Hoy la democracia como farsa y las instituciones como disfraz

Leonardo Boff*

Es un hecho confesado por el exjefe supremo de las FFAA, general Villas Boâs, que en 2018 elAlto Comando dio un golpe a la democracia brasilera, infringiendo el inciso XILV del artículo 5ºde la Constitución que dice: «constituye delito indecible e imprescriptible la acción de grupos armados, civiles o militares, contra el orden constitucional y el Estado Democrático». El sentido era, presionando al STF para mantenerse distante, utilizar al juez Sérgio Moro (eximio en aplicar el law fare) para sacar a Lula de las elecciones presidenciales, condenarlo por el delito que fuera, en este caso “por delito indeterminado”, y ponerlo en la cárcel donde permaneció más de 500 días. Esto abriría el camino para la elección del ex-capitán reformado perentoriamente por mal comportamiento, Jair Bolsonaro. Es lo que realmente pasó.

Conocemos la “desolación de la tribulación” bíblica, que sobrevino a nuestro país con el presidente electo. Ocupó militarmente el Estado con 11 mil militares en distintas funciones de mando o de administración. No supo guardar la dignidad que el más alto cargo de la nación exige y se entregó a difamaciones, a mentiras directas, a las fake news, al uso vergonzoso de palabrotas con desprecio soberano de la prensa. Mente asesina, prefirió incentivar la compra de más armas por los civiles que elaborar un plan de enfrentamiento a la Covid-19, que ha causado ya más de 220 mil víctimas y nos estamos aproximando a 10 millones de infectados. En la evaluación mundial, Brasil ha quedado en último lugar en las políticas sanitarias contra la Covid-19 así como en vacunar a la población. 

Nuestra democracia que históricamente ha sido siempre de baja intensidad, ahora, con Bolsonaro ycomparsas, voló en pedazos sin ni siquiera llegar a ser de bajísima intensidad. Se ha vuelto una farsa y sus principales instituciones un disfraz de legalidad, por más que se diga que “las instituciones funcionan”. ¿Cabe preguntar para quién? No para la política sanitaria mínima, no para la justicia necesaria para millones de desempleados, para los indígenas y quilombolas, no para el cuidado de la naturaleza en devastación, no para defensa contra amenazas directas al STF nicontra un propósito declarado de golpe militar. Bajo el disfraz de legalidad se blindan notorios corruptos, se concede fácilmente habeas corpus a políticos acusados de ilegalidades y hasta decrímenes y permanecen impunes los centenares de feminicidios y ofensas e incluso asesinatos de los LGBTI.

Me voy a permitir usar las palabras de dos sociólogos ya que encontré en ellos las mejoresmaneras de expresar lo que siento y pienso acerca de nuestra pretendida democracia: Thiago Antônio de Oliveia Sá, sociólogo y profesor universitario (cf. O sequestro das instituições brasileiras, en Carta Maior de 14/02/2021) y Pedro Demo, compañero de estudios en Brasil y enAlemania, profesor de la Universidad de Brasilia, una de las inteligencias más brillantes que conozco, con vasta obra de investigación científica. De ellas me sirvo tomando apenas algunostópicos significativos del libro Introducción a la Sociología: Complejidad, Interdisciplinariedad yDesigualdad Social, Editora Atlas, São Paulo 2002 pp, 329-333), donde aborda directamente eltema de la democracia en Brasil. 

Comienzo con Oliveira Sá en el referido artículo de Carta Maior: «Lo público es un anexo de lo privado. La pericia cede lugar a la malicia. La corrosión institucional se visualiza fácilmente: oscurantistas y mal educados como ministros de Educación; un ecocida que pasa su boyada sobre el medio ambiente; una ruralista al frente de la agricultura nos envenena con sus más de 500 agrotóxicos legalizados; una evangélica fundamentalista cuida de las mujeres y demás minorías con su machismo y su obsesión con la sexualidad ajena. No nos olvidemos del primer ministro deSalud, lobista de los planes privados, extendiendo su mano visible sobre el SUS. Un emisario delmercado financiero dirige el ministerio de economía. Un chiflado, paria orgulloso y antiglobalizador (sea lo que sea eso), hace de Brasil vejamen internacional en las relaciones exteriores. Un racista al frente de la Fundación Palmares. Policía federal convertida enguardaespaldas particular de la presidencia y de sus hijos. La Procuradoría General de la República librando la cara del empresario de las rachadinhas. Un militar en la Salud no necesitamayores explicaciones…. jueces que toman partido, ver las nuevas filtraciones de los planes nada republicanos de Moro, Dallagnol y sus comparsas. Absurdo, pero no sorprendente: la vieja conversión de las instancias judiciales en arma de grupos dominantes. Para persecución de adversarios, para inviabilizar sus candidaturas en favor de otros».

No pierde en contundencia Pedro Demo. Lo que escribió en 2002 vale mucho más para 2021: «Nuestra democracia es escenificación nacional de refinada hipocresía, llena de leyes “bonitas”, pero hecha siempre en última instancia por la élite gobernante para que le sirva de principio a fin. Nuestra democracia refleja crudamente la “lucha por el poder” en el sentido más maquiavélico de lucha por los privilegios. Los políticos sin privilegios son figuras espurias en nuestro escenario; de entrada son personas que se caracterizan por ganar mucho, trabajar poco (mi comentario: véase al ex diputado Jair Bolsonaro en sucesivos mandatos), hacer negocios poco claros, emplear a familiares y asociados, enriquecerse a costa de las arcas públicas, entrar en el mercado por arriba. Pero hay excepciones que confirman la regla.
La propia Constitución de 1988 no alberga propiamente un proyecto nacional colectivo, afinado bajo la batuta de la justicia y la igualdad de oportunidades, sino una propuesta corporativista tallada por medio de la presión particular: los magistrados hicieron su capítulo, así como la policía, las universidades, el legislativo, el judicial, el ejecutivo y la iniciativa privada… Y la tan ponderada por Ulysses Guimarães como “Constitución Ciudadana”, pero con una concepción corporativista extrema, pero sin ninguna conexión con una base financiera e institucional … Al final hicimos otra imitación barata del estado de bienestar. Pero hay cosas buenas como la ley de responsabilidad fiscal para evitar gastar lo que no se recauda…El legislativo lejos de defender ideas, propuestas, equidad, defiende fondos, tajadas de poder, privilegios exclusivos. Es el principal lugar de negociación, de aquí y de allá… No es, pues, difícil demostrar que nuestra democracia es sólo formal, farsante, que convive solemnemente con la miseria de las grandes mayorías. Si aunáramosdemocracia con justicia social, nuestra democracia sería su propia negación. En la clase política dominante en general, no hay rastro de un gesto dirigido a superar males históricos enraizados en privilegios absurdos para unos pocos… Nuestra pobre política lancinante se traduce en la miseria de nuestra democracia. Por eso es tan importante mantener la ignorancia política de las masas»(333).

La realidad política de Bolsonaro es mucho peor que la delineada arriba. Su objetivo es devolver el país a la fase anterior a la Ilustración, a la universalización del saber, los derechos y la democracia en dirección regresiva a tiempos oscuros de lo peor de la Baja Edad Media; no de la dorada Edad Media con sus inmensas catedrales, con la creación de universidades, con sus sumas teológicas, con sus sabios, místicos y santos. Todo lo que se creó en los gobiernos de Lula-Dilma con sabor popular o inserción de los empobrecidos en la sociedad ha sido literalmente desmantelado de manera criminal, pues ha implicado sufrimiento para quienes siempre han sufrido históricamente.

Nos causa horror e indignación constatar que aquellas autoridades judiciales y políticas que podrían promover acciones jurídicamente fundadas contra la irresponsabilidad jurídica y delitos sociales comunes del presidente no se muevan, ya sea porque se sienten cómplices o por ausencia de espíritu patriótico y faltos de sentido de justicia social. Como viven a kilómetros luz del drama del pueblo y ven sus derechos adquiridos y sus privilegios garantizados, no les mueve la noble compasión para usar los instrumentos jurídicos de que disponen para librar a la nación de aquel que la está destruyendo y sigue más aferrado aún a este mismo intento perverso. 

Razón tiene el Papa Francisco al hablar varias veces a los movimientos sociales mundiales, aquellos que quieren otro mundo porque este les es un infierno o un purgatorio: no esperen nada de arriba, pues siempre viene más de lo mismo o peor. Empiecen por ustedes mismos, es decir, las multitudes deben salir a las calles y las plazas y votar para echar a los que les secuestran las oportunidades de ser gente y de sentirse con un mínimo de dignidad y alegría de vivir. Esperamos que suceda eso. Sólo después de sentirse amenazados, los dominantes se adhieren. Si no tenemos cuidado, se apropian de la energía emergente para sus propios fines privados. Pero aquello que debe ser tiene fuerza: la destitución de quien conduce una política necrófila y enemiga del propio país.

Ante la oscuridad del horizonte, y con mucho coste, manteniendo la esperanza contra toda esperanza, hago mías las palabras del Maestro, transido también de profundo pesar: tristis est anima mea usque ad mortem.

Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor.

Traducción de M.ª José Gavito Milano

O proto facismo brasileiro e seu ¨Duce” e “Führer” de araque

Estamos vivendo num momento trágico de nossa história nacional. Tivemos regimes autoritários e até ditatoriais. Estes se caracterizam pela brutalidade nas relações sociais, a tortura e o desaparecimento de seus opositores. Era feita política de estado e seus  líderes apresentam-se falsos, arrogantes e toscos na linguagem e nos comportamentos públicos.

         O Brasil atual é dominado por um fascismo tardio com características nossas mas cujo miolo teórico é inegavelmente nazifascista. Dizemos que é um proto fascismo porque é tão fraco de propósito e desorientado teeoricamente que mesmo querendo não consegue se impor como um real fascismo. Mas excele em grosserias, fake news, mentiras deslavadas e perda quase total de sentido de realidade. Nosso “Führer/Duce”de araque afirma que o Brasil está em primeiro lugar no mundo no combate ao Corona-vírus quando no ranking internacional figura em último lugar. O ministro das relações exteriores, conhecido terraplanista, considera um louvor ser “pária internacional” e o afirma dentro do próprio prédio do Itamaraty para vergonha da memória de notáveis diplomatas e chanceleres. 

Se há um poço em nossa história, encontramo-nos no mais profundo, embora o seu “Führer/Duce” tresloucado,  acha que estamos no monte das bem-aventuranças. Todas as sombras de nossa história, os níveis de karma coletivo do genocídio indígena, de nossa fase colonial, da bruta escravidão e da dominação das classes argentárias que nunca tiveram um projeto de Brasil mas somente para si,com explícita exclusão do povo, a maioria empobrecida e marginalizada, ganharam densidade na atual administração. Sequer pode ser considerado de governo, pois não apresenta nenhum projeto nacional e atua conforme o humor de seu “chefe”. As constituições não funcionam, como se pretende, pois os piores crimes como os  ecológicos (os incêndios de Amazônia e no Pantanal) e sociais (a matança de jovens, na maioria negros, nas periferias das grandes cidades, especialmente no Rio de Janeiro) e a humilhação sistemática de pessoas de outra opção afetiva como os LGBTI permanecem impunes e sequer investigados.

Notáveis juristas nacionais e internacionais apontaram dois tipos de crimes do atual chefe de estado: crimes de responsabilidade que embasaram dezenas de pedidos de impeachment  a serem analisados e julgados pelo Parlamento; e outros dezenas de crimes comuns a serem acolhidos e julgados pelo STF em razão da imunidade da figura do presidente. Nenhum deles foi acolhido e analisado, para perplexidade da consciência cívica da nação e por descaso acerca dos destinos de todo um povo que não lhes importa desde que sejam assegurados seus privilégios monetários e de estado de que gozam à custa do erário público.

Os que mais deveriam se preocupar com a vida do povo como o STF e o MPF colocam a Constituição ou as leis diante dos olhos para assim não verem a realidade e se dispensarem de agir como deveriam. Poucas vezes em nossa história conhecemos tão vergonha omissão e leniência que se aproxima da cumplicidade.

Mas procuremos conhecer melhor esse nefasto modo proto fascismo de governar, conhecer suas origens e darmo-nos conta de sua versão tupiniquim e de araque entre nós. Ficamos entre o riso amargo e o escárneo.

O fascismo originário é uma derivação extremada do fundamentalismo que tem larga tradição em quase todas as culturas. S. Huntington em sua discutida obra Choque de civivlizações denuncia o  Ocidente como um dos mais virulentos fundamentalistas e nas guerras exteriores com claros sinais de fascismo. Imagina que sua cultura é a melhor do mundo, possui a melhor religião, a única verdadeira, a melhor forma de governo, a democracia, a melhor tecno-ciência que mudou a face do planeta e que lhe conferiu a capacidade de destuir todos os seres humanos e parte da biosfera com suas armas letais. Quando o fujão ex-presidente Donald Trump afirma “America first” está entendendo “só a América” e o resto do mundo que se lasque.

Conhecemos o fundamentalismo islâmico e outros, também de grupos da Igreja Católica atual que ainda creem ser ela a única e exclusiva Igreja de Cristo, fora da qual não há salvação. Tal visão errônea medieval e superada oficialmente pelo Concílio Vaticano II (1962-1965) publicada de forma oficial pelo então Card. Joseph Ratzinger, depois Papa Bento XVI, num documento oficial do ano 2000 “Dominus Jesus”, humilhou todas as igrejas e abriu espaço para a satanização e até a perseguição de outras denominações cristas e não cristas. Graças a Deus temos o Papa Francisco, cheio de razoabilidade e de bom senso, que invalidou tais distorções e favoreceu o mútuo reconhecimento das igrejas, todas unidas, no serviço à humanidade e na salvaguarda do planeta seriamente ameaçado.

Todo aquele que pretende ser portador exclusivo da verdade está condenado a ser fundamentalista, com mentalidade fascistoide e fechar-se sobre si mesmo, sem diálogo com os outros.

Aqui vale recordar as palavras do grande poeta espanhol António Machado, vítima da ditadura de Francisco Franco na Espanha:”Não a tua verdade. Mas a verdade.Vem comigo buscá-la. A tua guarde-a para ti mesmo”. Se juntos a procurarmos, ela  será então mais plena.

O fascismo nasceu e nasce dentro de um determinado contexto de anomia, de desordem social ede crise generalizada bem como estamos vivendo no Brasil e em outras partes do mundo, particularmente no Norte da África e no Oriente Médio. Desaparecem as certezas e as ordens estabelecidas se debilitam. A sociedade e os cidadãos têm dificuldade em viver em tal situação.

Cientistas sociais e historiadores como Eric Vögelin (Order and History, 1956; L. Götz, Entstehung der Ordnung 1954; Peter Berger, Rumor de Anjos: a sociedade moderna e redescoberta do sobrenatural,1973), mostraram que os seres humanos possuem um tendência natural para a ordem. Lá onde se assentam, criam logo uma ordem e o seu habitat. Quando esta desaparece, usa-se comumente a violência para impor certa ordem. O Leviatã de Thomas Hobbes de 1651 (ed. Vozes 2020) elaborou o arcabouço teórico desta urgência de ordem. Todos os impérios, desde aquele dos romanos até o russo e o atual norte-americano, mesmo sob Joe Biden, não ocultam sua excepcionalidade e se acercam ao Estado descrito por Hobbes, sempre alegando razões de segurança.

O nicho do fascismo encontra seu nascedouro nesta desordem. Assim o final da Primeira Guerra Mundial gerou um caos social, especialmente na Alemanha e na Itália. A saída foi a instauração de um sistema autoritário, de dominação que capturou a representação política, mediante um único partido de massa, hierarquicamente organizado, enquadrando todas as instâncias, a política, a econômica e a cultural numa única direção. Isso só foi possível mediante um chefe (Füher na Alemanha e o Ducce, na Itália) que organizaram um Estado corporativista autoritário e de terror.

Como legitimação simbólica cultuavam-se os mitos nacionais, os heróis do passado e as antigas tradições, geralmente num quadro de grandes liturgias políticas com a inculcação da ideia de uma regeneração nacional. Esta visão foi tão tentadora que chegou a iludir, por um curto tempo, o maior filósofo do século XX que foi Martin Heidegger e por isso feito reitor da Universidade de Friburgo i. B. Especialmente na Alemanha os seguidores  de Hitler se investiram da convicção de que a raça alemã branca é “superior”às demais com o direito de submeter e até de eliminar as inferiores. Nos USA o supremacismo da raça branca encontra nessa visão seu embasamento prático. No Brasil a estratégia continua sendo perversa: destruir todo um passado seja na cultura, nas leis sociais e ambientais, seja nos costumes e implantar um regime com nítidos indicadores  pre-iluministas, inspirados pelo lado escuro do mundo medieval encobrindo o lado luminoso das grandes catedrais, das geniais sumas teológicas de seus sábios e místicos.

A palavra fascismo  foi usada pela primeira vez por Benito Mussolini em 1915 ao criar o grupo “Fasci d’Azione Revolucionaria”. Fascismo se deriva do feixe (fasci) de varas, fortemente amarradas, com um machado preso ao lado. Uma vara pode ser quebrada, um feixe, é quase impossível de fazê-lo. Em 1922/23 fundou o Partido Nacional Fascista que perdurou até sua derrocada em 1945. Na Alemanha  se estabeleceu a partir de 1933 com Adolf Hitler que ao ser feito chanceler criou o Nacional-socialismo, o partido nazista que impôs ao país dura disciplina, vigilância e pavor.

O fascismo se apresentou como anticomunista, anticapitalista, como uma corporação que vai além das classes e cria uma totalidade social cerrada. A vigilância, a violência direta, o terror  e o extermínio dos opositores são características do fascismo histórico de Mussolini e de Hitler  e entre nós de Pinochet no Chile, de Videla na Argentina e do governo de Figueiredo e de Médici no Brasil.

O fascismo nunca desapareceu totalmente, pois sempre há grupos que, movidos por um arquétipo fundamental desintegrado da totalidade,  buscam a ordem de qualquer forma. É o proto fascismo atual. Hoje no Brasil há uma figura mais hilária que ideológica que propõe o fascismo em nome do qual justifica a violência, a defesa da tortura e de torturadores, da homofobia e outras distorções sociais. Sempre em nome de uma ordem a ser forjada contra a pretensa  desordem vigente, usando de violência simbólica e real.

O fascismo sempre foi criminal. Criou a Shoah (eliminação de milhões de judeus). Usou a violência como forma de se relacionar com a sociedade, por isso nunca pode nem poderá se consolidar por longo tempo. É a perversão maior da sociabilidade que pertence à essência do ser  humano. No Brasil ganhou uma forma assassina e trágica: um governo que se opõe à vacina contra o Covid-19, estimula as conglomerações e ridiculariza o uso da máscara e, o que é pior, vê hilariamente mais de 218 mil vitimados pela pandemia, sem qualquer sentido de empatia pelos familiares e próximos, com quase dez milhões de afetados, como expressão criminosa de desprezo pela vida de seus compatriotas. Não só nada ou pouco faz, como impede e cria entraves para quem faz. Dada a omissão senão da cumplicidade das autoridades competentes que deveriam agir em termos de salvação nacional e não agem, nos levam a pensar na verdade deixada por  Martin Heidegger em sua última entrevista sobre os riscos letais de nosso tipo de civilização:”Só um Deus nos poderá salvar” (nur noch ein Gott kann uns retten). Mas temos confiança de que o Brasil é maior e melhor do que seu atual algoz e  por isso, vamos ainda viver, sobreviver e irradiar um futuro bom para nós e para a inteira humanidade. Cremos e esperamos.

Leonardo Boff teólogo, filósofo e escritor e publicou: Fundamentalismo e terrorismo:desafios para o século XXI,  Vozes 2009; Brasil: concluir a refundação ou  prolongar a dependência, Vozes 2018 e Covid-19: a Mãe Terra contra-ataca a humanidade, Vozes 2020/2021.

Dois anos de desgoverno – a crise de legitimidade

A situação do Brasil, assaltado por múltiplas crises, representa um desafio a qualquer analista. No meu entender, um dos melhores e mais argutos é JUAREZ GUIMARÃES, professor de Ciência Política da UFMG. Combina de forma inteligente a análise com a síntese, oferecendo-nos grelhas de interpretação que nos ajudam a entender o intrincado jogo de poderes que se escondem por trás do bolsonarismo. Este na verdade imita de forma cabocla, até nos mínimos detalhes, o trumpismo dos USA. Bolsonaro é apenas um figurante de um jogo que ele, possivelmente, nem entende direito,mas que se presta a desempenhar seu papel a serviço de uma coalizão das forças políticas conservadoras, anti-populares e anti-democráticas que sempre se articularam entre si e com outras forças afins, em benefício próprio, sem preocupação com o destino das grandes maiorias. Desta vez estas forças arquitetaram talvez seu assalto final ao que se pode arrancar do país, o que implica um processo de desmontagem do Estado, dos direito sociais conquistados em dezenas de anos de lutas e a postos ao leilão internacional nossos principais bens públicos. Temos a ver com um ultra neoliberalismo, arquitetado na escola de Viena e posteriormente de Chicago. Ele vem nefastamente representado no Brasil,pelo ministro da Economia, o especulador financeiro, Paulo Guedes. Tudo isso vem detalhado por Juarez Guimaraes nesta brilhante analise. No podemos ser ingenuos e cair no engodo mediatico pelo qual se escondem as principais razoes de nossa crise e seu provavel e funesto desfecho, especialmente, agora, que a principal pessoa de referencia, Donald Trump, foi derrota e vergonhosamente ele saiu da cena como um criminoso politico por atentar contra a democracia no caso da invasao barbara do Capitolio em fevereiro deste ano: LBoff

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16/01/2021 em A Terra é Redonda

JUAREZ GUIMARÃES*

A defesa do impeachment de Bolsonaro deve organizar a política de resistência e construção de alternativas das esquerdas em 2021.

Após as eleições presidenciais de 2018, realizadas já em um ambiente de colapso democrático na sequência do golpe de 2016, houve um debate sobre como qualificar politicamente o novo governo, como avaliar a sua força e estabilidade e sobre qual caminho estratégico para enfrentá-lo. As divergências aí surgidas estão na base da dificuldade de unidade e de protagonismo nacional das esquerdas, que se manifestou durante estes dois últimos anos e nitidamente nas eleições municipais de 2020. Por isso, longe de ser apenas um exercício retrospectivo, um balanço de dois anos do governo Bolsonaro deve ser capaz de criar um campo de previsão, condicionado e prudencial, sobre sua dinâmica neste ano de 2021 capaz de orientar uma diretriz e um campo unitários de ação das esquerdas brasileiras.

O primeiro erro que se vê em muitos balanços é o de analisar o bolsonarismo e seu governo como um fato dissociado da coalizão neoliberal que o elegeu, que o apoiou num primeiro momento e que continua ainda protegendo o seu mandato criminoso. Isto equivale a lhe retirar o caráter de classe, de ser instrumental a um capital financeiro internacional predatório, de atribuir o bolsonarismo a uma mera perversão política que deveria ser bem compreendida em sua singularidade. Este erro organiza o juízo da mídia neoliberal sobre Bolsonaro, mas é muito frequente em analistas da esquerda.

O segundo erro é o de não compreender que o bolsonarismo é um americanismo, que formou a sua força política em linha direta com o trumpismo nos Estados Unidos, sendo de fato uma força orgânica a ele em seus valores, seu programa, sua linguagem, sua forma de fazer política, seu aparato tecnológico de comunicação, sua pragmática. Sem trumpismo não existiria o bolsonarismo tal como o conhecemos. E é evidente que a derrota eleitoral do trumpismo, o fato de ele não dirigir o Estado ainda mais poderoso do mundo, apesar de manter sua base social e sua potência eleitoral, afeta diretamente a força e a evolução do bolsonarismo.

O terceiro erro seria o de não compreender o que há de singularidade no processo de formação do bolsonarismo, sua capacidade e seus impasses na formação de sua potência de poder. Sua origem ali onde o Estado brasileiro mais estava destruído, no território do crime organizado do Rio de Janeiro, sua aliança com seitas evangélicas que fazem da religião um negócio sórdido de acumulação e fraude, sua ligação orgânica com a máquina de propaganda criminosa de Steve Bannon na campanha eleitoral e sua ancoragem em setores de uma corporação militar que professa abertamente o orgulho de ter torturado prisioneiros políticos, só pôde caminhar ao centro do poder porque contou com a cobertura e omissão das instituições máximas do sistema de justiça brasileiro centralizada em uma dinâmica de Lawfare, em uma operação de guerra contra as esquerdas.

O bolsonarismo não forma uma coalizão estável de poder e provavelmente isto está fora de sua potência de poder: seu caráter de facção o torna permanentemente refém das crises que gera em suas relações políticas. O culto à violência e ao extermínio dos adversários não é, por isso, estranho à sua identidade: o bolsonarismo, na célebre metáfora de Maquiavel, trabalha com pouco consenso e o máximo de força. Isto estreita a sua base social e mina as mediações de uma coalizão política ampla e estável. Ao contrário de Trump, Bolsonaro não tem uma máquina de um Partido Republicano por detrás. E mesmo os “pastores” evangélicos, bem se sabe, são fiéis sobretudo a seus interesses: em uma situação de forte diminuição da popularidade do Bolsonarismo, eles podem mesmo desertar de apoiá-lo, assim como fizeram com outras lideranças políticas, inclusive por um momento, Lula.

Este artigo de balanço do governo Bolsonaro trabalha com uma hipótese central: a de que seu governo aprofundará em 2021 sua condição agônica de legitimidade política. A evolução, o ritmo e o desdobramento político desta tendência central à crise de legitimidade do governo Bolsonaro dependerá, em larga medida, da resposta que as forças de esquerda fornecerem a ela.

Bolsonaro e a coalizão neoliberal

A relação entre a liderança política de Bolsonaro e a coalizão neoliberal passou até agora por seis fases. A primeira delas, que cobre o período de desestabilização do governo Dilma e grande parte do governo Temer, é de convergência no trabalho de combate frontal ao PT e encaminhamento da agenda neoliberal. Esta fase corresponde a uma acumulação inicial de forças do bolsonarismo enquanto fenômeno político.

A segunda fase, durante o primeiro turno das eleições de 2018, é marcada pela disputa sobre quem se posicionaria melhor para derrotar a ameaça de um retorno das esquerdas ao governo do país. Neste período, houve já uma relação orgânica do bolsonarismo com o trumpismo e um primeiro acolhimento por parte de setores das Forças Armadas brasileiras de seu projeto político.

Uma terceira fase, de uma segunda convergência, ocorre já no segundo turno das eleições de 2018, quando todos os partidos da direita, inclusive o PSDB, o DEM e o PMDB, engajaram-se ativamente no apoio à eleição de Bolsonaro. A abstenção de Fernando Henrique Cardoso tinha aí um mero papel simbólico: os principais candidatos do seu partido aos governos estaduais, nas disputas do segundo turno, apoiaram abertamente Bolsonaro. Sem este apoio, Bolsonaro não teria sido eleito presidente.

Abriu-se, então, uma quarta fase, de uma convergência de agendas, na qual os partidos da coalizão neoliberal formaram um apoio midiático, parlamentar e político às reformas neoliberais prioritárias, centralizadas na destruição da Previdência pública. Guardando uma autonomia diante de pautas mais retrógradas, em particular no que diz respeito aos costumes, os partidos neoliberais concentraram-se no apoio à gestão Guedes. Os últimos meses de 2019 foram ainda marcados pela campanha, por exemplo, do grupo Globo e de toda mídia neoliberal em anunciar uma retomada do crescimento econômico do Brasil, inclusive com manipulação de dados, que seria brutalmente desmentida no início de 2020.

O primeiro semestre de 2020, já no contexto da pandemia e de um recrudescimento de uma dinâmica bolsonarista de ataque ao STF e de captura da Polícia Federal e da Procuradoria Geral da República, pode ser caracterizado como uma quinta fase, de um conflito autolimitado entre a coalizão neoliberal e o governo Bolsonaro. A saída de Moro, os conflitos envolvendo a direção do Ministério da Saúde e da Educação, as tomadas de posição do STF e da Câmara Federal, impondo limites aos movimentos mais explicitamente inconstitucionais do governo Bolsonaro, são episódios expressivos desta fase. Chamamos de um conflito autolimitado porque os partidos e a mídia neoliberal, ao mesmo tempo, bloquearam politicamente, na mídia, no STF e na Câmara Federal, um movimento potencialmente expansivo de uma campanha pelo impeachment ou impugnação judicial de Bolsonaro, devido aos seus flagrantes crimes de responsabilidade.

De fato, houve em meados de 2020 uma pactuação de reposição da governabilidade de Bolsonaro, envolvendo diretamente o presidente do STF, a presidência da Câmara e do Senado, a direção dos partidos neoliberais e a mídia empresarial: este, de um lado, recuou em seus ataques direitos ao STF, em suas campanhas olavistas capitaneadas por seus filhos, recompôs uma base parlamentar de modo fisiológico no Congresso Nacional, aprofundou qualitativamente a inserção de quadros das Forças Armadas em seu centro estratégico, trocou o Ministro da Educação; de outro, os partidos neoliberais amorteceram suas críticas ao governo Bolsonaro, em busca de uma recomposição de agenda em torno de reformas neoliberais e novas privatizações.

Esta trégua, com a apropriação dos efeitos massivos e de profundo impacto social do Auxílio Emergencial, proposto pela oposição de esquerda e centro-esquerda, o governo Bolsonaro viu pelo menos uma suspensão de uma dinâmica de crescente impopularidade, muito forte e expressiva desde o início de seu governo, e até mesmo de uma recuperação na margem de popularidade.

Esta quinta fase de um conflito autolimitado, que cobre inclusive o período das eleições municipais de 2020, se expressou através de uma disputa nos primeiros turnos (em geral com resultados negativos para o bolsonarismo) e com uma recomposição de uma dinâmica eleitoral unitária entre bolsonarismo e neoliberais anti-esquerda nos segundos turnos. Em várias capitais, como Porto Alegre e São Paulo, onde a esquerda disputou o segundo turno, a votação final expressa quase que inteiramente a polarização do segundo turno das eleições de 2018, revelando a continuidade da convergência eleitoral da coalizão neoliberal e bolsonarismo.

Inicia-se, então, uma sexta fase em que prevalecerá a delimitação e a disputa da coalizão neoliberal com o bolsonarismo, acumulando forças para uma disputa em 2022, autolimitada na questão central do questionamento da legitimidade de seu mandato. Não se pode descartar uma ruptura da aliança entre a coalizão neoliberal e o bolsonarismo, mas ela não é ainda uma hipótese central e depende do agravamento de sua crise de legitimidade de governo incontrolada em uma dinâmica política aberta na qual outras forças e fatores joguem seu peso.

Esta dinâmica só pode ser melhor pensada se aprofunda-se uma avaliação da relação do bolsonarismo com o programa histórico do neoliberalismo de refundação do Estado brasileiro.

Neoliberalismo, unidade e conflito

Já em sua formação histórica, como documentam Philip Mirowski e Dieter Plehwe em The Making of the Neoliberal thought colletive (Harvard University Press, 2009), o neoliberalismo é uma convergência de uma série de tradições intelectuais e políticas críticas ao socialismo, aos fundamentos republicanos da democracia e ao chamado “liberalismo social” ou “igualitário” ou keynesiano. No mundo contemporâneo, em sua extensão e complexidade, o neoliberalismo converge em coalizões de poder através de várias linguagens políticas diferentes.

A identificação da liberdade com uma ontologia mercantil, que está no centro da identidade neoliberal, pode conviver com desde uma ditadura militar como a de Pinochet até uma democracia liberal na qual os fundamentos da soberania popular estão severamente neutralizados. Já nos anos setenta, analisando o fenômeno da adesão de massas do thatcherismo, inclusive no interior das classes trabalhadoras inglesas, Stuart Hall chamava a atenção para a fusão entre estes valores de mercado e as culturas conservadoras no plano da moral.

Esta fusão já é, de fato, verificável no pensamento original de Hayek como insiste agora Wendy Brown, corrigindo certo unilateralismo de sua interpretação anterior do neoliberalismo. A feminista e marxista Nancy Fraser identificou um neoliberalismo “progressivista”, típico do Partido Democrata norte-americano, isto é, que conjugava a centralidade dos valores do mercado com certos valores anti-patriarcais e anti-racistas. Esta compreensão histórica e conceitual básica do neoliberalismo serve para analisar a unidade e conflito entre a coalizão neoliberal no Brasil e o bolsonarismo.

Esta unidade é, em primeiro lugar, orgânica às classes dominantes, e tem como base a radicalização do programa neoliberal para o qual confluem não apenas o capital financeiro, internacional e nacional, o capital industrial e midiático, do agro-negócio e comercial. Esta unidade se expressão programaticamente na refundação neoliberal do Estado brasileiro através de um rompimento com dimensões centrais das conquistas democráticas e republicanas presentes na Constituição de 1988.

Há unidade em cinco dimensões centrais desta refundação neoliberal do Estado brasileiro: uma redução substantiva do grau de soberania do Estado brasileiro frente aos EUA, aderindo a seus interesses geopolíticos internacionais e na América Latina, abrindo o Estado brasileiro a uma dinâmica profunda de relação orgânica e subordinada ao Estado norte-americano; a privatização, por dentro ou por fora, de toda a economia do setor público, incluindo a Petrobrás, os bancos públicos e o que resta das empresas públicas; a destruição dos direitos do trabalho, formada na tradição varguista e enriquecida ao longo de décadas de lutas das classes trabalhadoras, da negociação coletiva, da Justiça do Trabalho e das dinâmicas de representação sindical; a redução a um padrão minimalista de todas as políticas que, de forma parcial e desigual, constituem os núcleos das políticas do Estado do Bem-Estar Social, como o SUS, a educação pública, a Previdência Social e as políticas de assistência social; a quebra das dimensões participativas e de controle social do Estado brasileiro, a redução drástica do sentido democrático dos pleitos eleitorais e a plena mercantilização dos meios de comunicação.

Estas cinco dimensões centrais de unidade convergem para um padrão violento de reprodução das desigualdades patriarcais e racialistas no Brasil. As mulheres e os negros têm não apenas as suas políticas históricas de reparação bloqueadas, mas sofrem brutal regressão neste programa neoliberal de refundação do Estado brasileiro.

Em todas estas cinco dimensões, com suas resultantes patriarcais e racialistas, não se observou até agora nenhuma diferença fundamental entre a coalizão neoliberal e o bolsonarismo. Pelo contrário, convergência profunda. No plano estadual, governos do PSDB, do PMDB ou do DEM praticam, de fato, estas diretrizes programáticas fundamentais.

O acordo fundamental sobre este vasto programa de destruição do que se acumulou de democrático e republicano no estado brasileiro cessa quando se disputa o que colocar no lugar: há decerto – e ignorá-lo seria um erro político importante – uma diferença de regime político entre o proposto pelo bolsonarismo e aquele proposto pela coalizão neoliberal. Ou seja, entre um regime político protofascista militarizado e extremado em suas dimensões coercitivas, e um regime constitucional neoliberal, no qual as forças democráticas e populares aparecem excluídas do pacto de dominação e submetidas a um sistema de desestruturação política e de forte coerção.

Esta unidade programática, orgânica às classes dominantes, e este conflito político central explicam a narrativa complexa das seis fases antes referidas; submetidas às circunstâncias e às indeterminações próprias da política.

Mas um balanço do governo Bolsonaro e de sua dinâmica exigem um esforço central, não aditivo ou complementar, de suas relações internacionais. Como fenômeno de um país da semi-periferia, no qual a adesão aos valores do mercado extrema a subordinação e a perda de soberania, o bolsonarismo tem agora de acertar as contas com o Estado ainda mais poderoso do mundo, que lhe foi uma fonte fundamental de apoio nos dois anos de seu mandato.

Trump, Biden e o futuro do bolsonarismo

Devemos à consciência histórica de Celso Furtado, a compreensão de que a soberania nacional depende fundamentalmente do grau de democratização real do Estado brasileiro, observado que as classes dominantes brasileiras tendiam historicamente a uma consciência liberal cosmopolita e sem um projeto de nação. Ora, esta compreensão histórica é também uma chave analítica: a desestruturação da democracia brasileira, mesmo em seus limites pós 1988, expõe o Estado brasileiro a um forte recrudescimento da perda de sua soberania, em particular frente aos EUA.

Toda análise da conjuntura brasileira desde o processo de desestabilização da democracia brasileira iniciado de fato desde as eleições presidenciais de 2014 deve incorporar – não como externalidade – a presença forte dos interesses do Estado norte-americano. De fato, Armínio Fraga, indicado para ser o Ministro da Fazenda do presumido governo Aécio Neves, é um homem mais de Wall Street do que da Avenida Paulista. Esta forte presença do Estado norte-americano e de sua rede de poder econômico financeiro já está fartamente documentada nas relações da Operação Lava- Jato com o Departamento de Estado norte-americano pela tradição democrática jurídica brasileira.

Um determinado entendimento da política trabalha esta participação dos EUA nestes acontecimentos relevantes da história brasileira a partir de teorias conspirativas ou como mera expressão de interesses econômicos corporativos. Mas se a política é arte das mediações e também das indeterminações, seria preciso entender melhor conceitualmente estas relações entre as classes dominantes brasileiras e os centros de poder político e econômico do neoliberalismo no plano mundial.

O método de Gramsci de estabelecer graus de organicidade entre direção e força política é aqui fundamental. Este método permite “internalizar” a influência do Estado norte-americano na política brasileira sem simplificar ou saltar mediações nacionais dos fenômenos e, principalmente, sem perder a complexidade e indeterminação dos acontecimentos políticos.

O PSDB, centrado em São Paulo, em seu poder financeiro, industrial e suas relações com o agronegócio, sempre manteve relações históricas com o Partido Democrata norte-americano, bem como com a sua intelectualidade e suas redes de poder. O bolsonarismo, por sua vez, como já se anotou extensivamente é orgânico ao trumpismo e suas redes de poder. Se estamos certos nesta consideração, o Partido Democrata, então no governo do Estado norte-americano quando da desestabilização do governo Dilma, e Donald Trump, então no governo do Estado norte-americano quando da ascensão do bolsonarismo, através de suas mediações e redes de poder, fizeram parte orgânica da direção do Estado brasileiro desde o governo Temer.

Se o neoliberalismo se revela programaticamente de forma mais nítida pela centralidade conferida à ocupação dos centros de poder econômico do Estado, Meirelles (com sua carreira formada no Bank of Boston), Ministro da Fazenda de Temer, e Ilan Goldfajn (ex-economista chefe do Banco Itaú), presidente do Banco Central de Temer, e Paulo Guedes, Ministro da Fazenda de Bolsonaro, (especulador financeiro e fundador do Banco Pactual, um vero “Chicago boy”) e Roberto de Oliveira Campos Neto (da linhagem de Roberto Campos e vindo do Banco Santander), presidente do Banco Central de Bolsonaro, evidenciam esta organicidade destes governos com os poderes da finança internacional e nacional. Não deixa de ser notável que, frente ao desastre econômico do governo Bolsonaro, o presidente de seu Banco Central foi escolhido em 2020 o melhor Presidente do Banco Central do ano pela revista britânica The Banker, vinculada ao Financial Times.

É a partir desta organicidade entre a coalizão neoliberal brasileira e o Partido Democrata norte-americano e entre o bolsonarismo e o trumpismo, que se deve incorporar a dimensão contingencial da política. Pois a ascensão de Temer, a partir da campanha de desestabilização liderada pelo PSDB, coincidiu com a eleição de Trump nos EUA e o governo de Bolsonaro coincide com a derrocada de Trump da direção do Estado norte-americano. Houve, então, aí, pelas contingências da política, duas disjunções.

O que nos interessa aqui é pensar como a disjunção Biden-Bolsonaro afeta o governo deste último. A hipótese central deste artigo é que esta disjunção afeta fortemente a legitimidade do governo Bolsonaro: ele deixa de ser parte orgânica e subordinada ao Estado norte-americano e perde a sua âncora geopolítica. Seu destino passa a ser puramente objeto de um cálculo político por parte da coalizão neoliberal e até mesmo por parte das Forças Armadas brasileiras, a esta altura muito subordinadas à direção do Estado norte-americano.

Se isto for verdade, a autolimitação da coalizão neoliberal em proteger o mandato inteiro de Bolsonaro, como revela o artigo de Fernando Henrique Cardoso neste início de 2021, pode ser revista diante de uma agudização da crise de legitimidade do governo Bolsonaro e de alguma hipótese de controle político, “por cima”, sobre sua substituição. Mas esta hipótese está, decerto, na indeterminação da política.

De fato, a posição da coalizão neoliberal brasileira em relação ao bolsonarismo tem sido mais ambígua do que a posição do próprio Partido Democrata em relação ao trumpismo. Lá o Partido Democrata confrontou Donald Trump com um pedido de impeachment, majoritário na Câmara Federal, e desde o início delimitou-se de suas políticas. Aqui, como vimos, o PSDB e DEM mantiveram relações de forte convergência com o bolsonarismo e ainda protegem o seu mandato do impeachment.

Bolsonarismo, facção e popularidade

Ao definir o bolsonarismo como expressão de uma facção – não faltam elementos para caracterizá-la inclusive como um facção criminosa – , estamos identificando a sua identidade de oposição uma interesse público democraticamente constituído ou a uma vontade geral majoritária livremente expressa. Mas isto não quer dizer que ele não possa conquistar, em certas situações de crise e instabilidade, uma condição de massas e, contingencialmente, majoritária.

Apesar de ser orgânico, não se pode por um sinal de identidade entre trumpismo e bolsonarismo. O primeiro é expressão de um poder imperialista, o segundo é um fenômeno de atualização da colonialidade do poder. O primeiro construiu-se por dentro do sistema político, adonando-se do Partido Republicano; o segundo mantém uma relação fluída com o sistema político partidário brasileiro; o primeiro vem das margens dos capitalistas sem lei e o segundo do crime organizado no Rio de Janeiro. De fato, a resiliência política do bolsonarismo parece mais frágil do que o do trumpismo.

Uma facção pode ganhar adesão massiva se expressar certos valores que respondem a incertezas, sentimentos e esperanças típicas de uma época de crise. Pode ser inclusive majoritária se, em determinados momentos críticos, parece expressar possíveis saídas de uma crise política aguda em relação a uma crise de valores de civilização. Pode formar um bloco de poder duradouro, como Hitler e Mussolini, se consegue cimentar interesses políticos de classe variados em uma coalizão de poder, valendo-se da utilização massiva da força e de algum grau de consentimento passivo.

Trabalha-se aqui com a noção de que o bolsonarismo tem uma vocação massiva (responde a certos valores racialistas e patriarcais, reacionários) ainda de expressão minoritária, mas ampla na longa história de continuidades políticas do Brasil, tem dificuldades fortes de ser majoritário (o segundo turno das eleições de 2018 sendo um momento excepcional de convergências) e carece de um plano para formar um bloco histórico duradouro de poder (isto estaria no plano do possível se Trump continuasse à frente do Estado norte-americano).

Em relação ao importante campo de indagações posto por André Singer – a possibilidade do governo Bolsonaro estabilizar uma base de massas a partir do impacto do Auxílio emergencial – , a resposta está muito focada nos estreitos limites colocados pela sua dura gestão neoliberal macroeconômica. Estes conflitos de gestão fiscal entre Bolsonaro e Guedes, muito presentes no ano de 2020, tendem a se reproduzir neste ano de aprofundamento da crise social.

Como vem demonstrando William Nozaki, em uma série de artigos, a cúpula militar consolidou-se como o núcleo do governo Bolsonaro, ampliando a sua ocupação em cargos estratégicos, (8450 militares da reserva e 2930 militares da ativa) e, principalmente, estabelecendo nele uma ação estratégica de construção de poder. Esta militarização central do governo Bolsonaro é outra diferença importante em relação à experiência do governo Trump e certamente complica, no terreno democrático, a solução de uma eventual crise terminal do governo Bolsonaro.

Pelo seu caráter de facção, pelos valores e interesses fortes que mobiliza, o bolsonarismo sofre certamente de uma dinâmica dialética forte entre popularidade e impopularidade. Isto é, a passagem de uma condição de popularidade para uma condição de impopularidade tende a ser rápida.

Isto foi anotado pelos analistas de pesquisa no primeiro semestre de 2019, observando que ele já constituía em poucos meses de governo um recorde de impopularidade. Esta dinâmica de impopularidade crescente sofreu certa suspensão no início do segundo semestre de 2019, com um forte apelo midiático em torno ao início da recuperação econômica do Brasil, foi retomada nos inícios de 2020 e sofreu uma suspensão e uma inversão na margem sobretudo devido ao massivo e historicamente inédito fluxo de renda do Auxílio emergencial para dezenas de milhões de brasileiros em processo de precarização e pauperização. Diante do volume e amplitude do benefício – mais de 250 bilhões a 68 milhões de brasileiros –, apropriado pelo governo, embora proposta pelas oposições, o que espanta não é que a impopularidade de Bolsonaro não tenha crescido mas que a sua popularidade tenha tão pouco se recuperado.

Diante da crise fiscal do estado brasileiro e das opções neoliberais que continuam a prevalecer no governo Bolsonaro, é possível e provável que se chegue a alguma solução compensatória do fim do Auxílio emergencial, embora em volume e amplitude qualitativamente diversos em 2021.

A tendência provável é, pois, de uma forte retomada da impopularidade do governo Bolsonaro. Não se sabe ao certo o resultado das eleições para a presidência da Câmara dos Deputados e o grau de controle do governo Bolsonaro sobre ela. Mas pode-se dizer que elas terão forte influência sobre como este provável crescimento da impopularidade se relacionará com a institucionalidade em crise da democracia brasileira.

A política do impeachment e a unidade das esquerdas

A tese do “Fora Bolsonaro” foi minoritária no 7º. Congresso do PT e não centralizou a atividade política do PSOL nos dois primeiros anos de governo Bolsonaro, estando de fato muito distante das posições do PC do B, que centralizou a defesa de uma política de alianças das esquerdas que incluísse os principais partidos neoliberais brasileiros, que se opunham frontalmente a uma política de impeachment. No primeiro semestre de 2020, o diretório nacional do PT, o PSOL, o PDT e o PSB e mesmo o PC do B pareciam se mover na direção da tese do impeachment de Bolsonaro, mas uma campanha política nesta direção não foi organizada, tendo o tema praticamente desaparecido nas disputas eleitorais municipais de 2020.

Há, desde o início, razões de ordem civilizatória (o bolsonarismo apresenta publicamente um ataque frontal a todos os direitos humanos, que formam um piso de civilização), de ordem democrática (dezenas de crimes de responsabilidade foram cometidos a partir de um exame minimamente isento da Constituição de 1988), de ordem humanitária (o negacionismo radical no tratamento da pandemia do COVID-19) para indicar que o caminho não é de uma oposição normalizada a um governo democrático do qual fortemente se discorda.

As posições majoritárias do PT, da maioria da bancada federal e do Senado, da metade da bancada do PSOL, do PC do B, do PSB, do PDT em relação às eleições das presidências da Câmara dos Deputados e do Senado, evidenciam toda a ambiguidade das esquerdas e centro-esquerdas em relação a uma política democrática absolutamente necessária de exigência do fim do mandato de Bolsonaro. O cálculo de ocupação de postos na mesa das duas casas do Congresso Nacional em detrimento do lançamento de uma candidatura unificada das esquerdas e centro-esquerdas no primeiro turno traduz bem a subordinação da necessária confrontação democrática do governo Bolsonaro, pública e de massas, a uma oposição que se orienta pelas possibilidades do terreno institucional minado e de alianças que contradizem profundamente o seu próprio programa de resistência ao neoliberalismo.

Este caminho desorganiza a própria identidade, o programa e a unidade necessária das esquerdas. Um programa alternativo ao bolsonarismo só pode se constituir se for alternativo ao da coalizão neoliberal e seu projeto de refundação neoliberal do Estado brasileiro. Se prevalecerem as dinâmicas eleitorais partidárias próprias e o cálculo centrado nas dinâmicas eleitoral e institucional, as esquerdas e centro-esquerdas novamente fatalmente se dividirão.

Sem uma campanha política unitária, ampla e de massas, que faça convergir toda a força potencial da consciência democrática brasileira, a crise de legitimidade agônica do bolsonarismo continuará a ser vivenciada morbidamente como um impasse de gestão do Estado pelas classes dominantes, mas como tragédia para os trabalhadores e o povo brasileiro, dramaticamente expostas na fome, na morte evitável da pandemia, no feminicídio e no recrudescimento da violência racista.

*Juarez Guimarães é professor de Ciência Política na UFMG. Autor, entre outros livros, de Risco e futuro da democracia brasileira (Fundação Perseu Abramo).

É possível a fraternidade humana universal e com todas as criaturas?(II)

                                    Leonardo Boff

Há um ano, em fevereiro de 2019 o Papa Francisco, ao visitar os Emirados Árabes assinou em Abu Dahbi importante documento com o Grão Imã Al Azhar Amad Al-Tayyeb “Sobre a fraternidade humana em prol da paz e da convivêncis comum”. Em sequência a ONU estabeleceu o dia 4 de fevereiro o Dia da Fraternidade Humana.

Todos são esforços generosos que visam senão a  eliminar, pelos menos a minimizar as profundas divisões que imperam na  humanidade. Almejar uma fraternidade universal parece um sonho distante mas sempre desejado.

O grande obstáculo à fraternidade: a vontade de poder

O eixo estruturador das sociedades mundiais e de nosso tipo de civilização, já o refletimos anteriormente é a vontade de poder como dominação.

Não há declarações sobre a unidade da espécie humana e da fraternidade universal bem como  a mais conhecida  Declaração Universal dos Direitos Humanos de 1948 da ONU, enriquecida com os direitos da natureza e da Terra que conseguem impor limites à voracidade do poder

Bem o entendeu Thomas Hobbes em seu Levitã (1615):” Assinalo, como tendência geral de todos os homens, um perpétuo e irrequieto desejo de poder e de mais poder que cessa apenas com a morte; a razão disso reside no fato de que não se pode garantir o poder senão buscando mais poder ainda”. Jesus foi vítima desse poder e foi judicialmente assassinado na cruz. Nossa cultura moderna se assenhoriou da morte, pois com a máquina de extermínio total já criada, pode eliminar a vida sobre a Terra e a si mesmo. Como controlar o demônio do poder que nos habita? Onde encontrar o remédio?

A renúncia a todo o poder pela radical humildade

Aqui São Francisco nos abriu um caminho: a radical humildade e a pura simplicidade. A  radical humildade implica pôr-se junto ao húmus, à terra, onde todos se encontram e se fazem irmãos e irmãs porque todos vieram do mesmo húmus. O caminho para isso consiste em descer do pedestal onde  nos colocamos como senhores e donos da natureza e operar um  radical despojamento de qualquer título de superioridade. Consiste em fazer-se realmente pobre, no sentido de tirar tudo o que se interpõe entre o eu e o outro. Ai se escondem os inter-esses. Estes não podem prevalecer, pois são entraves para o encontro com o outro, olho a olho, rosto a rosto, de mãos vazias para o abraço fraterno entre irmãos e irmãs, por diferentes que sejam.

A pobreza não representa nenhum ascetismo. É o modo que nos faz descobrir a fraternidade, juntos sobre o mesmo húmus, sobre a irmã e mãe Terra Quanto mais pobre mais irmão do Sol, da Lua,do do pobre,do animal, da água, da nuvem e das estrelas.

Francisco palmilhou humildemente esta senda. Não negou as obscuras origens de nossa existência, do húmus (de onde vem homo em latim) e desta forma se confraternizou com todos os seres, chamando-os com o doce nome de irmãos e irmãs, até o feroz lobo de Gubbio.

Um outro tipo de presença no mundo

Temos a ver com uma nova presença no mundo e na sociedade, não como quem se imagina coroa da criação estando em cima de todos, mas como quem está ao pé e junto com os demais seres. Por esta fraternidade universal, o mais humilde encontra sua dignidade e sua alegria de ser por sentir-se acolhido e respeitado e por ter seu lugar garantido no conjunto dos seres.

Leclerc obstinadamente coloca sempre de novo  a pergunta como quem não está totalmente convencido:“Será que  a fraternidade é possível entre os seres humanos?Ele mesmo responde:

”Somente se o ser humano se colocar a si mesmo com grande humildade, entre as criaturas, dentro de uma unidade de criação (que inclui o ser humano e a natureza como um todo) e respeitando todas as formas de vida, inclusive as mais humildes, ele poderá esperar  um dia formar uma verdadeira fraternidade com todos os seus semelhantes. A fraternidade humana passa por esta fraternidade cósmica”(p.93).

A fraternidade vem acompanhada pela simplicidade Esta não é nenhuma atitude piegas ou carola. Trata-se de um modo de ser, afastando tudo o que é supérfluo, todo tipo de coisas que vamos acumulando, fazendo-nos reféns delas, criando desigualdades e barreiras contra os outros  e negando-se a conviver solidariamente com eles e a contentar-se com o suficiente, compartilhando-o com os outros.

Esse percurso não foi fácil para Francisco. Sentia-se  responsável pelo caminho da radical pobreza e fraternidade. Ao crescer o número de seguidores, aos milhares, impunha-se uma organização mínima. Havia belos exemplos do passado. Francisco tinha verdadeira ojeriza a isso. Chega a dizer:”não me falem das regras de Santo Agostinho, de São Bento ou de São Bernardo; Deus quis que eu fosse um  novo louco nesse mundo (novellus pazzus)”. É a clara afirmação da singularidade de seu modo de vida e de seu estar no mundo e na Igreja, como um simples leigo,que toma absolutamente a sério o evangelho, no meio e junto  dos pobres e invisíveis e não como um clérigo da poderosa Igreja feudal.

A grande tentação de São Francisco

Entretanto, num dado momento de sua vida, entra numa profunda crise, pois via que seu caminho evangélico de radical pobreza e fraternidade estava sendo-lhe arrebatado. Amargurado, se retira numa ermida e no bosque, por dois longos anos, acompanhado pelo seu íntimo amigo Frei Leão “a ovelhinha de Deus”. É a grande tentação que as biografias pouco relevância lhe conferem, mas essencial para se entender a proposta de vida de Francisco.

Por fim, despoja-se deste instinto de posse espiritual. Aceita um caminho que não é  o seu mas que era inevitável. Onde dormiriam os frades? Como se sustentariam? Prefere salvar a fraternidade que seu ideal próprio. Acolhe jovialmente a férrea lógica da necessidade. Já não pretende mais nada. Despojou-se totalmente até de seus desejos mais íntimos  a ponto que seu  biógrafo São Boaventua o chamar de  vir desideriorum (homem de dsejos).

Agora, totalmente despojado em seu espírito, deixa-se conduzir por Deus. O Espírito será o senhor de seu destino. Ele mesmo não se propõe mais nada. Está  à mercê daquilo que a vida lhe pedir, vendo-a como vontade de Deus. Sente nisso a maior liberdade de espírito possível que se expressa por uma alegria permanente a ponto de o chamarem “o irmão sempre alegre”. Ele não ocupa mais o centro. O centro é a vida conduzida por Deus.E isso basta.

Volta ao meio dos confrades e recupera a jovialidade e a plena alegria de viver. Mas seguindo o chamado do Espírito, como nos inícios, volta  a conviver com os leprosos, que chama de “meus cristos” em profunda comunhão fraterna. Jamais abandona a profunda comunhão com  a irmã e Mãe Terra. Ao morrer, pede que o coloquem nu sobre a Terra para a ultima carícia e a total comunhão com ela.

A unidade da criação: todos irmãos e irmãs,os humanos e a natureza

Francisco buscou incansavelmente  a unidade da criação mediante a fraternidade universal, unidade que inclui seres humanos e seres da natureza. Tudo começa com a fraternidade com todas as criaturas, amando-as e respeitando-as. Se não cultivarmos esta fraternidade com elas, vã será a fraternidade humana que passa a ser meramente retórica e continuamente violada.

Curiosamente, o renomado antropólogo Claude Lévy Strauss que muitos anos lecionou e pesquisou no Brasil e aprendeu a amá-lo (veja seu livro “Saudade do Brasil”) confrontado com a crise aterradora de nossa cultura sugere o mesmo remédio de São Francisco:” o ponto de partida deve ser uma humildade principal: respeitar todas as formas de vida…preocupar-se do homem sem preocupar-se com as outras formas de vida é, quer queiramos ou não,  levar a humanidade a oprimir-se  a si mesma, abrir-lhe o caminho da auto-opressão e da auto-exploração”(Le Monde 21-22 de janeiro de 1999).  Face às ameaças planetárias também afirmou:”A Terra surgiu sem o ser humano e poderá continuar sem o ser humano”.

Voltemos ao nosso momento histórico: o confinamento social nos criou as condições involuntárias para colocarmos esta questão fundamental: O que é essencial: a vida ou o lucro? O cuidado da natureza ou sua ilimitada exploração? Finalmente que Terra queremos? Que Casa Comum desejamos habitar? Somente nós seres humanos ou junto com todos os demais irmãos e irmãs da grande comunidade de vida, realizando a unidade da criação? 

O Papa durante a pandemia tomou-se o tempo para refletir sobre esta momentosa questão. Expressou-a  em termos graves, quase desesperadores na Fratelli tutti embora, como homem de fé, mantevesse e reafirmasse sempre a esperança.

O sobrevivente do campo de extermínio nazista, Eloi Leclerc, a recolocou de forma existencial e permanentemente angustiada  mas com acenos de esperança, dentro de frequentes sobressaltos causados pela memória inapagável dos horrores sofridos nos campos de extermínio nazista.

Se não pode ser um estado, a fraternidade pode ser um novo tipo de presença no mundo

Francisco viveu em termos pessoais a  fraternidade universal. Mas em termos globais fracassou. Teve que compor-se com a ordem e com o poder. E o fez sem amargura, reconhecendo e acolhendo sua inevitabilidade. É a tensão permanente entre o carisma e o poder. O poder é um componente da essência do ser humano social. O poder, não é uma coisa (o estado, o presidente, a polícia) mas uma relação entre pessoas e coisas. Ao mesmo tempo assume a forma de  uma instância de direção social.  Contudo, devemos qualificar a relação e a direção. Ambos estão a serviço do bem de todos ou a de grupos que então se revela como como exclusão e  dominação? Para evitar esse modo (o demônio que o habita), prevalente na modernidade, deve ser sempre colocado sob controle, ser pensado e vivido a partir do carisma. Este representa um limite ao poder para garantir seu caráter de serviço à vida e ao bem de todos e evitar a tentação da dominação e até do despotismo. O carisma é sempre criativo e coloca em xeque o poder instituído.

Respondendo à questão se é possível uma fraternidade universal, diria:  dentro do mundo em que vivemos sob o império do poder-dominação sobre pessoas, nações e sobre a natureza, ele vem sempre inviabilizado e até negado. Por aquí no hay camino.

No entanto, se ele não pode ser vivido como um estado permanente, ele pode se realizar como como um espírito, como uma  nova presença e como um modo ser  que tenta impegnar todas as relações mesmo dentro da atual ordem que é uma desordem. Mas isso somente é possível à condição de cada pessoa ser humilde, de colocar-se junto ao outro e ao pé da natureza, superar as desigualdades e ver em cada um, um irmão e uma irmã, colocados sobre o mesmo húmus terrenal onde estão nossas origens comuns e sobre o qual convivemos.

O Tempo de São Francisco e o nosso tempo

Francisco de Assis, no quadro conturbado de seu tempo, no tramontar do feudalismo e no alvorecer das comunas, mostrou a possibilidade real de, ao menos a nível pessoal, criar uma fraternidade sem limites. Mas seu impulso o levava para mais longe: criar uma fraternidade global ao unir os dois mundos de então: o mundo muçulmano do sultão egípcio Al Malik al-Kâmil com quem nutriu grande amizade com o mundo cristão sob o pontificado do Papa Inocêncio III, o mais poderoso da história da Igreja. Desta forma realizaria seu sonho maior: uma fraternidade realmente universal, na unidade da criação, confraternizando o ser humano com outros seres humanos, mesmo de religiões distintas mas unidos com todos os demais seres da criação.

Esse espírito, no contexto das forças destrutivas do antropoceno e do necroceno reinantes, se confonta com uma situação, totalmente diversa daquela vivida por Francisco de Assis. Nela não se questionava se a Terra e a natureza tinham futuro ou não. Pressupunha-se que tudo estava garantido.O mesmo ocorreu na grande crise economico-financeira de 1929 e  mesmo na de 2008. Ninguém  colocava em  questão os limites da Terra e de seus bens e serviços não renovaveis. Era um pressuposto dado como evidente pois, para todos, ela comparecia qual baú cheio de recursos ilimitado, base para um crescimento também ilimitado. Na Laudato Si o Papa chama este cocnepçnao de mentira.

Hoje não é mais assim. Tudo se desvaneceu, pois sabemos que nos podemos destruir e abalar as bases físicas, químicas e ecológicas que sustentam a vida.

O espírito de fraternidade como exigência para a continuidade de nossa vida no planeta

Não estamos face a uma opção, que podemos assumir ou não. Mas face à uma exigência  da continuidade de nossa vida nesse planeta. Encontramo-nos numa situação ameaçadora para a nossa espécie e a nossa civilização.

 O Covid-19 que afetou a inteira humanidade cabe ser interpretado como um sinal da Mãe Terra de que não podemos continuar com a dominação e devastação de tudo o que existe e vive. Ou fazemos, como adverte o Papa Francisco de Roma à luz do espírito e  do um novo de ser no mundo de Francisco de Assis, “uma radical conversão ecológica”(N.5) ou pomos em risco o nosso futuro como espécie:“As previsões catastróficas já não se podem olhar com desprezo e ironia..Nosso estilo de vida e o nosso consumismo insustentáveis só  podem desembocar em catástrofes”(Laudat Si n.161). Na Frateli tutti é mais contundete:”Estamos no mesmo barco, ninguém se salva sozinho, só é possível salvar-nos juntos”(n.32). Trata-se de uma derradeira cartada para a humanidade.

O surgimento das condições para uma fraternidade universal

Mas eis que surge uma nova alternativa possível, pois a história não é retilínea. Ela conhece rupturas e saltos. Assim estaríamos face a um salto no estado de consciência da humanidade. Pode chegar a um momento em que ela se torna plenamente consciente de que pode se auto-destuir seja por uma fenomenal crise ecológica, social e sanitária (atacada por vírus letais) seja por uma guerra nuclear. Entenderá que é preferível viver fraternalmente na mesma Casa Comum do que entregar-se a um suicído coletivo. Será obrigada a convencer-se de que a solução  mais sensata e sábia consiste em cuidar da única Casa Comum, a Terra, vivendo dentro dela, todos, como irmãos e irmãs, a natureza incluida. Seguramente a humanidade não está condenada a se autodestruir, nem pela vontade de poder-dominação nem pelo aparato bélico, capaz de eliminar toda vida. Ela é chamada a desenvolver as incontáveis potencialidades que estão nela,como um momento avanaçado da cosmogênese.

 Será, então, um dado da consciência coletiva aquilo que as encíclica Laudato Si e Fratelli tutti repetem de ponta a ponta: todos estamos relacionados uns com os outros, todos somos interdependentes e só sobreviveremos juntos. Tudo será relacinal, também as empresas, gerando um quilíbrio geral assentado sobre o amor social, o  sentido de pertença fraterna,  o altruismo, a solidariedade e o cuidado comum de todas as coisas comuns (água, alimentção, moradia, segurança, liberdade e cultura etc).

Todos se sentirão cidadãos do mundo e membros ativos de suas comunidades. Haverá um governo planetário plural (de homens e mulheres, representantes de todos os países e culturas) que buscará soluções globais para problemas globais. Vigorará uma hiperdemocracia terrenal. A grande missão coletiva é construir a Terra, como já no deserto de Gobi, na China, nos idos de 1933, anunciava Pierre Teilhard de Chardin. Assistiremos ao surgimento lento e sustentável da noosfera vale dizer, das mentes e corações sintonizados dentro do único planeta Terra. Este é o nosso ato de fé.

Agora serão dadas as condições do sonho de Francisco de Assis e de Francisco de Roma: uma real fraternidade humana, de um verdadeiro amor social junto com os demais irmãos e irmãs da natureza.

Cabe a nós como pessoas e como coletividade pensar e repensar com a maior seriedade, colocar e recolocar esta questão: Dentro da situação mudada de Terra e da humanidade e das ameaças qe pesam sobre elas não representa puro sonho e utopia inviável buscar um espírito da fraternidade universal entre os humanos e com todos os seres da natureza e realizá-lo coletivamente. Esta será  a grande saída que nos poderá salvar. O Papa Francisco crê e espera que este é o caminho. Pode ser tortuoso,conhecer obstáculos e fazer desvios, mas segue pelo  rumo certo.

Somos urgidos a responder, pois o tempo do relógio corre contra nós. Ou acolhemos a proposta  da figura mais inspiradora do Ocidente, o humilde Francisco de Assis, como o chama  Tomás Kempis, autor da Imitação de Cristo e retomada na Fratelli tutti pelo Francisco de Roma e repensada por Leclerc e Lévy Strauss ou poderemos trilhar um caminho já percorrido pelos dinossauros há 67 milhões de anos. Mas cremos não ser este o destino da humanidade.

 Só nos resta palmilhar este caminho da fraternidade universal e do amor social porque  então poderemos  continuar, sob a luz benfazeja do sol, sobre esse pequeno planeta, azul e branco, a Terra, nosso querido lar e Casa Comum. Dixi et salvavi aninam meam.

*Leonardo Boff é ecoteólogo brasileiro e escreveu:”O covid-19: um contra-ataque da Terra contra a humanidade”(Petrópolis-Rio, 2020/21).