Indignación, fatalismo, fe, esperanza y aprendizaje: Covid-19

La aparición de la Covid-19 ha traído grandes cuestionamientos para la existencia humana. Para frenar su propagación se han impuesto varias medidas restrictivas que han provocado impaciencia, indignación, desesperanza y fatalismo. Pero han creado también la oportunidad de fe, de esperanza y sobre todo de reflexión acerca del sentido de nuestra presencia en este planeta y un aprendizaje para la vida, que debe continuar mejor, más tierna y fraterna.

El virus invisible ha desenmascarado la arrogancia del ser humano moderno que se juzgaba un pequeño dios, capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza con la tecnociencia y someterlas a su servicio. La Covid-19 ha demostrado que solamente somos señores de la naturaleza si la obedecemos. No somos dueños sino parte de la naturaleza junto a y no encima de los demás seres.

La Covid-19 nos ha revelado como seres expuestos a la imprevisibilidad y la vulnerabilidad, es decir, no dominamos las condiciones que garantizan o amenazan nuestra vida. ¿Quién, exceptuando epidemiólogos, como uno de los mayores, David Qammen, previó la llegada amenazadora del virus? Son pocos los países que tienen un SUS (Sistema Único de Salud) como nosotros en Brasil. No lo tienen Estados Unidos, Italia, España y México entre otros. Además somos seres que no poseen ningúnórgano especializado (Mangelwesen de Arnold Gehlen) que asegure nuestra existencia ni poseemos un hábitat propio, como tienecada especie de la naturaleza. Tenemos que construir, mediante la interacción con la naturaleza y el trabajo. nuestro hábitat, o sea, un lugar hospitalario en el cual podemos vivir sin mayores amenazas y en paz.

El virus ataca a personas, ricas y pobres, clases, religiones y todas las naciones del planeta. Las armas de destrucción masiva sobre las que se funda el poder de los imperios de hoy en busca de hegemonía mundial e incluso del dominio sobre otros pueblos, se han vuelto ineficaces e incluso ridículas. Lo que nos está salvando no son los mantras de la cultura del capital (lucro, competencia, individualismo, asalto a los bienes y servicios de la naturaleza, dominio del mercado sobre la sociedad) sino los valores casi ausentes en este sistema capitalista y neoliberal: la centralidad de la vida, la interdependencia entre todos, la solidaridad, la generosidad, el cuidado de unos a otros y de los escasos bienes naturales, las relaciones sociales más amigables frente a la insaciable voracidad del mercado, un estado social que atiende las demandas básicas de sus ciudadanos Este es un aprendizaje que estamos haciendo; hay que interiorizarlo y fundar un nuevo paradigma de comportamiento, para que no se traduzca en unos pocos actos sino en una actitud permanente, ya que esto es lo que transforma.

La indignación y la impaciencia son comprensibles porque somos seres sociales. No poder convivir, abrazar y besar a nuestros seres queridos y amigos es doloroso y triste. Asumimos las renuncias como cuidado de nosotros mismos y como solidaridad con los demás para no contaminarlos ni contaminarnos nosotros mismos. Importa que la indignación se transforme en empatía por los que sufren, ya sea en los hospitales, o con las familias que han perdido a sus seres queridos.

El fatalismo significa aceptar un hecho como inevitable ante el cual no podemos hacer nada. Esta es una visión negacionista que nos lleva a la inercia y al abatimiento. Olvida que el ser humano fue creado creador; tiene energías ocultas en su interior que son más fuertes que la dureza de los acontecimientos. Podemos resistirlos, evitarlos y, aunque ocurran, siempre es posible sacar lecciones de ellos y así superarlos. Nada es fatal en este mundo. Solo la muerte lo es. Pero la muerte no tiene por qué significar el fin de nuestra peregrinación, sino el momento de transfiguración, el ejercicio de la libertad suprema al no permitir que nos quiten la vida, sino entregársela a un Mayor, y despedirnos de este mundo agradecidos por el hecho de haber existido. La última palabra de Santa Clara, compañera de San Francisco de Asís, es inspiradora: “Señor, te doy gracias por haberme creado”. Inclinó la cabeza hacia un lado y expiró y así cayó en los brazos de Dios-Padre-y-Madre de bondad que la esperaban.

Ante la pandemia avasalladora, es urgente suscitar la fe y alimentar la esperanzaLa fe, en su sentido bíblico, significa más que acoger verdades y adherirse a doctrinas. Es sobre todo confiar en Alguien que acompaña nuestros pasos, conoce todos nuestros altibajos, sabe de qué polvo estamos hechos y se apiada de nosotros. Por eso, como dice de forma consoladora el Salmo 103: “Él no está siempre acusando ni guarda rencor para siempre; como un padre tiene compasión de sus hijos, así el Señor se compadece de los que confían en él, porque conoce nuestra naturaleza y recuerda que somos polvo” (v. 9-14). Tener fe significa que la vida, por penosa que sea, tiene sentido y vale la pena asumirla y amarla. Hoy la asumimos en su fragilidad y confiamos en que ese Alguien pueda compadecerse de nosotros y salvarnos del virus letal

La esperanza nos hace comprender que lo invisible es parte de lo visible. La realidad empírica y dada no es toda la realidad. Oculta algo invisible que pertenece a nuestra condición humana: las innumerables posibilidades y virtualidades escondidas dentro de nosotros. Podemos desentrañarlas inventando una nueva solución a nuestros problemas. La esperanza nos permite soñar y pensar en mundos aún no vividos y ensayados pero que nos desafían a darles forma. Mientras haya esperanza, no habrá callejones sin salida. Por la esperanza nos convencemos de que la Covid-19 no será el Next Big One, el gran virus terminal, contra el que ninguna vacuna sería eficaz y que podría liquidar gran parte de la biosfera y acabar con millones de seres humanos. Pero el virus es misterioso, desconocemos las consecuencias y su posible permanencia endémica entre los humanos. Todo indica que el mundo pre-pandemia definitivamente ha pasado. Debemos prepararnos para algo nuevo en la humanidad: una nueva forma de vivir y convivir entre nosotros los humanos y con la naturaleza a ser regenerada.

Nuestra esperanza es que aún tenemos futuro. Nacidos en el corazón de las grandes estrellas rojas, hace miles de millones de años, seguiremos irradiando. Alimenta nuestra esperanza una de las últimas frases de la Laudato Si: cómo cuidar de la Casa Común delPapa Francisco: “Caminemos cantando; que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza” (n.244).

*Leonardo Boff es filósofo y teólogo y ha escrito: El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amor social, que saldrá publicado en breve por la Editorial Vozes 2021.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Indignação, fatalismo, fé, esperança e aprendizado: Covid-19

O intrusão do Covid-19 trouxe grandes questionamentos para a existência humana. Para frear sua propagação se impuseram várias medidas restritivas que provocaram impaciência, indignação,desesperança e fatalismo. Mas também criaram a oportunidade de fé, de esperança e sobretudo de reflexão sobre o sentido de nossa presença neste planeta e de um aprendizado para a vida que deve seguir melhor, mais terna e fraterna.

O vírus invisível desmascarou a arrogância do ser humano moderno que se julgava um pequeno deus, capaz de, com a tecnociência, dominar as forças da natureza e submetê-las ao aeu serviço. O Covid-19 demonstrou que somente nos assenhoreamos da natureza se obedecermos a ela.  Não somos donos mas parte da natureza junto e não em cima dos demais seres abraçados como irmãos e irmãs.

 O Covid-19 nos revelou como seres expostos à imprevisilidade e à vulnerabilidade, quer dizer, não dominamos as condições que garantem ou ameaçam nossa vida.  Quem, afora alguns epidemiologistas, como um dos maiores, David Qammen, previu a chegada ameaçadora do vírus? São poucos países que tem um SUS (Sistema Único de Saúde) como nós no Brasil. Não o tinham os USA, a Itália, a Espanha, o México entre otros. Ademais somos seres que não possuem nenhum órgão especializado (Mangelwesen de Arnold Gehlen) que assegure a nossa existência nem possuímos um habitat próprio, como cada espécie da natureza possui. Precisamos construir pela interação com a natureza e pelo trabalho o nosso habitat, vale dizer, um lugar hospitaleiro no qual podemos viver com sem maiores ameaças e em paz.

O vírus ataca as pessoas, ricas e pobres, as classes, as religiões e todas as nações do planeta. As armas de destruição em massa sobre as quais se funda o poder dos impérios atuais em busca de hegemonia mundial e até de dominação sobre outros povos, se tornaram ineficazes e até ridículas. O que nos está salvando não são os mantras da cultura do capital (o lucro, a concorrência, o individualismo, o assalto aos bens e serviços da natureza, o domínio do mercado sobre a sociedade) mas os valores quase ausentes nesse sistema capitalista e neoliberal: a centralidade da vida, a interdependência entre todos, a solidariedade, a generosidade, o cuidado de uns para com os outros e para com os bens naturais escassos, as relações sociais mais amigáveis contra a voracidade insaciável do mercado, um estado social que cuida das demandas básicas de seus cidadãos.Eis um aprendizado que estamos fazendo e que deve ser internalizado e fundar um novo paradigma de comportamento, para que não se traduza   apenas por alguns atos mas se torne uma atitude permanente, pois é essa que transforma.

A indignação e a impaciência são compreensíveis, pois somos seres sociais.  Não poder conviver, abraçar e beijar nossos entes queridos e amigos é penoso e entristecedor. Assumimos as renúncias como o cuidado para conosco mesmos e como solidariedade para com os demais para não contaminá-los ou nós mesmos não  sermos contaminados. A indignação importa que se transforme em empatia para os que sofrem, seja nos hospitais, seja com as famílias que perderam seus entes queridos.

O fatalismo significa aceitar um fato como inevitável face ao qual nada podemos fazer. Essa é uma visão negacionista que  nos leva à inércia e ao tédio. Esquece que o ser humano foi criado criador; possui dentro de si energias escondidas que são mais fortes que a dureza dos acontecimentos. Podemos resistir a eles, evitá-los e, mesmo acontecidos, sempre é possível tirar lições deles e assim superá-los. Nada é fatal nesse mundo. Somente o é a morte. Mas a morte não precisa significar o fim de nossa peregrinação mas o momento de transfiguração, o exercício da suprema liberdade ao não permitir que a vida nos seja tirada, mas entregá-la a um Maior e despedir-se des te mundo, agradecidos pelo fato de termos existido. É inspiradora a última palavra de Santa Clara, a companheira de São Francisco de Assis:”Senhor, te agradeço por me teres criado”. Inclinou a cabeça ao lado e expirou e assim caiu nos braços de Deus-Pai-e-Mãe de bondade que  a esperavam.

Face à avassaladora pandemia urge suscitar a e alimentar a esperança. Fé, em seu sentido bíblico, significa mais que acolher verdades e  aderir a doutrinas. É antes de tudo uma confiança em  Alguém que acompanha nossos passos, conhece todos os nossos altos e baixos, que sabe do pó do qual somos feitos e tem piedade de nós. Por isso, como diz de forma consoladora, o salmo 103:”Ele não está sempre acusando nem guarda rancor para sempre; como um pai sente compaixão por seus filhos, assim o Senhor tem compaixão por aqueles que a Ele se confiam porque conhece nossa natureza e se lembra de que somos pó”(v.9-14). Ter fé significa que a vida, por mais penosa que seja, tem sentido e vale a pena assumi-la e amá-la. Hoje a assumimos em sua fragilidade e confiamos que esse Alguém pode se compadecer de nós e nos salvar do vírus letal.

A esperança nos faz compreender que o invisível é parte do visível. A realidade empírica e dada não é toda a realidade. Ela esconde algo invisível que pertence à nossa condição humana: as incontáveis possibilidades e virtualidades escondidas dentro de nós. Podemos desentranhá-las inventar uma solução nova aos nossos problemas. É a esperança que nos permite sonhar e pensar em mundos ainda não vividos e ensaiados mas que somos desafiados a moldá-los. Enquanto houver esperança, jamais existirão becos sem saída. Pela esperança nos convencemos a nós mesmos de que o Covid-19 não representará o “Next Big One”, o grande vírus terminal, contra o qual nenhuma vacina seria eficaz e que poderia liquidar grande parte da biosfera e levar milhões  da humanidade a um desfecho trágico.

Ainda temos futuro. Nascidos no coração das grandes estrelas vermelhas, há bilhões de anos, seguiremos irradiando. Alimenta nossa esperança uma das últimas frases da Laudato Si: como cuidar da Casa Comum do Papa Francisco:”Caminhemos cantando; que as nossas lutas e a nossa preocupação por este planeta não nos tirem a alegria da esperança”(n.244).

Leonardo Boff é filósofo e teólogo e escreveu: O doloroso parto da Mãe Terra: uma sociedade de fraternidade sem fronteiras e de amor social a sair em breve pela Vozes 2021.

La resurrección como insurrección: el verdugo no triunfa sobre la víctima

Lo que sustenta al cristianismo, en sus distintas expresiones históricas en diferentes iglesias, no es la referencia a un gran profeta o sabio, no es la cruz impuesta injustamente a alguien que pasó por el mundo haciendo solamente el bien, ni es la sangre derramada. Es la resurrección. Pierre Teilhard de Chardin, uno de los primeros que articuló la fe cristiana con la visión evolutiva del mundo, dice que la resurrección es un “tremendous” de significación universal que va más allá de la propia fe cristiana. Representaría una revolución dentro de la evolución. En otras palabras, una anticipación del fin bueno de toda la creación y la realización de todas las virtualidades escondidas dentro del ser humano que, prisionero del espacio-tiempo, no consigue dejarlas irrumpir. Él es un ser que está todavía naciendo . Y llega un momento, dentro del proceso cosmogénico en curso, en el que se da esta oportunidad de acabar de nacer. Entonces implosiona y explosiona el homo revelatus, el ser humano totalmente revelado y realizado en su plena hominización. Es la anticipación de la esperanza radical de que no la muerte sino la vida en plenitud escribe la última página de la historia humana y universal.

Para los portadores de la fe cristina, la resurrección es la realización en la persona de Jesús de lo que él anunciaba: el Reino de Dios. Este significa una revolución absoluta de todas las relaciones, inclusive cósmicas, inaugurando lo nuevo en el mundo. Esa revolución implica la superación de la muerte y el triunfo definitivo de la vida, no de cualquier tipo de vida, sino de una vida totalmente plenificada. En fin, el “novísimo Adán” (1Cor 15,45) acaba de irrumpir dentro de la historia.

San Pablo, inesperadamente, tuvo una experiencia del Resucitado cuando iba camino de Damasco a perseguir cristianos. A la luz de esa experiencia, se burla de la muerte y exclama: “ ¿Dónde, oh muerte, está tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, el aguijón con el que nos atemorizabas? La muerte fue tragada por la victoria. Gracias a Nuestro Señor Jesucristo” (1Cor 15,55-57).

El cristianismo vive y sobrevive por la fe en la resurrección de Cristo y no por la creencia en la inmortalidad del alma, tema que no es cristiano sino platónico. Aquí se decide todo, hasta el punto de que Pablo en su Primera Carta a los Corintios afirma con todas las palabras: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe; somos también falsos testigos, somos los más miserables de todos los hombres”(1Cor 15,14-19).

La explosión de luz se transforma en explosión de alegría. Contra la experiencia cotidiana de la mortalidad, especialmente ahora bajo la acción letal de la Covid-119, podemos mantener la fe y la esperanza de que los que fueron arrebatados, viven resucitados. Cristo, nuestro hermano, es el primero entre los hermanos y hermanas. Nosotros participamos de su resurrección, pues lo que ocurre en su humanidad, afecta a la humanidad que está también en nosotros. Entonces podemos decir: no vivimos para morir, morimos para resucitar.

Los muertos de los cuales no pudimos despedirnos, darles nuestro último homenaje ni hacerles el velorio, son solo invisibles. Ellos, resucitados, no están ausentes sino bien presentes. Esto puede enjugar nuestras lágrimas y dar sosiego a nuestro corazón.

Por otro lado, la resurrección representa una insurrección contra la justicia de los hombres, judíos y romanos, por la cual Jesús fue condenado al suplicio de la cruz. Esa justicia establecida y legal fue rechazada. Con la resurrección de Jesús triunfó la justicia del oprimido e injusticiado, venció el derecho del pobre. Cabe recordar que quien resucitó no fue un emperador con todo su poder político y militar, no fue un sumo sacerdote en la cima de su santidad, ni un sabio con la irradiación de su sabiduría. Fue un crucificado, un ajusticiado, muerto fuera de los muros de la ciudad, lo que significaba una suprema humillación.

La resurrección define el sentido de nuestra esperanza: ¿por qué morimos si ansiamos vivir siempre? ¿Qué sentido tiene la muerte de aquellos que sucumbieron en la lucha por la justicia de los humillados y ofendidos? ¿Quién dará sentido a la sangre de los anónimos, de los campesinos, de los obreros, de los indígenas, de los negros, de las mujeres y de los niños, derramada por los poderosos en razón del único crimen de reivindicar su derecho negado? La resurrección responde a estas preguntas inevitables del corazón. Ella garantiza que el verdugo no triunfa sobre la víctima. Significa el rescate de la justicia y del derecho de los débiles, de los subyugados y deshumanizados como lo fue el Hijo de Dios cuando pasó entre nosotros. Ellos heredan la vida nueva.

¿Cómo denominar la realidad resucitada que llegó a la culminación anticipada de la evolución? Los autores del Nuevo Testamento se enredan en los términos. Para un evento nuevo, nuevo lenguaje. El más pertinente, entre otros, es el de San Pablo: “el novísimo Adán” o “cuerpo espiritual” (1Cor15,45). El primer Adán trae consigo la muerte; el novísimo, Jesús resucitado, deja atrás la muerte. La expresión “cuerpo espiritual” parece contradictoria: si es cuerpo no puede ser espíritu; si es espíritu no puede ser cuerpo. Pero Pablo inteligentemente une los dos términos: es cuerpo, realidad concreta y no fantasmagórica, pero un cuerpo con cualidades del espíritu. Es propio del espíritu estar más allá de la materia, como ya lo vio Aristóteles. Por el espíritu habitamos las estrellas más distantes y tocamos la realidad divina. El espíritu posee una dimensión transcendental y cósmica. Eso sería la resurrección. No sin razón, Pablo elabora en sus epístolas toda una cristología cósmica: el Resucitado llena el universo y nos acompaña en las tareas más cotidianas.

Finalmente, cabe destacar que la resurrección es un proceso: comenzó con Jesús y se extiende por la humanidad y por la historia. Siempre que triunfa la justicia sobre las políticas de dominación, siempre que el amor supera la indiferencia, siempre que la solidaridad salva vidas en peligro, como ahora, obligados al aislamiento social, ahí está ocurriendo la resurrección, es decir, la inauguración de aquello que tiene futuro y será perennizado para siempre.

A quien cree en la resurrección, no le es permitido vivir triste, no obstante la oscuridad de la historia, como actualmente. El Viernes Santo es un paso que culmina con la resurrección. Es más que el triunfo de la vida; es la plena realización de la vida en todas sus virtualidades.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito: Nuestra resurrección en la muerte, Vozes 2012. Vida más allá de la muerte, Vozes, 26. edic. 2012; titulado en español Hablemos de la otra vida, Sal Terrae.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Durante a pandemia:o que ler e como ler:o Ocidente abraça o Oriente (III), Chuang-tzu e Tereza d’Avila

                                             Leonardo Boff

Por mais que o mundo moderno se tenha secularizado, o fato é que grande parte da humanidade encontra seu sentido de vida nos caminhos espirituais de suas respectivas culturas. São muitos os caminhos espirituais. Sem desmerecer outros, quero enfatizar dois que estão na base de duas grandes culturas : a do Ocidente e a do Oriente. Cabe recordar que espiritualidade não é saber sobre a Suprema Realidade, mas experimentá-la a partir da totalidade de nosso ser.

O Ocidente afirma: há o caminho da comunhão pessoal com a Suprema Realidade que inclui o Todo.

O Oriente sustenta: há o caminho da comunhão com o Todo que inclui a Suprema Realidade.

No Ocidente predomina a comunhão pessoal e dialogal com a Suprema Realidade que na tradição judaico-cristã e muçulmana se chama simplesmente Deus. Não se trata de uma experiência intelectual,da cabeça,mas amorosa, do coração  que sente, ama e vibra, envolvendo todo o ser. Mestres desta experiência, entre outros, são São Francisco de Assis, Santa Tereza d’Avila e São João da Cruz, Teilhard de Chardin.

Diz São João da Cruz em seu Cântico Espiritual referindo-se a Deus: “Mostra tua presença!/ Mata-me tua vista e formosura./Olha que a doença  de amor não se cura/Senão pela presença e a figura”(verso 11).

Santa Tereza d’Avila não é menos efusiva em sua Aspirações de vida eterna”:”Vivo já fora de mim depois que morro de amor / porque vivo no Senhor/que me quis para si/.Quando lhe dei o coração/coloquei nele esse letreiro/ que morro porque não morro”(verso 1).

Este modo de falar é do enamoramento, do encontro íntimo e profundo com Deus. A partir desta comunhão eu-tu, se entreve Deus no Todo e em cada ser como aparece na mística cósmica de São Francisco que emocionalmente chama as criaturas como minhas irmãs e meus irmãos. SãoJoão abre sua primeira epístola assim:”Aquele que nós tocamos, que nossos olhos viram, que nossos ouvidos ouviram,esse nós vos comunicamos”. É uma experiência concreta, tocar, sentir e ver.

No Oriente a experiência primeira reside no Todo. Nada está isolado.Tudo está relacionado formando o Grande Todo.O mestre yoga responde à pergunta: “Quem es tu? Ele aponta para o universo e diz: tu és tudo isso, toda a realidade, parte do Todo, tu és o Todo”. Nossa errância consiste em termos perdido a memória sagrada de que somos um elo da única e grande corrente da vida, parcela do Todo; não fazemos uma experiência de não-dualidade com todas as coisas: somos árvore, somos pássaro,somos as estrelas, estamos mergulhados no Todo. E o Todo se chama Tao, a Suprema Realidade presente em tudo.

Tomas Merton que no Ocidente viveu a experiência do Ocidente traduziu “A via de Chuang-tzu” (Vozes 1993). Alguém perguntou a Chuang-tzu:”Mostra-me onde o Tao pode ser encontrado? Ao que ele respondeu: Não há lugar onde o Tao não possa ser encontrado: ele está na formiga, na vegetação do pântano, no caco de ladrilho,no escremento; e arrematou: o Tao é grande em tudo, completo em tudo, integral em tudo. Estes aspectos são distintos, mas a Realidade é o Uno”(p.158-159). Como se depreende, as coisas são diversas mas todas desaguam no Uno, no Tao.

Como se processa uma experiência de não-dualidade? Os orientais propõe como primeiro exercício: a experiência da luz. Ela incide sobre nossas cabeças, pervade todo o organismo, atravessa as paredes da casa, o jardim, a cidade, o oceano,toda a Terra e se estende por todo o universo. A pessoa, feita luz, se sente unida à cada coIsa, ao Todo.

O caminho do Oriente e do Ocidente não são antagônicos mas complementares. Ambos visam, fundamentalmente, criar em nós o que tanto procuramos: um centro a partir do qual tudo se liga e re-liga e nos permite viver o Todo. Pouco importa o nome com o qual chamamos esse centro. Mas ele corresponde àquilo que significa Deus, Tao,  Alá, Javé. Olorum. Esse centro está em nós mas também nos desborda. É o mistério vivo e interior de nossa vida e do universo.

Temos também entre nós a experiência espiritual que sub-jaz às religiões afro-brasileiras ou outras que assimilam elementos africanos. Tudo gira ao redor do axé. Ele corresponde mais ou menos ao que é o Shi para os orientais ou o ruah, pneuma, spiritus  para os ocidentais: uma energia cósmica que pervade toda a realidade e tem nos seres humanos os principais portadores. O exu, não é o demônio que cabe exorcizar, mas a principal expressão do axé. O axé atua dentro de nós, como força de irradiação e de captação de boas energias, colocadas a serviço dos demais. Por não entenderem a profundidade até ecológica destas religiões de origem africana, são difamadas e até perseguidas por grupos neo-pentecostais que pouco têm de espiritual e de sentido do sagrado de  todas as coisas.

Somos seres espirituais quando mergulhamos  em nossa profundidade e nos damos conta de que somos parte de um Todo que nos transcende. Somos habitados pelo espírito, aquele momento da consciência pelo qual temos a percepção de sermos parte de um todo e que o Todo está em nós.

A espiritualidade ocidental ou oriental tem a ver com a experiência da Suprema Realidade,não com um saber, expresso em doutrinas, dogmas e ritos. Tudo isso é parte das religiões que nasceram de uma experiência espiritual mas que não são a espiritualidade. Podem fomentá-la como podem sufocá-la por excesso de doutrinas. Elas são água canalizada, não fonte de água cristalina. Dessa água todos temos sede. Ao bebe-la nos fazemos mas humanos e abertos uns aos outros e ao Todo.

Leonardo Boff escreveu Espiritualidade: um caminho de realização, Mar de Ideias, Rio 2016 e Meditação da luz: o caminho da simplicidade, Vozes 2010.