Cada cual tiene su tiempo y después entra en silencio

Hay un libro curioso del Primer Testamento, el Eclesiastés (en hebreo Cohélet), que no menciona la elección del pueblo de Dios, ni la alianza divina, ni siquiera la relación personal con Dios. Representa la fe judía inculturada en la visión griega de la vida. Posee una mirada aguda sobre la realidad tal como se presenta y alimenta la reverencia hacia todos los seres. Tiene un pasaje muy conocido que habla del tiempo: hay “un tiempo de nacer y un tiempo de morir; tiempo de arrancar y tiempo de plantar, tiempo de reír y tiempo de llorar, tiempo de amar y tiempo de odiar, tiempo de guerra y tiempo de paz” (Ecl 3,2-8).

Hay muchas formas de tiempo. Tenemos que liberarnos del tipo de tiempo dominante de los relojes. Todos somos rehenes de este tipo de tiempo mecánico. Se conocen distintos relojes. El primero fue el reloj de sol, hace ya 16 siglos. Se supone que fueron los asiáticos quienes inventaron por primera vez el reloj. En el año 725 de nuestra era, un monje budista inventó un reloj mecánico que a base de baldes de agua hacía una rotación completa en 24 horas. En Occidente se atribuye a otro monje, un benedictino, después Papa Silvestre II (950-1003), la invención del reloj mecánico actual.

Hoy nadie anda sin algún tipo de reloj mecánico que mide el tiempo a partir de las rotaciones de la Tierra alrededor del Sol. Pero esa visión mecánica del tiempo del reloj ha estrechado nuestra percepción de los muchos tiempos que existen, como refiere el Eclesiastés. Los cosmólogos modernos nos han despertado a los distintos tiempos. Todo en el proceso de la evolución posee su timing. Si no se respeta cierto timing, todo cambia y ni nosotros mismos estaríamos aquí para hablar del tiempo.

Así, por ejemplo, inmediatamente después de la primera singularidad, el big bang, la explosión inmensa aunque silenciosa pues había todavía no había espacio para acoger el estruendo, ocurrió la primera expresión del tiempo. Si la fuerza gravitacional, la que hace expandir y al mismo tiempo sujeta las energías y las partículas originarias (la más importante de las cuatro existentes) hubiese sido durante millonésimas de segundo más fuerte de lo fue, habría retraído todo hacia sí causando explosiones sobre explosiones y el universo habría sido imposible. Si hubiese sido, durante millonésimas de segundo, un poco más débil, los gases se habrían expandido de tal forma que no se habría producido su condensación y no habrían surgido las estrellas, ni todos los elementos que forman el universo, no existiría el Sol, ni la Tierra ni nuestra existencia humana.

Pero existió el tiempo necesario para el equilibrio entre la expansión y la contención que acabó abriendo un tiempo para todo lo que vino posteriormente. Hubo un tiempo exacto en el que se formaron las grandes estrellas rojas, dentro de las cuales se forjaron los ladrillitos que componen a todos los seres. Si ese tiempo exacto hubiera sido desperdiciado, nada más habría sucedido.

Hubo un tiempo exactísimo, un momento dado en el que debían surgir las galaxias. Si hubiese faltado aquel tiempo, no habrían surgido los cien mil millones de galaxias, los miles y miles de millones de estrellas, y luego los planetas como la Tierra. En un exactísimo momento de alta complejidad de su evolución, irrumpió la vida. Perdido ese tiempo, la vida no estaría aquí irradiando. Todo apuntaba hacia la irrupción de la vida más adelante. El célebre físico Freeman Dyson dice: «cuanto más examino el universo y estudio los detalles de su arquitectura, más evidencia encuentro de que el universo de alguna forma presentía que nosotros estábamos en camino».

Hay pues tiempos y tiempos, no solo el tiempo esclavizante y mecánico del reloj. La Iglesia guardó el sentido de la diversidad de los tiempos. Cada tiempo del año, Navidad, Cuaresma o Pascua tiene su color específico.

Generalmente vivimos los tiempos de las cuatro estaciones a través de las trasformaciones que ocurren en la naturaleza. En nuestra infancia, en tierras del interior, los tiempos estaban bien definidos: de enero a abril, tiempo de las uvas, de los higos, las sandías y los melones. Mayo, tiempo de plantar el trigo, y octubre-noviembre de su cosecha.

Nosotros los niños esperábamos con ansiedad dos tiempos sociales, en los cuales todo el pueblo se reunía para una gran confraternización: la fiesta de la “polenta e osei” (polenta y pajaritos). Como los bosques eran vírgenes abundaban todo tipo de pájaros que se cazaban especialmente para la fiesta. La otra era la “buchada”, comida con pan y vino en largas mesas, seguida de bizcocho y jalea de frutas.

Estos y otros tiempos conferían distintos sentidos a la vida. Había la espera del tiempo, su vivencia y su recuerdo.

Todo el universo tiene su tiempo que se concreta en dos movimientos que se dan también en nosotros: nuestros pulmones y nuestros corazones se expanden y se contraen. Lo mismo hace el universo mediante la gravedad: al mismo tiempo que se dilata se sujeta, manteniendo un equilibrio sutil que hace que todo funcione armoniosamente. Cuando pierde ese equilibrio es señal de que prepara un salto hacia delante y hacia arriba en dirección a un nuevo orden que también se expande y se contrae.

Cada uno de nosotros tiene su tiempo biológico, determinado no por el reloj mecánico, sino por el equilibrio de nuestras energías. Cuando llegan a su clímax, que puede ser a los 10, 15, 50, 90 años, se cierra nuestro ciclo y entramos en el silencio del misterio. Dicen que es ahí donde habita Dios que nos espera con los brazos abiertos, como un Padre y una Madre lleno de saudades.

 

Traducción de Mª José Gavito Milano

 

Unsere falschen Vorstellungen können uns zerstören

Es lässt sich nicht leugnen, dass sich die Grundlagen, auf denen unsere Weise beruht, auf der Erde zu leben und mit ihr und den Gütern der Natur umzugehen, in einer Krise befinden. Aus unserem Sichtwinkel sind diese völlig falsch, gefährlich und bedrohen das Lebenssystem und das der Erde. Wir müssen etwas unternehmen.

Zwei Gründerväter unserer heutigen Weltsicht, René Descartes (1596-1650) und Francis Bacon (1561-1626), haben diese hauptsächlich formuliert. Für sie war Materie etwas völlig Passives und Unbewegliches. Geist konnte es ausschließlich im Menschen geben. Menschen konnten fühlen und denken, während Tiere und andere Wesen sich wie Maschinen verhielten und frei von Subjektivität oder Zweck waren.

Logischerweise führte diese Sichtweise die Menschen dazu, die Erde, die Natur und andere Lebewesen wie Dinge zu behandeln und für die Zwecke des Menschen zu nutzen. Dieses Verständnis bedeutet einen Rückfall hinter die wilde Zeit der Industrialisierung, die noch immer fortbesteht, selbst innerhalb der sogenannten fortschrittlichen Universitäten, die noch im alten Paradigma gefangen sind.

Dinge sind jedoch nicht so. Alles änderte sich, als Albert Einstein bewies, dass Materie aus einem sehr dichten Feld von Interaktionen besteht, und dass darüber hinaus Materie in Wirklichkeit nicht so existiert, wie der Begriff üblicherweise verstanden wird: Materie ist hoch verdichtete Energie. Wie ich 1967 von Werner Heisenberg, dem Mitbegründer der Quanten- und Kernphysik, im letzten Semester, das er an der Universität von München hielt, hörte, würde ein Kubikzentimeter Materie, in reine Energie verwandelt, ausreichen, um unser ganzen Sonnensystem aus dem Lot zu bringen.

Im Jahr 1924 entdeckte Edwin Hubble (1889-1953) mit seinem Teleskop auf dem Mount Wilson in Südkalifornien, dass nicht nur die Milchstraße, unsere Galaxie, existiert, sondern dass es Hunderte davon gibt (inzwischen wissen wir, dass es 100 Milliarden Galaxien gibt). Hubble bemerkte, dass sich kurioserweise die Galaxien ausdehnen und in unvorstellbaren Geschwindigkeiten voneinander entfernen. Diese Entdeckung führte Wissenschaftler zu der Annahme, dass das beobachtbare Universum viel kleiner gewesen sein muss, ein winziger Punkt, der sich dann ausdehnte und explodierte und so das sich ausdehnende Universum hervorbrachte. Ein sehr kleines Echo dieser Explosion kann immer noch wahrgenommen werden, das uns ermöglicht, dieses Ereignis auf einen Zeitpunkt von vor ungefähr 13,7 Milliarden Jahren zu datieren.

Einen der wichtigsten Beiträge zur Entkräftung der alten Sichtweise über Erde und Natur haben wir Ilya Prigogine (1917-2003) zu verdanken, dem russisch-belgischen Nobelpreisträger für Chemie. Er kam von der Vorstellung ab, Materie sei unbeweglich und passiv, und bewies durch Experimente, dass sich chemische Elemente unter gewissen Bedingungen in komplexe Modelle anordnen können, die der Koordinierung von Milliarden von Molekülen bedarf. Diese Moleküle brauchen weder eine Anleitung, noch beeinflussen Menschen ihre Anordnung. Bei ihrer Aktion folgen sie nicht einmal genetischen Codes. Der Dynamismus ihrer Selbst-Organisation liegt in ihnen selbst, ebenso wie der des Universums, und bestimmt alle Interaktionen.

Das Universum beinhaltet eine selbst-erschaffende und selbst-organisierende Dynamik, die Galaxien, Sternen und Planeten ihre Struktur gibt. Hin und wieder tauchen, ausgehend von der Hintergrund-Energie, neue Komplexitäten auf, die beispielsweise der Grund sein können für die Entstehung des Lebens, des Bewusstseins und des menschlichen Lebens.

Diese kosmische Dynamik besitzt ihren eigenen Zeitplan: die Zeit für die Galaxien, für die Sterne, für die Erde, für die verschiedenen Ökosysteme, wie sie sich mit ihren je eigenen Zeitplänen zeigen, für die Blumen, für die Schmetterlinge etc. Vor allem lebendige Organismen besitzen ihre eigene biologische Uhr, eine für die Mikro-Organismen, eine andere für die Wälder und die Urwälder, eine für die Tiere, eine für die Ozeane und eine andere für jeden Menschen.

Was haben wir getan, das diese gegenwärtige Krise auslöste?

Wir führten eine mechanische Zeit ein, die in jeder Uhr dieselbe ist. Mechanische Zeit steuert das Leben und alle Produktionsprozesse, ohne Rücksicht auf andere Zeitabläufe. Sie unterwirft den Zeitplan der Natur der technologischen Zeit. Ein Baum beispielsweise, der 40 Jahre benötigt, um zu wachsen, kann von einer Kettensäge innerhalb von zwei Minuten gefällt werden. Wir haben keinen Respekt vor dem Zeitplan der Dinge. Auf diese Weise lassen wir ihnen nicht die Zeit zu regenerieren, nachdem wir sie zerstört haben: Wie kontaminieren den Wind, vergiften den Boden und stopfen unsere Nahrung mit Chemikalien voll. Die Maschine ist wertvoller geworden als der Mensch.

Indem wir uns, biblisch gesprochen, keinen Sabbat einräumen, durch den die Erde zur Ruhe käme, entkräften wir sie, verstümmeln sie und lassen sie in einem fast todkranken Zustand zurück und zerstören damit die Grundlagen, die wir für unser eigenes Überleben benötigen.

Zurzeit erleben wir, wie die Erde sich ihres kranken Zustandes bewusst wird. Die Erderwärmung zeigt an, dass sie in eine neue Zeitepoche tritt. Wenn wir sie weiterhin misshandeln und ihr nicht helfen, in dieser neuen Zeit ein Gleichgewicht zu finden, können wir die Jahrzehnte zählen, die uns für die komplette Verwüstung noch bleiben. Und all dies aufgrund der unbewussten Irrtümer, die vor Jahrhunderten formuliert wurden und die wir nicht korrigierten, sondern an denen wir störrisch festhielten.

Mit Mark Hathaway schrieb ich das Buch „The Tao of Liberation“ (Das Tao der Befreiung), das in den Vereinigten Staaten mit einer Goldmedaille für Wissenschaft und Kosmologie ausgezeichnet wurde.

übersetzt von Bettina Gold-Harknack

 

Nuestros presupuestos equivocados nos pueden destruir

Innegablemente estamos viviendo una crisis de los fundamentos que sustentan nuestra forma de habitar y organizar el planeta Tierra y de tratar los bienes y servicios de la naturaleza. En la perspectiva actual están totalmente equivocados, son peligrosos y amenazadores del sistema-vida y del sistema-Tierra. Tenemos que ir más lejos.

Dos de los padres fundadores de nuestro modo de ver el mundo, René Descartes (1596-1650) y Francis Bacon (1561-1626) son sus principales formuladores. Veían la materia como algo totalmente pasivo e inerte. La mente existía exclusivamente en los seres humanos. Estos podían sentir y pensar mientras que los demás animales y seres actuaban como máquinas, desposeídas de cualquier subjetividad y propósito.

Lógicamente, esta comprensión creó la ocasión para que se tratase a la Tierra, a la naturaleza y a los seres vivos como cosas de las cuales podíamos disponer a nuestro gusto. En la base del proceso industrialista salvaje está esta comprensión que persiste aún hoy, incluso dentro de las universidades llamadas progresistas, pero rehenes del viejo paradigma.

Las cosas, sin embargo, no es que sean así. Todo cambió cuando A. Einstein mostró que la materia es un campo densísimo de interacciones, y más aún, que ella en realidad no existe en el sentido común de la palabra: es energía altamente condensada. Basta un centímetro cúbico de materia, como le oí decir en 1967 en su último semestre de clases en la Universidad de Munich a Werner Heisenberg, uno de los fundadores de la física de las partículas subatómicas, la mecánica cuántica, que si ese poco de materia fuese transformado en pura energía podría desestabilizar todo nuestro sistema solar.

En 1924 Edwin Hubble (1889-1953) con su telescopio en el Monte Wilson en el sur de California, descubrió que no solamente existía nuestra galaxia, la Vía Láctea, sino cientos de ellas (hoy cien mil millones). Notó, curiosamente, que se están expandiendo y alejándose unas de otras a velocidades inimaginables. Tal verificación llevó a los científicos a suponer que el universo observable había sido mucho menor, un puntito ínfimo que después se inflacionó y explotó, dando origen al universo en expansión. Un eco ínfimo de esa explosión puede ser identificado todavía, lo cual permite datar el evento como algo ocurrido have 13.700 millones de años.

Una de las mayores contribuciones que están desmantelando la antigua mirada sobre la Tierra y la naturaleza proceden del premio Nobel de química el ruso-belga Ilya Prigogine (1917-2003). El dejó atrás la concepción de materia como inerte y pasiva y demostró experimentalmente que elementos químicos colocados bajo determinadas condiciones pueden organizarse a sí mismos bajo modelos complejos que requieren la coordinación de billones de moléculas. Estas no necesitan instrucciones ni los seres humanos entran en su organización. Ni siquiera existen códigos genéticos que guíen sus acciones. La dinámica de su autoorganización es intrínseca, como la del universo, y articula todas las interacciones.

El universo está penetrado de un dinamismo autocreativo y autoorganizativo que estructura las galaxias, las estrellas y los planetas. De vez en cuando a partir de la Energía de Fondo se producen afloraciones de nuevas complejidades que hacen aparecer, por ejemplo, la vida y la vida consciente y humana.

Toda esa dinámica cósmica tiene tiempos propios: tiempo de las galaxias, de las estrellas, de la Tierra, de los distintos ecosistemas con sus representantes, cada uno también con su propio tiempo, de las flores, de las mariposas, etc. Los organismos vivos especialmente tienen sus tiempos biológicos propios, uno para los microorganismos, otro para los bosques y las selvas, otro para los animales, otro para los océanos, otro para cada ser humano.

¿Qué hemos hecho nosotros modernamente para gestar la crisis actual?

Inventamos el tiempo mecánico y siempre igual de los relojes. El dirige la vida y todo el proceso productivo, no tomando en cuenta los demás tiempos. Somete el tiempo de la naturaleza al tiempo tecnológico. Un árbol, por ejemplo, necesita 40 años para crecer y una motosierra lo derriba en dos minutos. No cultivamos ningún respeto hacia los tiempos de cada cosa. Así no les damos tiempo de rehacerse de nuestras devastaciones: contaminamos los aires, envenenamos los suelos y quimicalizamos casi todos nuestros alimentos. La maquina vale más que el ser humano.

Al no concedernos un sábado, bíblicamente hablando, para que la Tierra descanse, la extenuamos, la mutilamos y dejamos que enferme casi mortalmente, destruyendo las condiciones de nuestra propia subsistencia.

En este momento estamos viviendo un tiempo en el que la propia Tierra está tomando conciencia de su enfermedad. El calentamiento global indica que ella va a entrar en otro tiempo. Si seguimos maltratándola y no la ayudamos a estabilizarse en ese otro tiempo, podemos contar las décadas que faltan para la tribulación de la desolación. Por causa de nuestros equívocos no concientizados y formulados have siglos que no hemos corregido y obstinadamente reafirmamos.

Con Mark Hathaway escribí El Tao de la Liberación, premiado en Estados Unidos con medalla de oro en nueva ciencia y cosmología.

 

 

Our incorrect assumptions can destroy us

We are undeniably experiencing a crisis in the fundamentals that sustain our form of inhabiting and organizing planet Earth, and of dealing with Nature’s goods and services. From our present perspective, they are totally wrong; they are dangerous and threaten the life-system and Earth-system. We have to do more.

Two founding fathers of our form of seeing the world, Rene Descartes (1596-1650) and Francis Bacon (1561-1626), were their principal formulators. They saw matter as totally passive and inert. The mind existed exclusively in human beings. Humans could feel and think, whereas other animals and beings behaved like machines, lacking any subjectivity or purpose.

Logically, this view enabled humans to treat the Earth, nature and other living beings as things we could dispose of at our pleasure. This understanding is behind the savage industrialist process, that still persists today, even within the so-called progressive universities, that are hostages to the old paradigm.

Things, however, are not like that. Everything changed when Albert Einstein proved that matter is a very dense field of interactions, and even more, that in reality, matter does not exist in the common sense of the word: matter is highly condensed energy. As I heard in 1967 from Werner Heisenberg, one of the founders of the physics of subatomic particles, quantum mechanics, in his last semester of classes at the University of Munich, one cubic centimeter of matter is enough that if even that small amount could be transformed into pure energy, it would destabilize our entire solar system.

In 1924, Edwin Hubble (1889-1953), discovered with his telescope on Mount Wilson, in Southern California, that not only the Milky Way, our galaxy, exists, but hundreds of them (now we know that a hundred billion galaxies exist). Hubble noticed that, curiously, the galaxies are expanding and growing ever further apart at unimaginable speeds. This discovery led scientists to suppose that the observable universe had been much smaller, a tiny dot that later inflated and exploded, giving birth to the expanding universe. A very small echo of that explosion can still be identified, which allows us to date that event as having occurred some 13.7 billion years ago.

One of the main contributions that is dismantling the old vision of the Earth and nature comes from Ilya Prigogine (1917-2003), the Russian-Belgian Chemistry Nobel Laureate. He abandoned the idea that matter is inert and passive, and proved experimentally that under certain conditions, chemical elements can organize themselves into complex models that require the coordination of billions of molecules. These molecules do not need instructions, nor do human beings enter into their organizing. There are not even genetic codes to guide their actions. The dynamics of their self-organizing are intrinsic, like that of the universe, and govern all interactions.

The universe contains a self-creating and self-organizing dynamic that structures galaxies, stars and planets. Once in a while, starting from the Background Energy, new complexities arise that, for example, cause the appearance of life, consciousness, and human life.

This cosmic dynamic has its own time-line: the time of the galaxies, of the stars, of the Earth, of the different eco-systems with their representatives, each with its own time, of the flowers, of the butterflies, etc. Living organisms in particular have their own biological times, one for the micro-organisms, another for the woods and the jungles, another for the animals, another for the oceans, and another for each human being.

What have we done to bring about the present crisis?

We invented a time that is mechanical, and always the same in every clock. Mechanical time directs life and all the processes of production, without paying any attention to other times. It subjects Nature’s time to technological time. A tree, for instance, may take 40 years to grow and a chainsaw can cut it down in two minutes. We do not cultivate respect for the time of each thing. That way we do not give them time to regenerate after we have devastated them: we contaminate the wind, poison the ground and fill all our food with chemicals. The machine becomes worth more than the human being.

Not giving ourselves a Sabbath, Biblically speaking, so that the Earth may rest, we extenuate, mutilate and leave her to become almost mortally ill, thus destroying the conditions of our own subsistence.

We are living at this moment a time in which the Earth herself is becoming conscious of her own illness. Global warming indicates that she is entering into a different time. If we continue mistreating her, and do not help her stabilize in this new time, we can count the decades left before the trials of desolation, due to the unconscious errors formulated centuries ago, that we have not corrected, but have stubbornly reaffirmed.

With Mark Hathaway, I wrote The Tao of Liberation, which was awarded a gold medal in science and cosmology in the United States.

 
Free translation from the Spanish by
Servicios Koinonia, http://www.servicioskoinonia.org.
Done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.