotros lo que tanto buscamos: un centro a partir del cual todo se liga y re-liga y nos permite vivir el Todo. Poco importa el nombre con el que llamamos a ese centro. Corresponde a lo que significa Dios, Tao, Alá, Javé, Olorun. Ese centro está en nosotros pero también nos desborda. Es el misterio vivo e interior de nuestra vida y del universo.

Entre nosotros tenemos también la experiencia espiritual que subyace a las religiones afro-brasileras u otras que asimilan elementos africanos. Todo gira alrededor del axé, que corresponde más o menos al qi de los orientales o a la ruah, pneuma, spiritus de los occidentales: una energía cósmica que impregna toda la realidad y tiene sus principales portadores en los seres humanos. Exu, no es el demonio que se debe invocar, sino la principal expresión del axé. El axé actúa dentro de nosotros, como fuerza de irradiación y de captación de buenas energías, puestas al servicio de los demás. Por no entender la profundidad, ecológica incluso, de estas religiones de origen africano, son difamadas y hasta perseguidas por grupos neopentecostales que tienen poco de espiritual y de sentido de lo sagrado de todas las cosas.

Somos seres espirituales cuando nos sumergimos en nuestra profundidad y nos damos cuenta de que somos parte de un Todo que nos transciende. Estamos habitados por el espíritu, aquel momento de la conciencia por el cual tenemos la percepción de ser parte de un todo y que el Todo está en nosotros. 

La espiritualidad occidental u oriental tiene que ver con la experiencia de la Suprema Realidad, no con un saber, expresado en doctrinas, dogmas y ritos. Todo esto es parte de la religiones que nacieron de una experiencia espiritual, pero que no son la espiritualidad. Pueden fomentarla igual que pueden sofocarla por exceso de doctrinas. Ellas son agua canalizada, no fuente de agua cristalina. De esa agua todos tenemos sed. Al beberla nos hacemos más humanos y abiertos unos a otros y al Todo.

*Leonardo Boff ha escrito Espiritualidad: un camino de realización, Mar de Ideias, Rio 2016, y Meditación de la luz: el camino de la sencillez, Vozes 2010.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Durante a pandemia:o que ler e como ler:o Ocidente abraça o Oriente (III), Chuang-tzu e Tereza d’Avila

                                             Leonardo Boff

Por mais que o mundo moderno se tenha secularizado, o fato é que grande parte da humanidade encontra seu sentido de vida nos caminhos espirituais de suas respectivas culturas. São muitos os caminhos espirituais. Sem desmerecer outros, quero enfatizar dois que estão na base de duas grandes culturas : a do Ocidente e a do Oriente. Cabe recordar que espiritualidade não é saber sobre a Suprema Realidade, mas experimentá-la a partir da totalidade de nosso ser.

O Ocidente afirma: há o caminho da comunhão pessoal com a Suprema Realidade que inclui o Todo.

O Oriente sustenta: há o caminho da comunhão com o Todo que inclui a Suprema Realidade.

No Ocidente predomina a comunhão pessoal e dialogal com a Suprema Realidade que na tradição judaico-cristã e muçulmana se chama simplesmente Deus. Não se trata de uma experiência intelectual,da cabeça,mas amorosa, do coração  que sente, ama e vibra, envolvendo todo o ser. Mestres desta experiência, entre outros, são São Francisco de Assis, Santa Tereza d’Avila e São João da Cruz, Teilhard de Chardin.

Diz São João da Cruz em seu Cântico Espiritual referindo-se a Deus: “Mostra tua presença!/ Mata-me tua vista e formosura./Olha que a doença  de amor não se cura/Senão pela presença e a figura”(verso 11).

Santa Tereza d’Avila não é menos efusiva em sua Aspirações de vida eterna”:”Vivo já fora de mim depois que morro de amor / porque vivo no Senhor/que me quis para si/.Quando lhe dei o coração/coloquei nele esse letreiro/ que morro porque não morro”(verso 1).

Este modo de falar é do enamoramento, do encontro íntimo e profundo com Deus. A partir desta comunhão eu-tu, se entreve Deus no Todo e em cada ser como aparece na mística cósmica de São Francisco que emocionalmente chama as criaturas como minhas irmãs e meus irmãos. SãoJoão abre sua primeira epístola assim:”Aquele que nós tocamos, que nossos olhos viram, que nossos ouvidos ouviram,esse nós vos comunicamos”. É uma experiência concreta, tocar, sentir e ver.

No Oriente a experiência primeira reside no Todo. Nada está isolado.Tudo está relacionado formando o Grande Todo.O mestre yoga responde à pergunta: “Quem es tu? Ele aponta para o universo e diz: tu és tudo isso, toda a realidade, parte do Todo, tu és o Todo”. Nossa errância consiste em termos perdido a memória sagrada de que somos um elo da única e grande corrente da vida, parcela do Todo; não fazemos uma experiência de não-dualidade com todas as coisas: somos árvore, somos pássaro,somos as estrelas, estamos mergulhados no Todo. E o Todo se chama Tao, a Suprema Realidade presente em tudo.

Tomas Merton que no Ocidente viveu a experiência do Ocidente traduziu “A via de Chuang-tzu” (Vozes 1993). Alguém perguntou a Chuang-tzu:”Mostra-me onde o Tao pode ser encontrado? Ao que ele respondeu: Não há lugar onde o Tao não possa ser encontrado: ele está na formiga, na vegetação do pântano, no caco de ladrilho,no escremento; e arrematou: o Tao é grande em tudo, completo em tudo, integral em tudo. Estes aspectos são distintos, mas a Realidade é o Uno”(p.158-159). Como se depreende, as coisas são diversas mas todas desaguam no Uno, no Tao.

Como se processa uma experiência de não-dualidade? Os orientais propõe como primeiro exercício: a experiência da luz. Ela incide sobre nossas cabeças, pervade todo o organismo, atravessa as paredes da casa, o jardim, a cidade, o oceano,toda a Terra e se estende por todo o universo. A pessoa, feita luz, se sente unida à cada coIsa, ao Todo.

O caminho do Oriente e do Ocidente não são antagônicos mas complementares. Ambos visam, fundamentalmente, criar em nós o que tanto procuramos: um centro a partir do qual tudo se liga e re-liga e nos permite viver o Todo. Pouco importa o nome com o qual chamamos esse centro. Mas ele corresponde àquilo que significa Deus, Tao,  Alá, Javé. Olorum. Esse centro está em nós mas também nos desborda. É o mistério vivo e interior de nossa vida e do universo.

Temos também entre nós a experiência espiritual que sub-jaz às religiões afro-brasileiras ou outras que assimilam elementos africanos. Tudo gira ao redor do axé. Ele corresponde mais ou menos ao que é o Shi para os orientais ou o ruah, pneuma, spiritus  para os ocidentais: uma energia cósmica que pervade toda a realidade e tem nos seres humanos os principais portadores. O exu, não é o demônio que cabe exorcizar, mas a principal expressão do axé. O axé atua dentro de nós, como força de irradiação e de captação de boas energias, colocadas a serviço dos demais. Por não entenderem a profundidade até ecológica destas religiões de origem africana, são difamadas e até perseguidas por grupos neo-pentecostais que pouco têm de espiritual e de sentido do sagrado de  todas as coisas.

Somos seres espirituais quando mergulhamos  em nossa profundidade e nos damos conta de que somos parte de um Todo que nos transcende. Somos habitados pelo espírito, aquele momento da consciência pelo qual temos a percepção de sermos parte de um todo e que o Todo está em nós.

A espiritualidade ocidental ou oriental tem a ver com a experiência da Suprema Realidade,não com um saber, expresso em doutrinas, dogmas e ritos. Tudo isso é parte das religiões que nasceram de uma experiência espiritual mas que não são a espiritualidade. Podem fomentá-la como podem sufocá-la por excesso de doutrinas. Elas são água canalizada, não fonte de água cristalina. Dessa água todos temos sede. Ao bebe-la nos fazemos mas humanos e abertos uns aos outros e ao Todo.

Leonardo Boff escreveu Espiritualidade: um caminho de realização, Mar de Ideias, Rio 2016 e Meditação da luz: o caminho da simplicidade, Vozes 2010.

Desafíos a la educación ante los cambios en la vida y en la humanidad

La irrupción desde 2019 del coronavirus, afectando por primera vez a todo el planeta y a cada persona, pero no a nuestros animales domésticos como perros y gatos, tiene un significado que es importante descifrar. Nada en la naturaleza y en Gaia, nuestra Madre Tierra, es sin propósito.

¿Qué lección podemos sacar de esta pandemia? Para ello, no basta con hablar de ciencia, tecnología y todo lo demás. Tenemos que preguntarnos cuál es el contexto del virus, que no puede considerarse de forma aislada. Es necesario identificar las condiciones que han permitido su aparición y la devastación de la especie humana.

El Antropoceno y el Necroceno como contexto de la Covid-19

El contexto de la irrupción de la Covid-19 reside en el Antropoceno y en el Necroceno. En otras palabras, el motivo es la agresión sistemática que los seres humanos ejercemos contra la naturaleza y la Madre Tierra. Como muchos científicos afirman: hemos inaugurado una nueva era geológica, el Antropoceno. O sea, la gran amenaza a la vida y a la vitalidad de la Tierra no se debe a un meteoro rasante que ha caído en este planeta, sino a nosotros, los seres humanos. 

Como no tenemos ningún órgano especializado que garantice nuestra subsistencia –somos un ser biológicamente deficiente (Mangelwesen del antropólogo Arnold Gehlen)– y como tampoco tenemos un hábitat específico, tenemos que trabajar la naturaleza y así crear nuestro oikos (casa, hábitat) de modo a asegurar nuestra existencia y subsistencia. 

En este proceso de creación de nuestro hábitat, trabajando la naturaleza, identificamos varias etapas. En las primeras fases de la antropogénesis, hace millones de años, el ser humano tenía una relación de interacción armoniosa con la naturaleza. Más tarde, en el Neolítico, hace unos 10-12 mil años, pasó a una relación de intervención, con la gestión del agua, la irrigación y los cultivos agrícolas y animales, rompiendo ya la sinergia con la dinámica de la naturaleza. Después, en la era industrial, se pasó a la agresión directa, explotando la naturaleza sin tener en cuenta sus posibilidades y sus límites, con la falsa premisa de que los recursos naturales son infinitos y permitirían un desarrollo igualmente infinito. Sin embargo, una Tierra con bienes y servicios finitos no soporta un proyecto infinito. A pesar de ello, seguimos sin hacer caso de los límites, queriendo extraer de la Tierra lo que ya no puede darnos (la Sobrecarga de la Tierra, el Overshoot). Este proceso de sobreexplotación nos ha llevado a la fase actual de destrucción de la naturaleza. Ya no es el Antropoceno, sino el Necroceno, es decir, la devastación masiva de las formas de vida.

Estos son los datos terroríficos proporcionados por Edward Wilson, uno de los biólogos más importantes de la actualidad: cada año desaparecen unas 100.000 especies de seres vivos, después de millones y millones de años de presencia en el planeta. Un millón de otras especies también corren gran peligro de desaparecer. Aquí radica la causa de la irrupción del coronavirus: la relación agresiva y perjudicial del ser humano con su entorno vital, destruyendo los fundamentos físicos, químicos y ecológicos que mantienen la vida. Por lo tanto, es válida la declaración de la Laudato Si del Papa Francisco: “Nunca hemos maltratado y lastimado tanto nuestra casa común como en los dos últimos siglos” (n.53). Y continúa: “Las previsiones catastróficas ya no pueden ser miradas condesprecio e ironía … hemos superado las posibilidades del planeta de tal manera que el estilo de vida actual solo puede terminar en catástrofes” (n.161). En su otra encíclica, Fratelli tutti, que es una profundización de la Laudato Si, el papa afirma enfáticamente; “Estamos en el mismo barco: o nos salvamos todos o nadie se salva” (n.32). Por eso pide una conversión ecológica radical (n.5).

En esta misma dirección va la Carta de la Tierra de 2003, uno de los documentos más importantes nacidos desde abajo, partiendo de la consulta a miles de personas de todo el mundo y de todas las clases sociales, asumida por la UNESCO como una contribución para una nueva educación, que afirma en su primer párrafo: “Estamos ante un momento crítico de la historia de la Tierra, en un momento en el que la humanidad debe elegir su futuro… O formamos una alianza mundial para cuidar de la Tierra y unos de otros, o nos arriesgamos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida”. 

Para cerrar este escenario amenazador conviene citar la última frase de uno de los mayores historiadores del siglo XX, el inglés Eric Hobsbawn, en su conocido libro-síntesis La era de los extremos (1994). «El futuro no puede ser la continuación del pasado… Nuestro mundo corre el peligro de explosión y de implosión… No sabemos hacia dónde vamos. Sin embargo, una cosa es segura: si la humanidad quiere tener un futuro que valga la pena, no puede ser a base de prolongar el pasado o el presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, vamos a fracasar. Y el precio del fracaso, o sea, de la alternativa a un cambio de la sociedad, es la oscuridad» (p.562). En otra parte del libro, habla sobre nuestra autodestrucción.

Lo que nos está salvando frente a la irrupción de la Covid-19

¿Cómo hay que interpretar la Covid-19 en este contexto dramático? Es una señal enviada por la Madre Tierra para decirnos: “ustedes no pueden seguir con esta agresión y con este espíritu de destrucción contra mí, de lo contrario les enviaré señales graves y dañinas”. La Covid-19 es un contra-ataque de la Tierra contra el tipo de civilización humana que hemos creado, que implica una peligrosa devastación del sistema-vida y del sistema-Tierra. Si no cambiamos, podríamos estar abocados a lo peor o a un camino sin vuelta atrás. 

Por otra parte, ha quedado claro que lo que nos está salvando no son los mantras del sistema vigente: beneficio ilimitado, competencia desenfrenada, individualismo generalizado, explotación feroz de los bienes y servicios de la naturaleza, el estado mínimo y el mercado por encima de la sociedad.

Lo que nos está salvando son los valores ausentes o vividos solo de manera privada en la cultura del capital: la vida en su centralidad, la solidaridad, la interdependencia de todos con todos, el cuidado de los demás y de la naturaleza, un Estado suficientemente equipado para responder a las exigencias humanas y de la sociedad de los humanos y no de las mercancías.

Todos estos valores son los que nos humanizan como humanos. En la reciente encíclica Fratelli tutti estos valores son universalizados como alternativa al paradigma actual vigente.

Desde este panorama dramático surge claramente la pregunta: ¿Cómo debe ser nuestra educación ante estos desafíos, radicalizados por la presencia letal del coronavirus? ¿Podemos seguir como hasta ahora? Lo peor que nos podría pasar sería volver a la situación anterior, con una doble y perversa injusticia: una ecológica con la devastación de los ecosistemas y las amenazas que pesan sobre nuestro futuro, y otra social, producida por un pequeño grupo que controla casi toda la riqueza y los flujos financieros, haciendo que una gran parte de la humanidad viva en la pobreza e incluso en la miseria, y muera antes de tiempo.

La consecuencia lógica es que tenemos que cambiar si queremos sobrevivir. O bien, dar la razón a Sigmunt Bauman que nos advirtió poco antes de su muerte: “O nos damos la mano y colaboramos todos, o bien aumentaremos el número de los que caminan hacia su tumba”. 

La nueva situación de la humanidad desafía a la educación

Si esto es cierto, significa que nuestra educación debe asumir también cambios y nuevas directrices, principios y valores para estar a la altura de los retos del momento actual. La Carta de la Tierra lo dice bien claro: “Como nunca antes en la historia, el destino común nos llama a buscar un nuevo comienzo” (Conclusión). Observa que no se trata simplemente de mejorar, sino de buscar un nuevo comienzo. “Eso requiere”, continúa la Carta de la Tierra, en la misma línea que las Laudato Si y Fratelli tutti “un cambio de mente y de corazón; requiere un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal… sólo así llegaremos a un modo de vida sostenible (nótese que no dice un desarrollo sostenible, sino un modo de vida sostenible) a nivel local, nacional, regional y global”.

¿Qué significa cambiar de mente? 

Es ver la Tierra, no como un baúl de recursos para uso y disfrute nuestro sino como un superorganismo vivo que organiza sistémicamente todos los

factores para mantenerse vivo y producir permanentemente vida en toda la comunidad de vida. Es la Madre Tierra, tal como fue decidido por la ONU en una importante sesión el 22 de abril de 2009: este día ya no es el Día de la Tierra sino el día de la Madre Tierra, una madre a la que debemos tratar con amor, cariño y cuidado. 

¿Qué significa cambiar el corazón?

Significa, como bien dice la Laudato Si, “escuchar al mismo tiempo el grito de la Tierra y el grito de los pobres” (n.49). No basta la razón instrumental-analítica, fría y calculadora; es preciso sentir la realidad circundante en el corazón; es preciso “tener ternura, compasión y preocupación por los seres humanos” (n.91) y por todos los seres, “como el sol, la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el pardal, y demás seres” (n.86).

¿Qué significa tener un nuevo sentido de interdependencia global?

La Laudato Si lo aclara bellamente: “Todo está relacionado y todos los seres humanos están juntos como hermanos y hermanas en una peregrinación maravillosa que une también con ternura el afecto al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra” (n.92). La afirmación básica de la física cuántica es: todo es relación, no existe nada fuera de la relación porque todos estamos relacionados unos con otros en todos los momentos y circunstancias. El universo no está formado por el conjunto de los cuerpos celestes sino por el tejido de las relaciones que mantienen entre sí. 

¿Qué significa alimentar una responsabilidad universal?

Para la Laudato Si significa “la conciencia amorosa de no estar desligado de las otras criaturas, de formar con los otros seres del universo una preciosa comunión universal… es sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los otros y por el mundo” (nº 229). Tierra y humanidad tienen el mismo destino común, que puede ser bienaventurado o trágico, dependiendo de las prácticas de los seres humanos.

Todo esto tiene que ver con el tipo de educación que tenemos que desarrollar, enriquecer y reinventar para ayudar a crear un mundo necesario y no solo posible, en el cual coexistan los diversos mundos culturales, con sus valores, tradiciones y caminos espirituales, en la misma y única Casa Común, la naturaleza incluída.

Jacques Delors, hace años, cuando era secretario general de la UNESCO propuso algunos marcos para la educación en el siglo XXI. Él decía que “es preciso aprender a conocer, aprender a pensar, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir”. Todo esto es irrenunciable, pero tenemos que ir más lejos frente a los desafíos que nos está presentando una realidad global completamente cambiada.

Como decía la filósofa Hannah Arendt: “podemos informarnos durante toda la vida sin educarnos nunca”, o sea, no basta acumular informaciones. Hoy prácticamente todo se encuentra en Google. Tenemos que educarnos con esas informaciones para ser más humanos, más sensibles, más fraternos y cuidadosos con todas las cosas y garantizar un futuro bueno para todos, para nuestracivilización, para la vida y por lo tanto para la Madre Tierra.

Marcos para una educación adecuada para el tiempo actual

Algunos puntos son importantes y decisivos para una educación adecuada a la situación de la humanidad y de la Tierra. No es este el lugar de profundizar en ellos, sino de plantearlos como un desafío a la reflexión.

El primero es el rescate de la razón cordial o sensible. Somos fundamentalmente seres de sensibilidad más que de racionalidad. Por esto debemos desarrollar, como dice la Laudato Si, “una pasión por el cuidado del mundo, una mística que nos anime, que dé ánimo y sentido a la acción personal y comunitaria” (n. 216). Nos ayudan las reflexiones que se están haciendo en la actualidad sobre el rescate de esta dimensión cordial que enriquecerá la inteligencia racional (cf. mi libro Los derechos del corazón, Paulus 2015).

En segundo lugar, sentirnos parte viva y consciente de la naturaleza, creando lazos de amor, afecto, comunión y cuidado con cada ser de la naturaleza: no quemar nada, no derribar bosques ni selvas, no contaminar aires y suelos, permitir la regeneración de la naturaleza dándole descanso y cuidado. En esto los pueblos originarios son nuestros maestros, pues se sienten parte de la naturaleza y la tratan con respeto y con sumo cuidado. 

En tercer lugar, aprender a convivir con la diversidad.

A través de los medios de comunicación global, entramos en contacto con muchas culturas y valores humanos diferentes que van más allá de los nuestros de la cultura occidental. Entonces, no permitir que estas diferencias se trasformen en desigualdades, entender que podemos ser humanos de maneras diferentes y aceptarlas como válidas, no solo tolerarlas. Así podemos

construir una verdadera fraternidad sin fronteras. Como se canta entre nosotros: “el alma no tiene frontera, ninguna vida es extranjera”.

En cuarto lugar, incorporar una ética del cuidado necesario.

El cuidado pertenece a la esencia de la vida y principalmente del ser humano. Sin cuidado, no sobrevivimos (véase mi Saber cuidar, Vozes 1999 y El

cuidado necesario, 2013). Todo lo que amamos, también lo cuidamos y todo lo que cuidamos, también lo amamos. El cuidado debe ser incorporado no como un acto, sino como una actitud fundamental en todas las áreas de la vida, cuidando de sí, del otro, de nuestro espíritu, del tipo de sociedad que queremos, cuidando los ecosistemas, cuidando a la Madre Tierra.

Finalmente, desarrollar una dimensión espiritual de la vida

Vivimos dentro de una cultura que cultiva excesivamente los valores materiales con vistas al consumo humano. Desarrollamos poco lo que es específicamente humano: nuestra dimensión espiritual, hecha de valores intangibles, pero que son esenciales, como el amor incondicional, la solidaridad, la compasión, la capacidad de perdón y reconciliación, la apertura a lo sagrado de la naturaleza, a Dios que está continuamente creando y sustentando todo. El ser humano puede abrirse a esta dimensión y acoger conscientemente al Ser que hace ser a todos los seres. El resultado es que nos volvemos más humanos, más sensibles, más solidarios, más comprometidos con salvaguardar la vida y la justicia, especialmente de los más empobrecidos y hechos injustamente invisibles, sintiéndonos hijos e hijas de la Madre Tierra y hermanos y hermanas de todos los demás humanos. Igualmente, de todos los seres de la creación.

Todo empieza con la educación. Su tarea esencial es construir la identidad del ser humano, y hoy reinventarla, para poder enfrentar los desafíos que nos plantean los cambios de la propia Tierra y la humanidad globalizada. Como dijo el educador Paulo Freire: “La educación no cambia el mundo. la educación cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

Este es el reto de toda educación: transformar a las personas y al mundo que hay que salvar. Para esto tenemos que cultivar la esperanza, profundamente descrita en la Fratelli tutti: “una realidad enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y de los condicionamientos históricos en que vive”, que nos permite soñar otros mundos posibles y mejores (n.55). 

Las palabras finales del Papa Francisco en la Laudato Si nos inspiran: “Hermanos y hermanas, caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza” (n. 244).

Esta fue una conferencia dada en español, vía internet, para los Hermanos Maristas de Compostela de España y Portugal el día 16/03/2021, teniendo como referencia la ecología integral de la encíclica Laudato Si del Papa Francisco.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Desafios para educação face às mudanças na vida e na humanidade

                                           Leonardo Boff*

A intrusão do coronavírus desde 2019, afetando pela primeira vez todo o planeta e cada uma das pessoas, não nossos animais domésticos como gatos e cachorros, tem um significado que é importante decifrar. Nada na natureza e em Gaia, nossa Mãe Terra, é sem propósito.

Que lição devemos aprender com esta pandemia? Para isso, não basta falar em ciência, tecnologia e todos os outros insumos. Mas devemos nos perguntar qual é o contexto do vírus? Ele não pode ser considerado isoladamente. É preciso identificar as condições que permitiram sua irrupção e sua devastação da espécie humana.

O Antropoceno e o Necroceno como contexto do Covid-19

O contexto da irrupção do Covid-19 reside no Antropoceno e no Necroceno. Em outras palavras, o motivo é a agressão sistemática que os seres humanos exercem contra a natureza e a Mãe Terra. Como muitos cientistas afirmaram: inauguramos uma nova era geológica: o Antropoceno. Ou seja, a grande ameaça à vida e até mesmo à vitalidade da Terra não se deve a um meteoro rasante que caiu no planeta, mas a nós, seres humanos.

Como não possuímos nenhum órgão especializado que garanta nossa subsistência – somos um ser biologicamente deficiente (Mangelwesen do antropólogo Arnold Gehlen) e também pelo fato não termos um habitat específico, temos que trabalhar a natureza e assim criar nosso oikos (casa,habitat) de modo a assegurar nossa existência e subsistência.

Nesse processo que criar nosso habitat,trabalhando a natureza, identificamos várias etapas.Nas primeiras fases da antropogênese, há milhões de anos, o ser humano teve uma relação para com a natureza de  interação harmoniosa, respeitando seus ritmos. Mais tarde no neolítico, há cerca de 10-12 mil anos, passou a uma relação de  intervenção, com a gestão da água, com a irrigação e as culturas agrícolas e de animais, já rompendo a sinergia com a dinâmica da natureza; Depois, na era industrial, passou-se à agressão direta, explorando a natureza sem considerar suas possibilidades e limites, com a falsa premissa de que os recursos naturais são infinitos que permitiriam um desenvolvimento igualmente infinito. No entanto, uma Terra com bens e serviços finitos não suporta um projeto infinito. Apesar disso, continuamos a desconsiderar tais limites, querendo extrair da Terra o que ela já não pode mais nos dar (a Sobrecarga da Terra, o Overshoot).Esse processo de superexploração nos levou à fase atual de   destruição da natureza. Não é mais o Antropoceno, mas o Necroceno, ou seja, a devastação massiva de formas de vida.

Estes são os  dados aterrorizantes fornecidos por Edward Wilson, um dos maiores biólogos atuais: a cada ano,  cerca de 100 mil espécies de seres vivos desaparecem, após milhões e milhões de anos de presença no planeta. Um milhão de outras espécies também correm grande risco de desaparecerem.

Aqui reside a causa da intrusão do coronavírus: a relação agressiva e danosa do ser humano com seu meio vital, destruindo as bases físicas, químicas, ecológicas que sustentam a vida. Por isso é válida a afirmação da Laudato Si do Papa Francisco: “Nunca maltratamos e prejudicamos a nossa casa comum como nos últimos dois séculos” (n.53). E continua: “As previsões catastróficas não podem mais ser vistas com desprezo e ironia … ultrapassamos as possibilidades do planeta, de tal forma que o atual estilo de vida insustentável só pode terminar em catástrofe”(n.161). Na outra encíclica Fratelli tutti que é um aprofundamento do Laudato Si, ele enfaticamente afirma “Estamos no mesmo barco: ou não salvamos todos ou ninguém salva”(n.32). Por isso, cobra “uma conversão ecológica radical” (n.5).

Na mesma direção vai a Carta da Terra de 2003, um dos documentos mais importantes nascidos de baixo, a partir de uma consulta a milhares de pessoas de todas as partes do mundo e de todas as classes sociais e assumida pela UNESCO como uma contribuição para uma nova educação, que afirma em seu primeiro parágrafo: “Estamos diante de um momento crítico na história da Terra, numa época em que a humanidade deve escolher seu futuro… Nossa escolha é: ou formamos uma aliança global para cuidar da Terra e uns dos outros, ou arriscamos nossa destruição e a  destruição da diversidade da vida”.  

Para encerrar esse cenário ameaçador convém citar a última frase de um dos maiores historiadores do século XX, o inglês Eric Hobsbawn, em seu conhecido livro-síntese “A era dos extremos” (1994). «O futuro não pode ser a continuação do passado … O nosso mundo está em perigo de explosão e implosão … Não sabemos para onde vamos. No entanto, uma coisa é certa: se a humanidade deseja um futuro que valha a pena, não pode se basear no prolongamento do passado ou do presente. Se tentarmos construir o terceiro milênio nesta base, falharemos. E o preço do fracasso, isto é, da alternativa à mudança da sociedade, é a escuridão »(p.562). Em outra parte do livro, ele fala sobre nossa autodestruição.

O que nos está salvando diante da intrusão do Covid-19

Como se há de interpretar o Covid-19 neste contexto dramático? Ele representa um sinal enviado pela Mãe Terra para nos dizer:”vocês não podem mais continuar com essa agressão e com esse espírito de destruição contra mim,  caso contrário lhes enviarei severos  e danosos sinais”. O Covid-19 é um contra-ataque da Terra contra o tipo de civilização humana que criamos, que implica uma  perigosa devastação do sistema da vida e do sistema da Terra. Caso não mudarmos,  poderemos ir ao encontro do pior ou de um caminho sem retorno.

Por outro lado, ficou claro: o que nos está salvando não são os mantras do sistema vigente: o lucro ilimitado, a competição desenfreada,o individualismo generalizado, a exploração feroz dos bens e serviços da natureza, o Estado mínimo e o mercado acima da sociedade.   

O que nos está salvando são os valores ausentes ou vividos apenas privadamente na cultura do capital: a vida em sua centralidade, a solidariedade, a interdependência de todos com todos, o cuidado uns dos outros e da natureza, um Estado suficientemente apetrechado para atender às demandas humanas e da sociedade dos humanos e não das mercadorias. Todos esses valores são aqueles que não fazem humanos enquanto humanos. Na encíclica recente Fratelli tutti esses valores são universalizados com alternativa ao paradigma vigente.

A partir deste quadro dramático coloca-se claramente a questão: Como deve ser nossa educação diante desses desafios, radicalizados pela presença letal do coronavírus? Podemos continuar como antes? O pior que nos pode acontecer é voltar à situação anterior, com uma dupla e perversa injustiça: uma ecológica com a devastação dos ecossistemas e com as ameaças que pesam sobre o nosso futuro, e outra social por um pequeno grupo que controla quase toda  a riqueza e os fluxos financeiros fazendo com que grande parte da humanidade viva na pobreza até na miséria, morrendo antes do tempo. A consequência lógica é que temos que mudar se quisermos sobreviver. Ou então, dar razão a Sigmunt Bauman que nos advertiu pouco antes de sua morte: “ou damo-nos  as mãos e todos colaboramos ou então vamos aumentar o cortejo daqueles que caminham na direção de seu própria sepultura”.

A nova situação da humanidade desafia a educação

Se isso for verdade, significa que nossa educação deve assumir também mudanças e novas diretrizes, princípios e valores para estar à altura dos desafios do momento presente. A Carta da Terra diz bem: “Como nunca antes na história, o destino comum nos conclama a buscar um novo começo” (Conclusão). Repare-se: não se fala simplesmente em melhorar, mas em buscar um novo começo. “Isso requer” – continua a Carta da Terra, na mesma linha  da Laudato Si e Fratelli tutti ”mudanças na mente e no coração; requer um novo sentido de interdependência global e responsabilidade universal … só assim chegaremos a um modo de vida sustentável (note-se não se diz um desenvolvimento sustentável, mas um modo de vida sustentável) a nível local, nacional, níveis regional e global ”.

O que significa mudar de mente? É ver a Terra, não como um baú de recursos para nosso uso e desfrute, mas como um super-organismo vivo que organiza sistemicamente todos os fatores para se manter vivo e produzir permanentemente vida a toda a comunidade da vida. É a Mãe Terra, conforme foi decidido pela ONU em importante sessão de 22 de abril de 2009: este dia já não é mais o Dia da Terra, mas o Dia da Mãe Terra, uma mãe que devemos tratar com amor, carinho e com cuidado.

O que significa mudar seu coração? Significa, como bem diz Laudato Si: “escutar ao mesmo tempo o grito da Terra e o grito dos pobres” (n.49). Não basta a razão instrumental-analítica,fria e calculista;  é preciso sentir no coração a realidade circundante;  é preciso  “ter ternura, compaixão e preocupação pelos seres humanos” (n.91) e por todos os seres, “como o sol, a lua, o cedro e a florzinha, a águia e o pardal e outros seres”(n.86).

O que significa ter um novo senso de interdependência global?  A Laudato Si esclarece belamente:” Tudo está relacionado e todos os seres humanos estão juntos como irmãos e irmãs em uma peregrinação maravilhosa que  une também com ternura afeição o irmão sol, a irmã lua, o irmão rio e a mãe terra (n.92). A afirmação básica da física quântica é: tudo é relação; nada existe fora do relação porque todos estão relacionados uns com os outros em todos os momentos e circunstâncias. O universo não é feito pelo conjunto dos corpos celestes, mas pelo tecido das relações que eles mantêm entre si.

O que significa nutrir uma responsabilidade universal? Para a  Laudato Si significa “a consciência amorosa de não estar desligado das outras criaturas, de formar com os outros seres do universo uma preciosa comunhão universal … é sentir que precisamos uns dos outros, que temos uma responsabilidade pelos outros e pelo mundo ”(nº 229). Terra e humanidade têm o mesmo destino comum que pode ser bem-aventurado ou trágico, dependendo das práticas dos seres humanos.

Tudo isso tem a ver com o tipo de educação que deve ser desenvolvida, enriquecida e reinventada para ajudar a criar um mundo necessário e não só possível, no qual coexistam os diversos mundos culturais, com seus valores, tradições e caminhos espirituais, na mesma e a única Casa Comum, a natureza incluída.

Jacques Delors, anos atrás, então secretário geral  da UNESCO propôs alguns marcos para a educação no século 21. Ele dizia que “é preciso aprender a conhecer, aprender a pensar, aprender a fazer, aprender a ser e aprender a conviver”. Tudo isso é irrenunciável. Mas temos que ir mais longe em face dos desafios que nos são apresentados pela realidade global profundamente mudada.

Como dizia a filósofa  Hannah Arendt:”podemos nos informar ao longo e toda vida sem nunca nos educar”, ou seja, não basta acumular informações. Hoje praticamente tudo se encontra no Google. Temos que nos educar com esssas informações para sermos mais humanos, mais sensíveis, mais fraternos e cuidadosos para com todas as coisas e garantir um futuro bom para todos, para a nossa civilização, para a vida e, portanto, para a Mãe Terra.

Marcos para uma educação adequada para o tempo atual

Alguns pontos são importantes e decisivos para uma educação adequada à situação da humanidade e da Terra. Não é o lugar aqui para aprofundá-los, mas para colocá-los como um desafio à reflexão.

O primeiro é o resgate da razão cordial ou sensível. Somos seres fundamentalmente de sensibilidade mais do que  de racionalidade. É por isso que devemos desenvolver, como diz LaudatoSsi, “uma paixão pelo cuidado do mundo, uma mística que nos encoraje, que dê ânimo e sentido à ação pessoal e comunitária” (n. 216).Ajudam-nos as reflexões que estão sendo feitas atualmente sobre o resgate desta dimensão cordial que enriquecerá a inteligência racional (cf.o meu Os direitos do coração, Paulus 2015).

Em segundo lugar, sentir-se parte viva e consciente da natureza, criando laços de amor, afeto, comunhão e cuidado com cada ser da natureza: não queimar nada, não derrubar florestas, não poluir o ar e os solos, permitir a regeneração da natureza dando-lhe descanso e cuidado. Nisso os povos originários são nossos mestres, pois sentem-se parte da natureza e a tratam com reverência e sumo cuidado.

Em terceiro lugar, aprender a conviver com a diversidade. Através da mídia global, entramos em contato com inumeráveis culturas e valores humanos diferentes que vão além dos nossos da cultura ocidental. Então: não permitir que as diferenças se transformem em desigualdades, mas entender que podemos ser humanos de maneiras diferentes e aceitá-las, como válidas e não apenas tolerá-las. Assim, podemos aprender uns dos outros e construir uma verdadeira fraternidade sem fronteiras. Como se canta entre nós: “a alma não tem fronteira, nenhuma vida é estrangeira”.

Em quarto lugar é incorporar uma ética do cuidado necessário. O cuidado pertence à essência da vida e principalmente do ser humano. Sem cuidado, não sobrevivemos (veja-se o meu Saber cuidar, Vozes 1999 e O cuidado necessário, 2013) Tudo o que amamos, nós também cuidamos e tudo o que cuidamos, também amamos. O cuidado deve ser incorporado não como um ato, mas como uma atitude fundamental em todas as áreas da vida, cuidando de si, do outro, do nosso espírito, do tipo de sociedade que queremos, cuidando dos ecossistemas, cuidando da Mãe Terra.

Finalmente, desenvolver uma dimensão espiritual da vida. Vivemos dentro de uma cultura que cultiva excessivamente os valores materiais para o consumo humano. Pouco desenvolvemos o que é especificamente humano: a nossa dimensão espiritual, feita de valores intangíveis mas que são essenciais como o amor incondicional, a solidariedade, a compaixão, a capacidade de perdão e reconciliação, a abertura ao sagrado da natureza, a Deus que está continuamente criando e sustentando tudo. O ser humano pode abrir-se a esta dimensão e acolher de forma consciente o Ser que faz ser todos os seres. O resultado é que nos tornamos mais humanos, mais sensíveis, mais solidários, mais comprometidos com a salvaguarda da vida e da justiça especialmente dos mais empobrecidos e feitos injustamente  invisíveis, sentindo-nos filhos e filhas da Mãe Terra e irmãos e irmãs de todos os outros humanos. Igualmente de todos os seres da criação.

Tudo começa com a educação. Sua tarefa essencial é construir a identidade do ser humano e hoje reinventá-la para poder enfrentar os desafios colocados pelas mudanças na própria Terra e na humanidade globalizada. Como disse o grande educador Paulo Freire: “A educação não muda o mundo. A educação muda as pessoas que vão mudar o mundo ”.

Este é o desafio de toda educação: transformar as pessoas e o mundo a salvar. Para isso temos que cultivar a esperança profundamente descrita na Fratelli tutti: “uma realidade enraizada no profundo do ser humano, independentemente das circunstâncias concretas e dos condicionamentos históricos em que vive” que nos permite sonhar com outros mundos e formas sociais (n.55).

São inspiradoras  as palavras finais do Papa Francisco na Laudato Si: “Irmãos e irmãs, caminhemos cantando; que nossas lutas e nossa preocupação com este planeta não tirem a alegria da esperança ”(n. 244).

Esta foi um palestra ministrada em espanhol via internet aos Irmãos Maristas de Compostela da Espanha e de Portugal no dia 16/03/2021 tendo como referência a ecologia integral da encíclica Laudato Si do Papa Francisco.


Favor não divulgar os artigos sem autorização do autor. Se desejar divulgá-los ou publicá-los em qualquer meio de comunicação, eletrônico ou impresso, entre em contato para fazer uma assinatura anual: Direitos Autorais