Urgencia del “Paz y Bien” de San Francisco para el Brasil actual

En nuestro país, en medio de un ambiente de mucho odio, destrucción de biografías y mentiras de todo tipo, vale la pena recurrir al espíritu de San Francisco de Asís, a su famosa Oración por la Paz y a su saludo de Paz y Bien. Era un ser que había purificado su corazón de toda dimensión de sombra, convirtiéndose en “el corazón universal… porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a ella por lazos de cariño”, como escribió el Papa Francisco en su encíclica ecológica (n.10 y 11). Por dondequiera que pasaba saludaba a las personas con su “Paz y Bien”, saludo que quedó en la historia, especialmente en la de los frailes que empiezan sus cartas deseando Paz y Bien.

Construyó lazos de paz y de fraternidad con el señor hermano Sol y con la señora Madre Tierra. Esta figura singular, quizás sea una de las más luminosas que el Cristianismo y el propio Occidente han producido. Hay quien lo llama el “último cristiano” o el “primero después del Único”, es decir, de Jesucristo.

Con seguridad podemos decir que cuando el cardenal Bergoglio escogió el nombre de Francisco quiso apuntar a un proyecto de sociedad pacífica, de hermanos y hermanas reconciliados con todos los hermanos y hermanas de la naturaleza y de todos los pueblos. Al mismo tiempo pensaba en una Iglesia en la línea del espíritu de San Francisco. Este era lo opuesto al proyecto de Iglesia de su tiempo, que se expresaba por el poder temporal sobre casi toda Europa hasta Rusia, por inmensas catedrales, suntuosos palacios y grandes abadías.

San Francisco optó por vivir el evangelio puro, al pie de la letra, en la más radical pobreza, con una simplicidad casi ingenua, con una humildad que lo colocaba junto a la Tierra, en el nivel de los más despreciados de la sociedad, viviendo entre los hansenianos y comiendo con ellos de la misma escudilla.

Para aquel tipo de Iglesia y de sociedad confiesa explícitamente: “quiero ser un ‘novellus pazzus’, un nuevo loco”, loco por Cristo pobre y por la “señora dama pobreza”, como expresión de total libertad: nada ser, nada tener, nada poder, nada pretender. Se le atribuye la frase: “deseo poco y eso poco que deseo lo deseo poco”. En realidad era nada. Se consideraba “idiota, mezquino, miserable y vil”.

A pesar de todas las presiones de Roma y de las internas de los propios cofrades que querían conventos y reglas, nunca renunció a su sueño de seguir radicalmente a Jesús, pobre junto a los más pobres.

La humildad ilimitada y la pobreza radical le permitieron una experiencia que viene al hilo de nuestras búsquedas: ¿es posible recuperar el cuidado y el respeto hacia la naturaleza? ¿Es posible una sociedad sin odios que incluya a todos, como él lo hizo con el sultán de Egipto que encontró en la cruzada, con la banda de ladrones, con el lobo feroz de Gubbio y hasta con la hermana muerte?

Francisco mostró esta posibilidad y que esta posibilidad era realizable al hacerse radicalmente humilde. Se colocó en el mismo suelo (humus= humildad) y al pie de cada criatura, considerándola su hermana. Inauguró una fraternidad sin fronteras: hacia abajo con los últimos, hacia los lados con los demás semejantes, independientemente de si eran papas o siervos de la gleba, hacia arriba con el sol, la luna y las estrellas, hijos e hijas del mismo Padre bueno.

La pobreza y la humildad practicadas así no tienen nada de beatería. Suponen algo previo: el respeto ilimitado ante cada ser. Lleno de devoción sacaba a la lombriz del camino para que no fuera pisada, vendaba una rama rota para que se recuperara, alimentaba en el invierno a las abejas que revolotean hambrientas por allí.

No negó el humus original ni las raíces oscuras de donde venimos todos. Al renunciar a cualquier posesión de bienes o de intereses iba al encuentro de los demás con las manos vacías y el corazón puro, ofreciéndoles simplemente el saludo de Paz y el Bien, la cortesía, y el amor lleno de ternura.

La comunidad de paz universal surge cuando nos situamos con gran humildad en el seno de la creación, respetando todas las formas de vida y a cada uno de los seres, pues todos poseen un valor en sí mismos, antes de cualquier uso humano. Esta comunidad cósmica, fundada en el respeto ilimitado, constituye el presupuesto necesario para la fraternidad humana, hoy sacudida por el odio y la discriminación de los más vulnerables de nuestro país. Sin ese respeto y esa fraternidad difícilmente la Constitución y la Declaración de los Derechos Humanos tendrán eficacia. Habrá siempre violaciones, por razones étnicas, de género, de religión y otras.

Este espíritu de paz y fraternidad podrá animar nuestra preocupación ecológica de proteger a cada especie, a cada animal o planta, pues son nuestros hermanos y hermanas. Sin la fraternidad real nunca llegaremos a formar la familia humana que habita la “hermana y Madre Tierra”, nuestra Casa Común, con cuidado.

Esta fraternidad de paz es realizable. Todos somos sapiens y demens pero podemos hacer que lo sapiens en nosotros humanice nuestra sociedad dividida que deberá repetir: “donde haya odio que lleve el amor”.

*Leonardo Boff teólogo, ex-fraile, y siempre franciscano, comentó La oración de San Francisco por la paz, Sal Terrae, 2ª edición, 2000.

Traducción de Mª José Gavito Milano

En el Pais de España: El eclipse de la ética en la actualidad

Saiu publicado no El Pais da Espanha como tema de fundo

El eclipse de la ética en la actualidad

Es necesario enraizar en aquellos valores específicamente humanos para que todos puedan asumir una nueva ética donde primen el cuidado, la solidaridad, la responsabilidad universal y la justicia

El eclipse de la ética en la actualidadEnrique Flores

Entre el 10 y el 13 de julio de 2018 se celebró en Belo Horizonte un congreso internacional organizado por la Sociedad de Teología y Ciencias de la Religión (SOTER) en torno a los temas religión, ética y política. Las exposiciones fueron de gran actualidad y de nivel superior. Voy a referirme solamente a la discusión sobre El eclipse de la ética que me tocó introducir.

A mi modo de ver, dos factores han alcanzado el corazón de la ética: el proceso de globalización y la mercantilización de la sociedad.

La globalización ha mostrado los diferentes tipos de ética, según las diferencias culturales. Se ha relativizado la ética occidental, una entre tantas. Las grandes culturas de Oriente y las de los pueblos originarios han revelado que podemos ser éticos de forma muy diferente.

Por ejemplo, la cultura maya centra todo en el corazón, ya que todas las cosas nacieron del amor de los dos grandes corazones del Cielo y de la Tierra. El ideal ético es crear en todas las personas corazones sensibles, justos, transparentes y verdaderos. O la ética del “bien vivir y convivir” de los andinos, asentada en el equilibrio de todas las cosas, entre los humanos, con la naturaleza y con el universo.

Tal pluralidad de caminos éticos ha tenido como consecuencia una relativización generalizada. Sabemos que la ley y el orden, valores de la práctica ética fundamental, son los prerrequisitos para cualquier civilización en cualquier parte del mundo. Lo que observamos es que la humanidad está cediendo ante la barbarie rumbo a una verdadera era mundial de las tinieblas, tal es el descalabro ético que estamos viendo.

La economía especulativa dicta los rumbos de la política y de la sociedad actual como un todo

Poco antes de morir en 2017, advertía el pensador Sigmund Bauman: “O la humanidad se da las manos para salvarnos juntos o, si no, engrosaremos el cortejo de los que caminan rumbo al abismo”. ¿Cuál es la ética que nos podrá orientar como humanidad viviendo en la misma casa común? El segundo gran impedimento a la ética es la mercantilización de la sociedad, lo que Karl Polanyi llamaba ya en 1944 “la gran transformación”. Es el fenómeno del paso de una economía de mercado a una sociedad puramente de mercado. Todo se transforma en mercancía, cosa ya prevista por Karl Marx en su texto La miseria de la filosofía de 1848, cuando se refería al tiempo en el que las cosas más sagradas como la verdad y la conciencia serían llevadas al mercado; sería el “tiempo de la gran corrupción y de la venalidad universal”. Pues estamos viviendo ese tiempo. La economía, especialmente la especulativa, dicta los rumbos de la política y de la sociedad como un todo. La competición es su marca registrada y la solidaridad prácticamente ha desaparecido.

¿Cuál es el ideal ético de este tipo de sociedad? La capacidad de acumulación ilimitada y de consumo sin límites, que genera una gran división entre un pequeñísimo grupo que controla gran parte de la economía mundial y las mayorías excluidas y hundidas en el hambre y la miseria. Aquí se revelan rasgos de barbarie y de crueldad como pocas veces en la historia.

Tenemos que volver a fundar una ética que se enraíce en aquello que es específico nuestro como humanos y que, por eso, sea universal y pueda ser asumida por todos.

Estimo que en primerísimo lugar está la ética del cuidado, que según la fábula 220 del esclavo Higinio, bien interpretada por Martin Heidegger en Ser y tiempo, constituye el sustrato ontológico del ser humano, aquel conjunto de factores sin los cuales jamás surgirían el ser humano y otros seres vivos. Por pertenecer el cuidado a la esencia de lo humano, todos pueden vivirlo y darle formas concretas, conforme a sus culturas. El cuidado presupone una relación amigable y amorosa con la realidad, de mano extendida para la solidaridad y no de puño cerrado para la dominación. En el centro del cuidado está la vida. La civilización deberá ser biocentrada.

Otro dato de nuestra esencia humana es la solidaridad y la ética que de ella se deriva. Sabemos hoy por la bioantropología que fue la solidaridad de nuestros ancestros antropoides la que permitió dar el salto de la animalidad a la humanidad. Buscaban los alimentos y los consumían solidariamente. Todos vivimos porque existió y existe un mínimo de solidaridad, comenzando por la familia. Lo que fue fundacional ayer, lo sigue siendo todavía hoy

Las culturas de Oriente y los pueblos originarios han revelado que podemos ser éticos de forma muy diferente

Otro camino ético ligado a nuestra estricta humanidad es la ética de la responsabilidad universal: o asumimos juntos responsablemente el destino de nuestra casa común o vamos a recorrer un camino sin retorno. Somos responsables de la sostenibilidad de Gaia y de sus ecosistemas para que podamos seguir viviendo junto con toda la comunidad de vida.

El filósofo Hans Jonas que fue el primero en elaborar El principio de responsabilidad, le agregó la importancia del miedo colectivo. Cuando este surge y los humanos empiezan a darse cuenta de que pueden conocer un fin trágico e incluso llegar a desaparecer como especie, irrumpe un miedo ancestral que los lleva a una ética de supervivencia. El presupuesto inconsciente es que el valor de la vida está por encima de cualquier otro valor cultural, religioso o económico.

Por último, es importante rescatar la ética de la justicia para todos. La justicia es el derecho mínimo que tributamos al otro de que pueda continuar existiendo y recibiendo lo que le toca como persona. Las instituciones especialmente deben ser justas y equitativas para evitar los privilegios y las exclusiones sociales que tantas víctimas producen, particularmente en nuestro país, uno de los más desiguales, es decir, más injustos del mundo. De ahí se explica el odio y las discriminaciones que desgarran a la sociedad, venidos no del pueblo sino de las élites adineradas, que siempre viven del privilegio y no aceptan que los pobres puedan subir un peldaño en la escala social. Actualmente, vivimos bajo un régimen de excepción en el que tanto la Constitución como las leyes son pisoteadas mediante el Lawfare (la interpretación distorsionada de la ley que el juez practica para perjudicar al acusado).

La justicia no vale solo entre los humanos sino también con la naturaleza y con la Tierra, que son portadoras de derechos y por eso deben ser incluidas en nuestro concepto de democracia socioecológica.

Estos son algunos parámetros mínimos para una ética válida para cada pueblo y para la humanidad, reunida en la casa común. Debemos incorporar una ética de la sobriedad compartida para lograr lo que decía Xi Jinping, jefe supremo de China: “Una sociedad moderadamente abastecida”. Esto significa un ideal mínimo y alcanzable. En caso contrario, podremos conocer un armagedón social y ecológico.

Leonardo Boff es teólogo. Es autor de Cómo cuidar de la casa común (Trotta).

Traducción de María José Gavito Milano.

En Brasil: Democracia o Nazifascismo

Nunca en nuestra historia estuvimos situados ante una alternativa tan radical: el excapitán candidato a la Presidencia, Jair Bolsonaro, que se presenta con todas las características del nazifascismo que causó millones de víctimas en Europa en la Segunda Guerra Mundial, y enfrente Fernando Haddad, al que no se le puede negar espíritu democrático. Bolsonaro mismo declaró que no le importa ser comparado a Hitler. Se ofendería si lo llamasen gay.

Cometió muchas barbaridades contra las mujeres, los negros, los indígenas, los quilombolas, los LGBT haciendo incluso apología abierta de notorios torturadores. Dejó claro en declaraciones inescrupulosas que pretende imponer una política represiva contra esos grupos como política de Estado. No sorprende que tenga el más alto rechazo en las encuestas de intención de voto.

Entendemos su resonancia pues no son pocos los que quieren orden en la sociedad a cualquier precio y que rechazan cualquier tipo de políticos a causa de la corrupción que corroe este país. Siempre la búsqueda del orden sin preocuparse por la justicia social ni por los procedimientos jurídicos correctos fue el humus que alimentó y alimenta aún hoy a los grupos de derecha y de extrema derecha. Con Hitler fue así: “Ordnung muss sein”: “debe imperar el orden”. Pero un orden impuesto mediante la represión y el envío de judíos, gitanos y opositores a los campos de exterminio.

Bolsonaro explota esta búsqueda del orden a cualquier precio incluso con la militarización del gobierno, como ya ha sido publicado en la prensa. En caso de ganar, que el cielo nos libre, colocará en los ministerios clave a generales, en su mayoría jubilados, pero con una mentalidad francamente derechista y autoritaria. Hasta propone eventualmente un auto-golpe, es decir, Bolsonaro como presidente puede convocar a las fuerzas armadas, disolver el Parlamento e instaurar un régimen autoritario y altamente represivo.

No tenemos alternativa sino unirnos, más allá de los intereses partidistas, para salvar la democracia y no permitir que Brasil sea considerado en todo el mundo un país políticamente paria. Esto afectaría a gran parte de la política latinoamericana, especialmente a aquellos países cuyas democracias son frágiles y están bajo el fuego del pensamiento derechista que crece en el mundo entero.

No es de extrañar que conglomerados financieros que viven de la especulación, asociados a empresarios que no tienen ninguna consideración por el futuro de la patria sino por sus propios negocios, y asociados a los burócratas del Estado afectos a la corrupción y a las negociaciones turbias, constituyan la base social de sustentación de un tal régimen autoritario de cariz fascista y nazi.

Sería una ruptura inédita en nuestra historia nunca habida antes. Los militares y empresarios que dieron el golpe de 1964 eran por lo menos nacionalistas y exaltaban un crecimiento económico a costa de los bajos salarios y del control riguroso de las oposiciones, con arrestos, secuestros, torturas y asesinatos, confirmado hoy hasta por documentos provenientes de los órganos de seguridad y de la política exterior de los Estados Unidos.

El pueblo brasileño, que tanto ha sufrido ya a lo largo de la historia, primero bajo el látigo de los señores de esclavos y después por la superexplotación del capitalismo nacional, no merece sufrir todava más. Tenemos con él una deuda que nunca llegamos a pagar. Y ella nos será cobrada hasta el juicio final.

Alimentamos la esperanza de que el buen sentido y la voluntad de reafirmar la democracia de la mayoría de los votantes nos librarán de este verdadero castigo que, efectivamente, no merecemos.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Hasta los vientos contrarios nos conducirán a puerto seguro

El pueblo brasilero se ha habituado a “enfrentar la vida” y a conseguir todo “en la lucha y a la fuerza”, es decir, superando dificultades y con mucho trabajo. Por qué no “enfrentaría” también el último desafío de hacer los cambios necesarios, en medio de la actual crisis, que nos coloquen en el recto camino de la justicia para todos.

El pueblo brasilero todavía no ha acabado de nacer. Lo que heredamos fue la Empresa-Brasil con una élite esclavista y una masa de destituidos. Pero del seno de esta masa nacieron líderes y movimientos sociales con conciencia y organización. ¿Su sueño? Reinventar Brasil.

El proceso comenzó a partir de abajo y ya no hay cómo detenerlo, ni por los sucesivos golpes sufridos como el de 1964 civil-militar y el de 2016 parlamentario-jurídico-mediático.

A pesar de la pobreza, de la marginación y de la perversa desigualdad social, los pobres inventaron sabiamente caminos de supervivencia. Para superar esta anti-realidad, el Estado y los políticos necesitan escuchar y valorar lo que el pueblo ya sabe y ha inventado. Sólo entonces habremos superado la división élites-pueblo y seremos una nación no escindida ya sino cohesionada.

El brasilero mantiene un compromiso con la esperanza. Es la última que muere. Por eso tiene la seguridad de que Dios escribe derecho con líneas torcidas. La esperanza es el secreto de su optimismo, que le permite relativizar los dramas, bailar su carnaval, luchar por su equipo de futbol y mantener encendida la utopía de que la vida es bella y que el mañana puede ser mejor. La esperanza nos remite al principio-esperanza de Ernst Bloch que es más que una virtud; es una pulsión vital que siempre nos hace suscitar sueños nuevos, utopías y proyectos de un mundo mejor.

Existe en el momento actual, marcado por un casi naufragio del país, cierto miedo. Lo opuesto al miedo, sin embargo, no es el valor. Es la fe de que las cosas pueden ser diferentes, de que organizados podemos avanzar. Brasil mostró que no es solo bueno en el carnaval y la música, sino que puede ser bueno en la agricultura, en la arquitectura, en las artes y en su inagotable alegría de vivir.

Una de las características de la cultura brasilera es la jovialidad y el sentido del humor, que ayudan a aliviar las contradicciones sociales. Esa alegría jovial nace de la convicción de que la vida vale más que cualquier otra cosa. Por eso debe ser celebrada con fiesta y ante el fracaso, mantener el humor que lo relativiza y lo hace soportable. El resultado es la levedad y la vivacidad que tantos admiran en nosotros.

Se está dando un casamiento que nunca antes se dio en Brasil entre el saber académico y el saber popular. El saber popular es “un saber hecho de experiencias”, que nace del sufrimiento y de las mil maneras de sobrevivir con pocos recursos. El saber académico nace del estudio, bebiendo de muchas fuentes. Cuando esos dos saberes se unan, habremos reinventado otro Brasil. Y seremos todos más sabios.

El cuidado pertenece a la esencia de lo humano y de toda la vida. Sin cuidado enfermamos y morimos. Con cuidado, todo se protege y dura mucho más. El desafío hoy es entender la política como cuidado de Brasil, de su gente, especialmente de los más vulnerables, como indios y negros, cuidado de la naturaleza, de la educación, de la salud, de la justicia para todos. Ese cuidado es la prueba de que amamos a nuestro país y queremos a todos incluidos en él.

Una de las marcas del pueblo brasilero bien analizada por el antropólogo Roberto da Matta, es su capacidad de relacionarse con todo el mundo, de sumar, juntar, sincretizar y sintetizar. Por eso, en general, no es intolerante ni dogmático. Le gusta acoger bien a los extranjeros. Pues bien, estos valores son fundamentales para una globalización de rostro humano. Estamos mostrando que ella es posible y la estamos construyendo. Infelizmente en los últimos años ha surgido, en contra de nuestra tradición, una oleada de odio, discriminación, fanatismo, homofobia y desprecio a los pobres (el lado sombrío de la cordialidad, según Buarque de Holanda) que nos muestran que somos, como todos los humanos, sapiens y demens, y ahora más demens. Pero eso seguramente pasará y predominará la convivencia más tolerante y apreciadora de las diferencias.

Brasil es la mayor nación neolatina del mundo. Tenemos todo para ser también la mayor civilización de los trópicos, no imperial, sino solidaria con todas las naciones, porque incorporó en sí a representantes de 60 pueblos diferentes que vinieron aquí. Nuestro desafío es mostrar que Brasil puede ser, de hecho, una pequeña anticipación simbólica de que todo es rescatable: la humanidad unida, una y diversa, sentados a la mesa en una comensalidad fraterna, disfrutando de los buenos frutos de nuestra bonísima, grande, generosa Madre Tierra, nuestra Casa Común.

¿Es un sueño? Sí, el necesario y bueno.

*Leonardo Boff ha escrito Brasil, ¿concluir a refundación o prolongar la dependencia? Vozes 2018.

Traducción de Mª José Gavito Milano