El peruano Gustavo Gutiérrez,padre de la Teología de la Liberación,cumple 90 años

Publicamos aquí este homenaje de Frei Betto, hecho de muchos recuerdos sobre Gustavo Gutiérrez, el padre de la Teología de la Liberación. El texto es bellísimo y conmovedor, justo homenaje a quien tanto se dedicó a los pobres, poniéndolos en el centro de la reflexión teológica, como los principales representantes de Cristo crucificado. Ellos están crucificados y su teología es un esfuerzo junto con ellos para bajarlos de la cruz y hacerlos plenamente humanos. El propio Papa Francisco le escribió una carta personal que publicamos en este blog, reconociendo sus méritos y la riqueza que ha traído a la Iglesia y a la humanidad, siempre a la luz de la fe liberadora. Nos unimos a las palabras de Frei Betto. Lboff

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Gustavo Gutiérrez cumplió 90 años el pasado 8 de junio. En los cinco continentes proliferan libros, tesis y artículos suyos, y críticas sobre su obra, así como de otros teólogos como Leonardo Boff, Hugo Assmann, Juan Bautista Libanio, Juan Luis Segundo, José Míguez Bonino, Elsa Támez y muchos otros, identificados con los principios y la metodología de la teología de la liberación.

La teología de la liberación ocupa una posición de prima donna en la teología actual. Gracias a las “ Instrucciones “ (1984) del Cardenal Ratzinger, se convirtió en asunto de interés hasta para nada menos que la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, como lo pude comprobar al visitar el país integrando un grupo de teólogos brasileños en junio de 1987 .

Las dos “Instrucciones” emitidas por la Congregación para la Doctrina de la Fe, y los procedimientos contra el libro Iglesia, Carisma y Poder y su autor, Leonardo Boff, llevaron el debate teológico hacia los muros sagrados de las instituciones eclesiásticas, y le dieron un amplio espacio en los medios de comunicación, las universidades y los movimientos políticos.

Las obras de los teólogos provocan más interés que las personalidades de sus autores. Este sesgo epistemológico tiene sus ventajas: siempre que el trabajo sea riguroso, según los criterios de su campo específico, no hay necesidad de perturbar al autor, seguro en su privacidad conquistada. Sin embargo, el divorcio entre autor y obra no ha sido siempre un mero capricho de la razón moderna. Algunas veces ha servido como instrumento ideológico -en el sentido primitivo en que Marx usó la expresión “ideología” – precisamente para encubrir la contradicción entre autor y obra. Basta recordar el reciente impacto de las revelaciones de que Heidegger colaboró con el régimen nazi.

En el caso de autores muertos, las biografías son siempre de gran interés para aquellos que buscan un mejor entendimiento del texto dentro del contexto. ¿Quién lee hoy a Althusser con la misma atención que provocaron sus obras antes del 15 de noviembre de 1980, cuando el filósofo marxista estranguló a su esposa? En contraste, la muerte del teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, en un campo de concentración nazi, dio a sus obras un nuevo carácter, así como el asesinato del arzobispo Oscar Romero garantizó una amplia distribución de sus sermones.

Aunque el objetivo principal sea siempre las obras que producen, la persona de los teólogos de la liberación siempre ha suscitado una polémica considerable. De todos modos, estamos acostumbrados a vivir en situaciones de conflicto, sea la ocupación de tierras que llevó a los hermanos Leonardo y Clodovis Boff a la cárcel, en Petrópolis, el 4 de marzo de 1988, sean las censuras y los castigos impuestos por los que gobiernan nuestras iglesias.

Una cierta incomodidad se crea en algunos sectores teológicos del Primer Mundo precisamente por ese criterio que confiere a la teología de la liberación un nuevo carácter: en ella el discurso teológico no puede separarse del compromiso pastoral. El teólogo de la liberación no es un intelectual de sillón, confinado en bibliotecas y salas de lectura, dedicado a un rigor académico, protegido de los conflictos actuales.

No se escribe teología de la liberación sin insertarse profundamente, porque el punto de partida del teólogo de la liberación no es su mente, supuestamente iluminada, sino la práctica pastoral de comunidades cristianas pobres, comprometidas con la causa de la liberación popular.

Por esa razón, la teología de la liberación no existe sin vínculo con su fuente, la práctica liberadora de comunidades cristianas oprimidas del Tercer Mundo. Gramsci nos ayuda a comprender ese nuevo status de la teología con su concepto de “intelectual orgánico”, que define la relación del teólogo con el movimiento popular. Esto explica por qué la teología de la liberación es representativa de grupos populares a través del apoyo que recibe de una inmensa red de Comunidades Eclesiales de Base y un número incontable de mártires y confesores cuya vida eclesial y profecía son fuentes para el pensamiento y la producción de los teólogos.

Una teología “ilegítima”

En América Latina, el hecho de ser “hijo ilegítimo” no afecta necesariamente a la imagen social de alguien. Todos somos hijos e hijas de las relaciones entre españoles y amerindios, portugueses y mestizos, blancos y negros, mestizos y mulatos. Nuestro racismo es sólo para efecto social: se diluye en el calor de los trópicos, en que la sexualidad es poder y fiesta, negociación y sumisión, fantasía y transgresión. En esta parte del mundo, la familia es un concepto tan reciente como su constitución. Para parafrasear a Santo Tomás de Aquino, aquí la vida extrapola el pensamiento. Ni siquiera la teología escapa de un árbol genealógico de raíces inciertas y ramas torcidas. Interrogar a la teología de la liberación sobre sus ancestros legítimos es como preguntar a un indígena mexicano o a un plantador de café colombiano sobre la verdad histórica detrás de su tradición familiar.

Gustavo Gutiérrez puede, con razón, ser considerado el padre de la teología de la liberación, pues fue el primero en publicar un libro con ese título, en 1971, por la editorial española Ediciones Sígueme. Pero él mismo no niega la importancia, para su trabajo, de la visita que hizo en 1969 a Brasil, cuando tuvo contacto con nuestras comunidades eclesiales de base y experimentó de cerca el drama del asesinato -aún hoy impune- del asesor de la juventud de dom Helder Camara, el padre Henrique Pereira Neto, estrangulado y baleado por la dictadura militar brasileña en Recife, el 26 de mayo de 1969. Gutiérrez dedicó su “Teología de la liberación” a él y al novelista peruano José María Arguedas. A pesar de ello, no es posible negar las raíces europeas provenientes del humanismo integral de Jacques Maritain, del personalismo comprometido de Mounier, del evolucionismo progresivo de Teilhard de Chardin, de la dogmática social de De Lubac, de la teología del laicado de Congar, de la teología del desarrollo de Lebret, de la teología de la revolución de Comblin, o de la teología política de Metz.

El Concilio Vaticano II alentó las condiciones para cortar el cordón umbilical que mantenía a la teología de América Latina dependiente del útero de la madre Europa. Al iniciarse la década de 1960, la revolución cubana, el fracaso de la Alianza para el Progreso, la crisis del modelo desarrollista y el crecimiento de movimientos de izquierda no ligados a los partidos comunistas tradicionales, fueron algunos de los factores que llevaron a los teólogos latinoamericanos a enraizar el pensamiento en el suelo que pisaban. No es que fuera una cuestión de buscar categorías que permitieran una reinterpretación de hechos sociales y políticos. El motor de la teoría era la práctica de las comunidades populares cristianas, arraigada en la lucha; conforme transformaban el mundo, también alteraban el modelo de la Iglesia. El cambio social y la eclesiogénesis están, en última instancia, ligadas.

La construcción de un proyecto político alternativo no deja a la Iglesia intacta, como si fuera una comunidad de ángeles situada por encima de las contradicciones que atraviesan la trama de la sociedad. El elemento nuevo era la conciencia, conseguida en la vida en común de las Comunidades Eclesiales de base, de que la Iglesia no es sólo el papa o los obispos, sino el pueblo de Dios en marcha en la historia. Y la presencia de este pueblo creyente y oprimido en los movimientos sociales de América Latina marcó la fe con un carácter crítico que hizo nacer la teología de la liberación.

Un teólogo indígena

En la séptima conferencia internacional de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo (ASETT), en Oaxtepec, México, en diciembre de 1986, el teólogo negro norteamericano James Cone se quejó de que la teología de la liberación latinoamericana era demasiado blanca. Lo extraño es que a su lado estaba Gustavo Gutiérrez, de apariencia típicamente indígena: piel marrón, rostro redondo, bajo y gordito, con ojos ligeramente almendrados, revelando su ascendencia quechua. En casa, su padre hablaba ese idioma del antiguo imperio inca. Pero, más que la lengua y la apariencia, Gutiérrez heredó el estilo de los amerindios andinos. Y eso es lo que sorprende a cualquier persona que lo conozca: él combina -no sin algunos conflictos- la mente dotada de inteligencia rápida y racional, magisterial, que se expresa en un lenguaje construido como las partes de un instrumento de precisión, y una sensibilidad que desmiente todos los modelos de la moderna racionalidad.

En él coexisten el intelectual entrenado en Lovaina -donde fue compañero de Camilo Torres y defendió una tesis basada en Freud- y el amerindio del altiplano peruano. Esto es lo que le permite entrar en un aula sin ser notado -como deslizándose sobre sus propios pies- o visitar a su amigo Miguel d’Escoto sin que nadie más perciba su presencia en Managua. Es como si pudiera viajar, no sólo por las carreteras accesibles a los viajeros urbanizados, sino también por los senderos y trochas que sólo los habitantes de la selva conocen. Este don ancestral le permite dominar una nueva lengua, un nuevo campo de conocimiento, o pasar a través de Nueva York, París o Bonn, como un amerindio que se escurre entre árboles y hojas, observando sin ser visto, rápido como un pájaro y discreto como una llama.

Esta característica permitió que trabajara en el borrador del famoso Documento de Medellín, aprobado por la Conferencia Episcopal Latinoamericana, en 1968, un texto que se volvería fundamental para la práctica y teoría de la Iglesia de los pobres en América Latina.

En cierta ocasión, Gutiérrez llegó a Roma justamente cuando los obispos peruanos estaban discutiendo sus trabajos con los más altos dignatarios de la Curia. ¿Quién podría jurar que el texto final, más favorable a él que el borrador original, no haya sido redactado por la propia pluma de Gutiérrez?

Discreto como un capuchino, se mueve en el dominio político de los conflictos teológicos con toda la sutileza de un jesuita. Aunque su expresión a veces revele aquella angustia metafísica característica de las personas para quienes la línea estrecha que separa la muerte de la vida es familiar, nunca entra en pánico, y su aguda intuición es capaz de presentar soluciones inmediatas a problemas complicados, como si hubiera meditado durante años sobre una cuestión que acaba de surgir. Puede estar sentado durante horas en un banco de aeropuerto, escribiendo un artículo o escuchando a alguien, mordiendo nervioso todo el tiempo un palillo con sus dientes fuertes, ligeramente separados. Sus respuestas son casi siempre irónicamente divertidas, como si estuviera proponiendo una adivinanza.

Al dar clases y conferencias sigue un patrón rígido tan cuidadosamente montado que da la impresión de haber adornado su texto. Sus bromas confieren a las palabras un sabor muy suyo, porque es siempre capaz de manifestar esa rara virtud que tanto lo encanta: el humor. Su sentido del humor le permite mantener cierta distancia crítica respecto de cualquier hecho. Es de él la observación de que los políticos normalmente piensan solamente en una sola intención, es decir, en la segunda. No se permite ser traicionado por la emoción, porque sabe que nada humano merece ser tomado demasiado en serio.

Conviví con Gustavo Gutiérrez en Puebla, en enero y febrero de 1979, durante la Tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana. En aquella ocasión, su nombre, al igual que el de otros teólogos de la liberación, había sido excluido de la lista de asesores oficiales. No tenía acceso directo al lugar de encuentro de los obispos, pero muchos prelados venían a él en busca de ayuda, lo que le obligaba a pasar noches enteras elaborando borradores y propuestas.

Estábamos todos alojados precariamente en dos apartamentos sin muebles, que rara vez tenían agua y en cuyos baños faltaba luz. Sobrevivíamos con algún maná caído del cielo, porque no teníamos cocina, y en los restaurantes de la ciudad seríamos presas fáciles de la prensa internacional, siempre en busca de un teólogo para descifrar el lenguaje eclesiástico de los textos, o para dar una entrevista exclusiva que confirmara la naturaleza rebelde o herética de la teología de la liberación…

Después de esquivar a todos los corresponsales extranjeros durante días, la tarde del domingo 4 de febrero de 1979, Gutiérrez aceptó la sugerencia del Centro Mexicano de Comunicación Social (Cencos) de realizar una rueda de prensa en el hotel El Portal. En sus comentarios, él enfatizó que la teología de la liberación no había planeado comenzar por una reflexión sobre los pobres. Los propios pobres, agentes de la transformación histórica, iniciaron esa reflexión teológica. El objetivo de la teología de la liberación es dar a los pobres el derecho de pensar y expresarse teológicamente. Cuanto más lo presionaban los periodistas para dejar escapar algo que pudiera sonar como herejía, tanto más Gutiérrez se mostraba fiel a los pobres y a la Iglesia. Él es maestro en reconciliar (conciliando) los polos aparentemente opuestos, presentando síntesis que nos animan a reinterpretar la tradición y el mundo que nos rodea.

Me encontré con él en diferentes ocasiones en su oficina, la “torre” de Rimac, barrio pobre de Lima. Decididamente era una de las oficinas más desordenadas que jamás he visto. Esparcidas y mezcladas por el suelo había latas de Coca-Cola y libros del cardenal Ratzinger. También botellas encima de documentos papales, hilos eléctricos desgarrados deambulaban entre papeles polvorientos. No había el menor indicio de que un plumero hubiera estado allí desde la llegada de Francisco Pizarro a Perú.

A pesar de ello, esa confusión tenía lógica para él. Sabía exactamente dónde encontrar cada cosa. Y en medio de aquel montón de papeles, devoraba los libros que recibía. Cuando sentía hambre, comía alguna comida común indefinida, junto con desempleados y subempleados.

Gutiérrez siempre prefirió leer a escribir. Tiene su propio método de lectura dinámica, como si una antena le indicase la calidad del contenido de una obra. Escribir, para él, es un acto doloroso. Y cuando escribe, admitir que alcanzó la versión final es un sacrificio. Siempre considera provisional un texto, que puede ser revisado y mejorado. Por eso, casi todas sus obras comenzaron como conferencias mimeografiadas. Es muy probable que sea autor de más obras no publicadas, conocidas sólo por un pequeño círculo de lectores, que publicadas. En general, ni siquiera firma los textos mimeografiados, que incluyen una excelente introducción a las ideas de Marx y Engels y su relación con el cristianismo.

En enero de 1985, la víspera de la visita del Papa Juan Pablo II a Lima, lo encontré en la “torre” de Rimac, escribiendo una serie de artículos vinculados a ese importante evento eclesial. Mientras conversábamos, Gutiérrez intentaba desenredar un largo cable de teléfono, que más parecía una bola de lana en la boca de un gato juguetón. Él siempre mantiene las manos ocupadas cuando está nervioso, sea retorciendo un elástico o jugando con un bolígrafo. Y en aquel momento tenía razones más que suficientes para estar tenso, pues el cardenal Ratzinger había anunciado para septiembre una respuesta a la defensa que Leonardo Boff había hecho de su libro Iglesia, Carisma y Poder, contra las críticas de Roma. La Navidad había pasado y la Curia aún permanecía en silencio. La segunda “Instrucción” sobre la teología de la liberación, basada en una consulta a los obispos de América Latina, prometida para noviembre o diciembre, tampoco había aparecido.

Tal vez se hubiera decidido que el Papa hiciera una declaración más oficial sobre la teología de la liberación en el lugar. Nada podría ser más oportuno que un pronunciamiento durante una visita a la tierra natal del padre de la teología de la liberación. Gutiérrez temía que el Papa dijera algo que pudiera ser interpretado como una condena a su teología. Sería desastroso. A pesar de eso, estaba listo para dejar la “torre” que lo protegía del acoso de la prensa y aparecer en el encuentro del Papa con sacerdotes y laicos en la plaza. Una vez más parecía seguro de que, debido a sus raíces indígenas, como persona capaz de caminar por la noche en la selva sin despertar la naturaleza de su sueño, su presencia sería discreta como la llovizna que cubre los tejados de Lima antes del amanecer.

Admiradores e inspiradores

Camino de Cuba, los hermanos Leonardo y Clodovis Boff y yo pasamos por Lima, al final de la tarde del 4 de septiembre de 1985. Encontramos a Gutiérrez en la parroquia obrera donde el teólogo, junto con el padre Jorge, director de la Pastoral Obrera de Lima, ejercía su ministerio sacerdotal. Insistimos en que fuera con nosotros a La Habana, porque Fidel Castro había demostrado gran deseo de encontrarse con él. Gutiérrez fue evasivo, objetando que, en ese mismo momento, un grupo de obispos peruanos, encabezados por don Durán Enríquez, estaba preparando un libro didáctico criticando sus escritos, lo que significaba que tendría que concentrarse en producir una especie de defensa anticipada.

Algún tiempo después, Gutiérrez confirmó que no había ido a Cuba atendiendo una petición del padre Carlos Manuel de Céspedes, entonces secretario general de la Conferencia Episcopal Cubana, que fuera su colega en Roma. El sacerdote cubano tenía miedo de que la presencia del teólogo peruano en Cuba fuera explotada políticamente.
La noche siguiente a nuestro encuentro en Lima, los hermanos Leonardo y Clodovis Boff, y yo, nos encontramos con Fidel Castro en La Habana. Le entregamos la carta que el teólogo le había mandado. Al terminar, Fidel comentó que acababa de leer “Teología de la Liberación” y se dijo impresionado por su base científica y su impacto ético. Mencionó especialmente la honestidad con que Gutiérrez trata la cuestión de la lucha de clases y la dimensión de la pobreza. Y añadió, con énfasis: “Necesitamos distribuir libros como éste al movimiento comunista. Nuestro pueblo no sabe nada al respecto”. “Para vosotros es más difícil escribir un libro como éste, que para nosotros producir un texto sobre marxismo”. Algunos días después, Fidel declaró, en presencia de don Pedro Casaldáliga, de Brasil, en visita a Cuba, que “la teología de la liberación es más importante que el marxismo para la revolución en América Latina”.

Pero quien piensa que la política habla más alto en el corazón de Gustavo Gutiérrez está engañado. Él es por encima de todo un místico. Sus libros más conocidos, El Dios de la Vida, sobre Job: Hablar de Dios, desde el sufrimiento del Inocente y Beber de nuestro propio pozo, son fundamentalmente espirituales, con el fin de alimentar la vida de fe y oración de cristianos comprometidos con la lucha popular.

Para Gutiérrez, la teología es secundaria. Lo esencial es hacer la voluntad de Dios en la acción liberadora. Y su aguda visión teológica capta la presencia del Señor, solidario allí donde Él parece estar más ausente, en el sufrimiento de los pobres. Este sufrimiento impregna la vida del propio Gustavo Gutiérrez, pues su salud delicada exige cuidados constantes. Pero él no se queja. Prefiere gritar por los pobres. En un gran encuentro de teólogos progresistas en Lovaina en 1985 él tenía una de las conferencias principales. Se produjo una grave enfermedad entre los pobres de su barrio y él escribió una pequeña carta explicando por qué no podía presentarse. Termina diciendo: hay momentos en que el teólogo debe entender que vale mil veces más quedarse con los pobres sufrientes que pronunciar una conferencia entre doctos.

En una ocasión, pasé un día entero con él en el Curso de Verano, en Lima, al que acudían miles de militantes de comunidades cristianas de base en busca de fundamentación teológica. Me di cuenta de que estaba triste, aunque había presentado su curso con la habitual vivacidad había una sombra en aquel rostro que se ilumina, feliz, cuando está rodeado de personas sencillas, pobres, dedicadas a la utopía del Reino. Conversamos, y ni una palabra de autopiedad salió de sus labios. Sólo más tarde me enteré de que su madre había muerto ese día.

El libro sobre Job es una autobiografía disfrazada de Gustavo Gutiérrez. De sus páginas surge la profunda convicción de que toda la teología de la liberación deriva del esfuerzo de dar sentido al sufrimiento humano. En la búsqueda de ese sentido, el teólogo sabe que, como dice Clodovis Boff, todo es político, pero la política no lo es todo. La solidaridad con el pobre no se agota en la causa de la justicia; nos conduce a la esfera de la gratuidad, donde el despojamiento espiritual abre el camino para la comunión con Dios

Así como en América Latina la vida de fe no puede ser separada de las exigencias de la política, también el proyecto revolucionario debería encontrar en la mística cristiana el modelo para la formación de mujeres y hombres nuevos. En consecuencia, la teología de la liberación sólo puede ser acusada de despreciar la dimensión espiritual por alguien que no conozca la larga lista de obras que nacieron de la contemplación y de las manos de Segundo Galilea, Juan Bautista Libanio, Elsa Támez, Carlos Mesters, Arturo Paoli, Raúl Vidales, Pablo Richard o Leonardo Boff.

Los estigmas divinos queman las entrañas de Gustavo Gutiérrez. Es imposible aprehender la profundidad total de su inspiración intelectual, su papel profético y su alma mística sin conocer a los tres peruanos que están en la raíz de su genialidad: José Carlos Mariátegui, César Vallejo y, sobre todo, José María Arguedas.

Del comunista Mariátegui, autor del clásico Siete Ensayos Peruanos, Gutiérrez aprendió la técnica de canibalismo cultural necesaria para latinoamericanizar todo el bagaje teórico de sus años de estudios en Roma, Bélgica, Francia y Alemania. Del poeta César Vallejo, autor de Trilce, poesía tan importante para la literatura moderna como el Ulises, heredó el lamento nostálgico de la criatura sufriente ante el silencio del Creador: “Dios mío, si hubieras sido humano hoy, tú serías capaz de ser Dios” (Los datos eternos). “Nací en un día en que Dios estaba enfermo” (Espergesia).

Sin embargo, la influencia mayor fue del novelista José María Arguedas, de quien Gutiérrez era amigo, y a quien rinde tributo en muchas de sus conferencias y escritos. Es interesante que él haya escogido, como epígrafe de su obra Teología de la Liberación, una página del libro Todas las Sangres de este autor quechua, específicamente aquella en que el sacristán indígena de Lahuaymarca le dice al sacerdote: “Su Dios no es lo mismo. Él hace que las personas sufran sin consuelo …”

“¿Puede Dios estar en el corazón de aquellos que desgarran el cuerpo del inocente Maestro Bellido? ¿Puede Dios estar en el cuerpo de los ingenieros que están matando La Esmeralda? ¿En el corazón de las autoridades que quitaron a sus dueños aquel campo de maíz donde, en cada cosecha, una virgen acostumbraba a jugar con su pequeño hijito?”

En noviembre de 1981 encontré a Gustavo Gutiérrez en Managua. Allí, entre discusiones teológicas con los dirigentes sandinistas, en un intento de ayudarles a entender las diferentes posiciones de los cristianos en cuanto a la revolución, nació lo que más tarde se convertiría en su libro sobre Job. En él plantea la cuestión fundamental y se pregunta a sí mismo: ¿Cómo podemos hablar de Dios en medio de tanta opresión? Si queremos hacer teología, hablar de Dios, dijo, necesitamos primero permanecer en silencio ante Dios. De ese silencio, que envuelve los corazones de los pobres, nace la sabiduría. Y necesitamos repetir con Job, en medio de tantas cruces latinoamericanas y profunda sed de amor: “Antes yo te conocía sólo de oídas; pero ahora te han visto mis ojos”. Todo en Gustavo Gutiérrez, su obra y su vida, converge hacia esa visión.

Hoy, Gustavo Gutiérrez es cofrade mío en la Orden Dominicana.

*Frei Betto es asesor de movimientos pastorales y sociales, autor de “Fidel y la Religión”, entre otros libros.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Con Trump nos esperan tiempos dramáticos

La humanidad está bajo varias amenazas: la nuclear, la escasez de agua potable en vastas regiones del mundo, el calentamiento global creciente, las consecuencias dramáticas de la Sobrecarga de los bienes y servicios naturales, indispensables a la vida (the Earth Overshoot Day).
A estas amenazas se añade otra no menos peligrosa, sugerida ya por varios analistas mundiales como los premios Nobel Paul Krugman y Joseph Stiglizt. Recientemente un economista ítalo-argentino, Roberto Savio, co-fundador y director general de la Inter Press Service (IPS), ahora emérito, escribió un artículo titulado: “Trump vino para quedarse y cambiar el mundo” (ALAI-América Latina en Movimiento del 20 junio de 2018), que nos debe hacer pensar.
En él afirma que Trump no es una causa del nuevo desorden mundial. Es un síntoma. El síntoma de un tiempo en el que los valores civilizatorios que daban cohesión a un pueblo y a las relaciones internacionales, han sido simplemente anulados. Lo que cuenta es el voluntarismo narcisista de un poderoso jefe de Estado, Trump, que en el lugar de estos valores ha puesto pura y simplemente el dinero y los negocios. Son estos los que definitivamente cuentan. El resto son naderías prescindibles para el dominio del mundo. Lo que ha hecho con niños de refugiados arrancados de sus familias y puestos en jaulas muestra el nivel de desumanidad y de barbarie a que ha llegado Trump. Esto clama al cielo.
“America first” debe ser interpretado como “sólo América” y sus intereses globales cuentan. En nombre de este propósito, pre-anunciado ya en su campaña, Trump ha roto tratados comerciales con antiguos aliados europeos, la Alianza del Transpacífico y ha abierto una arriesgada guerra comercial con su mayor rival, China, imponiendo aranceles a la importación de productos que suman miles de millones de dólares, además de cobrar tasas sobre el acero y otros productos a otros países como Brasil.
Es propio de figuras autoritarias y narcisistas hacer poco caso de las legislaciones. Cuando les conviene pasan por encima de ellas sin dar mayores explicaciones. Para Trump vale más la invención de “una verdad” que la verdad factual misma. “Fakenews” es un recurso presente en sus twitters. Según Fact Checker, desde que asumió la presidencia ha dicho cerca de 3.000 mentiras. Verdad y mentira valen en la medida en que respaldan sus intereses. Curiosamente ha ganado los principales pleitos y tiene la aprobación del 44% de la opinión pública y del 82% del Partido Republicano.
No tolera las críticas y se ha rodeado de asesores serviles que le dicen a todo que “sí” ante el riesgo de ser sumariamente dimitidos.
Si es reelegido, cosa que no es improbable, el estilo de gobierno y la negación de toda ética podrán volverse irreversibles. No olvidemos que Hitler y Mussolini también fueron elegidos y crearon sus mentiras vendidas como “verdades” a todo un pueblo. Podemos estar ante un mundo marcado por la xenofobia, por la exclusión de miles y miles de inmigrantes y refugiados, por la afirmación excesiva de los valores nacionales y el desprecio a los demás.
Tales actitudes transformadas en políticas oficiales puede ser fuente de graves conflictos, cuyo “crescendo” podría llegar a amenazar a la especie humana. Cerca de 1300 psicoanalistas y psiquiatras norteamericanos denunciaron desvíos psicológicos graves en la personalidad de Trump.
¿Cómo será el destino de la humanidad, entregada a un narcisista de este jaez, cuyo paralelo sólo se encuentra en Nerón, que se divertía presenciando el incendio de Roma, con la diferencia de que ahora no se trata de un incendio cualquiera sino de la Casa Común entera? Como es imprevisible y en todo momento puede cambiar de posición, asistimos, asustados y aterrorizados, a cuáles serán los futuros pasos.
Que Dios que se anunció como “el apasionado amante de la vida” (Sabiduría 11,24) nos libre de las tragedias que podrían ocurrir, dada la irracionalidad de alguien que anuncia “un sólo mundo y un sólo imperio” (el imperio norteamericano).

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor y ha escrito “Salvar la Tierra-proteger la vida: cómo escapar del fin del mundo, Madrid, Nueva Utopía & Record, RJ, 2010.

Traducción de Mª José Gavito Milano

The worst aspect of the coup: it prevents the Brazilian Social State

Recent events: the refusal to allow 1980 Nobel Peace Prize Laureate, Adolfo Perez Esquivel and other important politicians to visit former President Inacio Lula da Silva, a political prisoner and friend of all who wanted to see him, is the best evidence that we live under an exceptional juridical-mass media regime. The robes rule. Judge Catarina Lebbos, the right hand of Judge Sergio Moro, showed signs of cruelty and inhumanity when she refused to allow a physician to check on the health of the prisoner President. I am not sure, but I even suspect that this was a criminal act, warranting punishment.
The most serious aspect of our crisis is the strategy for breaking the social pact built under the hegemony of the progressive democratic forces contained in the 1988 Constitution. It is espoused by the wealthiest 0.05% of the Brazilian population, associated, as always, with the economic-financial consortia, even foreign ones, including the conservative monopolies of our mass media.
Thanks to the consensus the 1988 Constitution engendered among different, even antagonistic, groups, it formed the basis for the creation of a Brazilian Social State. It was a first step to addressing our worst wound, the perverse social inequality, thereby accomplishing the inclusion in the citizenry of millions of Brazilian men and women.
The leader was someone never accepted by the backward elites, who had to bow to the verdict of the voting booths; a worker who came from the impoverished North: Luis Inacio Lula da Silva. With his social policies he had ensured that all those of the lower classes could climb up one step on the social ladder.
When the old elites realized that a new hegemony could arise, one of a progressive popular character, the elites, as has always occurred in Brazilian history, according to our best historians such as Jose Honorio Rodrigues, plotted a class coup. It was about ensuring the means by which they accumulated their wealth, and their control of the state apparatus, from which they plunder their millions.
Times change, and strategies also change. It would not be a military coup, but a parliamentarian one. In his main declaration, Marcelo Odebrecht, president of one of the largest Brazilian enterprises, confessed that he had paid ten million reales to buy 140 representatives who guaranteed the impeachment of President Dilma Rousseff and usurpation of the power of the State.
A Congress, one of the most mediocre in the history of the Brazilian republic, with some members who are thieves, others who are accused of corruption or crimes, including murder, with venality, allowed itself to be bought. They accomplished a parliamentary, juridical and mass media coup, unseating legally elected President Dilma Rousseff through a questionable impeachment. The target was not really President Rousseff, but to get at former President Lula and the Labor Party, PT.
The struggle against corruption, the endemic decease of Brazilian politics that must never be excused, served as a pretext for attacking, putting on trial and literally persecuting President Lula, through the proceedings of the lawfare (hastily interpreting the law to hurt the accused). It was so effective that they managed to throw President Lula in jail, through a process that, according to most well known national and foreign jurists, was corrupt and lacked concrete evidence.
What is the main meaning of this coup? To maintain the nature of the accumulation of a rapacious group that controls and pockets a great part of our wealth. But the most disastrous consequence, well analyzed by social scientist Luiz Gonzaga de Souza Lima in a November 22, 2017 conference in Fiocruz, Rio de Janeiro, is found in the PEC 55 Constitutional Amendment. That Amendment not only tries to establish a ceiling on expenditures, it threatens the country. «The PEC», says de Souza Lima, «is the prohibition against constructing a Social State in Brazil. It Constitutionally vetoes the construction of the Social State; it is more than the freeze on expenditures».
The backward classes opted for the past, accepting that Brazil be recolonized, in line with the interests of the Capitalist empire of the United States. Not through an election, but with a coup, they dissolved the pact created by the 1988 Constitution. de Souza Lima continues: «we now have a coup against the Government elected by the Brazilian people. We are facing a historic inflection point of immense importance: to constitutionally prohibit social investments, especially in education and health».
This is a unique case in today’s world. How can an ill and ignorant people advance towards a development fit for a population of more than one hundred million people?
These elites, extremely egotistical, never had a plan for Brazil. They only thought of themselves and of their absurd wealth. Presently they have empowered a right wing that is fascist, authoritarian, violent, and racist and that rejects the people, whom they consider vulgar and contemptible. To our shame, they are partly supported by the Judicial body and by the heavy hand of the military police, capable of repressing and killing, especially the Blacks and the poor.
The struggle now is to regain a minimum democracy, and above all to re-validate the 1988 Constitution, damaged by the coup, but one which would open a space for peaceful coexistence and human development.

Leonardo Boff Eco-Theologian-Philosopher andEarthcharter Commission

El peso kármico de la historia de Brasil

La amplitud de la crisis brasilera es de tal gravedad que nos faltan categorías para ponerla en claro. Tratando de ir más allá de los clásicos abordajes de la sociología crítica o de la historia, me he valido de la capacidad explicativa de las categorías psicoanalíticas de “luz” y de “sombra” generalizadas como constantes antropológicas, personales y colectivas. Ensayé una comprensión posible que nos viene de la teoría del caos, capítulo importante de la nueva cosmología, pues de este caos, en situación de altísima complejidad y juego de relaciones, irrumpió la vida que conocemos, inclusive la nuestra. Esta se ha mostrado capaz de identificar aquella Energía Poderosa y Amorosa que sustenta todo, el Principio Generador de todos los Seres y abrirse a Él con veneración y respeto.

Me preguntaba qué otra categoría estaría en el repositorio de la sabiduría humana que pudiera traernos alguna luz en las tinieblas en las cuales todos estamos sumergidos. Entonces me acordé de un sugerente diálogo entre el gran historiador inglés Arnold Toynbee y Daisaku Ikeda, eminente filósofo japonés (cf. Elige la vida, Emecé. B.Aires 2005), que se realizó durante varios días en Londres. Ambos creen en la realidad del karma, sea personal, sea colectivo.

Prescindiendo de las distintas interpretaciones que se le han dado, me parecía haber encontrado aquí una categoría de la más alta antiguedad, manejada por el budismo, el hinduismo, el jainismo y también por el espiritismo para explicar fenómenos personales y colectivos.

Karma es un término sánscrito originalmente que significa fuerza y movimiento, concentrado en la palabra “acción” que provoca su correspondiente “reacción”. Este aspecto colectivo me pareció importante, porque, no conozco (puedo estar equivocado) en occidente ninguna categoría conceptual que dé cuenta del devenir histórico de toda una comunidad y de sus instituciones en sus dimensiones positivas y negativas. Tal vez, debido al arraigado individualismo, típico de Occidente, no hemos tenido condiciones de proyectar un concepto suficientemente abarcador.

Cada persona está marcada por las acciones que ha praticado en la vida. Esa acción no se restringe a la persona sino que connota todo el ambiente. Se trata de una especie de cuenta corriente ética cuyo saldo está en constante cambio según las acciones buenas o malas realizadas, vale decir, los “débitos y los créditos”. Incluso después de la muerte, la persona, en la creencia budista, carga con esta cuenta por más renacimientos que pueda tener, hasta poner a cero la cuenta negativa.

Toynbee le da otra versión que me parece iluminadora y nos ayuda a entender un poco nuestra historia. La historia está hecha de redes relacionales dentro de las cuales se inserta cada persona, ligada a las que la precedieron y a las presentes. Hay un funcionamento kármico en la historia de un pueblo y sus instituciones según los niveles de bondad y justicia o de maldad e injusticia que produjeron a lo largo del tiempo. Este sería una especie de campo mórfico que permanecería impregnándolo todo. No se requiere la hipótesis de los muchos renacimientos porque la red de vínculos garantiza la continuidad del destino de un pueblo (p.384).

Las realidades kármicas impregnan las instituciones, los paisajes, configuran a las personas y marcan el estilo singular de un pueblo. Esta fuerza kármica actúa en la historia, marcando los hechos benéficos o maléficos. C.G.Jung en su psicología arquetípica notó de alguna forma tal hecho.

Apliquemos esta ley kármica a nuestra situación. No será difícil reconocer que somos portadores de un pesadísimo karma, en gran escala, derivado del genocidio indígena, de la superexplotación de la fuerza de trabajo esclavo, de las injusticias perpretadas contra gran parte de la población negra y mestiza, lanzada a la periferia, con familias destruidas y corroídas por el hambre y por las enfermedades. El viacrucis de sufrimiento de esas hermanas y hermanos nuestros tiene más estaciones que el del Hijo del Hombre cuando vivió y padeció entre nosotros. No hace falta mencionar otras maldades.

Tanto Toynbee como Ikeda concuerdan en esto: “la sociedad moderna (incluídos nodotros) solo puede ser curada de su carga kármica a través de una revolución espiritual en la mente y el corazón” (p.159), en línea de justicia compensatoria y de políticas sanadoras con instituciones justas. Sin esta justicia mínima no se deshará la carga kármica Pero ella sola no es suficiente. Es necesario el amor, la solidaridad, la compasión y una profunda humanidad para con las víctimas. El amor será el motor más eficaz porque, en el fondo él “es la última realidad” (p.387). Una sociedad incapaz de amar efectivamente y de ser menos malvada jamás deconstruirá una historia tan marcada por el karma. Este es el desafío que la crisis actual nos suscita.

Es lo que pregonan los maestros de la humanidad, como Jesús, San Francisco, Dalai Lama, Gandhi, Luther King Jr y el Papa Francisco. Solo el karma del bien redime la realidad de la fuerza kármica del mal.

Si Brasil no hace esta reversión kármica permanecerá de crisis en crisis, destruyendo su propio futuro.

*Leonardo Boff escribió El destino del hombre y del mundo, 12. ed., Vozes 2012.

Traducción de Mª José Gavito Milano