¿Cuánta tierra necesita un hombre? La mente capitalista

Sentado en círculo con los rústicos peones de su hacienda Yásnaya Poliana, Leo Tolstói (1828-1910) el gran escritor ruso, les contó la siguiente historia que me permito resumir para ejemplificar cómo funciona la cabeza de un capitalista.

Había un campesino pobre, pero muy deseoso de poseer cada vez más tierra para cultivar y hacerse rico. Pensó: “Voy a hacer un pacto con el diablo. Este me va a dar suerte”, dijo a su mujer, que torció el gesto y le advirtió: “Marido mío, cuidado con el diablo, nunca sale nada bueno de un pacto con él; ese deseo tuyo de hacerte rico puede echarte a perder”.

Pero, ante la insistencia de su marido, resolvió acompañarlo. Así que partieron, llevando unas pocas pertenencias.

Supieron que lejos de allí había un grupo de gitanos que vendían tierras baratas. Y se encaminaron hacia aquel lugar. Cuando llegaron, allí estaba de pie el diablo, bien trajeado, dándose aires de rico comerciante de tierras. El campesino y su mujer saludaron educadamente a los gitanos. Cuando iban a expresar su deseo de adquirir tierras, el diablo sin ceremonias se anticipó y dijo:

“Buen señor, veo que viene de lejos y tiene un gran deseo de hacer fortuna. Tengo una excelente propuesta para usted, mejor que la de los gitanos. Le propongo lo siguiente: usted pone una cantidad razonable de dinero en una bolsa aquí a mi lado. Todo lo que usted recorra a lo largo de un día, desde el amanecer hasta la puesta del sol, siempre que esté de vuelta antes de ponerse el sol, esa tierra recorrida será suya. En caso contrario, perderá las tierras y el dinero de la bolsa”.

Los ojos del campesino, ávido de riqueza, brillaron de emoción y dijo:

“Me parece una propuesta excelente. Tengo piernas fuertes. Acepto. Mañana bien temprano, al amanecer, me pondré a correr y todo el territorio que mis piernas consigan alcanzar será mío”.

El diablo, siempre malicioso, sonrió contento.

Y así fue. Bien temprano, apenas el sol despuntó en el horizonte, el campesino, lleno de codicia, echó a correr. Corría y corría mucho. Saltó cercas, atravesó riachuelos y, no contento, ni siquiera se paró a descansar. Veía delante de sí una encantadora planicie verde y pensó: “aquí voy a plantar trigo en abundancia”. Mirando a la izquierda, se abría un valle muy plano y pensó: “aquí puedo hacer una plantación de lino para dar y vender”.

Subió, con dificultad, una pequeña colina y vio que allá abajo había un campo de tierra virgen. Y pensó: “quiero también aquella tierra. Ahí voy a criar ganado y ovejas y voy a llenar las alforjas de las burras con mucho dinero”.

Y así recorrió muchos kilómetros, nunca satisfecho con lo que había conquistado, pues los lugares que veía le atraían y alimentaban aún más su deseo incontrolado de poseerlos también.

De repente miró al cielo y se dio cuenta de que el sol se estaba ocultando detrás de una montaña. Se dijo a sí mismo:

“No hay tiempo que perder. Tengo que volver corriendo, si no, pierdo todos los terrenos recorridos y, encima, el dinero. “Un día de dolor, una vida de amor”, pensó, como decía su abuelo.

Se puso a correr con una velocidad desmedida para sus cansadas piernas, pero tenía que correr sin reparar en los límites de sus tensos músculos. Miraba siempre la posición de sol, cerca ya del horizonte, enorme y rojo como la sangre. Pero aún no se había ocultado totalmente.    Cansadísimo, corría sin parar y ya ni sentía las piernas. Con tristeza pensó: “tal vez abarqué demasiadas tierras y puedo perder todo. Pero sigamos adelante”.

Viendo, a lo lejos al diablo, solemnemente de pie y a su lado la saca de dinero, recobró un poco el ánimo, seguro de que llegaría antes de ponerse el sol. Reunió todas las energías que tenía e hizo un último esfuerzo. Saltó una cerca, atravesó un riachuelo y corría, casi volando. No muy lejos de la llegada, se tiró hacia delante perdiendo casi el equilibrio. Recuperado, dio todavía unos pasos largos.

Y entonces, extenuado y ya sin fuerzas, se desplomó en el suelo. Sangraba por la boca y todo su cuerpo estaba cubierto de arañazos y de sudor. Y murió.

El diablo, malvadamente, solo sonrió y tomó la bolsa de dinero. Indiferente al destino del muerto, aun se dio el trabajo de hacer una fosa del tamaño del campesino y lo metió dentro. Eran solo siete palmos de tierra, la parte menor que le tocaba de todos los terrenos recorridos. No necesitaba más que eso. Su mujer, petrificada, presenciaba todo hecha un mar de lágrimas».

Este cuento nos recuerda al poeta pernambucano João Cabral de Melo Neto (1920-1999) que nos dejó la conmovedora obra Muerte y Vida Severina (1995). En el funeral del labrador dice:

“Esta cueva en que estás, con palmos medida, es la cuenta menor que sacaste en vida; es la parte que te cabe de este latifundio”.

La mujer del campesino tenía razón al advertir : “Cuidado con el diablo, pues te impulsa a tener más dinero cada vez y luego acaba contigo y toma todo tu dinero”. Es la lógica del capital. En él vivimos y sufrimos. Avanzando sobre los bosques y las selvas él nos trajo la Covid-19.

¿Cómo nos libraremos de él?

*Leonardo Boff es escritor y ha escrito: Habitar la Tierra:¿cuál es el camino para la fraternidad universal? Vozes 2021.

Traducción de Mª José Gavito Milano

The iron cage” of Capital will produce ” a polar, icy, dark and arduous night”?                                                                  

We are still in 2021, a year that did not end because Covid-19 cancelled the counting of time by continuing its lethal work. 2022 could not, for now, be inaugurated. The fact is that the virus has brought all powers, especially the militaristic ones, to their knees, as their arsenal of death has become totally ineffective.

However, the genius of capitalism, regarding the pandemic, has caused the transnationalized capitalist class to restructure itself through the Great Reset, expanding the new digital economy through the integration of the giants: Microsoft, Facebook, Apple, Amazon, Google, Zoom, and others with the military-industrial-security complex.

Such an event represents the formation of an immense power, the like of which has never been seen before. Let us note that this is an economic power of a capitalist nature, and that it therefore realizes its essential purpose, that of maximizing profits in an unlimited way, exploiting, without consideration, human beings and nature. Accumulation is not a means to a good life but an end in itself, that is to say, accumulation for accumulation’s sake, which is irrational.

The consequence of this radicalization of capitalism confirms what a sociologist from the University of California at Santa Barbara, William I. Robinson, in a recent article, has well observed (ALAI 20/12/2021): “As the world shakes off the pandemic, there will be more inequality, conflict, militarism, and authoritarianism, and as social upheaval and civil strife increase, the dominant groups will seek to expand the global police state to contain the mass discontent from below”. In effect, artificial intelligence with its billions upon billions of algorithms will be used to control each person and the entire society. Where will this brutal power take humanity?

Knowing the inexorable logic of the capitalist system, Max Weber, one of those who best analyzed it critically, shortly before his death, asserted: “What awaits us is not the blooming of autumn, but a polar, icy, dark and arduous night (Le Savant et le Politique, Paris 1990, p. 194). He coined a strong expression that strikes at the heart of capitalism: it is an “iron cage” (Stahlartes Gehäuse) that cannot be broken and, therefore, can lead us to a great catastrophe (cf. the pertinent analysis of M. Löwy, La jaula de hierro: Max Weber y el marxismo weberiana, México 2017). This opinion is shared by great names such as Thomas Man, Oswald Spengler, Ferdinand Tönnies, Eric Hobsbown, among others.

Various world-society models are being discussed for the post-pandemic. The most important ones, besides the Great Reset of the billionaires, are: green capitalism, ecosocialism, the Andean bien vivir and convivir, biocivilization, of various groups and Pope Francis, among others. It is not up to me here to detail such projects, which I have done in the book Cvid-19:A Mãe Terra contra-ataca a Humanidade (Vozes 2020). I would only say: either we change the paradigm of production, consumption, coexistence, and especially the relationship with nature, with respect and care, feeling part of it and not over it as owners and lords, or else Max Weber’s prognosis will come true: we may from 2030 to at most 2050, experience an ecological-social Armageddon extremely harmful to life and to the Earth.

In this sense, my feeling of the world tells me that the one who will destroy the order of capital, with its economy, politics, and culture, would not be any mill or school of critical thinking. It would be the Earth itself, a limited planet that can no longer support a project of unlimited growth. The visible climate change, object of discussion and decision making (practically none) of the last UN COPs, the increasing depletion of natural goods and services, fundamental for life (The Earth Overshoot) and the threat of breaking the main nine bounderies of development that cannot be broken at the price of the collapse of civilization, are some indicators of an imminent tragedy.

A significant number of climate experts say that we are too late. With the already accumulated greenhouse gases we will not be able to contain the catastrophe, only, with science and technology, to lessen its disastrous effects. But the great irreversible crisis will come. That is why they have become skeptics and even techno-fatalists.

Are we resigned pessimists or, in Nietzche’s sense, supporters of “heroic resignation”? I think, as a pre-Socratic said: we should expect the unexpected, because if we don’t expect it, when it comes, we will not perceive it. The unexpected may occur, within the quantum perspective assumed by the new cosmoloy: the current suffering due to the systemic crisis will not be in vain; it is accumulating benign energies that, upon reaching a certain level of complexity and accumulation, will make a leap to another, higher order with a new horizon of hope for life and for the living planet, Gaia, Mother Earth. Paulo Freire coined the expression to hope: not to keep hoping that one day the situation will improve, but to create the conditions for hope not to be empty, but to make it effective through our efforts.

I believe that this leap, with our participation, specily  the victims of the exploitetion of the capitalism, can occur and would be within the possibilities of the history of the universe and the Earth: from the current destructive chaos, we can move on to a generative chaos of a new way of being and inhabiting planet Earth.

This is what I believe and hope for, reinforced by the word of Revelation that states: “God created all things out of love because He is the passionate lover of life” (Wisdom 11,26). We will still live under the benevolent light of the sun.

Leonardo Boff, ecotheologist, philosopher, and writer, has written The painful birth of Mother Earth: a society of fraternity without borders and of social friendship, Vozes 2021; Inhabiting the Earth: what is the way to universal fraternity?  Vozes 2121.

Navidad: los Herodes de ayer, de hoy y el Divino Niño

Los relatos ancestrales sobre el “Divus Puer” (el Niño Divino) adquieren siempre nuevos significados según van cambiando los tiempos y los contextos históricos. Nosotros los leemos e interpretamos con los ojos de hoy, en el contexto de una situación sombría, marcada por la muerte de millones personas en todo el mundo, y de muchos miles entre nosotros por el ataque traicionero de un virus letal. Descubrimos similitudes y pocas diferencias entre la Navidad de entonces y la de hoy. A decir verdad, en una lectura simbólica, hay ahí algo que atañe a todos los humanos.

 De un lado, tenemos a José y María, su esposa, embarazada de nueve meses. Vienen de Nazaret, del norte de Palestina, a Belén. Son pobres como la mayoría de los artesanos y campesinos mediterráneos. A las puertas de Belén, María entra en trabajo de parto: sujeta la barriga*el vientre pues  la larga caminada aceleró el proceso. Llaman a la puerta de un hospedaje. Oyen lo que oyen siempre los pobres en la historia: “no hay lugar para ustedes en la hospedería” (Lc 2,7). 

Bajan la cabeza y se alejan preocupados. ¿Cómo María va a dar a luz? En el vecindario les quedaba un establo de animales. Allí hay un pesebre con pajas, un buey y una mula que extrañamente permanecen quietos observando. Ella da a luz a un niño entre los animales. Hace frío.  Lo envuelve en pañales y lo acomoda entre las pajas. Llora como todos los recién nacidos.

Hay pastores que velan por la noche, vigilando su rebaño. Son considerados impuros y despreciados por eso, por andar siempre entre animales y sus excrementos. Sorprendentemente, una luz los envolvió una luz y escucharon desde lo Alto una voz anunciándoles: ”no temáis os anuncio una gran alegría para todo el pueblo; acaba de nacer el Salvador; esta es la señal: encontraréis un niño, envuelto en pañales, acostado en un pesebre”. Al ponerse, presurosos, en camino oyeron un cántico dulce, de muchas voces, que venía de lo Alto: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la Tierra a los hombres amados por Dios” (Lc 2,8-18). Cuando llegaron, se confirmó todo lo que se les había anunciado: ahí está un niñito, titiritando, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, en compañía de animales.

Algún tiempo después, vienen bajando por el camino tres sabios de Oriente. Sabían interpretar las estrellas. Llegan. Se extasían ante la misteriosidad de la situación. Identifican en el niño a aquel que iría a sanar la existencia humana herida. Se inclinan, reverentes, y dejan presentes simbólicos. Con el corazón ligero y maravillados, toman el camino de vuelta evitando la ciudad de Jerusalén, pues allí reinaba una persona terriblemente belicosa.

Lección: Dios entró en el mundo, en la noche oscura, sin que lo supiese nadie. No hay pompa ni gloria, que imaginaríamos adecuadas a un niño que es Dios. Prefirió nacer fuera de la ciudad, entre animales. No salió en la crónica de la época, ni en Jerusalén, mucho menos en Roma. Sin embargo, ahí está Aquel que el universo estaba gestando dentro de sí hace miles de millones de años, aquella “luz verdadera que ilumina a cada persona que viene a este mundo” (Jn 1,10). 

Debemos respetar y amar la forma como Dios quiso entrar en este mundo: anónimo, como anónimos son las grandes mayorías pobres y menospreciadas de la humanidad. Quiso empezar desde abajo para no dejar a nadie fuera. La situación humillada y ofendida de ellos fue la que el mismo Dios quiso hacer suya.

Pero hay también sabios y hombres estudiosos de las estrellas del universo, que captan por detrás de las apariencias el misterio de todas las cosas. Identifican en este niño que titirita de frío, moja los pañales y busca hambriento el pecho de su madre, el Sentido de Supremo de nuestro caminar y del propio universo. Para ellos también es Navidad.

Es verdad lo que se dice por ahí: “Todo niño quiere ser hombre. Todo hombre quiere ser rey. Todo rey quiere ser Dios. Sólo Dios quiso ser niño”.

Este es el lado gozoso: un rayo de luz en medio de la noche oscura. Un poco de luz es más fuerte que todas las tinieblas. De ahí nos viene la salvación, una revolución dentro de la evolución que, de forma anticipada, llegó a su plenitud. En fin…

Por otro lado, surge un escenario sombrío y también trágico. Hay un Herodes que se siente amenazado en su poder de soberano por la presencia de este niño. José, atento, pronto se da cuenta de que quiere*va mandar matar al niño. Huye hacia Egipto con María y el niño en su regazo, que duerme, busca el pecho y vuelve a dormir.

Herodes es sanguinario. Para estar seguro mandó matar a todos los niños de Belén y sus alrededores de dos años para abajo. Así el niño Jesús no escaparía. Entonces se oyó uno de los lamentos más conmovedores de todas las Escrituras: “En Ramá se oyó una voz, mucho llanto y gemidos*sollozos: es Raquel que llora a sus hijos asesinados y no quiere ser consolada porque los perdió para siempre” (Mt 2,18).

Los Herodes se perpetúan en la historia. Entre nosotros tenemos uno que no ama la vida, que se burla del virus, que no se compadece de las lágrimas y el llanto de miles de familias que perdieron hijos, hermanos, parientes y amigos. No se sienten consoladas mientras no se haga justicia.  Niega protección de la vacuna a niños y jóvenes entre 5 y 11 años. Ellos pueden contagiarse, contagiar e incluso morir. No quiere porque no quiere, a contracorriente de la ciencia y de los países que están vacunando a sus niños. Se acostumbró al negacionismo, parece haber hecho un pacto con el virus. Se oyen voces de padres y abuelos que vienen de todas partes: ”quiero la vida de mis hijos e hijas; quiero que los vacunen; quiero que vacunen a mis nietos y nietas”.

Como el faraón, endureció su corazón y alimenta el propósito asesino de Herodes. Pero habrá siempre una estrella, como la de Belén, para iluminar nuestro camino. Por más perverso que sea nuestro Herodes no puede impedir que nazca el sol cada mañana trayéndonos esperanza, aquel que es llamado “El Sol de la Esperanza”.

Es una alegría inaudita: nuestra humanidad, pobre y mortal, a partir de Navidad comenzó a pertenecer al propio Dios. Por eso algo nuestro ha sido ya eternizado por el Niño Divino, que nos garantiza que los Herodes de la muerte jamás triunfarán.

Feliz Navidad a todos con mucha luz y discreta alegría.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito El Sol de la Esperanza: Navidad, historias, poesías y símbolos, Mar de Ideias, Rio 2007; Navidad: la humanidad y la jovialidad de nuestro Dios, Vozes 2009.

Natal: os Herodes de ontem, de hoje e a Divina Criança 

Os ancestrais relatos sobre o “Divus Puer”(a Criança Divina) ganham sempre novas significações consoante a mudança dos tempos e dos contextos históricos.Nós os lemos e interpretamos com os olhos de hoje, no quadro de uma situação sombria,marcada pela morte de milhões do mundo inteiro e de milhares entre nós sob o ataque traiçoeiro de um vírus letal. Descobrimos similitudes e poucas diferenças entre o Natal de outrora e de hoje.Na verdade, numa leitura simbólica, temos a ver com algo que afeta a todos os humanos.

De um lado, temos José e Maria, sua esposa, grávida de nove meses.Eles vem de Nazaré, do norte da Palestina para o sul, em Belém. São pobres como a maioria dos artesãos e camponeses mediterrâneos. Às portas de Belém, Maria entra em trabalho de parto:  segura a barriga pois a longa caminhada acelerou o processo. Batem à porta de uma hospedaria. Ouvem o que os pobres na história sempre ouvem:”não tem lugar para vocês na hospedaria”(Lc 2,7).

Abaixam a cabeça e se afastam preocupados. Como ela vai dar à luz? Sobrou-lhes, na vizinhança, uma estrebaria  de animais. Ai há uma manjedoura com palhas,  um boi e um jumento que, estranhamente, permanecem quietos, observando. Ela dá a luz a um menino entre os animais. Faz frio. Ela o envolve com panos e ajeita-o nas palhinhas. Choraminga alto como todos os recém nascidos.

Há pastores que velam à noite, vigiando o rebanho.São considerados impuros e por isso desprezados, por estarem sempre às voltas com os animais e seus excrementos. Surpreendentemente, uma luz os envolveu e escutaram do Alto uma voz lhes anunciando:”não temais anuncio-vos uma grande alegria que é para todo o povo;acaba de nascer o  Salvador; este é o sinal: encontrareis um menino envolto em panos,deitado numa manjedoura”. Ao porem-se, pressurosos, a caminho ouviram um cântico mavioso, de muitas vozes, vindo do Alto:”Glória a Deus nas alturas e paz na Terra aos homens  por Deus amados”(Lc 2,8-18). Chegam e se confirmou tudo o que lhes fora comunicado: aí está um menino, tiritando, enfaixado em panos e deitado na manjedoura,em companhia de animais.

Algum  tempo depois,eis que vem descendo o caminho, três sábios do Oriente. Sabiam interpretar as estrelas. Chegam. Extasiam-se pela misteriosidade da situação. Identificam no menino aquele que iria sanar a existência humana ferida. Inclinam-se, reverentes, e deixam presentes simbólicos. Com o coração leve e maravilhados, tomam o caminho de volta, evitando a cidade de Jerusalém, pois aí reinava uma pessoa terrivelmente belicosa.

Lição: Deus entrou no mundo, na calada da noite,sem que ninguém o soubesse. Não há pompa nem glória, que imaginaríamos adequadas a um menino que é Deus. Mas preferiu vir fora da cidade, entre animais. Não constou na crônica da época,nem em Jerusalém, muito menos em Roma. No entanto,aí está Aquele que o universo estava gestando dentro de si há bilhões de anos, aquela “luz verdadeira que ilumina cada pessoa que vem a este mundo”(Jo 1,10).

Devemos respeitar e amar a forma como Deus quis entrar neste mundo: anônimo como anônimos são as grandes maiorias pobres e menosprezadas da humanidade.Quis começar lá em baixo para não deixar ninguém de fora. A situação humilhada e ofendida deles foi aquela que o próprio Deus  quis fazer sua.

Mas há também sábios e homens estudiosos das estrelas do universo e que captam atrás das aparências o mistério de todas as coisas. Entrevem neste menino de corpinho tiritante, que molha os paninhos,choraminga e busca, faminto, o seio da mãe, o Sentido Supremo de nossa caminhada e do próprio universo.Para eles é também Natal.

É verdade o que se conta por aí: “Todo menino quer ser homem. Todo homem quer ser rei. Todo rei quer ser Deus. Só Deus quis ser menino”.

Esse é um lado, alvissareiro: um raio de luz no meio da noite escura. Um pouco de luz tem mais direito que todas as trevas. Daí nos vem salvamento, uma revolução dentro da evolução que, de forma antecipada, chegou à sua plenitude. Em fim…

Mas há o outro lado, sombrio e também trágico. Há um Herodes que se sente ameaçado em seu poder de soberano pela presença deste menino. José,atento, logo se dá conta:ele quer mandar matar o menino. Foge para o Egito com Maria e o menino ao colo que dorme, busca o seio e volta a dormir.

Herodes é sanguinário. Por segurança mandou matar todas as crianças de Belém e arredores de dois anos para baixo.Assim não escaparia o menino Jesus. Então se ouviu um dos lamentos mais comoventes de todas as Escrituras:”Em Ramá se ouviu uma voz, muito choro e gemido: é Raquel que chora os filhos assassinados e não quer ser consolada porque os perdeu para sempre”(Mt 2,18).

Os Herodes se perpetuam na história. Entre nós temos um que não ama a vida, que zomba do vírus letal,que não se compadece das lágrimas e choros de milhares de famílias quer perderam filhos, irmãos, parentes e amigos. Não se sentem consoladas enquanto não se fizer justiça. Nega proteção vacinal a crianças e a jovens entre 5 a 11 anos. Eles podem ser contaminados, contaminar e até morre.Não quer porque não quer, na contramão da ciência e dos países que estão vacinando suas crianças. Acostumou-se ao negacionismo, parecendo ter feito um pacto com o vírus. Ouvem-se vozes de pais e de avós,vindas de todos os lados:”quero a vida de meus filhos e filhas; quero que os vacinem; quero que vacinem meus netos e netas”.

Como o faraó, endureceu seu coração e alimenta o propósito do Herodes do tempo do menino.Mas haverá sempre uma estrela,como a de Belém, a iluminar nossos caminhos.Por mais perverso que seja o nosso Herodes não pode impedir que o sol nasça cada manhã nos trazendo esperança, aquele que foi chamado “O Sol da Esperança”.

Essa alegria é inaudita: a nossa humanidade,fraca e mortal, a partir do Natal começou a pertencer ao próprio Deus.Por isso algo nosso já foi eternizado pelo Divino Menino que nos garante que os Herodes da morte jamais triunfarão. Feliz Natal a todos com muita luz e discreta alegria.

Leonardo Boff é teólogo e escreveu O Sol da Esperança: Natal, histórias, poesias e símbolos, Mar de Ideias, Rio 2007; Natal: a humanidade e a jovialidade de nosso Deus, Vozes 2009. Para encomendar:contato@leonardoboff.eco.br