O Papa Francisco é um paradoxo? por Hans Küng

HANS KÜNG é seguramente um dos maiores teólogos católicos e de toda a cristandade. Escreveu dezenas de livros sobre os mais diversos temas da teologia e da filosofia. Foi colega de Joeph Ratzinger na Universidade de Tübingen, na Alemanha. Questionou o uso indevido que se fazia da infalibilidade do Papa e foi condenado pela Congregação da Doutrina da Fé. Tiraram-lhe o título de teólogo católico mas continuou na Universidade lecionando temas ligados à mundialização, à etica global, ao ecumenismo e ao estudo das religiões. Escreveu livros fundamentais sobre o islamismo e o judaismo. Criou um Instituto sobre Ethos Mundial, onde se fazem minuciosos estudos sobre  economia,  globalização, ecologia  e  ética Durante anos trabalhamos juntos na revista internacional Concilium da qual, por 20 anos, fui responsável por sua edição em portugues. Companheiros de destino e de tribulação, nos tornamos velhos amigos com intercâmbio frequente de correspondência. O artigo que agora publicamos dele vai na linha daqueles que eu escrevi nesse blog. Vale a pena ler esse texto, extremamente bem fundado historicamente, cheio de esperança e, ao memo tempo, com grande senso de realismo, sabendo como correm as coisas dentro da Igreja Católica. O Papa Francisco pode representar o melhor que podemos ter na Igreja, na esteira do espírito de Francisco de Assis. Não lhe é permitido fracassar. Todos devemos secundá-lo. Caso contrário a Igreja Católica corre risco de se tarnsformar numa grande seita ocidental, cada vez mais acidental. Isso não pode acontecer, pois se romperia a Tradição de Jesus e de seu sonho de uma humanidde de libertos que descobriram através da experiência do Nazareno que todos somos filhos e filhas de Deus no Filho e por issso todos irmãos e irmãs uns dos outros. LBoff

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¿Quién lo iba a pensar? Cuando tomé la pronta decisión de renunciar a mis cargos honoríficos en mi 85º cumpleaños, supuse que el sueño que llevaba albergando durante décadas de volver a presenciar un cambio profundo en nuestra Iglesia como con Juan XXIII nunca llegaría a cumplirse en lo que me quedaba de vida.

 

Y, mira por dónde, he visto cómo mi antiguo compañero teológico Joseph Ratzinger —ambos tenemos ahora 85 años— dimitía de pronto de su cargo papal, y precisamente el 19 de marzo de 2013, el día de su santo y mi cumpleaños, pasó a ocupar su puesto un nuevo Papa con el sorprendente nombre de Francisco.

 

¿Habrá reflexionado Jorge Mario Bergoglio acerca de por qué ningún papa se había atrevido hasta ahora a elegir el nombre de Francisco? En cualquier caso, el argentino era consciente de que con el nombre de Francisco se estaba vinculando con Francisco de Asís, el universalmente conocido disidente del siglo XIII, el otrora vivaracho y mundano vástago de un rico comerciante textil de Asís que, a la edad de 24 años, renunció a su familia, a la riqueza y a su carrera e incluso devolvió a su padre sus lujosos ropajes.

 

Resulta sorprendente que el papa Francisco haya optado por un nuevo estilo desde el momento en el que asumió el cargo: a diferencia de su predecesor, no quiso ni la mitra con oro y piedras preciosas, ni la muceta púrpura orlada con armiño, ni los zapatos y el sombrero rojos a medida ni el pomposo trono con la tiara. Igual de sorprendente resulta que el nuevo Papa rehúya conscientemente los gestos patéticos y la retórica pretenciosa y que hable en la lengua del pueblo, tal y como pueden practicar su profesión los predicadores laicos, prohibidos por los papas tanto por aquel entonces como actualmente. Y, por último, resulta sorprendente que el nuevo Papa haga hincapié en su humanidad: solicita el ruego del pueblo antes de que él mismo lo bendiga; paga la cuenta de su hotel como cualquier persona; confraterniza con los cardenales en el autobús, en la residencia común, en su despedida oficial; y lava los pies a jóvenes reclusos (también a mujeres, e incluso a una musulmana). Es un Papa que demuestra que, como ser humano, tiene los pies en la tierra.

 

El pontífice no quiso ni la mitra con oro, ni los zapatos, ni el pomposo trono con la tiara Todo eso habría alegrado a Francisco de Asís y es lo contrario de lo que representaba en su época el papa Inocencio III (1198-1216). En 1209, Francisco fue a visitar al papa a Roma junto con 11 hermanos menores (fratres minores) para presentarle sus escuetas normas compuestas únicamente de citas de la Biblia y recibir la aprobación papal de su modo de vida “de acuerdo con el sagrado Evangelio”, basado en la pobreza real y en la predicación laica.

 

 

 

Inocencio III, conde de Segni, nombrado papa a la edad de 37 años, era un soberano nato: teólogo educado en París, sagaz jurista, diestro orador, inteligente administrador y refinado diplomático. Nunca antes ni después tuvo un papa tanto poder como él. La revolución desde arriba (Reforma gregoriana) iniciada por Gregorio VII en el siglo XI alcanzó su objetivo con él. En lugar del título de “vicario de Pedro”, él prefería para cada obispo o sacerdote el título utilizado hasta el siglo XII de “vicario de Cristo” (Inocencio IV lo convirtió incluso en “vicario de Dios”). A diferencia del siglo I y sin lograr nunca el reconocimiento de la Iglesia apostólica oriental, el papa se comportó desde ese momento como un monarca, legislador y juez absoluto de la cristiandad… hasta ahora.

 

 

 

Pero el triunfal pontificado de Inocencio III no solo terminó siendo una culminación, sino también un punto de inflexión. Ya en su época se manifestaron los primeros síntomas de decadencia que, en parte, han llegado hasta nuestros días como las señas de identidad del sistema de la curia romana: el nepotismo, la avidez extrema, la corrupción y los negocios financieros dudosos. Pero ya en los años setenta y ochenta del siglo XII surgieron poderosos movimientos inconformistas de penitencia y pobreza (los cátaros o los valdenses). Pero los papas y obispos cargaron libremente contra estas amenazadoras corrientes prohibiendo la predicación laica y condenando a los “herejes” mediante la Inquisición e incluso con cruzadas contra ellos.

 

Pero fue precisamente Inocencio III el que, a pesar de toda su política centrada en exterminar a los obstinados “herejes” (los cátaros), trató de integrar en la Iglesia a los movimientos evangélico-apostólicos de pobreza. Incluso Inocencio era consciente de la urgente necesidad de reformar la Iglesia, para la cual terminó convocando el fastuoso IV Concilio de Letrán. De esta forma, tras muchas exhortaciones, acabó concediéndole a Francisco de Asís la autorización de realizar sermones penitenciales. Por encima del ideal de la absoluta pobreza que se solía exigir, podía por fin explorar la voluntad de Dios en la oración. A causa de una aparición en la que un religioso bajito y modesto evitaba el derrumbamiento de la Basílica Papal de San Juan de Letrán —o eso es lo que cuentan—, el Papa decidió finalmente aprobar la norma de Francisco de Asís. La promulgó ante los cardenales en el consistorio, pero no permitió que se pusiera por escrito.

 

Francisco de Asís representaba y representa de facto la alternativa al sistema romano. ¿Qué habría pasado si Inocencio y los suyos hubieran vuelto a ser fieles al Evangelio? Entendidas desde un punto de vista espiritual, si bien no literal, sus exigencias evangélicas implicaban e implican un cuestionamiento enorme del sistema romano, esa estructura de poder centralizada, juridificada, politizada y clericalizada que se había apoderado de Cristo en Roma desde el siglo XI.

 

Con Inocencio III se manifestaron los primeros síntomas de nepotismo y corrupción del Vaticano. Puede que Inocencio III haya sido el único papa que, a causa de las extraordinarias cualidades y poderes que tenía la Iglesia, podría haber determinado otro camino totalmente distinto; eso habría podido ahorrarle el cisma y el exilio al papado de los siglos XIV y XV y la Reforma protestante a la Iglesia del siglo XVI. No cabe duda de que, ya en el siglo XII, eso habría tenido como consecuencia un cambio de paradigma dentro de la Iglesia católica que no habría escindido la Iglesia, sino que más bien la habría renovado y, al mismo tiempo, habría reconciliado a las Iglesias occidental y oriental.

 

 

 

De esta manera, las preocupaciones centrales de Francisco de Asís, propias del cristianismo primitivo, han seguido siendo hasta hoy cuestiones planteadas a la Iglesia católica y, ahora, a un papa que, en el aspecto programático, se denomina Francisco: paupertas (pobreza),humilitas (humildad) y simplicitas (sencillez).

 

Puede que eso explique por qué hasta ahora ningún papa se había atrevido a adoptar el nombre de Francisco: porque las pretensiones parecen demasiado elevadas.

 

Pero eso nos lleva a la segunda pregunta: ¿qué significa hoy día para un papa que haya aceptado valientemente el nombre de Francisco? Es evidente que tampoco se debe idealizar la figura de Francisco de Asís, que también tenía sus prejuicios, sus exaltaciones y sus flaquezas. No es ninguna norma absoluta. Pero sus preocupaciones, propias del cristianismo primitivo, se deben tomar en serio, aunque no se puedan poner en práctica literalmente, sino que deberían ser adaptadas por el Papa y la Iglesia a la época actual.

 

Las enseñanzas de Francisco de Asís de altruismo y fraternidad deberían ser actualizadas:

 

 1. ¿Paupertas, pobreza? En el espíritu de Inocencio III, la Iglesia es una Iglesia de la riqueza, del advenedizo y de la pompa, de la avidez extrema y de los escándalos financieros. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia de la política financiera transparente y de la vida sencilla, una Iglesia que se preocupa principalmente por los pobres, los débiles y los desfavorecidos, que no acumula riquezas ni capital, sino que lucha activamente contra la pobreza y ofrece condiciones laborales ejemplares para sus trabajadores.

 

2. ¿Humilitas, humildad? En el espíritu de Inocencio, la Iglesia es una Iglesia del dominio, de la burocracia y de la discriminación, de la represión y de la Inquisición. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia del altruismo, del diálogo, de la fraternidad, de la hospitalidad incluso para los inconformistas, del servicio nada pretencioso a los superiores y de la comunidad social solidaria que no excluye de la Iglesia nuevas fuerzas e ideas religiosas, sino que les otorga un carácter fructífero.

 

3. ¿Simplicitas, sencillez? En el espíritu de Inocencio, la Iglesia es una Iglesia de la inmutabilidad dogmática, de la censura moral y del régimen jurídico, una Iglesia del miedo, del derecho canónico que todo lo regula y de la escolástica que todo lo sabe. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia del mensaje alegre y del regocijo, de una teología basada en el mero Evangelio, que escucha a las personas en lugar de adoctrinarlas desde arriba, que no solo enseña, sino que también está constantemente aprendiendo.

 

De esta forma, se pueden formular asimismo hoy día, en vista de las preocupaciones y las apreciaciones de Francisco de Asís, las opciones generales de una Iglesia católica cuya fachada brilla a base de magnificentes manifestaciones romanas, pero cuya estructura interna en el día a día de las comunidades en muchos países se revela podrida y quebradiza, por lo que muchas personas se han despedido de ella tanto interna como externamente.

 

Es poco probable que los soberanos vaticanos permitan que se les quite el poder acumulado. No obstante, ningún ser racional esperará que una única persona lleve a cabo todas las reformas de la noche a la mañana. Aun así, en cinco años sería posible un cambio de paradigma: eso lo demostró en el siglo XI el papa León IX de Lorena (1049-1054), que allanó el terreno para la reforma de Gregorio VII. Y también quedó demostrado en el siglo XX por el italiano Juan XXIII (1958-1963), que convocó el Concilio Vaticano II. Hoy debería volver a estar clara la senda que se ha de tomar: no una involución restaurativa hacia épocas preconciliares como en el caso de los papas polaco y alemán, sino pasos reformistas bien pensados, planificados y correctamente transmitidos en consonancia con el Concilio Vaticano II.

 

Hay una tercera pregunta que se planteaba por aquel entonces al igual que ahora: ¿no se topará una reforma de la Iglesia con una resistencia considerable? No cabe duda de que, de este modo, se provocarían unas potentes fuerzas de reacción, sobre todo en la fábrica de poder de la curia romana, a las que habría que plantar cara. Es poco probable que los soberanos vaticanos permitan de buen grado que se les arrebate el poder que han ido acumulando desde la Edad Media.

 

El poder de la presión de la curia es algo que también tuvo que experimentar Francisco de Asís. Él, que pretendía desprenderse de todo a través de la pobreza, fue buscando cada vez más el amparo de la “santa madre Iglesia”. Él no quería vivir enfrentado a la jerarquía, sino de conformidad con Jesús obedeciendo al papa y a la curia: en pobreza real y con predicación laica. De hecho, dejó que los subieran de rango a él y a sus acólitos por medio de la tonsura dentro del estatus de los clérigos. Eso facilitaba la actividad de predicar, pero fomentaba la clericalización de la comunidad joven, que cada vez englobaba a más sacerdotes. Por eso no resulta sorprendente que la comunidad franciscana se fuera integrando cada vez más dentro del sistema romano. Los últimos años de Francisco quedaron ensombrecidos por la tensión entre el ideal original de imitar a Jesucristo y la acomodación de su comunidad al tipo de vida monacal seguido hasta la fecha.

 

En honor a Francisco, cabe mencionar que falleció el 3 de octubre de 1226 tan pobre como vivió, con tan solo 44 años. Diez años antes, un año después del IV Concilio de Letrán, había fallecido de forma totalmente inesperada el papa Inocencio III a la edad de 56 años. El 16 de junio de 1216 se encontraron en la catedral de Perugia el cadáver de la persona cuyo poder, patrimonio y riqueza en el trono sagrado nadie había sabido incrementar como él, abandonado por todo el mundo y totalmente desnudo, saqueado por sus propios criados. Un fanal para la transformación del dominio en desfallecimiento papal: al principio del siglo XIII, el glorioso mandatario Inocencio III; a finales de siglo, el megalómano Bonifacio VIII (1294-1303), que fue apresado de forma deplorable; seguido de los cerca de 70 años que duró el exilio de Aviñón y el cisma de Occidente con dos y, finalmente, tres papas.

 

Menos de dos décadas después de la muerte de Francisco, el movimiento franciscano que tan rápidamente se había extendido pareció quedar prácticamente domesticado por la Iglesia católica, de forma que empezó a servir a la política papal como una orden más e incluso se dejó involucrar en la Inquisición.

 

Al igual que fue posible domesticar finalmente a Francisco de Asís y a sus acólitos dentro del sistema romano, está claro que no se puede excluir que el papa Francisco termine quedando atrapado en el sistema romano que debería reformar. ¿Es el papa Francisco una paradoja? ¿Se podrán reconciliar alguna vez la figura del papa y Francisco, que son claros antónimos? Solo será posible con un papa que apueste por las reformas en el sentido evangélico. No deberíamos renunciar demasiado pronto a nuestra esperanza en un pastor angelicus como él.

 

Por último, una cuarta pregunta: ¿qué se puede hacer si nos arrebatan desde arriba la esperanza en la reforma? Sea como sea, ya se ha acabado la época en la que el papa y los obispos podían contar con la obediencia incondicional de los fieles. Así, a través de la Reforma gregoriana del siglo XI se introdujo una determinada mística de la obediencia en la Iglesia católica: obedecer a Dios implica obedecer a la Iglesia y eso, a su vez, implica obedecer al papa, y viceversa. Desde esa época, la obediencia de todos los cristianos al papa se impuso como una virtud clave; obligar a seguir órdenes y a obedecer (con los métodos que fueran necesarios) era el estilo romano. Pero la ecuación medieval de “obediencia a Dios = obediencia a la Iglesia = obediencia al papa” encierra ya en sí misma una contradicción con las palabras de los apóstoles ante el Gran Sanedrín de Jerusalén: “Hay que obedecer a Dios más que a las personas”.

 

Por tanto, no hay que caer en la resignación, sino que, a falta de impulsos reformistas “desde arriba”, desde la jerarquía, se han de acometer con decisión reformas “desde abajo”, desde el pueblo. Si el papa Francisco adopta el enfoque de las reformas, contará con el amplio apoyo del pueblo más allá de la Iglesia católica. Pero si al final optase por continuar como hasta ahora y no solucionar la necesidad de reformas, el grito de “¡indignaos! indignez-vous!” resonará cada vez más incluso dentro de la Iglesia católica y provocará reformas desde abajo que se materializarán incluso sin la aprobación de la jerarquía y, en muchas ocasiones, a pesar de sus intentos de dar al traste con ellas. En el peor de los casos —y esto es algo que escribí antes de que saliera elegido el actual Papa—, la Iglesia católica vivirá una nueva era glacial en lugar de una primavera y correrá el riesgo de quedarse reducida a una secta grande de poca monta.

 

 

Publicado no El Pais de 10/05/2013

 

Responsabilidade coletiva face ao futuro da espécie humana

Numa votação unânime de 22 de abril de 2009 a ONU acolheu a idéia, durante muito tempo proposta pelas nações indígenas e sempre relegada,  de que a Terra é Mãe. Por isso a ela se deve o mesmo respeito, a  mesma veneração e o mesmo cuidado que devotamos às nossas mães. A partir de agora, todo dia 22 de abril não será apenas o dia da Terra mas o dia da Mãe Terra.

Esse reconhecimento comporta consequências importantes. A mais imediata delas é que a Terra viva é titular de direitos. Mas não só ela, mas também todos os seres orgânicos e inorgânicos que  a compõem; são, cada um a seu modo, também portadores de direitos. Vale dizer, cada ser possui valor intrínseco, como enfatiza a Carta da Terra, independentemente do uso ou não que fizermos dele. Ele tem direito de existir e de continuar a existir nesse planeta e de não ser maltratado nem eliminado.

Essa aceitação do conceito da Mãe Terra vem ao encontro daquilo que já nos anos 20 do século passado o geoquímico russo Wladimir Vernadsky (1983-1945), criador do conceito de biosfera (o nome foi cunhado do geólogo  austríaco  Eduard Suess (1831-1914) chamava de ecologia global no sentido de ecologia do globo terrestre como um todo. Conhecemos a ecologia ambiental, a politico-social e a mental.  Faltava uma ecologia global da Terra tomada como uma complexa unidade total. Na esteira do geoquímico russo, recentemente James Lovelock,  com dados empíricos novos, apresentou a hipótese Gaia, hoje já aceita como teoria científica: a Terra efetivamente comparece como um superorganismo  vivo que se autoregula, tese apoiada pela teoria dos sistemas, da cibernética e pelos biólogos chilenos Maturana e Varela e pelo físico quântico Fritjof Capra.

Vernadsky entendia a biosfera como aquela camada finíssima que cerca a Terra, uma espécie de sutil tecido indivisível que capta as irradiações do cosmos e da própria Terra e as transforma em energia terrestre altamente ativa. A vida se realiza aqui.

Nesse todo se encontra a multiplicidade dos seres em simbiose entre si, sempre interdependentes de forma que todos se autoajudam para existir, persistir e coevoluir. A espécie humana é parte deste todo terrestre, aquela porção da Terra que pensa, ama, intervem e constrói civilizações.

A espécie humana possui uma singularidade no conjunto dos seres: cabe-lhe a responsabilidade ética de cuidar, manter a condições que garantam a sustentabilidade do todo.

Como  descrevemos no artigo anterior vivemos gravíssimo risco de destruir a espécie humana e todo o projeto planetário. Fundamos, como afirmam alguns cientistas, o antropoceno: uma nova era geológica com altissimo poder de destruição, fruto dos últimos séculos que significaram  um transtorno perverso do equilíbrio do sistema-Terra. Como enfrentar esta nova situação nunca ocorrida antes de forma globalizada e profunda?

Temos pessoalmente trabalhado os paradigmas da sustentabilidade e do cuidado como relação amigável e cooperativa para com a natureza. Queremos agora, brevemente, apresentar um complemento necessário: a ética da responsabilidade do filósofo alemão Hans Jonas (1903-1993) com o seu conhecido Princípio Responsabilidade, seguido pelo  Princípio Vida.

Jonas parte da triste verificação de que o projeto da tecno-ciência tornou a natureza extremamente vulnerável a ponto de não ser impossível o desaparecimento a espécie humana. Dai emerge a responsabilidade coletiva, formulada nesse imperativo: aja de tal  maneira que os efeitos  de tuas ações não destruam a possibilidade futura da vida.

Jonas trabalha ainda com outra categoria que deve ser bem entendida para não provocar uma paralização: o temor e o medo  (Furcht). O medo aqui possui um significado elementar, um medo que nos leva instintivamente  a preservar a vida e toda a espécie. Há efetivamente o temor de que se deslanche um processo irrefreável de destruição em massa, com os meios diante dos quais não tínhamos temor em construir e que agora, temos fundado temor de que nos podem realmente destruir a todos. Dai nasce a responsabilidade face às novas tecnociências como a biotecnologia e a nanotecnologia, cuja capacidade de destruição é inconcebível. Temos que realmente nos responsabilizar pelo futuro da espécie humana por temor e muito mais por amor à nossa propria vida.

Leonardo Boff é autor Do Iceberg à Arca de Noé, Mar de Idéias 2012.

Befreiung – Liber-ación: eine Aktion, die die Freiheit schafft

Freiheit ist mehr als die Fähigkeit des Menschen, frei zu wählen oder einen freien Willen zu haben. Freiheit ist ein Wesenszug des Menschen. Selbst ein Sklave, der nicht über die Möglichkeit verfügt, eine Wahl zu treffen, bleibt in seinem Wesen ein freier Mensch. Ein Sklave kann sich widersetzen, sich weigern, sogar rebellieren und den Tod akzeptieren. Niemand kann einem Sklaven diese Freiheit nehmen.

Unter den vielen Definitionen des Begriffs Freiheit erscheint mir diese am treffendsten: Freiheit ist die Fähigkeit zur Selbst-Bestimmung.

Wir alle werden unter bestimmten Vorgaben geboren: unsere ethnische Zugehörigkeit, die soziale Schicht, innerhalb einer bereits konstruierten Welt, an der beständig weiter gebaut wird. Dies ist unsere Bestimmung. Niemand ist ganz frei von gewissen Abhängigkeiten. Dabei kann es sich um Unterdrückung handeln, wie Sklavenarbeit oder schlecht bezahlte Arbeit. Im Bekämpfen einer solchen Situation wird eine Art von Freiheit ausgeübt: die Freiheit von etwas, von dieser Situation. Dies ist der Kampf für Un-Abhängigkeit und Selbständigkeit. Der Mensch bestimmt über sich selbst: er akzeptiert die Vorgaben, doch nur, um sie zu überwinden und um sich von ihnen zu befreien, um frei von ihnen zu sein.

Doch es gibt noch eine andere Bedeutung von Freiheit als Selbst-Bestimmung: es ist eine innere Kraft, die dem jeweiligen Menschen eigen ist und die ihm ermöglicht, frei für etwas zu sein, frei dafür, sein eigenes Leben in die Hand zu nehmen, die Arbeitsbedingungen zu verändern und dafür, eine andere Gesellschaftskultur zu schaffen, in der es leichter ist, frei von und frei für etwas zu sein. Hier zeigt sich die Einzigartigkeit des Menschen, der sein eigenes Selbst kreiert, indem er sich über die ihm gesetzten Vorgaben erhebt. Freiheit ist eine Befreiungsaktion, d. h. eine selbständige Aktion, die eine Freiheit herstellt, welche zuvor gefangen oder nicht vorhanden war.

Diese zwei Arten von Freiheit finden ihren Ausdruck auf persönlicher, gesellschaftlicher und globaler Ebene.
Auf der persönlichen Ebene ist Freiheit, nach dem Geschenk des Lebens, das kostbarste Geschenk, das wir besitzen: in der Lage zu sein, sich selbst auszudrücken, zu kommen und zu gehen, unsere eigene Sicht der Dinge zu bilden, unser Leben, Arbeit und Familie nach eigenem Gutdünken zu organisieren und unsere politischen Vertreter zu wählen. Die größte Unterdrückung besteht darin, dieser Freiheit beraubt zu sein.

Auf gesellschaftlicher Ebene zeigt sie zwei Seiten: Freiheit als Unabhängigkeit und als Selbständigkeit. Die Länder Lateinamerikas und der Karibik waren unabhängig von den Kolonialherren, doch das brachte ihnen noch keine Selbständigkeit und Befreiung. Sie blieben von der Führungsschicht abhängig, die das Herrschaftsverhältnis aufrecht erhielt. Durch Widerstand, Protest und durch die Organisierung der Unterdrückten wurde ein Befreiungsprozess geschaffen, der, wenn er erfolgreich war, der Unterschicht zur Selbständigkeit verhalf, zur Freiheit dafür, eine andere Art von Politik zu errichten, die denen zugute kommt, die immer ausgeschlossen waren. Dies geschah in Lateinamerika nach dem Ende der Militärdiktaturen, welche die Interessen der nationalen Führungsschichten, verbunden mit den internationalen, vertraten. Ein Prozess der Befreiung für etwas befindet sich im Gange, der, wenn auch noch nicht abgeschlossen, eine Demokratie von unten fördert, die der Republik und des Volkes.

Wir bedürfen heute auch einer doppelten Befreiung: von der Wirtschafts- und Finanz-Globalisierung, die die Natur und die weltweit an den Rand gedrängten Länder ausbeutet und die von einer Gruppe großer Unternehmen beherrscht wird, welche einflussreicher sind als die meisten Länder. Und eine Befreiung hin zu einer Weltregierung, die sich mit den globalen Problemen befasst wie dem Klimawandel, der Wasserknappheit und dem Hunger von Millionen und Abermillionen Menschen. Ohne eine solche Regierung laufen wir Gefahr, dass sich die Menschheit aufspaltet in diejenigen, die essen, und in diejenigen, die nicht essen oder denen es an vielem Notwendigen mangelt.

Schließlich bedarf es dringend einer speziellen Form von Freiheit von und Freiheit für etwas. Wir leben im geologischen Zeitalter des Anthropozän. Das bedeutet, dass die größte Gefahr uns nicht von tief fliegenden Meteoriten droht, sondern von den unverantwortlichen und die Umwelt zerstörenden Aktivitäten der Menschen (Anthropos). Das vorherrschende kapitalistische Produktionssystem zerstört die Erde und schafft die Bedingungen zur Zerstörung unserer Zivilisation. Entweder wir ändern das, oder wir stürzen in den Abgrund. Wir müssen frei von diesem Leben und Umwelt vernichtenden System werden, das alles bedroht, um mehr und mehr anzuhäufen und immer mehr zu konsumieren.

Wir brauchen auch eine Freiheit für etwas: dafür, Alternativen zu lehren, die die Produktion dessen, was nötig und sinnvoll für uns und für die ganze Lebensgemeinschaft ist, gewährleistet. Danach streben und das praktizieren die Andenvölker durch ihr Gutes Leben sowie die ökologische Landwirtschaft, der ökologische Familien-Landbau, der Glücksindex der Gesellschaft wie auch andere Aspekte, die den Lebenszyklus respektieren. Wir wollen eine Bio-Zivilisation.

Als Christen müssen wir auch den Glauben von fundamentalistischen Einstellungen befreien, von autoritären und chauvinistischen Strukturen, um zu einer Freiheit zu gelangen, die den Frauen die Priesterweihe ermöglicht, die Laien gemeinsam mit dem Klerus über die Zukunft ihrer Gemeinden entscheiden lässt, eine Freiheit für diejenigen, die eine andere sexuelle Orientierung haben. Wir brauchen eine Kirche, die in Gemeinschaft mit anderen spirituellen Wegen beiträgt, der Menschheit den Respekt vor den Grenzen der Kapazitäten des Bodens zu lehren und Mutter Erde zu verehren, die uns mit allem versorgt. Hoffen wir, dass Papst Franziskus dem Erbe des Franz von Assisi gerecht wird, der in einer großen Freiheit von den Traditionen lebte und frei war für neue Formen der Beziehung zur Natur und mit den Armen.

Der Kampf um Freiheit wird nie aufhören, denn sie wird uns nicht geschenkt, sondern in einem endlosen Befreiungsprozess errungen.

übersetzt von Bettina Gold-Hartnack

Liber-action: an action that liberates

Liberty is more than a faculty of the human being, the faculty of being able to choose, to have free will. Liberty is part of the essence of the human being. A slave, even without the ability to choose, does not stop being in essence a free human being. A slave can resist, can refuse, even rebel, and accept death.  No one can take that liberty from a slave.

Among the many definitions of liberty, I believe this is to me the most correct: Liberty is the capacity for self-determination.

All of us are born within a group of determinates: our ethnic group, social class, within a world already built and always being built. They are our determinates. No one is free of some dependency. It can be oppression, such as slave labor or salaried work.  A type of liberty is exercised by struggling against this: the liberty of rejecting this situation. It is the struggle for in-dependence and autonomy. One self-determines: accepts the determinates, but only to overcome and to be free of, to be free from, them.

But there is yet another meaning of liberty as self-determination: it is a strength that is internal, belonging only to that person, which allows one to be free to, to build one’s own life, to help transform the conditions of work and to create another type of enterprise where it is less difficult to be free from and to.  Here is seen the singularity of the human being, the builder of one’s own self, beyond the surrounding determinations. Liberty is a liber-action, this is, an autonomous action that creates the liberty that was once captive, or absent.

These two types of liberty have a personal, a social, and a global expression.

At the personal level, after the gift of life, liberty is the most precious gift we have: to be capable of self expression, of coming and going, of building our own vision of things, of organizing our lives, work and family to our taste and to choose our political representatives. The greatest oppression is to be deprived of this liberty.

At the social level, it shows its two faces: liberty as independence and as autonomy. The countries from Latin America and the Caribbean were independent from the colonizers, but that still did not bring autonomy and liberation. They remained dependant on the national elites, that maintained the bonds of domination. With resistance, protest, and organizing by the oppressed, a process of liberation was created, that, when victorious, gave autonomy to the popular classes, the liberty to organize another type of politics, one that benefits those who were always excluded. This happened in Latin America, beginning with the end of the military dictatorships that represented the interests of the national and international elites. A process of liberation to is also happening, not yet completed, but it is advancing a democracy born from below, and of a popular nature.

We also now need a double liberation: from economic-financial globalization, which exploits nature and the marginalized countries all over the world, and which is dominated by a group of large companies, that are stronger than most countries.  And a liberation towards a world government arising from this globalization in order to confront global problems such as climate change, water scarcity and the hunger of millions and millions of people. Absent such a collegial global government, we run the risk of a bifurcation of humanity between those who eat and those who do not, or who lack many necessities.

Finally, there is now an urgent need for a special type of liberty from, and liberty for. We live in the anthropocene geological era. This means that the greatest risk is not a low flying meteor, but the irresponsible and eco-murderous activity of human beings (anthropos). The prevailing system of capitalist production is destroying the Earth, and has created the conditions for the destruction of the civilization. Either we change, or we will face an abyss. We need to be free from this bio- and eco-cidal system, that threatens everything, in order to accumulate, and consume, more and more.

We also need a liberty to: liberty to teach alternatives that guarantee the production of what is necessary and dignified for us and for the entire community of life.  This is being sought and demonstrated by the good living of the Andean cultures, by eco-agriculture, by ecological family agriculture, by the index of happiness of society and by other aspects that respect the cycles of life. We want a bio-civilization.

As Christians we must also liberate the faith from fundamentalists visions, from authoritarian and machista ecclesiastical structures, so as to accomplish a liberty for women to be priests, for the lay to be able to decide the destinies of their community, together with the clergy, and for those who have a different sexual orientation. We need a Church that, together with other spiritual paths, helps educate humanity to respect the limits of the Land and to venerate Mother Earth, who provides us with everything. Let us hope that Pope Francis honors the legacy of Saint Francis of Assisi, who lived a great liberty from the traditions and for new forms of relating to nature and with the poor.

The struggle for liberty never ends, because it is never bestowed, but conquered, through an endless process of liber-action.

Free translation from the Spanish by
Servicios Koinonia, http://www.servicioskoinonia.org.
Done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.