De la calamidad de las calamidades de Bolsonaro a la esperanza esperante de Lula

Leonardo Boff*

Durante los cuatro años de la administración del presidente Bolsonaro, el país ha vivido afectado por todas las plagas de Egipto. De las muchas opciones posibles para un problema, el presidente generalmente elegía la peor. Psicótico, se mostraba apático ante las desgracias infligidas al pueblo, en particular a los más vulnerables. El punto álgido de su orgasmo psicótico lo alcanzó cuando prohibió agua, vacunas y medicinas a los indígenas, a los que consideraba infrahumanos. Por ello probablemente se enfrentará a un juicio por genocidio, interpuesto ya por los propios indígenas ante el Tribunal Penal para Crímenes contra la Humanidad de La Haya.

De todos es conocida la lista de omisiones, de delitos comunes y contra la humanidad, de violaciones de las leyes y de la Constitución perpetradas por esta figura dia-bólica (que separa, al contrario de la sim-bólica, que une) de forma continuada y sin escrúpulos. Al mismo tiempo, debemos reconocer que nuestra democracia, al ser de baja intensidad, junto con la mayoría de sus instituciones, no ha demostrado estar a la altura del desafío antidemocrático y antinacional para enfrentarse a tales desvaríos. Fué seguramente el presidente más corrupto de nuestra historia, no tanto en sentido momentario sino por haber corrompido la mente y el corazón del pueblo por el odio y lo desprecio de los más vulnerabales.Dejemos a un lado las atrocidades cometidas por este presidente, cuyo nombre debe constar en el libro de los crímenes cometidos contra su propio pueblo.

La gravedad del desastre producido en todos los campos es de tal magnitud que sólo una reflexión histórica y sociológica quizá no sea suficiente para descifrarlo. Requiere una indagación filosófica, que he intentado hacer en algunos artículos anteriores.

Me serví de dos categorías, una occidental, la de la sombra, y otra oriental, la del karma, dialogando entre sí

Tal vez sea necesaria una pequeña referencia a los presupuestos teóricos de esta lectura: a la física cuántica y al pensamiento ecológico moderno, que nos ayuden a entender a este siniestro personaje. 

Hoy sabemos que todos los seres están inter-retro-conectados, todos están envueltos en redes de relaciones. Cada relación deja una marca en los seres relacionados y así surge una historia, la cosmogénesis. Las experiencias dramáticas dejan huellas que a menudo intentamos reprimir, pero que permanecen en el inconsciente colectivo. Jung llama a esto sombra. Algo similar ocurre con el karma. Cada acción deja una marca que provoca una reacción correspondiente. Tanto Jung como el filósofo japonés Daisaku Ikeda convergen en este sentido. En otras palabras, no sólo existe la sombra individual y el karma, sino también el carácter colectivo presente en el sustrato y en el inconsciente de cada pueblo.

Volviendo a nuestro tema: somos herederos de una tormentosa historia de sombras: el genocidio indígena, la colonización que nos impidió tener un proyecto propio, la esclavitud, la más grave, que redujo a los seres humanos a esclavos y a ser utilizados como animales en la producción, sombras de nuestra frágil república y democracia que nunca fueron inclusivas, porque la conciliación de las clases pudientes nunca quiso un proyecto nacional para todos, sino sólo entre ellas con la exclusión de las grandes mayorías de negros, pobres, indígenas y otros. Esas sombras inhumanas actuaban en el inconsciente colectivo, provocando quilombos y revueltas, todas ellas sofocadas a sangre y fuego para mantener las ventajas de la élite del atraso (Jessé Souza). También actuaban en el inconsciente de las minorías pudientes, normalmente en forma de miedo e inseguridad. Cuando se dieron cuenta de que las sombras de las clases humilladas empezaban a ganar fuerza histórica hasta el punto de haber elegido a uno de sus representantes a la presidencia, Lula, pronto fueron por todos los medios debilitadas, reprimidas, combatidas hasta cortarles el camino por medio de un golpe cívico-militar en 1964, repetido de otra forma en 2016 con el impeachment a Dilma Rousseff. Las motivaciones eran las mismas: garantizar su poder y fortunas.

En una persona mediocre, sin proyecto personal y manipulable, estas clases encontraron el representante ideal que buscaban. Eligieron al actual presidente, siempre apoyado por ellas, porque, con su economía ultraneoliberal, unida a una política de extrema derecha, acumularon riqueza, a pesar de la pandemia del Covid-19, como nunca antes en la historia. Hicieron todo lo posible para asegurar su reelección (en sentido figurado, le hicieron comprar el campo de fútbol, comprar el equipo, comprar a los recogepelotas, comprar al árbitro, y aun así perdieron). Hay una fuerza mayor que la maldad organizada. 

La fuerza kármica (haciendo abstracción de las múltiples reencarnaciones) según Ikeda impregna con su sombra la historia y las instituciones, positiva o negativamente. Arnold Toynbee que mantuvo un largo diálogo con Ikeda, prefiere otra categoría y no la kármica, al decir que la historia carga con un peso propio que son los fracasos y los éxitos de un pueblo También genera una sombra en el inconsciente colectivo que se proyecta en las redes sociales y conforma el destino de un pueblo.

Volviendo de nuevo a nuestro tema: con el gobierno actual hemos tenido que vivir bajo el peso de muchas sombras sombrías que se expresaban por el odio, por la mentira, por las fake news, por la deformación de la realidad. Tomó forma en la siniestra figura del presidente, cuya megasombra tenía el poder de despertar y animar la sombra colectiva de un pueblo ya debilitado. Creó un campo kármico o forjó el gabinete del odio y todas las formas de obscenidades políticas y éticas.

El destino quiso esta insensatez, cuyo proyecto era llevarnos al mundo de la pre-Ilustración, ya que ésta promovía la escuela para todos, los derechos humanos y las libertades modernas, avances civilizatorios negados sistemáticamente por el bolsonarismo.

Brasil fue sometido al mayor desafío de nuestra historia. Fue humillado internamente y avergonzado exteriormente. 

Pero nunca se apagó la esperanza, ese motor interior más grande que la virtud que hace que nunca nos rindamos, que nos sostiene en los enfrentamientos y nos hace levantarnos cuando caemos. Este principio-esperanza nunca muere, porque es la fuerza secreta de toda vida que se niega a morir y reafirma siempre la fuerza intrínseca de la vida, obligándonos a abrir nuevos caminos y mundos aún no probados (F. Pessoa). El esperanzar de Paulo Freire y la esperanza esperante, que nunca se rinden, siempre insisten y crean las condiciones históricas para que la utopía viable se haga realidad. Hemos pasado la prueba. La gran calamidad de Bolsonaro ha sido superada por la esperanza esperante de Lula. Tenemos la esperanza de que el nuevo presidente, con el equipo de excelencia que ha articulado, pueda rehacer lo que fue destruido y, mucho más, abrir nuevos caminos, buenos para nosotros y para el mundo, porque por Brasil pasará, seguramente, el futuro ecológico de la vida y de la humanidad.

*Leonardo Boff ha escrito Brasil: concluir la refundación o prolongar la dependencia , Vozes 2018.

Traducción de MªJosé Gavito Milano

Da calamidade das calaminades de Bolsonaro à esperança esperante de Lula

Durante os quatro anos da administração do presidente Bolsonaro, o país viveu afetado por  todas as pragas do Egito. Das muitas opções possíveis para algum problema, o presidente geralmente escolhia a pior. Psicótico,era apático face às desgraças infligidas ao´povo, particularmente aos mais vulneráveis. O auge de seu orgasmo psicótico foi atingido quando proibiu água, vacinas e remédios aos indígenas, tidos por ele como sub-humanos. Por isso, provavelmente, deverá enfrentar um processo de genocídio, já encaminhado pelos próprio indígenas, junto ao Tribunal Penal de Crimes contra a Humanidade em Haia.

É de todos conhecida a lista das omissões, dos crimes comuns e contra a humanidade, das violações das leis e da Constituição perpretadas por esta figura dia-bolica (que separa contrariamente a sim-bólica que une) de forma continuada e sem qualquer escrúpulo. De passo, cabe reconhecer que, a nossa democracia por ser de baixa intensidade junto com a maioria de suas instituições, não se revelou à altura do desafio antidemocrático e antinacionai para enfrentar tais desvarios. Deixemos de lado as atrocidades cometidas por este presidente, cujo nome deve constar no livro dos crimes cometidos contra o seu próprio povo.

 A gravidade do desastre produzido em todos os campos é de tal magnitude que talvez somente uma reflexão histórica e sociológica não sejam suficientes para decifrá-lo. Demanda uma indagação filosofante,coisa que tentei em alguns artigos anteriores.

Utilizei-me de duas categorias, uma ocidental, a da sombra, e outra oriental a do karma, dialogando entre elas.

Talvez se faça necessária uma pequena referência aos pressupostos teóricos desta leitura: à física quântica e ao pensamento ecológico moderno nos ajudem a entender  este sinistro fenômeno.

Sabemos hoje que todos os sere estão inter-retro-conectados,todos estão envolvidos em redes de relações. Cada relação deixa uma marca entre os seres relacionados e assim surge uma história, a cosmogênese. Experiências dramáticas deixam marcas que,não raro, procuramos recalcar,mas que permanecem no inconsciente coletivo. Jung chama a isso de sombra. Algo parecido ocorre com o karma. Cada ação deixa uma marca que provoca uma correspondente reação. Tanto Jung quanto o  filósofo japonês Daisaku Ikeda convegem nesta acepção. Em outras palavras, não há apenas a sombra e o karma indidivual.Eles podem assumir um caráter coletivo presente no substrato e no inconsciente de cada povo.

Voltando ao nosso tema: somos herdeiros de uma tormentosa história de sombras: a do genocídio indígena, a colonização que nos impedia possuir um projeto próprio, a escravidão, a mais grave,que reduziu pessoas humanas a escravos e usados como animais na produção, sombra de nossa república e democracia frágeis que nunca foram includentes,pois a conciliação das classes endinheiradas nunca fizeram um projeto nacional para todos, apenas entre elas com a exclusão das grandes maiorias de negros,pobres,indígenas e outros. Essa sombras desumanas trabalharam no inconsciente coletivo,provocando quilombos e revoltas, todas elas exterminadas a ferro e fogo para manter as vantagens “de elite do atraso”(Jessé Souza). Elas trabalharam também no inconsciente das minorias endinheiradas,geralmente na forma de medo  e insegurança. Ao dar-se conta de que as sombras das classes humilhadas começaram a ganhar força história a ponto de terem eleito um dos seus representantes à presidência, Lula, logo foram por todos os meios rebaixadas, reprimidas,combatidas até cortar-lhe o caminho por um golpe civil-militar em 1964 de,sob outra forma,repetido em 2016 com o impeachement  Dilma Rousseff.As motivações eram as mesmas:garantir seu poder e fortunas.

Na pessoa medíocre,sem projeto pessoal nenhum e manipulável estas classes encontraram o representante ideal que precisavam. Elegeram o atual presidente, sempre sustentado por elas, pois, com sua economia ultra-neoliberal, aliada a uma política de extrema-direita, acumularam,apesar da pandemia do Covid-19, como nunca antes na história. Fizeram de tudo para garantir-lhe a reeeleição (figurativamente, fizeram-lhe comprar a arena de futebol, comprar o time, comprar  os gandulas,comprar o juiz, e ainda assim perderam).Há uma força maior que a maldade arquitetada.

A força kármica (abstraindo as muitas reencarnações) segundo Ikeda impregna com sua sombra a história e as instituições,positiva ou negativamente. Arnold Toynbee que entreve um longo diálogo com Ikeda, prefere outra categoria e não a kármica, ao dizer que a  história carrega um próprio peso que são os fracassos e sucesso de um povo. Ele gera também uma sombra no inconsciente coletivo que se projeta nas redes sociais e conforma o destino de um povo.

Voltando ao tema em tela: com o atual governo tivemos que penar sob o peso de nossas muitas sombras sombrias que se expressavam pelo ódio, pela mentira,pelos fake news,pela distorção da realidade. Ganhou corpo na figura sinistra do presidente,cuja megasomba tinha o poder de  suscitar e animar a sombra coletiva de um povo já fragilizado. Criou um um campo kármico ou forjou o gabinete do ódio e todas as formas de obcenidades políticas e éticas.

O destino quis que essa insensatez,cujo projeto era levar-nos ao mundo do  pre-iluminismo, pois esse promovia a escola para todos,os direitos humanos e as liberdades modernas, avanços civilisatórios, sistematicamente negados pelo bolsonarismo.

O Brasil foi submetido ao seu maior desafio havido em nosso história. Foi humilhado internamente e envergonhado externamente.

Mas nunca esmoreceu esperança, aquele motor interior, maior que a virtude, que nos faz nunca desistir, que nos sustenta nos enfrentamentos e nos faz levantar quando caídos. Esse princípio-esperança nunca morre porque é ele o vigor secreto de toda vida que recusa morrer e sempre reafirma a força intrínseca da vida, nos força a rasgar caminhos novos e mundos “ainda não experimentados”(F.Pessoa). O esperançar de Paulo Freire e a esperança esperante,que nunca desistem,sempre insistem e criam a condições histórica para que a utopia viável se torne realidade. Passamos pela prova. A magna calamidade de Bolsonaro foi vencida pela esperança esperante de Lula. Temos esperança de que o novo presidente com a equipe de excelência que articulou, pode refazer o que foi destruído e, muito mais, abrir rumos novos, bons para nós e para o mundo, pois, pelo Brasil passará,seguramente,  futuro ecológico da vida e da  humanidade.

El “no” del Papa Francisco al sacerdocio de las mujeres:  ¿“residuos” del patriarcado?

Últimamente el Papa Francisco ha sorprendido a los teólogos con una entrevista dada a la revista jesuita América del 22 de noviembre, diciendo un “no” al sacerdocio de las mujeres. Utilizó una argumentación inusitada, tomada de un teólogo exjesuita Hans Urs von Balthazar, muy erudito, pero inmerso en una relación singular con una médica y mística suiza, Adrienne von Speyer. El Papa toma de él una distinción que le ha permitido negar el sacerdocio a la mujer: el principio-mariano y el principio-petrino. Curiosa e inusitada esta distinción del Papa Francisco.  María sería la esposa de la Iglesia, mientras que Pedro es su guía.

Observemos que definir a María como esposa de la Iglesia es una metáfora y no una definición real como es afirmar “la Iglesia es la comunidad de los fieles”. ¿Será correcta y justa esta distinción  metafórica rara en la tradición, retomada por un teólogo erudito, pero considerado como  extravagante?*

Vale la pena subrayar la lógica siguiente: sin el Espíritu Santo no habría María. Sin María no habría Jesús. Sin Jesús no habría Pedro, hecho el principal de los Apóstoles. Sin Pedro no habría sucesores, llamados Papas.

Hemos apoyado casi todo lo que el Papa Francisco ha escrito y enseñado. Pero en este punto me permito alejarme críticamente pues este es también el oficio de la teología razonada. Me siento apoyado en la argumentación de los mejores teólogos de la actualidad, solamente para citar al mayor de ellos, mi antiguo profesor en Múnich, Karl Ranher (+1980). La opinión de esos teólogos es prácticamente unánime en que no hay ningún impedimento doctrinal al acceso de las mujeres al sacerdocio, como lo  han hecho otras iglesias cristianas no católicas. Solamente una visión masculinista de la fe cristiana y cierta interpretación  de los evangelios, contaminada por la visión patriarcal, sostienen  el “no”.

La argumentación a favor del sacerdocio para las mujeres es abundantísima y minuciosa, tema  que presenté en mi libro Eclesiogénesis de 1982/2021.

En ciertos puntos, la argumentación papal no evita cierta contradicción, como por ejemplo: María puede engendrar a Jesús, su hijo, pero no puede representarlo en la comunidad. Eso suena hasta ofensivo para la grandeza de María, portadora permanente del Espíritu. Pedro que llegó a negar a Jesús y a quien este llegó a llamarlo “satanás” por no admitir que  padeciese y muriese, puede representar a Jesús. Aquí hay una innegable desproporción, culturalmente explicable.

¿Quién tiene mayor excelencia? Lógicamente es María, sobre la cual vino el Espíritu Santo y estableció su morada permanente en ella (“episkiásei soi”:Lc 1,35) hasta el punto de elevarla a la altura de lo Divino. Solamente  de alguien elevado a la altura de lo Divino (María) es válido afirmar: “el Santo engendrado (por ti) será llamado Hijo de Dios”.

Las funciones de María y de Pedro son de naturaleza totalmente distinta. Pedro no es el padre de Jesús, mientras que María es  verdaderamente su madre biológica. Solamente alguien todavía rehén del patriarcalismo secular, puede colocarlos al mismo nivel. No sin razón, la mujer nunca hasta hoy ha tenido su ciudadanía eclesial reconocida. El evangelio se encarnó en la cultura de la época que entendía a la mujer como un “mas”, es decir,  “un ser humano todavía deficiente en camino de su humanidad”. No dice otra cosa Santo Tomás de Aquino (¿repetido después por Freud?) y, en el fondo, es lo que pasa  por la mente de las más altas autoridades eclesiásticas, cardenales y papas. Las mujeres son menos, por el hecho de ser mujeres, aunque mujeres y hombres son igualmente imagen y semejanza  de Dios (Gn 1,28). Y aún más: la mayoría de la Iglesia son mujeres, y además las hermanas y madres de todos los demás hombres. Por lo tanto, tienen  una preeminencia innegable.

El único que escapó de esta visión reduccionista fue el Papa Benedicto XVI al decir en una entrevista de radio en 2005: “Creo que las mismas mujeres con su impulso y su fuerza, su superioridad y con su potencial espiritual sabrán crear su espacio. Nosotros debemos procurar ponernos a la escucha de Dios,  para no ser nosotros quienes se lo impidamos (Benedicto XVI,5,VIII,2006)”.

Hay sólidas  razones para sustentar la conveniencia y hasta la necesidad de que las mujeres que quieran accedan al ministerio sacerdotal. Una eminente teóloga y feminista holandesa, A. van Eyde, dice: “La misma Iglesia quedaría herida en su cuerpo  orgánico si no diese lugar a la mujer dentro de sus instituciones eclesiales” (Die Frau im Kirchenamt, 1967, p. 360).

La Iglesia jerárquica no puede, dado el avance de la conciencia acerca de la igualdad de los géneros, transformarse en un reducto de conservadurismo y de machismo. Hay aquí una concepción estéril y enquistada en el pasado de la positividad de la  fe. Esta no es un recipiente de aguas muertas, sino una fuente de aguas vivas, capaz de vivificar  nuevas iniciativas en razón del   cambio de las mentalidades y de los tiempos. Ellas, en su fina sensibilidad, captan el sentido claro de los signos de los tiempos y lo expresan con un lenguaje más adecuado a nuestros días. Veamos los argumentos principales.

En primer lugar, fue una mujer la que dio testimonio del hecho mayor del cristianismo, la resurrección de Jesús, María Magdalena, llamada por eso  “apóstola de los apóstoles”.  Sin el evento de la resurrección no habría Iglesia.

Eran ellas las que seguían a Jesús y le garantizaban la estructura material para su misión.

Ellas nunca traicionaron a Jesús, mientras que el principal de ellos, Pedro, lo traicionó con ocasión de la pasión. Después de su crucifixión, entristecidos, los apóstoles  lo abandonaron y estaban volviendo a sus casas, mientras ellas velaban al pie de la cruz, acompañando su agonía.

Ellas fueron las que, dos días después de ser sepultado, cuidaron de concluir el ritual sagrado de la unción del cuerpo con aceites sagrados.

Por lo tanto, ellas merecerían y merecen una centralidad inigualable en la comunidad cristiana. Y hasta hoy, el patriarcalismo cultural internalizado en la mente de los que tienen la dirección de la Iglesia, pero también en el mundo, las mantienen subalternas. En la Amazonia profunda y en otros lugares distantes, son ellas quienes llevan la fe, hacen todo lo que un cura hace, sin poder celebrar sin embargo la eucaristía, por no ser mujeres ordenadas en el sacramento del Orden.

Sin embargo, hay mujeres, líderes comunitarias, conscientes de la madurez de su fe, que asumen la totalidad de los sacramentos. No celebran la misa (que es un concepto litúrgico y canónico), sino la Cena del Señor tal como está descrita en la Epístola de San Pablo a los Corintios. No lo hacen con un espíritu de ruptura con la institución, sino con un sentido de servicio a toda la comunidad, siempre en comunión teológica con toda la Iglesia. La comunidad, según el Concilio Vaticano II, tiene derecho a recibir la Sagrada Eucaristía que se le niega por el simple hecho de no haber un sacerdote ordenado y célibe.

Teológicamente es importante subrayar lo que en la práctica se olvida totalmente, que sólo hay un sacerdocio en la Iglesia, el de Cristo. Los que vienen bajo el nombre de “sacerdote” son sólo figuraciones y representantes del único sacerdocio de Cristo; es Él quien bautiza, es Cristo quien consagra, es Él quien confirma. Él que perdona El sacerdote actúa sólo “in persona Christi” “en el lugar de Cristo”. Es decir, hace visible lo invisible.

Su función no puede reducirse, como sostiene la argumentación oficial, al poder de consagrar, (algo que sólo ha predominado desde el segundo milenio), expresión del poder del clero que se ha apoderado de todas estas funciones. Tal concentración de poder sagrado ha constituido el clericalismo tantas veces criticado duramente por el Papa Francisco.  Sin embargo, en el caso del acceso de las mujeres al sacerdocio   también él ha caído en un cierto clericalismo, o mejor dicho, se ha visto obligado a mantener la praxis tradicional para no crear un verdadero cisma en la Iglesia por parte de los grupos apegados a la tradición y, sobre todo, a los privilegios agregados al clericalismo.

La función del sacerdote ministerial no es acumular todos los servicios, sino coordinarlos para que todos sirvan a la comunidad. Como preside la comunidad, preside también la Eucaristía. Pero si la comunidad, sin culpa, se ve privada de ella, puede organizar por sí misma la celebración de la Cena del Señor. Todos estos servicios (que San Pablo llama “carismas” y que son muchos) pueden muy bien ser ejercidos por mujeres, como se demuestra en las Iglesias no católico-romanas y en las comunidades eclesiales de base.

De ahí que sea comprensible que las mujeres, conscientes de su madurez en la fe, en ausencia de un ministro ordenado, asuman ellas mismas tal ministerio, haciéndolo con su estilo particular de mujeres. No tienen que pedir permiso a la autoridad eclesiástica, porque ésta canónicamente dirá “no”. Pero lo hacen en perfecta comunión teológica con la totalidad de la Iglesia. Y por eso es plausible, justo y teológicamente fundado que presidan la Cena del Señor.

Lógicamente, el sacerdocio femenino no puede ser una reproducción del sacerdocio masculino. Sería una aberración si así fuera. Debe ser un sacerdocio singular, según el modo de ser de la mujer, con todo lo que denota su feminidad a nivel ontológico, psicológico, sociológico y biológico. No será una sustituta del sacerdote,  sino una verdadera representante sacramental del Cristo invisible que se hace visible a través de ellas.

Sería natural y lógico que el Papa reconociera oficialmente lo que ellas ya hacen en la práctica y así la Iglesia sería verdaderamente de hermanos y hermanas, sin exclusiones ni jerarquizaciones ontológicas injustificadas.

Sin temor a equivocarnos podemos decir: esta división entre ordenados y no ordenados (laicos y sacerdotes) no se encuentra en la tradición del Jesús histórico, que quería una comunidad de iguales y todo poder como mero servicio a la comunidad y no como promotor de privilegios, títulos y ventajas sociales e incluso económicas.

Tiempos vendrán en que la Iglesia católica romana acompasará su paso con el movimiento feminista mundial y con el propio mundo, rumbo a una integración del “animus” y del “anima”(de lo masculino y de lo femenino) para el enriquecimiento de lo humano y de la propia comunidad cristiana. Los tiempos están ya maduros para este salto cualitativo. Solo falta el valor de dar  este paso necesario e inevitable.

*Hans Urs von Balthazar en el tiempo en que yo estaba sometido a “silencio obsequioso” públicamente en Roma,  me denunció como alguien que negaba la divinidad de Cristo, cosa que jamás hice. Un teólogo- periodista le respondió en la primera página de un periódico de Roma con estas palabras: ”Cobarde, acusas calumniosamente a alguien que no puede defenderse por estar sometido a silencio obsequioso”. Su obra principal es La gloria del Señor (en siete volúmenes sobre la fe como estética y contemplación). Fue nombrado cardenal por el Papa Juan Pablo II, pero murió antes de recibir el nombramiento, cuando se dirigía a Roma. 

Leonardo Boff, ha escrito Eclesiogénesis: la Iglesia que nace del pueblo por el Espíritu de Dios, Vozes 1984/2021.

Traducción de María José Gavito Milano

O “não” do Papa Francisco ao sacerdócio das mulheres: resquícios do patriarcado                                       

Ultimamente o Papa Francisco surpreendeu os teólogos com uma entrevista dada à revista jesuita America de 22 de novembro, dizendo um “não”ao sacerdócio das mulheres. Utilizou uma argumentação inusitada,tomada de um teólogo ex-jesuíta Hans Urs von Balthazar, muito erudito mas metido numa relação singular com uma  médica e mística suiça  Adrienne von Speyer. Dele o Papa toma uma distinção que lhe permitiu negar ao sacerdócio à mulher: o princípio-mariano e o princípio-petrino. Curiosa e inusitada é esta distinção do Papa Francisco. Maria seria  a esposa da Igreja, enquanto Pedro é seu condutor.

Observemos que dizer Maria como esposa da Igreja é uma metáfora e não um definição real como afirmar “a Igreja é a comunidade dos fiéis”. Será correta e justa esta distinção metafórica rara na tradição  mas retomada por num teólogo erudito, mas tido como estravagante?*

Vale sublinhar a seguinte lógica: sem o Espírito Santo não haveria Maria.Sem Maria não haveria Jesus. Sem Jesus não haveria Pedro,feito  o principal dos Apóstolos. Sem Pedro não haveriam sucessores, chamados Papas.

Temos apoiado em quase tudo o que o Papa Francisco tem escrito e ensinado. Mas neste ponto me permito afastar-me criticamente (pois este é também o ofício da teologia razonada).Sinto-me apoiado na argumentação dos melhores teólogos da atualidade,somente para citar o maior deles, meu antigo professor em Munique, Karl Raher (+1980). É praticamente unânime a opinião desses teólogos de que não há nenhum empecilho doutrinário que impeça o acesso das mulheres ao sacerdócio,como o tem feito outras igrejas cristãs não católicas. Somente uma visão masculinista da fé cristã e certa interpretação dos evangelhos, contaminada pela visão patriarcal  sustentam  o “não”.

A argumentação a favor do sacerdócio para as mulheres  é abundantissima e minuciosa, coisa que o fiz no meu livro Eclesiogênese de 1982/2021.

Em certos pontos, a argumentação papal, não evita certa contradição, como por exemplo: Maria pode gerar Jesus, seu filho, mas não pode representá-lo na comunidade. Isso soa até ofensivo à grandeza de Maria, portadora permanente do Espírito. Pedro que chegou a trair Jesus e este chegou a chamá-lo até  de “satanás”por não admitir que  padecesse e morresse, pode representar Jesus.Aqui há uma inegável desproporção, culturalmente explicável.

Quem possui maior excelência? Logicamente é Maria,sobre a qual veio o Espírito Santo e estabeleceu sua morada permanente nela (“episkiásei soi”:Lc 1,35) a ponto de elevá-la à altura do Divino. Somene  a alguém elevado  à altura do Divino (Maria)  vale afirmar: “o Santo gerado (por ti) será chamado   Filho de Deus”.

A função de Maria e de Pedro são de natureza totalmente distinta.Pedro não é pai de Jesus, enquanto Maria é verdadeiramente sua mãe biológica. Somente alguém,ainda refém do secular patriarcalismo, pode colocá-los no mesmo patamar. Não sem razão, a mulher nunca teve, até hoje, sua cidadania eclesial reconhecida. O evangelho se encarnou na cultura da época que entendia a mulher como um “mas”, quer dizer, “um ser humano deficiente ainda a caminho de sua humanidade”.Não diz outra coisa Santo Tomás de Aquino (depois repetido por Freud?) e, no fundo, é o que se ae pass na mente das mais altas autoridades eclesiásticas, cardeais e papas. As mulheres são menos, pelo fato de serem mulheres, embora mulheres e homens são igualmente imagem e semelhança de Deus (Gn 1,28). Mais ainda: a maioria da Igreja são mulheres  e, mais, as mães e as irmãs de todos os demais homens. Portanto, têm uma proeminência inegável.

O único que escapou desta visão reducionista foi o Papa Bento XVI ao dizer numa entrevista de rádio em 2005:”Creio que as próprias mulheres com seu impulso e sua força, sua superioridade e com seu potencial espiritual saberão criar o seu espaço. Nós devemos procurar a por-nos na escuta de Deus, para que não sejamos nós que as impediremos (Bento XVI,5,VIII,2006)”.

Há eminentes razões para sustentar a conveniência e até a necessidade das mulheres que quiserem, aceder ao ministério sacerdotal.Diz uma eminente teóloga e feminista holandesa, A.van Eyde:”A Igreja mesma ficaria ferida em seu corpo orgânico se não desse lugar à mulher dentro de suas instituições eclesiais”(Die Frau im Kirchenamt, 1967, p. 360).

A Igreja hierárquica não pode, dado o avanço da consciência da igualdade dos gêneros, se transformar num reduto de conservadorismo e de machismo. Há aqui uma concepção estéril e engessada no passado, da positividade da fé. Esta não é um recipiente de águas mortas,mas uma fonte de águas vivas, capaz de vivificar novas iniciativas em razão da mudança das mentalidades e dos tempos. Elas, em sua fina sensibilidade, captam o sentido claro dos sinais dos tempos e o expressam com uma linguagem mais adequada aos nossos dias. Vejamos os principais argumentos.

Primeiramente, foi uma mulher a testemunhar o fato maior do cristianismo, a ressurreição de Jesus, Maria Madalena, chamada por isso de “apostolada dos apóstolos”.  Sem o evento da ressurreição não haveria Igreja.

Foram elas que seguiam Jesus e garantiam-lhe a infra-estrutura material de sua missão.

Elas nunca traíram Jesus, enquanto o principal deles, Pedro,o traiu por ocasião da paixão. Após a sua crucificação, acabrunhados, os apóstolos  o abandonaram e se dirigiram para suas casas, enquanto elas velavam ao pé da cruz  acompanhando a sua agonia.

Foram elas que cuidaram, dois dias após seu sepultamento, da conclusão do ritual sagrado da unção do corpo com óleos sagrados.

Portanto, elas mereceriam e merecem uma centralidade inigualável na comunidade cristã. E até hoje, o patriarcalismo cultural internalizado na mente dos que detém a direção da Igreja, mas também no mundo, as mantém subalternas. Na Amazônia profunda e e outros lugares distantes, são elas que levam a fé, fazem tudo o que um padre faz, sem, no  entanto, poder celebrar a eucaristia, por não serem mulhes ordenadas no sacramento da Ordem.

No entanto, há mulheres, líderes de comunidades, conscientes da maturidade de sua fé, que assumem a totalidade dos sacramentos. Não celebram a missa (que é um conceito litúrgico e canônico), mas a ceia do Senhor como vem descrita na Epístola de São Paulo aos Coríntios. Não o fazem num espírito de ruptura com a instituição, mas num sentido de serviço a toda a comunidade, sempre em comunhão teológica com toda a Igreja. A comunidade, segundo o Concílio Vaticano II, tem o direito de receber a sagrada Eucaristia que lhes é negada pelo simples fato de não haver um sacerdote ordenado e celibatário.

Teologicamente importa enfatizar, o que é na prática totalmente esquecido, que há somente um único  sacerdócio na Igreja, aquele de Cristo. Os que vêm sob o nome de “sacerdote”, são apenas figurações e representantes do único sacerdócio de Cristo.É Ele quem batiza, é Cristo quem consagra, é Ele quem confirma. O sacerdote age apenas “in persona Christi” “no lugar de Cristo”. Vale dizer, torna visível o que ocorre invisivelmente.

Sua função não pode ser reduzida, como sustenta a argumentação oficial, ao poder de consagrar,(coisa que predominou somente a partir do segundo milênio), uma expressão de poder do clero que se assenhoreou de todas estas funções. Tal concentração de poder sagrado constituiu o clericalismo, em tantas ocasiões, fortemente criticado pelo Papa Francisco.  No caso, entretanto, concernente ao acesso das mulheres ao sacerdócio tenha ele também decaído em certo clericalismo, melhor, forçado a manter a praxe tradicional para não criar um verdadeiro cisma na Igreja por parte dos grupos aferrados à tradição e mais que tudo, aos privilégios agregados ao clericalismo.

A função do sacerdote ministerial não é acumular todos os serviços, mas coordená-los para que todos sirvam à comunidade. Pelo fato de presidir a comunidade, preside também a eucaristia. Mas se esta, sem culpa, estiver privada dela, ela mesma pode organizar a celebração da ceia do Senhor. Todos os serviços (que São Paulo chama de “carisma” que são muitos) podem muito bem ser exercidos pelas mulheres como se mostra nas igrejas não romano-católicas e nas comunidades eclesiais de base.

Daí compreende-se que mulheres,conscientes de sua maturidade na fé, na ausência do ministro ordenado,elas mesmas assumem tal ministério, fazendo-o em seu estilo próprio de mulher. Não devem solicitar licença à autoridade eclesiástica, porque esta, canonicamente, dirá “não”. Mas elas o fazem em perfeita comunhão teológica com a totalidade da Igreja. E assim é plausível, justo e teologicamente fundado  presidirem a Ceia do Senhor.

Logicamente, o sacerdócio feminino não pode ser a reprodução daquele masculino. Seria uma aberração se assim fosse. Deve ser um sacerdócio singular, com o modo de ser da mulher com tudo o que denota sua feminilidade no plano ontológico, psicológico, sociológico e biológico. Não será a substituta do padre. Mas verdadeira representante sacramental do Cristo invisível que por elas se torna visível.

Natural e lógico seria se o Papa reconhecesse oficialmente o que elas já fazem na prática e assim tornaria a Igreja, realmente, de irmãos e irmãs, sem exclusões e hierarquizações ontológicas injustificadas. Podemos dizer sem medo de errar: essa divisão entre ordenados e não ordenados (leigos e padres) não se encontra na tradição do Jesus histórico que queria uma comunidade de iguais e todo poder com mero serviço à comunidade e não como fotor de privilégios, de títulos e vantagens sociais e até financeiras.

Tempos virão em que a Igreja romano-católica acertará seu passo com o movimento feminista mundial e com o próprio mundo, rumo a uma integração do “animus” e da “anima”(do masculino e do feminino) para o enriquecimento do humano e da própria comunidade cristã. Os tempos já estão maduros para este salto de qualidade. Só falta a coragem de dar esse passo necessário e inevitável.

*Hans Urs von Balthazar ao tempo em que eu estava submetido ao “silêncio obsequioso” publicamente, em Roma, me denunciou como alguém que negava a dividade de Cristo, coisa que jamais o fiz. Respondeu-lhe um teólogo-jornalista, na primeira página de um diário de Roma com estas palavras:”Covarde, acusas caluniosamente a alguém que não pode se defender por estar sob o silêncio obsequiso”.Sua obra principal é A glória do Senhor(em sete volume sobre a fé como estética e contemplação). Foi feito Cardeal pelo Papa João Paulo II, mas morreu antes quando se dirigia para Roma. 

Leonardo Boff, escreveu Eclesiogênese: a Igreja que nasce do povo pelo Espírito de Deus, Vozes 1984/2021.