Kotscho é um dos mais sérios e premiados jornalistas do Brasil. Publicamos sua coluna por ser esclarecedora do que está sucedendo em nosso país: seu desmonte

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Bolsonaro & Moro: como eles se uniram para destruir o Brasil em quatro anos

Sergio Moro e Jair Bolsonaro, agora de costas um para o outro, foram parceiros na obra de destruição de um país - Marcos Oliveira/Agência Senado; Fernando Frazão/Agência Brasil
Sergio Moro e Jair Bolsonaro, agora de costas um para o outro, foram parceiros na obra de destruição de um país Imagem: Marcos Oliveira/Agência Senado; Fernando Frazão/Agência Brasil

Ricardo Kotscho Balaio do Kotscho

Colunista do UOL

05/12/2020 13h53

Apenas quatro anos atrás, os dois eram figuras menores no cenário político nacional.

Em 2016, um era juiz de primeira instância no Paraná e dava início à Operação Lava Jato, mas ninguém lhe dava muita atenção.

O outro era deputado folclórico do baixíssimo clero, um ex-tenente insubordinado, reformado como capitão, que resolveu se candidatar a presidente da República, mas ninguém o levava a sério.

Dois anos depois, o deputado virou presidente e o juiz se tornou seu ministro da Justiça. https://s.dynad.net/stack/928W5r5IndTfocT3VdUV-AB8UVlc0JbnGWyFZsei5gU.html

Não foi nada combinado, ao que parece, mas aconteceu.

Para que isso se tornasse possível, derrubou-se um governo, “com o Supremo, com tudo”, quebrou-se o sistema político-partidário e grandes empresas, prendeu-se o candidato favorito nas eleições de 2018 e se instalou uma nova ordem em nome do combate à corrupção, com o apoio dos generais, do mercado e de grande parte da mídia.

E assim chegamos ao final de 2020, sem vacinas e sem governo, com a economia e as instituições em frangalhos, o Judiciário e o Congresso desmoralizados, a pandemia fora de controle, contaminando e matando milhares de brasileiros todos os dias, a tropa de choque do Centrão de volta ao poder e o meio ambiente em combustão.

Em conflito com a China, a União Europeia e o novo governo americano, viramos párias na política internacional e motivo de deboche na mídia do mundo inteiro.

Agora, cada qual segue em caminhos separados: um já está em campanha pela reeleição, para completar o serviço de não deixar pedra sobre pedra, enquanto o outro acaba de assinar contrato milionário com uma consultoria americana para salvar as empresas brasileiras que ajudou a destruir.

Nem o mais alucinado roteirista de Hollywood seria capaz de criar um enredo como esse, em que 212 milhões de habitantes assistem impavidamente à destruição do seu país, correndo risco de vida, diante da inépcia do governo, que anuncia o início da imunização só para março e adia a compra de vacinas e seringas. Negacionismo e fundamentalismo matam.

Até lá, mantida a média atual de 775 óbitos por dia registrados em 24 horas, morrerão mais 44.545 brasileiros, como alerta hoje meu velho amigo Ascânio Seleme, em sua coluna no Globo.

“Difícil dizer quantas exatamente, mas muitas das dezenas de milhares de mortes que vão ocorrer nos primeiros meses do ano que vem devem ser atribuídas às estúpidas diretrizes políticas de Bolsonaro, obedecidas cegamente pelo imprevidente ministro Eduardo Pazuello”, escreve o colunista.

Em hospitais de São Paulo e do Rio, e em várias outras regiões do país, crescem as filas para quem aguarda uma vaga em UTI, e o sistema público de saúde já ameaça entrar em colapso.

Em Washington, onde vai morar, o ex-juiz Sergio Moro talvez tenha mais sorte de ser vacinado, deixando para trás um cenário de terra arrasada.

Entramos no modo salve-se quem puder.

Vida que segue.

Lamento de cautiverio y de liberación: día del asesinato del negro João Alberto Freitas en Porto Alegre, en el día de la conciencia negra

Leonardo Boff

                         Lamento de cautiverio y de liberación

En  este 20 de noviembre de 2020, en el que celebramos el día de la conciencia negra, día de reflexión contra el  racismo y de reconocimiento de la dignidad de la población da población negra en Brasil (más de la mitad de su población), fue cobardemente asesinado, a golpes y sofocado hasta la muerte el negro João Alberto Freitas, de 40 años, por dos vigilantes de  seguridad y un policía en un Carrefour de Porto Alegre-RS. Las escenas muestran una increíble brutalidad y  cobardía y revelan todo el racismo presente en sectores de la sociedad y cuan inhumanos y crueles podemos ser.  

En homenaje a João Alberto Freitas vuelvo a publicar un texto que escribí tiempo atrás pero que guarda permanente actualidad.

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La Pasión de Cristo continúa siglo tras siglo en el cuerpo de los crucificados. Jesús agonizará hasta el fin del mundo, mientras uno solo de su hermanas y hermanos esté pendiendo todavía de alguna cruz, a semejanza de los bodhisatwas budistas (los iluminados) que se detienen en el umbral del Nirvana para retornar al mundo del dolor –samsara– en solidaridad con quienes sufren, personas, animales y plantas. Con esta convicción, la Iglesia Católica, en la liturgia de Viernes Santo, pone en la boca de Cristo estas palabras conmovedoras:

“Pueblo mío, mi pueblo elegido ¿en qué te entristecí? Dime. ¿Qué más podría haber hecho por ti? ¿en qué te falté? Yo te hice salir de Egipto y te alimenté con maná. Te preparé una tierra hermosa; tú, la cruz para tu rey”.

Al celebrar la abolición de la esclavitud el 13 de mayo de 1888, nos damos cuenta de que aún no se ha completado. La pasión de Cristo continúa en la pasión del pueblo negro. Falta la segunda abolición, la de la miseria y el hambre. Se oyen todavía los lamentos de cautiverio y de liberación venidos de las senzalas, hoy de las favelas alrededor de nuestras ciudades. La población negra todavía nos habla en forma de lamento:

“Hermano mío blanco, hermana mía blanca, pueblo mío: ¿qué te hice yo, en que te entristecí? ¡Respóndeme!

Yo te inspiré la música cargada de banzo y el ritmo contagioso. Te enseñe cómo usar el bumbo, la cuica y el atabaque. Fui yo quien te dio el rock y la ginga de la samba. Y tú tomaste lo que era mío, te hiciste nombre y renombre, acumulaste dinero con tus composiciones y nada me devolviste.

Yo bajé de los cerros y te mostré un mundo de sueños, de una fraternidad sin barreras. Creé mil fantasías multicolores y te preparé la mayor fiesta del mundo: dancé el carnaval para ti. Y tú te alegraste y me aplaudiste de pie. Pero pronto, muy pronto, me olvidaste, reenviándome al cerro, a la favela, a la realidad desnuda y cruda del desempleo, del hambre y de la opresión.

Hermano mío blanco, hermana mía blanca, pueblo mío: ¿qué te hice yo, en que te entristecí? ¡Respóndeme!

Yo te di en herencia el plato del día-a-día, el fríjol y el arroz. De los restos que recibía hice la feijoada, el vatapá, el efó y el acarajé: la cocina típica de Brasil. Y tú me dejas pasar hambre. Y permites que mis niños mueran de hambre o que sus cerebros sean irremediablemente afectados, infantilizándolos para siempre

Yo fui arrancado violentamente de mi patria africana. Conocí el navío-fantasma de los negreros. Fui hecho cosa, pieza, esclavo. Fui la madre-negra para tus hijos. Cultivé los campos, cogí el tabaco y planté la caña. Hice todos los trabajos. Fui yo quien construyó las bellas iglesias que todos admiran y los palacios que habitaban los dueños de esclavos. Y tú me llamas perezoso y me detienes por vagabundeo. A causa del color de mi piel me discriminas y todavía me tratas como si fuera esclavo.

Hermano mío blanco, hermana mía blanca, pueblo mío: ¿qué te hice yo, en que te entristecí? ¡Respóndeme!

Yo supe resistir, conseguí huir y fundar quilombos o palenques: sociedades fraternales, sin esclavos, de gente pobre pero libre, negros, mestizos y blancos. A pesar de los azotes en mi espalda, trasmití la cordialidad y la dulzura al alma brasilera. Y tú me enviaste al capitán-do-mato para cazarme como a un bicho, arrasaste mis quilombos y aún hoy impides que la abolición de la miseria que esclaviza sea para siempre verdad cotidiana y efectiva.

Yo te mostré lo que significa ser templo vivo de Dios. Y, por eso, cómo sentir a Dios en el cuerpo lleno de axé y celebrarlo en el ritmo, en la danza y en las comidas. Y tú reprimiste mis religiones llamándolas ritos afro-brasileros o considerándolas simple folclore. Invadiste mis terreiros echándoles sal y destruyendo nuestros altares. No raras veces, hiciste de la macumba un caso policial. La mayor parte de los jóvenes asesinados en las periferias con edades entre 18 y 24 años son negros, y por el hecho de ser negros son sospechosos de estar al servicio de las mafias de la droga. La mayoría de ellos son simples trabajadores.

Hermano blanco, hermana mía blanca, pueblo mío: ¿qué te hice yo, en que te entristecí? ¡Respóndeme!

Cuando con mucho esfuerzo y sacrificio conseguí ascender un poco en la vida, ganando un salario trabajado, comprando mi casita, educando a mis hijos, cantando mi samba, apoyando a mi equipo preferido y pudiendo tomar el fin de semana una cervecita con los amigos, tú dices que soy un negro de alma blanca, disminuyendo así el valor de nuestra alma de negros dignos y trabajadores. Y en los concursos, en igualdad de condiciones, casi siempre decides a favor de un blanco.

Y cuando se pensaron políticas que reparasen la perversidad histórica, permitiéndome lo que siempre me negaste, estudiar y formarme en las universidades y en las escuelas técnicas y así mejorar mi vida y la de mi familia, la mayoría de los tuyos grita: va contra la constitución, es una discriminación, es una injusticia social.

Hermano blanco, hermana mía blanca, pueblo mío: ¿qué te hice yo, en que te entristecí? ¿Qué hiciste con mi hermano João Alberto Freitas cobardemente asesinado por dos vigilantes de seguridad y un policía en un Carrefour de Porto Alegre. ¡Respóndeme!

Mis hermanos y hermanas negros, en este día 20 de noviembre, día de Zumbi y de la conciencia negra, quiero homenajearles a todos ustedes que consiguieron sobrevivir durante todo este largo tiempo, porque la alegría, la música, la danza y lo sagrado están dentro de ustedes, a pesar de todo el viacrucis de sufrimientos que injustamente les son impuestos.

Con mucho axé y amorosidad

Leonardo Boff, teólogo, filósofo y escritor.

Traducción de Maria José Gavito Milano

O Covid-19 questiona o sentido da vida

                                                      Leonardo Boff

A intrusão do Covid-19 atingindo todo o planeta e dizimando mais de um milhão de vidas sem poderem ser veladas e receberem o último carinho de seus familiares, além de infectar outras milhões de pessoas, suscitou a perturbadora pergunta: qual o sentido da vida? Por que esse sofrimento todo? O que a natureza nos quer dizer com esse vírus invisível que colocou de joelhos todas as potências militaristas tornando ineficazes suas armas de destruição em massa? O Covid-19 caiu como um meteoro rasante sobre o sistema do capital e o neoliberalismo. Seus mantras foram destroçados. Adiantou alguma coisa o lema de Wall Street: “greed is good”=a cobiça é boa? Ninguém come computadores,nem se alimenta dos algoritmos da inteligência artificial.

Qual eram os dogmas da fé capitalista e neoliberal? O essencial é o lucro, no menor tempo possível, a concorrência feroz, a acumulação individual  ou corporativa, o saque cruel dos recursos da natureza, deixando as externalidades por conta do estado, a indiferença face à taxa de iniquidade social e ambiental, a postulação de um Estado mínimo para escapar das leis limitantes e poder acumular mais desimpedidamente.

Se tivéssemos seguido estes mantras,o extermínio de vidas humanas seria incalculável. Sem políticas públicas as pessoas seriam tragadas por um destino atroz.

O que nos tem salvado? Aqueles valores e atitudes ausentes no sistema do capital e neoliberal: a percepção de que não somos “deuses” mas totalmente vulneráveis e mortais, expostos à imprevisibilidade. O que conta não é o lucro mas a vida; não é a concorrência mas a solidariedade; não é individualismo mas a cooperação entre todos; não é o assalto aos bens e serviços da natureza mas o seu cuidado e proteção; não é um estado mínimo, mas o estado suficientemente apetrechado para atender as demandas urgentes da população. Dito diretamente: o que vale mais a vida ou o lucro? A natureza ou a sua expoliação desenfreada?

Responder a estas perguntas impostergáveis é interrogar-se sobre o sentido ou o absurdo de nossa vida, pessoal e coletiva. O isolamento social é uma espécie de retiro existencial que a situação nos impôs. Cria-se a oportunidade de colocar estas questões inadiáveis.Nada é fortuito nesse mundo. Tudo guarda uma lição ou um sentido secreto que cabe desvendar, por mais perplexa que seja a realidade. O que não podemos é permitir que esse sofrimento coletivo seja em vão. Ele funciona como um crisol que purifica o ouro, que acrisola nossa mente, e põe em xeque certos hábitos a serem revistos e  novos a serem incorporados especialmente com referência à nossa relação para com a natureza e o tipo de sociedade que queremos, menos perversa e mais solidária.

Todos falam da medicina, da técnica e dos insumos e principalmente da busca ansiosa de uma vacina contra o Covid-19. Poucos são os que falam da natureza. Precisamos considerar o contexto da irrupção do coronavírus. Ele não é isolado. Veio da natureza que por séculos foi saqueada irresponsavelmente pelo processo industrialista do capitalismo e também do socialismo, no falso pressuposto de que a Terra teria recursos infinitos. Desmatamos impiedosamente e assim destruímos os habitats dos milhares de vírus que vivem nos animais e até nas plantas. Perdendo sua “morada natural” buscam em nós um lugar de sobrevivência. Desta forma temos conhecido uma vasta gama de vírus como o zica, o chikungunya,o ebola, a série derivados do SARS como o Covid-19 entre outros.

Temos a ver com um contra-ataque da natureza ou da Mãe Terra contra a humanidade, que querem nos transmitir uma severa admoestação:”parem com a agressão impiedosa, destruindo as bases físico-químicas-ecológicas que sustentam a vossa vida; caso contrário poderemos lhes mandar vírus muito mais letais que poderão dizimar bilhões de vocês, da espécie humana, e afetar gravemente a biosfera,aquela fina capa um pouco maior que um fio da navalha que garante a continuidade da vida”.

Predominarão estas advertências vitais ou o afã de acumular e garantir os interesses materiais? Teremos suficiente sabedoria para responder à alternativa que Aquele Ser que faz ser todos os seres:“proponho-vos a vida e a morte, a bênção e a maldição; escolhe a vida para que vivas com tua descendência”(Deut 30,19)?

Portadores de uma fé num `Deus, apaixonado amante da vida”(Sab 11,26) apostamos ainda num sentido da história e da vida. Elas escreverão a  última página da saga humana, construída com tanto esforço neste planeta.

Isso porém não nos deve desviar o olhar sobre o que está ocorrendo no cenário mundial e especificamente no brasileiro onde um chefe de estado, negacionista, não tem como projeto cuidar de seu povo e de nossa luxuriante natureza.Com desprezo e ironia assiste qual Nero que assistia Roma sendo queimada e ele tocando cítara.

A despeito disso tudo, nossa esperança não morre. Como afirma a Fratelli tutti do Papa Francisco: “A esperança nos fala de uma realidade enraizada no profundo do ser humano, independentemente das circunstâncias concretas e dos condicionamentos históricos em que vive”(n.55). Aqui ressoa o princípio esperança, que é mais que uma virtude, mas um princípio, motor interior, que projeta sonhos e visões novas, tão bem formulado pelo filósofo alemão  Ernst Bloch em seu O Princípio Esperança. Esta esperança nos resgatará um sentido de viver neste pequeno e amado planeta Terra.

Apesar de sermos seres contraditórios, feitos simultaneamente de luz e de sombras, cremos que a luz triunfará. Atestam-nos tantos bioantropólogos e neurocientistas: somos por essência seres de bondade e de cooperação. Vigora uma bondade fundamental na vida.

O homem comum que compõe  a grande maioria, se levanta, perde precioso tempo de vida nos ônibus, vai ao trabalho, não raro penoso e mal remunerado, luta pela família, se preocupa com a educação de seus filhos, sonha com um país melhor. Surpreendentemente, é capaz de gestos generosos, auxiliando um vizinho mais pobre do que ele e, em casos extremos, arrisca a vida, para salvar  uma inocente menina  ameaçada de estupro.Nele está agindo o princípio esperança.

Nesse contexto não me furto de citar os sentimentos de um de nossos maiores escritores modernos Erico Veríssimo. Em seu famoso “Olhai os lírios do campo”:

“Se naquele instante caísse na terra um habitante de Marte, havia de ficar embasbacado ao verificar que num dia tão maravilhosamente belo e macio, de sol tão dourado, os homens em sua maioria estavam metidos em escritórios, oficinas, fábricas … E se perguntasse a qualquer um deles: ‘Homem, por que trabalhas com tanta fúria durante todas as horas de sol?’ – ouviria esta resposta singular: ‘Para ganhar a vida’. E no entanto a vida ali estava a se oferecer toda, numa gratuidade milagrosa. Os homens viviam tão ofuscados por desejos ambiciosos que nem sequer davam por ela. Nem com todas as conquistas da inteligência tinham descoberto um meio de trabalhar menos e viver mais. Agitavam-se na terra e não se conheciam uns aos outros, não se amavam como deviam. A competição os transformava em inimigos. E havia muitos séculos, tinham crucificado um profeta que se esforçara por lhes mostrar que eles eram irmãos, apenas e sempre irmãos.(Olhai os Lírios do Campo,Civilização Brasileira, Rio de Janeiro 1973. p. 292).

A intrusão do Codiv-19 revelou estas virtudes, presentes nos humanos mas de modo especial nos pobres e nas periferias, porque lá se refugiaram, pois nas cidades impera a cultura do capital, com seu individualismo e falta de sensibilidade face à dor e ao sofrimento das grandes maiorias da população.

O que se esconde atrás destes gestos cotidianos de solidariedade? Esconde-se o princípio esperança e a confiança de que, apesar de tudo, vale a pena viver porque a vida, na sua profundidade, é boa e foi feita para ser levada com coragem que produz autoestima e sentido de valor.

Há aqui uma sacralidade que não vem sob o signo religioso  mas sob a perspectiva do ético, do viver corretamente e do fazer o que deve ser feito.  

O renomado sociólogo austríaco-norte-americano Peter Berger, já falecido, escreveu um brilhante livro, relativizando a tese de Max Weber sobre a total secularização da vida moderna com o título:”Um rumor de anjos: a sociedade moderna e a redescoberta do sobrenatural (Vozes 1973/2013). Aí descreve inúmeros sinais (chama de “rumor de anjos”) que mostram o sagrado da vida e o sentido secreto  que ela sempre guarda, a despeito de todo caos e dos contrassensos históricos.

Aduzo, na esteira de Peter Berger, apenas um exemplo banal, entendido por todas as mães que acalentam suas crianças à noite.

Uma delas acorda sobressaltada. Teve um pesadelo, percebe a escuridão, sente-se só e é tomada pelo medo. Grita pela mãe. Esta se levanta, toma a criancinha no colo e no gesto primordial da magna mater cerca-a de carinho e de beijos,fala-lhe coisas doces e sussurra:”Filhinha, não tenha medo; sua mãe está aqui. Está tudo bem e está tudo em ordem, querida”. A criança deixa de soluçar. Reconquista a confiança e um pouco mais e mais um pouco, adormece, serenada e reconciliada com a escuridão.

Esta cena tão comum, esconde algo radical que se manifesta na pergunta: será que a mãe não está enganando a criança? O mundo não está em ordem, nem tudo está bem. E contudo, estamos certos: a mãe não está enganando sua filhinha. Seu gesto e palavras revelam que, não obstante a desordem reinante, impera uma ordem profunda  e secreta.

 Assim cremos que os tempos de Covid-19, tão dramáticos, hão de passar. Esperamos e como esperamos que, por debaixo deles e dentro deles, vai se fortalecendo uma ordem abscôndita que, quando tudo passar,  irá irromper.

Assim a sociedade e a inteira humanidade poderão caminhar rumo a um sentido maior, cujo desenho final nos escapa. Mas intuímos desde sempre, que ele existe e será bom.  A ele caberá escrever a última  página  com um happy end. Como escreveu o filósofo do Princípio Esperança, Ernst Bloch, verificaremos que o verdadeiro gênesis não estava no começo das coisas mas no seu fim. Só então será verdade: “Deus viu tudo quanto havia feito e achou que estava muito bom”(Gen 1,31).

Leonardo Boff é teólogo, filósofo e escritor e escreveu Saudade de Deus”, Vozes 2019.