Aprender a pensar con los pobres de la Tierra y los oprimidos

      Leonardo Boff

En esto se caracteriza alguien que practica la teología de la liberación: tiene un pie en la academia, en la facultad de teología, y otro en medio de los hijos e hijas de la pobreza, en las periferias. Este tipo de teología sostiene algo obvio: la pobreza significa éticamente una injusticia social y políticamente una opresión. Contra la opresión vale la liberación. Esta es llevada adelante por los propios pobres que toman conciencia de que son oprimidos, se organizan y comienzan desde las bases con prácticas orientadas a superar su situación.

Esto se hace a partir de la lectura comunitaria de la Biblia: confrontan una página de la Biblia con otra página de su realidad sufriente. De allí extraen, después de mucha oración, cantos y reflexión, los pasos concretos que todos deben asumir. Los teólogos que se disponen a caminar con las comunidades cambian su visión de la sociedad y de la Iglesia.

Todo esto es tan cristalino que me asombra el hecho de que la teología de la liberación haya sufrido y aún sufra persecución y difamación. Si observamos bien, este procedimiento viene de grupos que nunca vivieron realmente los padecimientos del mundo de los pobres y oprimidos. Eso mismo me confesó personalmente el amigo Cardenal Joseph Ratzinger, aquel que, por oficio, presidió mi juicio en los espacios de la antigua ex Inquisición. Pero especialmente son los sectores conservadores de la Iglesia y de la sociedad los que ven en todo movimiento de los pobres algo peligroso para el orden vigente, algo propio de comunistas. Con ese argumento Jesús, acusado de subversivo por los religiosos de su época, como testimonia Lucas (cf. 23,5), nunca habría sido crucificado, sino que habría muerto en la cama rodeado de discípulos.

Lo que distingue a un teólogo de la liberación de otros colegas del Centro y también de la Periferia es la opción por los pobres, contra la pobreza y a favor de la justicia social y de la liberación. Esta actitud implica un gran aprendizaje, cosa que no ocurre cuando el teólogo restringe su oficio al mundo académico. Pero con la inserción descubre la fuerza de los pobres, su resiliencia y su profunda fe en el Dios que escucha el grito de los oprimidos y muestra su ternura hacia los condenados de la Tierra. Sorprende la presencia de la gracia de Dios en las situaciones más inusuales, que nos obligan a pensar más allá del bien y del mal. Así lo sugiere el mensaje de Jesús, cuyo Abba (Papito querido) ama a todos, más allá de las categorías del bien y del mal, y muestra misericordia hacia los ingratos y malos (Lucas 6,35).

Voy a narrar dos experiencias vividas en la periferia pobre mientras enseñaba en la facultad el Tratado de la Gracia, uno de los más difíciles de la teología, pues encierra muchas condenas.

Me encontré con Raimundo en Canindé, quien enseguida me pidió: —Fray, vine a buscar agua bendita.—¿Para qué quieres el agua bendita? —pregunté. Respondió:
—Es para bendecir mi casa. —Pero eso yo, como sacerdote, puedo hacerlo e iré contigo. —No puede, fray. Hasta da vergüenza decirlo, pero voy a confesarle: vivo con una mujer sin haberme casado por la Iglesia. Tengo dos errores con ella: primero, porque es negra; segundo, porque la saqué de la prostitución. Quiero probar vivir con ella, darle cariño y comprensión. Si ella es capaz de vivir con un solo hombre, conmigo, entonces me casaré por la Iglesia. Ahora estoy en pecado. Por eso vine a buscar agua bendita para bendecirla y rezar para salir del pecado. Si todo sale bien, usted, fray, hará nuestro casamiento.

Tiempo después hice el casamiento con muchas palomitas de maíz y Coca-Cola.

Ese hombre, Raimundo, amó. Seguramente ni siquiera sabía que el verdadero nombre de Dios es amor. Y quien ama está con Dios, como dice san Juan en su epístola (1 Jn 4,16), y no con el pecado.

Encontré religiosas en Xapuri, en el corazón de la selva del Acre. Mantenían en una sala a un seringueiro que parecía tener lepra. Pasando por un callejón, una de las religiosas vio un cartel que decía: “Casa de la Caridad”. Fue a averiguar y supo que la casa pertenecía a doña Josefina. La religiosa la invitó a ir hasta el pequeño convento y ver a un enfermo de lepra. Apenas entró y miró largamente al enfermo, Josefina dijo:

—Hermanita, esto no es lepra, es solo una micosis. Déjelo, que voy a tratarlo en la Casa de la Caridad. Curiosa, la religiosa preguntó: —¿Para qué sirve esta Casa? Josefina respondió: —Es para todos los enfermos del interior de la selva y para quienes no tienen dónde dormir. —¿Y cómo mantiene usted la Casa de la Caridad? Josefina, algo avergonzada, respondió: —Tengo un cabaret. Necesito mantenerme. Las mujeres de aquí no tienen trabajo y casi todas son prostitutas. Necesitan alimentar a sus familias y yo al personal que se queda en la Casa. Solo tomo para mí lo necesario. Lo que sobra es para mantener la Casa de la Caridad. Cocino para ellos, les lavo la ropa y compro los remedios. Todo gratis. Para pagar mi pecado. Sé que está contra la ley de Dios. Pero ¿la ley de la vida no es también aceptada por Dios?

Al escuchar la historia quedé abismado y pensé para mí mismo: el amor de Josefina es lo que significa la gracia que yo enseño, es decir, el amor concreto de Dios en la situación concreta de las personas. Recordé a la mujer considerada prostituta que besó los pies de Jesús y los ungió con perfume; lloraba y secaba las lágrimas con sus cabellos (Lucas 7,38). Frente a quienes pensaban mal, Jesús dijo: “Dondequiera que en el mundo se predique la Buena Nueva, será recordado lo que ella hizo” (Marcos 14,9). Fue puro amor, gracia divina.

Estos dos hechos muestran el amor de Dios, que es lo que llamamos gracia: ella viene cuando quiere, sobre quien quiere y en cualquier situación. Hay flores que florecen en los pantanos. Y son las más blancas y bellas. Esa flor tiene un nombre: Josefina de la Casa de la Caridad. El amor generoso se llama Raimundo, aquel del agua bendita.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA. También escribió Gracia y experiencia humana, Vozes, varias ediciones, 2012; hay una edición en español; (https://www.leonardoboff.org).

Aprender a pensar com os pobres da Terra e oprimidos

Leonardo Boff

       Nisso se caracteriza alguém que pratica a teologia da libertação: ele tem um pé na academia, na faculdade de teologia, e outro no meio dos filhos e filhas da pobreza, nas periferias. Este tipo de teologia sustenta algo óbvio: a pobreza significa eticamente uma injustiça social e politicamente uma opressão. Contra a opressão vale a libertação. Esta é levada avante pelos próprios pobres que se conscientizam oprimidos, se organizam e começam  lá nas bases com práticas que visam a superar sua situação. Isso é feito a partir da leitura comunitária da Bíblia: confrontam uma página da Bíblia com outra página de sua realidade sofrida. Daí tiram, depois de muita reza, cantoria e reflexão, os passos concretos a serem assumidos por todos. Os teólogos que se dispõem a caminhar com as comunidades mudam sua visão da sociedade e da Igreja.

Tudo isso é tão cristalino que me espanta o fato de que a teologia da libertação tenha sofrido e ainda sofra perseguição e difamação. Se bem repararmos este procedimento vem dos grupos que nunca vivenciaram realmente os padecimentos do mundo dos pobres e oprimidos. Isso mesmo me confessou pessoalmente o amigo Cardeal Joseph Ratzinger, aquele que, por ofício, presidiu meu julgamento nos espaços da antiga ex-Inquisição.Mas especialmente são os setores conservadores da Igreja e da sociedade que veem em todo movimento  dos pobres, algo perigoso para a ordem vigente, coisa de comunistas.Por esse argumento Jesus, acusado de subversivo, pelos religiosos da época, como atesta Lucas (cf.23,5) nunca teria  sido crucificado, mas morrido na cama  cercado de discípulos.

O que distingue um teólogo da libertação de outros colegas do Centro e também da Periferia é a opção pelos pobres, contra a pobreza e a favor da justiça social e da libertação. Esta diligência implica um grande aprendizado, coisa que não ocorre quando o teólogo restringe seu ofício ao mundo acadêmico. Mas com a inserção, descobre a garra dos pobres, sua resiliência e profunda fé no Deus que escuta o grito dos oprimidos e mostra sua ternura para com os condenados da Terra. Surpreende a presença da graça de de Deus nas situações mais inusitadas  que nos obrigam a pensar para além do bem e do mal. Assim  o sugere a mensagem de Jesus, cujo Abba (Paizinho querido) ama a todos, para além das categorias  do bem e do mal e mostra misericórdia aos ingratos e maus (Lucas, 6,35).  

Vou narrar duas experiências vividas na periferia pobre enquanto lecionava na faculdade o Tratado de Graça, um dos mais difíceis da teologia pois encerra muitas condenações.

Encontrei-me com Raimundo em Canindé que logo me pediu: Frei, vim buscar água benta. Para que você quer a água benta, perguntei. Ele respondeu: é para benzer minha casa. Mas isso, eu como padre, posso fazer e vou aí com você. Não pode, frei. É até feio  dizer, mas vou confessar: vivo com uma mulher sem ter casado na igreja. Tenho dois erros com ela: primeiro, porque é preta, segundo, porque a tirei da prostituição. Quero experimentar viver com ela, dar-lhe carinho e compreensão. Se ela for capaz de viver com um homem só, comigo, então vou casar na igreja. Agora estou em pecado. Por isso vim pegar água benta para benzê-la e rezar para eu sair do pecado. Se tudo der certo, o senhor, frei, fará nosso casamento. Tempos depois, fiz o casamento com muita pipoca e coca-cola.

Esse homem, Raimudo, amou. Seguramente nem saberia que o verdadeiro nome de Deus é amor. E quem ama, está com Deus, como diz São João em sua epístola (1 Jo 4.16) e não com o pecado.

Encontrei religiosas em Xapuri  no coração da floresta do Acre. Mantinham na sala um seringueiro que parecia ter lepra. Passando por uma ruela, uma das religiosas viu uma placa com os dizeres:Casa da Caridade. Foi se informar e soube que a Casa pertencia à dona Josefina. A religiosa  convidou-a para ir  até ao conventinho e ver um doente de lepra.  Logo ao entrar e olhar longamente o doente, Josefina disse: Irmãzinha, isso não é lepra, é só micose. Deixa, que vou tratá-lo na Casa da Caridade. Curiosa, a religiosa perguntou: para que serve esta Casa? Josefina respondeu: é para todos os doentes do interior da mata e para quem não tem onde dormir. Como a senhora mantém a Casa da Caridade? Josefina, um pouco constrangida, respondeu: eu tenho uma boate.Preciso me sustentar. As mulheres daqui não têm trabalho e quase todas  são  prostitutas. Precisam alimentar a família e eu  o pessoal que fica na Casa. Só pego para mim o necessário. O que sobra é para manter a Casa da Caridade. Cozinho para eles, lavo-lhes a roupa e compro os remédios. Tudo de graça. Para pagar o meu pecado. Sei que é contra a lei de Deus. Mas a lei da vida não é também aceita por Deus?

Ao ouvir a história fiquei abismado e pensei comigo: o amor de Josefina  é o que significa a graça que eu ensino, quer dizer, o amor concreto de Deus na situação concreta das pessoas.Lembrei-me da mulher, tida por prostituta, que beijou os pés de Jesus e os ungiu com perfume, chorava e com os cabelos enxugava as lágrimas (Lucas 7,38). Face aos que pensavam mal, Jesus disse:”onde quer que no mundo se pregar a boa-nova, será lembrado o que ela fez”(Marcos 14,9). Foi puro amor, graça divina.

Esses dois fatos mostram o amor de Deus que é o que chamamos de  graça: ela vem quando quer, sobre quem quer e em qualquer situação. Há flores que florescem nos pântanos. E são as mais brancas e belas.Essa flor tem um nome:Josefina da Casa da Caridade. O amor generoso se chama Raimundo, aquele da água benta.

Leonardo Boff escreve para a revista do ICL LIBERTA ((https://www.revistaliberta.com.br);  escreveu também, Graça e  Expeiriência humana,Vozes,muitas edições,2012 (https://www.leonardoboff.org).

Magnifica Humanitas di Papa Leone XIV: una nuova visione e un nuovo stile pontificio

      Leonardo Boff

Nel finire la lettura della prima enciclica di Papa Leone XIV notiamo, con sorpresa, l’introduzione di un nuovo stile argomentativo: non più il classico stile ecclesiastico, con i suoi numerosi riferimenti ai pensatori cristiani dei primi secoli. Ma uno nuovo, contemporaneo, che dialoga con i diversi campi del sapere e con autori, uomini e donne, al di là della loro origine confessionale. Ci sembra di leggere un testo di un teologo contemporaneo.

Innanzitutto, è opportuno sottolineare il tono generalmente fiducioso dell’enciclica nell’affrontare un tema così controverso e spinoso come quello dell’Intelligenza Artificiale (IA). Ma è realistico nel descrivere la situazione mondiale di perenne belligeranza: «può apparire cupo o pessimista, ma ritengo che sia una denuncia necessaria.» (MH, 210). Questa denuncia diventa cristallina quando si riferisce a «bombardamenti su civili, ad attacchi contro ospedali, scuole o infrastrutture vitali, a violenze che colpiscono bambini, ci troviamo davanti a scandali che feriscono lumanità stessa.» (MH, 216). È come se stesse riferendosi ai crimini dell’esercito israeliano nella Striscia di Gaza. Assume la prospettiva delle vittime «Ci sono conflitti in cui non è giusto rimanere neutrali» (MH, 216).

Ma quando affronta direttamente la sfida dell’IA, in modo positivo, afferma subito che essa rimane sempre artificiale e non sostituirà mai la natura (MH, 97). Tuttavia, può rappresentare «una forma umana di partecipazione allatto divino della creazione» (MH, 111). Questo fatto implica che l’IA debba assumere una speciale responsabilità etica e spirituale, perché ogni scelta progettuale esprime una visione dell’umanità (MH, 111; 117; 129). Infatti, questo punto è cruciale nella comprensione del Papa: non basta considerare se la tecnica e l’intelligenza artificiale siano buone o cattive e i loro fini buoni, ma bisogna chiarire «la visione che vi soggiace: se l’essere umano è trattato come materiale da perfezionare o da oltrepassare […] svincolata dal progresso morale e sociale» (MH, 117). Non possiamo considerare l’IA «moralmente neutra. In realtà, ogni artefatto tecnico porta con sé scelte e priorità: ciò che misura, ciò che ignora, ciò che ottimizza e il modo in cui classifica persone e situazioni» (MH, 104). Bisogna «chiedersi come esso venga progettato e quale idea di persona e di società risulti inscritta nei dati e nei modelli che lo guidano» (MH, 104). È intrinsecamente ambivalente «ciò che nasce per difendere può essere rapidamente convertito alloffesa, e il confine tra protezione e aggressione tende a sfumare» (MH, 183).

È a questo punto che Papa Leone muove una forte critica a due ideologie, il transumanesimo e il postumanesimo. Queste hanno come presupposto «la centralità della tecnica e il sogno di oltrepassare i limiti della condizione umana» (MH, 116). Il transumanesimo vuole esacerbare esponenzialmente le capacità umane (attraverso la biomedicina, l’ingegneria del corpo, gli algoritmi) per essere più efficienti e ottenere così vantaggi lucrativi. Il postumanesimo «prospetta una forma di ibridazione tra essere umano, macchina e ambiente, fino a immaginare un passaggio di soglia in cui lumanità supererà se stessa entrando in un nuovo stadio evolutivo» (MH, 116). Qui si ignorano i limiti naturali dell’essere umano e «si promette una “salvezza” puramente tecnica» (MH 117). Possiamo affermare che oggi, come hanno sottolineato diversi analisti, prevale un’idolatria della tecnica, una vera e propria religione. Tra noi l’ha pubblicamente denunciata, il nostro neuro-scienziato di fama mondiale Miguel Nicolelis.

Sarebbe lungo commentare i diversi punti affrontati dall’enciclica Magnifica Humanitas. In pratica, il suo ambito si estende dalle filosofie di vita alla politica (i vari radicalismi), all’economia (finanziarizzazione e criptovalute), alla salvezza del cuore, all’educazione, all’importanza dell’immaginario sociale, al tema del lavoro e dell’ecologia, culminando in utopie basate sulla cultura digitale, tecnologica e cibernetica e infine alla civiltà dell’amore. Questa «non è unutopia ingenua, ma un progetto esigente» (NH 186).

Schematizzando, è evidente il background intellettuale, teologico e spirituale dell’attuale Papa. Si fonda su Sant’Agostino (354-430), fonte d’ispirazione per il suo Ordine religioso (gli Agostiniani). Come è noto, il vescovo di Ippona, uno dei geni del pensiero occidentale, articola la sua visione della storia nell’interazione dialettica tra le due città e i due amori (129-130): la città terrena e la città celeste, l’amore di Dio e del prossimo e l’amore di sé. Biblicamente, ciò significa: costruire Babele, prototipo dell’essere umano che superbamente pensa solo a se stesso, dimenticando Dio, e ricostruire Gerusalemme, esempio dell’essere umano che fa la storia pensando a Dio e, a partire da Lui, a se stesso (MH, 130).

Leone XIV attualizza questa dialettica con ciò che sta accadendo oggi: un sistema di sorveglianza e controllo sulle popolazioni, proposto da alcune piattaforme digitali, in particolare la più perversa di tutte, Palantir (controllare tutta la popolazione di un paese e usare l’IA per la guerra), e il sistema di cura dell’essere umano, della sua relazione rispettosa con la natura e della fraternità universale tra gli esseri umani e tra loro e il Tutto. Tutta la sua riflessione presuppone questo scontro odierno. Prende chiaramente posizione a favore della cura, dell’amore disinteressato, della prospettiva delle vittime, dei poveri e degli oppressi.

Ci presenta un testo contemporaneo, di grande attualità, con un linguaggio del nostro tempo e quindi accessibile a tutti, senza sacrificare la gravità e la profondità delle questioni da considerare, affrontare e perseguire in modo da generare speranza per la possibilità di un mondo diverso, affettuoso, rispettoso della natura e aperto all’Infinito.

Concludendo, possiamo affermare che l’attuale Papa, seguendo le orme di Sant’Agostino e della grande tradizione dottrinale della Chiesa sulle questioni sociali (riassunta nell’enciclica MH nn. 28-44), ripropone il tema della civiltà dell’amore (termine coniato da Papa Paolo VI). Lo definisce così: «Essa consiste nel tradurre la carità in strutture di giustizia, nel dare corpo istituzionale alla fraternità e nel considerare laltro sia esso persona o popolo come un alleato necessario per la costruzione del bene comune. […] solo questo amore sociale, capace di farsi cultura e norma, può generare un ordine internazionale stabile, trasformando la convivenza da semplice coesistenza armata a comunità di destino» (MH, 186).

(Traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)

Magnifica Humanitas of Pope Leo XIV: a new vision and a new pontifical Style

Leonardo Boff*

         Upon finishing reading the first encyclical of Pope Leo XIV, we notice, with surprise, the introduction of a new style of argumentation: it is no longer the classic ecclesiastical style, with many references to Christian thinkers of the first centuries. But a new, contemporary one, which dialogues with various fields of knowledge and authors, men and women, beyond their confessional origin. It seems to us that we are reading a text by some contemporary theologian.

First of all, it is worth highlighting the generally hopeful tone of the encyclical when addressing such a controversial and thorny topic as Artificial Intelligence (AI). But it is realistic in describing the world situation of permanent belligerence: “it is not a gloomy and pessimistic description, but a necessary denunciation” (MH, 210). This denunciation becomes crystal clear when referring to “bombings against civilians, attacks on hospitals, schools or vital infrastructure, violence affecting children… scandals that wound humanity itself” (MH, 216). It is as if he were reporting on the crimes of the Israeli army in the Gaza Strip. He assumes the perspective of the victims “because it is not right to remain neutral in the face of conflicts” (MH, 216).

But when directly addressing the challenge of AI, positively, he immediately states that it always remains artificial and never replaces the natural (MH, 97). However, “it can represent a form of participation in the divine act of creation” (MH, 111). This fact implies that it must assume “a special ethical and spiritual responsibility, because each design choice expresses a vision of humanity” (MH, 111; 117; 129).

Moreover, this point is crucial in the Pope’s understanding: it is not enough to consider whether technology and AI are good or bad and their ends good, but to clarify “the underlying vision, whether they treat the human being as material to be perfected or surpassed…or their moral and social progress” (MH, 117). AI “is not morally neutral, since every technical artifact implies decisions and priorities: what it measures, what it ignores, what it optimizes, and how it classifies people and situations… One must ask “what is the design, what idea of ​​person and society is inscribed in the data and models that guide it” (MH, 104).

It is “intrinsically ambiguous, it can defend as well as attack, or the boundary between protection and aggression tends to blur” (MH, 183). It is at this point that Pope Leo makes a strong criticism of two ideologies, transhumanism and posthumanism. These “give total centrality to technology and the dream of overcoming the limits of the human condition” (MH, 116). Transhumanism wants to exponentially exacerbate human capabilities (through biomedicine, body engineering, algorithms) to be more efficient and thus achieve lucrative advantages. Posthumanism “aims to go beyond the human being and connect him in such a way to the machine and the environment an environment that would inaugurate a new stage of evolution” (MH, 116).

Here, the natural limits of human beings are disregarded, and a purely technical “salvation” is promised” (MH 117). We can say that today, as several analysts have pointed out, an idolatry of technology prevails, a true religion. Among us, our world-renowned neuroscientist Miguel Nicolelis, professor in Autin University has publicly denounced this.

It would be lengthy to comment on the various points addressed by the encyclical Magnifica Humanitas. Practically, its scope extends from philosophies of life, through politics (the various radicalisms), economics (financialization and cryptocurrencies), the rescue of the heart, education, the importance of the social imaginary, the issue of work and ecology, culminating in utopias based on digital, technological and cybernetic culture and finally in the civilization of love. This “is not a naive utopia, but a demanding project” (MH 186).

In summary, the intellectual, theological, and spiritual background of the current Pope is evident. He is founded on Saint Augustine (354-430), the inspiration for his Religious Order (Augustinians). As is known, the Bishop of Hippo, one of the geniuses of Western thought, articulates his vision of history in the dialectical interplay between the two cities and the two loves (MH,129-130): the earthly city and the heavenly city, the love of God and neighbor and the love of self. Biblically, this means: building Babel, the prototype of the human being who arrogantly thinks only of himself, forgetting God, and rebuilding Jerusalem, an example of the human being who makes history thinking of God and, from Him, of himself (MH, 130).

Leo XIV updates this dialectic with what is currently happening: a system of surveillance and control over populations, proposed by some digital platforms, especially the most perverse of all, Palantir (to control all the people of a country and use AI for war), and the system of care for the human being, of their respectful relationship with nature and universal fraternity among humans and between them and the Whole. All his reflection presupposes this current confrontation.

 Clearly takes a stand for care, for selfless love, for the perspective of the victims, the poor, and the oppressed. It presents us with a contemporary, highly relevant text, using the language of our time and therefore accessible to all, without sacrificing the gravity and depth of the issues to be considered, addressed, and pursued in a way that generates hope for the possibility of a different world, affectionate, friendly to nature, and open to the Infinite.

In conclusion, we can affirm that the current Pope, following in the footsteps of Saint Augustine and the great doctrinal tradition of the Church on social issues (summarized in the encyclical MH nn. 28-44), re-proposes the theme of the civilization of love (a term coined by Pope Paul VI). He defines it thus: “it consists of translating charity into structures of justice, in giving institutional form to fraternity and considering the other – whether person or people – as a necessary ally for the construction of the common good… Only this love can generate a stable international order, transforming coexistence from a simple armed coexistence into a community of destiny” (MH, 186).

Leonardo Boff,1938, is a Brazilian theologian and belongs to the Earth Charter International Group.