Creer en tiempos de pandemia

La humanidad, bajo el ataque del coronavirus, está experimentando mucho sufrimiento. La invasión de ese virus, que se ha llevado ya a más de un millón de personas, suscita toda una gama de interrogaciones: ¿qué significa el hecho de haber afectado solamente a los seres humanos y haber excluido a nuestros animales de compañía, como perros, gatos y otros? Estar en aislamiento social, no poder abrazar ni besar a las personas queridas y no poder reunirse amigablemente produce padecimientos de todo tipo y hasta revueltas.

En este contexto hay personas, incluso sin ninguna vinculación religiosa, que acogen un Sentido mayor de la vida y del mundo, luchan por la justicia, por el derecho y por una mejoría mínima de nuestra sociedad, y hasta las que creen en Dios se preguntan: ¿cuál es el sentido de este abatimiento planetario? Se ha producido un apagón. Gente de fe puede incluso no creer más en Dios. Otros, entre tanto, encuentran en la fe un soporte existencial que vuelve menos pesada esta situación de confinamiento y de ausencia de los otros a su alrededor. Y trata de sacar lecciones de vida.

Vamos a reflexionar sobre la fe en su sentido más corriente, antes de cualquier confesión religiosa o de doctrinas y de dogmas, la fe en su densidad humana.

Hay un dato existencial previo a la aparición de la fe: la bondad fundamental de la vida. Por muy contradictoria que sea la realidad, por muy absurdo que sea el ataque de la Madre Tierra a la humanidad a través del Covid-19, estamos convencidos de que vale más la pena vivir que morir. Doy un ejemplo tomado de la vida cotidiana: un niño se despierta en la noche, sobresaltado por una pesadilla o por la oscuridad. Grita llamando a su madre. Ésta en un gesto de magna mater, lo toma en sus brazos y le susurra suavemente: querido, todo está bien, mamá está aquí, no tengas miedo. Y el niño, entre sollozos, recupera la confianza y poco después se adormece de nuevo.

En el mundo no todo está bien. Pero admitámoslo: la madre no le está mintiendo al niño. A pesar de todas las contradicciones, predomina la confianza en que un orden mayor subyace y prevalece sobre la realidad. Evita que predomine el absurdo. Trae paz al niño y serenidad a la madre.

Creer es decir  “sí y amén” a la realidad. El filósofo L. Wittgestein podía decir en su Tractatus Logico-Philosophicus (n.7): “Creer es afirmar que la vida tiene sentido”. Este es el significado original y bíblico de la fe -he’emin o amén- que equivale a estar seguro y confiado. De esto se deriva Amén: “así es”. Tener fe es estar seguro del significado de la vida. Este es un hecho antropológico básico: ni siquiera pensamos en ello, porque siempre estamos dentro de él, pues inconscientemente admitimos que vale la pena vivir y realizar un propósito. 

Creer, según palabras de Pascal, es una apuesta de que la luz vence a las tinieblas, de que la muerte no puede aprisionar el sentido de la vida y de que, en el fondo, en todo debe haber algún sentido secreto y que, por lo tanto, vale la pena seguir en este mundo. Creer no resuelve todos los problemas. Como dijo el Papa Benedicto XVI en su incompleta encíclica Lumen Fidei: la fe no es una luz que disipe todas nuestras tinieblas, sino una lámpara que guía nuestros pasos y esto basta para el camino.

Hay muchos que se confiesan agnósticos y ateos pero afirman el sentido de la vida, se comprometen con la necesaria justicia social y ven en el amor, la solidaridad y la compasión los mayores bienes del ser humano. Los que no viven tales valores están lejos de Dios, aunque lo tengan con frecuencia en sus labios.

El obispo pastor, poeta y profeta Dom Pedro Casaldáliga, recientemente fallecido, expresó en pequeños versos dónde está Dios: en la paz, en la justicia y en el amor. Se refería indirectamente a los que amenazaban y mataban a campesinos e indígenas y se confesaban cristianos y católicos.

         “Donde tú dices ley

        Yo digo Dios.

        Donde tú dices paz, justicia, amor

        Yo digo Dios.

        Donde tú dices Dios

        Yo digo libertad, justicia y amor”

         Escondido tras estos valores, paz, justicia y amor, está Dios. Ellos son su verdadero nombre.

Simone Weil, la judía francesa que se convirtió al cristianismo pero no quiso bautizarse en solidaridad con sus hermanos y hermanas judíos, condenados a las cámaras de gas, nos da una pista de comprensión: “Si quieres saber si alguien cree en Dios, no mires como habla de Dios sino como habla del mundo”. Si habla en forma de amor, justicia y libertad, está hablando de Dios. Quien vive tales valores se sumerge en esa Realidad que llamamos Dios y expresa una fe en Dios.

La fe entendida de esta manera impone límites e incluso condena toda indiferencia hacia los sufrientes, familiares y amigos de las víctimas de Covid-19. Uno puede proclamar “Dios por encima de todo” pero si no tiene compasión y solidaridad hacia todos aquellos este Dios es un ídolo y está lejos del Dios vivo y verdadero, atestiguado por las Escrituras judeocristianas.

Creer es aceptar que hay otro lado de la realidad que no vemos pero que acogemos como parte de nosotros y nos acompaña en las tareas cotidianas. Creer es afirmar que lo Invisible es parte de lo visible. Intuimos su presencia y en él vivimos y somos.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y ha escrito entre otros libros: “Covid-19: la Madre Tierra contra-ataca a la humanidad”, Vozes 2020 y “Experimentar a Dios hoy”, Sal Terrae 2013.

Traducción de María José Gavito Milano

O Estado totalitário

11/10/2020

Por FÁBIO KONDER COMPARATO*

Fábio Konder Comparato é um dos nossos maiores juristas e defensores dos direitos humanos. Mais que um jurista é também um grande pensador sobre o destino de nossa civilização e de nossa sociedade. Publicamos aqui este seu artigo pois esclarece os conceitos básicos que iluminam a atual discussão política acerca do que está ocorrendo em nosso país e em outros que vivem um contexto semelhante. Lboff

O campo de concentração é o modelo em miniatura do totalitarismo

A experiência funesta do Estado totalitário, com todo o seu sinistro cortejo de horrores, marcou fundamente o século XX. Quando voltamos a considerar todos esses episódios, não podemos afastar a indagação: como foi possível chegar a esse ponto de degradação moral?

Antes, porém, de ensaiar a resposta, convém esclarecer em que sentido é empregada aqui a expressão “Estado totalitário”, e qual a diferença específica desse tipo de Estado em relação a outros, presentes e passados, que com ele parecem assemelhar-se.

Características essenciais do totalitarismo

Na famosa conferência que pronunciou no Ateneu Real de Paris, em 1819 – La liberté des anciens comparée à celle des modernes –, Benjamin Constant procurou mostrar como a concepção de liberdade que vigorou na Antiguidade clássica nada tinha a ver com o sentimento de liberdade individual do homem moderno.

Na cidade antiga, lembrou ele, consideravam-se livres apenas os cidadãos, isto é, os que tinham voz e voto nas assembleias e demais órgãos públicos, para decidir sobre a paz e a guerra, votar as leis e julgar os seus concidadãos. Mas a cidadania não passava então de um privilégio, do qual eram excluídos, não só obviamente os escravos, mas também as mulheres, os estrangeiros e também, em certas cidades, os comerciantes, os artesãos e os camponeses.

Ora, aqueles mesmos poucos indivíduos que gozavam de plena cidadania, e que se consideravam, portanto, livres, na esfera de suas vidas privadas submetiam-se rigidamente aos costumes ancestrais, sem poder sequer sonhar com a mínima veleidade de inovação em assuntos de moral familiar ou de religião, sob pena de cometerem o grave delito de impiedade. Ademais, era impensável na Antiguidade que as autoridades públicas alterassem, ainda que minimamente, as normas da moralidade tradicional e as regras do culto religioso, tidas umas e outras como estabelecidas pela divindade.

Com o advento da civilização burguesa, ao contrário, a participação na vida pública tornou-se muito menos importante do que a tranquila fruição da autonomia privada, tanto em assuntos de moral e religião, quanto em matéria de negócios. O supremo abuso não consiste, para a mentalidade burguesa, na privação do direito de votar e ser votado em eleições políticas, mas sim na supressão, ou mesmo na simples limitação, pelo Estado, da liberdade de expressão, de culto religioso, ou de iniciativa empresarial. Instituiu-se, assim, uma separação não só conceitual, mas real, entre o Estado e a sociedade civil, separação esta totalmente desconhecida no mundo antigo.

Tanto a politeia dos gregos quanto a res publica romana formavam um todo unitário, composto pelo povo e o conjunto dos governantes. A esfera privada, na verdade, não se localizava numa genérica “sociedade civil”, contraposta ao poder público, mas sim na família, isolada ou reunida com outras famílias, para formar fratrias ou cúrias. Como bem salientou Fustel de Coulanges, da família provieram todas as instituições gregas e romanas, tanto as de direito privado, quanto as da organização política, com seus princípios, regras e usos [1].

Ora, a originalidade das experiências totalitárias vividas no século XX reside no fato de que, contrapondo-se marcadamente ao Estado liberal do constitucionalismo moderno, nem por isso reproduziram as tiranias ou autocracias do passado. Na verdade, o Estado totalitário veio suprimir tanto a liberdade dos antigos, quanto a dos modernos.

O que caracteriza o totalitarismo é o fato – sem precedentes na história – da destruição, por obra do poder público, das estruturas mentais e institucionais de todo um povo, com a concomitante tentativa de reconstrução, a partir dessa terra arrasada, de mentalidades e instituições novas.

Daí por que, desde os anos 1930, já não era possível confundir o Estado totalitário com aquele simplesmente autoritário. A distinção, que eu saiba, foi proposta pela primeira vez na teoria política por Karl Loewenstein, numa obra consagrada justamente à análise do Estado Novo getulista [2]. Ao contrário dos Estados autoritários, em que o povo não participa do poder político, mas onde a vida privada goza de certa autonomia, o Estado totalitário suprime a liberdade, individual ou grupal, em todos os campos, exatamente porque, com a sua instalação, desaparece a distinção entre Estado e sociedade civil, entre a esfera pública e a privada.

O que atrapalha, porém, nessa matéria, é que as mesmas expressões – Estado totalitário e Estado autoritário – foram usadas com sentido trocado, pelo fascismo italiano e o nazismo alemão, para caracterizar os seus respectivos regimes políticos. Mussolini e o filósofo oficial do regime, Giovanni Gentile, justificavam o qualificativo totalitário com a frase célebre: “Niente contro lo Stato, niente fuori dello Stato, tutto nello Stato”. Mas a Itália fascista sempre fez questão de deixar intocado o espaço religioso, quando mais não fosse para não reabrir o contencioso político-territorial com o Vaticano, desencadeado quando da ocupação de Roma pelas tropas piemontesas, em 1870. Nesse sentido, portanto, o Estado fascista não foi totalitário. Quanto ao hitlerismo, este preferiu caracterizar, eufemisticamente, o Reich como uma “forma estatal autoritária” (autoritäre Staatsform).

Ora, a distinção entre esses dois tipos de Estado é marcante. No ambiente social totalitário, já não há lugar para a subsistência das antigas regras de moralidade, ou para os cultos religiosos de qualquer espécie. No espaço de onde foram expulsas a moral e a religião, consideradas doravante resquícios apodrecidos de uma idade revoluta, introduziu-se compulsoriamente, em nome da razão, a ideologia, ou seja, a explicação dogmática e oniabrangente do homem e do mundo, a servir de alimento para a atividade de permanente propaganda do Estado.

Em lugar do direito, isto é, do sistema de normas gerais, conhecidas e estáveis, tornadas públicas pela autoridade competente, e de aplicação previsível segundo processos racionais de interpretação, instaurou-se a submissão completa, de corpo e alma, da população à pessoa mítica do chefe transformado em personagem sobre-humano, que está em toda parte, tudo sabe, tudo vê, tudo decide.

Com isso, aboliu-se todo critério fixo e objetivo de moralidade e juridicidade. O que cada indivíduo pode fazer ou deixar de fazer depende a cada momento das ordens expressas ou tácitas, emanadas dos diferentes órgãos de poder, cuja esfera de competência, aliás, nunca é oficialmente delimitada, de modo a criar um sentimento geral de incerteza. Nesse ambiente, é logicamente impossível saber, ainda que vagamente, quando se infringe ou não uma norma oficial. Daí o fato de que o único fator real de aglutinação dos indivíduos, em regime totalitário, é o terror. Por essa razão, toda a máquina estatal é montada para difundir, em qualquer circunstância, o sentimento de trágica impotência diante dos órgãos oficiais ou oficiosos do Estado.

Como bem salientou Hannah Arendt [3], ao suprimir toda autonomia individual, o Estado totalitário destruiu, ao mesmo tempo, a comunidade política no sentido próprio do substantivo: já não existe uma res publica, ou bem comum do povo, e cada indivíduo é condenado, em consequência, a viver em estado de completo isolamento, como átomo ou mônada, incapaz de formar uma associação mínima com outros indivíduos, um embrião que seja de célula social. Ao indivíduo já nada mais resta de próprio — expropriado que foi de toda privacidade e intimidade — nem tampouco nada de comum a partilhar com os outros. A sociedade humana é assim transformada em massa de indivíduos, semelhante ao rebanho animal, isto é, o aglomerado de seres idênticos, como partes componentes de um todo incapaz de viver e governar-se autonomamente.

É por isso que o campo de concentração – Lager nazista e o Gulag soviético  – constituiu uma espécie de miniatura do Estado totalitário. Lá, a despersonalização do ser humano atingiu o paroxismo, com a supressão de todo contato humano, não só com o mundo exterior, mas até mesmo com os indivíduos de dentro do campo; com o despojamento, não apenas da roupa e dos haveres pessoais, mas ainda dos cabelos e próteses dentárias, enfim, com a substituição altamente simbólica do nome por um número, frequentemente gravado no corpo, como a marca de propriedade de um animal.

Consideradas essas características essenciais do totalitarismo, torna-se evidente a sua diferença em relação às antigas tiranias ou autocracias, como, por exemplo, o regime político de Esparta, ou o Império Romano sob Diocleciano. Aqui, jamais se cogitou de destruir os costumes dos antepassados ou a religião tradicional, a fim de introduzir uma nova maneira de viver em sociedade. Ao contrário, os regimes políticos e governos mais autoritários da Antiguidade, tanto no Oriente quanto no Ocidente, foram sempre os mais conservadores e os mais tradicionalistas em matéria de crenças e costumes.

Apresso-me, todavia, em afirmar que é um engano equiparar a esses modelos antigos os novos exemplos de Estado confessional, engendrados pelo fundamentalismo religioso contemporâneo. A história não se repete, pela boa razão de que a memória coletiva, tal como a individual, não é mera reprodução de experiências anteriores, mas uma acumulação incessante de experiências novas, que se fundem, progressivamente, num todo complexo, em perpétua evolução. A repetição de estados mentais passados é mera regressão patológica.

Por isso mesmo, os novos Estados confessionais do fundamentalismo religioso, a exemplo do Irã após a destituição do Xá Reza Pahlevi, são, inegavelmente, totalitários. As estruturas mentais e institucionais da modernidade já haviam penetrado na sociedade iraniana, e a tentativa de destruí-las, a fim de introduzir em seu lugar a submissão completa da vida pública e privada aos ditames do Corão, tal como interpretados pelos chefes religiosos, foi incontestavelmente totalitária.

A gestação do totalitarismo

Uma indagação sempre afligiu os historiadores da modernidade: como foi possível engendrar o Estado totalitário? Quais os fatores responsáveis pela criação desse monstro, e por que ela se deu somente no século XX e não antes?

No seu estudo fundamental sobre as origens do totalitarismo, Hannah Arendt aponta como causas geradoras do fenômeno o antissemitismo e o imperialismo. Sem negar que tais movimentos adquiriram, no final do século XIX, características diversas das que marcaram os vários episódios anti-semitas e imperialistas do passado, não me parece que os verdadeiros fatores de geração do Estado totalitário sejam esses.

Eu diria que o antissemitismo e o imperialismo modernos foram, antes, bancos de prova para a instauração do totalitarismo. O efeito mais espetacular do antissemitismo moderno foi o de demonstrar que as massas populares podiam ser galvanizadas numa espécie de transe coletivo, para que se purgassem todos os males sociais com a liquidação ritual desse bode expiatório coletivo: o povo judeu. Com isso, obtinha-se a suspensão de todos os princípios e regras da vida política, pois já não havia leis nem tribunais. Quanto ao imperialismo capitalista do último quartel do século XIX, ele veio mostrar a possibilidade de se exercer a dominação social sobre os povos coloniais, igualmente fora de qualquer regulação legal, unicamente com base na força militar e policial, sem que estas corporações armadas respondessem perante autoridade alguma das metrópoles. Ou seja, a substituição da vida política pela dominação animal.

A geração do Estado totalitário, em meu entender, tem uma causa histórica mais profunda. Ela está umbilicalmente ligada, segundo me parece, ao processo de disrupção do universo ético, iniciado a partir do chamado “outono da Idade Média”, para usar da imagem expressiva de Huizinga. Até então, moral, direito e religião formavam um só e mesmo sistema harmônico de regulação da vida humana.

Em determinada passagem do Teeteto de Platão, Sócrates lembra ao seu interlocutor que “o que é moralmente belo ou feio, justo ou injusto, piedoso ou ímpio, cada Cidade assim o julga e institui como sua ordenação jurídica” (172a). Entre essas três esferas normativas, por conseguinte, não há nem pode haver nenhuma oposição. Para os antigos, era incompreensível distinguir entre o legal e o legítimo. E, por isso mesmo, essa ordenação ética global, própria de cada Cidade, não podia ser considerada melhor ou pior que outra qualquer: ela estava intimamente ligada à vida do povo, como uma espécie de genoma social.

Mas, prossegue Sócrates na mesma passagem do diálogo, quando se trata de conceber e pôr em prática políticas úteis a uma Cidade — a construção de uma frota mercante, ou a celebração de um tratado de paz e comércio com outra Cidade, por exemplo —, é sempre possível julgar do erro ou do acerto das medidas tomadas, pois aqui encontramo-nos no terreno da técnica ou arte do fazer e construir, e não da ética ou modo de ser social.

Ora, a primeira ruptura nesse sistema normativo harmônico ocorreu já no início do chamado Renascimento europeu, com a separação entre a esfera política e a da moralidade ordinária, ao se defender o estabelecimento de uma ética própria para os governantes, diversa da que se aplicaria ao conjunto dos governados. Aos primeiros, tudo seria justificado em nome da “razão de Estado”: o assassínio, a rapina, a infidelidade às promessas mais solenes, o embuste permanente. O príncipe, de Maquiavel, representa bem o atestado de nascimento dessa nova mentalidade que toma conta dos espíritos, apesar das primeiras reações de indignação e escândalo. Um século depois, Hobbes voltaria a defender a mesma tese, mas agora com outra bagagem teórica.

A partir do último quartel do século XVII, ocorre nova fratura no velho edifício da ética ocidental. Por força daquela “crise da consciência europeia”, título do importante livro que Paul Hazard dedicou ao assunto, a fé religiosa desliga-se da razão. Para esse resultado, muito contribuiu a filosofia de Espinosa. Em consequência, os preceitos religiosos em matéria de moral perdem a pretensão à universalidade e deixam, por isso mesmo, de fundamentar o sistema jurídico geral. A liberdade de crença e de culto religioso afirma-se aos poucos, malgrado a resistência obstinada de algumas organizações clericais.

Em pleno século XVIII, prossegue o desmantelamento da ética tradicional, com a afirmação do princípio utilitarista por David Hume, e a sua aplicação ao campo das atividades econômicas com A riqueza das nações de Adam Smith. Doravante, a classe burguesa dispunha de uma justificativa racional para o seu egoísmo competitivo e dominador: a busca, de cada indivíduo, por seu próprio interesse, na arena livre do mercado, provocaria, por um efeito de causalidade automática, o progresso de toda a coletividade, nacional e mundial. Esse resultado, cuja realização aquela dupla de pensadores escoceses nos assegurava certeira, passou portanto a sobrepor-se a qualquer princípio ético abstrato.

O que conta nas ações humanas, sustentou Hume, é saber qual a vantagem ou desvantagem que daí advém, para o agente e os demais componentes da sociedade. Como se vê, uma moral clara e precisa, muito distante das incertezas ligadas ao cumprimento de princípios abstratos. O problema todo, no entanto, é justamente tornar claro o que se deve entender por vantagem ou desvantagem moral, e, sobretudo, quem são os beneficiados e os prejudicados por esse sistema de contabilidade social.

Em vão, Rousseau e Kant, cada qual com seu estilo e seu método de pensamento, procuraram reagir contra essa tendência desagregadora, e sustentar a transcendência ética da pessoa humana. As sementes do individualismo utilitário já haviam germinado, a erva daninha vicejou e produziu abundantes frutos. O mundo entrara, decisivamente, na era capitalista, com a hegemonia incontrastável das regras técnicas sobre os princípios éticos, e a supremacia do interesse próprio sobre o bem comum.

Faltava apenas uma última etapa, para se concluir o desmonte do edifício ético original: a separação entre direito e moral. Disso se encarregou a teoria do chamado positivismo jurídico. Doravante, passou a ser tida como elemento componente do direito toda norma que, editada pela autoridade competente ao cabo de um processo regular, é suscetível de sanção coativa pelo Estado. De acordo com esse conceito formalista, seriam perfeitamente jurídicas não apenas as regras de supressão da cidadania para minorias étnicas ou culturais, mas também o regulamento dos campos de concentração e as medidas legais de genocídio. A distinção entre legalidade e legitimidade, ou a contraposição de justiça a direito, entrariam a fazer parte do longo rol histórico das querelas absurdas, pois entre a ordem jurídica e os princípios morais já não existiria nenhum vínculo lógico ou social.

Esta, a meu juízo, a verdadeira etiologia da peste totalitária. A septicemia do organismo social só pôde ocorrer em razão do estado de profunda debilidade em que ele se encontrava.

A preservação da liberdade

A segunda metade do século XX desdobrou-se em duas fases bem distintas. A primeira delas foi o período marcado pela Guerra Fria, pela descolonização e o esforço de desenvolvimento nos países do chamado Terceiro Mundo, e também pela difusão dos princípios e instituições do Estado do bem-estar social nos países avançados. Na segunda fase, ao contrário, assistimos à predominância mundial do capitalismo, à desagregação da União Soviética, com o consequente desvinculamento de seus satélites europeus, e à afirmação dos Estados Unidos como potência hegemônica planetária.

Como definir essa ameaça? Ela se parece com um imperialismo, mas de uma espécie diversa daquela que conhecemos e analisamos no passado.

O imperialismo antigo, com efeito, fundava-se na dominação territorial de outros povos e visava à sua exploração econômica, para a extração de metais e pedras preciosas, à expansão do mercado de consumo das potências imperiais, ou ao estabelecimento de zonas geopolíticas de segurança. O ônus dessa forma de imperialismo era a administração direta dos territórios colonizados.

O novo imperialismo, ao contrário, não se funda na dominação territorial, mas no controle econômico e financeiro de outros países.

Empreguei intencionalmente o termo “controle”, contrapondo-o a “dominação”. A distinção assim proposta é análoga à que se estabeleceu, na análise jurídica da grande sociedade anônima, entre “propriedade” do capital e “controle” da empresa [4]. Os capitalistas contentam-se em ser proprietários de ações, para renda ou especulação no mercado de valores mobiliários. Já os empresários, embora muita vez possuindo uma minoria de ações, ou mesmo não possuindo ação alguma, exercem de fato o poder de governo da empresa e de disposição do patrimônio social.

No novo imperialismo, de modo semelhante, instituem-se dois níveis de poder de governo nos países controlados. Os governantes “de dentro” exercem a administração direta – tal como os conselheiros e diretores da sociedade anônima –, mas devem submeter-se às diretrizes e políticas econômico-financeiras ditadas pelo controlador, que governa o país de fora. Algumas vezes, o controlador chega a interferir na administração direta do país controlado, impondo-lhe os governantes de sua confiança, ou destituindo os que lhe pareçam perigosos aos seus interesses imperiais.

Ao contrário do que sustentam Antonio Negri e Michael Hardt [5], o centro de poder do novo imperialismo não dispensa as estruturas políticas do Estado-nação, pela boa razão de que, atualmente, só países soberanos detêm a potência militar: as organizações internacionais com poder de autorizar a guerra ou de dirigi-la, tais como a ONU e a OTAN, dependem inteiramente do concurso de seus países-membros para formar as suas forças militares.

No campo econômico-financeiro, a dominação mundial é também exercida por Estados-nações, seja diretamente seja pelo controle que detêm sobre as organizações internacionais como a Organização Mundial do Comércio e o Fundo Monetário Internacional.

O velho edifício das Nações Unidas, erigido por iniciativa dos Estados Unidos, após a Segunda Guerra Mundial, para manter a paz e corrigir os efeitos mais desastrosos da miséria ,das populações, está sendo agora desmontado pelos mesmos Estados Unidos, porque a ONU tornou-se um claro obstáculo às pretensões norte-americanas de exercer, isoladamente, o poder imperial sobre toda a face da Terra.

Como tive ocasião de assinalar [6], o acesso dos Estados Unidos à condição de potência hegemônica mundial, após o esfacelamento da União Soviética, tornou muito difícil a reorganização das relações internacionais num sentido comunitário. O último tratado internacional de direitos humanos ratificado pelos Estados Unidos foi o Pacto aprovado pelas Nações Unidas em 1966, sobre direitos civis e políticos. O Pacto gêmeo sobre direitos econômicos, sociais e culturais teve sua ratificação rejeitada pelo Congresso norte-americano.

A partir de então, os Estados Unidos vêm-se recusando, sistematicamente, a se submeter às normas internacionais de proteção aos direitos humanos, por considerarem que isso implica limitação de sua soberania. Assim foi com os Protocolos de 1977 às Convenções de Genebra de 1949 sobre a proteção das vítimas de conflitos bélicos, com a Convenção sobre a eliminação de todas as formas de discriminação contra as mulheres de 1979, com a Convenção sobre o Direito do Mar de 1982, com o Protocolo Adicional de 1988 à Convenção Americana sobre direitos humanos em matéria de direitos econômicos, sociais e culturais, com o Segundo Protocolo de 1989 ao Pacto Internacional sobre Direitos Civis e Políticos, com a Convenção sobre os direitos da criança de 1989, com a Convenção sobre a Diversidade Biológica de 1992, com a Convenção de Ottawa de 1997, sobre a proibição de uso, armazenagem, produção e transferência de minas antipessoais [7], tratados, todos esses, já em vigor no plano internacional. Os Estados Unidos recusaram-se também a assinar a Convenção que instituiu um Tribunal Penal Internacional, aprovada em Roma por uma conferência de plenipotenciários, em 17 de julho de 1998.

Os Estados Unidos vão-se tornando assim, decisivamente, um Estado fora da lei no plano internacional. A reorganização do mundo, para evitar a ressurreição do flagelo totalitário, passa pois, hoje, claramente, pela instituição de estruturas políticas e econômicas internacionais de limitação da soberania das grandes potências, a começar pelos Estados Unidos. É esta a magna tarefa das próximas gerações. Do êxito desse formidável empreendimento dependerá, afinal, a preservação da dignidade da pessoa humana, como único ser no mundo capaz de amar, descobrir a verdade e criar a beleza.

*Fábio Konder Comparato é Professor Emérito da Faculdade de Direito da Universidade de São Paulo, Doutor Honoris Causa da Universidade de Coimbra.

Publicado originalmente no portal Artepensamento IMS

Notas


[1] A cidade antiga. Tradução de Fernando de Aguiar. São Paulo: Martins Fontes, 1998, p. 4.

[2] Brazil under Vargas. Nova York: The MacMillan Company, 1942, conclusão, p. 369 e ss.

[3] The origins of totalitarianism. San Diego/ Nova York/ Londres: A Harvest Book, Harcourt Brace & Company, nova edição, p. 290 e ss.

[4] Tratei amplamente do assunto na monografia O poder de controle na sociedade anônima. Rio de Janeiro: Forense, 1983.

[5] Antonio Negri e Michael Hardt, Empire. Harvard University Press, 2000,

[6] A afirmação histórica dos direitos humanos. São Paulo: Saraiva, 2001, epílogo.

[7] A convenção entrou em vigor no dia 1o de março de 1999. Segundo o Relatório do
Desenvolvimento Humano 1998, das Nações Unidas, mais 110 milhões de minas ativas estão espalhadas por 68 países, e uma quantidade equivalente acha-se armazenada em todo o mundo. Todos os meses, mais de 2 mil pessoas são mortas ou mutiladas por explosões de minas.AnteriorE. M. de Melo e Castro (1932-2020) – II

É possível o fim da espécie humana?

A irrupção do Covid-19 afetando, pela primeira vez, todo o planeta e causando verdadeira dizimação humana, podendo chegar a dois milhões de pessoas vitimadas, antes de se descobrir e aplicar uma vacina eficaz, coloca ineludivelmente a questão: pode a espécie homo, a espécie humana desaparecer?

Um dos maiores especialistas em vírus que alertou os chefes de Estado, sem efeito, de um provável ataque de um vírus da linha do SARS, o coronovírus 19, David Quammen, advertiu recentemente num video acerca da possibilidade, caso não mudarmos nossa relação destrutiva para com a natureza, da irrupção de um outro vírus ainda mais letal, podendo destruir parte da biosfera e levar grande parte da humanidade, senão toda, a um fim dramático.

O Papa Francisco em sua alocução na ONU no dia 25 de setembro do corrente ano de 2020, advertiu por duas vezes da eventualidade do desaparecimento da vida humana como consequência da irresponsabilidade em nosso trato com a Mãe Terra e com a natureza superexploradas. Na sua encíclica Laudado Sì: sobre o cuidado da Casa Comum (2015) constata:”As situações ameaçadoras provocam os gemidos  da irmã Terra que se unem aos gemidos dos abandonados do mundo, com um lamento que reclama de nós outro rumo; nunca maltratamos e ferimos  a nossa Casa Comum, como nos últimos dois séculos” (n. 53).

Isso não significa o fim do sistema-vida, mas o fim  da vida humana. Curiosamente, o Covid-19 afetou somente os humanos de todos os continentes e não os demais animais domésticos como os gatos e os cães.

Como interpretar esta eventual catástrofe à luz de uma reflexão radical, quer dizer, filosófica e  teológica?

Sabemos que normalmente a cada ano cerca de 300 espécies de organismos vivos chegam ao seu clímax, depois de milhões e milhões de anos de existência e retornam à Fonte Originária de Todo Ser (Vácuo Quântico), aquele oceano insondável de energia, anterior ao big bang e que continua subjacente a todo o universo. Conhecem-se muitas extinções em massa durante os mais de três bilhões de anos da história da vida (Ward 1997). Atualmente cerca de um milhão de espécies de seres vivos estão sob ameaça de desaparecimento devido à excessiva agressividade humana.

Dos seres humanos sabemos que das várias expressões, somente o homo sapiens sapiens se consolidou na história há cerca de 100 mil anos e permaneceu até o presente sobre a Terra. Os demais representantes, especialmente, o homem de Neandertal desapareceram definitivamente da história.

Da mesma forma vale para as culturas ancestrais do passado. No Brasil, por exemplo, a cultura do sambaqui e os próprios sambaquieiros que viveram há mais de 8 mil anos nas costas oceânicas brasileiras foram literalmente exterminados, por antropófagos, diferentes dos atuais indígenas. Deles nada restou a não ser os grandes monturos de  de conchas, cascos de tartarugas e restos de crustáceos (Miranda, 2007,52-53). Muitas delas sumiram definitivamente, deixando parcos sinais de sua existência como a cultura da ilha de Páscoa ou as culturas matriarcais que dominaram em várias partes do mundo, há cerca de 20 mil anos, especialmente, na bacia do Mediterrâneo. Deixaram as figuras das divindades maternas ainda hoje encontradas em sítios arqueológicos.

Entre as tantas espécies que desaparecem anualmente, não poderá estar a espécie homo sapiens/demens? Desta vez, tudo indica que seu desaparecimento não se deve a um processo natural da evolução mas a causas derivadas de sua prática irresponsável, destituída de cuidado e de sabedoria face ao conjunto do sistema da vida e do sistema-Gaia. Seria consequência da nova era geológica do antropoceno e mesmo no necroceno.

O fato é que o Covid-19 colocou em xeque, diria, de joelhos, o modo de produção capitalista e sua expressão política, o neoliberalismo. Seriam eles suicidários?

Esta pergunta não é de mau agouro mas um chamamento dirigido a todos os que alimentam solidariedade geracional e amor à Casa Comum. Há um obstáculo cultural grave: estamos habituados a resultados imediatos, quando aqui se trata de resultados futuros, fruto de ações postas  agora. Como afirma a Carta da Terra, um dos mais importantes documentos ecológicos assumida pela UNESCO em 2003:”as bases da segurança global estão ameaçadas; estas tendências são perigosas mas não inevitáveis”.

Estes perigos somente serão evitados caso mudemos o modo de produção e o padrão de consumo. Esta reviravolta civilizatória exige a vontade política de todos os países do mundo e a colaboração sem exceção de toda rede de empresas transnacionais e nacionais de produção, pequenas, médias e grandes. Se empresas mundiais se negarem a agir nesta mesma direção poderão anular os esforços de todas as demais. Por isso, a vontade política deve ser coletiva e impositiva com prioridades bem definidas e com linhas gerais bem claras, assumidas por todos, pequenos e grandes. É uma política de salvação global.

O grande risco reside na lógica do sistema do capital globalmente articulado. Seu objetivo é lucrar o mais que pode, no tempo mais curto possível, com a expansão cada vez maior de seu poder, flexibilizando legislações que limitam sua dinâmica. Ele se orienta pela competição e não pela cooperação, pela busca do lucro e não pela defesa e promoção da vida.

Diante das mudanças paradigmáticas atuais, se vê confrontado com esse dilema: ou se auto-nega, mostrando-se solidário com o futuro da humanidade e muda sua lógica e assim se afunda como empresa capitalista ou se autoafirma em seu seu objetivo, desconsiderando toda compaixão e solidariedade, fazendo aumentar os lucros, mesmo passando por cima de cemitérios de cadáveres e da Terra devastada. Não é impossível que, obedecendo à sua natureza de lobo voraz, o capitalismo seja autosuicidário. Prefere morrer e fazer morrer  do que perder seus lucros. Mas quem sabe, quando a água chegar ao nariz e o risco de morte coletiva atinja a todos, inclusive a eles,   os poderosos, não seria impossível que o próprio capitalismo se renda à vida. O instinto dominante é viver e não morrer. Este instinto possivelmente acabará prevalecendo. Mas devemos estar atentos à força da lógica interna do sistema, montado sobre uma mecânica que produz morte de vidas humanas  e vidas da natureza.

Nomes notáveis das ciências não excluem a eventualidade do fim de nossa espécie. Stephen Hawking em seu livro O universo  numa casca de noz  (2001,159) reconhece que em 2600 a população mundial ficará ombro a ombro e o consumo de eletricidade deixará a Terra incandescente. Ela poderá se destruir a si mesma.

O prêmio Nobel, Christian de Duve,  em seu conhecido Poeira Vital (1997, 355) atesta que a evolução biológica marcha em ritmo acelerado para uma grande instabilidade; de certa forma nosso tempo lembra uma daquelas importantes rupturas na evolução, assinaladas por extinções maciças. Antigamente eram os meteoros rasantes que ameaçavam a Terra; hoje o meteoro rasante se chama ser humano.

Théodore Monod, talvez o último grande naturalista moderno, deixou como testamento um texto de reflexão com esse título: E se a aventura humana vier a falhar (2000, 246, 248)? Assevera: somos capazes de uma conduta insensata e demente; pode-se a partir de agora temer tudo, tudo mesmo, inclusive a aniquilação da raça humana (p. 246). E acrescenta: seria o justo preço de nossas loucuras e de nossas crueldades.

Se tomarmos a sério o drama mundial, sanitário, social e o alarme ecológico crescente, esse cenário de horror não é impensável.

Edward Wilson atesta em seu instigante livro O futuro da vida (2002, 121): O homem até hoje tem desempenhado o papel de  assassino planetário…a ética da conservação, na forma de tabu, totemismo ou ciência, quase sempre chegou tarde demais; talvez ainda haja tempo para agir.

Vale citar ainda dois nomes da ciência que possuem grande respeitabilidade: James Lovelock que elaborou a teoria da Terra como Super-organismo vivo, Gaia, com um título forte A vingança de Gaia (2006) e o astrofísico inglês Martin Rees (Hora final, 2005) que prevêem o fim da espécie  antes do fim do século XXI. Lovelock é contundente: até o fim do século 80% da população humana desaparecerá. Os 20% restantes vão viver no Ártico e em alguns poucos oásis em outros continentes, onde as temperaturas forem mais baixas e houver um pouco de chuva…quase todo o território brasileiro será demasiadamente quente e seco para ser habitado ”(Veja, Paginas Amarelas de 25 de outubro de 2006).

Um fato que tem provocado muitos cientistas, especialmente biólogos e astrofísicos, a falarem do eventual colapso da espécie humana é o caráter exponencial da população. A humanidade precisou um milhão de anos para alcançar em 1850 a um bilhão de pessoas. Os espaços temporais entre um crescimento e outro diminuem cada vez mais. De 75 anos – de 1850 a 1925 – passaram para 5 anos atualmente. Prevê-se que por volta de 2050 haverá dez bilhões de pessoas. É o triunfo inegável de  nossa espécie.

Lynn Margulis e Dorian Sagan no conhecido livro Microcosmos (1990) afirmam com dados dos registros fósseis e da própria biologia evolutiva que um dos sinais do colapso próximo de uma espécie é sua rápida superpopulação. Isso pode ser visto com micro-organismos colocados na cápsula Petri (placas redondas de vidro com colônias de bactérias e nutrientes). Pouco antes de atingirem as bordas da placa  e se esgotarem os nutrientes, multiplicam-se de forma exponencial. E de repente todas morrem.

Para a humanidade, comentam eles, a Terra pode mostrar-se idêntica a uma cápsula Petri. Com efeito, ocupamos quase toda a superfície terrestre, deixando apenas 17% livre, por ser inóspita como os desertos e as altas montanhas nevadas ou rochosas. Lamentavelmente de homicidas, genocidas e ecocidas nos faríamos biocidas.

Carl Sagan, já falecido, via no intento humano de demandar à Lua e enviar naves espaciais como o Voyager para fora do sistema solar como manifestação do inconsciente coletivo que pressente o risco de nossa próxima extinção. A vontade de viver nos leva a cogitar formas de sobrevivência para além da Terra. O astrofísico Stephen Hawking fala da possível colonização extrassolar com naves, espécie de veleiros espaciais, propelidas por raios laser que lhes confeririam uma velocidade de trinta mil quilômetros por segundo. Mas para chegar a outros sistemas planetários teríamos que percorrer bilhões e bilhões de quilômetros de distância, necessitando muitos e muitos anos de tempo. Ocorre que somos prisioneiros da luz, cuja velocidade de trezentos mil quilômetros por segundo é até hoje insuperável. Mesmo assim só para chegar a estrela mais próxima – a Alfa do Centauro – precisaríamos de quarenta e três anos, sem ainda saber como frear essa nave a esta altíssima velocidade.

Para terminar, a opinião de dois notáveis historiadores Arnold Toynbe em sua auto-biografia: “vivi para ver o fim da história humana tornar-se uma possibilidade real que pode ser traduzida em fato não por um ato de Deus mas do ser humano” (Experiências 1970,422).

E por fim de Eric J. Hobsbawn, em sua conhecida Era dos extremos (1994, 562) concluindo seu livro: Não sabemos para onde estamos indo. Contudo, uma coisa é certa. Se a humanidade quer ter um futuro aceitável, não pode ser pelo prolongamento do passado ou do presente. Se tentarmos construir o terceiro milênio nessa base,  vamos fracassar. E o preço do fracasso ou seja, a alternativa para a mudança da sociedade é a escuridão.

Naturalmente,  precisamos ter paciência para com o ser humano. Ele não está pronto ainda. Tem muito a aprender. Em relação ao tempo cósmico  possui menos de um minuto de vida. Mas com ele, a evolução deu um salto, de inconsciente se fez consciente. E com a consciência pode decidir que destino quer para si. Nesta perspectiva, a situação atual representa antes um desafio que um desastre inevitável, a travessia para um patamar mais alto e não fatalmente um mergulho na autodestruição. Estaríamos portanto num cenário de crise de paradigma civilizacional e não de tragédia.

Mas haverá tempo para tal aprendizado? Tudo parece indicar que o tempo do relógio corre contra nós. Não estaríamos chegando tarde demais, tendo passado já o ponto de não retorno? Mas como a evolução não é linear e conhece frequentes rupturas e saltos para cima como expressão de maior complexidade e como existe o caráter indeterminado e flutuante de todas as energias e de  toda a evolução, consoante a física quântica de W. Heisenberg e de N. Bohr, nada impede que ocorra a emergência de um outro patamar de consciência e de vida humana que salvaguarde a biosfera e o planeta Terra. Essa transmutação seria, segundo Santo Agostinho em suas Confissões, fruto de duas grandes forças: de um grande amor e de uma grande dor. É o amor e a dor que têm o condão de nos transformar inteiramente. Desta vez mudaremos por uma imenso amor à Terra, nossa Mãe e por uma grande dor pelas penas que está sofrendo.

Mesmo assim, na hipótese de um eventual desaparecimento da espécie humana que consequências se derivariam para nós e para o processo da evolução?

Antes de qualquer consideração, seria uma catástrofe biológica de incomensurável magnitude. O trabalho de pelo menos 3,8 bilhões de anos, data provável do surgimento da vida, e dos últimos 5-7 milhões de anos, data do aparecimento da espécie homo e dos últimos cem mil anos, da irrupção do homo sapiens sapiens, trabalho esse feito pelo inteiro universo das energias, das informações e das diferentes densidades de matéria, teria sido senão anulado, pelo menos profundamente afetado.

O ser humano, na medida em que podemos constatar, estudando o universo, é o ser da natureza mais complexo já conhecido. Complexo em seu corpo com trinta bilhões de células, continuamente renovadas pelo sistema genético, complexo em seu cérebro de cem bilhões de neurônios em contínua sinapse, complexo em sua interioridade, em sua  psique e em sua consciência, carregada de informações recolhidas desde o irromper do cosmos com o big bang e enriquecida com emoções, sonhos, arquétipos, símbolos oriundos das interações da consciência consigo mesma e com o ambiente à sua volta,  complexo em seu espírito, capaz de captar o Todo e sentir-se parte dele e de identificar aquele Elo que une e re-une, liga e re-liga todas as coisas fazendo que não sejam caóticas mas ordenadas e confiram sentido e significado à existência neste mundo e nos fazendo suscitar sentimentos  de profunda veneração e respeito face à grandeur do cosmos.

Até hoje não foram identificadas cientificamente e de forma irrefutável outras inteligências no universo. Por enquanto somos como espécie homo uma singularidade sem comparação no cosmos. Somos um habitante de uma galáxia média, a Via Láctea, dependendo de uma estrela, o Sol, de quinta grandeza, num canto da Via Láctea, morando no terceiro planeta do sistema solar, a Terra, e agora estando aqui neste pequeno espaço virtual discutindo sobre as consequências de nosso provável fim.

O universo, a história da vida e a história da vida humana perderiam algo inestimável.Toda a criatividade produzida por este ser, criado criador, que fez coisas que a evolução por ela mesma jamais faria, como uma tela de Di Cavalcanti ou uma sinfonia de Beethoven, um poema de Carlos Drumond de Andrade ou  um canal de televisão, um avião e a internet com suas redes sociais. As construções da cultura seja daquela material, simbólica e espiritual teriam desaparecido para sempre.

Para sempre teriam virado pó as grandes produções poéticas, musicais, literárias, científicas, sociais, políticas éticas e religiosas da humanidade.

Para sempre teriam desaparecido as referências de figuras paradigmáticas de seres humanos entregues ao amor, ao cuidado, à compaixão e à proteção da vida em todas as suas formas como Buda, Chuang-tzu, Moisés, Jesus, Maria de Nazaré, Maomé, Francisco de Assis, Gandhi entre tantos e tantas outras. Para sempre teriam desaparecido também as anti-figuras que macularam o humano e violaram a dignidade da vida em incontáveis guerras e extermínios cujos nomes sequer queremos mencionar.Cabe lembrar as atuais queimadas fenomenais na Amazônia e no Pantanal muito provavelmente provocadas intencionalmente por gananciosos buscadores de lucro a qualquer custo. Tais eventos podem ameaçar o equilíbrio dos climas da Terra.

Para sempre teria desaparecido a decifração feita da Fonte Originária de Todo Ser que permeia toda a realidade e a consciência de nossa profunda comunhão com ela, fazendo-nos sentir filhos e filhas do Mistério Inominável e compreendermo-nos como um projeto infinito que somente descansa quando se aconchega no seio deste Mistério de infinita ternura e bondade.

Para sempre tudo isso teria desaparecido desta pequena parte do universo que é a nossa Mãe Terra.

Por fim cabe perguntar: quem nos substituiria na evolução da vida, caso alguma forma  de vida subsistir? Na hipótese de que o ser humano venha a desaparecer como espécie, mesmo assim o princípio de  inteligibilidade e de amorização ficaria preservado. Ele está primeiro no universo e depois nos seres humanos. Esse princípio é tão ancestral quanto o universo.

Quando, nos primeiríssimos momentos após a grande explosão, quarks, prótons e outras partículas elementares começaram a interagir, surgiram campos de relações e unidades de informação e ordens mínimas de complexidade. Ai se manifestava aquilo que depois se chamará de espírito, aquela capacidade de criar unidades e quadros de ordem e sentido. Ao desaparecer dentro da espécie humana, ele  emergiria, um dia, quem sabe em milhões de anos de evolução em algum ser mais complexo.

Théodore Monod, falecido no ano 2000, sugere até um candidato já presente na evolução atual, os cefalópodes, isto é, uma espécie de moluscos à semelhança dos polvos e das lulas. Alguns deles, possuem um aperfeiçoamento anatômico notável; sua cabeça vem dotada de uma  cápsula cartiginosa, funcionando como crânio e possuem olhos como os vertebrados. Detém ainda um psiquismo  altamente desenvolvido, até com dupla memória, quando nós possuímos apenas uma (2000, 247-248).

Evidentemente, eles não sairiam amanhã do mar e entrariam continente adentro. Precisariam de milhões de anos de evolução. Mas já possuem a base biológica para um salto rumo à consciência.

De todas as formas, urge escolher: ou o ser humano e seu futuro ou os polvos e as lulas. Mais que otimismo, alimento a esperança de que vamos criar juizo e aprender a ser sábios.

Entretanto, importa já agora mostrar amor à vida em sua majestática diversidade, ter com-paixão com todos os que sofrem, realizar rapidamente a justiça social necessária e amar a Grande Mãe, a Terra. Incentivam-nos as Escrituras judaico-cristãs: Escolha a vida e viverás (Deut 30,28) Andemos depressa, pois não temos muito tempo a perder.

Por fim, buscando radicalidade nos perguntamos: como vê a teologia cristã esta questão de uma eventual extinção da espécie humana?

Antes situemos a pergunta em sua tradição histórica, pois não é a primeira vez que os seres humanos se colocam seriamente esta questão. Sempre que uma cultura entra em crise, como a nossa, aurgem mitos de fim do mundo e de destruição da espécie. Usa-se, então, um recurso literário conhecido: relatos patéticos de visões e de intervenções de anjos que se comunicam para anunciar mudanças iminentes e preparar a humanidade. No Novo Testamento esse gênero ganhou corpo no livro do Apocalipse e em alguns trechos dos Evangelhos que colocam na boca de Jesus predições de fim do mundo.

Hoje prolifera vasta literatura esotérica que usa códigos diferentes como passagem a outro tipo de vibração e comunicação com extraterrestres. Mas a mensagem  é idêntica: a viragem é iminente e há que  estar preparado.

Importante é não deixar-se iludir por esse tipo de linguagem. É linguagem de tempos  de crise e não uma reportagem antecipada do que vai ocorrer. Mas há uma diferença entre os antigos e nós hoje. Para os antigos, o fim do mundo estava no imaginário deles e não no processo realmente existente. Para nós está no processo real, pois criamos de fato o princípio de autodestruição.

E se desaparecermos, como se há de interpretar? Chegou a nossa vez no processo de evolução já que há sempre espécies, desaparecendo naturalmente? Que diz a reflexão teológica cristã?

Suscintamente diria: se o ser humano frustrar sua aventura planetária significa, sem dúvida, uma tragédia inominável. Mas não seria uma tragédia absoluta. Essa, ele já a perpetrou um dia. Quando o Filho de Deus se encarnou em nossa miséria, por Jesus de Nazaré, logo após seu nascimento foi ameaçado de morte por Herodes que sacrificou todas as crianças dos arredores de Belém, na esperança de ter assassinado o Messias. Depois, durante a sua vida foi caluniando, perseguido, rejeitado, preso, torturado e pregado numa cruz. Só então se formalizou o que chamamos de pecado original que é um processo histórico de negação da vida. Mas, creem os cristãos, ocorreu outrossim a suprema salvação, pois onde abundou  pecado, superabundou também graça. Houve a ressurreição,não  como reanimação de um cadáver mas como irrupção do ser humano novo, na plenitude de suas virtualidades realizadas. Entretanto, maior perversidade que matar a criatura, a vida, o planeta, é matar o Criador encarnado.

Mesmo que a espécie mate a si mesma, ela não consegue matar tudo dela. Só mata o que é. Não pode matar aquilo que ainda não é: as virtualidades escondidas nela e que querem se realizar. E aqui entra a morte em sua  função libertadora. A morte não separa corpo e alma, pois, no ser humano não há nada a separar. Ele  é um ser unitário com muitas dimensões, uma exterior e material, o corpo, e esse mesmo corpo com sua interioridade e profundidade que chamamos de espírito. O que a morte separa é o tempo da eternidade. Ao morrer, o ser humano deixa o tempo e penetra na eternidade. Caindo as barreiras espaço-temporais, as virtualidades agrilhoadas podem desabrochar em sua plenitude. Só então acabaremos de nascer como seres humanos plenos (Boff,2000). Portanto, mesmo com a liquidação criminosa da espécie, o triunfo da espécie não é frustrado. A espécie sái tragicamente do tempo pela morte, morte esta que lhe concede entrar na eternidade. E Deus é aquele que pode tirar da morte a vida e da ruína a nova criatura.

Alimentamos essa esperança. Assim como o ser humano domesticou outros meios de destruição como o primeiro deles, o fogo, (que originou os mitos de fim do mundo) assim agora, esperamos,  domesticará os meios que podem destrui-lo. Aqui caberia uma análise das possibilidades dadas pela nanotecnologia (que trabalha com partículas ínfimas de átomos, genes e moléculas) que pode, eventualmente, oferecer meios técnicos para diminuir o aquecimento global e purificar a biosfera dos gases de efeito estufa (Martins, 2006,168-170).

Mas esclarecedor é pensar esta questões em termos da física quântica e da nova cosmologia. A evolução não é linear. Ela acumula energia e dá saltos. Assim também nos sugere a física quântica à la Niels Bohr e Werner Heisenberg: virtualidades escondidas, vindas do Vácuo Quântico, daquele oceano indecifrável de energia que subjaz e pervade o universo, a Terra e cada ser humano, podem irromper e modificar a seta  da evolução.

Recuso-me a pensar que nosso destino, depois de milhões de anos de evolução, termine assim miseravelmente no  próximo tempo ou  nas próximas gerações. Haverá uma salto, quem sabe, na direção daquilo que já em 1933 Pierre Teilhard de Chardin anunciava: a irrupção da noosfera, vale dizer, aquele estado de consciência e de relação com a natureza que inaugurará uma nova convergência de mentes e corações e assim um novo patamar da evolução humana e da história da Terra.

Nesta perspectiva o cenário atual não seria de tragédia mas de crise de paradigma, da forma como habitamos a Casa Comum. A crise acrisola, purifica e amadurece. Ela anuncia um novo começo; nossa dor é de um parto promissor e não as dores de um prestes a morrer. Ainda vamos irradiar.

O que importa dizer é que não acabaria o mundo, mas pode  acabar este tipo de mundo insensato que ama a guerra e a destruição em massa. Vamos inaugurar um mundo humano que ama a vida, desacraliza a violência, tem cuidado e piedade para com todos os seres, pratica a justiça verdadeira, venera o Mistério do mundo que chamamos de Fonte Originária que faz Ser todos os seres e que nós  nomeamos de Deus, enfim, que nos permite estarmos no monte das benaventuranças. O ser humano terá simplesmente aprendido a tratar humanamente todos os seres humanos e com cuidado, respeito  e compaixão a todos os demais seres. Tudo  que existe, merece existir. Tudo o que vive merece viver. Especialmente nós seres humanos.

 Bibliografia  mínima referida:

Boff, L. (2000), Vida para além da morte, Petrópolis: Vozes.

—- (2000), Tempo de transcendência. O ser humano como    projeto infinito, Rio de Janeiro:Sextante.

Duve, C.(1997), Poeira vital. A vida como imperativo cósmico,    Rio de Janeiro:Campus.

Hawking, S. (2001), O universo  numa casca de noz, São Paulo:    Mandarim.

Higa, T.,(2002), Eine Revolution zur Rettng der Erde, Xanten: OLV, Organischer Landbau.

Hobsbawn, E.(1994), A era dos extremos, São Paulo: Objetiva.

Jacquard, A. e Kahn, A., (2001), L’avenir n’est pas écrit,  Paris: Boyard.

Lovelock, J. (2006), A vingança de Gaia, Rio de Janeiro: Intrinseca.

Martins, P.R.(org)(2006), Nanotecnologia, sociedade e meio     ambiente, São Paulo: Xamã.

Miranda, E. E.,(2007),Quando o Amazonas corria para o Pacifico,     Petrópolis:Vozes.

Monod, J.(2000), Et si l’aventure humaine devait échouer? Paris: Grasset.

Rees, M. (2005), Hora final,  São Paulo: Companhia das Letras.

Revista Veja, páginas amarelas de 25 de outubro 2006.

Toynbee, A. Experiências (1970), Petrópolis: Vozes, Petrópolis.

Ward, P.(1997), O fim da evolução. Extinções em massa e     preservação da biodiversidade, Rio de Janeiro: Campus.

Ziegler,J. (2006), Das Imperium der Schande, Pantheon,     Munique.

 

 

El Covid-19 nos obliga a pensar: que és lo esencial: la vida o el lucro?

Como afirmó el renombrado filósofo alemán Jürgen Habermas, en una entrevista sobre la Covid-19: ”Nunca supimos tanto de nuestra ignorancia de como ahora”. La ciencia es indispensable para sobrevivir y atender a la complejidad de las sociedades modernas, pero ella no puede ser arrogante y pretender, como ciertos cientificistas postulan, que podría resolver todos los problemas. A decir verdad,  lo que no sabemos es infinitamente más que lo que sabemos. Todo saber es finito y perfectible. Eso se está comprobando ahora con ocasión de la búsqueda desenfrenada de una vcuna eficaz contra la Covid-19. No sabemos cuándo va a estar disponible, ni cuándo desaparecerá la epidemia.

Tal hecho tiene como efecto el ocaso de un horizonte de vida y de esperanza  y causa aquello que tan bien escribió en su twitter la jueza y escritora (“La vida no es justa”) Andréa Pachá: “La pandemia ha hecho muchos estragos. Algunos físicos, concretos y definitivos. Otros sutiles, pero devastadores. Nos sustrajo el deseo de ir, de jugar, de hacer planes, incluso aquellos sólo utópicos e idealizados, que jamás se realizarían, pero que alimentaban el alma”.

Constatamos que hay un profundo abatimiento colectivo, melancolía, depresión y hasta rabia contra una epidemia acerca de la cual conocemos muy poco y poco podemos hacer. Todos nos sentimos rodeados por el fantasma de la contaminación, de la intubación y de la muerte.

El hecho es que vivimos no bajo una emergencia extraordinaria como el tsunami del Japón, que afectó las centrales  nucleares, una de las cuales continúa emitiendo radioactividad, afectando desde las costas de la India, de Tailandia, de Indonesia hasta las costas de California, o las grandes quemas de la Amazonia, del Pantanal y de los bosques de California. Con la Covid-19 estamos delante de una emergencia extrema, que afecta a todo el planeta, consecuencia de una profunda erosión ecológica causada por la voracidad de las grandes empresas que buscan exclusivamente el lucro material con el derribo de las selvas, el extractivismo, la expansión de monoculturas como la de la soja o la cría de ganado y la excesiva urbanización del mundo entero.

Esa intrusión del ser humano en la natureza, sin ningún sentido de respeto a su valor intrínseco, tenida como un mero medio de producción y no como algo vivo del cual somos parte y no dueños ni señores, negándonos a respetar sus límites de soportabilidad, ha producido la destrucción de los hábitats de miles de virus en animales y en plantas que se han transladado hacia otros animales y hacia el ser humano.

Tenemos que incorporar nuevos conceptos: la zoonosis (enfermedad que viene del mundo animal: aves, cerdos, vacas, murciélagos) y la transferencia zoonótica: una afección animal transmisible al ser humano. A partir de ahora entrarán en nuestro  vocabulario no sólo científico.

Uno de los mayores especialistas en virus,  David Quammen (Montana USA), nos advierte en su video “Spillover: the next human pandemic” (2015)”: es inevitable que vuelva a haber una gran pandemia. Puede matar a decenas de miles, centenas de miles, o millones de personas, según las  circunstancias y la forma como reaccionemos, pero  aparecerán cualquiera de estas cosas. Será con seguridad un agente zoonótico. Tendrá origen en animales no humanos. Será ciertamente un virus”. Observemos la gravedad de esta advertencia de un notable científico.

Frente a esta emergencia extrema aumentada por la escasa movilidad nacional e internacional, el aislamiento social, el distanciamiento entre las personas y el uso de la máscarilla nos propician plantear las cuestiones más fundamentales de nuestras vidas: ¿al final, qué es lo que cuenta en última instancia? ¿Qué es definitivamente esencial? ¿Cuáles son las razones que nos llevaron a tal situación de emergencia extrema? ¿Qué debemos y podemos hacer después de que pase la pandemia, si pasa? Estas preguntas son impostergables.

Entonces descubrimos que no hay mayor valor que la vida, nuestra vida y la de toda la comunidad de vida. Ella surgió hace 3,8 miles de millones de años y la humana hace cerca de 8-10 millones de años. Pasó por varias devastaciones pero siempre se mantuvo su existencia.  Y junto con la vida, los medios de vida sin los cuales ella no se sustenta: el agua, el suelo, la atmósfera, la biosfera, los climas, el trabajo y la naturaleza que nos ofrece todo lo que necesitamos para vivir y sobrevivir. Y la comunidad humana que nos acoge y nos ofrece las bases del orden social y espiritual que nos mantiene cohesionados como humanos. De nada vale la acumulación de bienes materiales, la apropiación individual, la pura y simple competición. Lo que nos salva como seres vivos y sociales es la solidaridad, la cooperación, la generosidad y el cuidado de unos a otros y del ambiente.

Estos son los valores humano-espirituales, contrarios a aquellos de la cultura del capital material, sobre la cual la Covid-19 representa una especie de rayo que la está reduciendo a pedazos. No podemos volver a ella para no provocar a la Madre Tierra y a la naturaleza que, si no cambiamos nuestra relación de respeto y de cuidado, nos enviarán otros virus, tal vez todavía más letales o hasta el último (The Big One) que diezmaría a la especie humana.

Este tiempo de recogimiento forzado es tiempo de reflexión y de conversión ecológica, tiempo de decidir qué tipo de Casa Común queremos para el futuro.Tenemos que crecer en solidaridad y en amor a todo lo que es creado, especialmente a los humanos, nuestros hermanos y hermanas.

Seremos  “el homo solidarius”, el principio de una nueva era, la era de la biocivilización, en la cual la vida en su diversidad tendrá centralidad y todo lo  demás estará al servicio de ella. No habrá ECOnomia sin ECOlogia. La vida vale por sí misma. Juntos en la Casa Común gozaremos de la alegre celebración de la vida.

*Leonardo Boff es ecoteólogo y filósofo y ha escrito “Covid-19: el contraataque de la Tierra contra la Humanidad” que saldrá publicada próximamente por la editorial Vozes.

Traducción de M°José Gavito Milano