Reality can be worse than we think

We are living through dramatic moments in human history. We spent the last 10,000 years, the Holocene era, with relative calm, with an average climate of 15 degrees Celsius. Everything began to change with the industrial and energy revolution in the 18th century. The concentration of CO2, the main responsible for climatic disturbances, began to skyrocket.

n 1950 it reached 300 ppm, in 2015 it exceeded 400 ppm and is currently approaching 420 ppm. Experts say that the level of CO2 in the atmosphere, increased by the entry of methane with the thawing of the polar ice caps and permafrost (icy regions that go from Canada to the ends of Siberia), being 80 times more harmful than CO2, is already the biggest, at least, of the last 3 million years.

It is seriously feared that pests frozen for thousands of years, once thawed, can affect our immune system that would not be immune to them, decimating many lives. Warming continues to increase, causing sea level rise, acidification of ocean waters, erosion of biodiversity, air and soil contamination, deforestation, the occurrence of extreme events and the intrusion of a wide range of harmful viruses to human life, like Covid-19.

The last COP26 in Glasgow in 2021 raised the alarm: if we do nothing from now on, we will slowly reach 2030 at 1.5 degrees Celsius or more. Then there would be major socio-ecological catastrophes. There is talk of a “planetary emergency” and even an “ecological Armageddon” that would devastate much of life as we know it. It would be a consequence of the new geological era of the Anthropocene, perhaps, of the Necrocene itself. Who cares about this worrying and ominous scenario? Almost nobody.

Unconsciousness is lived like in Noah’s time. As no one knows when or how the “flood” will come, everyone is in business as usual, yearning for a return to the old normality, exactly the one that is producing the global tragedy of the coronavirus. Even more serious is the realization that there is no collective will, either in the heads of state or in world society, to warn of the serious consequences for our lives, for the life of nature and for the destiny of our civilization.

The climate issue does not enter the radar of public policies or in the last places. However, we believe that, in a few years, it will be the issue of issues, when, due to the excess of heat, large regions will become uninhabitable, crops will be frustrated and millions of climatic and hungry migrants will jeopardize the stability of nations. Few are the prophets who cry out in the desert being considered apocalyptic and knights of the sad news.

But those who have overcome this blindness feel the ethical and moral duty to awaken consciences and prepare humanity for the worst. Because of the irresponsibility of the CEOs of large corporations, the inertia of the heads of state, the neglect of society, the various knowledges and movements (with the exception of some such as Greenpeace, the MST, Greta Thunberg and others) in raising a collective conscience, we may know a reality worse than we imagine.

The events that we are suffering worldwide with the coronavirus, the great floods in Bahia, Minas Gerais, Tocantins, alongside the severe droughts in the south of the country, not to mention the extreme events in the USA, Europe and the Asian tsunami, could pull us out of alienation and show us, really, that the future that awaits us could be worse than we thought. Do we have a chance to delay the end of the world, in the expression of indigenous leadership, Ailton Krenak?

We can. Let’s do a mental exercise about our time within the great cosmogenic process. If we reduce the age of the universe (13.7 billion years) to one year, the first singularity, the Big Bang, would have occurred on January 1st. Life only on October 2nd. Homo sapiens, our ancestor, on December 31 at 11:53 am. Our documented history, in the last ten seconds before midnight. It is us? In a fraction of a second before midnight (Calculations by physicist and cosmologist Brian Swimme).

 We are almost nothing. However, it is through us that the Earth becomes aware and with our eyes sees the entire universe. Consider the coronavirus: so tiny that it is invisible to the naked eye: and what havoc it is doing to humanity. Similarly we are: we are almost a zero in the face of the Infinite. But we carry the consciousness and intelligence of the Whole that is made known to us.

Surely, no matter how irresponsible we are, we are important to the known universe and we believe that we will not disappear from the face of the Earth. We will live and billiard. For this, two things are urgent: the first, to create a deep affective bond with nature and the Earth. Love them and take care of them. Second, we need to live in intimate communion with them. Communion is more than a fundamental theological concept. It is a fact of the deepest reality: everything is in communion with everything because everyone is inter-retro-related. Internalizing this communion, we can feel like brothers and sisters of all things in the style of Saint Francis of Assisi.

And so we will behave. This behavior is required of us now. He will be able to save life and also save us all: affection and communion.

Leonardo Boff wrote Inhabiting the Earth: which way to universal fraternity, Voices, 2022; Caring for the Earth-saving life: how to escape the end of the world, Record 2010.

¿Hay maneras de evitar el fin del mundo?

Leonardo Boff*

En todas las épocas, desde las más antiguas, como por ejemplo cuando se inventó el fuego, han surgido imágenes del fin del mundo. De pronto el fuego podría quemar todo. Pero los seres humanos consiguieron domesticar los peligros y evitar o postergar el fin del mundo. En la actualidad no es diferente. Pero nuestra situación tiene una singularidad: de hecho, no imaginariamente, podemos efectivamente destruir toda la vida visible, tal como la conocemos. Hemos construido el principio de autodestrucción con armas nucleares, químicas y biológicas que, activadas, puede eliminar la vida visible sobre la Tierra, salvaguardados los microorganismos que por quintillones de quintillones se ocultan debajo del suelo.

¿Ante este eventual Armagedón ecológico qué podemos hacer? Sabemos que cada año millares de especies de seres vivos, llegados a su clímax, desaparecen para siempre, después de haber vivido millones y millones de años en este planeta. La desaparición de muchos de ellos está causada por los comportamientos voraces de una porción de la humanidad que vive un super-consumismo y se encoge de hombros ante los eventuales desastres ecológicos.

¿Nos habrá llegado el turno de ser eliminados de la faz de la Tierra, ya sea por nuestra irresponsabilidad o porque ocupamos casi todo el espacio terrestre de forma no amigable sino agresiva? ¿No habríamos creado de esta forma las condiciones de no retorno y de ahí nuestra desaparición?

Todo el planeta, afirman algunos microbiólogos (Lynn Margulis/Dorion Sagan), sería una especie de “cápsula de Petri”: son dos placas que contienen bacterias y nutrientes. Al percibir el agotamiento de estos, ellas se multiplican furiosamente y, de repente, mueren todas. ¿No sería la Tierra una cápsula de Petri y nuestro destino semejante al de estas bacterias?

En efecto, los humanos ocupamos el 83% del planeta, agotamos casi todos los nutrientes no renovables (the Earth Overshoot), la población ha crecido en el último siglo y medio de forma exponencial y así entraríamos en la lógica de las bacterias de la “cápsula de Petri”. ¿Iríamos fatalmente al encuentro de un fin semejante?

Como somos portadores de inteligencia y de medios técnicos además de valores ligados al cuidado de la vida y de su preservación, ¿no tendríamos condiciones de “retrasar el fin del mundo” (en la expresión del líder indígena Ailton Krenak) o de “escapar del fin del mundo,” expresión usada por mi? No olvidemos la seria advertencia del Papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti (2021): “estamos todos en el mismo barco: o nos salvamos todos o no se salva nadie” (n.32). Tenemos que cambiar, en caso contrario vamos al encuentro de un desastre ecológico-social sin precedentes.

Agrego algunas reflexiones que apuntan hacia una posible salvaguarda de nuestro destino, de la vida y de nuestra civilización. Nos parece esperanzadora esta reciente afirmación de Edgar Morin:

“La historia ha mostrado varias veces que el surgimiento de lo inesperado y la aparición de lo improbable son plausibles y pueden cambiar el rumbo de los acontecimientos”. Creemos que ambos –lo inesperado y lo plausible– son posibles. La humanidad ha pasado por varias crisis de gran magnitud y siempre consiguió salir y de forma mejor. ¿Por qué ahora sería diferente?

Además existe en nosotros aquello que fue recogido por el Papa en la referida encíclica: “os invito a la esperanza que nos habla de una realidad enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y de los condicionamientos históricos en que vive” (n.55). Ese principio esperanza (Ernst Bloch) es fuente de innovaciones, nuevas utopías y prácticas salvadoras. 

El ser humano se mueve por la esperanza y se presenta como un ser utópico, es decir, como un proyecto infinito. Siempre podrá escoger un camino de salvación, pues el deseo de más y mejor vida prevalece sobre el deseo de muerte.

Generalmente, lo nuevo posee la naturaleza de una semilla: comienza en pequeños grupos, pero carga la vitalidad y el futuro de toda semilla. De ella brota lentamente lo nuevo hasta ganar sostenibilidad e inaugurar una nueva etapa del experimento humano.

En el mundo están actuando por todas partes los nuevos Noés, construyendo sus arcas salvadoras, o sea, ensayando una nueva economía ecológica, la producción orgánica, formas solidarias de producción y de consumo y un nuevo tipo de democracia popular, participativa y ecológico-social. 

Son semillas, portadoras de un futuro de esperanza. Ellas podrán garantizar una forma nueva de habitar la Casa Común, cuidando de ella, con todos los ecosistemas incluidos, viviendo, quien sabe, el sueño andino del bien vivir y convivir o la biocivilización del Papa Francisco.

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor y ha escrito Cuidar la Tierra-proteger la vida: cómo escapar del fin del mundo, Record, Rio 2010.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Habitar la Tierra:¿Cuál es el camino para la fraternidad universal?

Leonardo Boff*

Estamos ante una triste constatación: el tipo de mundo en el que vivimos es todo menos fraternal. Lo que predomina es el poder, que desde el inicio establece una división entre quien tiene poder y quien no tiene poder. Se trata del poder-dominación, político, económico, ideológico, mediático, también familiar, y otros. De esta división nacen toda suerte de desigualdades: unos  imponiéndose a los demás, la mayoría situada en el piso de abajo y unos pocos en el piso de arriba.

La desigualdad significa injusticia social, que éticamente es inaceptable. Para las personas de fe, la injusticia social es un pecado contra el Creador porque le ofende a Él y a sus hijos e hijas. Por lo tanto, estamos en una situación que no nos agrada a nosotros y tampoco agrada a Dios.

Es intensa la búsqueda humana de una sociedad libre, igualitaria, justa y fraterna. En nombre de ella se hicieron las grandes revoluciones, siempre derrotadas, pero nunca vencidas definitivamente, pues el anhelo humano de libertad, igualdad y fraternidad es imperecedero. Siempre habrá personas y movimientos sociales que mantendrán vivo ese sueño y tratarán de concretarlo en la historia.

Son muchos los motivos que fundan la fraternidad. En primer lugar, todos somos portadores de la misma humanidad, poco importa el origen, el color de la piel, la religión y la visión de mundo que tengamos. Todos tenemos el mismo código genético de base, presente en todos los seres vivos: los veinte aminoácidos y las cuatro bases nitrogenadas. Dicho en lenguaje pedestre: estamos construidos de 20 ladrillos diferentes y cuatro tipos de cemento. Los ladrillos combinados y amalgamados con los varios tipos de cemento producen la biodiversidad. Lo cual quiere decir que existe un lazo de fraternidad real entre todos los seres vivos y especialmente entre los humanos. La fraternidad es universal,  incluida la naturaleza.

Otra razón de la fraternidad es el hecho de que todos los seres, también los humanos, tenemos algo en común: venimos del barro de la Tierra. Homo, ser humano, procede de humus, tierra buena y fértil. De la misma forma, nuestro antepasado bíblico Adán, se deriva de adamah, que quiere decir: tierra arable y fecunda. De ese barro el Creador nos sacó y moldeó como sus criaturas, todos hermanados entre sí.

Estas raíces comunes nos invitan a vivir en fraternidad universal e ilimitada. Este fue el sueño de Jesús, que advirtió que nadie sea llamado maestro porque todos somos hermanos y hermanas. La fraternidad sin fronteras fue la búsqueda ardiente de San Francisco de Asís, que llamaba a todos los seres de la naturaleza con el dulce nombre de hermanos y hermanas. Fue a conversar con el sultán musulmán en Egipto porque quería una fraternidad universal que implicaba incluir a cristianos y no cristianos. Es el gran sueño de Francisco de Roma, el Papa actual, que ha escrito una valiente encíclica Fratelli tutti, “todos hermanos y hermanas”, como respuesta a un mundo globalizado que crea socios, pero no hermanos y hermanas, que nos hace virtualmente próximos, pero realmente distantes por causa de la riqueza de algunos a costa de la pobreza de muchos.

Dentro del mundo actual, fundado en el poder-dominación sobre personas, sobre pueblos y sobre la naturaleza, la fraternidad  universal no tiene condiciones para realizarse. Sin embargo, si bien no parece viable, ella puede ser una actitud permanente, un modo de ser, un espíritu que impregne todas las relaciones entre las personas, y también las institucionales, de participación igualitaria y cooperativa. Todo eso a condición de renunciar al poder-dominación y de tener humildad, no como una virtud ascética, sino como un mojar nuestras raíces en el mismo humus de donde la naturaleza y nosotros aseguramos nuestra existencia, viendo en cada ser y en cada persona, un hermano y una hermana, con el mismo origen y el mismo destino. Entre hermanos y hermanas hay amor, cuidado y un sentimiento profundo de pertenencia.

Ante las graves amenazas que pesan sobre la Madre Tierra superexplotada y la ruptura del tejido social de las naciones, la fraternidad sin fronteras, como un nuevo tipo de presencia en el mundo, nos podrá salvar. Este libro Habitar la Tierra: cuál es el camino para la fraternidad universal quiere traer a debate la urgencia del amor social y de la fraternidad universal, por lo menos como un modo de ser tierno y despojado de la voluntad de poder-dominación, creando un lazo de afecto y de cuidado entre todos los seres del mundo natural y del mundo humano.

*Leonardo Boff, 1938, se doctoró en teología sistemática en Múnich. Fue 22 años profesor de teología del Instituto Teológico Franciscano de Petrópolis. Posteriormente se doctoró en filosofía en la UERJ y fue profesor de Ética, Filosofía de la Religión y Ecología Filosófica en la Universidad de Río de Janeiro. Fue profesor visitante en varias universidades europeas. Fue muchos años editor religioso de la Editorial Vozes y coordinó la publicación de la obra completa de C.G.Jung en portugués. Recibió el premio Nobel alternativo de la Paz 2001 del Parlamento sueco. Es doctor honoris causa por varias universidades. Ha escrito cerca de cien libros en las áreas de teología, filosofía, espiritualidad y ecología.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Habitar a Terra

Faz-se uma constatação triste: o tipo de mundo no qual vivemos é tudo menos fraternal. O que predomina é o poder que, logo de início, estabelece uma divisão entre quem tem poder e quem não tem poder. Trata-se do poder-dominação, político, econômico, ideológico, midiático, também familiar e outros. Desta divisão nasce toda sorte de desigualdades: uns se sobrepondo aos outros, a maioria colocada no andar de baixo e uns poucos no andar de cima.

A desigualdade significa injustiça social que é eticamente inaceitável. Para as pessoas de fé, a injustiça social representa um pecado contra o Criador porque ofende a Ele e a seus filhos e filhas. Portanto, estamos submetidos a uma situação que não agrada a nós e também não agrada a Deus.

Grande é a busca humana por uma sociedade livre, igualitária, justa e fraterna. Em nome dela se fizeram as grandes revoluções, sempre derrotadas, mas nunca definitivamente vencidas, pois o anelo humano por liberdade, igualdade e fraternidade é imorredouro. Haverá sempre pessoas e movimentos sociais que manterão vivo este sonho e procurarão concretizá-lo na história.

Muitos são os motivos que fundam a fraternidade. Primeiramente somos todos portadores da mesma humanidade, pouco importa a origem, a cor da pele, a religião e a visão de mundo. Todos possuímos o mesmo código genético de base, presente em todos os seres vivos: os vinte aminoácidos e as quatro bases nitrogenadas. Dito numa linguagem pedestre: somos construídos por 20 tijolinhos diferentes e por quatro tipos de cimento. Combinados os tijolinhos e amalgamados pelos vários tipos de cimento, emerge a biodiversidade. Quer dizer, existe um laço de fraternidade real entre todos os seres vivos e especialmente entre os humanos. A fraternidade é universal, a natureza incluída.

Outra razão da fraternidade é o fato de todos os seres, também os humanos, possuírem algo em comum: viemos do barro da Terra. Homo, ser humano, procede de humus terra boa e fértil. Da mesma forma, o nosso ancestral bíblico Adam  se deriva de adamah que quer dizer: terra arável e fecunda. Desse barro o Criador nos tirou e moldou como suas criaturas, todos irmanados entre si.

Estas raízes comuns clamam para vivermos em fraternidade universal e ilimitada. Este foi o sonho de Jesus advertindo que ninguém seja chamado de mestre, poque todos somos irmãos e irmãs. A fraternidade sem fronteiras foi a busca ardente de São Francisco de Assis que chamava a todos os seres da natureza com o doce nome de irmãos e irmãs. Foi conversar com o sultão muçulmano no Egito porque queria uma fraternidade universal que implicava incluir cristãos e não cristãos. É o grande sonho de Francisco de Roma, o atual Papa que escreveu uma corajosa encíclica Fratelli tutti, “todos irmãos e irmãs” como resposta a um mundo globalizado que cria sócios, mas não irmãos e irmãs, nos faz virtualmente próximos, mas realmente distantes por causa da riqueza de alguns à custa da pobreza de muitos.

Dentro do mundo atual, fundado sobre o poder-dominação sobre pessoas, sobre povos e sobre a natureza, a fraternidade universal não possui condições de realização. No entanto, se não conhece viabilidade, ela pode ser uma atitude permanente, um modo de ser, um espírito que impregna todas as relações entre as pessoas e também as institucionais, de participação igualitária e cooperativa. Tudo isso à condição de renunciarmos ao poder-dominação e de termos humildade, não como uma virtude ascética, mas como um molhar nossas raízes no mesmo humus de onde a natureza e nós garantimos nossa existência, vendo cada ser e cada pessoa um irmão e uma irmã, com a mesma origem e o mesmo destino. Entre irmãos e irmãs vigora amor, cuidado e um profundo sentimento de pertença.

Devido às ameaças sérias que pesam sobre a Mãe Terra super-explorada e a dilaceração do tecido social das nações, a fraternidade sem fronteiras, como um novo tipo de presença no mundo, nos poderá salvar. Este livro Habitar a Terra: qual o caminho para a fraternidade universal quer trazer ao debate a urgência do amor social e da fraternidade universal, pelo menos como um modo de ser terno e despojado da vontade de poder-dominação, criando um laço de afeto e de cuidado entre todos do mundo natural e do mundo humano.


Leonardo Boff, 1938, doutorou-se em Munique em teologia sistemática. Foi professor de teologia por 22 anos no Instituo Teológico Franciscano de Petrópolis, posteriormente doutorou-se em filosofia na UERJ e foi professor de Ética, Filosofia da Religião e Ecologia Filosófica na Universidade do Rio de Janeiro. Foi professor visitante em várias universidades europeias. Foi editor religioso por muitos anos da Editora Vozes e coordenou a publicação da obra completa de C.G.Jung.  É portador do prêmio Nobel alternativo da Paz de 2001 pelo Parlamento sueco. É detentor de vários títulos de doutorado honoris causa de distintas Universidades. Escreveu cerca de cem livros nas áreas da teologia, da filosofia, da espiritualidade e da ecologia.

Adquira já