No asumimos la nueva conciencia planetaria:Artemis II


Leonardo Boff

Los numerosos viajes espaciales, seis de ellos tripulados a la Luna, y otros que incluso salieron de nuestro sistema solar y recorren el espacio ilimitado del universo, no han creado, en general en la humanidad y mucho menos en los dirigentes de los pueblos, la nueva conciencia planetaria que de allí se deriva. Seguimos viviendo bajo el régimen de los Estados-nación, cada uno con sus límites, definidos por el Tratado de Westfalia de 1648. La Covid-19 no respetó los límites de las naciones. Afectó a todos. De ello todavía no se han sacado las debidas consecuencias. El modo de vida depredador y consumista volvió con aún más furor. No se escucharon las lecciones que la Madre Tierra nos dio.

Se suma además el hecho de que en nuestros días tenemos guerras por territorios (Ucrania, Franja de Gaza, Groenlandia y otros). Vista desde la perspectiva de los astronautas, como bien observó uno de los cuatro de la nave espacial Artemis II: “desde aquí arriba somos un solo pueblo”. Esta afirmación vuelve ridículas esas disputas. Son sostenidas por crueles y genocidas como Netanyahu y Trump, que todavía no han descubierto que somos una sola especie humana y que la Tierra es nuestra única Casa Común, en la que caben judíos, palestinos y otros.

Inolvidables son las palabras de Neil Armstrong, el primero en pisar la Luna el 20 de julio de 1969: “Es un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad”. Y continuaba: “De repente noté que aquella pequeña y bella arveja azul era la Tierra… Con mi pulgar cubrí totalmente la Tierra”.

Demos algunos testimonios más de astronautas, reunidos en el libro de Frank White, The Overview Effect (Boston, 1987, tengo un ejemplar autografiado por él). Del astronauta Russell Schweickart: “La Tierra vista desde afuera: uno percibe que todo lo que le es significativo, toda la historia, el arte, el nacimiento, la muerte, el amor, la alegría y las lágrimas, todo eso está en ese pequeño punto azul y blanco que puedes cubrir con tu pulgar. Y desde esa perspectiva se entiende que todo en nosotros cambió, que empieza a existir algo nuevo, que la relación ya no es la misma que antes” (The Overview Effect, p. 38).

Del astronauta Gene Cernan: “Fui el último hombre en pisar la Luna en diciembre de 1972. Desde la superficie lunar contemplaba, con un temor reverencial, la Tierra sobre un fondo de azul muy oscuro. Lo que veía era demasiado bello para ser comprendido, demasiado lógico, lleno de propósito como para ser fruto de un mero accidente cósmico. Uno se sentía, interiormente, obligado a alabar a Dios. Dios debe existir por haber creado aquello que yo tenía el privilegio de contemplar” (op. cit., p. 39).

Sigmund Jähn: “Las fronteras políticas ya han sido superadas. También las fronteras de las naciones. Somos un solo pueblo y cada uno es responsable de mantener el frágil equilibrio de la Tierra. Somos sus guardianes y debemos cuidar el futuro común” (op. cit., p. 43).

Estas visiones, que parecen evidentes, nunca fueron tomadas en serio por la geopolítica ni por los jefes de Estado. Incluso sin haber visto la Tierra desde fuera (nunca salió de su ciudad, Königsberg), Immanuel Kant (1724–1804), en su última obra La paz perpetua (1795), enfatizó que la Tierra pertenece a toda la humanidad y constituye un bien común de todos. No habría, entonces, razón para luchar por territorios si todo es de todos. Podríamos vivir en una paz perpetua.

Pero quien, en nuestro tiempo, tomó conciencia de este cambio a partir del hecho de ver la Tierra desde fuera, fue el prolífico escritor ruso Isaac Asimov, autor de cientos de libros de contenido científico, aunque de divulgación. Con motivo de los 25 años del lanzamiento del Sputnik, el 4 de octubre de 1957 —que inauguró la era espacial—, fue invitado por el New York Times a escribir un artículo sobre el legado de ese acontecimiento. Redactó un breve texto titulado “Sputnik’s Legacy: Globalism” (“El legado del Sputnik: el globalismo”).

Retomo algunos puntos, porque siguen siendo actuales, aunque poco considerados.

“La primera palabra que hay que decir es globalismo. Incluso contra nuestra voluntad”, afirma Asimov, “debemos considerar la Tierra y la humanidad como una única entidad (single entity)”. “Los satélites —continúa— muestran ese ser único (unit), lo aceptemos o no. Por primera vez en la historia podemos identificar los huracanes y las perturbaciones climáticas desde su inicio hasta su fin. Los medios de comunicación nos conectan globalmente unos a otros, comprobando el globalismo (lo que hoy llamaríamos globalización). Ese es el lado material.

Pero hay también un lado psicológico: “La visión de la Tierra como un todo, como esfera planetaria, nos obliga a sentirla como pequeña y frágil. Es arbitraria la división de su superficie en porciones (naciones), consideradas sagradas, que deben preservarse a cualquier costo, incluso si ello implica la destrucción del planeta”. Lo importante es ver el todo, el planeta.

Por último, está el lado de las potencialidades. La Era Espacial abrió el camino para nuevos viajes y para descubrir cómo están compuestos los planetas y cómo funcionan. “Todo esto será imposible sin una cooperación global. El desarrollo del espacio es un proyecto de la humanidad en su conjunto, y en ello se mostrará el valor del globalismo”.

Sin embargo, debemos hacer una elección entre lo local y lo global. “El localismo (las naciones consideradas en sí mismas) puede acelerar nuestra deriva hacia una eventual destrucción, incluso de la propia humanidad. El globalismo nos ofrece la esperanza de una civilización mayor, más amplia y mejor, con mayor versatilidad y flexibilidad, liberándonos del encierro de lo local”. Si consideramos las alternativas —localismo como muerte frente a globalismo como vida—, seguramente elegiremos la vida. Ese es el legado de la Era Espacial”.

Hoy estamos viviendo lo contrario de todo lo que se expresó anteriormente. Predomina la afirmación de la nación (nacionalismo) en oposición a otras naciones, con la ideología del fascismo acompañando frecuentemente este movimiento, tanto a nivel nacional como mundial. En lugar de profundizar la globalización —más allá de su reducción a lo económico— como una nueva etapa de la Tierra y de la humanidad (todos estamos regresando de una gran dispersión) y reencontrándonos en un mismo lugar, el planeta Tierra, hemos retrocedido hacia un pasado de divisiones, oposiciones y guerras, en el afán de conquistar territorios.

Sin embargo, creo que lo que es verdadero tiene fuerza y termina imponiéndose. Superará esta regresión nacionalista y fascista, y reforzará un nuevo rumbo para la Tierra y la humanidad como una única y compleja realidad: nuestra Casa Común.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA ( https:// www.revistaliberta.com.br; y es autor también de La Tierra en la palma de la mano (Vozes, 2016) (https://www.leonardoboff.org)

Não assumimos a nova consciência planetária:Artemis II

Leonardo Boff

As muitas viagens espaciais, seis tripuladas para a Lua, e outras que saíram até de nosso sistema solar e percorrem o espaço ilimitado do universo, não criaram, no geral da humanidade e muito menos nos dirigentes dos povos a nova consciência planetária que daí se deriva. Vivemos ainda no regime dos estados-nações, cada um com seus limites, definidos pelo Tratado de Westfália de 1648. A Covid-19 não respeitou os limites das nações. Afetou a todos. Disso ainda não se tiraram as devidas consequências. O modo de vida predador e consumista voltou com ainda mais furor. Não se ouviu a lição que a Mãe Terra quis nos dar.

Acresce ainda o fato de que nos nossos dias termos guerras por territórios (Ucrânia,Faixa de Gaza, Groelândia e outros). Vista da perspectiva dos astronautas, como um dos quatro da nave espacial Artemis II bem observou:”daqui de cima somos um só povo”.Esta afirmação torna estas disputas ridículas. São sustentadas pelos cruéis e  genocidas como Netanyahu e Trump que ainda não descobriram  que somos uma só espécie humana e a Terra, nossa única Casa Comum na qual cabem judeus e palestinos e todos os outros.

Inesquecíveis são as palavras de Neil Amstrong, o primeiro a pisar na Lua em 20 de julho de 1969: “É um pequeno passo para um homem, um grande salto para a Humanidade”E continuava:” De repente notei que aquela pequena e bela ervilha azul era a Terra…Com meu dedão cobri totalmente a Terra”.

Demos mais alguns testemunhos de astronautas, reunidos no livro de Frank White, The Overview Effect (Boston 1987, tenho um exemplar autografo por ele):  Do astronauta Russel Scheweickhart: “A Terra vista a partir de fora, você percebe que tudo o que lhe é significativo, toda a história, a arte, o nascimento, a morte, o amor, a  alegria e  as lágrimas, tudo isso está naquele pequeno ponto azul e branco que você pode cobrir com seu polegar. E a partir daquela perspectiva se entende que tudo em nós mudou, que  começa a existir algo novo, que a relação não é mais a mesma como fora  antes”(The Overview Effect,38).

Do astronauta Gene Cernan: “Eu fui o último homem a pisar na Lua em dezembro de l972. Da superfície lunar olhava com temor reverencial para a Terra num transfundo de azul muito escuro. O que eu via era demasiadamente belo para ser compreendido, demasiadamente lógico, cheio de propósito para ser fruto de um mero acidente cósmico. A gente se sentia, interiormente, obrigado a louvar a Deus. Deus deve existir por ter criado aquilo que eu tinha o privilégio de contemplar”(Op.cit,39).

Sigmund Jähn:“Já são ultrapassadas as fronteiras políticas. Ultrapassadas também as fronteiras das nações. Somos um único povo e cada um é responsável pela manutenção do frágil equilíbrio da Terra. Somos seus guardiães e devemos cuidar do futuro comum”(Op.cit,43).

Essas visões que parecem evidentes nunca foram tomadas a sério pela geopolítica e pelos chefes de Estado.Mesmo sem ter visto a Terra de fora da Terra (nunca saiu de sua cidade Königsberg), Immanuel Kant (1724-1804) em sua última obra A Paz Perpétua (1795) enfatizou que a Terra pertence à inteira Humanidade e constitui um bem comum de todos. Então não há porquê lutarmos por terras, se tudo é nosso.Podemos viver numa paz perpétua.

Mas quem, no nosso tempo, se deu conta da mudança de consciência a partir do fato de vermos a Terra de fora da Terra, foi o prolífico escritor russo, autor de centenas de livros de teor científico,mas populares Isaac Asimov. Por ocasião dos 25 anos da primeira viagem espacial pelo Sputnik em 4 de outubro de 1957, inaugurando a Era Espacial, foi convidado pela Revista New York Times para escrever um artigo sobre o legado destes 25 anos. Escreveu  um pequeno artigo com o título “Sputnik’s Legacy:globalism”:O legado do Sputnik:o Globalismo.

Sigo alguns tópicos, pois são atuais,embora desconsiderados.

“A primeira palavra a dizer é globalismo.Mesmo contra a vontade” afirma Asimov, “há de se considerar a Terra e a Humanidade como uma única entidade (single Entity).”Os satélites” continua ele,” mostram esse ser único (unit), quer o aceitemos ou não. Pela primeira vez na história podemos identificar os furacões, os distúrbios climáticos, do começo a fim”. Os meios de comunicação nos ligam globalmente uns aos outros, comprovando o  globalismo (nós diríamos globalização).Esse é o lado material.

Mas há o lado psicológico:”a visão da Terra como um todo, a esfera planetária, nos obriga a senti-la como pequena e frágil.É arbitrária a divisão de sua superfície em porções (nações), consideradas sagradas, preservá-las a todo custo mesmo que implique a destruição do planeta”. Importa ver o todo, o Planeta.

Por fim há o lado das potencialidades. A Era Espacial abriu o espaço para novas viagens e a descoberta de como são compostos os planetas e como funcionam.“Tudo isso será impossível sem uma cooperação global.O desenvolvimento do espaço é o projeto da humanidade como um todo e nisso se mostrará o valor do globalismo”.

No entanto,  devemos fazer uma escolha entre o local e o global. “O localismo (as nações tomadas em si) pode acelerar nossa deriva para uma eventual destruição inclusive da humanidade. O globalismo nos oferece a esperança de uma civilização maior, mais vasta e melhor, com mais versatilidade e flexibilidade, libertando-nos do aprisionamento do local”.Se considerarmos as alternativas – localismo como morte versus globalismo –  como vida, seguramente vamos escolher a vida. Esse é o legado da Era do Espaço”.

Hoje estamos vivendo o contrário de tudo o que se expressou acima. Predomina a afirmação da nação (nacionalismo) opondo-se a outra, com a ideologia do fascimo, geralmente acompanhado esse movimento, a nível nacional e  mundial. Ao invés de aprofundarmos a globalização (para além de sua redução ao econômico) como um nova fase da Terra e da Humanidade (todos estamos voltando da grande dispersão) e encontrando-nos num mesmo lugar, no planeta Terra,  regredimos a um passado de divisões, oposições e guerras no afã de conquistarmos territórios.

Mas creio que o que é verdadeiro tem força e acaba se impondo. Ele superará a regressão nacionalista/fascista e reforçará o novo rumo da Terra e da Humanidade como uma única e grande complexa realidade nossa Casa Comum.

Leonardo Boff escreve para a revista do ICL LIBERTA (https:// www.revistaliberta.com.br; escreveu também A Terra na palma da mão, Vozes 2016 (https://www.leonardoboff.org).

El fin del principio-Adán: lo femenino es anterior a lo ma

Leonardo Boff

La vida ya existe en la Tierra desde hace 3.8 billones de años. El antepasado común de todos los seres vivos fue probablemente una bacteria unicelular sin núcleo que se multiplicaba de manera asombrosa por división interna o por clonación. En la clonación, si no hay control sobre la bacteria, en tres días podría dominar el planeta, tal es su impulso vital y de auto-multiplicación. Pero siempre prevalece un equilibrio que autolimita este proceso; de lo contrario, tendríamos graves desequilibrios ecológicos hasta el punto de que la vida se volvería imposible. Esto duró cerca de un billón de años.

Posteriormente surgió una célula con membrana y dos núcleos, dentro de los cuales se encontraban los cromosomas. En ella se identifica el origen del sexo. Cuando ocurría el intercambio de núcleos entre dos células binucleadas, se generaba un único núcleo con los cromosomas en pares. Antes, las células se subdividían por clonación; ahora lo hacen mediante el intercambio entre dos diferentes con sus núcleos. Así se revela la simbiosis —composición de elementos distintos— que, junto con la selección natural, representa una, aunque no la única, de las fuerzas más importantes de la evolución.

Lo que muchos biólogos sostienen —incluido el astrofísico Stephen Hawking, en su libro El universo en una cáscara de nuez (Mandarim, San Pablo 2001)— es que en la evolución y en el proceso biogénico no existe simplemente el triunfo del más apto, como pretendía Darwin. Tal visión es aún insuficiente, pues no toma en cuenta las interdependencias existentes entre todos los seres, incluso a nivel físico-químico, mucho antes del surgimiento de la vida. Es esta interdependencia, la cooperación de todos con todos, la que constituye la línea maestra del proceso evolutivo.

La competencia, con la posibilidad de que triunfe el más apto, solo es posible dentro de la interdependencia y la cooperación universal. El débil también posee su oportunidad y su lugar, y gracias a la interdependencia sobrevive. Este principio originario de interdependencia de todos con todos fundamenta la sostenibilidad y explica la biodiversidad y la fuerza de la vida.

Christian de Duve, premio Nobel de Medicina, llega a afirmar en su conocido libro Polvo vital: la vida como imperativo cósmico” (Campus 1997) “la vida es como una plaga tan violenta que jamás se ha conseguido exterminarla” (p.368). A lo largo de la historia de la Tierra ocurrieron quince grandes extinciones de especies vivas, pero ella, la Tierra viva, logró siempre reconstruir la biodiversidad e incluso enriquecerla.

Cuando surgió la sexualidad con la bipolaridad masculino/femenino, apareció también la gran diversidad y la singularidad de los seres vivos. El intercambio del material genético se da siempre bajo un principio cuántico, es decir, está vigente el principio de indeterminación de Werner Heisenberg. Nunca se sabe exactamente qué resulta de las conjunciones ni qué enriquecimientos surgen a partir de los dos tipos de capital genético, el femenino y el masculino.

Este hecho tiene consecuencias filosóficas: la vida está tejida más de intercambios, cooperación y simbiosis que de lucha competitiva por la supervivencia y la competencia, como ocurre en el ámbito de los negocios.

Cuando se alcanza el nivel consciente y libre, esta riqueza y este intercambio pasan de la exterioridad biológica a la interioridad subjetiva, es decir, al proyecto personal. La sexualidad puede transformarse en un propósito de vida, vivido en pareja y en libertad, expresado en el amor. Esta opción ya no está regida por el código genético descrito por la biología. Aquí intervienen otros principios ligados a la innovación, la libertad, la cooperación consciente, el cuidado y el amor, sobre los cuales se estructuran relaciones nuevas, creativas y libres, también entre hombre con hombre o mujer con mujer.

Retomando el hilo: durante los dos primeros billones de años, en los océanos o lagos de donde surgió la vida, no existían órganos sexuales específicos. Existía una existencia femenina generalizada que, en el gran útero de los océanos, lagos y ríos, generaba vida. En este sentido podemos decir que el principio femenino es primero y originario, y no el masculino. Así se invalida el mito bíblico y cultural de la primacía de Adán (lo masculino).

Solo cuando los seres vivos dejaron el mar, fue surgiendo lentamente el pene, elemento masculino que, al entrar en contacto con la célula femenina, le transmitía parte de su ADN, donde se encuentran los genes.

Con la aparición de los vertebrados, los reptiles, hace 370 millones de años, estos crearon el huevo amniótico lleno de nutrientes y consolidaron la vida en tierra firme. Con la aparición de los mamíferos, hace unos 125 millones de años, surgió una sexualidad definida de macho y hembra. Allí emergen el cuidado, el amor y la protección de las crías. Hace 70 millones de años apareció nuestro ancestro humano, que vivía en la copa de los árboles, alimentándose de brotes y flores. Con la desaparición de los dinosaurios, hace 67 millones de años, pudo descender al suelo y desarrollarse hasta llegar a nuestros días.

Conviene detallar mejor la complejidad implicada en la sexualidad.

El sexo genético-celular humano presenta el siguiente cuadro: la mujer se caracteriza por 22 pares de cromosomas somáticos más dos cromosomas X (XX). El hombre posee también 22 pares, pero con un cromosoma X y otro Y (XY). De ello se deduce que el sexo base es femenino (XX), mientras que el masculino (XY) representa una derivación por un único cromosoma (Y). Por tanto, no existe un sexo absoluto, sino uno dominante. En cada uno de nosotros, hombres y mujeres, existe “un segundo sexo”.

En cuanto al sexo genital-gonadal, es importante señalar que en las primeras semanas el embrión es andrógino, es decir, posee ambas posibilidades sexuales, femenina y masculina. A partir de la octava semana, si el cromosoma Y interviene mediante el andrógeno, la definición será masculina. Si no ocurre, prevalece la base común femenina. En  términos del sexo genital-gonodal podemos decir: el camino femenino es primordial. A partir de lo femenino se da la diferenciación, lo que desautoriza el fantasioso “principio-Adán” . La ruta de lo masculino es una modificación de la matriz femenina, por causa de la secreción del andrógenos.

Existe además el sexo hormonal. Todas las glándulas sexuales, tanto en el hombre como en la mujer, son reguladas por la hipófisis, que es sexualmente neutra, y por el hipotálamo, que sí está sexuado. Estas glándulas producen tanto andrógenos (masculinos) como estrógenos (femeninos). Son responsables por los caracteres sexuales secundarios. La predominancia de uno u otro determina características y comportamientos femeninos o masculinos. Así, un hombre con mayor presencia de estrógenos puede presentar rasgos femeninos, y lo mismo ocurre en la mujer respecto a los andrógenos.

Por último, la sexualidad posee una dimensión ontológica. El ser humano no “tiene” sexo. Él es sexuado en todas sus dimensiones, corporales, mentales y espirituales. Antes de la emergencia de la sexualidad, el mundo es el de lo idéntico; con ella surge la diferencia mediante el intercambio entre distintos, que permite la convivencia y la interrelación.

Esto tiene consecuencias antropológicas: la vida está más tejida de cooperación y simbiosis que de lucha competitiva.

Así ocurre con la sexualidad humana: cada persona, además de su impulso instintivo, siente la necesidad racional y afectiva de canalizarlo y sublimarlo. Quiere amar y ser amada, no por imposición, sino por libertad. La sexualidad florece en el amor, la fuerza más poderosa “que mueve el cielo y las estrellas” (Dante) y también nuestros corazones. Es la máxima realización a la que puede aspirar el ser humano. Pero conviene recordar: lo femenino es anterior, surge primero y es fundamental. Lo masculino apareció mucho más tarde en el proceso de la sexogénesis. Ambos, sin embargo, se encuentran para conformar la unidad diversa de la especie humana, de mujer y varón.

Leonardo Boff escreve para a revista LIBERTA (https:// www.revistaliberta.com.br); escreveu também com Rose-Marie Muraro: Feminino-masculino:uma nova consciência para o encontro das diferenças,Record RJ 2010; Epirito Santo y Maria, DABAR 2002. (https://www.leonardoboff.org).

Der Traum eines lächerlichen Mannes

Leonardo Boff

Sicherlich werden manche Leser diesen Titel seltsam finden. Doch er bleibt gerade wegen der darin verborgenen Wahrheit relevant, die von keinem Geringeren als Fjodor Dostojewski selbst ausgedrückt wird. Es ist der Titel seines fantastischen Romans „Der Traum eines lächerlichen Menschen“ aus dem Jahr 1877. Was ist dieser Traum? Er gibt die Antwort: „Wenn alle es wollten, würde sich von einem Augenblick zum anderen alles auf der Erde verändern.

Genau das fehlt unserer Welt: dieser Traum eines Mannes, der keineswegs lächerlich ist und uns retten könnte – wenn alle dasselbe wollten. Doch die große Mehrheit will es nicht. Dennoch wurde dieser Traum am 11. Dezember 2015 während der COP21 in Paris geträumt. Es ist das berühmte Pariser Abkommen, das von praktisch allen Ländern der UNO (195) unterzeichnet wurde. Alle haben sich verpflichtet, die Treibhausgase zu reduzieren und so die Erderwärmung zu bremsen.

Alle wollten es. Doch fast niemand hat diesen Traum verwirklicht. Hätten alle tatsächlich den Traum des Pariser Abkommens verwirklichen wollen, den Anstieg der globalen Durchschnittstemperatur auf 1,5 °C über dem vorindustriellen Niveau (1850–1900) zu begrenzen, hätten wir die Erde verändert. Wir hätten die katastrophalen Überschwemmungen, die schweren Dürren, die gewaltigen Schneestürme, die Hurrikane und die Tornados vermieden, die in den Jahren nach 2015 auftraten. Das Ziel war es, die Erwärmung unter 2 °C zu halten und sie bis etwa 2030 bei 1,5 °C zu stabilisieren.

Weil nicht alle dazu bereit waren, hat sich die Erde nicht verändert. In den Jahren 2024/2025 haben wir die 1,5-Grad-Grenze überschritten und sind auf 1,6 Grad gestiegen. Da einige große Länder wie die USA, Indien und China sich für die Nutzung von Kohle und Erdöl entschieden haben – beides Treibhausgasverursacher – und die Treibhausgasemissionen weiter anstiegen, ist der Traum vom Pariser Abkommen geplatzt. Sie wollten es nicht. Sie wurden zu Leugnern, allen voran Donald Trump.

Wenn sich dieser Trend fortsetzt, so sagen Experten, werden wir in den Jahren 2030–2035 einen Temperaturanstieg von fast 2 °C oder mehr erreichen. Viele Menschen, insbesondere ältere Menschen und Kinder, werden Schwierigkeiten haben, sich anzupassen, und werden nicht überleben. Noch schlimmer könnte es für die Natur werden, da Wasserknappheit und der Verlust der Artenvielfalt durch das Aussterben Tausender Arten schwerwiegende Folgen haben werden.
            Fazit: Hätten sich alle das Pariser Abkommen gewünscht, hätte sich Dostojewskis Prophezeiung erfüllt: Alles auf der Erde hätte sich in einem Augenblick verändert. Doch statt besser zu werden, ist alles nur noch schlimmer geworden.

 Warum nehmen wir den Traum vom Pariser Abkommen mit seinen 195 Unterzeichnern nicht ernst? Weil wir keinen guten Willen zeigen – die einzige Tugend, die uns hätte retten können und uns noch immer retten könnte. Das sage nicht ich. Das sagt Immanuel Kant, der anspruchsvollste Denker der Ethik im modernen Westen.

In seiner „Grundlegung zur Metaphysik der Sitten“ (1785) stellt er fest: „Es ist nicht möglich, sich etwas vorzustellen, das irgendwo auf der Welt und sogar außerhalb derselben uneingeschränkt als gut angesehen werden könnte, außer dem guten Willen.“ Um seine schwierige Sprache zu übersetzen: Der gute Wille ist das einzige Gut, das uneingeschränkt gut ist und dem keinerlei Einschränkung auferlegt werden kann. Der gute Wille ist entweder nur gut oder er ist es nicht. Für Kant ist der gute Wille die höchste Tugend und das einzige in der Welt, das an sich gut ist.

Jede Tugend hat ihren Mangel oder ihr Übermaß: So ist übermäßiger Mut Leichtsinn, zu große Großzügigkeit ist Verschwendung; übertriebene Bescheidenheit ist Hemmung. Alle Tugenden, ohne Ausnahme, haben ihr Gegenstück, sei es im Übermaß oder im Mangel.

Nur der gute Wille ist völlig makellos. Hätte er irgendeinen Makel oder eine Einschränkung, wäre er nicht gut. Im Grunde beziehen sich alle Tugenden (das richtige Leben) auf den guten Willen, wie Kant übrigens betonte.

Hierin liegt eine Wahrheit mit erheblichen praktischen Konsequenzen. Zum Beispiel wird es bei Friedensverhandlungen zwischen Russland und der Ukraine, zwischen Israel und Palästina oder zwischen den USA und dem Iran niemals zu einem Friedensabkommen kommen, wenn nicht auf beiden Seiten guter Wille vorhanden ist. Das heißt, ich darf nicht alles böswillig auslegen, alles unter Verdacht stellen und allem misstrauen. Guter Wille und gegenseitiges Vertrauen müssen die gemeinsame Grundlage bilden. Ohne guten Willen lässt sich nichts Nachhaltiges, nichts Solides aufbauen – nichts, was nicht in Luft aufgeht.

Wir befinden uns in einer kritischen und gefährlichen Lage, wie nie zuvor in unserer Geschichte. Wir könnten uns selbst zerstören. Die militaristischen Mächte streiten um die Vorherrschaft in der Welt. Und sie tun dies in einem erbitterten Wettstreit, ohne den geringsten Anflug von Zusammenarbeit und Rücksichtnahme auf den Planeten Erde und unsere gemeinsame Zukunft. Es ist nicht ausgeschlossen, dass es zu einer „garantierten gegenseitigen Zerstörung“ kommt, die das menschliche Leben mit sich reißt.

In solchen Situationen müssen wir aus unserem Innersten das hervorholen, was zu unserem Menschsein gehört: die Fähigkeit, guten Willen zu wecken und ihn in die Tat umzusetzen. Entweder tun wir dies, oder wir setzen die Zukunft unserer Existenz auf diesem kleinen, herrlichen Planeten Erde, unserem einzigen gemeinsamen Zuhause, aufs Spiel.

Leonardo Boff schreibt für die Zeitschrift LIBERTA des ICL (https:// http://www.revistaliberta.com.br); er verfasste außerdem das Buch „Der Mensch: Satan oder guter Engel“, Record 2008 (Website: leonardoboff.org)