¿Qué puede venir después del coronavirus?

Muchos lo han visto claramente: después del coronavirus, ya no va a ser posible continuar el proyecto del capitalismo como modo de producción, ni del neoliberalismo como su expresión política. El capitalismo sólo es bueno para los ricos; para el resto es un purgatorio o un infierno, y para la naturaleza, una guerra sin tregua.

Lo que nos está salvando no es la competencia –su principal motor– sino la cooperación, ni el individualismo –su expresión cultural– sino la interdependencia de todos con todos.

Pero vayamos al punto central: hemos descubierto que el valor supremo es la vida, no la acumulación de bienes materiales. El aparato bélico montado, capaz de destruir varias veces la vida en la Tierra, ha demostrado ser ridículo frente a un enemigo microscópico invisible que amenaza a toda la humanidad. ¿Podría ser el Next Big One (NBO) que temen los biólogos, “el próximo gran virus” que destruya el futuro de la vida? No lo creemos. Esperamos que la Tierra siga teniendo compasión de nosotros y nos esté dando sólo una especie de ultimátum.

Dado que el virus amenazador proviene de la naturaleza, el aislamiento social nos ofrece la oportunidad de preguntarnos: ¿cuál fue y cómo debe ser nuestra relación con la naturaleza y, más en general, con la Tierra como Casa Común? La medicina y la técnica, aunque muy necesarias, no son suficientes. Su función es atacar al virus hasta exterminarlo. Pero si continuamos atacando a la Tierra viva, “nuestro hogar con una comunidad de vida única”, como dice la Carta de la Tierra (Preámbulo), ells contraatacará de nuevo con más pandemias letales, hasta una que nos exterminará.

Sucede que la mayoría de la humanidad y los jefes de estado no son conscientes de que estamos dentro de la sexta extinción masiva. Hasta ahora no nos sentíamos parte de la naturaleza ni tampoco como su parte consciente. Nuestra relación no es la relación que se tiene con un ser vivo, Gaia, que tiene valor en sí mismo y debe ser respetado, sino de mero uso según nuestra comodidad y enriquecimiento. Estamos explotando la Tierra violentamente hasta el punto de que el 60% de los suelos han sido erosionados, en la misma proporción los bosques húmedos, y causamos una asombrosa devastación de especies, entre 70-100 mil al año. Esta es la realidad vigente del antropoceno y del necroceno. De seguir esta ruta vamos al encuentro de nuestra propia desaparición.

No tenemos otra alternativa que hacer, en palabras de la encíclica papal “sobre el cuidado de la Casa Común”, una “conversión ecológica radical”. En este sentido, el coronavirus no es una crisis como otras, sino la exigencia de una relación amistosa y cuidadosa con la naturaleza. ¿Cómo implementarla en un mundo que se dedica a la explotación de todos los ecosistemas? No hay proyectos listos. Todo el mundo está a la búsqueda. Lo peor que nos podría pasar sería, después de la pandemia, volver a lo de antes: las fábricas produciendo a todo vapor aunque con cierto cuidado ecológico. Sabemos que las grandes corporaciones se están articulando para recuperar el tiempo perdido y las ganancias.

Pero hay que reconocer que esta conversión no puede ser repentina, sino gradual. Cuando el presidente francés Macron dijo que “la lección de la pandemia era que hay bienes y servicios que deben ser sacados del mercado”, provocó la carrera de decenas de grandes organizaciones ecologistas, como Oxfam, Attac y otras, pidiendo que los 750.000 millones de euros del Banco Central Europeo destinados a remediar las pérdidas de las empresas se destinaran a la reconversión social y ecológica del aparato productivo en aras de un mayor cuidado de la naturaleza, más justicia e igualdad sociales. Lógicamente, esto sólo se hará ampliando el debate, involucrando a todo tipo de grupos, desde la participación popular hasta el conocimiento científico, hasta que surjan una convicción y una responsabilidad colectivas.

Debemos ser plenamente conscientes de una cosa: al aumentar el calentamiento global y aumentar la población mundial devastando los hábitats naturales, acercando así los seres humanos a los animales, éstos transmitirán más virus, a los cuales no seremos inmunes, que encontrarán en nosotros nuevos huéspedes. De ahí surgirán las pandemias devastadoras.

El punto esencial e irrenunciable es la nueva concepción de la Tierra, ya no como un mercado de negocios que nos coloca como sus señores (dominus), fuera y por encima de ella, sino como una superentidad viviente, un sistema autorregulado y autocreador, del que somos la parte consciente y responsable, junto con los demás seres como hermanos (frater). El paso de dominus (dueño) a frater (hermano) requerirá una nueva mente y un nuevo corazón, es decir, ver a la Tierra de manera diferente y sentir con el corazón nuestra pertenencia a ella y al Gran Todo. Unido a ello, el sentido de inter-retro-relación de todos con todos y una responsabilidad colectiva frente al futuro común. Sólo así llegaremos, como pronostica la Carta de la Tierra, a “un modo de vida sostenible” y a una garantía para el futuro de la vida y de la Madre Tierra.

La fase actual de recogimiento social puede significar una especie de retiro reflexivo y humanista para pensar en tales cosas y nuestra responsabilidad ante ellas. Es urgente y el tiempo es corto, no podemos llegar demasiado tarde.

  • *Leonardo Boff ha escrito Cómo cuidar de la Casa Común, Vozes 2018 y La opción Tierra: la solución de la Tierra no cae del cielo, Record 2009, Trotta 2010.

Traducción de Mª José Gavito Milano

O que poderá vir depois do coronavírus?

Muitos já sentenciaram: depois do coronavírus não é mais possível levar avante o projeto do capitalismo como modo de produção nem do neoliberalismo como sua expressão política.O capitalismo é somente bom para os ricos; para os demais é um purgatório ou um inferno e para a natureza, uma guerra sem tréguas.

O que nos está salvando não é a concorrência – seu motor principal – mas a cooperação, nem o individualismo – sua expressão cultural – mas a interdependência de todos com todos.

Mas vamos ao ponto central: descobrimos que a vida é o valor supremo, não a acumulação de bens materiais. O aparato bélico montado, capaz de destruir por várias vezes, a vida na Terra se mostrou ridículo face a um inimigo microscópico invisível, que ameaça a humanidade inteira. Seria o Next Big One (NBO) do qual temem os biólogos, “o próximo Grande Vírus”, destruidor do futuro da vida? Não cremos. Esperamos que a Terra tenha ainda compaixão de nós e nos dê apenas uma espécie de ultimato.

Já que o vírus ameaçador provém da natureza, o isolamento social nos oferece a oportunidade de nos questionarmos: qual foi e como deve ser nossa relação face à natureza e, em termos mais gerais, face à Terra como Casa Comum? Não são suficientes a medicina e a técnica, por mais necessárias. Sua função é atacar o vírus até exterminá-lo. Mas se continuarmos a agredir a Terra viva,”nosso lar com uma comunidade de vida única”como diz a Carta da Terra (Preâmbulo) ela contra-atacará de novo com pandemias mais letais, até uma que nos exterminará.

Ocorre que a maioria da humanidade e dos chefes de Estado não têm consciência de que estamos dentro da sexta extinção em massa. Até hoje não nos sentíamos parte da natureza e nós humanos a sua porção consciente; nossa relação não é para com um ser vivo, Gaia, que possui valor em si mesmo e deve ser respeitado mas de mero uso em função de nossa comodidade e enriquecimento. Exploramos a Terra violentamente a ponto de 60% dos solos terem sido erodidos, na mesma proporção as floresta úmidas e causamos uma espantosa devastação de espécies, entre 70-100 mil por ano. É a vigência do antropoceno e do necroceno. A continuar nesta rota vamos ao encontro de nosso próprio desaparecimento.

Não temos outra alternativa senão, fazermos nas palavras da encíclica papal “sobre o cuidado da Casa Comum” uma “radical conversão ecológica”. Nesse sentido o coronavírus é mais que uma crise como outras, mas a exigência de uma relação amigável e cuidadosa para com natureza. Como implementá-la num mundo montado sobre a exploração de todos os ecossistemas? Não há projetos prontos. Todos estão em busca. O pior que nos pode acontecer, seria, passada a pandemia, voltarmos ao que era antes: as fábricas produzindo a todo vapor mesmo com certo cuidado ecológico. Sabemos que grandes corporações estão se articulando para recuperar o tempo e os ganhos perdidos.

Mas há que conceder que esta conversão não poderá ser repentina, mas processual. Quando o Presidente francês Maccron disse que “a lição da pandemia era de que existem bens e serviço que devem ser colocados fora do mercado” provocou a corrida de dezenas de grandes organizações ecológicas, tipo Oxfam, Attac e outras pedindo que os 750 bilhões de Euros do Banco Central Europeu destinados a sanar as perdas das empresas fossem direcionados à reconversão social e ecológica do aparato produtivo em vista de mais cuidado para com a natureza, mais justiça e igualdade sociais. Logicamente isso só se fará ampliando o debate, envolvendo todo tipo de grupos, desde a participação popular ao saber científico, até surgir uma convicção e uma responsabilidade coletivas.

De uma coisa devemos ter plena consciência: ao crescer o aquecimento global e ao aumentar a população mundial devastando habitats naturais e assim aproximando os seres humanos aos animais, estes transmitirão mais vírus que encontrarão em nós novos hospedeiros para os quais não estamos imunes. Daí surgirão as pandemias devastadoras.

O ponto essencial e irrenunciável é a nova concepção da Terra, não mais como um mercado de negócios colocando-nos como senhores (dominus), fora e acima dela mas como um super Ente vivo, um sistema autoregulador e autocriativo, do qual somos a parte consciente e responsável, junto com os demais seres como irmãos (frater). A passagem do dominus (dono) a frater (irmão) exigirá uma nova mente e um novo coração, isto é, ver de modo diferente a Terra e sentir com o coração a nossa pertença a ela e ao Grande Todo. Junto a isso o sentido de inter-retro-relacionamento de todos com todos e uma responsabilidade coletiva face ao futuro comum. Só assim chegaremos, como prognostica a Carta da Terra, a “um modo sustentável de vida”e a uma garantia de futuro da vida e da Mãe Terra.

A atual fase de recolhimento social pode significar uma espécie de retiro reflexivo e humanístico para pensarmos sobre tais coisas e a nossa responsabilidade face a elas. O tempo é curto e urgente e não podemos chegar tarde demais.

Leonardo Boff escreveu Como cuidar da Casa Comum, Vozes 2018 e A opção Terra: a solução da Terra não cai do céu, Record 2009.

 

Das Coronavirus erweckt den Menschen in uns

Die Coronavirus-Pandemie zwingt uns alle zum Nachdenken: Was zählt wirklich: Leben oder materielle Güter? Der Individualismus eines jeden für sich allein, ohne sich um den anderen zu kümmern, oder die Solidarität des einen mit dem anderen? Können wir die natürlichen Güter und Dienstleistungen gedankenlos weiter nutzen, um bequemer zu leben, oder können wir uns um die Natur, die Vitalität von Mutter Erde und um das Gute Leben kümmern, nämlich die Harmonie zwischen und mit allen Wesen der Natur? Hat es sich jemals für die kriegsliebenden Länder gelohnt, immer mehr Massenvernichtungswaffen anhäufen, jetzt, da sie vor einem unsichtbaren Virus in die Knie gezwungen werden, das die Ineffizienz all dieses tödlichen Apparats offenbart? Können wir unseren konsumbetonten Lebensstil fortsetzen und grenzenlosen Reichtum in den Händen Weniger auf Kosten von Millionen armer und elender Menschen anhäufen? Ist es immer noch sinnvoll, dass jedes Land seine Souveränität gegenüber anderen Ländern bekräftigt, während wir eine globale Regierung brauchen, um globale Probleme zu lösen? Warum haben wir immer noch nicht das einzigartige Gemeinsame Haus, Mutter Erde, und unsere Pflicht entdeckt, uns um sie zu kümmern, damit wir alle, die Natur eingeschlossen, darin Platz finden?

Das sind Fragen, denen wir nicht ausweichen können. Niemand hat die Antworten. Ein Sprichwort, das Einstein zugeschrieben wird, ist jedoch wahr: “Die Weltsicht, die die Krise verursacht hat, kann nicht die gleiche sein wie die, die uns aus der Krise führt”. Wir müssen uns drastisch ändern. Das Schlimmste wäre, wenn alles würde wie zuvor, mit der gleichen konsumbetonten und spekulativen Logik, möglicherweise mit noch größerer Heftigkeit. Dann, vielleicht, weil wir nichts gelernt haben, würde uns die Erde ein weiteres Virus schicken, das möglicherweise dem katastrophalen menschlichen Projekt ein Ende setzen könnte.

Doch wir können den Krieg, den das Coronavirus weltweit hervorruft, aus einem anderen, positiven Blickwinkel betrachten. Das Virus zwingt uns, unsere tiefste und authentischste menschliche Natur zu entdecken. Unsere Natur ist zweideutig, gut und schlecht. Schauen wir uns die gute Seite an.

In erster Linie sind wir Wesen, die in Beziehungen miteinander stehen. Wir sind, wie ich schon mehrfach erwähnt habe, ein Knoten totaler Beziehungen in alle Richtungen. Folglich ist niemand eine Insel. Wir neigen dazu, Brücken in alle Richtungen zu bauen.

Zweitens, was daraus folgert, sind wir alle aufeinander angewiesen. Der afrikanische Ausdruck “Ubuntu” drückt es gut aus: “Ich bin ich selbst durch dich”. Folglich ist jeder Individualismus, die Seele der kapitalistischen Kultur, falsch und menschenfeindlich. Das Coronavirus ist ein Beweis dafür. Die Gesundheit des einen hängt von der Gesundheit des anderen ab. Diese gegenseitige Abhängigkeit, bewusst übernommen, wird Solidarität genannt. In einer anderen Zeit ermöglichte uns die Solidarität, die anthropoide Welt zu verlassen, und half uns, menschlich zu werden, zusammenzuleben und einander zu helfen. In diesen Wochen haben wir bewegende Gesten wahrer Solidarität gesehen, bei der nicht nur Überflüssiges gespendet wird, sondern das geteilt wird, was man besitzt.

Drittens sind wir im Grunde genommen fürsorgliche Wesen. Ohne Fürsorge, vom Augenblick unserer Zeugung an durch das ganze Leben hindurch, könnte niemand leben. Wir müssen für alles sorgen: für uns selbst, sonst könnten wir krank werden und sterben; wir müssen uns um die anderen kümmern, um die, die mich retten könnten, oder ich könnte sie retten; ich muss mich um die Natur kümmern, sonst wird sie mit einem schrecklichen Virus, verheerenden Dürren und Überschwemmungen, extremen Wetterereignissen über uns kommen; uns um Mutter Erde kümmern, damit sie uns weiterhin alles gibt, was wir zum Leben brauchen, und damit sie uns immer noch auf ihrem Boden haben will, auch wenn wir sie seit Jahrhunderten erbarmungslos verwundet haben. Gerade jetzt, unter dem Angriff des Coronavirus, müssen wir alle für die Schwächsten sorgen, zu Hause bleiben, soziale Distanz wahren und uns um die sanitäre Infrastruktur kümmern, ohne die wir eine humanitäre Katastrophe biblischen Ausmaßes erleben würden.

Viertens stellen wir fest, dass wir alle mitverantwortlich sein müssen, das heißt, uns der positiven oder böswilligen Folgen unserer Handlungen bewusst zu sein. Leben und Tod liegen in unseren Händen, Menschenleben, soziales, ökonomisches und kulturelles Leben. Es reicht nicht, dass der Staat oder ein paar Leute Verantwortung zeigen. Es muss die Verantwortung aller sein, denn wir sind alle betroffen, und jeder von uns kann den anderen schaden. Wir alle müssen die Ausgangssperre akzeptieren.

Letztendlich sind wir spirituelle Wesen. Wir entdecken die Kraft der spirituellen Welt, die uns in der Tiefe ausmacht, wo große Träume geschaffen werden, wo die ultimativen Fragen über den Sinn unseres Lebens entstehen und wo wir das Gefühl haben, dass es eine liebevolle und machtvolle Energie gibt, die alles durchdringt; eine Energie, die den Sternenhimmel und unser eigenes Leben aufrechterhält, worüber wir nicht die volle Kontrolle haben. Wir können uns dieser Energie öffnen, sie wie in einer Wette willkommen heißen, darauf vertrauen, dass diese Energie uns in ihrer Hand Geborgenheit verleiht und trotz aller Widersprüche ein gutes Ende für das ganze Universum garantiert, für unsere Geschichte, die sowohl weise als auch verrückt ist, und für jeden von uns. Wenn wir diese spirituelle Welt kultivieren, fühlen wir uns stärker, fürsorglicher, liebevoller und schließlich auch menschlicher.

Mit diesen Werten besitzen wir die Fähigkeit zu träumen und eine andere Art von Welt zu schaffen: eine Welt, die sich um das Leben dreht, in der die Wirtschaft, geleitet durch eine andere Raison, eine weltweit integrierte Gesellschaft unterstützt, die mehr durch affektive Bündnisse gestärkt wird als durch rechtliche Verträge. Es wird die Gesellschaft der Fürsorge, der Sanftmut und der Lebensfreude sein.

Leonardo Boff Ökologe – Theologe – Philosoph von der Erdcharta – Kommission

 

uidar del propio cuerpo y del cuerpo de los otros en tiempos del coronavirus

En estos tiempos dramáticos bajo el ataque del coronavirus a nuestras vidas, a nuestros cuerpos, nada más oportuno que hacer una reflexión más profunda sobre qué es nuestro cuerpo y cómo debemos, ahora más que antes, cuidar de él y del cuerpo de los otros.

Para eso, es importante que enriquezcamos nuestra comprensión de cuerpo, porque la que hemos heredado de los griegos, todavía vigente en la cultura dominante, entiende el cuerpo como una parte del ser humano al lado de otra parte que es el alma. Comúnmente se considera al ser humano como un compuesto de cuerpo y alma. Al morir el cuerpo es devuelto a la Tierra mientras que el alma es trasladada a la eternidad, feliz o infeliz según el tipo de vida que haya vivido. Tratemos de enriquecer nuestra comprensión de cuerpo a la luz de la nueva antropología.

La unidad compleja cuerpo-espíritu

Tanto la antropología bíblica como la antropología contemporánea (y hay mucha afinidad entre ellas) nos presentan una concepción de cuerpo más completa y holística. Según ella, el cuerpo no es algo que tenemos sino algo que somos. Hablamos entonces de hombre-cuerpo, sumergido todo entero en el mundo y relacionado en todas las direcciones.

El ser humano es fundamentalmente cuerpo. Un cuerpo vivo y no un cadáver, una realidad bio-psico-energético-cultural, dotada de un sistema perceptivo, cognitivo, afectivo, valorativo, informacional y espiritual.

Está hecho de los materiales cósmicos que se formaron desde el inicio del proceso de la cosmogénesis hace 13,7 miles de millones de años, de la biogénesis hace 3,8 miles de millones de años y de la antropogénesis, hace 7-8 millones de años, portador de 400 billones de células, continuamente renovadas por un sistema genético que se formó a lo largo de 3,8 miles de millones años (es la edad de la vida), habitado por un trillón de microbios (Collins, El lenguaje de la vida, 2011), provisto de tres niveles de cerebro con 50 a 100 mil millones de neuronas: el más antiguo es el reptil, surgido hace 200 millones de años, que responde de nuestras reacciones instintivas como abrir y cerrar los ojos, el latido del corazón y otras, en torno al cual se formó hace 125 millones de años nuestro cerebro límbico, que explica nuestra afectividad, el amor y el cuidado; completado finalmente por el cerebro neocortical, que irrumpió hace unos 5-7 millones de años, con el cual organizamos el mundo y nos abrimos a la totalidad de lo real.

La corporalidad es una dimensión del sujeto humano concreto. Esto quiere decir que en la realidad nunca encontramos un espíritu puro sino siempre y en todo lugar un espíritu encarnado. Pertenece al espíritu su corporalidad y con ésta su permanente relación con todas las cosas. Como ser humano-cuerpo surgimos como un nudo de relaciones universales a partir de nuestro estar-en-el-mundo-con-los-otros.

Este estar-en-el-mundo no es una dimensión geográfica ni accidental sino esencial. Quiere decir, en cada momento y en su totalidad el ser humano es corporal y simultáneamente en su totalidad es espiritual. Somos un cuerpo espiritualizado como somos también un espíritu corporeizado. Esta unidad compleja del ser humano nunca puede ser olvidada.

De esta forma, los actos espirituales más sublimes o los más altos vuelos de la creación artística o de la mística vienen marcados por la corporalidad. Igual que los más familiares actos corporales, como comer, lavarse, conducir un coche, conversar, vienen penetrados de espíritu. El cuerpo es el espíritu realizándose dentro de la materia. El espíritu es la transfiguración de la materia.

En este sentido podemos decir que el espíritu es visible. Cuando, por ejemplo, miramos una cara, no vemos solo los ojos, la boca, la nariz y el juego muscular. Notamos también alegría o angustia, resignación o confianza, brillo o abatimiento. Lo que se ve es, pues, un cuerpo vivificado y penetrado de espíritu. De forma semejante, el espíritu no se esconde detrás del cuerpo. En la expresión facial, en la mirada, en el hablar, en el modo de estar presente e incluso en el silencio se revela toda la profundidad del espíritu.

Las fuerzas de autoafirmación y de integración

Por otra parte, hay que entender que biológicamente somos seres carentes. No estamos dotados de ningún órgano especializado que nos garantice la supervivencia o nos defienda de los peligros, como ocurre con los animales. Algunos biólogos llegan a decir que somos “un animal enfermo”, un “faux pas” un “paso” (Übergang) hacia algo más alto y complejo, por eso no estamos nunca fijados, estamos enteros pero incompletos, siempre por hacer.
Tal verificación tiene como consecuencia que necesitamos continuamente garantizar nuestra vida, mediante el trabajo y la inteligente intervención en la naturaleza. De este esfuerzo nace la cultura, que organiza de forma más estable las condiciones infraestructurales y también humano-espirituales para que vivamos humanamente mejor y más cómodos

Todavía hay que añadir otra característica, presente también en todos los seres del universo, pero que a nivel humano adquiere particular relieve, especialmente con referencia al cuidado. Se trata de dos fuerzas que prevalecen en cada ser y en nosotros. La primera es la fuerza de auto-afirmación, la segunda la fuerza de integración. Actúan siempre juntas, en un equilibrio difícil y siempre dinámico.

Por la fuerza de autoafirmación cada ser se centra en sí mismo y su instinto es conservarse, defendiéndose frente a todo tipo de amenazas contra su integridad y su vida. Se defiende al ser amenazado de muerte. Nadie acepta simplemente morir. Lucha para seguir viviendo, evolucionar y expandirse. Esta fuerza explica la persistencia y la subsistencia del individuo.

En este punto necesitamos superar totalmente el darwinismo social según el cual sólo los más fuertes triunfan y permanecen. Esta es una media verdad que va a contracorriente del proceso evolutivo. La ley básica del universo es la relación de todos con todos y la cooperación entre todos para que todos puedan existir y seguir evolucionando. Este proceso no privilegia a los mejor dotados. Si así fuera, los dinosaurios estarían aún entre nosotros. El sentido de la evolución es permitir que todos los seres, también los más vulnerables, expresen dimensiones de la realidad y virtualidades latentes dentro del universo en evolución. Repetimos: este es el valor de la interdependencia de todos con todos y de la solidaridad cósmica. Todos se entreayudan para coexistir y coevolucionar. Los débiles merecen también vivir y tienen algo que decirnos. Observen que en un hueco del asfalto nace una plantita. Es un milagro de la vida y nos da un mensaje de su fuerza.

Por la fuerza de integración, el individuo se descubre integrado en una red de relaciones sin las cuales, como individuo solo, no viviría ni sobreviviría. Todos los seres están interconectados y viven unos por los otros, con los otros, y para los otros. El individuo se integra, pues, naturalmente en un todo mayor, en la familia, la comunidad y la sociedad. Aunque muera, el todo garantiza que la especie continúe permitiendo que otros representantes vengan a sucedernos.
Es sabiduría humana reconocer que llega cierto momento de la vida en el cual la persona debe despedirse agradecida para dejar espacio, hasta físicamente, a los que vendrán.

El universo, los reinos, las especies, y también los seres humanos se equilibran entre estas dos fuerzas, la de auto-afirmación del individuo y la de integración en un todo mayor. Pero este proceso no es lineal y sereno. Es tenso y dinámico. El equilibrio de las fuerzas nunca es algo dado, sino un hecho a alcanzar en todo momento.

Y aquí es donde entra el cuidado. Si no cuidamos, puede prevalecer la autoafirmación del individuo a costa de una insuficiente integración, y entonces predomina la violencia y la autoimposición. O puede triunfar la integración al precio del debilitamiento y hasta de la anulación del yo, del individuo, y entonces gana la partida el colectivismo y el achatamiento de las individualidades. El cuidado se traduce aquí en la justa medida y en la autocontención para no privilegiar a ninguna de estas fuerzas.

Efectivamente, en la historia social humana han surgido sistemas que, o bien privilegian el yo, el individuo, su desempeño y la propiedad privada, como es el caso del sistema capitalista, o bien hacen prevalecer el nosotros, lo colectivo y la propiedad social como es el caso del socialismo real. La intensificación de una de estas fuerzas en detrimento de la otra lleva a desequilibrios, devastaciones y tragedias. El cuidado desaparece para dar paso a la voluntad de poder e incluso a la brutalidad.

Para equilibrar estas dos fuerzas, se proyectó la democracia que busca incluir y articular el yo con el nosotros, donde cada individuo puede participar y con otros crear el nosotros social. De esta coexistencia del “yo” con el “nosotros”, nace la búsqueda del bien común. La democracia es la participación de todos, en la familia, en la comunidad, en las organizaciones y en la forma en que se organiza el Estado. Es un valor universal que debe ser vivido y alimentado siempre.

¿Cuál es el reto que se le presenta al ser humano?

El reto para el cuidado consiste en buscar el equilibrio construido conscientemente y el hacer de esta búsqueda un propósito y una actitud de base. Portador de conciencia y de libertad, el ser humano tiene esta misión que lo distingue de los demás seres. Sólo él puede ser un ser ético, un ser que cuida y se responsabiliza de sí mismo (yo) y del destino de los otros (nosotros). El ser humano puede ser hostil a la vida, oprimir y devastar, pero puede ser también el ángel bueno, defensor y protector de todo lo creado. Depende de si se empeña en cuidar o deja que fuerzas oscuras e incontrolables asuman el rumbo de la vida.

Gracias a su libertad el ser humano no está sometido a la fatalidad del dinamismo de las cosas. Él puede intervenir y salvar lo más débil, impedir que una especie desaparezca o crear condiciones que disminuyan el sufrimiento, como es el caso en el momento actual.

Frente a la ley del más dotado y fuerte, él hace valer la ley del cuidado del menos dotado y más débil. Sólo el ser humano puede hacer esto. Por eso fue constituido guardián de todos los seres y jardinero que cuida y guarda del jardín del Edén. Él surge como el cuidador de los seres que necesitan condiciones de vida y de inserción en el todo. De esta forma asegura un futuro para el mayor número de personas y de representantes de otras especies. Este es el reto para nuestro país y para toda la Tierra asolada por el Covid-19.

Los desafíos del cuidado del propio cuerpo

Después de esta larga introducción, surge la pregunta: ¿cómo cuidar de nuestro propio cuerpo? Este punto es fundamental en este momento en que debemos practicar el aislamiento social para protegernos del coronavirus.
Ante todo, se impone el esfuerzo de mantener nuestra integridad y unidad compleja. Debemos asumir nuestro enraizamiento en el mundo, con sus relaciones de trabajo y de empeño por la supervivencia. Y hay que hacerlo con entereza, sabiendo que somos la parte consciente e inteligente del todo, capaz de valorar cada iniciativa, desde la que se refiere a la higiene del cuerpo, hasta el trabajo más sofisticado de la inteligencia.

En este momento es nuestro deber protegernos con la mascarilla cuando salimos de casa y lavarnos frecuentemente las manos con jabón o con un gel de alcohol. El ser humano-cuerpo es esa unidad compleja y exige todos estos cuidados, especialmente en este momento dramático de nuestra vida.

Es menester oponerse conscientemente a los dualismos que la cultura insiste en mantener, por un lado el “cuerpo” desvinculado del espíritu y por otro lado el “espíritu” desmaterializado de su cuerpo. La propaganda comercial explota esta dualidad, presentando el cuerpo no como la totalidad de lo humano, sino parcializándolo, sus rostros, sus senos, sus músculos, sus manos, sus pies, en fin, sus distintas partes.

Las principales víctimas, aunque no sean las únicas, de esta fragmentación son las mujeres, pues la visión machista se refugió en el mundo mediático del marketing usando partes de la mujer: su rostro, sus ojos, sus pechos, su sexo y otras partes, para seguir haciendo de la mujer un «objeto de cama y mesa». Debemos oponernos firmemente a esta deformación cultural.

También es importante rechazar el “culto al cuerpo” promovido por la infinidad de gimnasios y otras formas de trabajo sobre la dimensión física, como si el hombre/mujer-cuerpo fuese una máquina desposeída de espíritu que busca desarrollos musculares que no conocen límites. Con esto no queremos de ninguna manera desmerecer los beneficios que representan los gimnasios.

Afirmando positivamente esto, hay que resaltar una alimentación equilibrada y sana, las ventajas innegables de los ejercicios de gimnasia, los masajes que renuevan el vigor del cuerpo y hacen fluir las energías vitales, en particular las disciplinas orientales entre ellas la capacidad del yoga de fortalecer la armonía cuerpo-mente.

El vestuario merece una consideración especial. No solo tiene una función utilitaria para protegernos de las intemperies y de cubrir lo que en nuestra cultura (diferente de la de los indígenas) son las partes sexuales. Tiene que ver con el cuidado del cuerpo, pues el vestuario representa un lenguaje, una forma de revelarse en el teatro de la vida. Es importante cuidar de que el vestuario sea expresión de un modo de ser y que muestre el perfil humano y estético de la persona.

Nada más artificial y demostrativo de anemia de espíritu que las bellezas construidas por mil medios para ser aquello que la vida no quiso que las personas fuesen. Hay una belleza propia de cada edad, un encanto que nace del trabajo de la vida y del espíritu en la expresión “corporal” del ser humano. No hay photoshop que sustituya la ruda belleza del rostro de un trabajador tallado por la dureza de la vida, los rasgos faciales modelados por el sufrimiento y por la lucha de tantas mujeres trabajadoras del campo, rasgos muchas veces de otro tipo de belleza y personalidad. Ellas adquieren una expresión de gran fuerza y energía. Hablan de la vida real y no de la vida artificialmente construida. Por el contrario, las fotos trabajadas de los iconos de la belleza convencional son todos parecidos y mal disfrazan la artificialidad de la figura construida por el marketing.

Todas estas artificialidades de nuestra cultura, más ligada al mercado que a las necesidades reales de la vida, llevan a no cultivar el cuidado propio de cada fase de la vida, con su belleza y luminosidad, y también con las marcas de una vida vivida que dejó estampada en el rostro y en el cuerpo las luchas, los sufrimientos, las superaciones. Tales marcas son condecoraciones y crean una belleza inigualable y una irradiación específica, en vez de estancarse en un tipo de perfil de un pasado ya vivido.

Cuidamos positivamente del cuerpo regresando a la naturaleza y a la Tierra, de las cuales nos habíamos exiliado hace siglos, con una actitud de sinergia y de comunión con todas las cosas. Esto significa establecer una relación de biofilia, de amor y de sensibilización hacia los animales, las flores, las plantas, los climas, los paisajes y la Tierra. Cuando nos la muestran desde el espacio exterior –esas preciosas imágenes trasmitidas por los telescopios o por las naves espaciales–, irrumpe en nosotros un sentido de reverencia, de respeto y de amor por nuestra Casa Común y nuestra Gran Madre, de cuyo útero venimos todos. Nos volvemos humildes cuando contemplamos la Tierra como un pálido punto azul en la última foto de ella sacada antes de dejar el sistema solar y penetrar en el espacio sideral infinito.

Tal vez el mayor desafío para el ser humano-cuerpo consiste en lograr un equilibrio entre la autoafirmación, sin caer en la arrogancia y el menosprecio de los otros, y la integración en un todo mayor, la familia, la comunidad, el grupo de trabajo y la sociedad, sin dejarse masificar y caer en una adhesión acrítica.

La búsqueda de este equilibrio no se resuelve de una vez por todas, debe de ser trabajada diariamente, pues se nos pide en cada momento. Y cada situación, por extraña que parezca, es suficientemente buena para encontrar el balance adecuado entre las dos fuerzas que pueden desgarrarnos o pueden unificarnos y hacer más leve nuestra existencia.

El cuidado de nuestro estar-en-el-mundo incluye nuestra dieta, lo que comemos y bebemos. Hacer del comer más que un acto de nutrición un rito de comunión con los frutos de la generosidad de la Tierra. Así cada comida es una celebración de la vida. Saber escoger los productos, los producidos orgánicamente o los menos quimicalizados. Aquí entra el cuidado como amorosidad para consigo mismo, que se traduce en una vida sana, y como precaución contra eventuales enfermedades que nos pueden sobrevenir por el aire contaminado, por las aguas mal tratadas y por la intoxicación general del ambiente

El ser humano-cuerpo debe dejar que se transparente la armonía interior y exterior, como miembro de la gran comunidad terrenal y biótica.
El cuidado del cuerpo de los otros, de los pobres y de la Tierra

La mayoría de los cuerpos humanos están enfermos, delgados y deformados por demasiadas carencias. Hay una humanidad-cuerpo hambrienta, sedienta, desesperada por el exceso de trabajo con que es explotada y por la humillación de ser tratados como carbón para ser consumido en el proceso productivo.

Cuidar de los cuerpos de los empobrecidos y condenados de la Tierra y no negarlos ni despreciarlos, como ocurre en nuestra tradición esclavista, sino considerarlos como iguales con la misma dignidad y derechos. Socialmente es luchar por políticas públicas, como las realizadas por los proyectos sociales “Hambre Cero”, “Luz para todos”, “Mi casa mi vida”, con la agricultura ecológica y familiar y otros, como las cocinas comunitarias, como las UPAS y otras iniciativas organizadas por la solidaridad social para que todos puedan ver realizado su derecho a la comensalidad y puedan comer lo suficiente y decente diariamente.

Me permito dar un ejemplo: En nuestro Centro de Defensa de los Derechos Humanos de Petrópolis,Rio de Janeiro, desarrollamos un proyecto “Pan y Belleza”, dando a la población de la calle una comida buena diaria (cerca de 300 personas: el momento del Pan). Luego viene el momento de la Belleza que es la conquista de su dignidad, comenzando por el nombre (pues la mayoría tiene apodos), haciendo círculos de discusión sobre sus problemas, acompañándolos, si están enfermos, a la consulta médica o psicológica y viendo cómo reintegrarlos en la sociedad mediante algún trabajo. La perspectiva continúa siendo cuidar del ser humano integral, cuerpo-espíritu, a través del Pan necesario y del Espíritu cultivado.

En términos de una pedagogía liberadora es importante contribuir para que los propios carentes, como sujetos, se organicen y con su presión garanticen las bases que sostienen la vida. Pero no sólo para satisfacer el hambre de Pan, siempre necesaria y saciable, sino también su hambre de Belleza, insaciable, de reconocimiento, de respeto, de comunión, de Trascendencia, siempre abierta al desarrollo ilimitado.

El cuidado del cuerpo social es una misión política que exige una crítica severa a un sistema de relaciones que trata a las personas como cosas y les niega el acceso a los bienes comunes a los que todos los seres humanos tienen derecho, como la comida, el agua, un trozo de tierra, el tratamiento de las aguas residuales y la basura, la salud, la vivienda, la cultura y la seguridad.

Aquí, a decir verdad, debería imponerse una verdadera revolución humanitaria. Pero no basta quererla. Se necesitan condiciones histórico-sociales que la hagan viable y victoriosa. Es la utopía mínima a ser realizada hasta por un mínimo sentido ético.

Cuidar del cuerpo de la Madre Tierra

Hoy más que en otras épocas, urge cuidar del cuerpo de la Madre Tierra, marcado por heridas que no se cierran. Hay devastaciones inimaginables en el reino animal, en el vegetal, en los suelos, en los subsuelos y en los mares. Ya expuse la opinión de que posiblemente el coronavirus sea una reacción de la Madre Tierra, un contraataque a la violencia sistemática que sufre.

O cuidamos del cuerpo de la Madre Tierra o corremos el riesgo de que no haya más lugar para nosotros o que ella no nos quiera más sobre su suelo. Cuidar del cuerpo de la Tierra es cuidar de los residuos, de la limpieza general de las calles, de las plazas, de las aguas, del aire, de los transportes, interesarse por todo lo que tiene que ver con el estado del planeta, siguiendo por los medios de comunicación cómo está siendo tratado, agredido o curado.

Por último, permítanme recordar el mensaje cristiano que por la encarnación del Hijo de Dios santificó la materia y también la eternizó. La resurrección del hombre de los dolores, llagado y crucificado, Jesús, viene a confirmar que el fin de los caminos de Dios no es un “espíritu” sin la materia, sino el ser humano-cuerpo transfigurado, que realizó todas las potencialidades escondidas en él y fue elevado al más alto grado de su evolución humana y divina.

Es el supremo cuidado que Dios mostró hacia el ser humano-cuerpo, resucitándolo como el hombre nuevo, el novísimo Adán, como lo llama san Pablo (1Cor 14,45), y asumiéndolo dentro de su propia realidad infinita y eterna.

*Leonardo Boff es ecoteólogo y ha escrito El destino del hombre y del mundo, Vozes, muchas ediciones 2012.

Traducción de Mª José Gavito Milano