En medio de la irracionalidad de la guerra, hay que rescatar el sentido común

                        Leonardo Boff*

Con la guerra en Ucrania, llevada a cabo por Rusia, con el peligro de una hecatombe nuclear que comprometería la biosfera y la vida humana, y el predominio del egoísmo a nivel internacional en el enfrentamiento  contra la Covid-19, y la ascensión del nazifascismo con su ola de odio y de violencia, y el pensamiento reaccionario y ultraconservador en varias partes del mundo, se está revelando la irracionalidad de la razón moderna.

Si perdemos la razón perdemos los criterios que orientan nuestras prácticas y los seres humanos demuestran comportamientos enloquecidos.

En momentos así, tenemos que recurrir a lo que es más fundamental en la vida humana: el sentido común crítico. El sentido común, crítico y no ingenuo, ha sido siempre el gran orientador anticipado de nuestras prácticas para que mantengan su nivel humano y mínimamente ético.

¿Qué es el buen sentido? Decimos que alguien tiene buen sentido cuando tiene la palabra correcta para cada situación, el comportamiento adecuado y cuando atina con el núcleo de la cuestión. El sentido común está ligado a la sabiduría concreta de la vida. Es distinguir lo esencial de lo secundario. Es la capacidad de ver y de poner las cosas en el sitio que les corresponde.

El buen sentido es lo opuesto a la exageración. Por eso, el loco y el genio, que en muchos puntos se aproximan, aquí se distinguen sustancialmente. El genio es aquel que radicaliza el sentido común. El loco, radicaliza lo exagerado.

Para concretar el sentido común, tomemos dos ejemplos de figuras arquetípicas: el más próximo, el Papa Francisco, y el más originario, Jesús de Nazaret.

El eje estructurador de la retórica del Papa Francisco no son las doctrinas ni los dogmas de la Iglesia Católica. No es que las aprecie menos, sabe que son  elaboraciones teológicas creadas históricamente. Pero ellas han provocado conflictos y guerras de religión, cismas, excomuniones, teólogos y mujeres (como Juana de Arco y otras tenidas por “brujas”) quemados en la hoguera de la Inquisición. Esto ha sido así durante siglos, y el autor de estas líneas tuvo una amarga experiencia personal en el cubículo donde se interrogaba a los acusados en el severo y oscuro edificio de la ex-Inquisición, a la izquierda de la basílica de San Pedro según se la mira de frente.

El Papa Francisco revolucionó el pensamiento de la Iglesia remitiéndose a la práctica de enorme buen sentido del Jesús histórico. Él rescató lo que hoy se llama “la Tradición de Jesús” que es anterior a los  evangelios  que tenemos, escritos 30-40 años después de su ejecución en la cruz.

La Tradición de Jesús o también el camino de Jesús, como se llama en los Hechos de los Apóstoles, se funda más en valores e ideales que en doctrinas. Para el Papa son esenciales el amor incondicional, la misericordia, el perdón, la justicia  para con los oprimidos, la centralidad de los pobres y marginados, la total apertura a Dios-Abbá (Papá querido). Estos son los valores axiales que orientan sus intervenciones, y los revela concretamente en sus gestos de bondad, de cuidado, particularmente hacia los emigrados de Oriente Medio, de África, y  ahora de Ucrania, así como con las víctimas de los pedófilos, algunos de la misma Iglesia.

Volvámonos a Jesús de Nazaret. Él no pretendió fundar una nueva religión. Él quería enseñarnos a vivir. A vivir con fraternidad, solidaridad y cuidado de unos a otros y total  apertura a Dios-Abbá. Estos son los contenidos de su mensaje: el Reino de Dios y la misericordia ilimitada de su Dios de infinita bondad.

Como nos dan testimonio los evangelios, demostró ser un genio del buen sentido. Un frescor sin analogías atraviesa todo lo que dice y hace. Dios en su bondad, el ser humano con su fragilidad, la sociedad con sus contradicciones y la naturaleza con su esplendor aparecen en una inmediatez cristalina. No hace teología. No apela a principios morales  superiores. Ni se pierde en una casuística tediosa y sin corazón como lo hacían y hacen los fariseos de ayer y de hoy. Sus palabras y actitudes muerden de lleno en lo concreto donde la realidad sangra y él, ante los que sufren, los consuela, los cura y hasta los resucita.

Sus amonestaciones son incisivas y directas: “reconcíliate con tu hermano”(Mt 5,24). “No juréis de ninguna manera”(Mt 5, 34). “No resistáis a los malos”(Mt 5,39), “amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen”(Mt 5,44). “Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”(Mt 6, 3).

Este buen sentido le ha faltado, no pocas veces, a la Iglesia institucional (papas, obispos y curas), especialmente en cuestiones morales ligadas a la sexualidad y a la familia. Aquí se ha mostrado severa e implacable. Sacrifica a las personas en su dolor a los principios abstractos. Se rige antes por el poder que por la misericordia. Y los santos y sabios nos advierten: donde impera el poder, se desvanece el amor y desaparece la misericordia.

¡Qué distinto es con Jesús y con el  Papa Francisco! La cualidad principal de Dios, nos dice el Maestro y lo repite continuamente el Papa, es la misericordia. Jesús es contundente: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6, 36).

El Papa Francisco explica el sentido etimológico de la  misericordia: miseris cor dare: “dar el corazón  a los míseros”, a los que padecen. En el Angelus del 6 de abril de 2014 dijo con voz alterada: “Escuchad bien: no existe ningún límite para la misericordia divina ofrecida a todos”. Pide que la multitud repita con él: “No existe ningún límite para la misericordia divina ofrecida a todos”.

Parece teólogo cuando recuerda la idea de Santo Tomás de Aquino sobre la práctica de la misericordia: es la mayor de las virtudes “porque es propio de ella derramarse hacia los demás y, mas aún, ayudarlos en sus debilidades”.

Lleno de misericordia ante los peligros de la epidemia de zica, abre espacio al uso de anticonceptivos. Se trata de salvar vidas: “evitar el embarazo no es un mal absoluto”, dijo en su visita a México. Durante la pandemia de Covid-19 ha hecho continuos  llamamientos a la solidaridad y al cuidado, especialmente de los niños y los ancianos. Sus llamamientos a la paz en el conflicto bélico de Rusia contra Ucrania han sido fuertes. Llegó a decir: “Señor detén el brazo de Caín. Y una vez detenido, cuida de  él, pues es nuestro hermano”.

A los nuevos cardenales les dijo con todas las palabras: “La Iglesia no condena para siempre. El castigo es para este tiempo”. Dios es un misterio de inclusión y de comunión, nunca de exclusión. La misericordia triunfa siempre. No puede perder a un hijo o a una hija que ha creado con amor (cf. Sab 11,21-24).

Lógicamente, en el Reino de la Trinidad no se entra de cualquier manera. Se pasará por la clínica purificadora de Dios hasta que las personas salgan purificadas.

Tal mensaje es verdaderamente liberador. El confirma su exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”. Dicha alegría se ofrece a todos, también a los no cristianos, porque es un camino de humanización y de liberación.

Es el triunfo del sentido común que tanto nos falta en este momento dramático de nuestra historia, cuyo destino está en nuestras manos. El Papa Francisco y Jesús de Nazaret aparecen como inspiradores de buen sentido, de misericordia y de una humanidad radical. Estas son las actitudes que podrán salvarnos.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito Habitar la Terra: ¿Cuál es el camino para la fraternidad universal? Vozes 2021; Nostalgia de Dios: la fuerza de los humildes, Vozes 2020.

Traducción de María José Gavito Milano

Der Irrsinn der Reiter der Apokalypse: Russland und USA

Das Buch der Offenbarung, das die letzten Auseinandersetzungen unserer Geschichte zwischen den Mächten des Todes und denen des Lebens schildert, malt uns ein feuriges Pferd, das den Krieg symbolisiert: “Der Reiter wurde gegeben, um den Frieden auf der Erde zu vertreiben, damit die Menschen sich gegenseitig enthaupten” (6,4). Der Krieg zwischen Russland und der Ukraine und der Befehl des russischen Präsidenten, die Atomwaffen in höchster Alarmbereitschaft zu halten, provozieren uns zu der Aktion des Feuerpferdes, der Enthauptung der Menschheit, besser gesagt, einem menschlichen Armageddon.

Die von der NATO und den USA gegen die Russische Föderation verhängten strengen Sanktionen können zum Zusammenbruch der gesamten russischen Wirtschaft führen. Angesichts dieser nationalen Katastrophe besteht die Möglichkeit, dass der russische Führer die Niederlage nicht akzeptiert, als ob Napoleon (1812) oder Hitler (1942) das Land eingenommen hätten, was ihnen nicht gelungen ist. Dann würde er die Drohungen wahr machen und einen Atomschlag ausführen. Allein Russlands Arsenal ist in der Lage, mehrmals alles Leben auf dem Planeten vernichten. Und ein Schlag kann die gesamte Biosphäre schädigen, ohne die unser Leben nicht überleben könnte.

Hinter der Konfrontation zwischen Russland und der Ukraine verbergen sich mächtige Kräfte, die um die Vorherrschaft in der Welt kämpfen: Russland, verbündet mit China, und den USA. Die Strategie der letzteren ist mehr oder weniger bekannt und wird von zwei Hauptideen geleitet: “Eine Welt und ein Imperium” (die USA), garantiert durch die Dominanz des gesamten Spektrums: Dominanz in allen Bereichen mit 800 über die ganze Welt verteilten Militärbasen, aber auch wirtschaftliche, ideologische und kulturelle Dominanz.

Eine solche vollständige Beherrschung würde den Anspruch der USA untermauern, “außergewöhnlich” zu sein, “die unverzichtbare und notwendige Nation”, der “Anker der globalen Sicherheit” oder die “einzige wirkliche Weltmacht” zu sein. In diesem imperialen Willen hat sich die NATO, hinter der die USA stehen, bis an die Grenzen Russlands ausgedehnt. Alles, was noch fehlte, war die Einbindung der Ukraine, um die Belagerung zu vervollständigen. An der ukrainischen Grenze platzierte Raketen würden Moskau innerhalb weniger Minuten erreichen.

Daher die Forderung Russlands, die Ukraine müsse neutral bleiben, da sie sonst überfallen werden würde. Genau das ist geschehen incl. der Perversitäten, die jeder Krieg hervorbringt. Kein Krieg ist zu rechtfertigen, da er Menschenleben tötet und dem Sinn der Dinge zuwiderläuft, der in der Tendenz besteht, im Dasein zu verharren.

China wiederum bestreitet die Weltherrschaft nicht mit militärischen Mitteln, auch nicht im Bündnis mit Russland, sondern mit wirtschaftlichen Mitteln durch seine Großprojekte wie die Seidenstraße. Auf diesem Gebiet übertrifft es die USA und würde die Weltherrschaft sogar mit einem bestimmten ethischen Ideal erreichen, nämlich der Schaffung einer “Schicksalsgemeinschaft der gesamten Menschheit, deren Gesellschaften ausreichend versorgt sind“.

Aber ich möchte diese kriegerische Perspektive, die wirklich verrückt bis selbstmörderisch ist, nicht ausdehnen. Doch diese Konfrontation der Mächte offenbart die Unkenntnis der Akteure auf der Leinwand über die realen Risiken für den Planeten, die auch ohne Atomwaffen das menschliche Leben gefährden könnten. Es muss gesagt werden, dass sich alle Arsenale von Massenvernichtungswaffen angesichts eines winzigen Virus wie Covid-19 als völlig nutzlos und lächerlich erwiesen haben.

Dieser Krieg zeigt, dass die Verantwortlichen für das Schicksal der Menschheit die grundlegende Lektion von Covid-19 nicht gelernt haben. Die Epidemie hat die nationalen Souveränitäten und Grenzen nicht respektiert, sie hat den gesamten Planeten erfasst. Die Epidemie erfordert angesichts eines globalen Problems die Einrichtung einer globalen Kontrolle. Die Herausforderung geht über die nationalen Grenzen hinaus, sie besteht darin, ein gemeinsames Haus zu bauen.

Sie haben nicht erkannt, dass das große Problem in der globalen Erwärmung besteht. Wir sind bereits mittendrin, denn die fatalen Ereignisse wie Überschwemmungen ganzer Regionen, Taifune und Trinkwasserknappheit sind sichtbar. Wir haben nur 9 Jahre Zeit, um eine Situation zu vermeiden, in der es kein Zurück mehr gibt. Wenn wir bis 2030 eine Erwärmung von 1,5 Grad Celsius erreichen, werden wir nicht mehr in der Lage sein, sie zu kontrollieren und auf einen Zusammenbruch des Erdsystems und der Lebenssysteme zusteuern.

Wir haben die Grenzen der Nachhaltigkeit der Erde erreicht. Earth Overshoot-Daten zeigen, dass bis zum 22. September 2020 die nicht erneuerbaren Ressourcen, die für das Leben notwendig sind, erschöpft sein werden. Der anhaltende Konsumismus verlangt von der Erde mehr, als sie zu geben in der Lage ist. Als Antwort darauf schickt sie uns tödliche Viren, verstärkt die Erwärmung, destabilisiert das Klima und dezimiert Tausende von Lebewesen.

Überbevölkerung in Verbindung mit einer katastrophalen sozialen Ungleichheit, bei der die große Mehrheit der Menschheit in Armut und Elend lebt, während 1 % von ihnen 90 % des Reichtums und der lebenswichtigen Güter und Dienstleistungen kontrolliert, kann zu Konflikten mit unzähligen Opfern und zur Zerstörung ganzer Ökosysteme führen.

Dies sind unter anderem die Probleme, die die Staatsoberhäupter, die Vorstandsvorsitzenden der großen Unternehmen und die Bürger und Bürgerinnen beschäftigen sollten, weil sie die Zukunft der gesamten Menschheit unmittelbar gefährden. Angesichts dieses globalen Risikos ist ein Krieg um Einflusszonen und überholte Souveränitäten geradezu lächerlich.

Was uns Hoffnung gibt, sind die anonymen “Noahs”, die überall von unten her aufkeimen und ihre rettenden Archen durch eine Produktion errichten, die die Grenzen der Natur respektiert, durch Agrarökologie, durch solidarische Gemeinschaften, durch partizipative sozio-ökologische Demokratien, die von ihrem eigenen Territorium aus arbeiten. Sie haben die Kraft der Saat des Neuen, und mit einem neuen Geist (die Erde als Gaia) und einem neuen Herzen (ein Band der Zuneigung und der Sorge für die Natur) garantieren sie eine neue Zukunft im Bewusstsein der universellen Verantwortung und der globalen Interdependenz. Sie kämpfen gegen den Hunger und gegen die Produktion des Todes, sie kämpfen für Gerechtigkeit für alle, für die Förderung des Lebens und für die Verteidigung der Schwächsten und Bedürftigsten.

Sie sind nicht allein. Es gibt mächtige Kräfte mit einer anderen Vision von notwendiger Entwicklung, die sich nicht der kapitalistischen Logik unterwerfen, sondern im Einklang mit der Natur produzieren und Träger der Hoffnung auf eine andere notwendige Welt sind.

Das ist es, was sein muss. Und das, was sein soll, hat eine unbesiegbare Kraft in sich.

Leonardo Boff Theologe und Schrifsteller.

Merciless attacks against Pope Francis, “righteous among the nations”

                                  Leonardo Boff*

Since the beginning of his pontificate nine years ago, Pope Francis has been receiving furious attacks from traditionalist Christians and white supremacists almost all from the North of the world, the United States and Europe. They even made a plot, involving millions of dollars, to depose him, as if the Church were a company and the Pope its CEO. All in vain. He continues on his way in the spirit of the evangelical beatitudes of the persecuted.

The reasons for this persecution are various: geopolitical reasons, power disputes, another vision of the Church and the care of the Common Home.

I raise my voice in defense of Pope Francis from the periphery of the world, from the Great South. Let us compare the numbers: only 21.5% of Catholics live in Europe, 82% live outside it, 48% in America. We are, therefore, the vast majority. Until the middle of the last century the Catholic Church was a first world Church. Now it is a third and fourth world Church, which, one day, originated in the first world. A geopolitical question arises here. European conservatives, with the exception of notable Catholic organizations of solidarity cooperation, nurture a sovereign disdain for the South, especially for Latin America.

The Church as a great institution was an ally of colonization, an accomplice of indigenous genocide and a participant in slavery. A colonial Church was implanted here, a mirror of the European Church. But for more than 500 years, despite the persistence of the mirror Church, there has been an ecclesiogenesis, the genesis of another way of being church, a church, no longer mirror but source:

 it was incarnated in the local indigenous-black-mestizo and immigrant culture of peoples from 60 different countries. From this amalgam, its style of worshipping God and celebrating, of organizing its social pastoral care alongside the oppressed struggling for their liberation, was born. It projected a theology appropriate to its liberating and popular practice. It has its prophets, confessors, theologians, saints, and many martyrs, among them the Archbishop of San Salvador, Oscar Arnulfo Romero.

This type of Church is fundamentally composed of basic ecclesial communities, where the dimension of communion of equals is lived, all brothers and sisters, with their lay coordinators, men and women, with priests inserted among the people and bishops, never with their backs to the people as ecclesiastical authorities, but as shepherds at their side, with the “smell of sheep”, with the mission of being the “defenders et advocati pauperum” as it was said in the primitive Church. Popes and doctrinal authorities of the Vatican tried to curtail and even condemn such a way of being Church, not infrequently with the argument that they are not Church because they do not see in them the hierarchical character and the Roman style.

This threat lasted for many years until, finally, the figure of Pope Francis burst in. He came from the soup of this new ecclesial culture, well expressed by the non-exclusive preferential option for the poor and by the various strands of liberation theology that accompany it. He gave legitimacy to this way of living the Christian faith, especially in situations of great oppression.

But what is most scandalizing to traditionalist Christians is his style of exercising the ministry of unity in the Church. He no longer presents himself as the classic pontiff, dressed in pagan symbols borrowed from the Roman emperors, especially the famous “mozzeta”, that little banking cap full of symbols of the absolute power of the emperor and the pope. Francis quickly got rid of it and wore a simple white “mozzeta”, like that of the great prophet of Brazil, dom Helder Câmara, and his iron cross without any jewels.

 He refused to live in a pontifical palace, which would have made St. Francis rise from the grave to take him where he chose: in a simple guest house, Santa Marta. There he enters the line to be served and eats together with everyone else. With humor we can say that this way it is more difficult to poison him. He does not wear Prada, but his old and worn-out shoes. In the pontifical yearbook in which a whole page is used with the honorific titles of the Popes, he simply renounced them all and wrote only Franciscus, pontifex.

In one of his first pronouncements he clearly stated that he was not going to preside over the Church with canon law but with love and tenderness. Countless times he repeated that he wanted a poor Church and a Church of the poor.

The whole great problem of the Church-great-institution lies, since the emperors Constantine and Theodosius, in the assumption of political power, transformed into sacred power (sacra potestas). This process reached its culmination with Pope Gregory VII (1075) with his bull Dictatus Papae, which well translated is the “Dictatorship of the Pope“. As the great ecclesiologist Jean-Yves Congar says,, this Pope consolidated the most decisive change in the Church that created so many problems and from which it has never been freed: the centralized, authoritarian and even despotic exercise of power. In the 27 propositions of the Bull, the Pope is considered the absolute lord of the Church, the sole and supreme lord of the world, becoming the supreme authority in the spiritual and temporal realms. This has never been denied.

It is enough to read Canon 331 in which it is said that “the Pastor of the universal Church has ordinary, supreme, full, immediate and universal power”. This is unheard of: if we cross out the term Pastor of the universal Church and put in God, it works perfectly. Who among humans, if not God, can attribute to himself such a concentration of power? It is significant that in the history of the Popes there has been a crescendo in the pharaohism of power: from successor of Peter, the Popes came to consider themselves representatives of Christ. And as if that were not enough, representatives of God, being even called deus minor in terra.

Here the Greek hybris is realized and what Thomas Hobbes states in his Leviathan: “I point out, as a general tendency of all men, a perpetual and restless desire for power and more power, which only ceases with death. The reason for this lies in the fact that power cannot be secured except by seeking still more power.” This, then, has been the trajectory of the Catholic Church in relation to power, which persists to this day, a source of polemics with the other Christian Churches and of extreme difficulty in assuming the humanistic values of modernity.

It is light years away from the vision of Jesus who wanted a power-service (hierodulia) and not a power-hierarchy (hierarchy).

Pope Francis is moving away from all this, which causes indignation to conservatives and reactionaries, clearly expressed in the book of 45 authors of October 2021: From Benedict’s Peace to Francis’s War organized by Peter A. Kwasniewski. We would turn it around like this: From Benedict’s Peace of Pedophiles (covered up by him) to Francis’ War on Pedophiles (condemned by him). It is known that a Munich court found evidence to incriminate Pope Benedict XVI for his leniency with pedophile priests.

There is a problem of ecclesiastical geopolitics: the traditionalists reject a Pope who comes “from the end of the world”, who brings to the center of power of the Vatican another style, closer to the grotto of Bethlehem than to the palaces of the emperors. If Jesus appeared to the Pope on his walk through the Vatican gardens, he would surely say to him: “Peter, on these palatial stones I would never build my Church”. This contradiction is lived by Pope Francis, because he renounced the palatial and imperial style.

There is, in fact, a clash of religious geopolitics, between the Center, which has lost hegemony in number and influence but retains the habits of authoritarian exercise of power, and the Periphery, with a numerical majority of Catholics, with new churches, with new styles of living the faith and in permanent dialogue with the world, especially with the condemned of the Earth, which always has a word to say about the wounds that bleed in the body of the Crucified One, present in the impoverished and oppressed.

Perhaps what most bothers Christians anchored in the past is the Pope’s vision of the Church. Not a castle Church, closed in on herself, in her values and doctrines, but a “field hospital” Church always “going out to the existential peripheries”. She welcomes everyone without asking about their creed or their moral situation. It is enough that they are human beings in search of meaning in life and suffering from the adversities of this globalized, unjust, cruel and merciless world. He directly condemns the system that gives centrality to money at the cost of human lives and at the cost of nature.

He has held several world meetings with popular movements. In the last one, the fourth, he explicitly said: “This system (capitalist), with its implacable logic, escapes human domination; it is necessary to work for more justice and to cancel this system of death”. In Fratelli tutti he condemns it forcefully.

He is guided by what is one of the great contributions of Latin American theology: the centrality of the historical Jesus, poor, full of tenderness for those who suffer, always at the side of the poor and marginalized. The Pope respects dogmas and doctrines, but it is not through them that he reaches the hearts of the people.

For him, Jesus came to teach how to live: total trust in God-Abba, to live unconditional love, solidarity, compassion for the fallen on the roads, care for the Created, goods that constitute the content of the central message of Jesus: the Kingdom of God. He tirelessly preaches the boundless mercy by which God saves his children and the Kingdom of God. He tirelessly preaches the boundless mercy by which God saves his sons and daughters, for he cannot lose any of them, the fruits of his love, “for he is the passionate lover of life” (Wis 11:26).

That is why he affirms that “no matter how much someone is wounded by evil, he is never condemned on this earth to remain forever separated from God”. In other words: condemnation is only for this time.

He calls on all pastors to exercise the pastoral care of tenderness and unconditional love, as summarized by a popular leader of a grassroots community: “the soul has no border, no life is foreign”. Like few others in the world, he has committed himself to the migrants coming from Africa and the Middle East and now from Ukraine. He regrets that we moderns have lost the ability to cry, to feel the pain of others and, as a Good Samaritan, to help them in their abandonment.

His most important work shows concern for the future of Mother Earth’s life. Laudato Sì expresses its true meaning in its subtitle: “On Care for the Common Home”. It elaborates not a green ecology, but an integral ecology that embraces the environment, society, politics, culture, daily life and the world of the spirit. It assumes the most reliable contributions of the Earth and life sciences, especially quantum physics and the new cosmology, the fact that “everything is related to everything and unites us with affection to Brother Sun, Sister Moon, Brother River and Mother Earth” as it poetically says in Laudato Sì.

The category of care and collective co-responsibility acquire complete centrality to the point of saying in Fratelli tutti that “we are in the same boat: either we all save ourselves or no one is saved”.

We Latin Americans are deeply grateful to him for having convoked the Dear Amazon Synod to defend this immense biome of interest for the whole Earth and how the Church is incarnated in that vast region that covers nine countries.

Great names in world ecology affirmed: with this contribution Pope Francis puts himself at the forefront of the contemporary ecological discussion.

Almost in despair, but still full of hope, he proposes a way of salvation: universal fraternity and social love as the structuring axes of a biosociety in function of which politics, economy and all human efforts are based. We do not have much time nor enough accumulated wisdom, but this is the dream and the real alternative to avoid a path of no return.

The Pope walking alone through St. Peter’s Square in the pouring rain, in times of pandemic, will remain an indelible image and a symbol of his mission as a Pastor who cares and prays for the destiny of humanity.

Perhaps one of the final phrases of Laudato Sì reveals all his optimism and hope against all hope: “Let us walk singing. May our struggles and our concern for this planet not rob us of the joy of hope.”

They must be enemies of their own humanity who mercilessly condemn the very humanitarian attitudes of Pope Francis, in the name of a sterile Christianity, turned into a fossil of the past, a vessel of dead waters. The fierce attacks on him can be anything but Christian and evangelical.

They, especially the cardinals and bishops who participated in the aforementioned book, are schismatic and in the ancient sense, heretical, for lacerating the fabric of the ecclesial community. Pope Francis bears it imbued with the humility of St. Francis of Assisi and the values of the historical Jesus. For this reason he well deserves the title of “righteous among the nations”.

*Leonardo Boff is a Brazilian theologian and has written Francis of Assisi and Francis of Rome, Rio de Janeiro 2015.

Para poner fin a la guerra en Ucrania, debemos saber cómo prevenir nuevas guerras

08.03.22 en Pressensa

Riccardo Petrella é um dos maiores cientistas sociais e analistas, grande promotor de um pacto social mundial ao redor do tema da Água. Suas reflexões equilibradas e sensatas nos ajudam a entender o que está em jogo na guerra na Ucrânia.

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Hay que imponer un alto el fuego inmediato en Ucrania. Armar a Ucrania y adoptar las duras sanciones anunciadas contra Rusia no hacen sino acentuar y exacerbar la guerra. No son la solución para la paz y para «liberar» a los ucranianos, sino, sobre todo, el instrumento para la derrota, o incluso la muerte de Rusia por asfixia económica y, secundariamente, para someter el futuro de los ucranianos a los intereses de Estados Unidos y de las «potencias» europeas occidentales. En la actual escalada, no son los colores del arco iris, sino las setas nucleares las que están en el horizonte. Qué absurdo.

Es bien sabido que la guerra en Ucrania -el país donde nació Rusia, el Estado de Rusia- no es principalmente una guerra entre rusos y ucranianos. Se trata de una distorsión de la historia actual propagada en particular por quienes, empezando por Estados Unidos y los dirigentes de los países de la OTAN, provocaron la inaceptable invasión de Ucrania por parte de Rusia y son corresponsables de ella con Rusia. ¿Por qué? Tratemos de entenderlo.

La guerra en Ucrania es el resultado, entre otros, de dos grandes factores de oposición y conflicto entre países y grupos sociales dominantes en todo el mundo. Mientras no se eliminen estos dos factores, habrá «como mucho» suspensiones temporales de guerras mundiales «localizadas», que terminarán aquí con la «victoria» de unos y allí con la «victoria» de otros. Las víctimas seguirán siendo los habitantes de la Tierra, todas las especies incluidas. La autodestrucción de la humanidad seguirá siendo una amenaza en el horizonte.

Primer factor. La guerra de supervivencia entre dos potencias mundiales antaño fuertes e indiscutibles, pero en crisis y cada vez más debilitadas.

La «guerra en Ucrania» forma parte de la nueva fase de la guerra entre Estados Unidos y Rusia desde el colapso y desaparición de la URSS en 1989 y el fin de la Guerra Fría Este/Oeste. Por un lado, se trata de la guerra que los grupos sociales dominantes en Estados Unidos (y, bajo su impulso/imposición, en los países de la OTAN) han librado contra Rusia durante los últimos treinta años para debilitar su poder político, económico y militar, aprovechando la grave crisis de régimen en la que había caído el país en 1989. Es una de las guerras que libra Estados Unidos para mantener su lugar como primera potencia mundial frente a los factores de erosión y debilitamiento que han contribuido al regreso con fuerza en Estados Unidos del «pueblo americano» conquistador, nacionalista y racista, del que Trump se ha convertido en el campeón más convencido.

Por otra parte, es la guerra tanto de resistencia contra la supremacía de Estados Unidos, como de ataque, a favor del restablecimiento del poder perdido por el colapso de la URSS, que los grupos sociales dominantes en Rusia han llevado a cabo: a) a nivel internacional, en un contexto de creciente debilidad frente a su enemigo de la Guerra Fría, y b) a nivel continental en el Este y el Oeste de la Rusia actual frente a los países/estados que se han independizado y son hostiles a Rusia. Para Putin en particular, el recuerdo y la fascinación del poder de Rusia en el pasado, incluyendo el período de la URSS, han sido y son para la mayoría de los actuales líderes rusos fuentes de inspiración para su estrategia de poder bélico y despótico.

Sin embargo, Mijail Gorbachov (*) había sido claro, sincero y por encima incluso de los intereses de poder directos de Rusia, en un mensaje oral público a Estados Unidos (y a sus oponentes rusos) unos meses antes de la reunificación alemana en 1990. Les advirtió que no cometieran el error de considerar la desaparición de la URSS como una victoria de los Estados Unidos y del sistema capitalista de mercado. La URSS, insistió, se había derrumbado por razones estructurales internas, porque su sistema había demostrado ser ineficiente, injusto e insostenible. Por ello insistió en que debe darse prioridad a la construcción de un nuevo sistema de seguridad económica y política europea que garantice unas relaciones pacíficas Este-Oeste entre todos los pueblos europeos. Así, retomó una propuesta anterior que había hecho a Estados Unidos para el desmantelamiento coordinado de las armas nucleares. La propuesta fue rechazada por Estados Unidos, que sólo estaba a favor de una reducción del número de misiles nucleares, por lo que Gorbachov contestó: «De acuerdo, entonces conservo la capacidad de destruiros no 6.000 veces, sino 3.000 veces».

Conocemos la historia. Estados Unidos y los países europeos (así como la Rusia de Putin) no hicieron ningún caso al mensaje de Gorbachov. Estados Unidos hizo todo lo posible por reforzar su control militar de Europa (para ellos, esto es la «seguridad europea») y, para ello y con el acuerdo y la sumisión de los aliados europeos, ampliarlo geopolíticamente integrando en la OTAN a todos los países con fronteras europeas con Rusia (excluyendo a Bielorrusia). La historia de esta prórroga, hecha de tratados y acuerdos incumplidos y de promesas incumplidas, especialmente por parte de Estados Unidos y, «por alianza», de los europeos, está bien resumida en un largo y riguroso artículo de Hall Gardner, profesor de la Universidad Americana de París, publicado en Other News el 25 de febrero pasado.

Persiguiendo frente a un «enemigo» considerado sistémico, su estrategia de dominación de todos los tiempos La paz a través del poder, Estados Unidos ha logrado su objetivo. Ha «ganado». ¿Pero qué han ganado? ¿Qué ha ganado la Unión Europea? Piénsese que esto es el colmo de la hipocresía: para financiar el envío de material de guerra y la ayuda económica a los ucranianos para reforzar su ejército, la Comisión Europea recurrió al Fondo Europeo para la Paz, que cuenta con un presupuesto de 6.000 millones de euros. Sin duda pensó que la paz se podía construir armando a la gente. Al apoyar a Estados Unidos en la ampliación de la OTAN hacia el Este, los europeos han ganado en tener una guerra en casa.

¿Qué han ganado los ucranianos, aparte de aceptar convertirse en una colonia militar de Estados Unidos y, a su vez, de potencias europeas como Francia y, sobre todo, Alemania? Una colonia que, obviamente, no se limitará al ámbito militar, sino que ya es económica y financiera. Lo será aún más en los próximos años. En las condiciones actuales de la UE, la «victoria» de los EE.UU. se traducirá en una sumisión y dependencia cada vez mayor de Ucrania a las normas e intereses de los mercados financieros mundiales y a los imperativos del mercado único europeo. La libertad y la independencia de los ucranianos se convertirán en palabras vacías sin referencias concretas.

En lo que respecta a los rusos, no han ganado nada hasta ahora. Y lo que es peor, los grupos sociales que los dominan salen bien mal parados en todos los sentidos, entre otros, a ojos de una opinión pública occidental y occidentalizada que está fuertemente moldeada y manipulada por el sistema de información global dominado por los medios de comunicación occidentales.

Por el momento, sólo los grupos sociales dominantes en Estados Unidos parecen salir ganando. Sí, han ganado al extender su control militar (y político) a toda Europa (excluyendo a Bielorrusia). Además, están consiguiendo transformar la OTAN en una poderosa estructura militar de orientación global al servicio del mantenimiento del poder de EE.UU. en todo el mundo, también de cara a sus otras guerras, especialmente la nueva guerra contra China (e India). También gracias a una mutación radical del poder militar a través de las nuevas tecnologías de la inteligencia artificial (sistemas de datos, gestión, comunicación y decisión, sistemas de satélites, nuevas energías, redes, plataformas…).

Es en este contexto que debe interpretarse la estrategia de expansión de la OTAN hacia el este. A Estados Unidos no le importa la libertad e independencia de los ucranianos. A Estados Unidos le interesa sobre todo reducir el poder de Rusia. Han ganado en provocar la guerra en Europa, después de Irak, Afganistán, Libia, Siria… entre los casos más recientes. Es increíble, parece una pesadilla, ¡nos hemos enterado de que el gobierno italiano ha anunciado una participación militar en Ucrania!

Esto nos lleva al segundo factor.

Segundo factor. La guerra se ha convertido en una forma de ser del mundo económico, tecno-científico y cultural dominante.

El espíritu de guerra es intrínseco a la economía dominante. La economía de mercado financiarizada nos ha educado para la guerra, para pensar y actuar/participar en las guerras: del petróleo, del trigo, de los ordenadores, de los medios de comunicación, de los contenedores, de las vacunas, de los smartphones, de los coches, del arroz, de los plátanos, de las universidades, de las redes, de las patentes, de la IA, del espacio. La guerra está en nuestras cabezas, en varias formas y palabras: competitividad, rentabilidad, liderazgo, número 1, conquista del mercado, resiliencia, adaptación, innovación….

Desde hace varios años estamos convencidos de que China es ahora el enemigo, nuestro «enemigo sistémico» porque es el nuevo competidor por la supremacía mundial. La pérdida de esta supremacía por parte de Estados Unidos se ve como una terrible amenaza para el futuro, para nuestra libertad. Las catástrofes ecológicas, en particular el clima en ebullición, nos han hecho comprender la fragilidad de la supervivencia y, por tanto, han acentuado esta profunda infiltración de la cultura de la guerra, haciéndonos creer de nuevo en la necesidad de ser los más fuertes, los más resistentes, esta vez a nivel mundial. De ahí el imperativo de dominación mundial que se ha impuesto sobre cualquier visión de cooperación, solidaridad, reparto y ayuda mutua. La guerra ha entrado en nuestras mentes como la lluvia en Noruega.

De ahí las grandes dificultades encontradas, principalmente por culpa de Estados Unidos, para encontrar soluciones globales comunes a las catástrofes ecológicas. De ahí el rechazo de los más fuertes, encabezados por EEUU y la UE, a un plan mundial justo y solidario de lucha contra el Covid-19 basado en vacunas accesibles a todos los habitantes de la Tierra al mismo tiempo, etc.

En este contexto, los millones de «yo» superan a los miles de «nosotros» y los países con poder nuclear creen, sobre todo los más poderosos, que mantener su poder en niveles más altos que los demás es una condición necesaria e indispensable para su supervivencia. Y como el poder militar está cada vez más tecnificado y vinculado al poder financiero para captar la innovación tecnológica mundial y los mercados globales, cualquier pérdida de mercados tecnológicamente valiosos se considera estratégicamente peligrosa para el poder económico y, por tanto, para el poder militar.

En el pasado, eran los militares los que impulsaban la innovación y la tecnología, hoy es al revés, incluso peor: son los imperativos económicos y financieros los que obligan a los militares a producir armas nucleares. La inaceptable expansión de la fuerza militar de la OTAN y la reacción defensiva de Rusia, basada en la seguridad por medios inaceptables, están en línea con esta cultura de guerra generalizada.

¿Qué hacer?

La sabiduría y la preocupación por salvaguardar el futuro pacífico de la humanidad y la supervivencia del mundo nos llevan a dar prioridad a tres líneas de acción, apoyadas por una fuerte movilización ciudadana.

En primer lugar, el cese inmediato de las hostilidades sobre el terreno y dejar que las negociaciones entre rusos y ucranianos decidan qué hacer a continuación. Por lo tanto, la prohibición de acciones como el envío de armas y dinero a los ucranianos o a los rusos; la suspensión inmediata de las sanciones contra Rusia.

Además, un compromiso por parte de la OTAN de detener el proceso de integración de Ucrania en la OTAN (recordemos que los franceses y los alemanes se opusieron a ello a principios de los años 90) y, por parte de Rusia, de abandonar cualquier posibilidad de recurrir a las armas nucleares; la convocatoria de una convención europea para definir un nuevo tratado sobre seguridad europea.

Por último, sentar las bases, basadas en el respeto del actual Tratado de la ONU sobre la prohibición de las armas nucleares, para la redefinición de un Pacto Mundial de Seguridad, en particular mediante aplicaciones muy concretas en los ámbitos de la energía, el agua, las semillas, la salud, el transporte, la información y el conocimiento. Nunca antes la seguridad global, para todos, basada en la responsabilidad común de los bienes esenciales para la vida ha sido tan obvia, necesaria y urgente.

(*) Me permito dedicar estas reflexiones a Mijail Gorbachov, como homenaje a una de las principales figuras políticas del siglo XX, ferviente defensor de las relaciones de confianza y transparencia entre los ciudadanos y de las relaciones pacíficas entre los pueblos, único estadista que, siendo presidente de la URSS, la segunda potencia militar del mundo, se atrevió a proponer oficialmente el desmantelamiento coordinado de las armas nucleares.

*Doctor of Political and Social Sciences, honorary degree from eight universities: in Sweden, Denmark, Belgium (x2), Canada, France (x2), Argentina. Professor emeritus of the Catholic University of Louvain (Belgium); President of the Institut Europeen de Recherche sur la Politique de l’Eau (IERPE) in Brussels (www.ierpe.eu); President of the “University of the Common Good” (UBC), a non-profit association active in Antwerp (Belgium) and Sezano (VR-Italy) From 1978 to 1994 he headed the department FAST, Forecasting and Assessment in Science and Technology at the Commission of the European Communities in Brussels and in 2005-2006 he was President of the Apulian Aqueduct. He is the author of numerous books on economics and common goods.