El fracaso ético y moral de la humanidad

Leonardo Boff

Nuestro origen se encuentra en África. Por eso somos todos africanos. El Valle del Rift, que puede verse desde la Luna, con una extensión de 3 mil km, comenzando en el norte de Siria y llegando al centro de Mozambique, es una zona privilegiada. En ese valle se produjo una gran división: de un lado, en las zonas más altas, quedaron los bosques en los que nuestros antepasados antropoides y, posteriormente, los simios superiores como los gorilas y los orangutanes vivían y disponían de abundante alimento. No necesitaban evolucionar para sobrevivir.

Algunos quedaron en la parte más baja del Valle del Rift, que se transformó en una especie de sabana. Nuestros ancestros, en este “nordeste seco”, evolucionaron en su cuerpo: comenzaron a caminar erguidos; y también en su cerebro, con más sinapsis entre sus neuronas, lo que permitió el surgimiento de un pensamiento inicial en el afán de buscar lo necesario para la supervivencia. Desde el punto de vista ecológico, la vida en la sabana no es tan abundante en medios de subsistencia como en otras biorregiones. En 1974 se descubrió un fósil bastante completo en el desierto de Afar, en Etiopía, datado en 3,18 millones de años. Parecía pertenecer a una mujer. Por eso fue llamado “Lucy”, nombre tomado de una canción de los Beatles: “Lucy in the Sky with Diamonds”.

En conclusión: la bioantropología ha dejado claro que nosotros, los seres humanos, derivamos de un ancestro común. No era un mono, como comúnmente se piensa, sino un primate primitivo que se bifurcó: por un lado dio origen a los grandes simios antes mencionados y, por otro, a las diversas fases del ser humano, como el Homo habilis, luego el Homo erectus y, finalmente, el Homo sapiens, del cual procedemos.

El gran cambio comenzó con el Homo habilis hace más de dos millones de años. Este ya utilizaba instrumentos como piedras puntiagudas, palos afilados y huesos gruesos con los cuales intervenía en la naturaleza y facilitaba la caza de animales. Sin embargo, esta intervención aún no era destructiva.

Con una diferencia de cientos de miles de años surgió el Homo erectus, ya bípedo, que utilizaba instrumentos más potentes, hasta el punto de que, en grupos coordinados, podía cazar bovinos e incluso elefantes. Utilizó por primera vez el fuego, introduciendo una verdadera revolución cultural al pasar de lo crudo a lo cocido, como fue estudiado por el antropólogo Claude Lévi-Strauss. Aumentó la intervención en la naturaleza, alcanzando animales más grandes, como los grandes perezosos.

Después de haber permanecido durante milenios en África, migrando de un lugar a otro pero siempre dentro del continente africano, comenzó la gran migración del Homo erectus. Emigró hacia Eurasia, hacia Asia Central, llegando a la India, a China e incluso a Australia. Más tarde, sus descendientes, el Homo sapiens, llegaron a las Américas hace aproximadamente 20 mil años y así ocuparon todo el planeta.

Del emigrante Homo erectus llegamos al Homo sapiens/sapiens de hace unos 100 mil años. Este introdujo, hace unos 10 mil años, quizá la mayor revolución de la historia humana, la única que se universalizó y cuyas consecuencias perduran y se han profundizado hasta nuestros días. Es la revolución neolítica. Los seres humanos se volvieron sedentarios: crearon aldeas y ciudades. La gran invención fue la agricultura y la irrigación, especialmente junto a los grandes ríos: el Tigris, el Éufrates, el Nilo y el Indo.

Con la agricultura se formó un superávit de medios de subsistencia. A partir de entonces comenzó también un proceso de violencia y agresión, no solo contra la naturaleza —como venía ocurriendo de manera creciente hasta ese momento—, sino también contra otros seres humanos. La producción agrícola generó excedentes en cantidad considerable. Esto hizo posible la guerra, pues había reservas para alimentar a los soldados. Fue en ese momento cuando el historiador Arnold Toynbee, en su monumental obra A Study of History, vio surgir un fenómeno que nunca desaparecería de la faz de la Tierra: la guerra. Comenzó la verdadera “abominación de la desolación”, como se describe bíblicamente el nivel de destructividad humana.

Pero la violencia sistemática contra otros seres humanos y contra la naturaleza adquirió dimensiones nunca antes vistas con el proceso de colonización y esclavización de África, de América Latina y de otras regiones a partir de Europa. Millones fueron sacrificados. Solo en las Américas, 61 millones en el espacio de un siglo y medio. Fue el mayor holocausto de la historia. Hubo verdaderos genocidios, actualizados en nuestros días, como el de la Franja de Gaza contra los palestinos. La inauguración de la industrialización moderna hasta la actualidad, con las formas más sofisticadas de dominación de las personas y de depredación de prácticamente todos los ecosistemas, utilizando incluso la inteligencia artificial, ha propiciado el auge del uso de la violencia, hasta el punto de crear el principio de la autodestrucción con todo tipo de armas mortales.

Debemos reconocer que, gracias a las ciencias y a las técnicas modernas, el bienestar humano ha crecido prodigiosamente. La vida se ha vuelto más cómoda y más longeva, aunque una gran parte de la humanidad siga condenada a la exclusión de estos beneficios. Indudablemente ha habido progreso en todos los ámbitos: en la salud, en la educación, en la movilidad y en miles de otras invenciones. Pero no debemos enorgullecernos demasiado, pues, como observó el genetista francés André Langaney (1942), las algas y las mariposas han desarrollado más su ADN que nosotros. Y, en términos de masa, las lombrices de tierra poseen más que toda la humanidad junta.

No obstante este desarrollo cultural, en términos morales (los modos de organizar la vida) y éticos (los principios que orientan la vida) aún estamos en la prehistoria. Siempre nos han acompañado la maldad, la crueldad, la mentira intencional y la falta de empatía, como lo vemos en nuestros días. Los escándalos de pedofilia y los abusos innombrables contra jóvenes niñas, documentados en los archivos de Epstein, que involucran al presidente Trump y a otros, nos muestran el nivel de degradación moral y ética.

Somos los últimos de los seres portadores de inteligencia reflexiva en entrar en el proceso de la evolución. Llegamos en el último minuto antes de la medianoche, si redujéramos la edad del universo (13,7 billones de años) al calendario de un año. ¿Tenemos todavía la posibilidad de hacer prevalecer la bondad sobre la brutalidad, el cuidado sobre la destructividad de nuestro modo de vivir? Un insensato como el presidente Donald Trump amenaza con usar su poder militar para someter a todos los países, con el riesgo de eliminar la vida humana mediante una guerra nuclear. O, por su incontenida voluntad de poder destructivo, ¿sería aquel —el enemigo de la vida— una especie de representante del Anticristo que pondría fin a la saga humana?

La Tierra continuará girando durante milenios alrededor del Sol, pero sin nosotros o quizá solo con los trillones y trillones de microorganismos del subsuelo que sobrevivirán. El destino está en nuestras decisiones, en nuestras manos. ¿Cómo salvarnos a nosotros mismos y a la vida, haciendo del amor, del cuidado y de la empatía los ejes estructuradores de un nuevo tipo de civilización? Sin eso no tendremos futuro.

Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor, y escribe para la revista LIBERTA del Instituto Conhecimento Liberta (ICL: https://www.revistaliberta.com.br). Entre sus obras recientes se encuentra La nueva visión del universo: ¿de dónde venimos? Animus-Anima, Petrópolis, 2025. site:www.leonardoboff.org

La lucha del cóndor con el toro: Colonización versus Liberación

Leonardo Boff

A pesar de la opresión y, en gran medida, el exterminio, los pueblos originarios de Abya-Yala (nombre indígena de Sudamérica) siempre resistieron y alimentaron la esperanza de algún día recuperar su identidad. Por esta esperanza, en algunas comunidades andinas de los antiguos incas, alrededor de Potosí, se celebra periódicamente un ritual de gran significado: un cóndor es atado al lomo de un toro salvaje. Una lucha feroz y dramática tiene lugar ante la multitud. El toro hace todo lo posible por liberarse del cóndor, y este lo picotea incesantemente hasta que, con sus poderosos picotazos, lo desangra, lo agota y lo derriba. El toro derrotado es entonces devorado por todos.

El cristianismo impuesto fue parte del proyecto colonial. Se trataba, en la fórmula clásica, de “expandir la fe y el imperio”. En general, siempre se mostró sensible a los pobres, aunque con métodos cuestionables, pero era despiadado y etnocéntrico frente a la otredad cultural. El otro (indígena y negro) era considerado enemigo, pagano e infiel. Contra él se libraban “guerras justas”, y se le leía el requerimiento (un documento en latín leído ante el cacique en el que debía reconocer al rey como su soberano y al papa como representante de Dios). Si no lo aceptaba, ya que ni siquiera entendía latín, se legitimaba la sumisión forzada.

Nunca debemos olvidar que nuestras sociedades sudamericanas se basan en la gran violencia perpetrada por el colonialismo, que invadió nuestras tierras y nos obligó a hablar y pensar como el invasor. Sufrimos un feroz etnocidio indígena con su casi exterminio; la esclavitud inhumana que redujo a millones de personas de África a “piezas”; La persistente dominación de las clases dominantes, egoístas, corruptas e insensibles a la pobreza de sus semejantes, niega un proyecto nacional que incluya a todos, pensando solo en sus propios beneficios y privilegios. Las desigualdades sociales, las jerarquías discriminatorias y la falta de sentido del bien común siguen alimentando este perverso sustrato cultural.

Por eso, recientemente hemos escuchado con asombro de las autoridades eclesiásticas oficiales que la primera evangelización no fue ni una «imposición ni una alienación». Y que sería «una regresión y una involución» querer rescatar las religiones ancestrales de los pueblos originarios. Hoy, tras el Sínodo Panamazónico del Papa Francisco, por el contrario, se insiste en este rescate.

Ante esto, no podemos dejar de escuchar la otra cara de la conquista y la evangelización impuesta: la voz de las víctimas, que resuena hasta nuestros días. Testigos son los lamentos del profeta maya Chilam Balam de Chumayel: “¡Ay! Lloremos porque han llegado… han venido a marchitar nuestras flores para que solo su flor viva… han venido a castrar el sol”. Y su lamento continúa: “Se ha introducido la tristeza entre nosotros, se ha introducido el cristianismo… Este fue el comienzo de nuestra miseria, el comienzo de nuestra esclavitud” (cf. M. León-Portilla, El reverso de la conquista, México 1989). ¿Hay palabras que nos desmoralicen más que estas? ¡La buena noticia como tristeza, el comienzo de la esclavitud!

Según el filósofo e historiador Oswald Spengler (1880-1936) en La decadencia de Occidente (1938), la invasión ibérica de América significó el mayor genocidio de la historia de la humanidad. La destrucción, afirma, fue del orden del 90% de la población. De los 22 millones de aztecas que había en 1519 cuando Hernán Cortés penetró en México, solo quedaba un millón en 1600. Y los sobrevivientes, en palabras de Jon Sobrino, teólogo asesor de  Óscar Arnulfo Romero, son pueblos crucificados; la misión de la Iglesia y la ciudadanía abierta es bajarlos de la cruz y resucitarlos.

El choque entre el Toro y el Cóndor representa una metáfora: el Toro es el colonizador español y el Cóndor, el Inca oprimido del altiplano andino. Se produce una inversión simbólica: el vencedor de ayer (el Toro) es el perdedor de hoy. El vencedor de hoy es el Cóndor. El sueño de libertad, al menos, triunfa simbólicamente.

En este contexto, la misión de la Iglesia es de justicia, no de caridad, como afirman solemnemente las conferencias episcopales de Sudamérica, como Medellín, Puebla y Aparecida: reforzar el rescate de las culturas ancestrales de los pueblos originarios, con su espíritu, que son las tradiciones, la sabiduría de los chamanes y sus religiones. Y luego establecer un diálogo en el que ambas se complementen, se purifiquen y se evangelicen mutuamente. Así pues, como atestiguan tantos misioneros, nos evangelizan porque, en general, son mejores que los cristianos; al menos no conocen la mentira. Se perciben como naturaleza misma y viven en la mayor libertad. Tenemos mucho de aprender de ellos.

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL (https://www.revistaliberta.com.br); también escribió La Nueva Evangelización: La Perspectiva de los Pobres, Vozes 1990 (www.leonardoboff.org)

A guerra não pode ser humanizada,tem que ser cancelada

Leonardo Boff

       A frase do título não é minha, é de B.Russel  e  de A.Einstein em seu manifesto de 9 de julho de 1955 contra os perigos de uma guerra nuclear e pela paz. Esse é o grande anseio da humanidade, sempre frustrado e sempre de novo renovado. Sem essa utopia pela  qual lutamos para que seja viável, não pode ser nunca abandonada, pois seria cinismo face às vítimas das guerras e decersão de qualquer sentido ético.

       Toda guerra sacrifica milhares e até milhões de pessoas.Ela condena Caim que matou seu irmão Abel.

Max Born, prêmio Nobel de física (1954) denunciou a prevalência da matança de civis na guerra moderna. Na primeira guerra mundial morriam só 5% de civis, na segunda guerra, 50%, na guerra da Coreia e Vietnam 85%. E dados recentes davam conta de que contra o Iraque e a ex-Iugoslávia 98% das vítimas eram civis.O mesmo esta ocorrendo na guerra de Netanhyau contra os palestinos da Faixa de Gaza. Mais de 18 mil eram crianças que nada tinham a ver com a guerra foram sacrificadas.

Não basta ser pela paz. Temos que estar contra a guerra. Toda guerra, em si, mata vidas de outros, nossos semelhantes. Caim não pode triunfar.

O fenômeno da guerra apresenta-se tão complexo que nenhuma resposta o explica ou é suficiente. Isso não nos dispensa de pensar sobre o fato da guerra e suas perversas consequências humanas e materiais.

 Por exemplo, se um pais é agredido por outro, que fazer? Tem direito de se defender com forças defensivas? Há nisso proporcionalidade? Como devem se comportar os governantes dos povos que assistem o genocídio a céu aberto como na Faixa de Gaza? Ou diante da limpeza étnica de minorias aplicada na ex-Iugoslávia, no Kosovo e na Bósnia por soldados  sanguinários que ainda violavam sistematicamente direitos humanos básicos.Vale alegar o princípio da não intervenção em assuntos internos de estados soberanos e assistir, passivos, a crimes contra a humanidade? Qual é o limite da soberania?É absoluta? Está acima do humano?

Como reagir ao fenômeno  difuso do terrorismo que,eventualmente, pode ter acesso a materiais  atômicos, ameaçar toda uma cidade, pondo-a de joelhos. E se for lançada, inviabilizaria a vida de toda a cidade por causa da radioatividade. Contra isso é legítima uma guerra preventiva?

São questões éticas que ocupam mentes e corações nos dias atuais. Para não desesperar temos que pensar. No mundo inteiro, dada a estratégia do atual presidente dos EUA Donald Trump que disse e esta realizando, a paz se fará não pelo diálogo mas pela força. Jamaia seria paz mas uma pacificação forçada.É discurso recorrente em todos os presidentes, inclusive com Barack Obama afirmar que os EUA tem interesses globais e podem intervir quando estes são ameaçados, usando até a força.

Face a estes problemas referidos apresentam-se várias opções.

Um grupo numeroso sustenta a tese: dada a capacidade devastadora da guerra moderna com armas químicas,biológicas e nucleares que podem comprometer o futuro da espécie e toda a biosfera, não há mais nenhuma guerra justa (ius ad bellum).A vida e o ser humano em suas várias formas estão acima de tudo.

Outro grupo afirma: pode haver guerra justa, a “intervenção humanitária”, mas limitada para impedir o etnocídio e crimes de lesa-humanidade.

Outro grupo, representando o stablisment global, reafirma: há que se resgatar a guerra justa como auto-defesa, como punição de países do “eixo do mal” e como prevenção de ataques com armas de destruição em massa.

Façamos um juízo ético sobre estas posições: nas condições atuais toda guerra representa altíssimo risco, pois dispomos da  máquina de morte, capaz de destruir a humanidade e a biosfera. A guerra é meio injusto, por ser globalmente letal.

Dentro de uma política realista, uma “intervenção humanitária” limitada é teoricamente justificável,sob duas condições: não pode ser decidida por um pais singular, mas pela comunidade das nações (ONU) e deve respeitar dois princípios básicos (ius in bello=os direitos no curso da guerra): a imunidade da população civil e a adequação dos meios (não podem causar mais danos que benefícios).

A força empregada como autodefesa não a torna boa, mas se justifica dentro da estrita adequação dos meios.

A guerra de punição, como contra o Afeganistão e contra o Sul do Líbano onde atua o Hammas, se baseia na vingança e não é defensável. Só alimenta raiva e ressentimentos, caldo de futuros conflitos.

A guerra preventiva, contra o Iraque  na suposição falsa de possuir armas de destruição em massa, era ilegítima porque se baseava em falsas análises, sobre o que ainda não era e poderia não acontecer. Nenhum direito, de qualquer natureza, lhe concede legitimidade por ser subjetiva e arbitrária.

Tudo isso vale teoricamente, pois importa clarear posições. Praticamente porém, se mostrou que todas as guerras, mesmo a de “intervenção humanitária” não observam os dois critérios, da imunidade da população civil e da adequação dos meios. Não se faz distinção entre combatentes e não combatentes.

Para enfraquecer  o inimigo se destrói sua infraestrutura, com muitas mortes de inocentes e de civis. As consequências da guerra perduram por anos  como no caso do urânio empobrecido, usado pelo exército norte-americano,causando enfermidades para todo um grupo afetado.

A  guerra não é solução para nenhum problema. Devemos buscar um novo paradigma, à luz de São Francisco de Assis, de Leon Tolstói,de Gandhi e de Luther King Jr, se não quisermos nos destruir: a paz como meta e como método. Se queres a paz, prepara a paz.

Leonardo Boff escreve para a revista LIBERTA do ICL (https:// www.revistaliberta.com.br); escreveu também Cuidar da Terra-Proteger a vida, Record 2010 (https://www.leonardoboff.org)

Il Vertice dei popoli originari:il Condor e l’Aquila

Leonardo Boff

Il celebre storico e pensatore culturale Emmanuel Todd, con tono deciso, denunciava già nel 2024 “La défaite de lOccidente” (La sconfitta dell’Occidente). Egli mostrava con ragione come l’Occidente fosse stato sconfitto da se stesso, per non essere riuscito a rigenerarsi a partire dalle proprie radici già necrotiche.

Ciò che Todd ha affermato dell’Occidente potrebbe essere detto dell’intera civiltà planetaria, forse con l’eccezione della Cina di Xi Jinping, che sta cercando di salvare le radici etiche e spirituali della tradizione ancestrale cinese. Ma il problema è la mancanza di libertà. La storia ci insegna che all’essere umano ripugna vedersi privato ​​di questo dono maggiore che è la libertà, con cui può plasmare il proprio destino ed esprimere la propria visione delle cose.

Se quasi la totalità della civiltà globalizzata è alla deriva, lo stesso non si può dire dei popoli nativi di Abya Yala, il nome Kuna per l’Amerindia, che significa “terra fertile”. Il nome è già stato incorporato da quasi tutti i gruppi etnici. È stato un lungo viaggio. Al Primo Congresso Indigeno Interamericano, tenutosi a Pátzcuaro (Messico) nel 1940, ancora si sosteneva la tesi colonialista dell’omogeneizzazione e dell’assimilazione dei popoli nativi nella cultura dominante, di stampo occidentale.

Tutto iniziò a cambiare a partire dagli anni ’60, quando emerse uno spirito libertario, soprattutto tra i giovani. In questo contesto, in tutti i paesi sudamericani, irruppe anche la coscienza indigena come indigena. I popoli nativi rifiutarono di essere chiamati “selvaggi” per essere distinti dai “civilizzati”. Volevano essere ciò che sono, veri popoli: Maya, Inca, Aztechi, Olmechi, Toltechi, Tupi-Guarani, Pataxó, Yanomami e decine di altri.

A partire al 1990 si sono svolti diversi incontri dei popoli nativi del Grande Sud e, anche, del Grande Nord. Si cercava un’identità unica che fosse qualcosa di comune. Ben presto si resero conto che era nella resistenza e nella salvaguardia della propria cultura che potevano trovare qualcosa in comune. Ma per avere forza, avevano bisogno di forgiare insieme un’articolazione che unisse tutti quelli del Nord con quelli del Sud. Uniti, avrebbero potuto affrontare il rullo compressore della cultura dominante, di stampo occidentale, che ha sempre cercato di assimilarli sacrificando la loro identità, cultura, religione, feste e miti ancestrali. E, per di più, rubandogli le terre.

In risposta a tutto questo, fu creato così nel 2007 il Vertice dei Popoli di Abya Yala. Molto importante è stato l’incontro di Porto Alegre nel 2012, quando decine di etnie e gruppi di sostegno hanno lanciato il “Manifesto dei Popoli Indigeni di Abya Yala“. Il cui sottotitolo specifica: “In difesa della Madre Terra, per il Bem Viver, la Vita Piena e contro la Mercificazione della Vita e della Madre Natura”.

Il testo è esplicito: “La nostra relazione con le nostre terre è la base della nostra esistenza in quanto popoli, la base del nostro Bem Viver e della nostra Vita Piena, in armonia con Madre Natura”.

Avevano capito che la cosiddetta “scoperta dell’America o del Brasile” era stata un’invasione e una conquista da parte degli europei che li colonizzarono con una violenza inaudita, appropriandosi delle loro terre, cercando soprattutto oro, argento e legnami pregiati. Oggi, tutti si uniscono intorno alla resistenza e al recupero delle loro identità, che implica la preservazione delle lingue, delle tradizioni, delle religioni e della saggezza degli anziani e degli sciamani.

Un’ombra li accompagna: lo sterminio dei loro antenati, inflitto dagli invasori europei. Si verificò uno dei più grandi genocidi della storia. Circa 60 milioni di integranti di questi popoli nativi furono uccisi da guerre di sterminio e dai lavori forzati o da malattie portate dai bianchi contro cui non avevano difese immunitarie.

I dati più recenti sono stati raccolti dall’educatrice Moema Viezer e dal sociologo e storico canadese residente in Brasile, Marcelo Grondin. Il libro, con prefazione di Ailton Krenak, descrive dettagliatamente, regione per regione, come avvenne l’uccisione sistematica di indigeni e persino di interi popoli, come accadde ad Haiti. Si intitola “Abya Yala: genocídio, resistência e sobrevivência dos povos originários das Américas” (Editora Bambual, Rio de Janeiro 2021).

Cosciente della tragedia accaduta ai suoi fratelli, un saggio della nazione Yanomami, lo sciamano Davi Kopenawa Yanomami, prevedendo il proseguimento di questo processo mortale, avvertì nel libro “A Queda do Céu” (La caduta del cielo) ciò che gli sciamani del suo popolo stavano percependo: “la corsa dell’umanità si sta dirigendo verso la sua fine” (Companhia das Letras, 2015).

Al termine di uno di questi incontri tra i popoli del Grande Sud con quelli del Grande Nord, uno sciamano si alzò e disse con voce forte e misurata: “Fratelli e sorelle, miei parenti. Ascoltate questa profezia, pronunciata da un anziano dei tempi antichi. Verrà un giorno in cui l’Aquila del Nord, che aveva scacciato il Condor del Sud, volerà qui. Incontrerà il Condor. Non lo perseguirà più. Lo inviterà a volare insieme. E di fatto, così fu. Aprendo entrambi le loro grandi ali, i due, il Condor e l’Aquila, iniziarono a volare insieme sopra quelle terre e quelle valli. E non si separarono mai più.”

(Non ho bisogno di chiarire che l’Aquila rappresentava gli Stati Uniti d’America e il Condor Abya Yala, l’Amerindia).

E lo sciamano concluse: “Questo giorno è arrivato: eccoci qui, provenienti da ogni parte, dal Nord e dal Sud. Siamo tutti parenti e abbiamo la Terra come nostra Grande Madre. Aiutiamo gli altri nostri fratelli e sorelle, di varie parti del mondo, ad amare, rispettare e rivitalizzare la nostra Grande Madre. Così potremo vivere tutti insieme nello stesso grande Villaggio Comune”. Parlò e disse.

Questa profezia si sta adempiendo tra i popoli nativi. Che si realizzi anche in noi finché abbiamo ancora tempo.

Leonardo Boff scrive per la rivista ICL LIBERTA

(https://www.revistaliberta.com.br). Ha anche scritto il libroCuidar da Casa comum: como protelar o fim do mundo, Vozes 2025 (https://www.leonardoboff.com).

(Traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)