Fratelli tutti, una revolución paradigmática: del “dominus” (dueño) al “frater” (hermano)

La nueva encíclica del Papa Francisco, firmada sobre la sepultura de Francisco de Asís, en la ciudad de Asís, el día 3 de octubre, será un marco en la doctrina social de la Iglesia. Es amplia y detallada en su temática, buscando siempre sumar valores, hasta del liberalismo que él critica fuertemente. Ciertamente va a ser analizada en detalle por cristianos y no cristianos pues se dirige a todas las personas de buena voluntad.

Resaltaré en este espacio lo que considero innovador respecto al magisterio anterior de los Papas.

En primer lugar tiene que quedar claro que el Papa presenta una alternativa paradigmática a nuestra forma de habitar la Casa Común, sometida a muchas amenazas. Hace una descripción de las “sombras densas”, que equivalen, como él mismo afirmó en varios pronunciamientos, “a una tercera guerra mundial a pedazos”.

Actualmente no hay un proyecto común para la humanidad (n.18), pero un hilo conductor pasa por toda la encíclica: «la conciencia de que nadie se salva solo, que únicamente es posible salvarse juntos» (n. 32). Este es el proyecto nuevo, expresado en estas palabras: «Entrego esta encíclica social como una humilde contribución a la reflexión para que frente a las diversas formas de eliminar o de ignorar a los otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social» (n.6).

Debemos comprender bien esta alternativa. Venimos y estamos todavía dentro de un paradigma que está en la base de la modernidad. Es antropocéntrico. Es el reino del dominus: el ser humano como dueño y señor de la naturaleza y de la Tierra, que sólo tienen sentido en la medida en que se ordenan a él. Cambió la faz de la Tierra, trajo muchos beneficios pero también creó un principio de autodestrucción. Es el actual impasse de las “densas sombras”. Frente a esta visión del mundo, la encíclica Fratelli tutti propone un nuevo paradigma: el del frater, el hermano, el de la fraternidad universal y la amistad social. Desplaza el centro: de una civilización técnico-industrial e individualista a una civilización de solidaridad, de preservación y cuidado de toda la vida. Esta es la intención original del Papa. En este viraje está nuestra salvación; superaremos la visión apocalíptica de la amenaza del fin de la especie humana por una visión de esperanza, de que podemos y debemos cambiar de rumbo.

Para eso necesitamos alimentar la esperanza. El Papa dice: «Os invito a la esperanza que nos habla de una realidad arraigada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y de los condicionamientos históricos en que vive» (n. 55). Aquí resuena el principio esperanza, que es más que la virtud de la esperanza, es un principio, un motor interior para proyectar nuevos sueños y visiones, tan bien formulado por Ernst Bloch. Destaca «la afirmación de que los seres humanos somos hermanos y hermanas, que no es una abstracción sino que se hace carne y se concreta, nos plantea una serie de retos que nos descolocan, nos obligan a asumir nuevas perspectivas y a desarrollar nuevas reacciones» (n.128). Como se deduce, se trata de un nuevo rumbo, de un viraje paradigmático.

¿Por dónde empezar? Aquí el Papa revela su actitud básica, repetida a menudo a los movimientos sociales: «No esperéis nada de arriba porque siempre viene más de lo mismo o todavía peor; empiecen por ustedes mismos». Por eso sugiere: «Es posible comenzar desde abajo, desde cada uno de nosotros, a luchar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo» (n.78). El Papa sugiere lo que hoy es la punta de la discusión ecológica: trabajar la región, el biorregionalismo que permite la verdadera sostenibilidad y la humanización de las comunidades y articula lo local con lo universal (n.147).

Tiene largas reflexiones sobre la economía y la política, pero subraya: «la política no debe someterse a la economía y la economía no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia» (n.177). Hace una contundente crítica al mercado: «El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, como único camino para resolver los problemas sociales» (n.168). La globalización nos hizo más cercanos pero no más hermanos (n.12). Crea sólo socios pero no hermanos (n.102).

De la mano de la parábola del buen samaritano, hace un análisis riguroso de los diversos personajes que entran en escena y los aplica a la economía política, culminando con la pregunta: «¿con quién te identificas (con el herido del camino, con el sacerdote, con el levita o con el extranjero, el samaritano, despreciado por los judíos)? Esta pregunta es cruda, directa y decisiva. ¿A cuál de ellos te pareces?» (n.64). El buen samaritano se convierte en modelo del amor social y político (n.66).

El nuevo paradigma de fraternidad y amor social se despliega en el amor en su concretización pública, en el cuidado de los más frágiles, en la cultura del encuentro y del diálogo, en la política como ternura y amabilidad.

En cuanto a la cultura del encuentro, se toma la libertad de citar al poeta brasileño Vinicius de Moraes en su Samba da Bênção en el disco Encuentro en Al bon Gourmet de 1962 donde dice: «La vida es el arte del encuentro aunque haya tantos desencuentros en la vida» (n.215). La política no se reduce a la disputa por el poder y a la división de poderes. Afirma de manera sorprendente: «Incluso en la política hay lugar para el amor con ternura: a los más pequeños, a los más débiles, a los más pobres; ellos deben enternecernos y tienen el ‘derecho’ de llenar nuestra alma y nuestro corazón; sí, son nuestros hermanos y como tales debemos amarlos y tratarlos de esta manera» (n.194). Se pregunta qué es la ternura y responde: «es el amor que se hace cercano y concreto; es un movimiento que procede del corazón y llega a los ojos, a los oídos, a las manos» (n.196). Esto nos recuerda la frase de Gandhi, una de las inspiraciones del Papa, junto con San Francisco, Luther King, Desmond Tutu: la política es un gesto de amor al pueblo, el cuidado de las cosas comunes.

Junto con la ternura viene la amabilidad que nosotros traduciríamos por gentileza, recordando al profeta Gentileza que en las calles de Río de Janeiro proclamaba a todos los que pasaban: “Gentileza genera gentileza” y “Dios es gentileza”, muy al estilo de San Francisco. Define así la amabilidad: «un estado de ánimo que no es áspero, duro, rudo, sino afable, gentil, que sostiene y conforta. La persona que posee esta cualidad ayuda a los demás a hacer más llevadera su existencia» (n.223). Este es un desafío para los políticos, hecho también a los obispos y sacerdotes: hacer la revolución de la ternura.

La solidaridad es uno de los fundamentos de lo humano y lo social. Se «expresa concretamente en el servicio que puede adoptar formas muy diferentes y asumir para sí mismo el peso de los demás; es en gran medida cuidar de la fragilidad humana» (n. 115). Esta solidaridad demostró estar ausente y sólo después ser eficaz en la lucha contra la Covid-19. Impide que la humanidad se bifurque entre “mi mundo” y “los otros”, “ellos”, ya que «muchos dejan de ser considerados seres humanos con una dignidad inalienable, y pasan a ser sólo ‘ellos’» (n.27). Y concluye con un gran deseo: «Ojalá que al final ya no estén ‘los otros’ sino sólo ‘nosotros’»(n.35).

Para ese desafío de dar cuerpo al sueño de una fraternidad universal y de amor social convoca a todas las religiones, pues «ellas ofrecen una valiosa contribución en la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad» (n.271).

Al final evoca la figura del hermanito de Jesús, Charles de Foucauld, que en el desierto del norte de África junto a la población musulmana quería ser “definitivamente el hermano universal” (n.287). El Papa Francisco observa: «Sólo identificándose con los más pequeños llegó a ser hermano de todos; que Dios inspire este sueño en cada uno de nosotros. Amén» (n. 288).

Estamos ante un hombre, el Papa Francisco, que, siguiendo a su fuente inspiradora, Francisco de Asís,se ha convertido también en un hombre universal, acogiendo a todos e identificándose con los más vulnerables e invisibles de nuestro cruel e inhumano mundo. Él suscita la esperanza de que podemos y debemos alimentar el sueño de la fraternidad sin fronteras y del amor universal.

Él ha hecho su parte. Nos corresponde a nosotros no dejar que ese sueño sea sólo un sueño, sino el principio fundamental de una nueva forma de vivir juntos, como hermanos y hermanas más la naturaleza, en la misma Casa Común. ¿Tendremos el tiempo y la sabiduría para dar este salto? Seguramente las “densas sombras” continuarán, pero tenemos una lámpara en esta encíclica de esperanza del Papa Francisco. No disipa todas las sombras, pero es suficiente para vislumbrar el camino a ser recorrido por todos.

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor brasilero y ha escrito: Francisco de Asís y Francisco de Roma, Trotta, Madrid 2013.

Traducción de Mª José Gavito Milano

¿Es posible el fin de la especie humana? (III)

Finalmente, buscando radicalidad nos preguntamos: ¿ cómo ve la teología cristiana esta cuestión de una eventual extinción de la especie humana?

Primero situemos la pregunta en su tradición histórica, pues no es la primera vez que los seres humanos se plantan seriamente esa pregunta. Siempre que una cultura entra en crisis, como la nuestra, surgen mitos del fin del mundo y de destrucción de la especie. Se usa un recurso literario conocido: relatos patéticos de visiones e intervenciones de ángeles que se comunican para anunciar cambios inminentes y preparar a la humanidad. En el Nuevo Testamento ese genero adquirió cuerpo en el libro del Apocalipsis y en algunos pasajes de los Evangelios que ponen en boca de Jesús predicciones del fin del mundo.

Hoy prolifera una amplia literatura esotérica que usa códigos diferentes, como el paso a otro tipo de vida y la comunicación con extraterrestres. Pero el mensaje es idéntico: el cambio es inminente y hay que estar preparado.

Es importante no dejarse engañar por este tipo de lenguaje. Es un lenguaje de tiempos de crisis y no un reportaje anticipado de lo que va a ocurrir. Pero hay una diferencia entre los antiguos y hoy. Para los antiguos el fin del mundo estaba en su imaginario y no en un proceso que existía verdaderamente. Para nosotros está en el proceso real, pues hemos creado de hecho el principio de autodestrucción.

¿Y si desaparecemos, cómo hay que interpretarlo? ¿Que nos llegado el turno en el proceso evolutivo ya que siempre hay especies desapareciendo naturalmente?¿Qué dice la reflexión teológica cristiana?

Sucintamente diría: si el ser humano frustrase su aventura planetaria significaría, sin duda alguna, una tragedia indescriptible. Pero no sería una tragedia absoluta. Esa ya se perpetró un día, cuando el Hijo de Dios se encarnó en nuestra miseria, por Jesús de Nazaret. Poco después de su nacimiento fue amenazado de muerte por Herodes, que sacrificó a todos los niños de los alrededores de Belén con la esperanza de haber asesinado al Mesías. Después, durante su vida fue calumniado, perseguido, rechazado, preso, torturado y clavado en una cruz. Solo entonces se formalizó lo que llamamos pecado original, que es un proceso histórico de negación de la vida. Pero los cristianos creen que ocurrió también la suprema salvación, pues donde abundó el pecado también superabundó la gracia. Y hubo la resurrección, no como la reanimación de un cadáver, sino como la irrupción del ser humano nuevo, con sus virtualidades realizadas en plenitud. Mayor perversidad que matar a la criatura, la vida, el planeta, es matar al Creador encarnado.

 Aunque la especie se mate a sí misma, ella no consigue matar todo de ella. Solo mata lo que es. No puede matar aquello que todavía no es: las virtualidades escondidas en ella que quieren realizarse. Y aquí entra la muerte en su función liberadora. La muerte no separa cuerpo y alma, pues en el ser humano no hay nada que separar. Es un ser unitario con muchas dimensiones, una exterior material, el cuerpo, y ese mismo cuerpo con su interioridad y profundidad, que llamamos espíritu. Lo que la muerte separa es el tiempo de la eternidad. Al morir, el ser humano deja el tiempo y penetra en la eternidad. Al caer las barreras espacio-temporales, las virtualidades encadenadas pueden abrirse en su plenitud. Solo entonces acabaremos de nacer como seres humanos plenos (Boff, 2000).Por lo tanto, aún con la liquidación criminal de la especie, el triunfo de la especie no se frustra. La especie sale trágicamente del tiempo por la muerte, muerte que le concede entrar en la eternidad. Y Dios es quien puede sacar de la muerte, la vida y de la ruina, la nueva criatura.

Alimentamos esta esperanza. Así como el ser humano domesticó otros medios de destrucción, le primero de ellos el fuego, que originó mitos de fin del mundo, así ahora, esperamos, domesticará los medios que pueden destruirlo. Aquí cabría hacer un análisis de las posibilidades dadas por la nanotecnología (que trabaja con partículas ínfimas de átomos, genes y moléculas), que puede eventualmente ofrecer medios técnicos para disminuir el calentamiento global y purificar la biosfera de los gases de efecto invernadero (Martins, 2006,168-170). 

Más esclarecedor es pensar estas cuestiones en el marco de la física cuántica y de la nueva cosmología. La evolución no es lineal. Acumula energía y da saltos. Así también la física cuántica de Niels Bohr y Werner Heisenberg nos sugiere virtualidades escondidas, venidas del Vacío Cuántico, de ese océano indescifrable de energía que subyace e impregna el universo, la tierra y a cada ser humano, que pueden irrumpir y modificar la flecha de la evolución.

Me niego a pensar que nuestro destino, después de millones de años de evolución, termine así miserablemente en un tiempo próximo o en las próximas generaciones. Habrá un salto, quien sabe, en la dirección de aquello que ya en 1933 Pierre Teilhard de Chardin anunciaba: la irrupción de la noosfera, es decir, de un estado de conciencia y de relación con la naturaleza que inaugurará una nueva convergencia de mente y corazones, y así un nuevo estadio de la evolución humana y de la historia de la Tierra.

En esta perspectiva el escenario actual no sería de tragedia sino de crisis de paradigma, de la forma como habitamos nuestra Casa Común.

La crisis acrisola, purifica, hace madurar. Ella anuncia un nuevo comienzo. Nuestro dolor es el dolor de un parto y no los dolores de alguien que está a punto de morir. Todavía vamos a irradiar.

Es importante decir que no acabaría el mundo sino este tipo de mundo insensato que ama la guerra y la destrucción en masa. Vamos a inaugurar un mundo humano que ama la vida, desacraliza la violencia, tiene cuidado y piedad de todos los seres, practica la justicia verdadera, venera el Misterio del mundo que llamamos Fuente Originaria hacer ser a todos los seres y que nosotros llamamos Dios, y que en fin, nos permite estar en el monte de las bienaventuranzas.

El ser humano habrá simplemente aprendido a tratar humanamente a todos los seres humanos, y con cuidado, respeto y compasión a todos los demás seres. Todo lo que existe merece existir. Todo lo que vive merece vivir, especialmente nosotros, los seres humanos.

Bibliografia mínima referida:

Boff, L. (2000), Vida para além da morte, Petrópolis: Vozes; en español titulado Hablemos de la otra vida, Santander: Sal Terrae. Tiempo de Transcendencia, el ser humano como proyecto infinito, Santander: Sal Terrae.

Duve, C. (1997), Polvo vital. El origen y la evolución de la vida en la Tierra, Cali: Norma

Hawking, S. (2001), El universo en una cáscara de nuez, Barcelona: Planeta.

Higa, T., (2002), Eine Revolution zur Rettng der Erde, Xanten: OLV, Organischer Landbau.

Hobsbawn, E. (1994), A era dos extremos, São Paulo: Objetiva, publicada en español con el título Historia del siglo XX, Buenos Aires: Crítica.

Jacquard, A. E Kahn, A. (2001), L’avenir n’est pas écrit, Paris: Boyard.

Lovelock, J. (2006), La venganza de Gaia, Barcelona: Planeta.

Martins, P.R. (org)(2006), Nanotecnologia, sociedade e meio ambiente, São Paulo: Xamã.

Miranda, E.E.,(2007), Quando o Amazonas corria para o Pacifico, Petrópolis:Vozes.

Monod, J. (2000), Y si la aventura humana fallase, Paris: Grasset.

Rees, M. (2005), Hora final, São Paulo: Companhia das Letras.

Revista Veja, páginas amarillas del 25 de octubre de2006.

Toynbee, A. (1971), Experiencias, Buenos Aires: Emecé.

Ward, P. (1997), O fim da evolução. Extinções em massa e preservação da biodiversidade, Rio de Janeiro: Campus.

Ziegler, J. (2006), Das Imperium der Schande, Munique: Pantheon.

Traducción de M.ª José Gavito Milano

¿Es posible el fin de la especie humana? (I)

La irrupción de la Covid-19 afectando por primera vez a todo el planeta y causando verdadera mortandad humana, que puede llegar a millones de víctimas antes de que se descubra y se aplique una vacuna eficaz, plantea ineludiblemente la pregunta: ¿puede la especie homo, la especie humana desaparecer?

David Quammen, uno de los mayores especialistas en virus que alertó a los jefes de Estado, sin éxito, de un probable ataque de un virus de la línea del SARS, el coronavirus 19, advirtió recientemente en un vídeo acerca de la posibilidad, en caso de que no mudemos nuestra relación destructiva hacia la naturaleza, de la irrupción de otro virus aún más letal, que puede destruir parte de la biosfera y llevar a gran parte de la humanidad, si no a toda, a un fin dramático.

El Papa Francisco, en su alocución en la ONU el día 25 de septiembre del presente año de 2020, advirtió dos veces sobre la eventualidad de la desaparición de la vida humana como consecuencia de la irresponsabilidad en nuestro trato con la Madre Tierra y con la naturaleza superexplotadas. En su encíclica Laudato Sì: sobre el cuidado de la Casa Común (2015) constata: “Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos” (n. 53).

Esto no significa el fin del sistema-vida, sino el fin de la vida humana. Curiosamente, la Covid-19 afectó solamente a los humanos de todos los continentes y no a los demás animales domésticos como los gatos y los perros.

¿Cómo interpretar esta eventual catástrofe a la luz de una reflexión radical, es decir, filosófica y teológica?

Sabemos que normalmente cada año cerca de 300 especies de organismos vivos llegan a su clímax, después de millones y millones de años de existencia, y retornan a la Fuente Originaria de Todo Ser (Vacío Cuántico), aquel océano insondable de energía, anterior al Big Bang, que continúa subyacente a todo el universo. Se conocen muchas extinciones en masa durante los más de tres mil millones de años de la historia la vida (Ward 1997). Actualmente cerca de un millón de especies de seres están bajo amenaza de desaparición debido a la excesiva agresividad humana.

De las varias expresiones de los seres humanos sabemos que solamente el homo sapiens sapiensse consolidó en la historia hace cerca de 100 mil años y ha permanecido hasta el presente sobre la Tierra. Los demás representantes, especialmente el hombre de Neanderthal, desaparecieron definitivamente de la historia.

Lo mismo puede decirse de las culturas ancestrales del pasado. En Brasil, por ejemplo, la cultura del sambaqui y  los sambaquieiros que vivieron hace más de ocho mil años en las costas oceánicas brasileras fueron literalmente exterminados por antropófagos, diferentes de los indígenas actuales. De ellos no quedó nada a no ser los grandes depósitos de conchas, cascos de tortugas y restos de crustáceos (Miranda, 2007,52-53). Muchos de ellos desaparecieron definitivamente, dejando pocas señales de su existencia como la cultura de la isla de Pascua u otras culturas matriarcales que dominaron en varias partes del mundo hace cerca de 20 mil años, especialmente en la cuenca del Mediterráneo. Dejaron las figuras de las divinidades maternas encontradas todavía hoy en sitios arqueológicos.

Entre tantas especies que desaparecen anualmente, ¿no podrá estar la especie homo sapiens/demens? Todo indica que su desaparición no se debería a un proceso natural de la evolución sino a causas derivadas de su práctica irresponsable, carente de cuidado y de sabiduría frente al conjunto del sistema de la vida y del sistema-Gaia. Sería consecuencia de la nueva era geológica del antropoceno e incluso del necroceno.

El hecho es que la Covid-19 puso en jaque, de rodillas, diría yo, al modo de producción capitalista y a su expresión política, el neoliberalismo. ¿Serían ellos suicidas?

Esta no es una pregunta de mal agüero sino un llamamiento dirigido a todos los que alimentan solidaridad generacional y amor a la Casa Común. Hay un obstáculo cultural grave: estamos habituados a resultados inmediatos, cuando aquí se trata de resultados futuros, fruto de acciones realizadas ahora. Como afirma la Carta de la Tierra, uno de los más importantes documentos ecológicos, asumida por la UNESCO en 2003: ”Las bases de la seguridad global están amenazadas; estas tendencias son peligrosas pero no inevitables”.

Estos peligros solamente serán evitados si mudamos la producción y el modelo de consumo. Este giro total civilizatorio exige la voluntad política de todos los países del mundo y la colaboración sin excepción de toda la red de empresas transnacionales y nacionales de producción, pequeñas, medianas y grandes. Si algunas empresas mundiales se negaran a actuar en esta dirección podrían anular los esfuerzos de todas las demás. Por eso, la voluntad política debe ser colectiva e impositiva con prioridades bien definidas y con líneas generales bien claras, asumidas por todos, pequeños y grandes. Es una política de salvación global.

El gran peligro reside en la lógica del sistema del capital globalmente articulado. Su objetivo es lucrar lo más posible en el más corto tiempo posible, con una expansión cada vez mayor de su poder, flexibilizando legislaciones que limitan su dinámica. Él se orienta por la competencia y no por la cooperación, por la búsqueda del lucro y no por la defensa y promoción de la vida.

Ante de los cambios paradigmáticos actuales se ve confrontado con este dilema: o se niega a sí mismo, mostrándose solidario con el futuro de la humanidad, y muda su lógica y así se hunde como empresa capitalista o se autoafirma en su objetivo, desconsiderando toda compasión y solidaridad, haciendo aumentar los lucros, pasando incluso por encima de cementerios de cadáveres y de la Tierra devastada. No es imposible que, obedeciendo a su naturaleza de lobo voraz, el capitalismo sea suicida. Prefiere morir y hacer morir a perder sus lucros. Pero, quién sabe, cuando el agua llegue al cuello y el riesgo de muerte colectiva alcance a todos, a ellos, los poderosos, inclusive, no sería imposible que el propio capitalismo se rinda a la vida, pues el instinto dominante es vivir y no morir. Este instinto posiblemente acabará prevaleciendo. Pero debemos estar atentos a la fuerza de la lógica interna del sistema, montado sobre una mecánica que produce muerte de vidas humanas y de vidas de la naturaleza.

Nombres notables de las ciencias no excluyen la eventualidad del fin de nuestra especie. Stephen Hawking en su libro El universo en una cáscara de nuez (2001,159) reconoce que en 2600 la población mundial estará hombro a hombro y el consumo de electricidad dejará a la Tierra incandescente. Ella podría destruirse a sí misma.

El premio Nobel Christian de Duve, en su conocido libro Polvo Vital (1997, 355) afirma que la evolución biológica marcha a ritmo acelerado hacia una gran inestabilidad; en cierta forma nuestro tiempo recuerda a una de aquellas importantes rupturas en la evolución, caracterizadas por extinciones masivas. Antiguamente los meteoros rasantes amenazaban a la Tierra; hoy el meteoro rasante se llama ser humano.

Théodore Monod, tal vez el último gran naturalista moderno, dejó como testamento un texto de reflexión con este título: Y si la aventura humana lallase (2000, 246, 248). En el afirma: somos capaces de una conducta insensata y demente; a partir de ahora se puede temer todo, realmente todo, inclusive la aniquilación de la raza humana (p. 246). Y añade: sería el justo precio de nuestras locuras y de nuestras crueldades.

Si tomamos en serio el drama mundial, sanitario, social y la alarma ecológica creciente, ese escenario de horror no es impensable.

Edward Wilson afirma en su inspirador libro El futuro de la vida (2002, 121): El hombre hasta hoy ha desempeñado el papel de asesino planetario… la ética de la conservación, en forma de tabú, totemismo o ciencia casi siempre llegó demasiado tarde; tal vez todavía haya tiempo de actuar.

Vale la pena citar dos nombres más de la ciencia muy respetados: James Lovelock que elaboró la teoría de la Tierra como Superorganismo vivo, Gaia, con un título fuerte La venganza de Gaia (2006) y el astrofísico inglés Martin Rees (Hora final, 2005) que prevén el fin de la especie antes de que finalice el siglo XXI. Lovelock es contundente: hasta el fin del siglo desaparecerá el 80% de la población humana. El 20% restante vivirá en el Ártico y en algunos pocos oasis en otros continentes, donde las temperaturas sean más bajas y haya un poco de lluvia… casi todo el territorio brasilero será demasiado caliente y seco para ser habitado” (Veja, Páginas Amarillas del 25 de octubre de 2006).

¿Es posible el fin de la especie humana? (II)

Un hecho que ha impulsado a muchos científicos, especialmente biólogos y astrofísicos, a hablar del eventual colapso de la especie humana es el carácter exponencial de la población. La humanidad necesitó un millón de años para alcanzar en 1850 mil millones de personas. Los espacios temporales entre un crecimiento tal y otro del mismo tamaño disminuyen cada vez más. De 75 años –de 1850 a 1925– pasaron a 5 años actualmente. Se prevé que hacia 2050 habrá diez mil millones de personas. Es el triunfo innegable de nuestra especie.

Lynn Margulis y DorianSagan en el conocido libro Microcosmos (1990) afirman con datos de los registros fósiles y de la propia biología evolutiva que una de las señales del colapso próximo de una especie es su rápida superpoblación. Esto puede ser visto con microorganismos colocados en una placa de Petri (cápsulas redondas de vidrio con colonias de bacterias y nutrientes). Poco antes de alcanzar los bordes de la placa y de agotarse los nutrientes, se multiplican de forma exponencial. Y de repente mueren todas.

Para la humanidad, comentan ellos, la Tierra puede mostrarse idéntica a una placa de Petri. En efecto,ocupamos casi toda la superficie terrestre, dejando solo un 17% libre, por ser tierra inhóspita como losdesiertos y las altas montañas nevadas o rocosas. Lamentablemente, de homicidas, genocidas y ecocidas nos haríamos biocidas.

Carl Sagan, ya fallecido, veía en el intento humano de enviar naves espaciales a la Luna y otras como el Voyager fuera del sistema solar, como una manifestación del inconsciente colectivo que presiente el peligro de nuestra próxima extinción. La voluntad de vivir nos lleva a pensar en formas de supervivencia más allá de la Tierra.

El astrofísico Stephen habla de la posible colonización extrasolar con naves, especie de veleros espaciales,impulsadas por rayos láser que les darían una velocidad de treinta mil kilómetros por segundo, pero para llegar a otros sistemas planetarios tendríamos que recorrer miles y miles de millones de kilómetros de distancia y necesitaríamos muchos años de tiempo. Ocurre que somos prisioneros de la luz, cuya velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo es hasta hoy insuperable. Incluso así, para llegar a la estrella más próxima – la Alfa Centauro – necesitaríamos cuarenta y tres años, sin saber todavía cómo frenar esa nave a tan altísima velocidad.

Para terminar, recojo la opinión de dos notables historiadores. Arnold Toynbee en su autobiografía: “viví para ver que el fin de la historia humana puede tornarse una posibilidad real, que puede ser traducida en hechos no por un acto de Dios sino del ser humano” (Experiencias 1970,422).

Y finalmente Eric J. Hobsbawn, en su conocida Era de los extremos (1994, 562), al concluir su libro:  No sabemoshacia donde estamos yendo. Sin embargo, una cosa es segura. Si la humanidad quiere tener un futuro aceptable, no puede hacerlo mediante la prolongación del pasado o del presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre esa base, vamos a fracasar. Y el precio del fracaso, la alternativa al cambio de la sociedad, es la oscuridad.

Naturalmente, tenemos que tener paciencia con el ser humano. Él todavía no está listo. le falta mucho por aprender. En relación al tiempo cósmico tiene menos de un minuto de vida. Pero con él, la evolución dio un salto, de inconsciente se hizo consciente. Y con la conciencia puede decidir qué destino quiere para sí. En esta perspectiva, la situación actual representa más un desafío que un desastre inevitable, la travesía hacia un estadio más alto y no fatalmente un sumergirse en la autodestrucción. Estaríamos por lo tanto en un escenario de crisis de paradigma civilizacional y no de tragedia.

¿Pero habrá tiempo para tal aprendizaje? Todo parece indicar que el tiempo del reloj corre en contra nuestra. ¿No estaremos llegando demasiado tarde, habiendo pasado ya el punto de no retorno? Pero como la evolución no es lineal y conoce frecuentes rupturas y saltos hacia arriba, como expresión de una mayor complejidad, y como existe el carácter indeterminado y fluctuante de todas las energías y de toda la evolución, según la físicacuántica de W. Heisenberg y de N. Bohr, nada impide que ocurra la emergencia de otro estadio de conciencia yde vida humana que salvaguarde la biosfera y el planeta Tierra. Esa transmutación sería, según san Agustín en sus Confesiones, fruto de dos grandes fuerzas: un gran amor y un gran dolor. Son el amor y el dolor que tienen el privilegio de transformarnos por entero. Esta vez cambiaremos por un gran amor a la Tierra, nuestra Madre, y por un gran dolor por las penas que está sufriendo.

De todas maneras, en la hipótesis de una eventual desaparición da especie humana ¿qué consecuencias sederivarían para nosotros y para el proceso evolutivo?

Antes de cualquier otra consideración, sería una catástrofe biológica de inconmensurable magnitud. El trabajo de por lo menos 3.800 millones de años, fecha probable de la aparición de la vida, y de los últimos 5-7 millones de años, fecha de la aparición de la especie homo, y los últimos cien mil años, con la irrupción del homo sapiens sapiens, el trabajo realizado por todo el universo de las energías, las informaciones y las diferentes densidades de materia, habría sido, si no anulado, por lo menos profundamente afectado.

El ser humano, según podemos constatar estudiando el universo, es el ser de la naturaleza más complejo ya conocido. Complejo en su cuerpo con treinta mil millones de células, continuamente renovadas por el sistema genético; complejo en su cerebro de cien mil millones de neuronas en continua sinapsis; complejo en su interioridad, en su psique y en su conciencia, cargada de informaciones recogidas desde la irrupción del cosmos con el Big Bang y enriquecida con emociones, sueños, arquetipos, símbolos provenientes de las interacciones de la conciencia consigo misma y con el ambiente que la rodea; complejo en su espíritu, capaz de captar el Todo y sentirse parte de él y de identificar ese Vínculo que une y reúne, liga y religa todas las cosas haciendo que no sean caóticas sino ordenadas y den sentido y significado a la existencia en este mundo y haciéndonos despertar sentimientos de profunda veneración y respeto por la grandeza del cosmos.

Hasta hoy, no han sido identificadas científicamente y de forma irrefutable otras inteligencias del universo. Por ahora como especie homo somos una singularidad sin comparación en el cosmos. Somos un habitante de una galaxia media, la Vía Láctea, que depende de una estrella, el Sol, de quinta magnitud, en un rincón de la Vía Láctea; vive en el tercer planeta del sistema solar, la Tierra, y ahora está aquí, en este pequeño espacio virtual, discutiendo las consecuencias de nuestro probable fin.

El universo, la historia de la vida y la historia de la vida humana perderían algo invaluable. Toda la creatividad producida por este ser, creado creador, que hizo cosas que la evolución por sí misma nunca haría, como una pintura Di Cavalcanti o una sinfonía de Beethoven, un poema de Carlos Drumond de Andrade o un canal de televisión, un avión e Internet con sus redes sociales. Las construcciones de la cultura, ya sean materiales, simbólicas o espirituales, habrían desaparecido para siempre.

Para siempre las grandes producciones poéticas, musicales, literarias, científicas, sociales, éticas y religiosas de la humanidad se habrían vuelto polvo.

Para siempre habrían desaparecido las referencias de figuras paradigmáticas de seres humanos entregadas al amor, al cuidado, a la compasión y a la protección de la vida en todas sus formas, como Buda, Chuang-tzu, Moisés, Jesús, María de Nazaret, Mahoma, Francisco de Asís, Gandhi entre tantos otros y otras.

Para siempre habrían desaparecido las anti-figuras que enfangaron lo humano y violaron la dignidad de la vida en innumerables guerras y exterminios, y cuyos nombres ni siquiera queremos mencionar. Vale la pena recordar los terribles incendios actuales en la Amazonia y el Pantanal, muy probablemente provocados intencionalmente por codiciosos buscadores de ganancias a cualquier precio. Tales eventos pueden amenazar el equilibrio de los climas de la Tierra.

Para siempre habría desaparecido el desciframiento hecho de la Fuente Originaria de Todo Ser que impregna toda la realidad y la conciencia de nuestra profunda comunión con ella, haciéndonos sentir hijos e hijas del Misterio Innombrable y entendernos como un proyecto infinito que sólo descansa cuando descansa en el senode este Misterio de infinita ternura y bondad.

Para siempre habría desaparecido todo esto de esta pequeña parte del universo que es nuestra Madre Tierra.

Finalmente, cabe preguntar: ¿quién nos reemplazaría en la evolución de la vida, si alguna forma de vida sobrevive? En la hipótesis de que el ser humano desapareciera como especie, aún así se conservaría el principio de inteligibilidad y de amortización. Él está primero en el universo y luego en los seres humanos. Ese principio es tan ancestral como el universo. 

Cuando, en los primeros momentos después de la gran explosión, los quarks, protones y otras partículas elementales comenzaron a interactuar, aparecieron campos de relaciones y unidades de información y órdenes mínimas de complejidad. Allí se manifestó lo que más tarde se llamaría espíritu, esa capacidad de crear unidades y marcos de orden y sentido. Al desaparecer dentro de la especie humana, emergería un día , quizás tras millones de años de evolución, en algún ser más complejo.

Théodore Monod, fallecido en el año 2000, sugiere un candidato presente ya la evolución actual: los cefalópodos, es decir, una especie de molusco parecido a los pulpos y los calamares. Algunos de ellos tienen una perfección anatómica notable, su cabeza está dotada de una cápsula cartilaginosa que funciona como cráneo y tienen dos ojos como los vertebrados. Poseen además un psiquismo altamente desarrollado, hasta con doble memoria, mientras nosotros tenemos solo una (2000, 247-248). Evidentemente ellos no saldrían mañana del mar y entrarían continente adentro, necesitarían millones de años de evolución, pero tienen ya la base biológica para dar un salto hacia la conciencia.

De todas formas urge escoger: o el ser humano o los pulpos y los calamares. Más que optimismo, alimento la esperanza de que vamos a crear juicio y aprender a ser sabios.

Mientras tanto es importante desde ahora mostrar amor a la vida en su mayestática diversidad, tener compasión de todos los que sufren, ejercer rápidamente la justicia social necesaria y amar a la Gran Madre, la Tierra. Nos incentivan las escrituras judeocristianas: “Escoge la vida y vivirás” (Deut 30,28). Caminemos deprisa pues no tenemos mucho tiempo que perder.