¿Por qué en medio del dolor los negros cantan, ríen y bailan?

Miles de personas en toda África del Sur mezclaron el llanto con la danza, la fiesta con los lamentos por la muerte de Nelson Mandela. Es la forma como realizan culturalmente el rito de paso de la vida de este lado a la vida del otro lado, donde están los ancianos, los sabios y los guardianes del pueblo, de sus ritos y de sus normas éticas. Allí está ahora Mandela de forma invisible pero plenamente presente acompañando al pueblo que él tanto ayudó a liberar.
Momentos como estos nos hacen acordarnos de nuestra más alta ancestralidad humana. Todos tenemos nuestras raíces en África, aunque la gran mayoría no lo sepa o no le dé importancia. Pero es decisivo que volvamos a propiarnos de nuestros orígenes, que, de un modo u otro, están inscritos en nuestro código genético y espiritual.

Voy a referirme aquí a aspectos de un texto que escribí hace tiempo con el título: “Todos somos africanos” actualizado teniendo en cuenta la situación mundial, que ha cambiado. De entrada, es importante denunciar la tragedia africana: es el continente más olvidado y vandalizado por las políticas mundiales. Solamente cuentan sus tierras. Las compran grandes consorcios mundiales y China para organizar inmensas plantaciones de granos con el fin de asegurar la alimentación, no de África, sino de sus países, o para negociarlos en el mercado especulativo. Las famosas “land grabbing” juntas tienen la extensión de Francia entera. Hoy África es una especie de espejo retrovisor de cómo nosotros los humanos pudimos en el pasado, y todavía hoy podemos, ser inhumanos y terribles. La actual neocolonización es más perversa que la de siglos pasados.

Sin olvidar esta tragedia, concentrémonos en la herencia africana que se esconde en nosotros. Hoy en día hay consenso entre los paleontólogos y antropólogos cerca de que la aventura de la hominización se inició en África hace unos siete millones de años. Y luego se aceleró pasando por el homo habilis, erectus, neanderthalense hasta llegar al homo sapiens hace unos noventa mil años. Después de estar 4,4 millones de años en suelo africano, se trasladó a Asia, hace sesenta mil años; a Europa, hace cuarenta mil años; y a las Américas hace treinta mil años. Es decir, gran parte de la vida humana ha sido vivida en África, hoy olvidada y despreciada.

África no es solamente el lugar geográfico de nuestros orígenes. Es el arquetipo primitivo, el conjunto de marcas impresas en el alma del ser humano. Fue en África donde el ser humano elaboró sus primeras sensaciones, donde se articularon sus crecientes conexiones neurales (cerebralización), brillaron los primeros pensamientos, irrumpió la creatividad y emergió la complejidad social que permitió el surgimiento del lenguaje y de la cultura. El espíritu de África está presente en todos nosotros.

Veo tres ejes principales del espíritu de África que pueden ayudarnos a superar la crisis sistémica global que nos asola.
El primero es la Madre Tierra, la Mama África. Al extenderse por los vastos espacios africanos, nuestros antepasados entraron en profunda comunión con la Tierra, sintiendo la conexión que todas las cosas guardan entre sí, las aguas, las montañas, los animales, los bosques y selvas, y las energías cósmicas. Necesitamos volver a apropiarnos de este espíritu de la Tierra para salvar a Gaia, nuestra Madre y única Casa Común.

El segundo eje es la matriz relacional (relational matrix, al decir de los antropólogos). Los africanos usan la palabra ubuntu que significa: “yo soy lo que soy porque pertenezco a la comunidad” o “yo soy lo que soy a través de ti y tú eres tú a través de mi”. Todos necesitamos unos de otros; somos interdependientes. Lo que la física cuántica y la nueva cosmología enseñan acerca de la interdependencia de todos con todos es una evidencia para el espíritu africano.
A esa comunidad pertenecen también los muertos como Mandela. Ellos no van al cielo, pues el cielo no es un lugar geográfico, sino un modo de ser de este mundo nuestro. Ellos se quedan en medio del pueblo como consejeros y guardianes de las tradiciones sagradas.

El tercer eje son los ritos y las celebraciones. Nos admira que se dedique un día entero a rezar por Mandela con misas y oraciones. Ellos sienten a Dios en la piel, los occidentales en la cabeza. Por eso, bailan y mueven todo el cuerpo mientras nosotros permanecemos fríos y rígidos como un palo de escoba.
Las experiencias importantes de la vida personal, social y estacional se celebran con ritos, danzas, músicas y presentaciones de máscaras. Estas representan energías que pueden ser benéficas o maléficas. Es en los rituales donde las fuerzas negativas y positivas se equilibran y se festeja la primacía del sentido sobre el absurdo. Si reincorporamos el espíritu de África, la crisis no tendrá que ser una tragedia.

Sabemos que a través de las fiestas y los ritos la sociedad rehace sus relaciones y se refuerza la cohesión social. Además no todo es trabajo y lucha. Está también la celebración de la vida, el rescate de las memorias colectivas y el recuerdo de las victorias sobre las amenazas vividas.

Me complace presentar el testimonio personal de uno de nuestros más brillantes periodistas, Washington Novaes: «Hace algunos años, en Sudáfrica África me impresionó ver que bastaba que se reuniesen tres o cuatro negros para empezar a cantar y a bailar con una amplia sonrisa. Un día, le comenté a un joven taxista: “Su pueblo sufrió y todavía sufre mucho. Pero basta que se reúnan unas pocas personas y ustedes ya están bailando, cantando y riendo. ¿De dónde viene tanta fuerza?” Y él me contestó: “Con el sufrimiento, aprendemos que nuestra alegría no puede depender de nada fuera de nosotros. Tiene que ser solo nuestra, estar dentro de nosotros”.

Nuestra población afrodescendiente(62% de los brasileños) nos da esa misma muestra de alegría, que ningún capitalismo ni consumismo puede ofrecer.

Contra a imbecilidade do atual anticomunismo

Mauro Santayana é um dos jornalistas mais eruditos do jornalismo brasileiro. Sempre comprometido com causas humanitárias, contundente e dotado de um estilo de grande elegância. Somos colegas como colunistas do Jornal do Brasil-on line. Recentemente, no dia 17/12/2013, publicou um artigo sob o título HAMEUS PAPAM  com o qual me identifiquei imediantamente. Sofro ataques imbecis de que sou comunista e marxista, como se para um teólogo com 50 anos de atividade, fosse uma banalidade fazer esta acusação. Sou cristão, teólogo e escritor. Marx nunca foi pai nem padrinho da Teologia da Libertação que ajudei a formular. O atual anticomunismo  revela a anemia de espírito e a pobreza de pensamento  que  estão prevalecendo como disfarce para esconder o desastre que significa a economia de mercado, altamente predadora da natureza e agressora de todo tipo de direitos humanos e agora numa crise da qual não sabem como sair. Há tempos o Zürcher Zeitung, o maior jornal suiço e pouco depois o Times diziam que o autor mais lido hoje é Marx. Não só por estudiosos, mas por banqueiros e financistas conscientes que querem saber por que seu sistema foi a falência e por que tem tantas dificuldades em sair dele, se é que encontram uma saída que não signifique mais sacrificio para a natureza (injustiça ecológica) e para a humanidade já sofredora (injustiça social). Hoje mais e mais se percebe que este sistema é anti-vida, anti-democracia e anti-Terra. Se não cuidarmos poderá nos levar a um abismo fatal. É uma reflexão que faço contra meus acusadores gratuitos e faltos de razão. Penso às vezes que Einstein tinha razão quando disse:”Existem dois infinitos:um do universo e outro dos estultos; do primeiro tenho dúvidas, do segundo, absoluta certeza”. Estimo que muitos dos anticomunistas atuais se inscrevem nesse segundo infinito. É fácil serrar árvore caída e convardia chutar cachorro morto. Pensemos, antes, no presente com sentido de responsabilidade, unidos face a um feixe de crises que nos poderá levar a uma tragédia ecológico-social. Como fazer tudo para evitá-la e garantir um futuro comum para todos, inclusive para a nossa civilização e para nossa Casa Comum. Essa é a questão maior a ser pensada e sobre ela inaugurar práticas salvadoras e não distrair-se com discutir um comunismo inexistente, morto e sepultado. LBoff

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Habemus Papam

Acusado por um conservador norte-americano de ser marxista, Jorge Mario Bergoglio, o papa Francisco, negou sê-lo, mas disse que não se sentia ofendido, por ter conhecido ao longo de sua vida muitos marxistas que eram boas pessoas.
A declaração do papa, evitando atacar ou demonizar os marxistas, e atribuindo-lhes a condição de comuns mortais, com direito a ter sua visão de mundo e a defendê-la, é extremamente importante, no momento que estamos vivendo agora.

A ascensão irracional do anticomunismo mais obtuso e retrógrado, em todo o mundo — no Brasil, particularmente, está ficando chique ser de extrema direita — baseia-se em manipulação canalha, com que se tenta, por todos os meios, inverter e distorcer a história, a ponto de se estar criando uma absurda realidade paralela.

Estabelecem-se, financiados com dinheiro da direita fundamentalista, “museus do comunismo”; surgem por todo mundo, como nos piores tempos da Guerra Fria, redes de organizações anticomunistas, com a desculpa de se defender a democracia; atribuem-se, alucinadamente, de forma absolutamente fantasiosa, 100 milhões de mortos ao comunismo.

Busca-se associar, até do ponto de vista iconográfico, o marxismo ao nacional-socialismo, quando, se não fossem a Batalha de Stalingrado, em que os alemães e seus aliados perderam 850 mil homens, e a Batalha de Berlim, vencidas pelas tropas do Exército Vermelho — que cercaram e ocuparam a capital alemã e obrigaram Hitler a se matar, como um rato, em seu covil — a Alemanha nazista teria tido tempo de desenvolver sua própria bomba atômica e não teria sido derrotada.

Quem compara o socialismo ao nazismo, por uma questão de semântica, se esquece de que, sem a heroica resistência, o complexo industrial-militar, e o sacrifício dos povos da União Soviética — que perdeu na Segunda Guerra Mundial 30 milhões de habitantes — boa parte dos anticomunistas de hoje, incluídos católicos não arianos e sionistas, teriam virado sabão nas câmaras de gás e nos fornos crematórios de Auschwitz, Birkenau e outros campos de extermínio.
Espalha-se, na internet — e um monte de beócios, uns por ingenuidade, outros por falta de caráter mesmo, ajudam a divulgar isso — que o Golpe Militar de 1964 — apoiado e financiado por uma nação estrangeira, os Estados Unidos — foi uma contrarrevolução preventiva. O país era governado por um rico proprietário rural, João Goulart, que nunca foi comunista. Vivia-se em plena democracia, com imprensa livre e todas as garantias do Estado de Direito, e o povo preparava-se para reeleger Juscelino Kubitscheck presidente da República em 1965.

1964 foi uma aliança de oportunistas. Civis que há anos almejavam chegar à Presidência da República e não tinham votos para isso, segmentos conservadores que estavam alijados dos negócios do governo e oficiais — não todos, graças a Deus — golpistas que odiavam a democracia e não admitiam viver em um país livre.

Em um mundo em que há nações, como o Brasil, em que padres fascistas pregam abertamente, na internet e fora dela, o culto ao ódio, e a mentira da excomunhão automática de comunistas, as declarações do papa Francisco, lembrando que os marxistas são pessoas normais, como quaisquer outras — e não são os monstros apresentados pela extrema-direita fundamentalista e revisionista sob a farsa do “marxismo cultural” — representam um apelo à razão e um alento.

Depois de anos dominada pelo conservadorismo, podemos dizer, pelo menos até agora, que Habemus Papam, com a clareza da fumaça branca saindo, na Praça de São Pedro, em dia de conclave, das veneráveis chaminés do Vaticano.

Um Papa maiúsculo, preparado para fortalecer a Igreja, com o equilíbrio e o exemplo do Evangelho, e a inteligência, o sorriso, a determinação e a energia de um Pastor que merece ser amado e admirado pelo seu rebanho.

¿Por qué en medio del dolor los negros cantan, ríen y bailan?

           Miles de personas en toda África del Sur mezclaron el llanto con la danza, la fiesta con los lamentos por la muerte de Nelson Mandela. Es la forma como realizan culturalmente el rito de paso de la vida de este lado a la vida del otro lado, donde están los ancianos, los sabios y los guardianes del pueblo, de sus ritos y de sus normas éticas. Allí está ahora Mandela de forma invisible pero plenamente presente acompañando al pueblo que él tanto ayudó a liberar.

 

Momentos como estos nos hacen acordarnos de nuestra más alta ancestralidad humana. Todos tenemos nuestras raíces en África, aunque la gran mayoría no lo sepa o no le dé importancia. Pero es decisivo que volvamos a propiarnos de nuestros orígenes, que, de un modo u otro, están inscritos en nuestro código genético y espiritual.

 

Voy a referirme aquí a aspectos de un texto que escribí hace tiempo con el título: “Todos somos africanos” actualizado teniendo en cuenta la situación mundial, que ha cambiado. De entrada, es importante denunciar la tragedia africana: es el continente más olvidado y vandalizado por las políticas mundiales. Solamente cuentan sus tierras. Las compran grandes consorcios mundiales y China para organizar inmensas plantaciones de granos con el fin de asegurar la alimentación, no de África, sino de sus países, o para negociarlos en el mercado especulativo. Las famosas “land grabbing” juntas tienen la extensión de Francia entera. Hoy África es una especie de espejo retrovisor de cómo nosotros los humanos pudimos en el pasado, y todavía hoy podemos, ser inhumanos y terribles. La actual neocolonización es más perversa que la de siglos pasados.

 

Sin olvidar esta tragedia, concentrémonos en la herencia africana que se esconde en nosotros. Hoy en día hay consenso entre los paleontólogos y antropólogos cerca de que la aventura de la hominización se inició en África hace unos siete millones de años. Y luego se aceleró pasando por el homo habilis, erectus, neanderthalense hasta llegar al homo sapiens hace unos noventa mil años. Después de estar 4,4 millones de años en suelo africano, se trasladó a Asia, hace sesenta mil años; a Europa, hace cuarenta mil años; y a las Américas hace treinta mil años. Es decir, gran parte de la vida humana ha sido vivida en África, hoy olvidada y despreciada.

 

         África no es solamente el lugar geográfico de nuestros orígenes. Es el arquetipo primitivo, el conjunto de marcas impresas en el alma del ser humano. Fue en África donde el ser humano elaboró sus primeras sensaciones, donde se articularon sus crecientes conexiones neurales (cerebralización), brillaron los primeros pensamientos, irrumpió la creatividad y emergió la complejidad social que permitió el surgimiento del lenguaje y de la cultura. El espíritu de África está presente en todos nosotros.

 

Veo tres ejes principales del espíritu de África que pueden ayudarnos a superar la crisis sistémica global que nos asola.

 

El primero es la Madre Tierra, la Mama África. Al extenderse por los vastos espacios africanos, nuestros antepasados entraron en profunda comunión con la Tierra, sintiendo la conexión que todas las cosas guardan entre sí, las aguas, las montañas, los animales, los bosques y selvas, y las energías cósmicas. Necesitamos volver a apropiarnos de este espíritu de la Tierra para salvar a Gaia, nuestra Madre y única Casa Común.

 

El segundo eje es la matriz relacional (relational matrix, al decir de los antropólogos). Los africanos usan la palabra ubuntu que significa: “yo soy lo que soy porque pertenezco a la comunidad” o “yo soy lo que soy a través de ti y tú eres tú a través de mi”. Todos necesitamos unos de otros; somos interdependientes. Lo que la física cuántica y la nueva cosmología enseñan acerca de la interdependencia de todos con todos es una evidencia para el espíritu africano.

 

A esa comunidad pertenecen también los muertos como Mandela. Ellos no van al cielo, pues el cielo no es un lugar geográfico, sino un modo de ser de este mundo nuestro. Ellos se quedan en medio del pueblo como consejeros y guardianes de las tradiciones sagradas.

 

El tercer eje son los ritos y las celebraciones. Nos admira que se dedique un día entero a rezar por Mandela con misas y oraciones. Ellos sienten a Dios en la piel, los occidentales en la cabeza. Por eso, bailan y mueven todo el cuerpo mientras nosotros permanecemos fríos y rígidos como un palo de escoba.

 

Las experiencias importantes de la vida personal, social y estacional se celebran con ritos, danzas, músicas y presentaciones de máscaras. Estas representan energías que pueden ser benéficas o maléficas. Es en los rituales donde las fuerzas negativas y positivas se equilibran y se festeja la primacía del sentido sobre el absurdo. Si reincorporamos el espíritu de África, la crisis no tendrá que ser una tragedia.

 

Sabemos que a través de las fiestas y los ritos la sociedad rehace sus relaciones y se refuerza la cohesión social. Además no todo es trabajo y lucha. Está también la celebración de la vida, el rescate de las memorias colectivas y el recuerdo de las victorias sobre las amenazas vividas.

 

Me complace presentar el testimonio personal de uno de nuestros más brillantes periodistas, Washington Novaes: «Hace algunos años, en Sudáfrica África me impresionó ver que bastaba que se reuniesen tres o cuatro negros para empezar a cantar y a bailar con una amplia sonrisa. Un día, le comenté a un joven taxista: “Su pueblo sufrió y todavía sufre mucho. Pero basta que se reúnan unas pocas personas y ustedes ya están bailando, cantando y riendo. ¿De dónde viene tanta fuerza?” Y él me contestó: “Con el sufrimiento, aprendemos que nuestra alegría no puede depender de nada fuera de nosotros. Tiene que ser solo nuestra, estar dentro de nosotros”.

 

Nuestra población afrodescendiente nos da esa misma muestra de alegría, que ningún capitalismo ni consumismo puede ofrecer.

 

 

 

Traducción de Maria Jose Gavito Milano

 

Die Bedeutung der Spiritualität für die Gesundheit

 

In der Regel sind alle im Gesundheitsbereich arbeitenden Personen durch das moderne wissenschaftliche Paradigma geprägt, das eine klare Trennung zwischen Körper und Geist und zwischen Mensch und Natur zieht. Auf diese Weise wurden viele Spezialitäten geschaffen, die zur Vereinfachung der Diagnose von Krankheiten und zur Entwicklung von deren Heilmitteln beitrugen. 

 

Doch selbst wenn wir dies anerkennen, können wir nicht übersehen, dass die holistische Sichtweise dabei verloren ging: der Mensch innerhalb eines weiteren Konzepts von Gesellschaft, Natur und kosmischen Energien; Krankheit als ein Ausbruch aus dieser Ganzheit und Heilung als die Wiedereingliederung des Menschen.

 

Es gibt in uns eine Dimension, die dafür verantwortlich ist, diese Ganzheit zu kultivieren, die sich mit der strukturierenden Achse unseres Lebens beschäftigt, nämlich der spirituellen Dimension. Spiritualität kommt von Spiritus (= Geist), ist die Kultivierung dessen, was dem Geist eigen ist, seine Kapazität, eine vereinigende Vision anzustreben, sich mit allem zu verbinden, alle Dinge miteinander und mit der Urquelle aller Wesen zu vereinen oder diese Verbindung wiederherzustellen.

 

Ist der Geist Beziehung und Leben, so ist sein Gegenteil nicht Materie und Körper, sondern Tod als die Abwesenheit von Beziehungen. In diesem Sinne besteht Spiritualität aus jeder Haltung und Aktivität, die das Ausbreiten des Lebens begünstigt, die bewusste Beziehung, offene Kommunion, tiefe Subjektivität und Transzendenz als eine Seinsform, immer offen für neue Erfahrungen und neues Wissen.

 

Neurobiologen und Hirnforscher haben die biologische Grundlage der Spiritualität identifiziert. Sie befindet sich im Frontlappen des Gehirns. Durch empirische Studien entdeckten sie, dass immer dann eine Beschleunigung der periodisch wiederkehrenden Vibrationen der Neuronen in diesem Bereich zu beobachten sind, wenn globale Zusammenhänge begriffen werden, eine bedeutungsvolle Erfahrung der Ganzheit gemacht wird, wenn man sich endgültigen Wirklichkeiten, die mit Sinn angefüllt sind, auf existenzielle Weise nähert (nicht wie einem Studienobjekt), und wenn dies mit einer Haltung von Bewunderung, Ehrfurcht und Respekt geschieht. Die Wissenschaftler nennen dieses Phänomen den „Gottespunkt“ im Gehirn, oder das Auftauchen des „mystischen Geistes“ (Zohar, SQ: Spirituelle Intelligenz, 2004). Es ist wie ein inneres Organ, durch das die Präsenz des Unaussprechlichen  innerhalb der Realität wahrgenommen wird.

 

Dieses Fakt stellt für den Menschen einen evolutionären Vorteil dar, der als menschlich-spirituelles Wesen die Wirklichkeit durch den Frontallappen wahrnimmt und mit Erstaunen erkennt, dass es möglich ist, mit ihr in einen Dialog zu treten und eine enge Verbindung mit ihr einzugehen. Diese Möglichkeit verleiht dem Menschen Würde, denn sie verhilft zur  Spiritualität und führt den Menschen zu einem höheren Grad der Erkenntnis, auf dem er die Verknüpfung wahrnimmt, die alles zusammenhält und wieder miteinander verbindet. Der Mensch nimmt sich wahr als Teil dieses Ganzen.

 

Dieser „Gottespunkt“ zeigt sich durch wird durch unantastbare Werte aufgedeckt wie größeres Mitgefühl, mehr Solidarität und einen tieferen Sinn für Respekt und Würde. Um diesen „Gottespunkt“ zu erwecken, den Staub zu entfernen, der ihn durch eine exzessiv rationale und materialistische Kultur bedeckt, bedeutet, der Spiritualität zu ermöglichen, das Leben der Menschen zum Erblühen zu bringen.

 

Tatsächlich besteht Spiritualität nicht darin, über Gott nachzudenken, sondern Gott durch dieses innere Organ zu fühlen und Gottes Gegenwart und Handlung im Herzen zu erfahren. Wir nehmen Gott als Enthusiasmus wahr (im Griechischen bedeutet Enthusiasmus, Gott in sich zu tragen), der uns trägt und heilt, uns den Lebenswillen verleiht und beständig unserer Existenz Sinnhaftigkeit verleiht.

 

Welche Wichtigkeit geben wir dieser spirituellen Dimension in der Achtsamkeit für Gesundheit und Krankheit? Spiritualität besitzt in sich eine heilende Kraft. Das hat nichts mit Magie und Esoterik zu tun. Es geht darum, die Energien zu verstärken, die für die spirituelle Dimension charakteristisch sind, wie Intelligenz, Libido, Kraft und Zuneigung für andere Dimensionen des Menschlichen. Diese Energien sind stark positiv, so wie die Liebe zum Leben, die Öffnung für die anderen, das Errichten von geschwisterlichen Banden, die Fähigkeit zur Vergebung, Gnade und zur Empörung angesichts von Ungerechtigkeiten in der Welt, wie Papst Franziskus es beispielhaft vormacht.

 

Neben der Anerkennung der Wichtigkeit der bekannten Therapien gibt es immer noch ein supplément d’âme, wie es im Französischen genannt wird, eine Ergänzung zum bereits Existierenden, das uns durch die Faktoren, die durch andere Heilmittel entstehen, stärkt und bereichert. Das bestehende Modell der Medizin hat keineswegs ein Monopol auf Diagnose und Heilung. Aus diesem Grund eröffnet uns die Spiritualität einen Weg.

 

Zuerst einmal bestärkt Spiritualität das Vertrauen des Menschen in die regenerativen Energien des Lebens, in die Kompetenz des Arztes bzw. der Ärztin, in die gewissenhafte Pflege der Krankenschwestern/der Krankenpfleger. Von der Tiefen- und transpersonalen Psychologie kennen wir den therapeutischen Wert des Vertrauens in den normalen Lebenslauf. Vertrauen bedeutet im Grunde genommen zu sagen: Das Leben hat einen Sinn, ist wert, gelebt zu werden, hat eine innere Energie, die es nährt, es ist schön. Dieses Vertrauen gehört zu einer spirituellen Vision der Welt.

 

Zur Spiritualität gehört die Überzeugung, dass die Realität, wie wir sie wahrnehmen, aus mehr besteht als Analysen uns sagen können. Durch die inneren Sinne, durch Intuition und die geheimen Wege der Vernunft des Herzens finden wir Zugang zur Realität. Man kann sehen, dass der Ordnung der Vernunft eine andere Ordnung zugrunde liegt, wie der Nobelpreisträger David Bohm, der berühmte Quantenphysiker und Lieblingsschüler Einsteins, stets behauptete.

 

Diese zugrunde liegende Ordnung entspricht den sichtbaren Ordnungen und kann uns immer wieder überraschen. Oft sind selbst die Ärzte überrascht über die rasche Heilung mancher Patienten oder darüber, wie bisher als irreversibel eingeschätzte Zustände eine Wendung nehmen können und Heilung geschieht. In unserem tiefen Inneren können wir davon überzeugt sein, dass das Unsichtbare und Unwägbare Teil des Sichtbaren und Vorhersehbaren ist.

 

Zur Spiritualität gehört auch die felsenfeste Hoffnung, dass das Leben mit dem Tode nicht zu Ende ist, sondern dass es durch diesen verwandelt wird. Unser Traum, zum normalen Leben zurückzukehren, entfesselt positive Energien, die zur Regeneration des kranken Lebens beitragen.

 

Eine höhere Kraft liegt jedoch im Vertrauen darin, dass wir uns in der Hand Gottes befinden. Sich vertrauensvoll Seinem Willen hinzugeben, der ernsthafte Wunsch zur Heilung, aber auch die weise Akzeptanz, wenn Gott uns zu sich ruft: dies ist die Präsenz von spiritueller Energie. Wir sterben nicht; Gott kommt uns zu holen und dorthin zu bringen, wohin wir seit Ewigkeit gehören, in Sein Haus, um mit Ihm zusammen zu leben. Solche spirituellen Überzeugungen wirken wie Quellen lebendigen Wassers, Generatoren für Heilung und Lebenskraft. Das ist die Frucht der Spiritualität.

 

 übersetzt von Bettina  Gold-Hartnack