La lucha del Cóndor con el Toro: colonización versus liberación

Leonardo Boff

Por más que hayan sido oprimidos y, en gran parte, exterminados, los pueblos originarios de Abya-Yala (nombre indígena para América del Sur) siempre resistieron y alimentaron la esperanza de un día rescatar su identidad.

En razón de esta esperanza, en algunas comunidades andinas de los antiguos incas, hacia la región de Potosí, se celebra de vez en cuando un ritual de gran significado: se ata un Cóndor al lomo de un Toro bravío. Ante la multitud se libra una lucha feroz y dramática. El Toro hace todo lo posible por librarse del Cóndor y este lo picotea incesantemente hasta que, con sus potentes picotazos, lo extenúa y lo derriba. Entonces el Toro, vencido, es comido por todos.

El cristianismo impuesto formaba parte del proyecto colonial. Se trataba, en la fórmula clásica, de expandir la fe y el imperio. El cristianismo, en general, siempre se mostró sensible al pobre, aunque con métodos discutibles, pero fue implacable y etnocéntrico frente a la alteridad cultural. El otro (el indígena y el negro) fue considerado enemigo, pagano e infiel.

Contra él se emprendieron guerras justas y se le leyó el requerimiento (un documento en latín leído ante el cacique en el cual debía reconocer al rey como su soberano y al papa como representante de Dios). Si no lo aceptaba —pues ni siquiera entendía el latín— se legitimaba su sometimiento forzado.

Nunca debemos olvidar que nuestras sociedades sudamericanas están asentadas sobre una gran violencia practicada por el colonialismo que invadió nuestras tierras y nos obligó a hablar y pensar según los moldes del invasor. Sufrimos un feroz etnocidio indígena, con su casi exterminio; el inhumano esclavismo, que redujo a millones de personas a simples “piezas”; la persistente dominación de clases dominantes egoístas, corruptas e insensibles frente a la pobreza de sus semejantes, negadoras de un proyecto nacional que incluyera a todos y preocupadas solo por sus beneficios y privilegios. Las desigualdades sociales, las jerarquías discriminatorias y la falta de sentido del bien común se alimentan todavía hoy de ese perverso sustrato cultural.

Por eso, con asombro, todavía recientemente escuchamos a autoridades eclesiásticas oficiales afirmar que la primera evangelización no fue una imposición ni una alienación, y que sería un retroceso y una involución querer rescatar las religiones ancestrales de los pueblos originarios. Hoy, después del Sínodo Panamazónico convocado por el papa Francisco, por el contrario, se insiste en ese rescate.

Frente a esto no podemos dejar de escuchar el reverso de la conquista y de la evangelización impuesta: la voz de las víctimas que resuena hasta nuestros días. Lo testimonian los lamentos del profeta maya Chilam Balam de Chumayel:

“¡Ay! Entristezcámonos porque llegaron… vinieron a marchitar nuestras flores para que solamente su flor viviera… vinieron a castrar el sol”. Y su lamento continúa: “Entre nosotros se introdujo la tristeza, se introdujo el cristianismo… Ese fue el principio de nuestra miseria, el principio de nuestra esclavitud” (cf. M. León-Portilla, El reverso de la conquista, México, 1989). ¿Hay palabras que nos desmoralicen más que estas? ¡La buena noticia convertida en tristeza, principio de esclavitud!

Según el filósofo e historiador Oswald Spengler (1880-1936), en La decadencia de Occidente (1938), la invasión ibérica en América significó el mayor genocidio de la historia humana. La destrucción —dice— fue del orden del 90 % de la población. De los 22 millones de aztecas que había en 1519, cuando Hernán Cortés penetró en México, solo quedaba un millónen 1600. Y los sobrevivientes, en palabras de Jon Sobrino, teólogo asesor de San Óscar Arnulfo Romero, son pueblos crucificados que penden de la cruz; la misión de la Iglesia y de una ciudadanía abierta es bajarlos de la cruz y hacerlos resucitar.

El enfrentamiento entre el Toro y el Cóndor constituye una metáfora: el Toro es el colonizador español y el Cóndor el inca del altiplano andino, oprimido. Se produce una inversión simbólica: el vencedor de ayer (el Toro) es el vencido de hoy. El vencedor de hoy es el Cóndor. El sueño de libertad triunfa, al menos simbólicamente.

En este contexto, la misión de la Iglesia es de justicia, no de caridad, como fue afirmado solemnemente por las conferencias episcopales de toda América Latina —Medellín, Puebla y Aparecida—: reforzar el rescate de las culturas ancestrales de los pueblos originarios, con su espíritu, que son las tradiciones, la sabiduría de los chamanes y sus religiones. Y luego establecer un diálogo en el que ambos se complementen, se purifiquen y se evangelicen mutuamente.

Entonces, como atestiguan tantos misioneros, ellos nos evangelizan porque, en general, son mejores que los cristianos: al menos no saben lo que es la mentira. Se sienten parte de la propia naturaleza y viven en la mayor libertad.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA (www.revistaliberta.com.br). Es autor también de La nueva evangelización: la perspectiva de los pobres (Vozes, 1990).

Krieg kann nicht humanisiert werden; er muss abgeschafft werden  

Leonardo Boff

Der Satz im Titel stammt nicht von mir; er geht auf B. Russell und A. Einstein aus ihrem Manifest vom 9. Juli 1955 zurück, in dem sie gegen die Gefahren des Atomkriegs und für den Frieden warnten. Dies ist die große Sehnsucht der Menschheit, immer wieder unerfüllt und doch immer wieder neu entfacht. Ohne diese Utopie, für deren Verwirklichung wir kämpfen, kann sie niemals aufgegeben werden, denn das wäre Zynismus angesichts der Kriegsopfer und ein Verstoß gegen jedes ethische Empfinden.

Jeder Krieg fordert Tausende, ja Millionen von Menschenleben. Er verdammt Kain, der seinen Bruder Abel erschlug.

Max Born, Physik-Nobelpreisträger (1954), prangerte die Häufigkeit ziviler Opfer in modernen Kriegen an. Im Ersten Weltkrieg starben nur 5 % der Zivilisten, im Zweiten Weltkrieg 50 % und in den Kriegen in Korea und Vietnam 85 %. Jüngste Daten zeigen, dass im Irak und im ehemaligen Jugoslawien 98 % der Opfer Zivilisten waren. Dasselbe geschieht in Netanjahus Krieg gegen die Palästinenser im Gazastreifen. Mehr als 18.000 Kinder, die mit dem Krieg nichts zu tun hatten, wurden geopfert.

Es genügt nicht, für den Frieden zu sein. Wir müssen gegen den Krieg sein. Jeder Krieg kostet Menschenleben, das Leben unserer Mitmenschen. Kain kann nicht triumphieren.

Das Phänomen Krieg ist so komplex, dass es keine einfache Erklärung gibt, die auch nur ausreichend ist. Das entbindet uns jedoch nicht von der Pflicht, über die Tatsache des Krieges und seine verheerenden menschlichen und materiellen Folgen nachzudenken.

Was ist beispielsweise zu tun, wenn ein Land von einem anderen angegriffen wird? Hat es das Recht, sich mit eigenen Streitkräften zu verteidigen? Gibt es ein Verhältnismäßigkeitsprinzip? Wie sollten sich die Herrscher von Völkern verhalten, die Zeugen eines Völkermords am helllichten Tag werden, wie im Gazastreifen? Oder angesichts der ethnischen Säuberungen von Minderheiten im ehemaligen Jugoslawien, im Kosovo und in Bosnien durch blutrünstige Soldaten, die systematisch grundlegende Menschenrechte verletzten? Ist es gerechtfertigt, sich auf den Grundsatz der Nichteinmischung in die inneren Angelegenheiten souveräner Staaten zu berufen und Verbrechen gegen die Menschlichkeit tatenlos zuzusehen? Wo liegen die Grenzen der Souveränität? Ist sie absolut? Steht sie über dem Menschen, der geopfert werden darf?

Wie sollen wir auf das weit verbreitete Phänomen des Terrorismus reagieren, der sich letztendlich Zugang zu atomarem Material verschaffen und eine ganze Stadt bedrohen und lahmlegen könnte? Und im Falle eines Angriffs würde die Stadt durch Radioaktivität unbewohnbar werden. Ist ein Präventivkrieg dagegen legitim?

Dies sind ethische Fragen, die uns heute beschäftigen. Um nicht zu verzweifeln, müssen wir nachdenken. Angesichts der Strategie des derzeitigen US-Präsidenten Donald Trump, der dies verkündet und auch umsetzt, wird Frieden weltweit nicht durch Dialog, sondern durch Gewalt erreicht werden. Es wäre niemals echter Frieden, sondern eine erzwungene Befriedung. Es ist ein wiederkehrendes Argument aller Präsidenten, einschließlich Barack Obama, zu bekräftigen, dass die USA globale Interessen haben und bei deren Bedrohung – notfalls auch mit Gewalt – eingreifen können.

Angesichts dieser Probleme werden verschiedene Lösungsansätze vorgestellt.

Eine große Gruppe unterstützt die These: Angesichts der verheerenden Wirkung moderner Kriegsführung mit chemischen, biologischen und nuklearen Waffen, die die Zukunft der Menschheit und der gesamten Biosphäre gefährden könnte, gibt es keinen gerechten Krieg (ius ad bellum). Das Leben in all seinen Formen steht über allem.

Eine andere Gruppe argumentiert, dass es gerechte Kriege, sogenannte „humanitäre Interventionen“, geben kann, diese müssten sich aber auf die Verhinderung von Völkermord und Verbrechen gegen die Menschlichkeit beschränken.

Eine andere Gruppe, die das globale Establishment repräsentiert, bekräftigt: Der gerechte Krieg muss als Selbstverteidigung, als Bestrafung der Länder der „Achse des Bösen“ und als Verhinderung von Angriffen mit Massenvernichtungswaffen zurückgefordert werden.

Lassen Sie uns diese Positionen ethisch bewerten: Unter den gegenwärtigen Bedingungen birgt jeder Krieg ein extrem hohes Risiko, da wir über die Tötungsmaschine verfügen, die die Menschheit und die Biosphäre vernichten kann. Krieg ist in gewisser Weise ungerecht, da er global tödliche Folgen hat.

Im Rahmen einer realistischen Politik ist eine begrenzte „humanitäre Intervention” unter zwei Bedingungen theoretisch gerechtfertigt: Sie darf nicht von einem einzelnen Land, sondern muss von der Staatengemeinschaft (UNO) beschlossen werden und muss zwei Grundprinzipien (ius in bello = Rechte im Krieg) respektieren: die Immunität der Zivilbevölkerung und die Angemessenheit der Mittel (sie dürfen nicht mehr Schaden als Nutzen verursachen).

Der Einsatz von Gewalt in Selbstverteidigung ist an sich nicht gut, aber im Rahmen der strengen Angemessenheit der Mittel ist er gerechtfertigt.

Strafkriege, wie sie gegen Afghanistan und den Südlibanon, wo die Hamas operiert, geführt wurden, basieren auf Rache und sind nicht zu rechtfertigen. Sie schüren lediglich Wut und Groll und bereiten so den Boden für künftige Konflikte.

Der Präventivkrieg gegen den Irak, der auf der falschen Annahme beruhte, dieser besitze Massenvernichtungswaffen, war unrechtmäßig, da er auf falschen Analysen und einer noch nicht eingetretenen und ungewissen Situation basierte. Kein Recht, gleich welcher Art, verleiht ihm Legitimität, da er subjektiv und willkürlich ist.

Theoretisch ist dies alles stichhaltig, da es wichtig ist, Positionen zu klären. In der Praxis hat sich jedoch gezeigt, dass alle Kriege, selbst jene der „humanitären Intervention“, die beiden Kriterien – die Unversehrtheit der Zivilbevölkerung und die Angemessenheit der Mittel – nicht erfüllen. Es wird nicht zwischen Kombattanten und Nichtkombattanten unterschieden.

Um den Feind zu schwächen, wird seine Infrastruktur zerstört, was zum Tod vieler unschuldiger Zivilisten führt. Die Folgen des Krieges dauern jahrelang an, wie im Fall des von der US-Armee eingesetzten abgereicherten Urans, das Krankheiten in ganzen Bevölkerungsgruppen verursachte.

Krieg ist keine Lösung für irgendein Problem. Wir müssen, im Lichte des heiligen Franz von Assisi, Leo Tolstoi, Gandhi und Martin Luther King Jr., nach einem neuen Paradigma suchen, wenn wir uns nicht selbst zerstören wollen: Frieden als Ziel und Weg zugleich. Wer Frieden will, muss sich auf den Frieden vorbereiten.

Leonardo Boff schreibt für das LIBERTA-Magazin der ICL (https://www.revistaliberta.com.br); außerdem verfasste er „Caring for the Earth – Protecting Life, Record 2010“ (https://www.leonardoboff.org).

Übersetzt von Bettina Goldhacker

La guerra no puede ser humanizada: debe ser cancelada

Leonardo Boff

La frase del título no es mía; pertenece a Bertrand Russell y a Albert Einstein en su manifiesto del 9 de julio de 1955 contra los peligros de una guerra nuclear y a favor de la paz. Ese es el gran anhelo de la humanidad: siempre frustrado y siempre renovado. Sin esta utopía —por la cual luchamos para que sea viable— no podemos abandonarla nunca, pues hacerlo sería un acto de cinismo frente a las víctimas de las guerras y una renuncia a todo sentido ético.

Toda guerra sacrifica miles y hasta millones de personas. Ella perpetúa el gesto de Caín que mató a su hermano Abel.

Max Born, premio Nobel de Física en 1954, denunció el predominio de la matanza de civiles en la guerra moderna. En la Primera Guerra Mundial moría solo un 5% de civiles; en la Segunda Guerra Mundial, el 50%; en la guerra de Corea y en la de Vietnam, el 85%. Y datos más recientes indicaban que en las guerras contra Irak y en la ex Yugoslavia el 98% de las víctimas eran civiles. Algo semejante está ocurriendo hoy en la guerra conducida por Benjamin Netanyahu contra los palestinos de la Franja de Gaza: más de 18.000 eran niños que nada tenían que ver con la guerra y fueron sacrificados.En la guerra de Israel con Estados Unidos contra Iran  y el Hamas los mas de tres mil muertos eran civiles.

No basta con estar a favor de la paz. Debemos estar contra la guerra.
Toda guerra, en sí misma, mata vidas de otros, nuestros semejantes. Caín no puede triunfar.

El fenómeno de la guerra se presenta como algo tan complejo que ninguna respuesta lo explica plenamente ni resulta suficiente. Eso no nos exime de reflexionar sobre el hecho de la guerra y sus perversas consecuencias humanas y materiales.

Por ejemplo, si un país es agredido por otro, ¿qué hacer? ¿Tiene derecho a defenderse con fuerzas defensivas? ¿Debe haber proporcionalidad? ¿Cómo deben comportarse los gobernantes de los pueblos que asisten a un genocidio a cielo abierto, como en la Franja de Gaza? O frente a la limpieza étnica de minorías aplicada en la ex Yugoslavia, en Kosovo y en Bosnia, por soldados sanguinarios que además violaban sistemáticamente derechos humanos básicos. ¿Vale alegar el principio de no intervención en los asuntos internos de Estados soberanos y asistir, pasivamente, a crímenes contra la humanidad? ¿Cuál es el límite de la soberanía? ¿Es absoluta? ¿Está por encima de lo humano, que puede ser sacrificado?

¿Cómo reaccionar frente al fenómeno difuso del terrorismo que, eventualmente, puede tener acceso a materiales atómicos, amenazar a toda una ciudad y ponerla de rodillas? Y si fuera lanzada una de esas armas, volvería inviable a toda la ciudad a causa de la radiactividad. ¿Frente a eso es legítima una guerra preventiva?

Son cuestiones éticas que ocupan mentes y corazones en nuestros días. Para no desesperar, tenemos que pensar. En el mundo entero, dada la estrategia del actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien ha dicho —y está llevando a la práctica— que la paz se hará no por el diálogo sino por la fuerza. Eso jamás sería paz, sino una pacificación forzada e impuesta. Es un discurso recurrente en todos los presidentes, incluso en Barack Obama, afirmar que los Estados Unidos tienen intereses globales y pueden intervenir cuando estos se ven amenazados, utilizando incluso la fuerza.

Frente a estos problemas mencionados, se presentan varias opciones.

Un grupo numeroso sostiene la tesis de que, dada la capacidad devastadora de la guerra moderna con armas químicas, biológicas y nucleares, que podría comprometer el futuro de la especie y de toda la biosfera, ya no existe ninguna guerra justa (ius ad bellum). La vida, en sus diversas formas, está por encima de todo.

Otro grupo afirma que puede haber guerra justa, la “intervención humanitaria”, pero limitada para impedir el etnocidio y los crímenes de lesa humanidad.

Otro grupo, representando al establishment global, reafirma que hay que rescatar la guerra justa como autodefensa, como castigo a los países del “eje del mal” y como prevención de ataques con armas de destrucción masiva.

Hagamos un juicio ético sobre estas posiciones: en las condiciones actuales, toda guerra representa un riesgo altísimo, pues disponemos de una máquina de muerte capaz de destruir a la humanidad y a la biosfera. La guerra es un medio injusto, por ser globalmente letal.

Dentro de una política realista, una “intervención humanitaria” limitada es teóricamente justificable, bajo dos condiciones: no puede ser decidida por un país singular, sino por la comunidad de las naciones (la ONU), y debe respetar dos principios básicos (ius in bello, es decir, los derechos en el curso de la guerra): la inmunidad de la población civil y la adecuación de los medios (que no pueden causar más daños que beneficios).

La fuerza empleada como autodefensa no la convierte en algo bueno, pero puede justificarse dentro de una estricta adecuación de los medios.

La guerra de castigo, como la emprendida contra Afganistán o contra el sur del Líbano donde actúa Hamás, se basa en la venganza y no es defendible. Solo alimenta la ira y el resentimiento, caldo de cultivo de futuros conflictos.

La guerra preventiva, como la realizada contra Irak bajo la falsa suposición de que poseía armas de destrucción masiva, era ilegítima porque se basaba en análisis falsos y en algo que aún no existía y que podría no haber ocurrido. Ningún derecho, de cualquier naturaleza, le concede legitimidad, por ser subjetiva y arbitraria.

Todo esto vale teóricamente, pues importa clarificar posiciones. Sin embargo, en la práctica se ha demostrado quetodas las guerras, incluso las llamadas de “intervención humanitaria”, no observan los dos criterios fundamentales: la inmunidad de la población civil y la adecuación de los medios. No se hace distinción entre combatientes y no combatientes.

Para debilitar al enemigo se destruye su infraestructura, con numerosas muertes de inocentes y civiles. Las consecuencias de la guerra perduran durante años, como en el caso del uranio empobrecido utilizado por el ejército norteamericano, que ha causado enfermedades en poblaciones afectadas.

La guerra no es solución para ningún problema. Debemos buscar un nuevo paradigma, a la luz de Francisco de Asís, León Tolstoy, Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., si no queremos destruirnos: la paz como meta y como método.
Si quieres la paz, prepara la paz.

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTAa (ICL): https://www.revistaliberta.com.br. También es autor de Cuidar de la Tierra – Proteger la vida, Record, 2010 (https://www.leonardoboff.org).

La lucha del cóndor con el toro: Colonización versus Liberación

                           Leonardo Boff

A pesar de la opresión y, en gran medida, el exterminio, los pueblos originarios de Abya-Yala (nombre indígena de Sudamérica) siempre resistieron y alimentaron la esperanza de algún día recuperar su identidad. Por esta esperanza, en algunas comunidades andinas de los antiguos incas, alrededor de Potosí, se celebra periódicamente un ritual de gran significado: un cóndor es atado al lomo de un toro salvaje. Una lucha feroz y dramática tiene lugar ante la multitud. El toro hace todo lo posible por liberarse del cóndor, y este lo picotea incesantemente hasta que, con sus poderosos picotazos, lo desangra, lo agota y lo derriba. El toro derrotado es entonces devorado por todos.

El cristianismo impuesto fue parte del proyecto colonial. Se trataba, en la fórmula clásica, de “expandir la fe y el imperio”. En general, siempre se mostró sensible a los pobres, aunque con métodos cuestionables, pero era despiadado y etnocéntrico frente a la otredad cultural. El otro (indígena y negro) era considerado enemigo, pagano e infiel. Contra él se libraban “guerras justas”, y se le leía el requerimiento (un documento en latín leído ante el cacique en el que debía reconocer al rey como su soberano y al papa como representante de Dios). Si no lo aceptaba, ya que ni siquiera entendía latín, se legitimaba la sumisión forzada.

Nunca debemos olvidar que nuestras sociedades sudamericanas se basan en la gran violencia perpetrada por el colonialismo, que invadió nuestras tierras y nos obligó a hablar y pensar como el invasor. Sufrimos un feroz etnocidio indígena con su casi exterminio; la esclavitud inhumana que redujo a millones de personas de África a “piezas”; La persistente dominación de las clases dominantes, egoístas, corruptas e insensibles a la pobreza de sus semejantes, niega un proyecto nacional que incluya a todos, pensando solo en sus propios beneficios y privilegios. Las desigualdades sociales, las jerarquías discriminatorias y la falta de sentido del bien común siguen alimentando este perverso sustrato cultural.

Por eso, recientemente hemos escuchado con asombro de las autoridades eclesiásticas oficiales que la primera evangelización no fue ni una «imposición ni una alienación». Y que sería «una regresión y una involución» querer rescatar las religiones ancestrales de los pueblos originarios. Hoy, tras el Sínodo Panamazónico del Papa Francisco, por el contrario, se insiste en este rescate.

Ante esto, no podemos dejar de escuchar la otra cara de la conquista y la evangelización impuesta: la voz de las víctimas, que resuena hasta nuestros días. Testigos son los lamentos del profeta maya Chilam Balam de Chumayel: “¡Ay! Lloremos porque han llegado… han venido a marchitar nuestras flores para que solo su flor viva… han venido a castrar el sol”. Y su lamento continúa: “Se ha introducido la tristeza entre nosotros, se ha introducido el cristianismo… Este fue el comienzo de nuestra miseria, el comienzo de nuestra esclavitud” (cf. M. León-Portilla, El reverso de la conquista, México 1989). ¿Hay palabras que nos desmoralicen más que estas? ¡La buena noticia como tristeza, el comienzo de la esclavitud!

Según el filósofo e historiador Oswald Spengler (1880-1936) en La decadencia de Occidente (1938), la invasión ibérica de América significó el mayor genocidio de la historia de la humanidad. La destrucción, afirma, fue del orden del 90% de la población. De los 22 millones de aztecas que había en 1519 cuando Hernán Cortés penetró en México, solo quedaba un millón en 1600. Y los sobrevivientes, en palabras de Jon Sobrino, teólogo asesor de  Óscar Arnulfo Romero, son pueblos crucificados; la misión de la Iglesia y la ciudadanía abierta es bajarlos de la cruz y resucitarlos.

El choque entre el Toro y el Cóndor representa una metáfora: el Toro es el colonizador español y el Cóndor, el Inca oprimido del altiplano andino. Se produce una inversión simbólica: el vencedor de ayer (el Toro) es el perdedor de hoy. El vencedor de hoy es el Cóndor. El sueño de libertad, al menos, triunfa simbólicamente.

En este contexto, la misión de la Iglesia es de justicia, no de caridad, como afirman solemnemente las conferencias episcopales de Sudamérica, como Medellín, Puebla y Aparecida: reforzar el rescate de las culturas ancestrales de los pueblos originarios, con su espíritu, que son las tradiciones, la sabiduría de los chamanes y sus religiones. Y luego establecer un diálogo en el que ambas se complementen, se purifiquen y se evangelicen mutuamente. Así pues, como atestiguan tantos misioneros, nos evangelizan porque, en general, son mejores que los cristianos; al menos no conocen la mentira. Se perciben como naturaleza misma y viven en la mayor libertad. Tenemos mucho de aprender de ellos.

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL (https://www.revistaliberta.com.br); también escribió La Nueva Evangelización: La Perspectiva de los Pobres, Vozes 1990 (www.leonardoboff.org


























































Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA
del ICL (https://www.revistaliberta.com.br); también escribió La Nueva
Evangelización: La Perspectiva de los Pobres, Vozes 1990 (www.leonardoboff.org




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                            Leonardo Boff  A pesar de la opresión y, en gran medida, el exterminio,
los pueblos originarios de Abya-Yala (nombre indígena de Sudamérica) siempre
resistieron y alimentaron la esperanza de algún día recuperar su identidad. Por
esta esperanza, en algunas comunidades andinas de los antiguos incas, alrededor
de Potosí, se celebra periódicamente un ritual de gran significado: un cóndor
es atado al lomo de un toro salvaje. Una lucha feroz y dramática tiene lugar
ante la multitud. El toro hace todo lo posible por liberarse del cóndor, y este
lo picotea incesantemente hasta que, con sus poderosos picotazos, lo desangra,
lo agota y lo derriba. El toro derrotado es entonces devorado por todos.  El cristianismo impuesto fue parte del proyecto colonial.
Se trataba, en la fórmula clásica, de “expandir la fe y el imperio”.
En general, siempre se mostró sensible a los pobres, aunque con métodos
cuestionables, pero era despiadado y etnocéntrico frente a la otredad cultural.
El otro (indígena y negro) era considerado enemigo, pagano e infiel. Contra él
se libraban “guerras justas”, y se le leía el requerimiento (un
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su soberano y al papa como representante de Dios). Si no lo aceptaba, ya que ni
siquiera entendía latín, se legitimaba la sumisión forzada.  Nunca debemos olvidar que nuestras sociedades
sudamericanas se basan en la gran violencia perpetrada por el colonialismo, que
invadió nuestras tierras y nos obligó a hablar y pensar como el invasor.
Sufrimos un feroz etnocidio indígena con su casi exterminio; la esclavitud
inhumana que redujo a millones de personas de África a “piezas”; La
persistente dominación de las clases dominantes, egoístas, corruptas e
insensibles a la pobreza de sus semejantes, niega un proyecto nacional que
incluya a todos, pensando solo en sus propios beneficios y privilegios. Las
desigualdades sociales, las jerarquías discriminatorias y la falta de sentido
del bien común siguen alimentando este perverso sustrato cultural.  Por eso, recientemente hemos escuchado con asombro de las
autoridades eclesiásticas oficiales que la primera evangelización no fue ni una
«imposición ni una alienación». Y que sería «una regresión y una involución»
querer rescatar las religiones ancestrales de los pueblos originarios. Hoy,
tras el Sínodo Panamazónico del Papa Francisco, por el contrario, se insiste en
este rescate.  Ante esto, no podemos dejar de escuchar la otra cara de
la conquista y la evangelización impuesta: la voz de las víctimas, que resuena
hasta nuestros días. Testigos son los lamentos del profeta maya Chilam Balam de
Chumayel: “¡Ay! Lloremos porque han llegado… han venido a marchitar nuestras flores
para que solo su flor viva… han venido a castrar el sol”. Y su lamento
continúa: “Se ha introducido la tristeza entre nosotros, se ha introducido el
cristianismo… Este fue el comienzo de nuestra miseria, el comienzo de nuestra
esclavitud” (cf. M. León-Portilla, El reverso de la conquista, México 1989).
¿Hay palabras que nos desmoralicen más que estas? ¡La buena noticia como
tristeza, el comienzo de la esclavitud!  Según el filósofo e historiador Oswald Spengler
(1880-1936) en La decadencia de Occidente
(1938), la invasión ibérica de América significó el mayor genocidio de la
historia de la humanidad. La destrucción, afirma, fue del orden del 90% de la
población. De los 22 millones de aztecas que había en 1519 cuando Hernán Cortés
penetró en México, solo quedaba un millón en 1600. Y los sobrevivientes, en
palabras de Jon Sobrino, teólogo asesor de 
Óscar Arnulfo Romero, son pueblos crucificados; la misión de la Iglesia
y la ciudadanía abierta es bajarlos de la cruz y resucitarlos.  El choque entre el Toro y el Cóndor representa una
metáfora: el Toro es el colonizador español y el Cóndor, el Inca oprimido del
altiplano andino. Se produce una inversión simbólica: el vencedor de ayer (el
Toro) es el perdedor de hoy. El vencedor de hoy es el Cóndor. El sueño de
libertad, al menos, triunfa simbólicamente.  En este contexto, la misión de la Iglesia es de justicia,
no de caridad, como afirman solemnemente las conferencias episcopales de
Sudamérica, como Medellín, Puebla y Aparecida: reforzar el rescate de las
culturas ancestrales de los pueblos originarios, con su espíritu, que son las
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un diálogo en el que ambas se complementen, se purifiquen y se evangelicen
mutuamente. Así pues, como atestiguan tantos misioneros, nos evangelizan
porque, en general, son mejores que los cristianos; al menos no conocen la
mentira. Se perciben como naturaleza misma y viven en la mayor libertad. Tenemos
mucho de aprender de ellos. 


























































Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA
del ICL (https://www.revistaliberta.com.br); también escribió La Nueva
Evangelización: La Perspectiva de los Pobres, Vozes 1990 (www.leonardoboff.org




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                            Leonardo Boff  A pesar de la opresión y, en gran medida, el exterminio,
los pueblos originarios de Abya-Yala (nombre indígena de Sudamérica) siempre
resistieron y alimentaron la esperanza de algún día recuperar su identidad. Por
esta esperanza, en algunas comunidades andinas de los antiguos incas, alrededor
de Potosí, se celebra periódicamente un ritual de gran significado: un cóndor
es atado al lomo de un toro salvaje. Una lucha feroz y dramática tiene lugar
ante la multitud. El toro hace todo lo posible por liberarse del cóndor, y este
lo picotea incesantemente hasta que, con sus poderosos picotazos, lo desangra,
lo agota y lo derriba. El toro derrotado es entonces devorado por todos.  El cristianismo impuesto fue parte del proyecto colonial.
Se trataba, en la fórmula clásica, de “expandir la fe y el imperio”.
En general, siempre se mostró sensible a los pobres, aunque con métodos
cuestionables, pero era despiadado y etnocéntrico frente a la otredad cultural.
El otro (indígena y negro) era considerado enemigo, pagano e infiel. Contra él
se libraban “guerras justas”, y se le leía el requerimiento (un
documento en latín leído ante el cacique en el que debía reconocer al rey como
su soberano y al papa como representante de Dios). Si no lo aceptaba, ya que ni
siquiera entendía latín, se legitimaba la sumisión forzada.  Nunca debemos olvidar que nuestras sociedades
sudamericanas se basan en la gran violencia perpetrada por el colonialismo, que
invadió nuestras tierras y nos obligó a hablar y pensar como el invasor.
Sufrimos un feroz etnocidio indígena con su casi exterminio; la esclavitud
inhumana que redujo a millones de personas de África a “piezas”; La
persistente dominación de las clases dominantes, egoístas, corruptas e
insensibles a la pobreza de sus semejantes, niega un proyecto nacional que
incluya a todos, pensando solo en sus propios beneficios y privilegios. Las
desigualdades sociales, las jerarquías discriminatorias y la falta de sentido
del bien común siguen alimentando este perverso sustrato cultural.  Por eso, recientemente hemos escuchado con asombro de las
autoridades eclesiásticas oficiales que la primera evangelización no fue ni una
«imposición ni una alienación». Y que sería «una regresión y una involución»
querer rescatar las religiones ancestrales de los pueblos originarios. Hoy,
tras el Sínodo Panamazónico del Papa Francisco, por el contrario, se insiste en
este rescate.  Ante esto, no podemos dejar de escuchar la otra cara de
la conquista y la evangelización impuesta: la voz de las víctimas, que resuena
hasta nuestros días. Testigos son los lamentos del profeta maya Chilam Balam de
Chumayel: “¡Ay! Lloremos porque han llegado… han venido a marchitar nuestras flores
para que solo su flor viva… han venido a castrar el sol”. Y su lamento
continúa: “Se ha introducido la tristeza entre nosotros, se ha introducido el
cristianismo… Este fue el comienzo de nuestra miseria, el comienzo de nuestra
esclavitud” (cf. M. León-Portilla, El reverso de la conquista, México 1989).
¿Hay palabras que nos desmoralicen más que estas? ¡La buena noticia como
tristeza, el comienzo de la esclavitud!  Según el filósofo e historiador Oswald Spengler
(1880-1936) en La decadencia de Occidente
(1938), la invasión ibérica de América significó el mayor genocidio de la
historia de la humanidad. La destrucción, afirma, fue del orden del 90% de la
población. De los 22 millones de aztecas que había en 1519 cuando Hernán Cortés
penetró en México, solo quedaba un millón en 1600. Y los sobrevivientes, en
palabras de Jon Sobrino, teólogo asesor de 
Óscar Arnulfo Romero, son pueblos crucificados; la misión de la Iglesia
y la ciudadanía abierta es bajarlos de la cruz y resucitarlos.  El choque entre el Toro y el Cóndor representa una
metáfora: el Toro es el colonizador español y el Cóndor, el Inca oprimido del
altiplano andino. Se produce una inversión simbólica: el vencedor de ayer (el
Toro) es el perdedor de hoy. El vencedor de hoy es el Cóndor. El sueño de
libertad, al menos, triunfa simbólicamente.  En este contexto, la misión de la Iglesia es de justicia,
no de caridad, como afirman solemnemente las conferencias episcopales de
Sudamérica, como Medellín, Puebla y Aparecida: reforzar el rescate de las
culturas ancestrales de los pueblos originarios, con su espíritu, que son las
tradiciones, la sabiduría de los chamanes y sus religiones. Y luego establecer
un diálogo en el que ambas se complementen, se purifiquen y se evangelicen
mutuamente. Así pues, como atestiguan tantos misioneros, nos evangelizan
porque, en general, son mejores que los cristianos; al menos no conocen la
mentira. Se perciben como naturaleza misma y viven en la mayor libertad. Tenemos
mucho de aprender de ellos.