¿Hemos aprendido la lección del Covid-19?

Hemos superado en gran parte las amenazas del Covid-19, que durante tres años puso en peligro la vida de millones de personas. Es cierto que han quedado secuelas: el virus afectó los riñones, los pulmones, los intestinos e incluso el cerebro. En cierto modo, se ha instalado en nuestro organismo y probablemente tal como sucede con la gripe, debamos seguir recibiendo vacunas protectoras.

Indiscutiblemente la acción deletérea del virus ha aumentado nuestra conciencia ecológica. No hay más que ver lo mucho que se ha escrito sobre el tema y los cientos de “emisiones en vivo y en directo” sobre el cuidado de la Casa Común, realizadas en todos los países y cómo se han ido formado grupos ecologistas.

Sin embargo, en términos sociales y globales, imaginábamos que habríamos comprendido el significado profundo de la lección que la pandemia nos legó. No ha sido así. Todo parece haber vuelto a la vieja normalidad, la misma que trajo el virus, ya sea en las formas de producción que requerirían una relación más amigable con la naturaleza; la sobreexplotación de los ecosistemas continúa; la deforestación, sea en la Amazonia, en el Cerrado y el Congo, sigue a un ritmo preocupante, por más que los gobiernos hagan esfuerzos para limitar la voracidad del capital mundial.

Especialmente la minería, explotada en casi todos los países, degrada ecosistemas enteros y perjudica la salud de miles de personas. La escasez de agua potable será probablemente uno de los factores de grandes conflictos en un futuro próximo, ya que cada vez escasea más y su caudal disminuye debido al calentamiento global.

Quizá el vacío político más grave sea la incapacidad de crear un centro de decisión global y plural para enfrentar problemas globales (como las pandemias, el calentamiento global, el agotamiento de la biodiversidad, el deterioro de suelos y cultivos, etc.) que requieren una solución global. Siguen prevaleciendo soberanías obsoletas, pues en nombre de ellas cada país trata de defender sus intereses sin tener en cuenta el carácter sistémico de los problemas. La Carta de la Tierra (2003) ya advertía: “Nuestros desafíos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales están interconectados y juntos podemos forjar soluciones inclusivas” (Preámbulo). Estas soluciones incluyentes requieren un centro plural de gestión global, porque la mejor ciencia nos advierte de las graves crisis que se avecinan y contra las que poco podemos hacer.

Y lo que es más importante: debemos inaugurar un nuevo paradigma de cómo habitar nuestra Casa común, porque de mantenerse el actual podría conducirnos a gravísimos desastres socio-psicológicos. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo 2022 (PNUD), bajo el lema Tiempos inciertos, vidas inestables, deja claro “que sin un drástico cambio de rumbo, podemos estar abocados aún a más privaciones e injusticias”.

Sin un nuevo paradigma, las desigualdades solo tienden a crecer. Hace años, en 1990, esta misma organización mundial mostraba la relación entre el 5% más rico y el 5% más pobre, que en 1960 era de 1 a 30; en 1990 pasó de 1 a 60 y en 1995 de 1 a 74. Hoy en día el foso entre ambos debe de haberse ampliado mucho más, ya que la pandemia ha causado 800.000 pobres.

Hay que añadir otro dato que nos hace reflexionar: la brecha entre lo que producimos con nuestra ciencia y tecnología y lo que la naturaleza produce por sí misma y que nos permite continuar en este planeta. La estamos deteriorando día a día. La contribución de la naturaleza a la economía actual se estima en 33 billones de dólares al año. El producto interior bruto mundial es de unos 18 billones de dólares. Si el furor capitalista por la acumulación ha vuelto estéril gran parte de la naturaleza, habría que sumar los 33 billones de dólares provenientes de la naturaleza al PIB mundial. Ninguna teoría o técnica sabría de dónde sacarlos. Como se deduce, hemos llegado a los límites de la Tierra. Necesitamos más de una Tierra y media para satisfacer el consumo mundial, sobre todo el consumo suntuoso de las clases ricas.

Cada vez nos acercamos más al momento en que la humanidad debe elegir entre continuar como está todo, y ahí peligra nuestra supervivencia, o cambiar para asegurar nuestra subsistencia sobre la Tierra.

Esta alternativa nos la ha planteado el Covid-19, obligándonos a la reclusión social para pensar (un verdadero repliegue existencial colectivo), al uso de mascarillas para evitar contaminarnos unos a otros y a la búsqueda desesperada de vacunas, afortunadamente encontradas. Pero no obviaron el dilema: ir al encuentro de lo peor o cambiar de rumbo.

El tiempo se acelera y no tenemos en cuenta su ritmo, ocupados con nuestros negocios, con nuestros proyectos de crecimiento, sin darnos cuenta de los límites de los bienes y servicios del planeta.

Los tiempos son cada vez más inciertos y las vidas cada vez más inestables y amenazadas, sobre todo con el nuevo régimen climático imparable al que no todos los seres vivos consiguen adaptarse, incluida buena parte de la humanidad.

El autor principal del PNUD, Pedro Conceição, afirma con razón: “Para sortear la incertidumbre, tenemos que redoblar los esfuerzos en materia de desarrollo humano y mirar más allá de mejorar la riqueza o la salud de las personas. Éstas siguen siendo importantes. Pero también tenemos que proteger el planeta y proporcionar a las personas las herramientas necesarias para sentirse más seguras, recuperar el control sobre sus vidas y tener esperanza en el futuro”. Ese futuro está en nuestras manos, pero no cae del cielo.

*Leonardo Boff ha escrito Opción Tierra: la solución para la Tierra no cae del cielo, Sal Terrae, 2008.

Traducción de María José Gavito Milano

APRENDEMOS A LIÇÃO DO COVID-19?

Superamos, em grande parte, as ameaças representadas pelo Covid-19 que por três anos colocou em risco a  vida de milhões de pessoas. É verdade que sequelas foram deixadas: o vírus afetou os rins, os pulmões, os intestinos e até o cérebro. De certa forma, ele se instalou em nosso corpo e, provavelmente, como ocorre com a gripe, devemos continuar tomando vacinas protetoras.

Indiscutivelmente, a ação deletéria do vírus fez crescer a nossa consciência ecológica. Basta ver o quanto se escreveu sobre o assunto e as centenas de “lives” sobre o cuidado da Casa Comum, feitas em todos os países e como foram se formando grupos ecológicos.

No entanto, em termos sociais e globais, imaginávamos que teríamos compreendido o sentido profundo da lição que a pandemia nos legou. Não foi o que ocorreu. Tudo parece que voltou à antiga normalidade, aquela que trouxe o  vírus, seja nas formas de produção que exigiriam uma relação mais amigável para com a natureza; a superexploração dos ecossistemas continua; o desflorestamento seja na Amazônia, no Cerrado e no Congo segue a um ritmo preocupante, por mais que os governos façam esforços por limitar a voracidade do capital mundial. Especialmente, a mineração, explorada em quase todos os países, degrada inteiros ecossistemas e prejudica a saúde de milhares de pessoas. A  escassez de água potável será possivelmente um dos fatores de grandes conflitos nos próximos tempos, pois, está cada vez mais escassa e diminuindo seu fluxo em razão do aquecimento global.

Talvez o mais grave vazio político seja a não criação de um centro global e plural  de decisão para enfrentar problemas globais (como pandemias, aquecimento global,exaustão da biodiversidade, deterioração dos solos e das safras etc) que exigem uma solução global. Prevalecem ainda as obsoletas soberanias, pois,em nome delas, cada país procura defender suas vantagens sem tomar em conta o caráter sistêmico dos problemas. A Carta da Terra (2003) já advertia:”Nossos desafios ambientais, econômicos, políticos, sociais e espirituais estão interligados e juntos podemos forjar soluções includentes (Preâmbulo). Essas soluções includentes demandam um centro plural de gestão global, porque somos advertidos pela melhor ciência das graves crises que estão se aproximando e contra as quais pouco podemos fazer.

E o mais importante: temos que inaugurar um novo paradigma de como habitar a Casa Comum, porque o atual, ao ser mantido, pode nos levar a gravíssimos desastres sociopsicológico. O Programa das Nações Unidas para o Desenvolvimento de 2022 (PNUD) que vem sob o motto “tempos incertos, vidas instáveis”, deixa claro “que sem uma drástica mudança de rumo, podemos estar caminhando para ainda mais privações e injustiças”.

Sem um novo paradigma, as desigualdades só tendem a crescer. Anos atrás em 1990, este mesmo organismo mundial mostrava a relação  entre os 5% mais ricos e os 5% mais pobres que era em 1960, de 1 para 30; em 1990 saltou  de 1 para 60 e em 1995 de 1 para 74. Atualmente o fosso entre ambos deve ter se agravado muito mais, pois, a pandemia causou 800 mil pobres.

Acresce um outro dado que nos faz pensar: a defasagem entre o que nós produzidos com nossa ciência e técnica e o que a natureza produz por ela mesma e que nos permite continuar sobre este planeta. Ocorre que nós a estamos deteriorando dia após dia. A contribuição da natureza na economia atual se aprecia em 33 trilhões de dólares por ano. O produto interno bruto global alcança cerca de 18 trilhões de dólares. Se a fúria capitalista de acumulação tiver feito estéril grande parte da natureza, precisaríamos acrescentar ao PIB mundial os 33 trilhões de dólares, provindos da natureza. Nenhuma teoria nem alguma técnica saberiam de onde tirá-los. Como se depreende, tocamos nos limites da Terra. Precisamos de mais de uma Terra e meia para atender ao consumo mundial, especialmente, aquele suntuoso das classes endinheiradas.

Mais e mais  nos acercamos ao momento em que a humanidade deve escolher entre continuar como tudo está e aí nosso sobrevivência está ameaçada, ou mudar  para garantir nossa subsistência sobre a Terra.

Essa alternativa nos foi colocada pelo Covid-19,obrigando-nos a reclusão social para pensar (um verdadeiro retiro existencial  coletivo),  o uso de máscaras para não nos contaminar mutuamente e a busca desesperada de vacinas, felizmente encontradas. Mas elas não obviaram dilema: ou ir ao encontro do pior ou mudar de rumo.

O tempo de acelera e nós não tomamos em consideração  seu ritmo, ocupados com nossos negócios, com nossos projetos de crescimento, sem se dar conta dos limites dos bens e serviços do planeta.

Os tempos são cada vez mais incertos e as vidas cada vez mais instáveis e ameaçadas, particularmente com o novo regime climático irrefreável ao qual nem todos os seres vivos conseguem se adaptar, inclusive boa parte da humanidade.

Diz acertadamente o principal redator do PNUD, Pedro Conceição: “ Para navegar na incerteza, precisamos dobrar o desenvolvimento humano e olhar para além da melhoria da riqueza ou da saúde das pessoas. Estes continuam importantes. Mas também precisamos proteger o planeta e fornecer às pessoas as ferramentas necessárias para se sentirem mais seguras, recuperarem o controle sobre suas vidas e terem esperança no futuro.” Esse futuro está em nossas mãos. Mas ele não cai do céu.

Leonardo Boff escreveu A opção Terra: a solução para a Terra não cai do céu, Record, Rio 2009.

           Nuestro futuro está amenazad

Un hecho que ha provocado que muchos científicos, especialmente biólogos y astrofísicos, hablen del  eventual colapso de la especie humana es el carácter exponencial de la población. La humanidad necesitó un millón de años para llegar en 1850 a mil millones de personas. Los espacios temporales entre un crecimiento y otro son cada vez menores.  De 75 años –entre 1850 y 1925– han pasado actualmente a cada 5 años. Se prevé que hacía 2050 habrá diez mil millones de personas. Es el triunfo innegable de nuestra especie.

Lynn Margulis y Dorian Sagan,  en su conocido libro Microcosmos (1990), afirman con datos de los registros fósiles y de la propia biología evolutiva que una de las señales de colapso próximo de una especie es su rápida superpoblación. Eso puede verse con microorganismos  colocados en una cápsula de Petri (placas redondas de vidrio con colonias de bacterias y nutrientes). Poco antes de alcanzar los bordes de la placa y agotarse los nutrientes, se multiplican de forma exponencial. Y de repente mueren todas.

Para la humanidad, comentan ellos, la Tierra puede mostrarse idéntica a una cápsula de Petri. En efecto, ocupamos casi toda la  superficie terrestre, dejando apenas el 17% libre, por ser inhóspita, como los desiertos y las altas montañas nevadas o rocosas. Lamentablemente,  de homicidas, genocidas y  ecocidas nos hemos hecho  biocidas.

El eminente biólogo Edward Wilson atestigua en su sugestivo libro El futuro de la vida (2002, 121): El hombre ha desempeñado hasta hoy el papel de asesino planetario… la ética de conservación, en forma de tabú, totemismo o ciencia, casi siempre llegó demasiado tarde; tal vez tengamos todavía tiempo para actuar.

Vale la pena citar también dos nombres de ciencia muy respetados: James Lovelock, que elaboró la teoría de la Tierra como Superorganismo vivo, Gaia, con un título fuerte La venganza de Gaia (2006). Él es contundente: hasta el fin de siglo desaparecerá el 80% de la población humana. El 20% restante vivirá en el Ártico y en algunos pocos oasis en otros continentes, donde las temperaturas sean más bajas y haya algunas lluvias. Casi todo el territorio brasilero será demasiado caliente y seco para ser habitado (Veja, Paginas Amarelas del 25 de octubre de 2006).

El otro notable científico es el astrofísico inglés Martin Rees, que ocupa la cátedra de Newton (Hora final, 2005), y prevé el fin de la especie antes de terminar el siglo XXI.

Carl Sagan, ya fallecido, veía en el intento humano de  mandar misiones a la Luna y enviar naves espaciales, como el Voyager, más allá del sistema solar una manifestación del inconsciente colectivo que presiente el peligro de nuestra próxima extinción. La voluntad de vivir nos lleva a idear formas de supervivencia más allá de la Tierra.

El astrofísico Stephen Hawking habla de la posible colonización extrasolar con naves, especie de veleros espaciales, propulsadas por rayos laser que les permitirían una velocidad de treinta mil kilómetros por segundo. Pero para llegar a otros sistemas planetarios tendríamos que recorrer miles y miles de millones de kilómetros  de distancia, necesitando años y años de tiempo.

Sucede que somos prisioneros de la luz, cuya velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo es hasta hoy insuperable. Así y todo, para llegar a la estrella más próxima, la Alfa Centauro, necesitaríamos cuarenta y tres años, sin saber todavía cómo frenar esa nave a tan altísima velocidad.

Naturalmente tenemos que tener paciencia con el ser humano. Él aún no está listo. Tiene mucho que aprender. En  relación al tiempo cósmico  posee menos de un minuto de vida. Pero con él la evolución dio un salto, de inconsciente se hizo consciente. Y con la consciencia puede decidir qué destino quiere para sí. En esta perspectiva, la situación actual es más un desafío que un desastre inevitable, la travesía  hacia un nivel más alto y no fatalmente un hundirse en la autodestrucción. Estaríamos por tanto en un escenario de crisis de paradigma civilizacional y no de tragedia.

¿Pero tendremos tiempo para tal aprendizaje? Todo parece indicar que el tiempo del reloj corre en contra nuestra. ¿No  estaríamos llegando demasiado tarde habiendo pasado ya el punto de no retorno? Pero como la evolución no es lineal y conoce frecuentes rupturas y saltos hacia arriba como expresión de mayor complejidad, y como existe el carácter indeterminado y fluctuante de todas las energías y de toda la evolución, según la física cuántica de W. Heisenberg y N. Bohr nada impide que ocurra la emergencia de otro nivel de consciencia y de vida humana que salvaguarde la biosfera y el planeta Tierra.

Esa transmutación sería, según San Agustín en sus Confesiones, fruto de dos grandes fuerzas: un gran amor y un gran dolor. Son el amor y el dolor que tienen el poder de transformarnos por completo. Esta vez cambiaremos por un inmenso  amor a la Tierra, nuestra Madre, y por un gran dolor por los sufrimientos que está padeciendo, de los participa toda la humanidad.

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y ha escrito: Cuidar la Tierra-proteger la vida: cómo escapar del fin del mundo, Nueva Utopía 2011.

Traducción de María José Gavito Milano

Il nostro futuro è minacciato

Un fatto che ha spinto molti scienziati, soprattutto biologi e astrofisici, a parlare dell’eventuale collasso della specie umana è il carattere esponenziale della popolazione. L’umanità ha avuto bisogno di un milione di anni per raggiungere un miliardo di persone nel 1850. Gli intervalli di tempo tra una crescita e l’altra si riducono sempre di più. Da 75 anni – dal 1850 al 1925 – ora ogni 5 anni. Si prevede che intorno al 2050 ci saranno dieci miliardi di persone. È l’innegabile trionfo della nostra specie.

Lynn Margulis e Dorian Sagan nel noto libro Microcosmos (1990) affermano con dati provenienti dai reperti fossili e dalla stessa biologia evolutiva che uno dei segni del prossimo collasso di una specie è la sua rapida sovrappopolazione. Questo può essere visto con microrganismi collocati nella capsula di Petri (piastre di vetro rotonde con colonie di batteri e sostanze nutritive). Poco prima di raggiungere i bordi della piastra ed esaurire i nutrienti, si moltiplicano in modo esponenziale. E all’improvviso muoiono tutti.

Per l’umanità, commentano, la Terra può sembrare identica a una capsula di Petri. Occupiamo, infatti, la quasi totalità della superficie terrestre, lasciando libero solo il 17%, in quanto inospitale come i deserti e le alte montagne innevate o rocciose. Infelicemente da omicidi, genocidi ed ecocidi siamo diventati biocidi.

L’eminente biologo Edward Wilson attesta nel suo stimolante libro The Future of Life (2002, 121): «L’uomo fino ad oggi ha svolto un ruolo di killer planetario… l’etica della conservazione, nella forma di tabù, totemismo o scienza, quasi sempre è arrivato troppo tardi; forse c’è ancora tempo per agire

Vale la pena citare anche due nomi della scienza molto rispettati: James Lovelock che elaborò la teoria della Terra come Super-organismo vivente, Gaia, con un titolo duro Gaia’s Revenge (2006). Egli è molto schietto: «[…] entro la fine del secolo l’80% della popolazione umana scomparirà. Il restante 20% vivrà nell’Artico e in poche oasi negli altri continenti, dove le temperature saranno più basse e ci sarà un po’ di pioggia… quasi tutto il territorio brasiliano sarà troppo caldo e secco per essere abitato» (Veja, Pagina Amarelas del 25 ottobre 2006). ). L’altro degno di nota è l’astrofisico inglese Martin Rees, che occupa la cattedra di Newton (Hora final, 2005), che prevede la fine della specie prima della fine del secolo XXI.

Carl Sagan, già deceduto, vedeva nel tentativo umano di andare sulla Luna e inviare veicoli spaziali come Voyager fuori dal sistema solare come una manifestazione dell’inconscio collettivo che percepisce il rischio della nostra prossima estinzione. La volontà di vivere ci porta a considerare forme di sopravvivenza oltre la Terra.

L’astrofisico Stephen Hawking parla di una possibile colonizzazione extra-solare con navi, una specie di velieri spaziali, spinte da raggi laser che gli darebbero una velocità di trentamila chilometri al secondo. Ma per raggiungere altri sistemi planetari dovremmo percorrere miliardi e miliardi di chilometri di distanza, richiedendo molti e molti anni di tempo. Accade così che siamo prigionieri della luce, la cui velocità di trecentomila chilometri al secondo è ancora insuperabile. Anche così, solo per raggiungere la stella più vicina – la Alpha Centauri – ci vorrebbero quarantatré anni, senza nemmeno sapere come fermare questa nave a questa altissima velocità.

Naturalmente, dobbiamo essere pazienti per e con l’essere umano. Egli non è ancora pronto. C’è molto da imparare. Rispetto al tempo cosmico, ha meno di un minuto di vita. Ma con lui l’evoluzione ha fatto un salto, da incosciente a cosciente. E con la coscienza puoi decidere quale destino vuoi per te stesso. In questa prospettiva, la situazione attuale rappresenta una sfida piuttosto che un inevitabile disastro, il passaggio a un livello superiore e non fatalmente un tuffo nell’autodistruzione. Saremmo quindi in uno scenario di crisi del paradigma di civiltà e non di tragedia.

Ma ci sarà tempo per tale apprendimento? Tutto sembra indicare che il tempo dell’orologio corre contro di noi. Non staremmo arrivando troppo tardi, avendo già superato il punto di non ritorno? Ma poiché l’evoluzione non è lineare e subisce frequenti rotture e balzi verso l’alto come espressione di maggiore complessità e poiché esiste un carattere indeterminato e fluttuante di tutte le energie e di tutta l’evoluzione, secondo la fisica quantistica di W. Heisenberg e N. Bohr, nulla impedisce l’emergere di un altro livello di coscienza e di vita umana che salvaguardi la biosfera e il pianeta Terra.

Questa trasmutazione sarebbe, secondo sant’Agostino nelle sue Confessioni, il frutto di due grandi forze: di un grande amore e di un grande dolore. Sono l’amore e il dolore che hanno la capacità di trasformarci completamente. Questa volta cambieremo per un immenso amore per la Terra, nostra Madre, e per un grande dolore per le pene che sta soffrendo e alle quali partecipa tutta l’umanità.

(traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)