Ser radicalmente pobre para ser plenamente hermano

Una de las primeras cosas que dijo el Papa Francisco fue “cómo me gustaría una Iglesia pobre para los pobres”. Este objetivo está en consonancia con el espíritu de San Francisco, llamado el Poverello, el Pobrecito de Asís. Él no pretendió gestar una Iglesia pobre para los pobres, pues no sería realizable bajo el régimen de cristiandad donde la Iglesia tenía todo el poder,  pero creó en torno suyo un movimiento y una comunidad de pobres con los pobres y como los pobres.

En cuanto a la extracción de clase, Francisco pertenecía a la burguesía local próspera. Su padre era un rico comerciante de telas. De joven lideraba un grupo de amigos bohemios  ̶ jeunesse dorée ̶  que vivía de fiesta en fiesta y cantaba a los juglares del sur de Francia. De adulto sufrió una fuerte crisis existencial. Desde dentro de esa crisis surgió en él una inexplicable misericordia y amor a los pobres, especialmente a los leprosos, incomunicados, en las afueras de la ciudad. Abandonó la familia y los negocios, asumió la pobrez evangélica radical y se fue a vivir con los leprosos. Jesús pobre y crucificado y los pobres reales  fueron los móviles de su cambio de vida. Pasó dos años en oración y penitencia, hasta que interiormente escuchó una llamada del Crucificado: “Francisco, vete y repara mi Iglesia que está en ruinas”.

Le costó entender que no se trataba de algo material, sino de una misión espiritual. Se fue por los caminos predicando en los burgos el evangelio en lengua popular. Y lo hacía con tanta alegría, “grazie” y fuerza de convicción que fascinó a algunos de sus antiguos compañeros. En 1209 consiguió que el Papa Inocencio III aprobase su “locura” evangélica. Comenzaba el movimiento franciscano que en menos de veinte años tenía más de cinco mil seguidores.

Cuatro ejes estructuran el movimiento: el amor apasionado a Cristo crucificado, el amor tierno y fraterno a los pobres, la “señora dama pobreza”, sencillez genuina y gran humildad.

Dejando a un lado los otros ejes, intentemos entender cómo Francisco vio y vivió con los pobres. No hizo nada para los pobres (algún lazareto u obra asistencial), hizo mucho por los pobres, pues los incluía en la predicación del evangelio y cuando podía estaba con ellos, pero hizo más: vivió como los pobres. Asumió su vida, sus costumbres, los besaba, limpiaba sus heridas y comía con ellos. Se hizo un pobre entre los pobres. Y si encontraba a alguien más pobre que él, le daba parte de su ropa para ser realmente el más pobres de los pobres.

La pobreza no consiste en no tener, sino en la capacidad de dar y volver a dar hasta expropiarse de todo. No es un camino ascético, sino la mediación para una excelencia incomparable:  la identificación con Cristo pobre y con los pobres con los cuales estableció una relación de fraternidad.

Francisco había intuido que las posesiones se interponen entre las personas, impidiendo el ojo a ojo y el corazón a corazón. Los intereses son lo que se encuentra entre (inter-esse) las personas y crean obstáculos a la fraternidad. La pobreza es el esfuerzo continuo para eliminar las posesiones e intereses de cualquier tipo para que de ahí resulte la fraternidad verdadera. Ser radicalmente pobre para ser plenamente hermano, este es el proyecto de Francisco, de ahí la importancia de la pobreza radical.

Cierto es que la pobreza así de extrema era pesada y dura. Nadie vive solo de mística. La existencia en el cuerpo y el mundo plantea demandas que no pueden ser falsificadas. ¿Cómo humanizar la deshumanización real que comporta este tipo de pobreza? Las fuentes de la época dan testimonio de que los hermanos parecían “homines silvestres (salvajes) que comen muy poco, van descalzos y visten con los peores vestidos”. Pero, para sorpresa, dicen, nunca pierden la alegría y el buen humor.

En este contexto de pobreza extrema Francisco valoriza la fraternidad. La pobreza de cada uno es un reto para el otro, para cuidar de él y buscarle, mediante la limosna o el trabajo, lo mínimo necesario, darle cobijo y seguridad. Con esto el tener es sustituido en su pretensión de dar seguridad y humanización. Francisco quiere que cada fraile cumpla con la misión de madre para con otro, ya que las madres saben cómo cuidar, especialmente a los enfermos. Sólo el cuidado recíproco humaniza la existencia como lo mostró M. Heidegger en su Ser y Tiempo. Para quienes vivían totalmente desprotegidos, la fraternidad significaba efectivamente todo. El biógrafo Tomás de Celano describe la alegría y el gozo en medio de su pobreza severa. Escribía: “llenos de saudades trataban de encontrarse y estaban felices cuando podían estar juntos, el alejamiento era doloroso, la partida amarga, la separación triste”. El despojamiento total les abría al disfrute de las bellezas del mundo, pues no las querían tener, solo saborear.

Muchas lecciones podrían extraerse de esta aventura espiritual. Quedémonos con una: para Francisco las relaciones humanas deben construir siempre a partir de los que no son y no tienen la visión de los poderosos. Deben ser abrazados como hermanos. Sólo una fraternidad que viene desde abajo y desde ahí engloba a todos los demás, es verdaderamente humana y tiene sostenibilidad. La Iglesia, como la tenemos hoy, nunca será como los pobres. Pero puede ser para y con los pobres, como la sueña el Papa Francisco.

Traducción de María Jose Gavito Milano

A “tentação” de Francisco de Assis e a possível “tentação” de Francisco de Roma

Não imaginemos que os santos e santas estejam livres das injunções da comum condição humana que conhece momentos  de exaltação e de frustração, tentações perigosas e superações corajosas. Não foi diferente com São Francisco, apresentado como “o irmão sempre alegre”, cortês e que vivia uma fusão mística com todas as criaturas tidas como irmãos e irmãs. Mas ao mesmo tempo, era alguém tomado de grandes paixões e iras profundas quando via seus ideais traídos por seus irmãos. Um de seus melhores biógrafos, Tomás de Celano, com cruel realismo escreveu que Francisco sofria tentações de “violenta luxúria” mas que conseguia simbolicamente sublinhar.

 

  Há, no entanto, um fato que a historiografia piedosa dos franciscanos praticamente oculta mas bem pesquisada pela crítica histórica. Vem sob o nome de “a grande tentação”. Os últimos 5 anos de vida de Francisco (morreu em 1226) foram marcados por profundas angústas, quase desespero, além de graves doenças que o afligiam  como a malaria e a cegueira. O problema era objetivo: seu ideal de vida era viver em extrema pobreza, radical simplicidade e despojado de todo poder, apenas apoiado no evangelho lido sem interpretações que geralmente desfibram o seu sentido revolucionário.

 

      Ocorre que em poucos anos, seu estilo de vida empolgou mlhares de seguidores, mais de cinco mil. Como abrigá-los? Como dar-lhes de comer? Muitos eram padres e teólogos como Santo Antônio. Seu movimento não tinha nenhuma estrutura nem legalidade. Era puro sonho tomado a sério.  Francisco mesmo se entende como um “novellus pazzus”, como um “novo louco” que Deus quis na Igreja riquíssima, governada, por Inocêncio III, o mais poderoso dos Papas da história.

 

     A partir do verão de 1220 escreveu várias versões de uma regra que foram todas rejeitadas pelo conjunto da fraternidade. Eram utópicas demais a ponto de querer colocar na regra que o Espírito Santo era o Superior da Ordem. Frustrado e sentindo-se inútil, decide renunciar à direção do movimento. Cheio de angústias sem saber mais o que fazer, se refugiou por dois anos na mata, apenas visitado pelo amigo íntimo Frei Leão. Esperava uma iluminação divina que não vinha. Nesse entretempo, foi redigida uma regra marcada pela influênicia da Cúria Romana e do Papa que transformaram o movimento numa ordem religiosa: a Ordem dos Frades Menores com estrutura e propósitos definidos. Francisco, com dor, humildemente, a aceitou. Saíu da crise  mas deixou claro que não discutiria mais senão dando exemplos do primitivo sonho. A lei triunfou sobre a vida, o poder circunscreveu o carisma. Mas ficou o espírito de Francisco: de pobreza, simplicidade e fraternidade universal que nos inspira até os dias de hoje. Morreu no interior de uma grande frustração pessoal, mas sem perder a jovialidade. Morreu cantando cantilenas de amor da Provence e salmos em latim.

 

    Francisco de Roma seguramente estará enfrentando a sua“grande tentação”, não menor do que aquela de Francisco de Assis. Terá que reformar a Cúria Romana, uma instituição que possui cerca de mil anos. Aí está cristalizado o poder sagrado (sacra potestas) de forma administrativa. Finalmente se trata de administrar uma instituição com uma população da China: um bilhão e duzentos milhões de católicos. Mas cabe logo advertir: onde há poder dificilmente vigoram o amor e a misericórdia. Aí impera a doutrina, a lei, a ordem que por sua natureza incluem ou excluem, aprovam ou condenam.

 

       Onde há poder, especialmente numa monarquia absolutista como é o Estado do Vaticano, sempre surge um anti-poder, intrigas, carreirismo e disputa de mais poder. Thomas Hobbes em seu Leviatã (1651) viu claro: ”não se pode garantir o poder senão buscando poder e ainda mais poder”. O Francisco de Roma, o atual bispo local e Papa universal deverá interferir neste poder, marcado por mil astúcias e agora por alta  corrupção. Sabemos dos Papas anteriores que se propuseram reformar a Cúria, das resistências e das frustrações que tiveram que suportar e até de suspeitas de eliminação física  feita por pessoas da administração ecclesiastica. Francisco de Roma possui o espírito de Francisco de Assis: é pela pobreza, pela simplicidade e pelo total despojamento do poder. Mas por nossa felicidade é jesuita com outra formação e dotado do famoso “discernimento dos espíritos”, próprio da Ordem. Une ternura explícita em tudo o que faz mas pode mostrar também vigor inusitado como cabe a um Papa com a missão de restaurar a Igreja moralmente em ruínas.

 

  Francisco de Assis tinha pouco conselheiros, sonhadores como ele que praticamente não sabiam como ajudá-lo. Francisco de Roma cercou-se de conselheiros escolhidos de todos os continentes, a maoria idosos,  vale dizer, experimentados no exercício  do poder sagrado. Este agora deverá ganhar outro perfil: mais serviço que commando; mais despojado do que ornado pelos simbolos palacianos; mais com “cheiro de ovelhas”do que  de perfume de flores do altar. O portador do poder sagrado deve ser antes pastor do que autoridade ecclesiástica; presidir mais na caridade e menos com o direito canônico; deve ser irmão entre outros irmãos embora com responsabilidades diferenciadas.

 

   O Francisco de Roma suportará a sua “grande tentação” inspirado em seu onônimo de Assis? Estimo que saberá ter mão firme e não lhe faltará coragem para seguir o que o seu “discernimento do espírito” lhe ditar para  restaurar de fato a credibilidade da Igreja e devolver o fascínio  pela figura de Jesus, do qual ela deve ser humilde servidora.

 

„Nur ein Gott kann uns retten“

                    

Die Krise unserer wissenschaftlich-technischen Zivilisation verlangt nach mehr als einer historischen und soziologischen Erklärung. Es bedarf einer philosophischen Reflexion, die zu einer theologischen Frage führt. Es war Martin Heidegger (1889-1976), der dies klar erkannte, noch bevor die ökologischen Alarmglocken erklangen. In einer berühmten Vortragsreihe in München im Jahr 1955, an der u. a. auch Werner Heisenberg und Jose Ortega y Gasset teilnahmen, legte er in seiner Rede über „Die Frage nach der Technik“ klar das Risiko dar, das die Naturwelt und die Menschheit laufen, indem letztere sich völlig von der intrinsischen Logik der Denk- und Handelsweise durchziehen lässt, welche für das Erringen persönlicher oder sozialer Vorteile in alle Aspekte der Naturwelt eingreift und diese manipuliert. Die wissenschaftlich-technische Kultur hat unser Verständnis unserer selbst so tief durchdrungen, dass wir weder einander verstehen noch leben können, ohne diese Prothese in uns selbst und in unsere Seinsweise in dieser Welt zu verinnerlichen.

Hier spiegelt sich die Konvergenz zweier Traditionen der abendländischen Philosophie wider: die platonische Philosophie, durch christliche Tendenzen mit einem idealistischen Beigeschmack versehen, und die des Aristoteles, die eher empirisch und die Grundlage der Wissenschaft ist. Mit Descartes verschmolzen beide im 17. Jahrhundert und bildeten die Basis für die moderne Techno-Wissenschaft, das aktuell vorherrschende Paradigma. Diese Seinsweise fragt danach, wie Dinge sind, wie sie funktionieren und wie sie nützlich für uns sein können. Das Wunder, das die Dinge, verglichen mit dem Nichts, darstellen, interessiert sie nicht. Wir spalten uns von der Naturwelt ab, um in die tiefsten Tiefen der künstlichen Welt einzutauchen. Wir haben die organische Beziehung zu den Dingen, Pflanzen, Tieren, Bergen und zu den Menschen selbst verloren.

Alles wird zum Werkzeug instrumentalisiert, das irgendwelchen Zwecken dienlich sein soll.  Wir sehen in den Lebewesen nicht mehr den ihnen anhaftenden Selbstzweck, sondern nur seinen physischen oder geistigen Nutzen, den es auszubeuten gilt. Wenn etwas machbar ist, so wird es ohne jegliche ethische Rechtfertigung durchgeführt. Wenn wir ein Atom spalten können, gibt es keinen Grund, dies nicht zu tun und keine Atombombe daraus zu machen. Wenn wir diese Bombe über Hiroshima oder Nagasaki abwerfen können, wer sollte uns daran hindern? Wenn ich den genetischen Code manipulieren kann, gibt es keine moralischen oder ethischen Grenzen, die dies verhindern würden. Und wir führen Experimente durch, die uns interessieren und nützlich für den Markt und für einen bestimmten Lebensstil sein könnten.

Heidegger warnt uns, dass die Techno-Wissenschaft in uns einen Mechanismus (ein Gestell) geschaffen hat, d. h. eine Sichtweise, die alles als einen uns zur Verfügung stehenden Gegenstand erachtet. Er hat alle Bereiche kolonisiert und sich alles Wissen unterworfen. Er hat sich in einen Motor verwandelt, der sich auf eine solche Weise von selbst beschleunigt, dass wir nicht wissen, wie wir ihn noch stoppen können. Wir haben uns zu seinen Geiseln gemacht. Er diktiert uns, was wir zu tun und was wir zu lassen haben. Hier zeigt Heidegger auf, welch großes Risiko wir als natürliche Wesen und als Spezies eingehen.

Die Techno-Wissenschaft schadet den Grundlagen, die das Leben bewahren, und hat eine Zerstörungskraft entwickelt, die in der Lage ist, uns alle auszulöschen. Die Mittel dazu wurden bereits entwickelt und stehen uns zur Verfügung. Wer hält die Hand zurück, die den Armageddon für Natur und Menschheit auslöst? Dies ist die Frage aller Fragen, die uns sowohl als Individuen als auch als Menschheit beschäftigen sollte; mehr als Wachstum und Zinssätze.

Heideggers Antwort darauf ist die „Kehre“, eine Umkehr oder Umwandlung. Dies ist der Endzweck all seines Denkens, wie es einem Brief an Karl Jaspers zu lesen ist: ein Museumswärter zu sein, der die Ausstellungsstücke abstaubt, sodass sie besser zu sehen sind. Als Philosoph bot er sich selbst an (wie schade, dass es in einer so furchtbar komplizierten Sprache ausgedrückt wurde), all das zu entfernen, das unser gewöhnliches und alltägliches Leben bedeckt. Was kommt dadurch zum Vorschein? Nichts, außer allem, was uns umgibt und was unser Sein-in-der-Welt-mit-anderen und mit der Landschaft, dem blauen Himmel, mit dem Regen und mit der Sonne ausmacht. Um zu ermöglichen, dass all diese Dinge als das gesehen werden, was sie sind, unterdrücken sie uns nicht, sondern sie sind einfach da, ruhig, mit uns, zu Hause.

Für diese Seinsweise suchte er bei den Vorsokratikern nach Inspiration, vor allem bei Heraklit, die dieses ursprüngliche Denken lebten, bevor es durch Platon und Aristoteles in Metaphysik, die Grundlage der Techno-Wissenschaft, verwandelt wurde. Doch Heidegger fürchtet, es könne schon zu spät sein. Wir sind dem Abgrund schon zu nahe, um noch umkehren zu können. In seinem letzten Interview im Jahr 1976 mit dem Spiegel, das post-mortem veröffentlicht wurde, sagte er: „Nur noch ein Gott kann uns retten.

Die philosophische Frage nach dem Geschick unserer Kultur hat sich in eine theologische Frage gedreht. Wird Gott eingreifen? Wird Gott zulassen, dass die Spezies sich selbst zerstört?

Als christlicher Theologe sage ich mit Paulus: „Die Hoffnung aber lässt nicht zugrunde gehen“ (Röm 5,5), denn „Gott ist der Freund des Lebens“ ( Weish 11,26). Ich weiß nicht, wie. Aber ich hoffe.

Übersetzt von Bettina Gold-Hartnack

A atualidade do espírito de São Francisco

 

         Pelo fato de o atual Papa ter escolhido o nome de Francisco, muitos voltaram  a se interessar por esta figura singular, talvez uma das mais luminosas que o Cristianismo e o próprio  Ocidente já produziram: Francisco de Assis. Há quem o chame de o “ultimo cristão” ou o “primeiro depois do Único” quer dizer, de Jesus Cristo.

 

Seguramente podemos dizer: quando o Cardeal Bergoglio escolheu este nome quis sinalizar um projeto de Igreja na linha do espírito de São Francisco. Este era o oposto do projeto de Igreja de seu tempo que se expressava pelo poder temporal sobre quase toda a Europa até a Rússia, por imensas catedrais, suntuosos palácios e abadias grandiosas. São Francisco optou por viver o evangelho puro, ao pé da letra, na mais radical pobreza, numa simplicidade quase ingênua, numa humildade que o colocava junto à Terra, no nível dos mais desprezados da sociedade, vivendo entre os  hansenianos e comendo com eles da mesma escudela. Nunca criticou o Papa ou Roma. Simplesmente não lhes seguiu o  exemplo. Para aquele tipo de Igreja e de sociedade, confessa explicitamente: “quero ser um ‘novellus pazzus’, um novo louco”: louco pelo Cristo pobre e pela “senhora dama” pobreza, como expressão de total liberdade: nada ser, nada ter, nada poder, nada pretender. Atribui-se a ele a frase: “desejo pouco e o pouco que desejo é pouco”. Na verdade era nada. Despojou-se de qualquer título. Considerava-se “idiota, mesquinho, miserável e vil”.

 

Este caminho espiritual, vivido a duras penas, pois na medida que seguidores acorriam, mais se opunham a ele, querendo conventos, regras e estudos. Resistiu o mais que pode e no fim teve que se render à mediocridade e à lógica das instituições que pressupõem regras, ordem e poder. Mas não renunciou ao seu sonho. Frustrado, voltou a servir aos hanseianos, deixando que seu movimento, contra sua vontade, fosse transformado na Ordem dos Frades Menores.

 

A humildade ilimitada e a pobreza radical lhe permitiram  uma experiência que vem ao encontro de nossas indagações: é possível resgatar o cuidado e o respeito para com a natureza? É possível uma fraternidade tão universal que inclua a todos, como ele o fez: o sultão do Egito que encontrou na cruzada, o bando de salteadores,  o lobo feroz de Gúbio e até  a morte?

 

Francisco mostrou esta possibilidade e sua realização mediante uma prática vivida com simplicidade e paixão. Ao não possuir nada, entreteve uma relação direta de convivência e não de posse com cada ser da criação. Ao ser radicalmente humilde, colocou-se no mesmo chão (humus=humildade) e ao pé de cada criatura, considerando-a sua irmã. Sentiu-se irmão da água, do fogo,  da cotovia, da nuvem, do sol e de cada pessoa que encontrava. Inaugurou uma fraternidade sem fronteiras: para baixo com os últimos, para os lados com os demais semelhantes, independente se eram Papas ou servos da gleba, para cima com o sol, a lua e as estrelas. Todos são irmãos e irmãs, filhos do mesmo Pai de bondade.

 

A pobreza e a humildade assim praticadas não tem nada de beatice. Supõem algo prévio: o respeito ilimitado diante de cada ser. Cheio de devoção, tira a minhoca do caminho para não ser pisada, enfaixa um galhinho quebrado para que se recupere, alimenta no inverno as abelhas que esvoaçam por aí, perdidas. Colocou-se no meio das criaturas com profunda humildade, sentindo-se irmão delas. Confraternizou-se com a “irmã e Mãe Terra”. Não negou o húmus original e as raízes obscuras de onde todos viemos. Ao renunciar a qualquer posse de bens, rechaçando tudo o que poderia colocá-lo acima de outras pessoas e acima das coisas, possuindo-as, emergiu como irmão universal. Foi ao encontro dos outros com as mãos vazias e o coracão puro, oferecendo-lhes apenas a cortesia, a amizade, o amor desinteressado, cheio de confiança e ternura.

 

A fraternidade universal surge quando nos colocamos com grande humildade no seio da criação, respeitando todas as formas de vida e cada um dos seres. Essa fraternidade cósmica, fundada no respeito ilimitado, constitui o pressuposto necessário para fraternidade humana. Sem esse respeito e essa fraternidade dificilmente a Declaração dos Direitos Humanos terá eficácia. Haverá sempre violações, por razões étnicas, de gênero, de religião  e  outras.

 

Esta sua postura de fraternidade cósmica, assumida seriamente, poderá animar nossa preocupação ecológica de salvaguarda de cada espécie, de cada animal ou planta, pois são nossos irmãos e irmãs. Sem a fraternidade real nunca chegaremos a formar a família humana que habita a “irmã e Mãe Terra” com respeito e cuidado. Essa fraternidade demanda inarredável paciência mas encerra também uma grande promessa: ela é realizável. Não estamos condenados a liberar o animal feroz que nos habita e que ganhou forma em Videla, Pinochet, no delegado Fleury e em outros convardes torturadores.

 

Oxalá o Papa Francisco de Roma em sua prática de pastor local e universal honre o nome de Francisco e mostre a atualidade dos valores vividos pelo  fratello e poverello  de Assis.

 

 

 

Leonardo Boff é autor de Francisco de Assis: saudade do paraíso, Vozes 1999.