Cuidar, ser cuidado, pero ¿quién cuida del cuidador?

Leonardo Boff*

El ser humano es biológicamente deficiente. Surge entero pero incompleto. A diferencia de los animales que nacen ya con sus órganos especializados, el ser humano no tiene ninguno. Para sobrevivir necesita ser cuidado. Dejado en la cuna sin que nadie lo atienda, no tiene posibilidad de buscar su alimento y poco tiempo después acaba muriendo. Para sobrevivir, necesita buscar su sustento en la naturaleza.

Hay una tradición filosófica que viene del tiempo de César Augusto (la famosa fábula 220 del esclavo Higino) que define el cuidado como la esencia del ser humano. Eso culminó en las minuciosas reflexiones de Martin Heidegger en su clásico Ser y Tiempo. Para él, el cuidado es la condición previa para que surja el ser humano. Este es fruto del cuidado y lo lleva consigo todo el tiempo de su vida. Todos los elementos deben articularse de forma tan cuidadosa que permitan la irrupción del ser humano, hombre y mujer. Una vez en la existencia, tiene que ser cuidado, en caso contrario no sobrevive ni corporal ni espiritualmente.

El cuidado representa una relación amorosa y atenta con la persona con la cual se está implicado. Esto vale para todos los asuntos en los cuales se invierte cariño y preocupación.

Vale igualmente para el proceso cosmogénico como lo confirman los eminentes cosmólogos Brian Swimme y Stephen Hawking: si las cuatro energías fundamentales que regulan el universo (la gravitatoria, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte) no hubiesen trabajado con sutilísimo cuidado y en armonía entre sí, nosotros no estaríamos aquí escribiendo sobre estas cosas.

Y no sólo eso. El ser humano siente que necesita ser cuidado por toda una serie de dispositivos (holding), para seguir adelante con su vida y sus quehaceres, y al mismo tiempo percibe una predisposición para cuidar de los otros.

Cuidar y ser cuidado son existenciales en el lenguaje heideggeriano (estructuras permanentes), indisociables de la vida humana en cuanto humana Esta reciprocidad entre cuidar y ser cuidado fue analizada detalladamente por el psicólogo inglés D. Winnicott (Todo comienza en casa, Matins Fontes, São Paulo 1999) al cuidar de los huérfanos de los bombardeos nazis sobre Londres que le permitieron desarrollar toda una escuela de psicología fundada en el cuidado (care) y en  concern (preocupación por el otro).

En este contexto del cuidado hay que mencionar el arquetipo del cuidado con referencia a la salud que fue la enfermera inglesa Florence Nightingale (1820-1910). Humanista y profundamente religiosa, decidió mejorar el modelo de la enfermería en su país. Visitó lugares donde se practicaba una enfermería alternativa, más enfocada en el paciente que en los medios convencionales de curación existentes.

Encontró una oportunidad para probar su método. Se estaba desarrollando la cruel guerra de Crimea en Turquía, donde se usaban bombas de fragmentación que producían muchos heridos. En 1854 Florence con otras 28 compañeras se desplazaron al campo de guerra. Aplicando en el hospital militar estrictamente la práctica del cuidado, en 6 meses redujo el número de muertes del 42% al 2% . Ese éxito le trajo notoriedad. Al volver de la guerra, creó en USA una red hospitalaria que aplicaba el cuidado con admirable éxito.

Como estamos abordando un tema que interesa principalmente a los médicos/as, enfermeros/as y técnicos de salud, detengámonos en esta cuestión. Efectivamente, el cuidado constituye la ética natural de los trabajadores de la salud. Estos son, por excelencia, curadores. Lo que hacen es algo mesiánico, si por mesiánico entendemos bíblicamente aquella actitud que se compadece, se solidariza, acompaña todas las fases de la enfermedad de un paciente hasta curarlo o ayudarlo a hacer su tránsito.

Como son seres humanos, con una misión a veces extenuante, están sujetos a la vulnerabilidad de la condition humaine: a momentos de desamparo, cansancio y desánimo. Aquí surge la pregunta: ¿quién cuida del cuidador?, se preguntaba el médico Dr. Eugênio Paes Campos en un libro con ese título, en el que narra las experiencias de una unidad de cuidado (Vozes 2005). Hay momentos en que los trabajadores y trabajadoras de salud sienten que necesitan ser cuidados. De cuidadores pasan a ser cuidados.

Lógicamente cada persona precisa enfrentarse con sentido de resiliencia (saber dar la vuelta por encima) a sus situaciones problemáticas. Pero ese esfuerzo no sustituye al deseo de ser cuidado.

Es el momento de constituir en una unidad hospitalaria una comunidad de cuidado, fundada en la voluntad común de asumir la postura de cuidado con aquellos trabajadores de la salud que se sienten sin fuerzas para continuar. Necesitan un hombro, una palabra de consuelo y un gesto de apoyo para su superación.

Cuando esta comunidad existe y reinan relaciones horizontales de confianza y de cooperación mutua, se superan las dificultades provocadas por la necesidad de ser cuidado. Quien cuida necesita también ser cuidado. Y hay que aprender a hacerlo de manera que nadie se sienta humillado o disminuido, sino que por el contrario ayude a estrechar los lazos y a crear el sentimiento de una comunidad no sólo de trabajo sino también de destino.

Feliz el hospital que puede contar con una comunidad de cuidadores. No habrá trabajadores de salud “prescribidores” de recetas y aplicadores de fórmulas sino “cuidadores” de enfermos que buscan salud. Entonces resurge el ánimo y la voluntad de seguir cuidando enfermos.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y ha escrito El cuidado necesario, Trotta 2012.

¿Es posible la felicidad en un mundo convulso como el nuestro?

Leonardo Boff*   

La felicidad es uno de los bienes más ansiados por el ser  humano. Pero no es posible comprarla en el mercado, ni en la bolsa, ni en los bancos. A pesar de esto, en torno a ella se ha creado toda una industria que viene con el nombre de autoayuda. Con trozos de ciencia y de psicología se busca ofrecer una fórmula infalible para alcanzar “la vida que has soñado siempre”.

Confrontada, sin embargo, con el curso indiscutible de las cosas, se muestra insostenible y falsa. Curiosamente, la mayoría de los que buscan la felicidad intuye que no puede encontrarla en la ciencia pura o en algún centro tecnológico. Acude a un pai o mãe de santo o a un centro espiritista o frecuenta un grupo carismático o consulta a un gurú, lee el horóscopo o estudia el I-Ching de la felicidad. Tiene conciencia de que el logro de la felicidad no está en la razón analítica y calculatoria sino en la razón sensible y en la inteligencia emocional y cordial. Porque la felicidad debe venir de dentro, del corazón y de la sensibilidad.

Dicho en pocas palabras, sin otras mediaciones no se puede ir directo a la felicidad. Quien lo hace es casi siempre infeliz. Bien decía un poeta popular: “Entre sueño y realidad es muy distinto el matiz. Quien sueña felicidad es casi siempre infeliz”. La felicidad resulta de algo anterior: de la esencia del ser humano y de un sentido de justa medida en todo.

La esencia del ser humano reside en la capacidad de relacionarse. Él es un rizoma de relaciones, cuyas raíces apuntan en todas las direcciones. Sólo se realiza cuando activa continuamente su panrelacionalidad, con el universo, con la naturaleza, con la sociedad, con las personas, con su propio corazón y con Dios.

Esa relación con el diferente le permite el intercambio, el enriquecimiento y la transformación. De este juego de relaciones, nace la felicidad o la infelicidad en proporción a la calidad de estas relaciones. Fuera de la relación no hay felicidad posible.

Pero esto no basta; es importante vivir un sentido de justa medida en el marco de la condición humana concreta. Esta está hecha de realizaciones y de frustraciones, de violencia y de cariño, de monotonía de lo cotidiano y de emergencias sorprendentes, de salud, de enfermedad, y finalmente de muerte.

Ser feliz es encontrar la justa medida en relación a estas polarizaciones (cf. Mi libro La búsqueda de la justa medida, Vozes 2023). De ahí nace un equilibrio creativo: ni demasiado pesimista porque ve las sombras, ni demasiado optimista porque percibe las luces. Ser concretamente realista, asumiendo creativamente la incompletitud de la vida humana, intentando, día a día, escribir derecho con líneas torcidas. Algunos acentúan más el pesimismo como Ariano Susassuna que se identifica como un pesimista esperanzado. Antonio Gramsci, gran teórico del marxismo humanista decía: “soy pesimista de inteligencia, pero optimista de voluntad”.

La felicidad depende de esta ars combinatoria especialmente cuando nos enfrentamos a límites inevitables, como por ejemplo, las frustraciones avasalladoras y la muerte inevitable; la iracundia sagrada ante el genocidio perpetrado por Israel en la Franja de Gaza; la ola de odio que se extiende por el mundo, el feminicidio diario y las muertes cotidianas de personas LGBTQ+.

Pero no basta con rebelarse ante estas tragedias ni tampoco resignarse porque no podemos cambiarlas. Todo cambia si somos creativos: si hacemos de los límites fuente de energía y de crecimiento. Es lo que llamamos resiliencia: el arte de sacar provecho de las dificultades y de los fracasos. Tal situación es una forma de buscar una humanización más profunda.

Aquí tiene su lugar un sentido espiritual de la vida, que es más que la religiosidad, sin el cual la felicidad no se sostiene a medio y largo plazo. Entonces aparece que la muerte no es enemiga de la vida, sino un salto hacia otro orden más alto. Si nos sentimos en la palma de las manos de Dios, nos serenamos. Morir es sumergirse en la Fuente. De esta forma, como dice Pedro Demo, el pensador que mejor estudió en Brasil la “Dialéctica de la Felicidad” (en tres volúmenes, por Vozes): ”Si no podemos traer el cielo a la tierra, podemos por lo menos acercar el cielo a la tierra”. Esta es la sencilla y posible felicidad que podemos penosamente conquistar como hijos e hijas de Adán y Eva.

En todos los casos, el camino más seguro es que alguien será tanto más feliz cuanto más felices haga a otros y cultive indignación y compasión contra las perversidades que ocurren en nuestro país y en el mundo.

*Leonardo Boff, ecoteólogo, filósofo y escritor.

Traducción de MªJosé Gavito Milano

La Tierra como “Placa de Petri”, ¿señal de nuestra extinción?

Leonardo Boff*

Lynn Margulis y Dorion Sagan, notables científicos, en el conocido libro Microcosmos (1990) afirman con datos de los registros fósiles y de la propia biología evolutiva que una de las señales del colapso próximo de una especie es su rápida superpoblación.

Tal colapso puede ser verificado con microorganismos colocados en una Placa de Petri (placas de vidrio con colonias de bacterias y nutrientes superpuestas). Por una especie de instinto, poco antes de alcanzar los bordes de la placa y agotarse los nutrientes, se multiplican de forma exponencial. Y de repente mueren todas. ¿No estaríamos nosotros en la ruta de crecimiento exponencial de la población humana y expuestos a desaparecer? Los datos apuntan hacia esa eventualidad.

La humanidad necesitó un millón de años para llegar en 1850 a mil millones de personas. En 1927 alcanzamos los 2 mil millones; en  1960 3 mil millones; los 4 mil millones en 1974; 5 mil millones 1987; 6 mil millones en 1999; 7 mil millones en 2011; y finalmente 8 mil millones en 2023. Se estima que hacia 2050 alcanzaremos la meta límite de 10-11 mil millones de habitantes. Esto significa que la humanidad ha crecido en mil millones de habitantes cada 12-13 años, un crescendo de hacer pensar.

Es el triunfo innegable de nuestra especie. Pero es un triunfo que puede amenazar nuestra supervivencia en el planeta Tierra, por efecto de la superpoblación y porque hemos sobrepasado en un 64% la capacidad de regeneración del planeta vivo, la Tierra.

Para la humanidad, comentan los autores, como consecuencia del crecimiento rápido de la población, el planeta Tierra puede mostrarse idéntico a una Placa de Petri. En efecto, ocupamos casi toda la superficie terrestre, dejando solo un 17% libre, por ser inhóspita como los desiertos y las altas montañas nevadas o rocosas.

Lamentablemente, según varios científicos, hemos inaugurado una nueva era geológica, el antropoceno. De homicidas, etnocidas y ecocidas nos hemos vuelto biocidas, pues somos los que más amenazan y destruyen la vida de la naturaleza. Sabemos por las ciencias de la vida y de la Tierra que todos los años desaparecen naturalmente o por la agresión humana cientos de especies, después de haber vivido millones de años sobre el planeta.

La extinción de especies es parte de la evolución de la propia Tierra que ha conocido por lo menos seis grandes misteriosas extinciones en masa. Son notorias las del Devónico hace 370-360 millones de años que barrió del mapa el 70-80% de todas las especies y la del Pérmico, de hace 250 millones de años, llamada también “La Gran Muerte” en la cual el 95% de los organismos vivos se extinguieron. La última, la sexta, está ocurriendo ante nuestros ojos con el antropoceno, en el cual, nosotros los humanos, según el gran biólogo fallecido E.O.Wilson hemos extinguido entre 70-100 mil especies de organismos vivos.

El hecho es que la superpoblación humana ha tocado los límites de la Tierra. ¿Conoceremos también nosotros el mismo destino de las bacterias dentro de la Placa de Petri que, alcanzado un punto alto de superpoblación, de repente acaban muriendo?

Nos preguntamos ¿será que en el proceso evolutivo ha llegado nuestro turno de desaparecer de la faz de la Tierra? La hipótesis de que el planeta habitado de forma tan acelerada por tantos miles de millones de seres humanos se ha vuelto efectivamente una Placa de Petri gana todo su sentido.

Solamente que esta vez la extinción no sería por un proceso natural, aunque misterioso, sino por la propia acción humana. Nuestra civilización industrialista y sin corazón, en su afán de poder y de dominación, ha creado algo absolutamente irracional: el principio de autodestrucción, mediante varios tipos de armas letales de toda la vida, también de la nuestra.

Lo peor ya lo hemos hecho: cuando el Hijo de Dios se encarnó en nuestra carne caliente y mortal, nosotros lo rechazamos, lo condenamos en un doble juicio, uno religioso y otro político, y lo asesinamos, clavándolo en una cruz fuera de la ciudad, como señal de maldición.

Después de ese acto nefasto y abominable, todo es posible, hasta nuestra propia destrucción. Exterminarnos a nosotros mismos es menos grave que matar al mismo Hijo de Dios, que pasó por este mundo haciendo solamente el bien. “Vino a lo que era suyo y los suyos no le recibieron” constata con infinita tristeza el evangelista Juan (Jn 1,11).

Pero consolémonos: él resucitó, se mostró como “el ser nuevo” (“novissimus Adam: 2Cor 15,45), libre ya de tener que morir y en la plenitud de su humanidad. Sería una revolución en la evolución y la muestra anticipada del fin bueno de toda la vida.

Para los profesantes de la fe, creemos y esperamos que el Spiritus Creator pueda aún iluminar las mentes humanas para que tomen conciencia del riesgo de desaparecer y acaben volviendo a la racionalidad cordial, sabiendo retroceder y definiendo un camino de amorosidad, de piedad y de compasión hacia todos sus semejantes, la naturaleza y la Madre Tierra. Entonces aún tendríamos futuro. Así lo queremos y lo quiera también el Creador.

*Leonardo Boff ha escrito Cuidar la Tierra–proteger la vida: cómo escapar del fin del mundo, Record, Rio de Janeiro 2010; Cuidar de la Casa Común: pistas para retrasar el fin del mundo, Vozes, Petrópolis 2023.

   Nos salvaremos en base al principio-esperanza

            Leonardo Boff*

La gran inundación que está asolando Río Grande del Sur es una de las señales más inequívocas, dada por la Madre Tierra, de los efectos extremadamente dañinos del cambio climático. Ya estamos dentro de ese cambio. Es inútil que los negacionistas se nieguen aceptar ese dato. Los hechos hablan por sí solos. Dentro de poco llegará a la vida de todos, ricos y pobres, como llegó a todos en la mayoría de las ciudades ribereñas de ese estado. 

Ha habido una sorprendente aceleración del proceso de calentamiento global y no se ha cumplido lo que se decidió en el Acuerdo de París de 2015, en el que se preveía una reducción drástica de los gases de efecto invernadero para no aumentar la temperatura más  de 1,5ºC hasta 2030. No se hizo casi nada: en 2022 fueron lanzadas a la atmófera 37.500 millones de toneladas de CO² y en 2023 40.800 millones de toneladas. Todo ha sido excesivo. Por esta razón algunos climatólogos sostienen que llegará antes de 2030 como estaba previsto, el calentamiento se ha anticipado. Hacia 2026-2028 el clima de la Tierra se estabilizaría en torno a los 38-40ºC y en algunos lugares valores todavía más elevados.

Nuestro cuerpo tiene una temperatura de 36,5ºC. Imaginen si la temperatura ambiente se mantiene por la noche a 38ºC. Muchas personas, entre ellas los mayores y los niños, no lo aguantarán y podrían hasta morir. Y para todos será una gran agonía. Sin mencionar la pérdida de la biodiversidad y de las cosechas de alimentos, necesarios para la supervivencia. 

Quien ha visto claro este estado de la Tierra fue un representante de los pueblos originarios, que se sienten Tierra y parte de la naturaleza, un lider yanomami Dário Kopenawa: “La Tierra es nuestra madre y está sufriendo desde hace mucho tiempo. Como un ser humano que siente dolor, ella siente cuando invasores, el agronegocio, las compañías mineras y petroleras derriban miles de árboles y cavan profundo en el suelo, en el mar. Ella está pidiendo ayuda y dando avisos para que los no indígenas dejen de arrancar la piel de la Tierra”.

Como continuamos arrancando la piel de la Tierra y agravando el cambio climático, el potencial de esperanza ha llegado al límite. Los científicos dejan claro que la ciencia y la técnica no podrán revertir esta situación, solo advertir la llegada de eventos extremos y mitigar sus consecuencias desastrosas. Hemos llegado a la situación global que tenemos simplemente porque gran parte de la población no conoce la real situación de la Tierra y la mayoría de los jefes de Estado y CEOs de las grandes empresas prefieren continuar con la lógica de la producción ilimitada, arrancada de la naturaleza, y del consumo sin límites, a oír las advertencias de las ciencias de la Tierra y de la vida. No hemos hecho los deberes. Ahora ha llegado la factura amarga. 

Lo que ha ocurrido en el sur de Brasil es solo el principio. Los desastres ecológicos van a repetirse con más frecuencia y de forma cada vez más grave en todas partes del planeta.

¿Adónde vamos a buscar energías para todavía creer y esperar? Como sabiamente se ha dicho: “cuando ya no hay razón para creer, comienza la fe; cuando ya no hay razón para esperar, comienza la esperanza”. Como dijo con acierto el autor de la epístola a los Hebreos (en los años 80): “La fe es el fundamento de lo que se espera y la convicción de las realidades que no se ven” (11,1). La fe ve lo que no se ve con los simples ojos carnales. La fe ve con los ojos del espíritu, que es nuestra profundidad, la posibilidad de un mundo que está por venir, pero que seminalmente, aunque todavía invisible, está entre nosotros. Por eso la fe se abre a la esperanza que es ir siempre más allá de lo dado y verificado. La fe y la esperanza fundan el mundo de las utopías que forcejan por realizarse históricamente.

Aquí entra el principio-esperanza. El filósofo alemán Ernst Bloch acuñó la expresión principio-esperanza. Es un motor interior que siempre está funcionando y alimentando el imaginario y el inagotable potencial de la existencia humana y de la historia. El Papa Francisco en la Fratelli tutti afirma: “la esperanza nos habla de una realidad enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y de los condicionamientos históricos en que vive” (n. 55). Asumir este principio-esperanza hoy, en esta nueva fase de la Tierra, es extremadamente urgente.

El principio-esperanza es el nicho de todas las utopías. Permite proyectar continuamente nuevas visiones, caminos nuevos todavía no recorridos y sueños viables. El sentido de la utopía es que siempre sigamos caminando (Eduardo Galeano), superando siempre las dificultades y mejorando la realidad. Como humanos somos seres utópicos. El principio-esperanza nos podrá salvar y abrir una dirección nueva para la Tierra y sus hijos e hijas.

¿Cuál es nuestra utopía mínima, viable necesaria? Ella implica ante todo buscar la humanización del ser humano. Él se ha deshumanizado, pues se ha transformado en el ángel exterminador de la naturaleza. Sólo recuperará su humanidad si empieza a vivir a partir de lo que es en su naturaleza: un ser de amorización, de cuidado, de comunión, de cooperación, de com-pasión, un ser ético y un ser espiritual que se responsabiliza de sus acciones para que sean beneficiosas para todos. Por no haber dado espacio a estos valores y principios hemos sido empujados a la crisis actual que nos puede llevar al abismo. 

Esa utopía viable y necesaria se concreta siempre, si aún tenemos tiempo, dentro de las contradicciones inevitables en todos los procesos históricos. Pero ella será un nuevo horizonte de esperanza que alimentará el camino de la humanidad hacia su futuro. 

De esta óptica nace una nueva ética. Por todos lados surgen fuerzas seminales que buscan y ya ensayan un nuevo modelo de comportamiento humano y ecológico. Representará aquello que Pierre Teilhard de Chardin desde su exilio en China en 1933 llamaba la noosfera. Sería aquella esfera en la que las mentes y los corazones (noos en griego) entrarían en una nueva sintonía fina, caracterizada por la amorización, por el cuidado, por la mutualidad entre todos, por la espiritualización de las intencionalidades colectivas.

En medio de tanto abatimiento y melancolía por la situación grave del mundo, en eso creemos y esperamos.

*Leonardo Boff ha escrito Habitar la Tierra, Vozes 2022; Cuidar de la Casa Común: pistas para posponer el fin del mundo, Vozes 2024.

Traducción de Mª José Gavito Milano