La Cumbre de los Pueblos Originarios: el Cóndor y el Águila

Leonardo Boff

El conocido historiador y pensador de la cultura Emmanuel Todd, en un tono fuerte, denunciaba ya en 2024 “La derrota de Occidente” (La défaite de l’Occident). Mostraba con argumentos cómo Occidente fue derrotado por sí mismo, al no poder recrearse a partir de sus propias raíces ya necrosadas.

            Lo que Todd afirmó sobre Occidente podría decirse de toda la civilización planetaria, quizá con la excepción de China bajo Xi Jinping, que intenta rescatar las raíces éticas y espirituales de la ancestral tradición china. Pero el problema es la falta de libertad. La historia nos enseña que al ser humano le repugna verse privado de ese don mayor que es la libertad, con la cual puede moldear su destino y expresar su visión del mundo.

            Si casi la totalidad de la civilización globalizada está a la deriva, no puede decirse lo mismo de los pueblos originarios de Abya Yala, nombre kuna para la Amerindia, que significa “tierra madura”. El nombre ya ha sido incorporado por casi todas las etnias. Ha sido un largo camino. En el Primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en Pátzcuaro (México) en 1940, todavía se sostenía la tesis colonialista de la homogeneización y asimilación de los pueblos originarios a la cultura dominante, de carácter occidental.

            Todo comenzó a cambiar a partir de los años sesenta, cuando surgió, especialmente entre los jóvenes, un espíritu libertario. En este contexto, en todos los países sudamericanos irrumpió también la conciencia indígena como indígena. Los pueblos originarios rechazaban ser llamados “naturales” para distinguirlos de los “civilizados”. Querían ser lo que son: verdaderos pueblos —mayas, incas, aztecas, olmecas, toltecas, tupí-guaraníes, pataxó, yanomami, y muchas otras decenas.

            A partir de 1990 se realizaron varios encuentros de pueblos originarios del Gran Sur y también del Gran Norte. Se buscaba una identidad propia que tuviera algo en común. Pronto se dieron cuenta de que era en la resistencia y en la salvaguarda de la propia cultura donde podían encontrar ese elemento común. Pero, para tener fuerza, necesitaban forjar juntos una articulación que uniera a todos, a los del Norte con los del Sur. Unidos podrían enfrentar la aplamadora de la cultura dominante de orientación occidental, que siempre intentó asimilarlos sacrificando su propia identidad: su cultura, su religión, sus fiestas y sus mitos ancestrales. Y además robarles sus tierras.

            En reacción a todo ello, en 2007 se creó la Cumbre de los Pueblos de Abya Yala. Muy importante fue el encuentro de Porto Alegre en 2012, cuando decenas de etnias y grupos de apoyo lanzaron el “Manifiesto de los Pueblos Indígenas de Abya Yala”. Venía acompañado de especificaciones:
“En defensa de la Madre Tierra, por el Buen Vivir, la Vida Plena y contra la mercantilización de la vida y de la Madre Naturaleza.”

            El texto es explícito: “Nuestra relación con nuestras tierras y territorios es la base de nuestra existencia como pueblos, la base de nuestro Buen Vivir y de la Vida Plena, en armonía con la Madre Naturaleza.”

            Comprendieron que el llamado “descubrimiento de América o de Brasil” fue en realidad una invasión y conquista de los europeos, que los colonizaron con una violencia inaudita, apropiándose de sus tierras y buscando, sobre todo, oro, plata y maderas nobles. Hoy todos se unen en torno a la resistencia y al rescate de sus identidades, lo que implica preservar las lenguas, las tradiciones, las religiones y la sabiduría de los ancianos y de los chamanes.

            Una sombra los acompaña: el exterminio de sus antepasados, infligido por los invasores europeos. Ocurrió uno de los mayores genocidios de la historia. Fueron muertos por guerras de exterminio, por enfermedades traídas por los blancos contra las cuales no poseían inmunidad, o por trabajos forzados, cerca de 60 millones de representantes de estos pueblos originarios.

            Los datos más recientes fueron recopilados por la educadora Moema Viezer y por el sociólogo e historiador canadiense radicado en Brasil Marcelo Grondin. El libro, con prólogo de Ailton Krenak, detalla región por región cómo ocurrió la matanza sistemática de indígenas e incluso de pueblos enteros, como sucedió en Haití. Lleva por título Abya Yala: genocidio, resistencia y supervivencia de los pueblos originarios de las Américas (Editora Bambual, Río de Janeiro, 2021).

            Consciente de esta tragedia sufrida por sus hermanos, un sabio de la nación yanomami, el chamán Davi Kopenawa Yanomami, percibiendo la continuidad de ese proceso mortal, advirtió en el libro La caída del cielo lo que los chamanes de su pueblo están presintiendo: “La carrera de la humanidad está caminando en dirección a su fin”(Companhia das Letras, 2015).

            Al final de uno de esos encuentros entre pueblos del Gran Sur y del Gran Norte, un chamán se levantó y dijo con voz fuerte y pausada: “Hermanos y hermanas, mis parientes. Escuchad esta profecía, dicha por un anciano de tiempos antiguos. Llegará un día en que el Águila del Norte, que había expulsado al Cóndor del Sur, volará hasta aquí. Encontrará al Cóndor. Ya no lo perseguirá. Lo invitará a volar juntos. Y así fue. Abriendo ambos sus grandes alas, los dos —el Cóndor y el Águila— comenzaron a volar juntos sobre aquellas tierras y valles. Y nunca más se separaron.”

            (No hace falta aclarar que el Águila representaba a los Estados Unidos de América y el Cóndor a Abya Yala, la Amerindia).

            Y concluyó el chamán: “Este día ha llegado: aquí estamos, venidos de todas partes, del Norte y del Sur. Somos todos parientes y tenemos a la Tierra como nuestra Gran Madre. Ayudemos a nuestros otros hermanos y hermanas, de diversas partes del mundo, a amar, respetar y revitalizar nuestra Gran Madre. Así podremos vivir todos juntos en la misma gran aldea común.”Y así habló.

            Esta profecía se está realizando entre los pueblos originarios. Ojalá se realice también en nosotros mientras todavía tengamos tiempo.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA (www.revistaliberta.com.br). Es autor también de Cuidar la Casa común: cómo postergar el fin del mundo (Vozes, 2025).

La lucha del Cóndor con el Toro: colonización versus liberación

Leonardo Boff

Por más que hayan sido oprimidos y, en gran parte, exterminados, los pueblos originarios de Abya-Yala (nombre indígena para América del Sur) siempre resistieron y alimentaron la esperanza de un día rescatar su identidad.

En razón de esta esperanza, en algunas comunidades andinas de los antiguos incas, hacia la región de Potosí, se celebra de vez en cuando un ritual de gran significado: se ata un Cóndor al lomo de un Toro bravío. Ante la multitud se libra una lucha feroz y dramática. El Toro hace todo lo posible por librarse del Cóndor y este lo picotea incesantemente hasta que, con sus potentes picotazos, lo extenúa y lo derriba. Entonces el Toro, vencido, es comido por todos.

El cristianismo impuesto formaba parte del proyecto colonial. Se trataba, en la fórmula clásica, de expandir la fe y el imperio. El cristianismo, en general, siempre se mostró sensible al pobre, aunque con métodos discutibles, pero fue implacable y etnocéntrico frente a la alteridad cultural. El otro (el indígena y el negro) fue considerado enemigo, pagano e infiel.

Contra él se emprendieron guerras justas y se le leyó el requerimiento (un documento en latín leído ante el cacique en el cual debía reconocer al rey como su soberano y al papa como representante de Dios). Si no lo aceptaba —pues ni siquiera entendía el latín— se legitimaba su sometimiento forzado.

Nunca debemos olvidar que nuestras sociedades sudamericanas están asentadas sobre una gran violencia practicada por el colonialismo que invadió nuestras tierras y nos obligó a hablar y pensar según los moldes del invasor. Sufrimos un feroz etnocidio indígena, con su casi exterminio; el inhumano esclavismo, que redujo a millones de personas a simples “piezas”; la persistente dominación de clases dominantes egoístas, corruptas e insensibles frente a la pobreza de sus semejantes, negadoras de un proyecto nacional que incluyera a todos y preocupadas solo por sus beneficios y privilegios. Las desigualdades sociales, las jerarquías discriminatorias y la falta de sentido del bien común se alimentan todavía hoy de ese perverso sustrato cultural.

Por eso, con asombro, todavía recientemente escuchamos a autoridades eclesiásticas oficiales afirmar que la primera evangelización no fue una imposición ni una alienación, y que sería un retroceso y una involución querer rescatar las religiones ancestrales de los pueblos originarios. Hoy, después del Sínodo Panamazónico convocado por el papa Francisco, por el contrario, se insiste en ese rescate.

Frente a esto no podemos dejar de escuchar el reverso de la conquista y de la evangelización impuesta: la voz de las víctimas que resuena hasta nuestros días. Lo testimonian los lamentos del profeta maya Chilam Balam de Chumayel:

“¡Ay! Entristezcámonos porque llegaron… vinieron a marchitar nuestras flores para que solamente su flor viviera… vinieron a castrar el sol”. Y su lamento continúa: “Entre nosotros se introdujo la tristeza, se introdujo el cristianismo… Ese fue el principio de nuestra miseria, el principio de nuestra esclavitud” (cf. M. León-Portilla, El reverso de la conquista, México, 1989). ¿Hay palabras que nos desmoralicen más que estas? ¡La buena noticia convertida en tristeza, principio de esclavitud!

Según el filósofo e historiador Oswald Spengler (1880-1936), en La decadencia de Occidente (1938), la invasión ibérica en América significó el mayor genocidio de la historia humana. La destrucción —dice— fue del orden del 90 % de la población. De los 22 millones de aztecas que había en 1519, cuando Hernán Cortés penetró en México, solo quedaba un millónen 1600. Y los sobrevivientes, en palabras de Jon Sobrino, teólogo asesor de San Óscar Arnulfo Romero, son pueblos crucificados que penden de la cruz; la misión de la Iglesia y de una ciudadanía abierta es bajarlos de la cruz y hacerlos resucitar.

El enfrentamiento entre el Toro y el Cóndor constituye una metáfora: el Toro es el colonizador español y el Cóndor el inca del altiplano andino, oprimido. Se produce una inversión simbólica: el vencedor de ayer (el Toro) es el vencido de hoy. El vencedor de hoy es el Cóndor. El sueño de libertad triunfa, al menos simbólicamente.

En este contexto, la misión de la Iglesia es de justicia, no de caridad, como fue afirmado solemnemente por las conferencias episcopales de toda América Latina —Medellín, Puebla y Aparecida—: reforzar el rescate de las culturas ancestrales de los pueblos originarios, con su espíritu, que son las tradiciones, la sabiduría de los chamanes y sus religiones. Y luego establecer un diálogo en el que ambos se complementen, se purifiquen y se evangelicen mutuamente.

Entonces, como atestiguan tantos misioneros, ellos nos evangelizan porque, en general, son mejores que los cristianos: al menos no saben lo que es la mentira. Se sienten parte de la propia naturaleza y viven en la mayor libertad.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA (www.revistaliberta.com.br). Es autor también de La nueva evangelización: la perspectiva de los pobres (Vozes, 1990).

Krieg kann nicht humanisiert werden; er muss abgeschafft werden  

Leonardo Boff

Der Satz im Titel stammt nicht von mir; er geht auf B. Russell und A. Einstein aus ihrem Manifest vom 9. Juli 1955 zurück, in dem sie gegen die Gefahren des Atomkriegs und für den Frieden warnten. Dies ist die große Sehnsucht der Menschheit, immer wieder unerfüllt und doch immer wieder neu entfacht. Ohne diese Utopie, für deren Verwirklichung wir kämpfen, kann sie niemals aufgegeben werden, denn das wäre Zynismus angesichts der Kriegsopfer und ein Verstoß gegen jedes ethische Empfinden.

Jeder Krieg fordert Tausende, ja Millionen von Menschenleben. Er verdammt Kain, der seinen Bruder Abel erschlug.

Max Born, Physik-Nobelpreisträger (1954), prangerte die Häufigkeit ziviler Opfer in modernen Kriegen an. Im Ersten Weltkrieg starben nur 5 % der Zivilisten, im Zweiten Weltkrieg 50 % und in den Kriegen in Korea und Vietnam 85 %. Jüngste Daten zeigen, dass im Irak und im ehemaligen Jugoslawien 98 % der Opfer Zivilisten waren. Dasselbe geschieht in Netanjahus Krieg gegen die Palästinenser im Gazastreifen. Mehr als 18.000 Kinder, die mit dem Krieg nichts zu tun hatten, wurden geopfert.

Es genügt nicht, für den Frieden zu sein. Wir müssen gegen den Krieg sein. Jeder Krieg kostet Menschenleben, das Leben unserer Mitmenschen. Kain kann nicht triumphieren.

Das Phänomen Krieg ist so komplex, dass es keine einfache Erklärung gibt, die auch nur ausreichend ist. Das entbindet uns jedoch nicht von der Pflicht, über die Tatsache des Krieges und seine verheerenden menschlichen und materiellen Folgen nachzudenken.

Was ist beispielsweise zu tun, wenn ein Land von einem anderen angegriffen wird? Hat es das Recht, sich mit eigenen Streitkräften zu verteidigen? Gibt es ein Verhältnismäßigkeitsprinzip? Wie sollten sich die Herrscher von Völkern verhalten, die Zeugen eines Völkermords am helllichten Tag werden, wie im Gazastreifen? Oder angesichts der ethnischen Säuberungen von Minderheiten im ehemaligen Jugoslawien, im Kosovo und in Bosnien durch blutrünstige Soldaten, die systematisch grundlegende Menschenrechte verletzten? Ist es gerechtfertigt, sich auf den Grundsatz der Nichteinmischung in die inneren Angelegenheiten souveräner Staaten zu berufen und Verbrechen gegen die Menschlichkeit tatenlos zuzusehen? Wo liegen die Grenzen der Souveränität? Ist sie absolut? Steht sie über dem Menschen, der geopfert werden darf?

Wie sollen wir auf das weit verbreitete Phänomen des Terrorismus reagieren, der sich letztendlich Zugang zu atomarem Material verschaffen und eine ganze Stadt bedrohen und lahmlegen könnte? Und im Falle eines Angriffs würde die Stadt durch Radioaktivität unbewohnbar werden. Ist ein Präventivkrieg dagegen legitim?

Dies sind ethische Fragen, die uns heute beschäftigen. Um nicht zu verzweifeln, müssen wir nachdenken. Angesichts der Strategie des derzeitigen US-Präsidenten Donald Trump, der dies verkündet und auch umsetzt, wird Frieden weltweit nicht durch Dialog, sondern durch Gewalt erreicht werden. Es wäre niemals echter Frieden, sondern eine erzwungene Befriedung. Es ist ein wiederkehrendes Argument aller Präsidenten, einschließlich Barack Obama, zu bekräftigen, dass die USA globale Interessen haben und bei deren Bedrohung – notfalls auch mit Gewalt – eingreifen können.

Angesichts dieser Probleme werden verschiedene Lösungsansätze vorgestellt.

Eine große Gruppe unterstützt die These: Angesichts der verheerenden Wirkung moderner Kriegsführung mit chemischen, biologischen und nuklearen Waffen, die die Zukunft der Menschheit und der gesamten Biosphäre gefährden könnte, gibt es keinen gerechten Krieg (ius ad bellum). Das Leben in all seinen Formen steht über allem.

Eine andere Gruppe argumentiert, dass es gerechte Kriege, sogenannte „humanitäre Interventionen“, geben kann, diese müssten sich aber auf die Verhinderung von Völkermord und Verbrechen gegen die Menschlichkeit beschränken.

Eine andere Gruppe, die das globale Establishment repräsentiert, bekräftigt: Der gerechte Krieg muss als Selbstverteidigung, als Bestrafung der Länder der „Achse des Bösen“ und als Verhinderung von Angriffen mit Massenvernichtungswaffen zurückgefordert werden.

Lassen Sie uns diese Positionen ethisch bewerten: Unter den gegenwärtigen Bedingungen birgt jeder Krieg ein extrem hohes Risiko, da wir über die Tötungsmaschine verfügen, die die Menschheit und die Biosphäre vernichten kann. Krieg ist in gewisser Weise ungerecht, da er global tödliche Folgen hat.

Im Rahmen einer realistischen Politik ist eine begrenzte „humanitäre Intervention” unter zwei Bedingungen theoretisch gerechtfertigt: Sie darf nicht von einem einzelnen Land, sondern muss von der Staatengemeinschaft (UNO) beschlossen werden und muss zwei Grundprinzipien (ius in bello = Rechte im Krieg) respektieren: die Immunität der Zivilbevölkerung und die Angemessenheit der Mittel (sie dürfen nicht mehr Schaden als Nutzen verursachen).

Der Einsatz von Gewalt in Selbstverteidigung ist an sich nicht gut, aber im Rahmen der strengen Angemessenheit der Mittel ist er gerechtfertigt.

Strafkriege, wie sie gegen Afghanistan und den Südlibanon, wo die Hamas operiert, geführt wurden, basieren auf Rache und sind nicht zu rechtfertigen. Sie schüren lediglich Wut und Groll und bereiten so den Boden für künftige Konflikte.

Der Präventivkrieg gegen den Irak, der auf der falschen Annahme beruhte, dieser besitze Massenvernichtungswaffen, war unrechtmäßig, da er auf falschen Analysen und einer noch nicht eingetretenen und ungewissen Situation basierte. Kein Recht, gleich welcher Art, verleiht ihm Legitimität, da er subjektiv und willkürlich ist.

Theoretisch ist dies alles stichhaltig, da es wichtig ist, Positionen zu klären. In der Praxis hat sich jedoch gezeigt, dass alle Kriege, selbst jene der „humanitären Intervention“, die beiden Kriterien – die Unversehrtheit der Zivilbevölkerung und die Angemessenheit der Mittel – nicht erfüllen. Es wird nicht zwischen Kombattanten und Nichtkombattanten unterschieden.

Um den Feind zu schwächen, wird seine Infrastruktur zerstört, was zum Tod vieler unschuldiger Zivilisten führt. Die Folgen des Krieges dauern jahrelang an, wie im Fall des von der US-Armee eingesetzten abgereicherten Urans, das Krankheiten in ganzen Bevölkerungsgruppen verursachte.

Krieg ist keine Lösung für irgendein Problem. Wir müssen, im Lichte des heiligen Franz von Assisi, Leo Tolstoi, Gandhi und Martin Luther King Jr., nach einem neuen Paradigma suchen, wenn wir uns nicht selbst zerstören wollen: Frieden als Ziel und Weg zugleich. Wer Frieden will, muss sich auf den Frieden vorbereiten.

Leonardo Boff schreibt für das LIBERTA-Magazin der ICL (https://www.revistaliberta.com.br); außerdem verfasste er „Caring for the Earth – Protecting Life, Record 2010“ (https://www.leonardoboff.org).

Übersetzt von Bettina Goldhacker

El fracaso ético y moral de la humanidad

Leonardo Boff

Nuestro origen se encuentra en África. Por eso somos todos africanos. El Valle del Rift, que puede verse desde la Luna, con una extensión de 3 mil km, comenzando en el norte de Siria y llegando al centro de Mozambique, es una zona privilegiada. En ese valle se produjo una gran división: de un lado, en las zonas más altas, quedaron los bosques en los que nuestros antepasados antropoides y, posteriormente, los simios superiores como los gorilas y los orangutanes vivían y disponían de abundante alimento. No necesitaban evolucionar para sobrevivir.

Algunos quedaron en la parte más baja del Valle del Rift, que se transformó en una especie de sabana. Nuestros ancestros, en este “nordeste seco”, evolucionaron en su cuerpo: comenzaron a caminar erguidos; y también en su cerebro, con más sinapsis entre sus neuronas, lo que permitió el surgimiento de un pensamiento inicial en el afán de buscar lo necesario para la supervivencia. Desde el punto de vista ecológico, la vida en la sabana no es tan abundante en medios de subsistencia como en otras biorregiones. En 1974 se descubrió un fósil bastante completo en el desierto de Afar, en Etiopía, datado en 3,18 millones de años. Parecía pertenecer a una mujer. Por eso fue llamado “Lucy”, nombre tomado de una canción de los Beatles: “Lucy in the Sky with Diamonds”.

En conclusión: la bioantropología ha dejado claro que nosotros, los seres humanos, derivamos de un ancestro común. No era un mono, como comúnmente se piensa, sino un primate primitivo que se bifurcó: por un lado dio origen a los grandes simios antes mencionados y, por otro, a las diversas fases del ser humano, como el Homo habilis, luego el Homo erectus y, finalmente, el Homo sapiens, del cual procedemos.

El gran cambio comenzó con el Homo habilis hace más de dos millones de años. Este ya utilizaba instrumentos como piedras puntiagudas, palos afilados y huesos gruesos con los cuales intervenía en la naturaleza y facilitaba la caza de animales. Sin embargo, esta intervención aún no era destructiva.

Con una diferencia de cientos de miles de años surgió el Homo erectus, ya bípedo, que utilizaba instrumentos más potentes, hasta el punto de que, en grupos coordinados, podía cazar bovinos e incluso elefantes. Utilizó por primera vez el fuego, introduciendo una verdadera revolución cultural al pasar de lo crudo a lo cocido, como fue estudiado por el antropólogo Claude Lévi-Strauss. Aumentó la intervención en la naturaleza, alcanzando animales más grandes, como los grandes perezosos.

Después de haber permanecido durante milenios en África, migrando de un lugar a otro pero siempre dentro del continente africano, comenzó la gran migración del Homo erectus. Emigró hacia Eurasia, hacia Asia Central, llegando a la India, a China e incluso a Australia. Más tarde, sus descendientes, el Homo sapiens, llegaron a las Américas hace aproximadamente 20 mil años y así ocuparon todo el planeta.

Del emigrante Homo erectus llegamos al Homo sapiens/sapiens de hace unos 100 mil años. Este introdujo, hace unos 10 mil años, quizá la mayor revolución de la historia humana, la única que se universalizó y cuyas consecuencias perduran y se han profundizado hasta nuestros días. Es la revolución neolítica. Los seres humanos se volvieron sedentarios: crearon aldeas y ciudades. La gran invención fue la agricultura y la irrigación, especialmente junto a los grandes ríos: el Tigris, el Éufrates, el Nilo y el Indo.

Con la agricultura se formó un superávit de medios de subsistencia. A partir de entonces comenzó también un proceso de violencia y agresión, no solo contra la naturaleza —como venía ocurriendo de manera creciente hasta ese momento—, sino también contra otros seres humanos. La producción agrícola generó excedentes en cantidad considerable. Esto hizo posible la guerra, pues había reservas para alimentar a los soldados. Fue en ese momento cuando el historiador Arnold Toynbee, en su monumental obra A Study of History, vio surgir un fenómeno que nunca desaparecería de la faz de la Tierra: la guerra. Comenzó la verdadera “abominación de la desolación”, como se describe bíblicamente el nivel de destructividad humana.

Pero la violencia sistemática contra otros seres humanos y contra la naturaleza adquirió dimensiones nunca antes vistas con el proceso de colonización y esclavización de África, de América Latina y de otras regiones a partir de Europa. Millones fueron sacrificados. Solo en las Américas, 61 millones en el espacio de un siglo y medio. Fue el mayor holocausto de la historia. Hubo verdaderos genocidios, actualizados en nuestros días, como el de la Franja de Gaza contra los palestinos. La inauguración de la industrialización moderna hasta la actualidad, con las formas más sofisticadas de dominación de las personas y de depredación de prácticamente todos los ecosistemas, utilizando incluso la inteligencia artificial, ha propiciado el auge del uso de la violencia, hasta el punto de crear el principio de la autodestrucción con todo tipo de armas mortales.

Debemos reconocer que, gracias a las ciencias y a las técnicas modernas, el bienestar humano ha crecido prodigiosamente. La vida se ha vuelto más cómoda y más longeva, aunque una gran parte de la humanidad siga condenada a la exclusión de estos beneficios. Indudablemente ha habido progreso en todos los ámbitos: en la salud, en la educación, en la movilidad y en miles de otras invenciones. Pero no debemos enorgullecernos demasiado, pues, como observó el genetista francés André Langaney (1942), las algas y las mariposas han desarrollado más su ADN que nosotros. Y, en términos de masa, las lombrices de tierra poseen más que toda la humanidad junta.

No obstante este desarrollo cultural, en términos morales (los modos de organizar la vida) y éticos (los principios que orientan la vida) aún estamos en la prehistoria. Siempre nos han acompañado la maldad, la crueldad, la mentira intencional y la falta de empatía, como lo vemos en nuestros días. Los escándalos de pedofilia y los abusos innombrables contra jóvenes niñas, documentados en los archivos de Epstein, que involucran al presidente Trump y a otros, nos muestran el nivel de degradación moral y ética.

Somos los últimos de los seres portadores de inteligencia reflexiva en entrar en el proceso de la evolución. Llegamos en el último minuto antes de la medianoche, si redujéramos la edad del universo (13,7 billones de años) al calendario de un año. ¿Tenemos todavía la posibilidad de hacer prevalecer la bondad sobre la brutalidad, el cuidado sobre la destructividad de nuestro modo de vivir? Un insensato como el presidente Donald Trump amenaza con usar su poder militar para someter a todos los países, con el riesgo de eliminar la vida humana mediante una guerra nuclear. O, por su incontenida voluntad de poder destructivo, ¿sería aquel —el enemigo de la vida— una especie de representante del Anticristo que pondría fin a la saga humana?

La Tierra continuará girando durante milenios alrededor del Sol, pero sin nosotros o quizá solo con los trillones y trillones de microorganismos del subsuelo que sobrevivirán. El destino está en nuestras decisiones, en nuestras manos. ¿Cómo salvarnos a nosotros mismos y a la vida, haciendo del amor, del cuidado y de la empatía los ejes estructuradores de un nuevo tipo de civilización? Sin eso no tendremos futuro.

Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor, y escribe para la revista LIBERTA del Instituto Conhecimento Liberta (ICL: https://www.revistaliberta.com.br). Entre sus obras recientes se encuentra La nueva visión del universo: ¿de dónde venimos? Animus-Anima, Petrópolis, 2025. site:www.leonardoboff.org