El Crucificado se solidariza con las víctimas de la Covid-19

Un manto de tristeza se extiende sobre toda la humanidad y no hay suficientes pañuelos para enjugar tantas lágrimas por las víctimas de la Covid-19. El virus no exceptúa a nadie, pues, invisible, puede atacar a quienes no toman los debidos cuidados. Él ha puesto de rodillas a las naciones militaristas, que se llenaron de armas capaces de exterminar toda la vida del planeta, inclusive la humana. Son absolutamente inútiles delante del pequeñísimo coronavirus. Alejandro el Grande (356-323 A.C), fundador de un imperio que iba del Adriático al río Indo, murió probablemente picado por un mosquito que produce una fiebre viral (la fiebre del Nilo occidental). ¿Quién es aquí el más fuerte? ¿El joven conquistador de 23 años o el mosquito? Estamos muriendo a causa de un virus invisible, que arrasa toda nuestra arrogancia, sin decir que él es consecuencia de nuestra sistemática agresión a la naturaleza (el antropoceno y el necroceno), que se defiende con su arma letal e imperceptible, la Covid-19 y una gama de otros virus.

Todos tememos y sufrimos, presenciando, impotentes, la desaparición de miles de personas, cerca ya de dos millones de víctimas. En Brasil la situación es dramática, porque un gobernante enloquecido y negacionista, sin ningún sentimiento de empatía, tolera que mueran más de 300 mil personas y cerca de 13 millones estén infectados.

No poder despedirse de los muertos queridos, ni darles el último adios, ni poder vivir el luto imprescindible causa un dolor silencioso que rompe los corazones. Es nuestro viacrucis de estaciones sin fin, de lamentos y llantos. Celebramos el Viernes Santo de la muerte en la cruz del Hijo del Hombre en el contexto de esta pasión mundial y nacional. ¿Quién nos consolará? ¿Quién nos mantiene la esperanza de que la vida una vez más va a triunfar y que podremos vivir libres y sanos, disfrutando de la alegría de estar con nuestros seres queridos, amigos, amigas y próximos?

Se pueden sacar muchas lecciones de la crucifixión de Jesús, resultado de un doble proceso, religioso y político, seguramente de sentido trascendental como redención/liberación de los seres humanos. Esta tal vez sea la más profunda. Pero hay otros sentidos, humanitarios, que, en la situación actual, nos pueden fortalecer en nuestro desamparo y en las horas penosas del aislamiento social, este que nos roba la alegría de encontrarnos con los familiares y amigos y poder abrazarlos y besarlos. Nos consuela pensar que, para los que consiguen creer, no estamos solos en nuestra pasión. El Crucificado sufre con nosotros y va a seguir sufriendo hasta el fin de los tiempos, mientras haya pobres y desamparados. 

San Pablo lo expresó adecuadamente en una versión simplificada: “él no hizo caso de su condición divina, se presentó como un simple hombre, en solidaridad se hizo siervo y no tuvo miedo de morir en la cruz” (cf. Carta a los Filipenses 2,6-8). No fue ingenuamente al encuentro de la muerte. Al saber que sus opositores habían decidido matarlo, da testimonio de ello el evangelio de San Juan, se escondió en la ciudad de Efraín cerca del desierto (11,54). Sabemos que Efraín era una ciudad-refugio. Quien estuviera perseguido y amenazado por cualquier razón, en la ciudad de Efraín no podía ser preso y estaba protegido. Hacia allá se fue Jesús con sus seguidores. 

La Epístola a los Hebreos testifica: “entre lágrimas suplicó a Áquel que podía salvarlo de la muerte”. Versiones más antiguas dicen: ”y no fue atendido; a pesar de ser Hijo de Dios, tuvo que aprender a obedecer por medio del sufrimiento” 5,7-8). En el Monte de los Olivos, en Getsemaní su temor ante la muerte inminente lo lleva a suplicar: “Padre, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lucas 22,42). 

El evangelista Lucas relata “lleno de angustia, el sudor se volvió como gruesas gotas de sangre que caían hasta la tierra” (22,44). Más que de miedo, Jesús fue invadido de pavor, hasta el punto de sudar sangre, como se atestigua en personas a punto de ser ahorcadas o fusiladas. Pero el paroxismo fue alcanzado en la cruz: sintiéndose abandonado por sus seguidores y absolutamente sólo se enfrentó a la mayor tentación por la que puede pasar un ser humano: la tentación de la desesperanza. “¿Será que todo ha sido en vano? Pasé por el mundo haciendo el bien y heme aquí crucificado”. Expresa su desamparo gritando: “Dios mío, oh Dios, ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15,34). Finalmente, desnudo por dentro y por fuera, se entrega al Misterio que se esconde pero que conoce todos nuestros destinos. La última palabra de Jesús, no resignada sino libre, fue: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lucas 23,46). San Marcos todavía recuerda: “dando un inmenso grito, Jesús expiró” (15,37).

Jesús mostró ser el prototipo de ser humano fiel a Dios y a la causa de Dios en el mundo, la predilección por los pobres, el amor incondicional y la misericordia ilimitada, causa esta llevada hasta el extremo, entregando libremente su propia vida. El rechazo humano de su persona y su mensaje puede decretar su crucifixión, pero no puede definir el sentido que Jesús da a esta vergonzosa condenación: ser solidario con todos los crucificados y sufrientes del mundo.

La resurrección tras su destino trágico vino a mostrar de qué lado estaba Dios, al lado de él, de su vida y de su causa. Revela la justicia divina contra el ajusticiamiento perpetrado por sus opositores.

Una lección que podemos sacar del Viernes Santo de pasión es seguramente esta: nadie sufriendo y postrado de dolor tiene que sentirse solo. El Crucificado, ahora Resucitado y hecho el Cristo cósmico, estará siempre a su lado, sufriendo con quien sufre, dando esperanza a quien casi se desespera y mostrando que la página más importante del libro de la vida viene escrita no por el odio y la muerte impuesta, sino por la vida, llevada a su plenitud por la resurrección. Dice un discípulo tardío de San Pablo, Timoteo: “Es cierta esta afirmación: si padecemos unidos a Cristo, también viviremos con él” (Segunda Carta, 2,11). Esta es nuestra consolación. 

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito Pasión de Cristo – pasión del mundo, Vozes 2012 y Viacrucis para quien quiere vivir, Vozes 2003.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Vivir la comensalidad incluso en tiempos de la Covid-19

El Jueves Santo, la Cena del Señor, nos hace recordar la comensalidad, negada a millones de personas que están pasando hambre hoy en Brasil y en el mundo, como consecuencia de la irrupción de la Covid-19. Notamos, lamentablemente, una ausencia dolorosa de solidaridad ante la multitud de hambrientos, impidiendo el comer juntos (comensalidad). Uno de los méritos del MST consiste en haberse organizado en todos sus asentamientos en torno a la ética de la solidaridad, entre sus miembros y con los de afuera. Están repartiendo ejemplarmente lo que tienen, con alimentos agro-ecológicos y con muchas marmitas distribuídas a miles de familias en las periferias de nuestras ciudades. Permiten que se realice uno de los más ancestrales sueños de la humanidad: la comensalidad, es decir, que todos puedan comer y comer juntos, sentados alrededor de una mesa, disfrutando de la convivencia y de los frutos de la generosa Madre Tierra.

Los alimentos son más que cosas materiales. Son sacramentos y símbolos de la generosidad de la Madre Tierra que nos da todo, junto con el trabajo humano. No se trata solo de nutrición sino de comunión con la naturaleza y con los otros con quienes repartimos el pan. En el contexto de la mesa común, el alimento es apreciado y objeto de comentarios. La mayor alegría de las cocineras es percibir la satisfacción de los comensales. Gesto importante en la mesa es servir o pasar la comida al otro. El comportamiento civilizado hace que todos se sirvan, cuidando de que la comida llegue para todos.

La cultura contemporánea ha modificado de tal forma la lógica del tiempo cotidiano en función del trabajo y de la productividad que ha debilitado la referencia simbólica de la mesa. La hemos reservado para los domingos o para los momentos especiales de fiesta o de aniversario cuando los familiares se encuentran. Pero por regla general ha dejado de ser el punto de encuentro permanente de la familia. 

La mesa familiar ha sido sustituída por otras mesas, absolutamente desacralizadas: mesa de negociación, mesa de juego, mesa de discusión y de debate, mesa de cambio y mesa de concertación de intereses, entre otras. Aun estando desacralizadas, estas mesas guardan una referencia imborrable: son lugar de encuentro de personas, poco importa los intereses que las llevan a sentarse a la mesa. Están a la mesa para el intercambio, la negociación, la concertación y definición de soluciones que agraden a las partes involucradas. O también abandonar la mesa puede significar el fracaso de la negociación y el reconocimiento de un conflicto de intereses. 

No obstante esta difícil dialéctica, es importante reservar tiempo para la mesa en su sentido pleno de convivencia y de satisfacción de poder comer juntos. Ella es una de las fuentes perennes para recuperar nuestra esencia como seres de relación. ¡Cómo se les niega hoy esto a los pobres y los hambrientos!

Rescatemos un poco la memoria de la comensalidad presente en todas las culturas y realizada por Jesús en la Última Cena con sus apóstoles.

Comencemos por la cultura judeocristiana, pues nos es más familiar. En ella hay una categoría central –la del Reino de Dios, contenido primero del mensaje de Jesús– representada por un banquete al cual estamos todos convidados. Todos, independientemente de su situación moral, se sientan a la mesa y son comensales. Cuenta el Maestro:

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete para la boda de su hijo. Envió a los criados a llamar a los invitados y les dijo: id a las encrucijadas de los caminos e invitad a la fiesta a todos los que encontreis. Salieron los criados por los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala se llenó de convidados” ( Mt 22,2-3;9-10).

Otro recuerdo nos viene de Oriente. En él, comer juntos, solidarios unos con otros, representa la suprema realización humana, llamada cielo. A la inversa, la voluntad de comer egoistamente, cada uno para sí, realiza la suprema frustración humana, llamada infierno. Cuenta la leyenda: 

Un discípulo preguntó al Vidente:

-Maestro, ¿cual es la diferencia entre el cielo, la comensalidad entre todos, y su contrario?

El Vidente respondió: -Es muy pequeña pero con enormes consecuencias.

  • Vi comensales sentados a la mesa donde había una montaña muy grande de arroz. Todos estaban hambrientos, casi muriendo de hambre. Todos intentaban, pero no conseguían acercarse al arroz. Con sus palillos de más de un metro de largo cada uno trataba de llevarse el arroz a la boca, pero por más que se esforzaban no lo conseguían, porque los palillos eran demasiado largos. Y así hambrientos y solitarios se iban agotando por causa del hambre insaciable y sin fin. Esto era el infierno, la negación de toda comensalidad. 

-Vi otro escenario maravilloso, dijo el Vidente. Personas sentadas a la mesa alrededor de una montaña de arroz humeante. Todos estaban hambrientos. Pero, cosa maravillosa, con sus palillos de un metro de largo cada uno cogía el arroz y lo llevaba a la boca del otro. Se servían mutuamente con inmensa cordialidad. Juntos y solidarios. Se saciaban unos a otros, sintiéndose como hermanos y hermanas en la gran mesa del Tao. Y esto era el cielo, la plena comensalidad de los hijos e hijas de la Tierra”.

Esta parábola no necesita comentarios. Lamentablemente hoy, en tiempos de la Covid-19, gran parte de la humanidad está hambrienta y desesperada porque son poquísimos los que les extienden los palillos para saciarse mutuamente con los alimentos abundantes de la mesa de la Tierra. Los ricos se apropian privadamente de ellos y los comen solos sin mirar quién está excluido. Prevalece una criminal falta de comensalidad entre los humanos. Por eso estamos tan carentes de humanidad. Pero el aislamiento social nos da la oportunidad de revisar nuestras prácticas individualistas y descubrir la fraternidad sin fronteras y la comensalidad: todos pudiendo comer y comer juntos.

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo y ha escrito: Comer y beber juntos y vivir en paz, Vozes 2006.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Durante el aislamiento social: qué leer y cómo leer (II): el libro más leído después de la Biblia

Leonardo Boff

El libro La imitación de Cristo y el seguimiento de Jesús es el libro más leído en la cristiandad después de la Biblia. De él se han hecho más de dos mil ediciones. Solamente en el British Museum existen cerca de cien mil ejemplares.

El autor es Tomás de Kempis (1308-1471), un maestro de novicios (aquellos que se preparan para entrar en una Orden o Congregación religiosa) durante toda su vida. Resumió las clases que daba a estos jóvenes, según la espiritualidad de la época, que era la Devotio Moderna vivida en los claustros, pero también entre los laicos. Esta espiritualidad se caracterizaba fundamentalmente por la búsqueda seria de la vida interior, enfocada hacia el encuentro y el diálogo con Cristo, centrándose especialmente en su cruz, pasión y muerte. En ella separaban fuertemente Dios y mundo, espíritu y materia, tiempo y eternidad, con cierto menosprecio de las realidades terrenales, de sus atractivos y de sus placeres.

No obstante las limitaciones del dualismo, Tomás de Kempis, mejor que cualquier psicoanalista, entendió los laberintos más oscuros del alma humana, las solicitaciones del deseo, las angustias que produce, pero indicó también caminos de cómo enfrentarlos, confiados siempre en la gracia de Dios, en la misericordia de Jesús, en el completo despojamiento de sí mismo y el desapego de las cosas de este mundo.

Demuestra tener siempre los pies en la tierra. El tema del despojamiento de sí mismo y de todos los apegos del “yo” adquieren relevancia especial hasta el punto de atraer la atención de psicólogos como Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, y también del filósofo Martin Heidegger. Aquí se encuentra el presupuesto para la perfecta libertad.

En el capítulo 5 del libro III hace el elogio del amor de una forma tan profunda, elegante e entusiasta, que se empareja con lo que san Pablo escribió sobre el amor en la Primera Carta a los Corintios (13,1-13). Busca siempre consolar al fiel en sus padecimientos, destacando la alegría inaudita de la intimidad con Cristo, y al final la recompensa que le está preparada en la eternidad.

Toda la Imitación de Cristo está dividida en cuatro partes (libros):

Recomendaciones útiles para la vida interior (I); Consejos para la vida interior (II); La consolación interior (III); El sacramento del altar (IV). La Imitación viene elaborada en pequeños tópicos. Jesús se dirige siempre de forma afectuosa: hijo mío, hija mía querida, hablando a la profundidad del alma. 

El libro es tan inspirador que es práctica antigua de muchos cristianos abrir aleatoriamente el libro y leer uno de los tópicos. Cosa sorprendente: en general es una palabra iluminadora del problema que la persona está viviendo o sufriendo. Por eso es siempre leído y releído, a semejanza de un I-Ching, en el sentido de buscar luz para el camino.

En el esfuerzo de superar el dualismo propio de la época, y debido a la importancia de la Imitación para la espiritualidad de todos los tiempos, me dediqué a hacer una nueva traducción partiendo del original latino de 1441, con una particularidad: tomando como referencia la teología oficial, especialmente consignada en el Concilio Vaticano II (1962-1965) y también en los documentos oficiales de la Conferencia Latinoamericana de Obispos (CELAM), como los de Medellín (1968), Puebla(1979) y Aparecida (2007), que articulan el cielo con la tierra, la espiritualidad con la cotidianidad, intenté superar este dualismo. Manteniendo la intención original, puse una “y” donde Tomás de Kempis pone una “o”. Así, amar los bienes celestes sin despreciar los terrenales.

Para terminar, me atreví a añadir un quinto libro sobre el seguimiento de Jesús, más adecuado al cristianismo comprometido con la vida, la justicia y la dignidad de las personas.Imité el estilo de hablar de Tomás de Kempis y la forma afectuosa de Jesús. Si en la Imitación de Cristo se subraya especialmente la divinidad de Cristo, su misterio y su cercanía por el amor y la misericordia, en el Seguimiento se acentúa la práctica del Jesús histórico, sin por eso negar su dimensión divina, su sensibilidad con los que sufren y su actitud profética frente a la piedad farisaica de la época, insensible al grito de los oprimidos, y frente a la arrogancia de los poderosos.

Su propósito no fue crear una nueva religión con fieles piadosos, sino inaugurar el hombre y la mujer nuevos, comprometidos con la ética del amor incondicional y de la fraternidad sin fronteras.

Vertí mi texto con la visión que nos viene de las ciencias de la vida, de la Tierra y del universo, la nueva cosmología, confiriendo contemporaneidad a nuestra experiencia de Dios (cf. edición de Vozes 2016). Es la Devotio Moderna del siglo XXI.

Vale la pena leer y meditar la Imitación de Cristo y el Seguimiento de Jesús pues puede reafirmarnos en el cuidado de la vida de todos los humanos y de la propia naturaleza.

Termino con una frase que abrí aleatoriamente y parece dirigida a nuestra situación. Allí estaba: “Busca tiempo adecuado para cuidar de ti mismo… es preferible quedarse en casa que estar en la calle sin el debido cuidado” (libro I cap.20).

Leonardo Boff, teólogo y traductor de la Imitación de Cristo y autor de un V libro añadido: El seguimiento de Jesús, Vozes 2015.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Durante el aislamiento social: qué leer y cómo leer (I)

Leonardo Boff*

Durante el aislamiento social forzado para el bien de cada persona y de los otros ante el ataque del coronavirus, se nos pide recogernos en nuestras casas o habitaciones.

La convivencia física con los próximos nos hace conocer las diferencias, el modo de ser de cada uno, de pensar y de leer el mundo. No es fácil. La primera cosa que descubrimos es aquello que, con fina percepción, formuló Caetano Velloso: “de cerca nadie es normal”, frase que recorrió el mundo. De hecho, la normalidad va siempre junto con cierta anormalidad.

Nos damos cuenta de la luz y de la sombra, de lo sim-bólico (que une) y de lo dia-bólico (que separa) que habitan en cada uno de nosotros. No como defecto de nuestra creación, sino como nuestra condición humana real. Esta polaridad está en todo: en el universo (caos y cosmos), en la vida (salud y enfermedad), en la naturaleza (nacimiento y muerte), en la sociedad (individualismo y solidaridad). El desafío es cómo articular estas polaridades de forma que la dimensión de luz y de lo normal no permita la dominación de la sombra y de lo anormal, lo que nos quitaría la felicidad y la convivencia pacífica.

Hay muchas maneras de ocuparnos durante este tiempo, para todos bien penoso. Una de ellas es la lectura de libros espirituales o religiosos que pueden abrirnos nuevos sentidos especialmente ante las inquietudes e interrogaciones que la irrupción de la Covid-19 ha traído a cada persona y a la humanidad. Es un contraataque de la naturaleza a toda la humanidad: ¿Qué señal es esta y que nos quiere decir?

Fuentes espirituales o religiosas escritas hace miles de años, pueden quizás darnos alguna luz, no sólo para la dramática coyuntura actual, sino también para la propia vida. Sugiero aquí empezar a leer la Biblia judeocristiana, el Primer Testamento (Antiguo Testamento) y el Segundo (Nuevo Testamento), textos escritos a lo largo de 3-4 mil años. En ellos se encuentra de todo, por eso, conforme a la situación existencial en la cual se vive, se escogen las partes más adecuadas.

Es bueno recordar que cada uno lee los textos con los ojos que tiene, de ahí que leer essiempre interpretar. Interpretamos a partir del punto de vista personal, pues cada punto de vista es la vista desde un punto. Además la cabeza piensa desde donde pisan los pies. Simis pies pisan una favela y yo leo a partir del punto de vista de la favela, selecciono los textos que más se refieren a esta situación. Esto no significa negar los otros textos, sino dar vida a los textos a partir de los con-textos en que vivimos y con pre-texto de tal y tal situación. También puede leerse a partir de quien vive en el centro de la ciudad con todos los servicios funcionando y dándole seguridad en la vida. Este lugar social permite otro tipo de lectura.

Ahí los viejos textos del pasado nos revelan novedades. De modo general, podemos decir que hay tantas lecturas como lugares sociales. Los campesinos expulsados de sus tierras leerán los textos bíblicos de manera diferente y hasta opuesta a la del latifundista que los expulsó. Así podríamos multiplicar los ejemplos.

Conclusión: no debemos cerrarnos en nuestra propia lectura, lo que sería exclusivismo y hasta fundamentalismo, sino abrirnos a otras lecturas que relativizan y enriquecen la nuestra.

Nunca se debe poner el libro delante de los ojos, escondiendo la realidad desnuda y cruda. Esa es la equivocación de los fundamentalistas que solo ven el libro y sus frases tomadas en sí mismas.

No fue escrito para eso. Fue escrito para iluminar la realidad. Es inspirado porque nos inspira a comprender más y a vivir mejor. Por eso debe ser puesto detrás de la cabeza, para iluminar la realidad con todas sus contradicciones. 

El primer libro que Dios nos dio es el libro de la creación. En él está toda la sabiduría que nos hace falta para vivir bien. Lamentablemente hemos perdido la capacidad de leer bien este libro. Vemos la creación no como un valor en sí misma, sino utilitariamente, como un baúl de recursos para ser explotados a nuestro gusto, sin preocuparnos de las demás personas ni de los daños que les hacemos, no dándole tiempo para regenerarse.

Entonces se nos dio otro libro, la Biblia, que nos ofrece las claves de lectura para el primer libro, el de la creación. 

Este es el sentido profundo de la lectura de la Biblia: entender mejor el mundo, nuestra vida personal, el sentido de nuestras tribulaciones, la necesidad de la esperanza y, sobre todo, la vivencia concreta del amor, de la solidaridad, del cuidado y de la compasión.

No quiere ser ni puede ser un libro de ciencia. Es un libro de sabiduría de vida que responde a las búsquedas humanas.

Cada uno escoge los libros de la Biblia que le parecen mejor. Yo recomiendo del Primer Testamento todos los libros sapienciales: Job, los Salmos, especialmente el 23 y el 103; Proverbios, Eclesiastés, Eclesiástico, Cantar de los Cantares, libro de alto erotismo, que nunca habla de Dios, ni lo necesita, pues Dios es amor; Lamentaciones.

Del Segundo Testamento aconsejo empezar por los Hechos de los Apóstoles, verdadera saga que narra cómo san Pablo y compañeros anduvieron más de mil kilómetros por el imperio romano para anunciar los valores predicados y vividos por Jesús (el amor incondicional, la apertura a Dios como el Dios bueno y misericordioso, el cuidado hacia los pobres y los que sufren, la capacidad de perdón y la certeza de nuestra resurrección, que es más que solo la inmortalidad del alma). Después, la Primera Carta a los Corintios, en la cual se ven los grandes valores éticos a ser asumidos. De los evangelios, empezar por el de san Marcos, el más conciso y más cercano al Jesús histórico; el evangelio de san Lucas, en el cual Jesús muestra su inmensa compasión con los que sufren y con los pobres, y amonesta a los poderosos y ricos; el evangelio de san Juan, lleno de espiritualidad; la Epístola de Santiago en la que se predica una moral bien concreta y actual.

Aconsejo en portugués la Biblia de la editorial Vozes por sus excelentes introducciones y comentarios (vendas@vozes.com.br).

Déjense tomar por las palabras bíblicas que, junto con otros libros sagrados de otros caminos espirituales, nos propician un encuentro con la Palabra que nos ilumina el camino en las noches sombrías de la vida, como en los tiempos actuales. 

*Leonardo Boff es teólogo y ha hecho estudios bíblicos especiales en Alemania en la Universidad de Munich.

Traducción de Mª José Gavito Milano