La resurrección como insurrección: el verdugo no triunfa sobre la víctima

Lo que sustenta al cristianismo, en sus distintas expresiones históricas en diferentes iglesias, no es la referencia a un gran profeta o sabio, no es la cruz impuesta injustamente a alguien que pasó por el mundo haciendo solamente el bien, ni es la sangre derramada. Es la resurrección. Pierre Teilhard de Chardin, uno de los primeros que articuló la fe cristiana con la visión evolutiva del mundo, dice que la resurrección es un “tremendous” de significación universal que va más allá de la propia fe cristiana. Representaría una revolución dentro de la evolución. En otras palabras, una anticipación del fin bueno de toda la creación y la realización de todas las virtualidades escondidas dentro del ser humano que, prisionero del espacio-tiempo, no consigue dejarlas irrumpir. Él es un ser que está todavía naciendo . Y llega un momento, dentro del proceso cosmogénico en curso, en el que se da esta oportunidad de acabar de nacer. Entonces implosiona y explosiona el homo revelatus, el ser humano totalmente revelado y realizado en su plena hominización. Es la anticipación de la esperanza radical de que no la muerte sino la vida en plenitud escribe la última página de la historia humana y universal.

Para los portadores de la fe cristina, la resurrección es la realización en la persona de Jesús de lo que él anunciaba: el Reino de Dios. Este significa una revolución absoluta de todas las relaciones, inclusive cósmicas, inaugurando lo nuevo en el mundo. Esa revolución implica la superación de la muerte y el triunfo definitivo de la vida, no de cualquier tipo de vida, sino de una vida totalmente plenificada. En fin, el “novísimo Adán” (1Cor 15,45) acaba de irrumpir dentro de la historia.

San Pablo, inesperadamente, tuvo una experiencia del Resucitado cuando iba camino de Damasco a perseguir cristianos. A la luz de esa experiencia, se burla de la muerte y exclama: “ ¿Dónde, oh muerte, está tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, el aguijón con el que nos atemorizabas? La muerte fue tragada por la victoria. Gracias a Nuestro Señor Jesucristo” (1Cor 15,55-57).

El cristianismo vive y sobrevive por la fe en la resurrección de Cristo y no por la creencia en la inmortalidad del alma, tema que no es cristiano sino platónico. Aquí se decide todo, hasta el punto de que Pablo en su Primera Carta a los Corintios afirma con todas las palabras: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe; somos también falsos testigos, somos los más miserables de todos los hombres”(1Cor 15,14-19).

La explosión de luz se transforma en explosión de alegría. Contra la experiencia cotidiana de la mortalidad, especialmente ahora bajo la acción letal de la Covid-119, podemos mantener la fe y la esperanza de que los que fueron arrebatados, viven resucitados. Cristo, nuestro hermano, es el primero entre los hermanos y hermanas. Nosotros participamos de su resurrección, pues lo que ocurre en su humanidad, afecta a la humanidad que está también en nosotros. Entonces podemos decir: no vivimos para morir, morimos para resucitar.

Los muertos de los cuales no pudimos despedirnos, darles nuestro último homenaje ni hacerles el velorio, son solo invisibles. Ellos, resucitados, no están ausentes sino bien presentes. Esto puede enjugar nuestras lágrimas y dar sosiego a nuestro corazón.

Por otro lado, la resurrección representa una insurrección contra la justicia de los hombres, judíos y romanos, por la cual Jesús fue condenado al suplicio de la cruz. Esa justicia establecida y legal fue rechazada. Con la resurrección de Jesús triunfó la justicia del oprimido e injusticiado, venció el derecho del pobre. Cabe recordar que quien resucitó no fue un emperador con todo su poder político y militar, no fue un sumo sacerdote en la cima de su santidad, ni un sabio con la irradiación de su sabiduría. Fue un crucificado, un ajusticiado, muerto fuera de los muros de la ciudad, lo que significaba una suprema humillación.

La resurrección define el sentido de nuestra esperanza: ¿por qué morimos si ansiamos vivir siempre? ¿Qué sentido tiene la muerte de aquellos que sucumbieron en la lucha por la justicia de los humillados y ofendidos? ¿Quién dará sentido a la sangre de los anónimos, de los campesinos, de los obreros, de los indígenas, de los negros, de las mujeres y de los niños, derramada por los poderosos en razón del único crimen de reivindicar su derecho negado? La resurrección responde a estas preguntas inevitables del corazón. Ella garantiza que el verdugo no triunfa sobre la víctima. Significa el rescate de la justicia y del derecho de los débiles, de los subyugados y deshumanizados como lo fue el Hijo de Dios cuando pasó entre nosotros. Ellos heredan la vida nueva.

¿Cómo denominar la realidad resucitada que llegó a la culminación anticipada de la evolución? Los autores del Nuevo Testamento se enredan en los términos. Para un evento nuevo, nuevo lenguaje. El más pertinente, entre otros, es el de San Pablo: “el novísimo Adán” o “cuerpo espiritual” (1Cor15,45). El primer Adán trae consigo la muerte; el novísimo, Jesús resucitado, deja atrás la muerte. La expresión “cuerpo espiritual” parece contradictoria: si es cuerpo no puede ser espíritu; si es espíritu no puede ser cuerpo. Pero Pablo inteligentemente une los dos términos: es cuerpo, realidad concreta y no fantasmagórica, pero un cuerpo con cualidades del espíritu. Es propio del espíritu estar más allá de la materia, como ya lo vio Aristóteles. Por el espíritu habitamos las estrellas más distantes y tocamos la realidad divina. El espíritu posee una dimensión transcendental y cósmica. Eso sería la resurrección. No sin razón, Pablo elabora en sus epístolas toda una cristología cósmica: el Resucitado llena el universo y nos acompaña en las tareas más cotidianas.

Finalmente, cabe destacar que la resurrección es un proceso: comenzó con Jesús y se extiende por la humanidad y por la historia. Siempre que triunfa la justicia sobre las políticas de dominación, siempre que el amor supera la indiferencia, siempre que la solidaridad salva vidas en peligro, como ahora, obligados al aislamiento social, ahí está ocurriendo la resurrección, es decir, la inauguración de aquello que tiene futuro y será perennizado para siempre.

A quien cree en la resurrección, no le es permitido vivir triste, no obstante la oscuridad de la historia, como actualmente. El Viernes Santo es un paso que culmina con la resurrección. Es más que el triunfo de la vida; es la plena realización de la vida en todas sus virtualidades.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito: Nuestra resurrección en la muerte, Vozes 2012. Vida más allá de la muerte, Vozes, 26. edic. 2012; titulado en español Hablemos de la otra vida, Sal Terrae.

Traducción de Mª José Gavito Milano

A ressurreição como insurreição: o verdugo não triunfa sobre a vítima

O que sustenta o Cristianismo, nas suas várias expressões históricas em diferentes igrejas, não é a referência a um grande profeta ou sábio, nem é a cruz imposta injustamente a alguém que passou pelo mundo somente fazendo o bem, nem o sangue derramado. É a ressurreição. Pierre Teilhard de Chardin que, um dos primeiros que articulou a fé cristã com a visão evolucionista do mundo, diz que a ressurreição é um “tremendous” de significação universal que vai além da própria fé cristã. Representaria uma revolução dentro da evolução. Em outras palavras, uma antecipação do fim bom de toda a criação e a realização de todas as virtualidades escondidas dentro do ser humano que, prisioneiro do espaço-tempo, não as consegue deixar irromper.Ele é um ser que ainda está nascendo. Eis que chega um momento, dentro do processo cosmogênico em curso, em que se dá esta oportunidade de acabar de nascer. Então implode e explode o homo revelatus o ser humano totalmente revelado e realizado em sua plena hominização. É a antecipação da esperança radical de que não a morte mas a vida em plenitude escreve a última página da história humana e universal.

A ressurreição é, para os portadores da fé cristã, a realização na pessoa de Jesus do que ele anunciava: o Reino de Deus. Este significa uma revolução absoluta de todas as relações,inclusive cósmicas, inaugurando o novo no mundo. Essa revolução implica a superação da morte e o triunfo definitivo da vida, não de qualquer tipo de vida, mas de uma vida totalmente plenificada. Em fim, o “novíssimo Adão” (1Cor 15,45) acaba de irromper dentro da história.

São Paulo, inesperadamente, teve uma experiência do Ressuscitado, quando estava a caminho de Damasco para prender cristãos. À  luz desta experiência, zomba da morte e exclama: “Oh morte, onde está a tua vitória? Oh morte, onde está o espantalho com o qual nos amedrontavas? A morte foi tragada pela vitória. Graças a Nosso Senhor Jesus Cristo”(1Cor 15,55-57).

O Cristianismo vive e sobrevive por causa da fé da ressurreição de Cristo e não pela crença na imortalidade da alma, tema que não é cristão mas platônico.  Aqui tudo se decide, a ponto de Paulo na sua Primeira Carta aos Coríntios  afirmar com todas as palavras:”Se Cristo não ressuscitou, vã é a nossa fé; somos também falsas testemunhas, somos os mais miseráveis de todos os homens”(1Cor 15,14-19).

A explosão de luz se transforma em explosão de alegria. Contra a experiência diuturna da mortalidade, especialmente agora sob a ação letal do Covid-119, podemos manter a fé e a esperança de que os que foram ceifados, vivem ressuscitados. Cristo, nosso irmão, é o primeiro entre os irmãos e as irmãs. Nós participamos de sua ressurreição, pois o que ocorre em sua humanidade, afeta a humanidade que está também em nós. Então podemos dizer: não vivemos para morrer. Morremos para ressuscitar.

Nos mortos dos quais nem pudemos nos despedir, prestar-lhes a última homenagem e fazer-lhes o velório, são apenas invisíveis. Eles, ressuscitados, não são ausentes mas bem  presentes. Isso pode enxugar nossas lágrimas e dar sossego ao nosso coração.

Por outro lado, a ressurreição representa uma insurreição contra a justiça dos homens, judeus e romanos, pela qual Jesus foi condenado ao suplício da cruz. Essa justiça estabelecida e legal foi refutada. Com a ressurreição de Jesus  triunfou a justiça do oprimido e injustiçado, venceu o direito do pobre. Cabe recordar, quem ressuscitou não foi um imperador com todo o seu poder político e militar, não foi um sumo sacerdote no alto de sua santidade, nem um sábio com a irradiação de sua sabedoria. Foi um crucificado, um assassinado, morto fora dos muros da cidade, o que significava uma suprema humilhação.

A ressurreição define o sentido de nossa esperança: por que morremos se ansiamos viver sempre? Que sentido tem a morte daqueles que sucumbiram na luta pela justiça dos humilhados e ofendidos? Quem dará sentido ao sangue dos anônimos, dos camponeses, dos operários, dos indígenas, dos negros, das mulheres e das crianças, derramado pelos poderosos em razão do único crime de reivindicarem seu direito negado? A ressurreição responde a estas interrogações inarredáveis do coração.Ela garante que o algoz não triunfa sobre a vítima. Significa o resgate da justiça e do direito dos fracos, dos subjugados e desumanizados como foi o Filho de Deus quando passou entre nós. Eles herdam a vida nova.

Como denominar a realidade ressuscitada que chegou à culminância antecipada da evolução? Os autores do Novo Testamento se embaraçam nos termos. Para um evento novo, nova linguagem. A mais pertinente, entre outras, é aquele de São Paulo: “o novíssimo Adão”ou “corpo espiritual(1 Cor 15,45). O primeiro Adão traz a morte consigo; o novíssimo, Jesus ressuscitado, deixou a morte para trás. A expressão “corpo espiritual” parece contraditória: se é corpo não pode ser espírito; se é espírito não pode ser corpo. Mas Paulo inteligentemente une os dois termos: é corpo, realidade concreta e não fantasmagórica, mas um corpo com qualidades do espírito. É próprio do espírito estar para além da matéria, como já viu Aristóteles. Pelo espírito habitamos as estrelas mais distantes e tocamos a realidade divina. O espírito possui uma dimensão transcendental e cósmica. Isso seria a ressurreição. Não sem razão, Paulo elabora em suas epístolas toda uma cristologia cósmica: o Ressuscitado enche o universo e nos acompanha nas tarefas mais cotidianas.

Por fim, cabe enfatizar que a ressurreição é um processo: começou com Jesus e se expande pela humanidade e pela história. Sempre que triunfa a justiça sobre as políticas de dominação,sempre que o amor supera a indiferença, sempre que a solidariedade salva vida sob risco como agora,obrigados ao isolamento social, aí está ocorrendo a ressurreição, vale dizer, a inauguração daquilo que tem futuro e será perenizado para sempre.

A quem crê na ressurreição, não lhe é mais permitido viver triste, não obstante a obscuridade da história como atualmente. A sexta-feira santa é uma passagem que culmina da ressurreição; é, mais que o triunfo da vida; comparece como a plena realização da vida em  todas as suas virtualidades.

Leonardo Boff é teólogo e escreveu: A nossa ressurreição na morte, Vozes 2012. Vida para lém da morte, Vozes, 26.edic. 2012.

1964: golpe de clase con apoyo militar

Los militares que dieron el golpe en 1964 imaginan que fueron ellos los principales protagonistas de esta nada gloriosa hazaña, actualmente celebrada vergonzosamente bajo la presidencia de Jair Bolsonaro, famoso defensor del golpe, de la tortura y de la eliminación de opositores. En su indigencia analítica, los militares mal sospechan que fueron, en realidad, usados por fuerzas muchos mayores que las suyas.

René Armand Dreifuss escribió su tesis de doctorado en la Universidad de Glasgow con el título: 1964: La conquista delEstado, acción política, poder y golpe de clas(Vozes 1981). Se trata de un libro de 814 páginas, 326 de las cuales son documentos originales. Mediante estos documentos queda demostrado que lo que hubo Brasil no fue un golpe militar, sinoun golpe de clase con uso de la fuerza militar.

Desde los años 60 del siglo pasado, se constituyó el complejo IPES/IBAD/GLC. Explico: el Instituto de Pesquisas y Estudios Sociales (IPES fundado el 29 de noviembre de 1961), el Instituto Brasilero de Acción Democrática (IBAD), el Grupo de Levantamiento de Coyuntura (GLC) y más tarde, oficiales de la Escuela Superior de Guerra (ESG). Formaban una red nacional que divulgaba ideas golpistas, compuesta por grandes empresarios nacionales y multinacionales, banqueros, órganos de la prensa, periodistas, intelectuales, la mayoría listados en el libro de Dreifuss.

Lo que los unificaba, dice el autor, “eran sus relaciones económicas multinacionales y asociadas, o su posicionamiento anticomunista y su ambición de readecuar y reformular el Estado” (p.163) para que fuese útil a sus intereses corporativos. El líder nacional de este grupo era el General Golbery de Couto e Silva que ya “en 1962 preparaba un trabajo estratégico sobre el asalto al poder”(p.186).

La conspiración, pues, estaba en marcha hacía bastante tiempo, llevada adelante, no directamente por los militares sino por el complejo IPES/IBAD/GLC, articulados con la CIA y con la embajada norteamericana que pasaba fondos y acompañaba el desarrollo de todos los hechos.

Aprovechando la confusión política creada en torno al Presidente João Goulart, identificado como el portador del proyecto comunista, este grupo vió la ocasión propicia para realizar su proyecto. Llamó a los militares para dar el golpe y tomar alasalto el Estado. Fue, por tanto, un golpe de la clase dominante, multinacional y asociada a la nacional, usando el poder militar.

CONCLUYE DREIFUSS: “LO OCURRIDO EL 31 DE MARZO DE 1964 NO FUE UN MERO GOLPE MILITAR; FUE UN MOVIMIENTO CIVIL-MILITAR; EL COMPLEJO IPES/IBAD Y OFICIALES DE LA ESG ORGANIZARON LA TOMA DEL PODER DEL APARATO DE ESTADO”(P. 397). ESPECIFICA DREIFUSS: “EL ESTADO DE 1964 ERA DE HECHO UN ESTADO CLASISTA Y, SOBRE TODO, GOBERNADO POR UN BLOQUE DE PODER”(P. 488). ESPECÍFICAMENTE AFIRMA: ”LA HISTORIA DEL BLOQUE DE PODER MULTINACIONAL Y ASOCIADOS EMPEZÓ EL 1º DE ABRIL DE 1964, CUANDO LOS NUEVOS INTERESES SE TORNARON REALMENTE ESTADO, READECUANDO EL RÉGIMEN Y EL SISTEMA POLÍTICO Y REFORMULANDO LA ECONOMÍA AL SERVICIO DE SUS OBJETIVOS”(P.489).

Para sustentar la dictadura durante tantos años se creó una fuerte articulación de empresarios, algunos de los cualesfinanciaban la represión, los principales medios de comunicación (especialmente la FSP, VEJA, O Globo y otros), magistrados e intelectuales anticomunistas declarados, iniciativas populistas entre otros. La Ideología de Seguridad Nacional no era otra cosa que la Ideología de la Seguridad del Capital.

Los militares inteligentes y nacionalistas de hoy deberían darse cuenta de cómo fueron usados no contra una presunta causa –el combate al peligro comunista– sino al servicio del capital nacional y multinacional que estableció relaciones de alta explotación y de gran acumulación para las élites oligárquicas, las “élites del atraso”, articuladas con el poder militar.

El golpe no sirvió a los intereses nacionales globales, sino a los intereses corporativos de grupos nacionales articulados conlos internacionales bajo la égida del poder dictatorial de los militares. Hoy no es diferente: después del golpe de 2016 con la terminación del mandato de la Presidenta legítimamente elegida, Dilma Rousseff, la creación del Lava Jato, la prisión sincrimen explícito de Lula y la ascensión de Jair Bolsonaro, de extrema-derecha, se obedece a los mismos propósitos de la“élite del atraso” (la oligarquía adinerada y rentista, articulada internacionalmente) como ha sido detallado minuciosamente por Jessé Souza (cf.A elite do atraso: da escravidão à Lava Jato, Estação Brasil 2020).

Es importante decir con todas las palabras que el asalto al poder fue un crimen contra la constitución. Fue romper las leyes y en su lugar instaurar la arbitrariedad. Fue una ocupación violenta de todos los aparatos del Estado para, desde ellos, montar un orden regido por actos institucionales, por la tiranía, por la represión y por la violencia.

Nada más desgarrador de las relaciones sociales que la ruptura del contrato social. Este permite a todos convivir con un mínimo de seguridad y de paz. Cuando este es destruido, en lugar del derecho entra la arbitrariedad y en lugar de la seguridad se establece el miedo. Bastaba sospechar que alguien era subversivo para que fuera tratado como tal. Incluso detenidos y secuestrados por error, pero sospechosos como opositores, como ocurrió con muchos campesinos inocentes, para luego ser sometidos a sevicias y a sesiones interminables de torturas.

Muchos no resistieron y su muerte equivale a un asesinato. No debemos dejar pasar de largo a los olvidados de los olvidados, que fueron los 246 campesinos muertos o desaparecidos entre 1964-1979.

Lo que los militares cometieron fue un crimen de lesa-patria. Alegaban que se trataba de una guerra civil, un lado queriendo imponer el comunismo y el otro defendiendo el orden democrático. Esta alegación no se sostiene. El comunismo nunca representó una amenaza real. En la histeria de la guerra-fría (Unión Soviética/USA) todos los que querían reformas desde laperspectiva de los históricamente condenados y ofendidos –las grandes mayorías obreras y campesinas – eran prontoacusados de comunistas y de marxistas, aunque fuesen obispos como Dom Helder Câmara. Contra ellos no cabía solo la vigilancia, sino la persecución, la prisión, el interrogatorio humillante, el pau-de-arara feroz, los ahogamientos desesperantes.

Los alegados “suicidios”, como el del periodista Vladimir Herzog, solo camuflaban el puro y simple asesinato. En nombre del combate contra el peligro comunista, asumieron la lógica marxista-estalinista del trato brutal a los detenidos. En algunos casos se incorporó el método nazi de incinerar cadáveres como admitió el ex-agente del Dops Cláudio Guerra y la única superviviente de la CASA DE LA MUERTE de Petrópolis, Inês Etienne Romeu, local donde entre 22-40 militantes fueron terriblemente seviciados, asesinados, sus cuerpos descuartizados e incinerados.

Es indigno e inmoral celebrar los 21 años de una dictadura civil-militar, cuando conocemos el horror que significaron aquellos tiempos sombríos y oscuros, justamente en un momento trágico de nuestra historia en el que las vidas de más de 300 mil brasileros de todas las edades han sido segadas por la Covid-19, con más de 12 millones de infectados.

No debemos olvidar nunca la verdad del hecho mayor de la dominación de una clase traicionera, poderosa, nacional, asociada a la multinacional, que usó el poder discrecional de los militares para garantizar su acumulación privada a costa de la mayoría del pueblo brasilero. Esa amenaza ha vuelto por el comportamiento amenazador del actual presidente, insano e indiferente a la destrucción de miles de vidas, oponiéndose, en contra de todas las recomendaciones científicas, al lockdowny al aislamiento social, amenazando continuamente con un golpe de estado o con decretar el estado de sitio. Las instancias competentes que podrían actuar no actúan e, inertes, asisten también a la tragedia de todo un pueblo.

Encajan aquí las palabras de Ulysses Guimarães, valiente opositor de la dictadura civil-militar y coordinador de la Constitución de 1988: “tengo odio y asco de la dictadura”, palabras repetidas el 31 de marzo de 2021 por Miriam Leitão, periodista y analista de economía en O Globo, una de las víctimas de la represión. “Dictadura nunca más”.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo, miembro de la Iniciativa Internacional de la Carta de la Tierra y escritor.

O Crucifado se solidariza com as vítimas do Covid-19

Um manto de tristeza se estende sobre toda a humanidade  e não há lenços suficientes para enxugar tantas lágrimas por causa da vítimas do Covid-19. O vírus não poupa ninguém,pois, invisível, pode atacar os que não tomam os devidos cuidados. Ele pôs de joelhos as nações militaristas que se encheram de armas, capazes de exterminar toda a vida no planeta, inclusive a humana.Elas são absolutamente inúteis diante do pequeníssimo coronavírus. Alexandre, o Grande (356-323 A.C) formou um império que ia do Adriático ao rio Indo, morreu picado,provavelmente,por um mosquito que produz uma febre viral (a febre do Nilo ocidental). Quem aqui  é mais forte? O jovem conquistador de 23 anos ou o mosquito? Estamos morrendo por um vírus invisível, arrasando com toda a nossa arrogância, sem dizer que ele é consequência de nossa sistemática agressão à natureza (o antropoceno e o necroceno) que se defende com sua arma letal e imperceptível, o Covid-19 e uma gama de outros vírus.

Todos tememos e sofremos, assistindo,impotentes, à dizimação de milhares, já cerca de dois milhões de vítimas. No Brasil a situação é dramática,porque um governante ensandecido e negacionista, sem qualquer sentimento de empatia, tolera que morram já mais de 300 mil pessoas e cerca de 13 milhões sejam infectados.

Não poder despedir-se dos mortos queridos, nem dizer-lhe um último adeus, e sem poder viver o luto imprescindível causa uma dor silenciosa de romper corações. É a nossa via-sacra de estações sem fim, de lamentos e choros. Celebramos  a sexta-feira santa da morte na cruz do Filho do Homem no contexto desta paixão mundial e nacional.Quem nos consolará? Quem nos sustenta a esperança de que a vida ainda uma vez irá triunfar e que poderemos viver livres e sadios, desfrutando da alegria estarmos junto com nossos entes queridos, amigos, amigas  e próximos?

Há muitas lições que se podem tirar da crucificação de Jesus, resultado de um duplo processo, religioso e político, seguramente de sentido transcendental como redenção/libertação dos seres humanos. Esta talvez seja a mais profunda. Mas há outros sentidos, humanitários, que podem, na atual situação, nos fortalecer no nosso desamparo e nas horas pesarosas do isolamento social, este que nos rouba a alegria de encontrar os familiares e amigos e poder abraçá-los e beijá-los. Consola-nos pensar que, para os que conseguem crer, não estamos sós em nossa paixão. O Crucificado sofre junto e irá sofrer até o final dos tempos enquanto houver sofredores e desamparados.

São Paulo o expressou adequadamente, numa versão simplificada:”ele não fez caso de sua condição divina, apresentou-se como um simples homem, em solidariedade se fez servo e até não temeu morrer na cruz”(cf.Carta aos Filipenses 2,6-8). Não foi ingenuamente ao encontro da morte. Ao saber que seus opositores decidiram matá-lo, testemunha-o o evangelho de São João, escondeu-se na cidade de Efraim perto do deserto (11,54). Sabemos que Efraim era uma cidade-refúgio. Quem fosse perseguido e ameaçado por qualquer razão, na cidade de Efraim não podia ser pego e estava protegido.Para lá rumou Jesus com seus seguidores.

A Epístola aos Hebreus testemunha:”entre lágrimas suplicou Àquele que o podia salvar da morte”. Versões mais antigas dizem:”e não foi atendido; apesar de ser Filho de Deus, teve que aprender a  obedecer por meio do sofrimento”5,7-8).No monte das Oliveiras, no Getsêmani seu temor face à morte iminente o leva a suplicar:”Pai, afasta de mim este cálice; mas não se faça a minha mas a tua vontade”(Lucas 22,42).

O evangelista Lucas relata” cheio de angústia, o suor tornou-se como grossas gotas de sangue a escorrer por terra”(22,44). Jesus foi tomado mais do que pelo medo, mas pelo pavor a ponto de suar sangue, como é atestado em pessoas na iminência de seu enforcamento ou fuzilamento. Mas o paroxismo foi alcançado na cruz: sentindo-se abandonado pelos seguidores e absolutamente só enfrenta a maior tentação pela qual um ser humano pode passar: a tentação da desesperança. “Será que foi tudo em vão? Passei pelo mundo fazendo o bem e eis que me encontro crucificado”. Expressa seu desamparo gritando:“Deus,oh Deus, por que me abandonaste?”(Marcos 15,34). Finalmente, nu por dentro e por fora, entrega-se ao Mistério que se esconde mas  que conhece todos os nossos destinos. A última palavra de Jesus, não resignada mas livre, foi:”Pai, em tuas mãos entrego o meu espírito”(Lucas 23,46). São Marcos ainda lembra:”dando um imenso brado, Jesus expirou”(15,37).

Jesus se mostrou o protótipo do ser humano fiel a Deus e a causa de Deus no mundo, a predileção pelos pobres, o amor incondicional e a misericórdia ilimitada, causa essa levada até ao extremo, entregando livremente a própria vida. A recusa humana de sua pessoa e mensagem pode decretar sua crucificação, mas não pode definir o sentido que Jesus conferiu a esta vergonhosa condenação: ser solidário com todos os crucificados e sofredores do mundo.

A ressurreição após seu destino trágico veio mostrar de que lado estava Deus, ao lado dele e de sua vida e causa.Revela a justiça divina contra o justiciamento perpetrado pelo seus opositores.

Uma lição que podemos tirar da sexta-feira da paixão é seguramente  esta: nenhum sofredor e prostrado de dor precisa sentir-se só. O Crucificado, agora Ressuscitado e feito o Cristo cósmico, estará sempre junto, sofrendo com quem sofre, dando esperança a quem quase se desespera e mostrando que a página mais importante do livro da  vida vem escrita não pelo ódio e pela morte matada, mas pela vida, levada à sua plenificação pela ressurreição. Diz um discípulo tardio de São Paulo, Timóteo:” verdadeira é esta palavra: se padecermos unidos a Cristo, com ele também viveremos”(Segunda Carta,2,11). Eis nossa consolação.

Leonardo Boff é teólogo e escreveu Paixãa de Cristo- paixão do mundo, Vozes 2012 e Via-sacra para quem quer viver, Vozes 2003.