¿Es posible superar la actual crisis sistémica?

Leonardo Boff*

Retomo el tema “Vectores de la crisis sistémica: erosión de la ética y asfixia de la espiritualidad”, que están en la raíz de la actual crisis. Interrumpimos para reflexionar sobre la clara manifestación clara del cambio climático en curso, que ha causado devastadoras inundaciones en Rïo Grande del Sur. Es una de las señales que Gaia, la Madre Tierra nos está dando de que ya no soporta más el modo capitalista de habitar el planeta. Cerca de dos billones de toneladas de gases de efecto invernadero se mantienen suspendidos en la atmósfera y permanecen en ella cerca de cien años. ¿Cómo va a poder digerir la Tierra toda esta inmundicia?

El modo capitalista de producción se caracteriza fundamentalmente por considerar la Tierra no como algo vivo y sistémico, sino como un baúl lleno de recursos a ser explotados para beneficio humano, en especial para beneficio de aquellos que se adueñan del tener, del saber y del poder sobre tales recursos y sobre el curso de la historia. Ese sistema se impone sin ningún sentido del límite, del respeto y del cuidado hacia los ecosistemas. Encuentra su expresión política en el neoliberalismo, dominante en casi todas las sociedades, pero no entre los pueblos  originarios que se sienten naturaleza y la cuidan.

Además del eclipse de la ética y de la asfixia de la espiritualidad en el mundo actual, quisiera añadir algunos otros datos. El primero, en las palabras del Papa Francisco en la Laudato Sì: “Nadie puede ignorar el hecho de que en los últimos años hemos presenciado fenómenos meteorológicos extremos, periodos frecuentes de calor anormal, sequías severas”. Igual que ha ocurrido este mayo en el Sur del país, ocurrieron simúltaneamente inudaciones enormes en Alemania, en Francia, en Bélgica y en Afganistán.

Otro punto es la Sobrecarga de la Tierra (Earth Overshoot): necesitamos más de una Tierra y media para atender el consumo, especialmente el de las clases opulentas del Norte Global. Pretenden sacar de la Tierra aquello que ella ya no puede dar. En respuesta, por ser un Superorganismo vivo, reacciona con más calentamiento, con el envío de una gama de virus y con los referidos eventos extremos.

A petición de la ONU, un grupo de científicos definió las nueve fronteras planetarias (planetary boundaries) que deben mantenerse para garantizar la estabilidad y la resiliencia del planeta: cambio climático, integridad de la biosfera, cambio en el uso del suelo, disponibilidad de agua dulce, flujos biogeoquímicos, representados por los ciclos de nitrogéno y fósforo, acidificación de los océanos, carga de aerosoles en la atmósfera, agotamiento de la capa de ozono y las llamadas “nuevas entidades” (partículas que no existían en la naturaleza y han sido introducidas por la acción humana, como microplásticos, transgénicos y residuos nucleares). Se ha comprobado que seis de las nuevas fronteras ya han sido cruzadas. Como están articuladas sistémicamente puede darse el efecto dominó: que todas caigan. Entonces la civilización colapsaría.

Es cierto lo que muchos científicos han atestiguado: la ciencia y la técnica no consiguen detener el cambio climático, solo pueden advertirnos de su llegada y disminuir los efectos dañinos. Así y todo cabe la pregunta: ¿tenemos la oportunidad de salir de la crisis sistémica?

Depende de nosotros, si aceptamos cambiar o continuar en el mismo camino. Como bien señaló Edgar Morin: “La historia ha mostrado varias veces que el surgimiento de lo inesperado y la aparición de lo improbable son plausibles y pueden cambiar el rumbo de los acontecimientos”. El ser humano puede concientizarse y trazar otro rumbo. Por ser un proyecto infinito y habitado por el principio esperanza, dentro de él hay virtualidades que, desentrañadas, podrán instaurar una salida salvadora. Pero antes debemos decir enfáticamente: tenemos que inviabilizar el proyecto capitalista, ya sea mediante la rebelión de las víctimas o de la naturaleza, pues es un proyecto suicida: en su lógica de acumulación infinita dentro de un planeta finito puede seguir con su locura hasta volver la Tierra inhabitable. Pero si comenzó un día, también puede desaparecer un día. Nada es perpetuo.

Las grandes narrativas del pasado no nos van a sacar de la crisis.  Tenemos que auscultar nuestra propia naturaleza. En ella están los principios y valores que, activados, incluso en grandes dificultades, nos pueden salvar.

En primer lugar, tenemos que definir el punto de partida. Es el territorio, el biorregionalismo. En la región, así como la diseñó la naturaleza, podemos construir sociedades sostenibles y más igualitarias. Enumeremos los valores que hay en nosotros

Como los bioantropólogos han mostrado el amor pertenece al ADN humano. Amar significa establecer una relación de comunión, de reciprocidad, de entrega desinteresada y de sacrificio de sí en función del otro. Amar la Tierra y la naturaleza implica crear un lazo de cariño con ellas: sentirse unido a ellas. Sabemos cada vez más que todos los seres vivos poseen el mismo código genético de base (20 aminoácidos y 4 bases nitrogenadas). Somos de hecho hermanos y hermanas, entre nosotros y con todos los demás seres. Pero no basta saberlo, hay que sentirlo y vivenciar el lazo de comunión. Además, el estudio de la evolución del ser humano (que tiene 7-8 millones de años y como sapiens/demens unos 200 mil años) reveló que fue la solidaridad al buscar y consumir alimentos juntos, creando la comensalidad, lo que permitió el salto de la animalidad a la humanidad. Somos seres naturalmente solidarios, como lo han mostrado los millones de ayudas a los damnificados y afectados por las inundaciones en el Sur del país. Somos también seres de compasión: podemos ponernos en el lugar del otro, llorar con él, compartir sus angustias y no dejarlo nunca solo. Somos también seres de cultura, de creación de lo bello, en las artes, la música, la pintura, la arquitectura. Podemos hacer aquello que la naturaleza por sí misma no haría jamás, como una música de Villalobos o una pintura de Portinari. Como dijo Dostoievski: “la belleza salvará al mundo”. No la belleza como mera estética, sino la belleza como actitud de estar junto a un moribundo dándole la mano y diciéndole palabras de consuelo: “si tu corazón te acusa, sabe que Dios es mayor que tu corazón”. Somos, desde la más remota antigüedad, cuando emergió el cerebro límbico hace 200 millones de años, seres de afecto y de sensibilidad. En el corazón sensible reside la ternura, la ética y el mundo de las excelencias. Ya lo escribí en el artículo anterior: somos, en lo más profundo de nuestra humanidad, seres espirituales. Somos capaces de identificar aquella Energía vigorosa y amorosa que se esconde dentro de cada criatura y en nuestro interior (entusiasmo) y la hace continuamente existir y co-evolucionar. Como seres espirituales vivimos el amor incondicional, el cuidado hacia todo lo que existe y vive y alimentamos la esperanza de una vida que va más allá de esta vida. Nos acompañan también sombras que pueden revertir el amor en indiferencia y la solidaridad en insensibilidad. Pero disponemos de una fuerza interior, no para negarlas sino para mantenerlas bajo control y hacer que sean energías para el bien.

Una biocivilización, fundada sobre tales valores y principios, puede abrir una senda inicial, capaz de transformarse en un largo camino, marcar hitos en el caminar y vislumbrar una luz al final del túnel. Todo eso puede ser conquistado con mucho sudor y lucha contra aquello que fuimos un día (enemigos de la Tierra) y a favor de una nueva forma de habitar amigablemente este pequeño y único planeta que tenemos, nuestra Casa Común, la generosa Madre Tierra.

El caballo Caramelo como metafora del cambio climatico

 Leonardo Boff*

Escena impactante y conmovedora: a su alrededor sólo las aguas turbias de las inundaciones, casas cubiertas hasta el tejado, y de pronto sobre un tejado despunta un caballo: dos patas a un lado y las otras dos al otro lado de la cumbrera de la casa.

Se quedó ahí, impasible, noche y día, durante 2-3 días, sin poder moverse. Cualquier movimiento podía hacerle resbalar y precipitarse en el mar de aguas fangosas. Habría muerto ahogado.

El caballo representa una metáfora de la resiliencia, de la esperanza esperante de ser salvado por una alma compasiva; metáfora también de la naturaleza que, puesta en peligro de desaparecer, se obstina en permanecer sustentada en sus propias fuerzas. Otra metáfora, y esta, siniestra, del descuido humano que permitió que las aguas se rebelasen y destruyesen todo lo que encontraban a su paso: personas, casas, animales, iglesias, escuelas, universidades, museos. A la furia de las aguas parece no importarle todo lo que los seres humanos con sudor y lucha han construido.

Hay que admitir que nosotros no hemos respetado los derechos de la naturaleza con su valor intrínseco, ni puesto bajo control nuestra voracidad de devastarla para el enriquecimiento de algunos a costa de la miseria de las grandes mayorías y del equilibrio ecológico del planeta. La consecuencia ha sido el cambio climático, el calentamiento irreversible de la Tierra que causan eventos extremos como estas inundaciones de gran parte de las ciudades de Río Grande del Sur. ¿Estas imágenes, provenientes del inconsciente del caballo, de sus ancestros, no estarían pasando por la cabeza de Caramelo?

Las nuevas ciencias del universo, de la Tierra y de la vida (cito solo tal vez al mayor representante actual de ellas, el cosmólogo Brian Swimme de California, al lado de Fitjof Capra, Mark Hathaway, Humberto Maturana de Chile y Amit Goswami de India entre tantos otros), proyectaron el paradigma cosmogénico que es el inmenso y complejo proceso de evolución del universo y la lenta emergencia dentro de él de todos los seres.

Estos científicos sustentan que el espíritu es un atributo del universo y no sólo de los seres humanos. Él sería tan ancestral como la materia. Desde el momento en que dos partículas elementales (¿bosons, topquarks?) se formaron y entraron en relación, establecieron el inicio de eso que llamamos espíritu: la capacidad de interacción, de establecer relaciones de todos con todos y de acumular informaciones. La matriz relacional subyace a todo el universo y a cada uno de los seres que existen en él. Es la presencia del espíritu. Hay grados diferentes de realización del mismo principio, pero el principio es el mismo: la panrelacionalidad universal.

Un grado de espíritu se da, por ejemplo, en la montaña, inconsciente e irreflexivo; otro grado, tal vez el más elevado, en el ser humano, consciente y reflejo. La montaña se relaciona con las energías del universo, con los rayos del sol, con los vientos, las lluvias, los pájaros y con la persona que la contempla, extasiado. Es la presencia de su espíritu. Nosotros nos relacionamos con nosotros mismos, con los otros, con la naturaleza, con el sol, con las estrellas y con todo el  universo visible (sólo el 5%, lo restante es invisible) y con el Infinito. Todo este haz de relaciones diferenciadas constituyen la realidad del espíritu que impregna todas las cosas. Es nuestro de forma consciente y auto-reflexiva. En su grado de espíritu Caramelo percibió la tragedia que estaba ocurriendo.

Sabemos también que la realidad se presenta bajo tres formas: como energía, como materia y como información. Me ciño a la información. Cada vez que los seres se relacionan dejan marcas los unos en los otros, intercambian informaciones y las acumulan.

Por tratarse de espíritu, en cada ser, especialmente en los vivos, hay imágenes formadas por interminables relaciones/informaciones, desde los más ancestrales hasta los más recientes. C.G.Jung las llamaría  arquetipos. Hay momentos en que los más ancestrales irrumpen como imágenes acumuladas en el inconsciente colectivo de su especie “caballo”

Aplicándolo al caballo Caramelo: en esa larga espera esperante, posiblemente inundaron su mente imágenes ancestrales: la vaga imagen de su aparición hace 56 millones de años, como un pequeño herbívoro del tamaño de un perro. Vivía en los bosques y después en las suaves praderas norteamericanas. Se fue desarrollando hasta convertirse en el caballo de las proporciones actuales. Entonces atravesó, por el polo norte, el puente de tierra de Bering y llegó a Asia. Había cientos de especies de caballos.

A nosotros nos interesa el caballo doméstico como Caramelo. Este surgió hace entre cuatro y cinco mil años, según datos arqueológicos, en Eurasia Occidental, más precisamente en el sur de Rusia, en la intersección de los ríos Volga y Don. Su domesticación empezó probablemente en Kazajistán hace unos 4 mil años.

Entonces comenzó su saga: en su mente emergieron probablemente las imágenes de las distintas formas como fue tratado el caballo doméstico: como caballo fuerte de tracción y uso en la agricultura, caballo más esbelto, de carroza, al servicio de reyes y reinas, caballo de carrera y entretenimiento, caballo para caza, por eso más ágil y atento a cualquier ruido. Pero principalmente fue usado para la guerra, como caballo más resistente y veloz. Luego fue usado como caballo montado por policías a fin de mantener el orden y reprimir manifestaciones indeseadas por los poderes establecidos. Pero la convivencia con los humanos lo volvió un ser afectuoso e incluso terapéutico.

Siempre estuvo al servicio de los seres humanos, con excepción de los caballos salvajes que vivían y viven en grupos en los bosques. Puedo imaginar que tales imágenes arquetípicas emergieron en la mente de Caramelo, en aquellas horas de soledad y de miedo, durmiendo de pie como es costumbre de los caballos. Pero seguramente con cierto orgullo, recordaba que ellos, los caballos, realizaron la primera globalización, pues ellos estaban en todas partes del planeta, tornando las distancias más próximas y accesibles.

Por fin, posiblemente en la mente de Caramelo surgió la figura del ser humano que siempre lo usó y se hizo agresor, hostil a los ritmos de la naturaleza, devastador de los bienes y servicios esenciales para la vida. El resultado de este comportamiento ha ocasionado el cambio climático, ya irreversible, que está en la base de la tragedia que ha victimizado vidas y tantos bienes materiales y culturales. Él mismo está siendo víctima, junto con sus hermanos perros y gatos. Caramelo, heredero de experiencias de su raza, debe haber sentido eso.

Él, en su espíritu, se habría preguntado: ¿será que en los seres humanos se ha extinguido la compasión, la solidaridad y el amor? Cuando vio que se aproximaban barcos para salvarlo, su mente se despejó. Se dio cuenta de que en ellos existía todavía solidaridad y compasión. Por eso se movieron para sacarme sano y salvo de este tejado. Tales figuras surgieron probablemente en su espíritu.

Caramelo fue rescatado con gran dificultad y riesgo. Recibió el agua indispensable y el alimento necesario. Que él nos sirva de lección para que no perdamos la esperanza. Al igual que él fue salvado, nosotros los humanos también podemos salvarnos.

*Leonardo Boff ha escrito “Los animales como portadores de derechos”, en El doloroso parto de la Madre Tierra,Vozes 2021, p.212-217.

Traducción de Mª José Gavito Milano

 Llegó la factura: la tragedia climática en Río Grande del Sur-Brasil

Leonardo Boff*

Interrumpo mi reflexión sobre los vectores de la crisis sistémica actual y las eventuales salidas de la crisis, debido a la tragedia ambiental ocurrida en Río Grande del Sur. Las intensas lluvias y las catastróficas inundaciones, con las aguas invadiendo ciudades  enteras, destruyéndolas en parte, desplazando a centenares de familias, causando miles de desplazados o de desaparecidos y muertos, nos hacen pensar.

Ante todo nuestra profunda solidaridad con las poblaciones alcanzadas por esta calamidad de proporciones bíblicas. Les expresamos nuestra com-pasión, pues como enseñaba Santo Tomás en la Suma Teológica “la compasión en sí es la virtud mayor. Pues hace parte de la compasión derramarse sobre los otros – y lo que es aún más– ayudar en la flaqueza y el dolor de los otros”. Todo el país se movilizó. El pueblo brasilero mostró lo mejor de sí, su capacidad de solidaridad y disposición de ayuda, a pesar de los malvados que explotan la desgracia para fines particulares y mediante mentiras y calumnias.

Sería erróneo pensar que solo se trata de una catástrofe natural, dado que cada cierto tiempo ocurren fenómenos semejantes. Esta vez la naturaleza de la tragedia tiene otro origen. Tiene que ver con la nueva fase en la que ha entrado el planeta Tierra: el establecimiento de una nueva etapa, caracterizada por el aumento del calentamiento global. Todo esto es de origen antropogénico, es decir, producido por los seres humanos y más específicamente por el capitalismo anglo-sajón, devastador de los equilibrios naturales.

Hay negacionistas en todas las esferas, especialmente entre los CEOS de las grandes empresas y en aquellos que se sienten bien en una posición de privilegio, asentados sobre una situación de confort. Pero la avalancha de trastornos en los climas, la irrupción de eventos extremos, las oleadas de calor intenso y de sequías severas, los grandes incendios, los tornados y la inundaciones pavorosas constituyen fenómenos innegables. Está tocando la piel de los más resistentes. Ellos también han comenzado a pensar.

Considerando la historia del planeta, que existe ya desde hace más de 4 mil millones de años, constatamos que el calentamiento global participa de la evolución y del dinamismo del universo; este está siempre en movimiento y adaptándose a las circunvoluciones energéticas que vienen sucediendo a lo largo del proceso cosmogénico. Así el planeta Tierra conoció muchas fases, algunas de frío extremo, otras de extremo calor como hace 14 millones de años. En esta época de calor extremo todavía no existía el ser humano que solamente irrumpió en África hace 7-8 millones de años y el homo sapiens actual hace solo 200 mil años.

El propio ser humano pasó por varias etapas en su diálogo con la naturaleza: inicialmente predominaba una interacción pacífica con ella; luego pasó a una intervención activa en sus ritmos, desviando cursos de ríos para la irrigación, cortando territorios para carreteras; después pasó a una verdadera agresión a la naturaleza, precisamente a partir del proceso industrialista que se aprovechó de los recursos naturales para la riqueza de algunos a costa de la pobreza de las grandes mayorías; esta agresión ha conducido, mediante tecnologías eficientes, a una verdadera destrucción de la naturaleza, al devastar ecosistemas enteros por la deforestación, en función de la producción de commodities, por el mal uso del suelo impregnándolo de agrotóxicos, contaminando las aguas y los aires. Estamos en plena fase de destrucción de las bases naturales que sustentan nuestra vida. Digamos el nombre: es el modo de producción/devastación del sistema capitalista anglosajón hoy globalizado, con sus mantras: maximización del lucro a través de la superexplotación de los bienes y servicios naturales, en el marco de una feroz competición sin el más mínimo atisbo de colaboración.

Este proceso ha tenido un gran coste, que ni siquiera ha sido tenido en cuenta por los operadores de este sistema. Los daños naturales y sociales han sido considerados como efectos colaterales que no entraban en la contabilidad de las empresas. Al estado y no a ellos cabía enfrentar tales tasas de iniquidad.

La Tierra viva empezó a reaccionar enviando virus, bacterias, todo tipo de enfermedades, huracanes, fuertes tempestades y finalmente un aumento de su temperatura natural, que ha entrado en ebullición. Hemos iniciamos un camino sin vuelta. Son los gases de efecto invernadero: el CO2, el metano (28 veces más dañino que el CO2), el óxido nitroso y el azufre, entre otros. Sólo en 2023 fueron lanzados a la atmósfera 40,8 millones de toneladas de dióxido de carbono, según consta en el informe de la COP 28, realizada en el Cairo.

Veamos los niveles de crecimiento de ese gas: en 1950 las emisiones eran de 6 mil millones de toneladas; en 2000 ya eran 25 mil millones; en 2015 subieron a 35.600 millones; en 2022 fueron 37.500 millones y finalmente en 2023, como referimos, fueron 40.900 millones de toneladas anuales. Ese volumen de gases funciona como una estufa, impidiendo que los rayos del sol retornen al universo, creando una capa caliente que ocasiona el calentamiento de todo el planeta. Hay que añadir que el dióxido de carbono, CO2, permanece en la atmósfera cerca de 100 a 110 años.

¿Cómo puede la Tierra digerir semejante contaminación? El acuerdo de París en la COP de 2015 establecía cotas de reducción de esos gases con la creación de energías alternativas (eólica, solar, de las mareas). Nada sustancial se ha hecho. Ahora ha llegado la factura a ser pagada por toda la humanidad: un calentamiento irreversible que volverá inhabitables algunas regiones del planeta en África, en Asia y también entre nosotros.

Lo que estamos presenciando en Río Grande del Sur es solo el comienzo de un proceso que, al mantenerse el tipo actual de civilización dilapidadora de la naturaleza, tiende a empeorar. Los propios climatólogos alertan: la ciencia y la técnica han despertado demasiado tarde ante este cambio climático. Ahora no podrán evitarlo, solo advertir la llegada de eventos extremos y mitigar sus efectos dañinos.

Tierra y Humanidad deberán adaptarse a este cambio climático. Los mayores y los niños así como muchos organismos vivos tendrán dificultad para hacerlo, van a sufrir mucho y tal vez morir. La Madre Tierra de aquí en adelante conocerá transformaciones nunca antes habidas. Algunas podrán destruir las vidas de miles de personas. Si no lo cuidamos, el planeta entero podrá volverse hostil a la vida de la naturaleza y a nuestra vida. Al final, podríamos hasta desaparecer. Sería el precio de nuestra irresponsabilidad, inhumanidad y descuido de la naturaleza que nos da todo para vivir. No hemos conseguido pagar la factura.

*Leonardo Boff ha escrito Cómo cuidar de la Casa Común: cómo aplazar el fin del mundo, Vozes 2024; El doloroso parto de la Madre Tierra, Vozes 2021; La búsqueda de la justa medida: cómo equilibrar el planeta Tierra, Vozes 2021.

Traducción de MªJosé Gavito Milano

Somos Tierra que piensa, siente, ama y cuida

Leonardo Boff*

Hoy 22 de abril se celebra el día de la Tierra. Ella se ha transformado en la actualidad en el grande y oscuro objeto de la preocupación humana. Nos damos cuenta de que podemos ser destruidos. No por algún meteoro rasante, ni por algún cataclismo natural de proporciones fantásticas, sino por causa de la irresponsable actividad humana, especialmente por el modo de producción capitalista dominante. Se han construido tres máquinas de muerte que pueden destruir la biosfera: el peligro nuclear, la sistemática agresión a los ecosistemas y el cambio climático. Debido a esta triple alarma, hemos despertado de un torpor ancestral. Somos responsables de la vida o de la muerte de nuestro planeta vivo. Depende de nosotros el futuro común, el nuestro y el de nuestra querida casa común: la Tierra que amamos entrañablemente.

Como medio de salvación de la Tierra se invoca la ecología. No solo en su sentido manifiesto y técnico como administración de los recursos naturales, sino como una visión del mundo alternativa, como un nuevo paradigma de relación respetuosa y sinérgica con la Tierra, considerada como un superorganismo vivo (Gaia) que se autorregula.

         Cada vez nos damos más cuenta de que la ecologia se ha transformado en el contexto general de todos los problemas, de la educación, del proceso industrial, de la urbanización, del derecho y de la reflexión filosófica y religiosa. A partir de la ecología se está elaborando e imponiendo un nuevo estado de conciencia en la humanidad que se caracteriza por más benevolencia, más compasión, más sensibilidad, más ternura, más solidaridad, más cooperación, más responsabilidad hacia la Tierra y su preservación.

         La Tierra puede y debe ser salvada. Y será salvada. Ella ya pasó por más de l5 grandes devastaciones y siempre sobrevivió y salvaguardó el principio de la vida. También va a superar los impasses actuales. Pero con una condición: que cambiemos de rumbo, que de amos y señores pasemos a ser hermanos y hermanas entre nosotros y con todas las criaturas. Esta nueva óptica implica una nueva ética de responsabilidad compartida, de cuidado y de sinergia para con la Tierra.

El ser humano, en las distintas culturas y fases históricas, ha revelado esta intuición segura: pertenecemos a la Tierra; somos hijos e hijas de la Tierra; somos Tierra, pues, como se dice en el Génesis, venimos del polvo de la Tierra (Gn 2,7). Por eso hombre viene de humus. Venimos de la Tierra y volveremos a la Tierra. La Tierra no está ante de nosotros como algo distinto de nosotros mismos. Tenemos la Tierra dentro de nosotros. Somos la propia Tierra que en su evolución llegó al momento de autorrealización y de autoconciencia.

         Inicialmente no hay, pues, distancia entre nosotros y la Tierra. Formamos una misma realidad compleja, diversa y única.

         Fue lo que testimoniaron varios astronautas, los primeros en contemplar la Tierra desde fuera de la Tierra. Lo dijeron enfáticamente: desde aquí, desde la Luna o a bordo de nuestras naves espaciales no notamos diferencia entre Tierra y humanidad, entre negros y blancos, demócratas o socialistas, ricos y pobres. Humanidad y Tierra formamos una única entidad espléndida, reluciente, frágil y llena de vigor. Esa percepción es radicalmente verdadera.

         Dicho en términos de la cosmología moderna: estamos formados con las mismas energías, con los mismos elementos físico-químicos dentro de la misma red de conexiones de todo con todo que actúan desde hace 13.700 millones de años, desde que el universo, dentro de una incomensurable inestabilidad (big bang = inflación y explosión), emergió en la forma que existe hoy. Conociendo un poco esta historia del universo y de la Tierra estamos conociéndonos a nosotros mismos y nuestra ancestralidad.

         Cinco grandes actos, nos enseñan los cosmólogos, estructuran el teatro universal del cual somos coactores.

         El primero es el cósmico: irrumpieron las energías y elementos primordiales que subyacen al universo. Comenzó un proceso de expansión y a medida en que se expandía, se autocreaba y se diversificaba. Nosotros estábamos allí en las virtualidades contenidas en ese proceso.

         El segundo es el químico: en el seno de las grandes estrellas rojas (los primeros cuerpos que se densificaron y se formaron hace por lo menos 5 mil millones de años) se formaron todos los elementos pesados que constituyen hoy cada uno de los seres, como el oxígeno, el carbono, el silicio, el nitrógeno etc. Con la explosión de estas grandes estrellas (se volvieron supernovas) tales elementos se esparcieron por todo el espacio, constituyeron las galaxias, las estrellas, los planetas, la Tierra y los satélites de la fase actual del universo. Aquellos elementos químicos circulan por todo nuestro cuerpo, sangre y cerebro.

          El tercer acto es el biológico: de la materia que se complejiza y se enrolla sobre sí misma en un proceso llamado de autopoiesis (autocreación y autoorganización) irrumpió hace 3.800 millones de años la vida en todas sus formas; atravesó gravísimas destrucciones pero siempre subsistió y llegó hasta nosotros en su inconmensurable diversidad.

         El cuarto es el humano, subcapítulo de la historia de la vida. El principio de complejidad y de autocreación encuentra en los seres humanos inmensas posibilidades de expansión. La vida humana surgió y floreció en África hace unos 8-10 millones de años. A partir de ahí, se difundió por todos los continentes hasta conquistar los confines más remotos de la Tierra. El humano mostró una gran flexibilidad; se adaptó a todos los ecosistemas, desde los más gélidos de los polos a los más tórridos de los trópicos, en el suelo, en el sub-suelo, en el aire y fuera de nuestro Planeta, en las naves espaciales y en la Luna.

Finalmente, el quinto acto es el planetario: la humanidad que estaba dispersa, está volviendo a la Casa Común, al planeta Tierra. Se descubre como humanidad, con el mismo origen y el mismo destino de todos los demás seres. Se siente como la mente consciente de la Tierra, un sujeto colectivo, más allá de las culturas singulares y de los estados-naciones. A través de los medios de comunicación globales, de la interdependencia de todos con todos, se está inaugurando una nueva fase de su evolución, la fase planetaria. A partir de ahora la historia será la historia de la especie homo, de la humanidad unificada e interconectada con todo y con todos.

         Sólo podemos entender al ser humano-Tierra si lo conectamos con todo ese proceso universal; en él los elementos materiales y las energías sutiles conspiraron para que él lentamente fuera gestado y, finalmente, pudiese nacer.      

¿Pero qué significa concretamente, más allá de nuestra ancestralidad, nuestra dimensión-Tierra?

Significa, en primer lugar, que somos parte y parcela de la Tierra. Somos producto de su actividad evolutiva. Tenemos en el cuerpo, en la sangre, en el corazón, en la mente y en el espíritu elementos-Tierra. De esta constatación resulta la consciencia de profunda unidad e identificación con la Tierra y con su inmensa diversidad. No podemos caer en la ilusión racionalista y objetivista de situarnos delante de la Tierra como delante de un objeto extraño o como sus amos y señores. En un primer momento hay una relación sin distancia, sin vis-a-vis, sin separación. Somos uno con ella.        

         En un segundo momento, podemos pensar la Tierra, distanciarnos de ella para verla mejor e intervenir en ella. Y entonces sí, nos distinguimos de ella para poder estudiarla y poder actuar en ella más acertadamente. Ese distanciamento no rompe nuestro cordón umbilical con ella. Por tanto, este segundo momento no invalida el primero.      

Haber olvidado nuestra unión con la Tierra fue el error del racionalismo en todas sus formas de expresión. Él generó la ruptura con la Madre-Tierra. Dio origen al antropocentrismo, en la ilusión de que, por el hecho de poder pensar la Tierra e intervenir en sus ciclos, podíamos colocarmos sobre ella para dominarla y para disponer de ella a nuestro antojo. Aquí reside la raiz de la actual crisis ecológica.

         Por sentirnos hijos e hijas de la Tierra, porque somos la propia Tierra pensante y amante, la vivimos como Madre. Ella es un principio generativo. Representa lo Femenino que concibe, gesta, y da a luz. Emerge así el arquetipo de la Tierra como Gran Madre, Pachamama, Tonantzin, Nana y Gaia. De la misma forma que genera todo y reproduce la vida, ella también acoge todo y lo recoge en su seno. Al morir, volvemos a la Madre Tierra. Regresamos a su útero generoso y fecundo. 

         Sentir que somos Tierra nos hace tener los pies en el suelo. Hace que percibamos todo de la Tierra, su frío y su calor, su fuerza que amenaza así como su belleza que encanta. Sentir la lluvia en la piel, la brisa que refresca, el huracán que avasalla. Sentir la respiración que entra en nosotros, los olores que nos embriagan o nos molestan. Sentir la Tierra es sentir sus nichos ecológicos, captar el espíritu de cada lugar (spiritus loci). Ser Tierra es sentirse habitante de cierta porción de tierra. Habitando, nos hacemos en cierta manera limitados a un lugar, a una geografía, a un tipo de clima, de régimen de lluvias y vientos, a una manera de vivir, de trabajar y de hacer historia. Configura nuestro enraizamiento.

Pero también significa nuestra base firme, nuestro punto de contemplación del Todo, nuestra plataforma para poder alzar el vuelo más allá de este paisaje y de este pedazo de Tierra, rumbo al Todo infinito.

         Por último, sentirse Tierra es percibirse dentro de una comunidad compleja junto con otros hijos e hijas de la Tierra. La Tierra no produce solo seres humanos. Produce una miríada de micro-organismos que componen el 90% de toda la red de la vida, los insectos que constituyen la biomasa más importante de la biodiversidad. Produce las aguas, la capa verde con la infinita diversidad de plantas, flores y frutos. Produce la diversidad incontable de seres vivos, animales, pájaros y peces, nuestros compañeros dentro de la unidad sagrada de la vida porque en todos están presentes los veinte aminoácidos y las cuatro bases nitrogenadas que entran en la composición de cada vida. Produce para todos las condiciones de subsistencia, de evolución y de alimentación, en el suelo, en el subsuelo y en el aire. Sentirse Tierra es sumergirse en la comunidad terrenal, en el mundo de los hermanos y de las hermanas, todos hijos e hijas de la grande y generosa Madre Tierra, nuestro Hogar común.

         Estos son los sentimientos de pertenencia que alimentamos en este día de la Madre Tierra.

*Leonardo Boff ha escrito El principio Tierra. La vuelta a la Tierra como matria y patria común, Vozes 1995: Opción Tierra. Record, RJ 2009/ Trotta 2010.