Qué tipo de Iglesia está en crisis y degeneración?

 

La Iglesia católica jerárquica está inmersa en una grave crisis de autoridad, de credibilidad y de liderazgo, debido a varios escándalos financieros, pero de manera criminal por causa de los pedófilos: curas, obispos y un cardenal.

Crisis de autoridad, de credibilidad y de liderazgo de la Iglesia institucional.

Tales hechos han socavado la autoridad eclesiástica que se ha visto profundamente golpeada por los distintos intentos de negar, disimular y, finalmente, ocultar actos criminales referentes a la pedofilia de los curas, hasta el punto de que un tribunal de justicia de Oregón (Estados Unidos), a pesar de la inmunidad jurídica del Estado Vaticano, pretendía llevar a los tribunales a autoridades eclesiásticas romanas, eventualmente hasta al entonces cardenal Joseph Ratzinger, por negarse a aplicar sanciones contra el padre Lawrence Murphy que entre 1950-1975 había abusado sexualmente de doscientos jóvenes sordos. Y particularmente por su carta de 2001 enviada a los obispos, impidiéndoles, bajo duras penas canónicas, denunciar a los pedófilos a la justicia civil. Esta actitud fue considerada como complicidad en el crimen e intento de encubrimiento, lo que configura un delito.

Tales actitudes antiéticas han erosionado la credibilidad de la institución. ¿Cómo puede pretender ser «especialista en derechos humanos» y «madre y maestra de la verdad y de la moral» si, por obras y omisiones, niega abiertamente lo que predica?

La crisis es también de liderazgo pues Benedicto XVI ha cometido varios errores de gobierno referentes a los evangélicos, a los musulmanes, a los judíos, a las mujeres, y al espíritu del Vaticano II al hacer concesiones a los seguidores del obispo cismático Lefebvre como la reintroducción de la misa en latín y la oración por la conversión de los judíos infieles y, en general, por causa de su enfrentamiento obsesivo contra la modernidad, vista negativamente como decadencia y fuente de todo tipo de errores, especialmente, del relativismo. Éste es obstinadamente condenado pero, curiosamente, a partir de la misma perspectiva, solo que a la inversa: la de un riguroso absolutismo. No es una estrategia inteligente combatir un error con otro error, sólo que a partir del polo opuesto.

Las consecuencias se están mostrando desastrosas. Tomemos como ejemplo a la Iglesia católica alemana, considerada como muy sólida: solamente en 2010 se desvincularon de la institución 250 mil fieles, el doble que en 2009 (Hans Küng ¿Tiene salvación la Iglesia? 2012, 20). Esta emigración interna se está dando en todo el mundo, especialmente en Estados Unidos e Irlanda, donde el caso de los pedófilos ha alcanzado niveles epidémicos. En Brasil, entre otros motivos, la desmoralización de la institución vaticana ha ayudado a que las cifras de católicos hayan disminuido drásticamente. El censo del IBGE muestra que entre 2000 y 2010 la parcela católica cayó del 73,6% al 64,6%. En la diócesis de Río, dirigida durante 30 años por un arzobispo autoritario y a veces despótico como don Eugênio Salles, el número de católicos llegó al número históricamente más bajo de todos, solo un 45.8%.

Esta crisis de la institución jerárquica católica ha puesto a la luz la estructura de poder y la forma como se organiza la dirección de la comunidad de los fieles. Se caracteriza por ser una monarquía absoluta, teniendo el papa, su Jefe, «poder ordinario, supremo, pleno, inmediato y universal»(canon 313), aumentado todavía con el atributo de la infalibilidad en asuntos de fe y de moral. En manos de la jerarquía se concentra el monopolio del poder y de la verdad, con señales claras de patriarcalismo, tradicionalismo, clericalismo, animosidad hacia el sexo y las mujeres. Se ha gestado lo que Hans Küng denomina «el sistema romano» cuyo eje articulador es la figura del papa con «plenitud de poder» (plenitudo potestatis) jurídico, único y exclusivo sobre toda la comunidad y cada uno de los fieles.

El aumento del espíritu crítico, el acceso más fácil a los documentos históricos, la resistencia de católicos más lúcidos a aceptar las razones altamente ideologizadas de la institución en su afán por autolegitimarse, invocando su origen divino y reclamando la voluntad de su fundador Jesús, han hecho que muchas personas se hayan alejado de este tipo de Iglesia o se hayan quedado totalmente indiferentes a ella. El mantenimiento de los fieles en la ignorancia y la estrategia de infundir miedo, como lo ha mostrado el notable historiador Jean Delumeau (El miedo en Ocidente, 1987), que fueron factores decisivos para la conversión de pueblos enteros en el pasado, hoy son inaceptables y sencillamente condenables.

Concretamente la comunidad cristiana está divida en dos cuerpos: el cuerpo clerical (del papa al diácono) que detenta de forma exclusiva el poder de mando, de la palabra, de la doctrina y de los instrumentos de salvación y el cuerpo laical, constituido por los fieles laicos, hombres y mujeres, sin ningún poder de decisión, tocándoles oír, obedecer y ejecutar las determinaciones que vienen de arriba. Esto no es una caricatura sino la descripción de lo que efectivamente ocurre y es sancionado por el derecho canónico.

A la jerarquía todo, al laico nada: testimonio de dos papas.

Nada mejor que el testimonio de dos papas para explicitar esta división teológicamente problemática: Gregorio XVI (1831-1846): «Nadie puede desconocer que la Iglesia es una sociedad desigual en la cual Dios destinó a unos como gobernantes y a otros como servidores; estos son los laicos, aquellos son los clérigos». Pío X es todavía más rígido (1835-1914): «Solamente el colegio de los pastores tiene el derecho y la autoridad de dirigir y gobernar; la masa no tiene ningún derecho a no ser el de dejarse gobernar cual rebaño obediente que sigue a su pastor». Estas expresiones, que están a años luz del mensaje de Jesús, nunca han sido contradichas y siguen manteniendo su validez teórica y práctica.

El cuerpo laical, a su vez, también se ha organizado en movimientos y comunidades bien dentro del cuerpo clerical, bien al margen. En ellos funciona el principio de comunión y de participación igualitaria, el poder es circular y rotativo, los servicios están distribuidos entre los miembros según sus capacidades y habilidades; todos participan, todos toman la palabra y se decide colectivamente sobre los caminos de la comunidad. El centro lo ocupa la Escritura, leída y comentada comunitariamente y aplicada a las situaciones concretas. No se opone a la Iglesia-institución jerárquica papal y hasta se alegra cuando alguien de la jerarquía participa de la vida de las comunidades. Pero hay que enfatizar que sigue otra lógica, no paralela sino diferente. Sin embargo no deja de sufrir con la división, pues la mayoría intuye que esa división no corresponde al sueño de Jesús de que “todos sean hermanos y hermanas y que nadie quiera ser llamado padre o maestro, porque uno solo es el Maestro, Cristo” (Mt 23, 9-10). Esto es permanentemente negado.

¿Cuál de los dos tipos de Iglesia está en crisis y en franca degeneración en los días actuales? La Iglesia institución monárquico-absolutista, cuyas razones no consiguen convencer a los fieles ni se sostienen delante del sentido común ni ante el sentido del derecho y de la justicia que se han impuesto en la reflexión de los últimos siglos, no sin influencia del cristianismo. Este tipo de Iglesia no es ni progresista ni tradicionalista; es simplemente medieval y tributario del iluminismo de los reyes absolutos por voluntad de Dios.

Las cosas no caen ya preparadas del cielo, ni salen de la manga de la túnica de Jesús. Ellas se han ido constituyendo históricamente en un proceso lento pero persistente de acumulación de poder hasta alcanzar el grado absoluto, igualado al poder de Dios (el Papa como representante de Dios). Aquí se cumple bien la perspicaz observación de Hobbes: «el poder no puede garantizarse si no es buscando más y más poder» hasta llegar a su forma suprema y divina. Esto fue lo que ha ocurrido con el poder de los papas romanos y la jerarquía católica. Esta forma concentradísima de poder ya constituyó el nudo de la crisis en el pasado y en la actualidad lo hace de forma más grave todavía.

En el próximo artículo estudiaremos con cierto detalle cómo se ha llegado a la actual monarquía absolutista y centralizadora de la Iglesia-institución.

*Leonardo Boff es teólogo, filosófo y escritor.

Como se formou o poder monárquico-absolutista dos Papas

Escrevíamos anteriormente neste espaço que a crise da Igreja-instituicão-hierarquia se radica na absoluta concentração de poder na pessoa do Papa, poder exercido de forma absolutista e distanciado de qualquer participação dos cristãos, criando obstáculos praticamente intransponíveis para o diálogo ecumênico com as outras  Igrejas.

Não foi assim no começo. A Igreja era uma comunidade fraternal. Não havia ainda a figura do Papa. Quem comandava na Igreja era o Imperador pois ele  era o Sumo Pontífice (Pontifex Maximus) e não o bispo de Roma ou de Constantinopla, as duas capitais do Império. Assim o imperador Constantino convocou o primeiro concílio ecumênico de Nicéia (325) para decidir a questão da divindade de Cristo. Ainda no século VI o imperador Justiniano que refez a união das duas partes do Império, a do Ocidente e a do Oriente, reclamou para si o primado de direito e não o do bispo de Roma. No entanto, pelo fato de em Roma estarem as sepulturas de Pedro e de Paulo, a  Igreja romana gozava de especial prestígio, bem como o seu bispo que diante dos outros tinha a “presidência no amor” e o “exercia o serviço de Pedro” o de “confirmar na fé” e não a supremacia de Pedro no mando.

Tudo mudou com o Papa Leão I (440-461), grande jurista e homem de Estado. Ele copiou a forma romana de poder que é o absolutismo e o autoritarismo do Imperador. Começou a interpretar em termos estritamente jurídicos os três textos do Novo Testamento atinentes a Pedro: Pedro como  pedra sobre a qual se construiria a Igreja (Mt 16,18), Pedro, o confirmador da fé (Lc 22,32) e Pedro como Pastor que deve tomar conta das ovelhas (Jo 21,15).

O sentido bíblico e jesuânico vai numa linha totalmente contrária: do amor, do serviço e da renúncia a todo domínio. Mas prevaleceu até hoje a leitura do direito romano absolutista. Consequentemente Leão I assumiu o título de Sumo Pontífice e de Papa em sentido próprio. Logo após, os demais Papas começaram a usar as insígnias e a indumentária imperial (a púrpura), a mitra, o trono, o báculo dourado, as estolas, o pálio, a cobertura de ombros (mozeta), a formação dos palácios com sua corte e a introdução de hábitos palacianos que perduram até os dias de hoje nos cardeais e nos bispos, coisa que escandaliza não poucos cristãos que leem nos Evangelhos que Jesus era um operário pobre e sem aparato. Então começou a ficar claro que os hierarcas estão mais próximos do palácio de Herodes do que da gruta de Belém.

Mas há um fenômeno para nós de difícil compreensão: no afã de legitimar esta transformação e de garantir o poder absoluto do Papa, forjou-se uma série de documentos falsos. Primeiro, uma pretensa carta do Papa Clemente (+96), sucessor de Pedro em Roma, dirigida a Tiago, irmão do Senhor, o grande pastor de Jerusalém. Nela se dizia que Pedro, antes de morrer, determinara que ele, Clemente, seria o único e legítimo sucessor. E evidentemente os demais que viriam depois dele.

Falsificação maior foi ainda a famosa Doação de Constantino, um documento forjado na época de Leão I segundo o qual Constantino teria dado ao Papa de Roma como doação todo Império Romano. Mais tarde, nas disputas com os reis francos, se criou outra grande falsificação as Pseudodecretais de Isidoro que reuniam falsos documentos e cartas como se viessem dos primeiros séculos que reforçavam o primado jurídico do Papa de Roma. E tudo culminou com o Código de Graciano no século XIII tido como base do direito canônico, mas que se embasava em falsificações de leis e normas que reforçavam o poder central de Roma, não obstante, cânones verdadeiros que circulavam pelas igrejas.

Logicamente, tudo isso foi desmascarado mais tarde sem qualquer modificação no absolutismo dos Papas. Mas é lamentável e um cristão adulto deve conhecer os ardis usados e forjados para gestar um poder que está na contra-mão dos ideais de Jesus e que obscurece o fascínio pela mensagem cristã, portadora de um novo tipo de exercício do poder,  serviçal e participativo.

Verificou-se posteriormente um crescendo no poder dos Papas: Gregório VII (+1085) em seu Dictatus Papae (“a ditadura do Papa”)  se autoproclamou senhor absoluto da Igreja e do mundo; Inocêncio III (+1216) se anunciou como vigário-representante de Cristo e por fim, Inocêncio IV(+1254) se arvorou em  representante de Deus. Como tal, sob Pio IX em 1870, o Papa foi proclamado infalível em campo de doutrina e moral pelo Concílio Vaticano I.

Curiosamente, todos estes excessos nunca foram retratados e corrigidos pela Igreja hierárquica. Eles continuam valendo para escândalo dos que ainda creem no Nazareno pobre, humilde artesão e camponês mediterrâneo, perseguido, executado na cruz e ressuscitado para se insurgir também contra toda busca de poder e mais poder mesmo dentro da Igreja. Essa compreensão comete um esquecimento imperdoável: os verdadeiros vigários-representantes de Cristo, segundo o Evangelho (Mt 25,45) são os pobres, os sedentos e os famintos. No momento culminante da história serão eles nossos juizes.

 

Can the Church be Saved?

In a recent book of the same title, Can the Church Be Saved? (2012), this question was posed by Swiss-German Hans Küng, one of the best known and prolific theologians in the Catholic fold. Along with his colleague from the University of Tübingen, Joseph Ratzinger, he enthusiastically advocated for a renewal of the Church. Küng has written a great deal about the Church, ecumenism, religions and other relevant topics. Because one of his books questioned papal infallibility, he was harshly castigated by the former Inquisition. He did not abandon the Church, but pushes like very few others for her reform, writing books, open letters, and calls to the bishops and the Christian community to open up a dialogue on the modern world and the new situation of humanity on the planet.

The sons and daughters of our time are not evangelized by showing them a model of Church, turned into a bastion of conservatism and authoritarianism and appearing like a fortress that is threatened by modernity, which is deemed responsible for all types of relativism. Let us say, by the way, that the ferocious criticism the present pope launches against relativism arises from the opposite pole, an invincible absolutism. This is the tone imposed by the two last popes, John Paul II and Benedict XVI: NO to reform, and a return to tradition and a strict discipline, orchestrated by the ecclesiastic hierarchy.

The present book: Can the Church be Saved? reads as an almost desperate cry for transformation, and, at the same time, as a generous manifestation of the hope that if a sad institutional collapse is to be avoided, such transformation is possible and necessary.

To start, let’s be clear, when Küng and I speak of Church, we mean the community of those who feel committed to the figure and cause of Jesus of Nazareth, whose focus resides in unconditional love, in the centrality of the poor and invisible, in the brotherhood and sisterhood of all human beings and in the revelation that we are sons and daughters of God, since it was Jesus himself who showed us that he was the Son of God who took on our contradictory humanity. This is the original and true meaning of Church. But historically the word Church has ben appropriated by the hierarchy (from the pope to the curates); that identifies itself as Church tout court and presents itself as the Church.

Well then, it is this second conception of Church, that Küng calls “the Roman system” that is in a profound crisis, this, “the hierarchical-institutional Church” or “the monarchic-absolutist structure of power”, whose seat is in the Vatican and is centered in the figure of the pope with the apparatus that surrounds him: the Roman curia. This crisis began centuries ago, and the cries for change run throughout the history of the Church, culminating in the Reform of the XVI Century and Vatican Council II (1962-1965) of our times. In structural terms, the structural reforms were always superficial, or delayed; or simply aborted.

Recently, however, the crisis has acquired a special gravity. The heart of the Church as institution, (pope, cardinals, bishops, curates), I repeat, not the great community of the faithful, has been affected, in that which was its great pretension: that of being “guide and teacher of morality” for all of humanity. Some already known facts have exposed this pretension, bringing discredit to the institutional Church, and causing a great flight of the faithful:

The financial scandals involving the Vatican Bank (IOR), that was transformed into a sort of off-shore money laundry; the secret documents that were taken, perhaps even from the papal desk by his own secretary, and sold to newspapers, revealing the power intrigues among cardinals; and particularly the question of the pedophile priests, thousands of cases in various countries, including priests, bishops and even Hans Hermann Groer, the cardinal of Vienna. A very grave mandate was given by then-cardinal Ratzinger to all bishops of the world to cover up, under pontifical secrecy, the sexual abuse of minors to avoid pedophile priests being denounced to civil authorities. Finally, the pope had to recognize the criminal character of pedophilia, and accept the judgment of civil tribunals.

Küng shows, with irrefutable historical erudition, the steps taken by popes as they passed from being successors of Peter, to vicars of Christ, to representatives of God on Earth. The titles that canon 331 confers on the pope are of such magnitude that, in reality, they only fit God. An absolute papal monarchy with a golden staff does not comport with the piece of wood of the Good Shepherd who cares for his sheep with love and confirms them in the faith, as the Master requested (Luke 22,32).

O novo Presidente da Congregação da Doutrina da Fé louva a Teologia da Libertação

 

É bom deixar-se surpreender. Quem diria que o novo Presidente da Congregação para a Doutrina da Fé (a ex-Inquisição), o bispo Gerhard Müller, recorde suas experiências no Peru e seu conctato com um dos pais da Teologia da Libertação, o peruano Gustavo Gutiérrez. Confessa que este tipo de teologia mudou a sua cabeça até os dias de hoje. Pena que  se restrinja somente a Gustavo Gutiérrez  e não se refira a toda uma geração de teólogos e teólogas da libertação que estão por ai, não só no Brasil, na América Latina, na Afria, mas também nos USA e na Europa. Ela continua viva, como uma das correntes mais fortes e atuantes da teologia universal e ecumênica. Esperamos que este novo Presidente desfaça  a  suspeição e mesmo a perseguição que muitos destes teólogos e teólogas são ainda submetidos por certos setores do Vaticano e dos episcopados nacionais. Meu sentimento do mundo me aconselha  a ficar um pouco com um pé atrás. Quando o então Card. Joseph Ratxinger foi nomeado para este mesmo cargo, escrevi-lhe uma carta, amigos que éramos, felicitando-o e dizendo da alegria de termos um grande teólogo na frente de uma instituição que nunca gozou de boa fama pelas perseguições e condenações que fez em sua já longa história.  Quem diria que, anos depois, esse mesmo teólogo,  como  Cardeal, escrevesse dois documentos duros contra essa teologia da libertação e me convocasse para me explicar na mesma sala e sentado sobre a mesma cadeira onde sentaram Galileo Galilei e Giordano Bruno e outros muito mais importantes e notáveisd que eu, teólogo menor e periférico. Espero que este novo Presidente seja fiel a suas próprias palavras e boas experiências que conta neste artigo, escrito em 2009 e publicado no site espanhol Religión Digital de  08/09/2012 sob o titulo “Minhas experiências sobre a Teologia da Libertação. No Brasil foi publicado pelo IHU de 15/09/2012.

Republico aqui este artigo, pois não são poucos os que criticam e até rejeitam este tipo de teologia. Eles têm todo o direito de fazê-lo. Mas é bom ler  o testemunho qualificado de alguém que é  a mais alta autoridade doutrinária da Igreja. Ele fala de modo claro e didático sobre o que pretende a Teologia da Libertação. E dizem por ai que ela é ainda mais atual que nunca, dado o aumento dos pobres no mundo e a gravidade da paixão do Grande Pobre que é a Terra crucificada, todos  gritando ao céu por vida e libertação.  LBoff
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Teologia da Libertação está, para mim, vinculada ao rosto de Gustavo Gutiérrez. Em 1988 participei, junto com outros teólogos da Alemanha e da Áustria e a convite do atual diretor da MisereorJosé Sayer, de um curso sobre este tema que aconteceu no já então famoso Instituto Bartolomé de las Casas. Naquele tempo, eu já estava há dois anos lecionando Dogmática na Universidade Ludwig-Maximilian de Munique.

Como professor de Teologia me eram naturalmente familiares os textos e conhecidos os representantes deste movimento teológico, surgido na América Latina, mas sobre o qual se discutia em todo o mundo, sobretudo por conta das observações, em parte críticas, da Comissão Internacional de Teólogos da Congregação para a Doutrina da Fé e as declarações de 1984 e 1986 da mesma Congregação, presidida pelo cardeal Joseph Ratzinger, nosso atualPapa Bento.

Com o seminário dirigido pelo Gustavo Gutiérrez se produziu em mim um giro da reflexão acadêmica sobre uma nova concepção teológica para a experiência com os homens para o que havia sido desenvolvida essa teologia. Para o meu próprio desenvolvimento teológico foi decisiva esta inversão no enfoque de prioridade da teoria à prática para um proceder em três passos: “ver, julgar e agir”.

Os participantes desse seminário chegávamos abarrotados de inumeráveis conhecimentos sobre a origem e o desenvolvimento da Teologia da Libertação e por isso discutimos sobretudo sobre a análise da situação à qual se lhe reprovava uma ingênua proximidade com o marxismo. Eram-nos familiares (1) as declarações das Conferências Episcopais Latino-Americanas de Medellín e de Puebla. Daí o debate de se nessas declarações se pretendia fazer do cristianismo uma espécie de programa político de libertação, no qual, em determinadas circunstâncias, se tolerava inclusive a violência revolucionária contra pessoas e coisas. Alguns suspeitavam que a Teologia da Libertação servia para legitimar a violência terrorista a serviço da legítima revolução, enquanto outros a usavam como argumento para esse fim.

A primeira coisa que Gustavo nos ensinou foi compreender que aqui se trata de teologia e não de política. Na linha das grandes encíclicas sociais dos papas também marcou de forma clara a diferença entre Teologia da Libertação e ética social católica. Enquanto a ética social se fundamenta no direito natural e pretende assegurar as bases de um estado social e justo apoiando-se nos princípios da personalidade, subsidiariedade e solidariedade, no caso da Teologia da Libertação trata-se de um programa prático e teórico que pretende compreender o mundo, a história e a sociedade e transformá-los à luz da própria revelação sobrenatural de Deus como salvador e libertador do homem.

Como se pode falar de Deus diante do sofrimento humano, dos pobres que não têm sustento para seus filhos, nem direito à assistência médica, nem acesso à educação, excluídos da vida social e cultural, marginalizados e considerados uma carga e uma ameaça para o estilo de vida de uns poucos ricos?

Esses pobres não são uma massa anônima. Cada um deles tem um rosto. Como posso, como cristão, sacerdote ou leigo, quer seja na evangelização ou no trabalho científico-teológico, falar de Deus e de seu Filho que se fez homem e morreu por nós na cruz e dar testemunho d’Ele, se não quero construir outro sistema teológico junto ao já existente, mas dizer ao pobre concreto, face a face: Deus te ama e a tua dignidade imperdível tem seu fundamento em Deus? Como se torna concreta a consideração bíblica na vida individual e coletiva se os direitos humanos têm sua origem na criação do homem à imagem e semelhança de Deus?

Minha permanência no Peru em 1988 está ligada não apenas ao seminário de Gustavo Gutiérrez, no qual vi claramente qual é o ponto de partida teológico da Teologia da Libertação, mas também ao encontro vivo com os pobres dos quais havíamos falado. Durante algum tempo vivemos com os moradores de bairros pobres de Lima e depois também com os camponeses da paróquia de Diego Irarrazaval no lago Titicada. A partir de então estive outras 15 vezes no Peru e em outros países da América Latina, às vezes meses inteiros durante as férias de semestre na Alemanha.

Minha participação em cursos teológicos, especialmente nos seminários de Cuzco, Lima e Callao, entre outros, esteve sempre acompanhada de longas semanas de trabalho pastoral nas regiões andinas, especialmente em Lares, na arquidiocese de Cuzco. Ali os rostos adquiriram um nome e converteram-se em amigos pessoais, experiência esta de Comunhão universal no amor a Deus e ao próximo, o que deve ser a essência da Igreja católica. Finalmente, foi para mim uma profunda alegria quando, em 2003, em Lares, na arquidiocese de Cuzco, sendo já bispo, pude administrar o sacramento da Confirmação a jovens cujos pais conhecia já desde há tempo e que eu mesmo havia batizado.

Essa é a razão pela qual eu não falo da Teologia da Libertação de forma abstrata e teórica nem menos ideológica para bajular o grupo eclesial progressista. De igual modo também não temo que isso possa ser interpretado como falta de ortodoxia. A teologia de Gustavo Gutiérrez, independente do ângulo a partir do qual se olha, é ortodoxa porque é ortoprática e nos ensina o adequado agir cristão porque procede da verdadeira fé.

Uma rápida leitura do livro Beber em seu próprio poço (2) coloca de manifesto que a Teologia da Libertação se fundamenta em uma profunda espiritualidade. Seu substrato é o seguimento de Cristo, o encontro com Deus na oração, a participação na vida dos pobres e dos oprimidos, a disposição para escutar seu grito pela liberdade e pelo esplendor dos filhos de Deus; é participar da sua luta para acabar com a exploração e a opressão, de sua ânsia pelo respeito aos direitos humanos e de sua exigência de participação justa na vida cultural e política na democracia. Trata-se da experiência de que não se é estranho no próprio país, mas que a Igreja e o Estado querem ser abrigos e fiadores da liberdade espiritual e cívica. A meta é o início e o acompanhamento de um processo dinâmico que quer libertar o homem de sua dependência cultural e política.

Do mesmo modo que Gustavo com sua pessoa, seu testemunho espiritual, seu compromisso com os pobres e suas magníficas reflexões deu, na nossa época, um rosto à Teologia da Libertação, assim também nos mostrou de maneira impressionante a pessoa de Bartolomé de las Casas que, no século XVI e ao contrário de seu contemporâneoColombo, não descobriu um país e tomou posse dele para a Coroa espanhola, mas que descobriu a injusta opressão e a humilhação da população indígena e se propôs a levar aos homens o reino de Deus, no qual já não haverá senhores nem escravos, mas apenas irmãos e irmãs com os mesmos direitos.

Las Casas chegou supostamente às Índias ocidentais, o continente descoberto por Colombo que hoje chamamos de América, de aventureiro e cavaleiro da fortuna. Da perspectiva do descobridor da América tratava-se de territórios que podiam ser tomados como posse para a Coroa da Espanha e cujas riquezas e habitantes estavam privados de todo direito e, portanto, expostos à agressão da vontade ilimitada de enriquecimento. Em um princípio também Las Casasesteve imerso nesse sistema de privação de liberdade e de exploração. Mas, finalmente, reconheceu no rosto dos maltratados o rosto de Jesus Cristo e assim se converteu em intercessor eloquente e defensor dos povos oprimidos em sua pátria, a América. Com isso retornava ao sentido original da missão cristã: Jesus enviou os seus discípulos para pregar a todos os homens o Evangelho da salvação e da libertação. Neste sentido, missão como encontro de pessoa a pessoa em nome de Jesus é estritamente o contrário de uma forma apenas aparentemente religiosa de colonialismo e imperialismo. Não se pode conquistar territórios para Cristo e subjugar os seus habitantes ao domínio de um estado que se diga cristão. A pregação dos enviados em nome de Cristo supõe antes poder adotar livremente a fé. Deste modo, cria-se uma rede universal de discípulos de Cristo que, segundo sua vontade, constituem uma comunidade de irmãs e irmãos e, portanto, a Igreja visível de Deus no mundo. A este processo impulsionado pelo espírito de Pentecostes os homens acrescentam suas raízes e sua identidade cultural e se deixam transformar pelo espírito de Deus para uma identidade comum mais elevada. Deste modo, cresce o conhecimento de que somos filhos de Deus, chamados a uma vida exemplar, destinados à perfeição no futuro divino. E assim a Igreja pode ser em Cristo o sacramento da salvação do mundo e o sinal e instrumento da íntima união com Deus e da unidade de todo o gênero humano (ver Lumen Gentium 1).

Las Casas nomeia em sua brevíssima relação da destruição das Índias ocidentais a verdadeira causa da tremenda injustiça que os conquistadores espanhóis cometeram contra as pessoas que encontraram em sua viagem de descobrimento.

Sobre aqueles que eram cristãos de nome, mas não por sua conduta, Las Casas disse: “A única e verdadeira causa do assassinato e da destruição dessa espantosa quantidade de pessoas inocentes nas mãos de cristãos era exclusivamente apoderar-se de seu ouro”. (3) Gustavo Gutiérrez formulou este caminho libertador de Las Casas com o seguinte juízo: “Deus ou o ouro”. (4)

Este é o caminho rumo à libertação segundo nos ensina Jesus no Evangelho: “Não se pode servir a dois senhores, a Deus e ao dinheiro”, e em outro lugar especifica: “A raiz de todos os males é o amor ao dinheiro” (ver Timóteo 6, 10).

Aquele em quem colocamos a nossa confiança, esse realmente é o nosso Deus. Os cristãos do século XXI, mas também os humanistas, se orgulham de ter deixado para trás o colonialismo e o imperialismo eurocentristas. Contudo, na justa indignação diante das atrocidades perpetradas na conquista da América, África e Índia e a humilhação da China, corremos muitas vezes o perigo de acreditar, sentindo-nos moralmente seguros, de que no século XVI nós teríamos estado do lado de Las Casas e contra os exploradores. Evidentemente, as circunstâncias históricas de então não são sem mais comparáveis com as do mundo globalizado atual. Não obstante, a alternativa fundamental entre a opção pelo dinheiro e o poder, de um lado, e Deus e o amor, do outro, se apresenta hoje também a cada pessoa em particular e tanto a todas as comunidades e sociedades como a Estados e Alianças. Também hoje, continentes inteiros, como a África e a América do Sul, são marginalizados. Uma pequena parte da população mundial reparte entre si os recursos contribuindo deste modo para a morte prematura de milhões de crianças e para que a maior parte da população do mundo viva em circunstâncias desastrosas.

Depois da queda do império soviético muitos esperavam também o fim da Teologia da Libertação, que situavam próxima dos movimentos de libertação marxistas. Mas na verdade a Teologia da Libertação bem entendida desde a sua concepção original, é a melhor resposta à crítica marxista da religião, tanto na teoria como na prática. Uma ampla visão de Deus como criador, libertador e consumador do homem nos permite perceber a armadilha dualística em que se pretendia fazer cair o cristianismo. Não há alternativa entre o bem-estar neste mundo e a salvação no outro, entre a graça divina e a atuação humana, entre o compromisso eclesial e a crítica e configuração do mundo. A orientação para Deus e a configuração do mundo, o amor a Deus e o amor ao próximo são os dois lados da mesma moeda. Os cristãos não se deixam ultrapassar por ninguém quando se trata dos direitos e da dignidade humanos, ou de criticar tanto o pecado estrutural de um sistema político injusto como a falta de responsabilidade do indivíduo concreto. Durante a apresentação das obras completas do Papa sobre a Teologia da Liturgia, publicadas por mim na Editorial Herder, um dos conferencistas citou a bela sentença: “Quando os monges descuidaram dos seus louvores a Deus aguou-se também a sopa dos pobres”.

Louvar a Deus incita a tomar responsabilidade pelo mundo. E o compromisso com a justiça social, a paz e a liberdade, a proteção da natureza como base da vida corporal e social fundamenta-se na atuação divina criadora e libertadora.

Depois da queda do comunismo estabelecido alguns chegaram a pensar que agora se poderia obter o paraíso na terra através de um capitalismo desenfreado. As forças autorreguladoras do mercado em escala mundial trariam por si mesmas o bem-estar para todos ou ao menos para a maioria. A realidade é muito diferente. Não foram as aparentemente todo-poderosas forças do mercado, mas a mera cobiça de homens concretos, que provocaram a atual crise financeira mundial, cujas consequências são pagas uma vez mais pelos pobres e pelos mais pobres dos pobres, com sua vida, sua saúde, com sua morte prematura e todas as perspectivas perdidas, previstas por Deus para eles.

Os representantes do liberalismo defenderam no passado sua imagem de homem argumentando que não se pode governar o mundo com as bem-aventuranças, sem considerar que Jesus não pretende governar o mundo, mas que o homem se governe a si mesmo, se liberte de sua cobiça e possa converter-se em ser humano para os demais. Argumentavam que a Igreja não entendia nada de economia e capitalismo e que se queria ser altruísta o fizesse ocupando-se das vítimas do capitalismo. Igreja relegada aos hospitais, às residências de moribundos, mas não ética para Wall Street. Expressão de um capitalismo neoliberal sem escrúpulos são, por exemplo, os “fundos buitre” (vulture funds). Especuladores sem escrúpulos se especializaram em negócios com as dívidas de países inteiros. Quando um país incorre em dificuldades de pagamento esses “buitres” [abutres] compram as dívidas com altas reduções sobre a soma original e reclamam depois com juros e juros acumulados uma soma marcadamente superior.

De forma bem simples leva-se um país à miséria definitiva. No final de 1990, o Peru foi vítima de uma “estratégia de investimentos” em que com um investimento de 11 milhões de dólares obteve-se um lucro de 58 milhões. As consequências para as pessoas – as crianças, os anciãos, os doentes –, para toda a estrutura social de um país são aceitas como consequências lógicas. O lucro puro é a única meta.

Aqui se manifesta de maneira espantosa a tragédia de um mundo, de um mercado econômico sem normas morais vinculantes. A cobiça pelo ouro e pelo dinheiro segue sendo hoje causa da destruição de valores morais, cuja força para o bem do homem emana da única fonte que conduz o home ao seu ser humano e a converter-se no próximo de seus semelhantes.

Incompatíveis com a nossa espiritualidade e a nossa fé cristã são o racismo e o paternalismo, uma sociedade que se desagrega em classes mais altas e baixas, que funciona segundo o princípio da lei do mais forte e com isso se desintegra.

Após tantas décadas de terrorismo e contraterrorismo à custa de muitos milhares de inocentes, especialmente da população indígena pobre, criou-se (5) a Comissão da Verdade e da Reconciliação presidida pelo professorSalomón Lerner. Todos vocês conhecem os resultados das investigações. A dimensão da barbárie posta de manifesto é estarrecedora.

Só será possível um novo começo radical, com um desenvolvimento que leve a uma sociedade mais justa e à garantia dos direitos humanos por parte do Estado. Mas também é necessária uma espiritualidade dos direitos humanos. A maior aspiração de cada pessoa, no mais profundo de sua consciência, deverá ser o tomar consciência da responsabilidade do homem diante de Deus e do espírito de fraternidade. Só assim se poderá limitar a cobiça pelo dinheiro e pelo poder como fonte de todo o mal. E se a desculpa e a reconciliação não devem ser concebidas como obra própria, mas como dom divino e ordem de vida, pode crescer em nossos corações essa gratidão que apresenta a existência como ser humano para outros como a medida suprema do humano, das possibilidades de desenvolvimento de cada pessoa no esplendor do amor de Deus. Deus caritas est, essa é a meta e o instrumento da libertação e a perfeição do homem ao Deus Trino.

No Peru encontrei dois cristãos nos quais se simboliza a saudade do povo pela experiência da dignidade imperdível do homem: Santa Rosa de Lima e São Martinho de Porres converteram-se em amigos queridos nos quais brilham em sua forma última os objetivos da libertação e da redenção.

Permitam-me concluir estas reflexões com uma prece a Santa Rosa e a São Martinho para que protejam a Igreja e os peruanos intercedendo ao Pai celestial e Criador para que Ele nos revele o seu Filho como o mediador da esperança para a transformação do mundo para a meta mostrada pelo espírito de Pentecostes: “Em todos eles havia temor, por causa dos numerosos prodígios e sinais que os apóstolos realizavam. Todos os que abraçaram a fé eram unidos e colocavam em comum todas as coisas; vendiam suas propriedades e seus bens e repartiam o dinheiro entre todos, conforme a necessidade de cada um. Diariamente, todos juntos frequentavam o Templo e nas casas partiam o pão, tomando alimento com alegria e simplicidade de coração. Louvavam a Deus e eram estimados por todo o povo. E a cada dia o Senhor acrescentava à comunidade outras pessoas que iam aceitando a salvação” (At 2, 43-47).

Notas:
1. CELAM. Conclusões da Conferência de Medellín – 1968; Conclusões da Conferência de Puebla. Evangelização no presente e no futuro da América Latina.

2. GUTIÉRREZ, Gustavo. Beber em seu próprio poço. Itinerário espiritual de um povo. São Paulo: Loyola, 2000.

3. Em português, encontra-se no livro LAS CASAS, Frei Bartolomeu de. Liberdade e Justiça para os Povos da América — Oito Tratados Impressos em Sevilha em 1552. São Paulo: Paulus, 2010.

4. GUTIÉRREZ, Gustavo. Deus ou o ouro nas Índias. Século XVI. São Paulo: Paulinas, 1993.

5. Ver LERNER FEBRES, Salomón; SAYER, Josef (Ed.). Contra el olvido Yuyanapaq. Informe de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación Perú, 2008.