La vida como centro: la biocivilización en la postpandemia

Leonardo Boff*

Según la comprensión de los grandes cosmólogos que estudian el proceso de la cosmogénesis y de la biogénesis, la culminación de ese proceso no se realiza en el ser humano. La gran emergencia es la vida en su inmensa diversidad y aquello que le pertenece esencialmente, que es el cuidado. Sin el cuidado necesario ninguna forma de vida subsistirá (cf. Boff, L., El cuidado necesario, 2012). 

Es imperioso enfatizar: la culminación del proceso cosmogénico no se da en el antropocentrismo, como si el ser humano fuese el centro de todo; los demás seres sólo tendrían significado cuando estuvieran ordenados a él o a su uso y disfrute. El mayor evento de la evolución es la irrupción de la vida en todas sus formas, también en la forma humana consciente y libre.

El conocido cosmólogo californiano Brian Swimme, junto con el antropólogo de culturas y teólogo Thomas Berry, afirma en su libro The Universe Story (1999): «Somos incapaces de liberarnos de la convicción de que, como seres humanos, somos la gloria y la corona de la comunidad terrestre y de darnos cuenta de que somos el componente más destructivo y peligroso de esa comunidad». Este hallazgo apunta a la actual crisis ecológica generalizada que afecta a todo el planeta, la Tierra.

Los biólogos (Maturana, Wilson, de Duve, Capra, Prigogine) describen las condiciones en las que surgió la vida, a partir de un alto grado de complejidad y cuando esta complejidad se encontraba fuera de su equilibrio, en situación de caos. Pero el caos no es sólo caótico. También es generativo. Oculta dentro de sí mismo nuevos órdenes en gestación y varias otras complejidades, entre ellas la vida humana.

Los científicos evitan definir lo que es la vida. Constatan que representa la emergencia más sorprendente y misteriosa de todo el proceso cosmogénico. Tratar de definir la vida, reconoció Max Plank, es tratar de definirnos a nosotros mismos, una realidad que en último término no sabemos definitivamente qué es ni quién somos.

Lo que sí podemos afirmar es que la vida humana es un subcapítulo del capítulo de la vida. Vale la pena enfatizar que la centralidad pertenece a la vida. A ella se ordena la infraestructura físico-química y ecológica de la evolución que ha permitido la inmensa diversidad de vidas y dentro de ellas, la vida humana, consciente, hablante y cuidadora.

Además, sólo el 5% de la vida es visible, el 95% restante es invisible, constituyendo el universo de microorganismos (bacterias, hongos y virus) que operan en el suelo y el subsuelo, asegurando las condiciones de emergencia y mantenimiento de la fertilidad y la vitalidad de la Madre Tierra. 

Se intenta entender la vida como la autoorganización de la materia en un altísimo grado de interacción con el universo, con la inconmensurable red de relaciones de todos con todos y con todo lo demás que está surgiendo en cada parte del universo. 

Los cosmólogos y biólogos sostienen que la vida aparece como la expresión suprema de la “Fuente Original de todo ser” o “De aquel Ser que hace ser a todos los seres”, que para la teología representa tal vez la metáfora más apropiada de Dios. Dios es todo esto y mucho más. Es un misterio en su esencia y también es un misterio para nosotros. La vida no viene de afuera, sino del centro del proceso cosmogénico al alcanzar un altísimo grado de complejidad.

El Premio Nobel de Biología, Christian de Duve, llega a afirmar que en cualquier lugar del universo cuando se produce tal nivel de complejidad, la vida surge como un imperativo cósmico (Polvo vital: la vida como imperativo cósmico, 1997). En este sentido, el universo estaría lleno de vida no sólo en la Tierra.

La vida muestra una unidad sagrada en la diversidad de sus manifestaciones, ya que todos los seres vivos son portadores del mismo código genético de base que son los 20 aminoácidos y las cuatro bases nitrogenadas, lo que nos hace a todos parientes y hermanos unos de otros, como se afirma en la Carta de la Tierra y em la encíclica Laudato Si del Papa Francisco. Cada ser tiene un valor en sí mismo.

Cuidar la vida, hacer expandir la vida, entrar en comunión y sinergia con toda la cadena de vida, celebrar la vida y acoger, agradecidos, a la Fuente originaria de toda la vida es la misión singular y específica y el sentido del vivir de los seres humanos sobre la Tierra. No es el chimpanzé, nuestro primate más cercano, ni el caballo o el colibrí quienes cumplen esta misión consciente, sino el ser humano. Esto no le hace el centro de todo. Él es la expresión de la vida, dotada de conciencia, capaz de captar el todo, sin dejar de sentirse parte de él. Él sigue siendo Tierra (Laudato Si, n.2), no fuera o encima de los otros sino en medio de todos y junto con todos como hermano y hermana dentro de la gran comunidad de vida. Así prefiere llamar al “medio ambiente” la Carta de la Tierra. 

Esta, la Tierra, viene entendida como Gaia, superorganismo vivo que sistémicamente organiza todos los elementos y factores para seguir reproduciéndose como viva y generar la inmensa diversidad de vidas. Los humanos emergimos como la porción de Gaia que en el momento más avanzado de su evolución/complejidad comenzó a sentir, pensar, amar, hablar y a adorar. Entonces, cuando el 99,99% estaba ya listo, irrumpió en el proceso evolutivo el ser humano, hombre y mujer. En otras palabras, la Tierra no necesitaba al ser humano para gestar la inmensa biodiversidad. Al contrario, fue ella quien lo generó como expresión mayor de sí misma.

La centralidad de la vida implica una biocivilización que, a su vez, implica concretamente asegurar los medios de vida para todos los organismos vivos y, en el caso de los seres humanos: alimentación, salud, trabajo, vivienda, seguridad, educación y ocio. Si estandardizarmos para toda la humanidad los avances de la tecnociencia ya alcanzados, tendríamos los medios para que todos disfrutasen de servicios de calidad a los que hoy en día sólo tienen acceso los sectores privilegiados y opulentos.

En la modernidad, el saber fue entendido como poder (Francis Bacon) al servicio de la dominación de todos los demás seres, incluidos los humanos, y de la acumulación de bienes materiales por individuos o grupos con exclusión de sus semejantes, gestionando así un mundo de desigualdades, injusto e inhumano. 

Postulamos un poder al servicio de la vida y de los cambios necesarios y exigidos por la vida. ¿Por qué no hacer una moratoria de investigación y de invención en favor de la democratización de los conocimientos e inventos ya acumulados por la civilización para beneficiar a todos los seres humanos, empezando por los millones y millones de destituídos de la humanidad? Son muchos los que sugieren esta medida para que sea asumida por todos. entre nosotros propuesta por el economista-ecologista Ladislau Dowbor de la PUC-SP.

Mientras esto no ocurra, viviremos en tiempos de gran barbarie y de sacrificio del sistema-vida, tanto en la naturaleza como en la sociedad humana mundial.

Este es el gran desafío para el siglo XXI, construir una civilización cuyo centro sea la vida. La economía y la política, al servicio de la vida en toda su diversidad. O bien optamos por este camino o podemos autodestruirnos, pues ya hemos construido los medios para hacerlo, o podemos empezar a tener sabiduría y por fin a crear una sociedad verdaderamente justa y fraternal junto con toda la comunidad de vida, conscientes de nuestro lugar en medio de los demás seres y de la misión singular de cuidar y guardar la herencia sagrada recibida del universo o de Dios (Gn 2,15).

ADENDA

El año cósmico, el universo, la Tierra y el ser humano

Intentemos imaginar que los 13,7 mil millones de años, edad del universo, sean un único año (según Carl Sagan). Veremos cómo a lo largo de los meses de ese año imaginario han ido surgiendo todos los seres hasta llegar a los últimos segundos del último minuto del último día del año. ¿Qué lugar ocupamos? 

El primero de enero sucedió la Gran Explosión.

El primero de marzo surgieron las estrellas rojas. 

El 8 de mayo, la Vía Láctea.

El 9 de septiembre, el Sol. 

El 1 de octubre, la Tierra.

El 29 de octubre, la vida.

El 21 de diciembre, los peces.

El 28 de diciembre a las 8.00 horas, los mamíferos.

El 28 de diciembre a las 18,00 horas, los pájaros.

El 31 de diciembre a las 17.00 horas nacieron los antepasados pre-humanos.

El 31 de diciembre a las 22.00 horas entra en escena el ser humano primitivo, antropoide.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 58 minutos y 10 segundos surgió el homo sapiens sapiens.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 56 segundos nació Jesucristo.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 59 segundos Cabral llegó a Brasil.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 59,54 segundos, la Independencia de Brasil.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 59,59 segundos nacimos nosotros. 

Somos casi nada. Pero por ínfimos que seamos a través de nosotros, de nuestros ojos, oídos, inteligencia, la Tierra contempla la grandeur del universo, sus hermanos y hermanas cósmicos. Para eso durante todo el proceso de la evolución todos los elementos se articularon de tal forma que la vida pudiese surgir y nosotros pudiésemos estar aquí y hablar de todo esto. Si hubiese habido alguna pequeña modificación las estrellas no se habrían formado o, formadas, no habrían explotado y así no habría nacido el Sol, ni la Tierra ni los 20 aminoácidos ni las cuatro bases nitrogenadas, y nosotros no estaríamos aquí escribiendo sobre estas cosas. 

Por esta razón el conocido físico inglés Freeman Dyson afirma: «Cuanto más examino el universo y estudio los detalles de su arquitectura, tantas más evidencias encuentro de que el universo de alguna manera debía saber que estábamos en camino» (1979).

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor y ha escrito Covid-19: la Madre Tierra contraataca a la humanidad, Vozes 2020.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Fratelli tutti: la politica come tenerezza e gentilezza. Un testo di Leonardo Boff

“Fratelli tutti” la nuova enciclica di Papa Bergoglio sta avendo una grande risonanza globale. Sempre più Papa  Francesco si sta confermando come un leader mondiale autorevole. Infatti è uno dei pochi a riflettere sul mondo post-covid. L’enciclica è l’esposizione di un grande progetto planetario della fraternità universale, da realizzare a partire dai poveri e con i poveri. Dedicheremo, a questa enciclica, altri interventi. Oggi iniziamo con un protagonista della teologia contemporanea, amico di Papa Francesco: il teologo della liberazione  Leonardo Boff. Per gentile concessione dell’autore pubblichiamo, in una nostra traduzione dal portoghese, questo significativo testo del teologo brasiliano. Il testo è denso e ricco di spunti sul significato della politica nella lettera enciclica “Fratelli tutti”.

La nuova enciclica di Papa Francesco, firmata sulla tomba di Francesco d’Assisi, nella città di Assisi, il 3 ottobre, sarà una pietra miliare nella dottrina sociale della Chiesa. È vasta e dettagliata nella sua tematica, cercando sempre di aggiungere valori, anche dal liberalismo che critica fortemente. Sarà certamente analizzata in dettaglio da cristiani e non cristiani poiché si rivolge a tutte le persone di buona volontà. Sottolineerò in questo spazio ciò che considero innovativo rispetto al precedente insegnamento dei Papi.

In primo luogo, deve essere chiaro che il Papa presenta un’alternativa paradigmatica al nostro modo di abitare la Casa Comune, che è soggetta a molte minacce. Fa una descrizione delle “ombre dense” che equivalgono, come lui stesso ha affermato in vari pronunciamenti, a “una terza guerra mondiale a pezzi”. Attualmente non esiste un progetto comune per l’umanità (n. 18). Ma un filo conduttore attraversa tutta l’enciclica: “essere coscienti che o ci salviamo tutti o nessuno si salva” (n32). Questo è il progetto nuovo, espresso con queste parole: “Consegno questa enciclica sociale come un umile contributo alla riflessione perché di fronte ai vari modi di eliminare o ignorare gli altri, si sia capaci di reagire con un nuovo sogno di fraternità e amicizia sociale” (n.6).

Dobbiamo capire bene questa alternativa. Siamo arrivati e siamo ancora all’interno di un paradigma che sta alla base della modernità. È antropocentrico. È il regno del dominus: l’essere umano come signore e padrone della natura e della Terra che hanno senso solo nella misura in cui sono subordinate a lui. Ha cambiato la faccia della Terra, ha portato molti vantaggi ma ha anche creato un principio di autodistruzione. È l’attuale impasse delle “ombre dense”. Di fronte a questa visione del cosmo, l’enciclica Fratelli tutti propone un nuovo paradigma: quello del fratello, la fraternità universale e dell’amicizia sociale. Sposta il centro: da una civiltà tecno-industrialista e individualista a una civiltà solidale, della preservazione e cura di ogni vita. Questa è l’intenzione originale del Papa. In questa svolta sta la nostra salvezza; supereremo la visione apocalittica della minaccia della fine della specie con una visione di speranza che possiamo e dobbiamo cambiare rotta.

Per questo, dobbiamo alimentare la speranza. Dice il Papa: “vi invito alla speranza che ci parla di una realtà radicata nel profondo dell’essere umano, indipendentemente dalle circostanze concrete e dai condizionamenti storici in cui si vive” (n.55). Qui risuona il principio della speranza, che è più della virtù della speranza, ma un principio, un motore interiore per proiettare sogni e visioni nuove, così ben formulato da Ernst Bloch. Enfatizza: “l’affermazione che gli esseri umani sono fratelli e sorelle, che non è un’astrazione ma che si fa carne e si concretizza, pone una serie di sfide che ci spiazzano, ci costringono ad assumere nuove prospettive e sviluppare nuove reazioni”(n.128). Come si deduce, si tratta di una nuova direzione, di una svolta paradigmatica.

Da dove cominciare? Qui il Papa rivela il suo atteggiamento di fondo, spesso ripetuto ai movimenti sociali: “Non aspettatevi niente dall’alto perché viene sempre più o meno lo stesso o peggio; cominciate da voi stessi”. Per questo suggerisce: “È possibile partire dal basso, da ciascuno, lottare per cose più concrete e locali, fino all’ultimo angolo della patria e del mondo” (n.78). Il Papa suggerisce quella che oggi è la punta del discorso ecologico: lavorare nella regione, il bio-regionalismo che consente la vera sostenibilità e umanizzazione delle comunità e articola il locale con l’universale (n. 147).

Ci sono lunghe riflessioni sull’economia e sulla politica, ma mette in risalto: “la politica non deve sottomettersi all’economia e non deve sottomettersi ai dettami e al paradigma efficientista della tecnocrazia” (n.177). Fa una franca critica al mercato: “Il mercato da solo non risolve tutto come vogliono farci credere nel dogma della fede neoliberista; si tratta di un pensiero povero, ripetitivo, che propone sempre le stesse ricette per qualsiasi sfida che si presenta; il neoliberismo si auto-riproduce come l’unico cammino per risolvere i problemi sociali”(n. 168). La globalizzazione ci ha resi più vicini ma non più fratelli (n.12). Crea solo soci ma non fratelli (n.101).

Mediante la parabola del buon Samaritano, compie un’analisi rigorosa dei vari personaggi che entrano in scena e li applica all’economia politica, culminando nella domanda: “con chi ti identifichi (con i feriti per strada, con il sacerdote, il levita o con il forestiero, il samaritano, disprezzato dagli ebrei)? Questa domanda è cruda, diretta e decisiva. A chi di loro assomigli ?”(n.64). Il buon Samaritano si fa modello di amore sociale e politico (n.66).

Il nuovo paradigma della fraternità e dell’amore sociale si dispiega nell’amore nella sua realizzazione pubblica, nella cura dei più fragili, nella cultura dell’incontro e del dialogo, nella politica come tenerezza e gentilezza.

Per quanto riguarda la cultura dell’incontro, ci prendiamo la libertà di citare il poeta brasiliano Vinicius de Moraes nel suo Samba da Bênção nel brano “Encontro Au bon Gourmet” del 1962 dove dice: “La vita è l’arte dell’incontro anche se ci sono così tante discrepanze nella vita ”(n.215). La politica non si riduce alla disputa per il potere e alla divisione dei poteri. Con sorpresa dice: “Anche in politica c’è posto per l’amore con tenerezza: per i più piccoli, i più deboli, i più poveri; loro devono capirci e avere il “diritto” di riempire i nostri cuori e le nostre anime; sì, sono nostri fratelli e come tali dobbiamo amarli e trattarli così”(194) E si chiede cos’è la tenerezza e risponde: “è l’amore che si fa prossimo e concreto; è un movimento che parte dal cuore e arriva agli occhi, alle orecchie, alle mani”(n.196). Questo ci ricorda la frase di Gandhi, una delle ispirazioni del Papa, accanto a San Francesco, Luther King, Desmond Tutu: la politica è un gesto d’amore verso le persone, la cura delle cose comuni.

Insieme alla tenerezza arriva l’amabilità che noi tradurremmo con gentilezza, ricordando il  profeta Gentileza che nelle strade di Rio de Janeiro ha proclamato a tutti i passanti “La gentilezza genera gentilezza” “Dio è gentilezza” come nello stile di San Francesco. Così definisce la gentilezza: “uno stato d’animo che non è aspro, rude, duro ma affabile, morbido, che sostiene e rafforza; una persona che possiede questa qualità aiuta gli altri a rendere più sopportabile la propria esistenza”(n.223). Ecco una sfida ai politici, rivolta anche ai vescovi e sacerdoti: fare la rivoluzione della tenerezza.

La solidarietà è uno dei fondamenti dell’umano e del sociale. Si “esprime concretamente nel servizio che può assumere forme molto diverse e prendere per sé il peso degli altri; in gran parte è prendersi cura della fragilità umana”(n.115). Questa solidarietà si è dimostrata assente e solo successivamente efficace nella lotta al Covid-19. Essa impedisce all’umanità di biforcarsi tra “il mio mondo” e gli “altri”, “loro” perché “molti non sono più considerati esseri umani con una dignità inalienabile e diventano solo “loro”(n. 27). E conclude con un grande desiderio: “Spero che alla fine non ci saranno“gli altri” ma un solo “noi”(n.35).

Per questa sfida di incarnare il sogno di una fratellanza universale e di amore sociale, chiama tutte le religioni affinché “offrano un contributo prezioso alla costruzione della fraternità e per la difesa della giustizia nella società” (n. 271).

Alla fine rievoca la figura del fratellino di Jesus Charles de Foucauld che nel deserto del Nord Africa insieme alla popolazione mussulmana voleva essere “definitivamente il fratello universale”(n. 287). Facendo suo questo proposito, Papa Francesco osserva: “Solo identificandosi con gli ultimi è arrivato ad essere il fratello di tutti; che Dio ispiri questo sogno in ognuno di noi. Amen”(n.288).

Siamo di fronte a un uomo, Papa Francesco, che seguendo la sua fonte ispiratrice, Francesco di Assisi, è diventato anche un uomo universale, accogliendo tutti e identificandosi con i più vulnerabili e invisibili del nostro mondo crudele e senza umanità. Lui suscita la speranza che possiamo e dobbiamo alimentare il sogno di una fraternità senza confini e di un amore universale.

Lui ha fatto la sua parte. Sta a noi non lasciare che il sogno sia solo un sogno, ma sia l’inizio seminale di un nuovo modo di vivere insieme, come fratelli e sorelle, più la natura, nella stessa Casa Comune. Avremo tempo e saggezza per questo salto? Le “ombre dense” continueranno sicuramente. Ma abbiamo una lampada con questa enciclica di speranza di Papa Francesco. Essa non dissipa tutte le ombre. Ma è sufficiente per immaginare il cammino che tutti devono intraprendere.

Leonardo Boff  è eco-teologo, filosofo e scrittore brasiliano. Autore de “Francesco d’Assisi, Francesco di Roma

(Traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)


ENTREVISTA – Entre o caos e a ordem

Publicado em 4 de outubro de 2020.
Edição: Fernanda Schimidt; Reportagem: Rodrigo Bertolotto

Leonardo Boff vê o homem espalhando morte pelo planeta, mas é otimista na transição para um futuro melhor

Leonardo Boff já foi frade, padre, teólogo, filósofo, ecólogo. Hoje, com 81 anos de idade e mais de 100 livros publicados, ele se define como pensador. Expulso da hierarquia católica por sua defesa da teologia da libertação, ele continuou sua profissão de fé, aproximando-se cada vez mais dos pobres e das minorias, além de abraçar o ecumenismo e o ambientalismo.

Sua análise da atualidade, que ele chama de necroceno (uma idade geológica em que homem está espalhando a morte pelo planeta), aponta para um período de transição. “Houve a globalização da economia, mas não se globalizou a solidariedade e a cooperação. Isto ficou patente com a pandemia. Cada país se defende por si e como pode”, sentenciou o teólogo que vive em Petrópolis (RJ).

Para ele, enquanto a humanidade não completar esse ciclo, vão surgir líderes nacionalistas reacionários que vão vender uma segurança enganosa de volta ao passado. Na turbulência dessas crises, “parece que tudo vacila, as coisas já não valem como valiam, não há limites e respeito, inclusive aos direitos humanos”.

Boff também critica as igrejas neopentecostais, suas teologias da prosperidade e seu fundamentalismo religioso. “Enchem grandes salões, mas não criam comunidades nem consciência crítica face à própria realidade em que vivem de pobreza e marginalidade”, critica.

De qualquer forma, Boff acredita em um final feliz depois de tanta tensão. “Sou otimista. A lógica do universo se constrói sempre entre o caos e a ordem. E a ordem prevalece. Deus criou todas as coisas com amor. Não creio que Ele nos deixará perecer de forma tão miserável. A vida chama a vida. E viver é realizar a alegre celebração da vida.”

link para a entrevista completa >>


Leonardo Boff vê o homem espalhando morte pelo planeta, mas é otimista na transição para um futuro melhor
Rodrigo Berlotto de Ecoa

link para a entrevista completa >>

Fratelli tutti, una revolución paradigmática: del “dominus” (dueño) al “frater” (hermano)

La nueva encíclica del Papa Francisco, firmada sobre la sepultura de Francisco de Asís, en la ciudad de Asís, el día 3 de octubre, será un marco en la doctrina social de la Iglesia. Es amplia y detallada en su temática, buscando siempre sumar valores, hasta del liberalismo que él critica fuertemente. Ciertamente va a ser analizada en detalle por cristianos y no cristianos pues se dirige a todas las personas de buena voluntad.

Resaltaré en este espacio lo que considero innovador respecto al magisterio anterior de los Papas.

En primer lugar tiene que quedar claro que el Papa presenta una alternativa paradigmática a nuestra forma de habitar la Casa Común, sometida a muchas amenazas. Hace una descripción de las “sombras densas”, que equivalen, como él mismo afirmó en varios pronunciamientos, “a una tercera guerra mundial a pedazos”.

Actualmente no hay un proyecto común para la humanidad (n.18), pero un hilo conductor pasa por toda la encíclica: «la conciencia de que nadie se salva solo, que únicamente es posible salvarse juntos» (n. 32). Este es el proyecto nuevo, expresado en estas palabras: «Entrego esta encíclica social como una humilde contribución a la reflexión para que frente a las diversas formas de eliminar o de ignorar a los otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social» (n.6).

Debemos comprender bien esta alternativa. Venimos y estamos todavía dentro de un paradigma que está en la base de la modernidad. Es antropocéntrico. Es el reino del dominus: el ser humano como dueño y señor de la naturaleza y de la Tierra, que sólo tienen sentido en la medida en que se ordenan a él. Cambió la faz de la Tierra, trajo muchos beneficios pero también creó un principio de autodestrucción. Es el actual impasse de las “densas sombras”. Frente a esta visión del mundo, la encíclica Fratelli tutti propone un nuevo paradigma: el del frater, el hermano, el de la fraternidad universal y la amistad social. Desplaza el centro: de una civilización técnico-industrial e individualista a una civilización de solidaridad, de preservación y cuidado de toda la vida. Esta es la intención original del Papa. En este viraje está nuestra salvación; superaremos la visión apocalíptica de la amenaza del fin de la especie humana por una visión de esperanza, de que podemos y debemos cambiar de rumbo.

Para eso necesitamos alimentar la esperanza. El Papa dice: «Os invito a la esperanza que nos habla de una realidad arraigada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y de los condicionamientos históricos en que vive» (n. 55). Aquí resuena el principio esperanza, que es más que la virtud de la esperanza, es un principio, un motor interior para proyectar nuevos sueños y visiones, tan bien formulado por Ernst Bloch. Destaca «la afirmación de que los seres humanos somos hermanos y hermanas, que no es una abstracción sino que se hace carne y se concreta, nos plantea una serie de retos que nos descolocan, nos obligan a asumir nuevas perspectivas y a desarrollar nuevas reacciones» (n.128). Como se deduce, se trata de un nuevo rumbo, de un viraje paradigmático.

¿Por dónde empezar? Aquí el Papa revela su actitud básica, repetida a menudo a los movimientos sociales: «No esperéis nada de arriba porque siempre viene más de lo mismo o todavía peor; empiecen por ustedes mismos». Por eso sugiere: «Es posible comenzar desde abajo, desde cada uno de nosotros, a luchar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo» (n.78). El Papa sugiere lo que hoy es la punta de la discusión ecológica: trabajar la región, el biorregionalismo que permite la verdadera sostenibilidad y la humanización de las comunidades y articula lo local con lo universal (n.147).

Tiene largas reflexiones sobre la economía y la política, pero subraya: «la política no debe someterse a la economía y la economía no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia» (n.177). Hace una contundente crítica al mercado: «El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, como único camino para resolver los problemas sociales» (n.168). La globalización nos hizo más cercanos pero no más hermanos (n.12). Crea sólo socios pero no hermanos (n.102).

De la mano de la parábola del buen samaritano, hace un análisis riguroso de los diversos personajes que entran en escena y los aplica a la economía política, culminando con la pregunta: «¿con quién te identificas (con el herido del camino, con el sacerdote, con el levita o con el extranjero, el samaritano, despreciado por los judíos)? Esta pregunta es cruda, directa y decisiva. ¿A cuál de ellos te pareces?» (n.64). El buen samaritano se convierte en modelo del amor social y político (n.66).

El nuevo paradigma de fraternidad y amor social se despliega en el amor en su concretización pública, en el cuidado de los más frágiles, en la cultura del encuentro y del diálogo, en la política como ternura y amabilidad.

En cuanto a la cultura del encuentro, se toma la libertad de citar al poeta brasileño Vinicius de Moraes en su Samba da Bênção en el disco Encuentro en Al bon Gourmet de 1962 donde dice: «La vida es el arte del encuentro aunque haya tantos desencuentros en la vida» (n.215). La política no se reduce a la disputa por el poder y a la división de poderes. Afirma de manera sorprendente: «Incluso en la política hay lugar para el amor con ternura: a los más pequeños, a los más débiles, a los más pobres; ellos deben enternecernos y tienen el ‘derecho’ de llenar nuestra alma y nuestro corazón; sí, son nuestros hermanos y como tales debemos amarlos y tratarlos de esta manera» (n.194). Se pregunta qué es la ternura y responde: «es el amor que se hace cercano y concreto; es un movimiento que procede del corazón y llega a los ojos, a los oídos, a las manos» (n.196). Esto nos recuerda la frase de Gandhi, una de las inspiraciones del Papa, junto con San Francisco, Luther King, Desmond Tutu: la política es un gesto de amor al pueblo, el cuidado de las cosas comunes.

Junto con la ternura viene la amabilidad que nosotros traduciríamos por gentileza, recordando al profeta Gentileza que en las calles de Río de Janeiro proclamaba a todos los que pasaban: “Gentileza genera gentileza” y “Dios es gentileza”, muy al estilo de San Francisco. Define así la amabilidad: «un estado de ánimo que no es áspero, duro, rudo, sino afable, gentil, que sostiene y conforta. La persona que posee esta cualidad ayuda a los demás a hacer más llevadera su existencia» (n.223). Este es un desafío para los políticos, hecho también a los obispos y sacerdotes: hacer la revolución de la ternura.

La solidaridad es uno de los fundamentos de lo humano y lo social. Se «expresa concretamente en el servicio que puede adoptar formas muy diferentes y asumir para sí mismo el peso de los demás; es en gran medida cuidar de la fragilidad humana» (n. 115). Esta solidaridad demostró estar ausente y sólo después ser eficaz en la lucha contra la Covid-19. Impide que la humanidad se bifurque entre “mi mundo” y “los otros”, “ellos”, ya que «muchos dejan de ser considerados seres humanos con una dignidad inalienable, y pasan a ser sólo ‘ellos’» (n.27). Y concluye con un gran deseo: «Ojalá que al final ya no estén ‘los otros’ sino sólo ‘nosotros’»(n.35).

Para ese desafío de dar cuerpo al sueño de una fraternidad universal y de amor social convoca a todas las religiones, pues «ellas ofrecen una valiosa contribución en la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad» (n.271).

Al final evoca la figura del hermanito de Jesús, Charles de Foucauld, que en el desierto del norte de África junto a la población musulmana quería ser “definitivamente el hermano universal” (n.287). El Papa Francisco observa: «Sólo identificándose con los más pequeños llegó a ser hermano de todos; que Dios inspire este sueño en cada uno de nosotros. Amén» (n. 288).

Estamos ante un hombre, el Papa Francisco, que, siguiendo a su fuente inspiradora, Francisco de Asís,se ha convertido también en un hombre universal, acogiendo a todos e identificándose con los más vulnerables e invisibles de nuestro cruel e inhumano mundo. Él suscita la esperanza de que podemos y debemos alimentar el sueño de la fraternidad sin fronteras y del amor universal.

Él ha hecho su parte. Nos corresponde a nosotros no dejar que ese sueño sea sólo un sueño, sino el principio fundamental de una nueva forma de vivir juntos, como hermanos y hermanas más la naturaleza, en la misma Casa Común. ¿Tendremos el tiempo y la sabiduría para dar este salto? Seguramente las “densas sombras” continuarán, pero tenemos una lámpara en esta encíclica de esperanza del Papa Francisco. No disipa todas las sombras, pero es suficiente para vislumbrar el camino a ser recorrido por todos.

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor brasilero y ha escrito: Francisco de Asís y Francisco de Roma, Trotta, Madrid 2013.

Traducción de Mª José Gavito Milano