Hoy cuenta más un banquero que el padreJulio Lancellotti que cuida de la población de calle

Leonardo Boff*

La cultura dominante, hoy mundializada, se estructura alrededor de la voluntad de poder, que se traduce en voluntad de dominación de la naturaleza, del otro, de los pueblos y de los mercados. Esa lógica continuamente crea tensiones, conflictos y guerras. Y provocó la irrupción de la Covid-19 que encontró en un presidente “un Trump de las cavernas”, que la consideró una “gripecita” y así se desentendió de atender al pueblo, presenciando sin ninguna empatía la muerte de más de 240.000 víctimas, para escándalo nacional e internacional.

De los 3.400 años de historia de la humanidad que podemos datar, nos dice el historiador Georg Weber, 3.166 fueron de guerra. Los restantes 234 no fueron ciertamente de paz sino de preparación para otra guerra.

Prácticamente las fiestas nacionales de todos los países, sus héroes así como los monumentos de sus plazas, están relacionados con hechos de guerra. Los medios de comunicación llevan al paroxismo la magnificación de todo tipo de violencia, bien simbolizada en el programa nocturno de una de las televisiones con el título “Tela Quente” (Pantalla caliente). Y para vejamen general, nuestro presidente defiende la tortura de los tiempos de la dictadura militar y exalta a torturadores sanguinarios.

En los distintos países, el militar, el banquero y el especulador valen más que el poeta, el filósofo y el santo. Cuenta más el rico empresario de la Fiesp que el pobre hombre de Dios que cuida de la gente de la calle y sólo por eso está siempre amenazado de muerte: el padre Júlio Lancellotti. En los procesos de socialización formal e informal, la cultura de la violencia no crea mediaciones para una cultura de la paz, del diálogo y de la fraternidad universal.

Esta situación suscita siempre de nuevo la pregunta que de forma dramática Albert Einstein plantea a Sigmund Freud en 1932: ¿es posible superar o controlar la violencia? Freud, realista, responde: “Es imposible controlar directamente el instinto de muerte (thánatos). Sin embargo, se puede ir por vías indirectas. Todo lo que hace surgir lazos emocionales entre los seres humanos actúa contra la guerra. Todo lo que civiliza, trabaja contra la guerra. Pero concluye con resignación: “hambrientos pensamos en el molino que muele tan despacio que podemos morir de hambre antes de recibir la harina” (Obras completas III:3, 215).

Sin entrar en detalles, diríamos que detrás de la violencia funcionan fuertes estructuras que rompen los posibles lazos de fraternidad. Si no las controlamos, se hace verdad lo que Thomas Hobbes sustenta en su Leviatán (1561): el ser humano es lobo para otro ser humano.

La primera estructura es el caos, siempre presente en el proceso cosmogénico y antropogénico. Todos somos hijos e hijas delcaos primordial, de aquella inmensa explosión silenciosa, el big bang ocurrida hace unos 13.700 millones de años. La expansióny la evolución del universo son una forma de crear orden (cosmos) en este caos y no permitir que sea sólo caótico, sino que sea también generativo. Él genera nuevos cuerpos celestes, galaxias, estrellas y agujeros negros. Incluso así, caos y cosmos (nuevos órdenes) acompañan siempre la evolución del universo. Él actúa también en el ser humano, haciendo que sea simultáneamente amoroso y violento, luz y sombra.

Esta estructura de caos ha producido cerca de cinco extinciones masivas de seres vivos, ocurridas hace millones de años. En la última, hace cerca de 67 millones de años, perecieron todos los dinosaurios. Posiblemente la propia inteligencia también nos ha sido dada para limitar la acción destructiva del caos y potenciar su acción generadora de nuevos órdenes.

En segundo lugar, somos herederos de la cultura patriarcal que instauró, hace más de diez mil años, la dominación del hombresobre la mujer y creó las instituciones asentadas sobre el uso legítimo de la violencia por el Estado, más presente en el ejército,en la guerra, en las clases, en el proyecto de la tecnociencia puesta al servicio  de los procesos de producción que implican unadepredación sistemática de la naturaleza y una deshumana injusticia social.

En tercer lugar, esa cultura patriarcal usó la represión, el miedo, el terror y la guerra como forma de resolver los conflictos. Sobre esta vasta base se formó la cultura del capital, explotando la fuerza de trabajo humano y devastando la naturaleza. Su objetivo es el lucro y no la vida, su lógica es la competición y no la cooperación, el individualismo y no la interdependencia entre todos. Su dinámica excluyente origina desigualdades, injusticias, violencias que eliminan miles, millones de vidas humanas. La irrupción de la Covid-19 ha impuesto a todos una pausa en esa voracidad, pues todo ha tenido que parar, la producción y la circulación de los seres humanos, sujetos al confinamiento social. Limó los dientes al lobo pero no le quitó la ferocidad. Los especuladores han acumulado fortunas fantásticas agravando la desigualdad social.

Todas estas fuerzas se articulan estructuralmente para consolidar la cultura de la dominación y de la violencia, actitudes contrarias a cualquier tipo de fraternidad. Ellas nos deshumanizan a todos, haciéndonos, según dice la encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti, no hermanos y hermanas sino solo socios de intereses personales o corporativos (cf.n.12;101). No basta estar a favor de la paz. Tenemos que estar contra la guerra, y en Brasil denunciar la ausencia de un proyecto oficial para detenerla Covid-19, que ha hecho a su principal responsable, el jefe de la nación, “un gendarme de la burguesía”, que no cuida las vidas de su pueblo ni muestra empatía con las familias y personas que han perdido seres queridos, como si se hubiese hecho unalobotomía.

A esta cultura de la violencia hay que oponer la cultura de la paz. Al mundo de los socios tenemos que hacer valer el mundo de los hermanos y hermanas. Esta es una propuesta innovadora, un verdadero nuevo paradigma civilizatorio del Papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti: un modo de habitar la Casa Común como frater hermano y hermana, en la cual prevalece una fraternidad sin fronteras entre los humanos y también con los demás seres de la naturaleza de la cual es parte, en contraposiciónal paradigma de la modernidad asentado sobre el dominus, el ser humano como amo y señor de la naturaleza y no parte de ella.

Tal propuesta es imperativa, porque las fuerzas de destrucción ya han roto durante siglos el contrato natural con la Tierra y la naturaleza y por todas partes amenazan con romper el contrato social mínimo por la ascensión de la derecha y de la extrema derecha que no respetan las leyes ni la Constitución creando un Estado pos-democrático y sin ley (R.R. Casara). Esta propuesta papal es imperativa porque el potencial destructivo, en términos de armas de destrucción masiva ya montado, más el calentamiento global pueden poner en peligro toda la biosfera e imposibilitar la continuidad del proyecto humano. O limitamos la violencia y hacemos prevalecer el proyecto de la fraternidad universal, del amor social y de la paz perenne, como lo proclama de forma entre angustiada y esperanzada el actual Pontífice, o conoceremos, al límite, un camino que no tiene vuelta atrás. A nuestra generación le toca tomar esta decisión. 

Leonardo Boff es teólogo, retradujo del latín medieval la Imitación de Cristo, agregándole el Seguimiento de Jesús, Vozes 2018.

Lição do Covid-19: adoecemos Terra e a Terra nos adoece

  Leonardo Boff

 A intrusão do coronavírus em 2019 revelou a íntima conexão existente entre Terra e Humanidade. Consoante a nova cosmologia (visão científica do universo) nós humanos formamos uma entidade única com a Terra. Participamos de sua saúde e  também de sua doença.

Isaac Asimov, cientista russo, famoso por seus livros de divulgação científica, a pedido da revista New York Times, (do dia 9 de outubro de 1982) por ocasião da celebração dos 25 anos do lançamento do Sputinik que inaugurou a era espacial,escreveu um artigo sobre o legado deste quarto de século espacial.

 O primeiro legado, disse ele, é a percepção de que, na perspectiva das naves espaciais, a Terra e a humanidade formam uma única entidade, vale dizer, um único ser, complexo, diverso, contraditório e dotado de grande dinamismo.

 O segundo legado é a irrupção da consciência planetária: construir a  Terra e não simplesmente as nações é o grande projeto e desafio humano.. Terra e Humanidade possuem um destino comum. O que se passa num, se passa também no outro.  Adoece a Terra, adoece juntamente o ser humano; adoece o ser humano, adoece também a Terra. Estamos unidos pelo bem e pelo mal.

 No atual momento, a Terra inteira e cada pessoa estamos sendo atacados pelo Covid-19, especialmente o Brasil, vítima de um chefe de estado insano que não se preocupa com a vida de seu povo. Todos, de uma forma ou de outra, nos sentimos doentes física, psíquica e espiritualmente.

 Por    que chegamos a isso? A razão reside no Covid-19. É errôneo vê-lo isoladamente sem seu contexto. O contexto está na forma como organizamos já há três séculos nossa sociedade: na pilhagem ilimitada dos bens e serviços da Terra para proveito e enriquecimento humano. Este propósito levou a ocupar 83% do planeta, desflorestando,poluindo o ar, a água e os solos. Nas palavras do pensador francês Michel Serres, movemos uma guerra total contra Gaia,  atacando-a em todas as frentes sem nenhuma chance de vencê-la. A consequência foi a destruição dos habitas das milhares de espécies de vírus. Para sobreviver saltaram para outros animais e destes para nós.

 O Covid-19 representa um contra-ataque da Terra contra a sistemática agressão montada contra ela. A Terra adoeceu e repassou sua doença a nós mediante uma gama de vírus como o zika, a chicungunya, o ebola, a gripe aviária e outros. Como formamos uma complexa unidade com a Terra,  adoecemos junto com ela.E nós doentes, acabamos também por adoecê-la O coronavírus representa esta simbiose sinistra e letal.

 De modo geral devemos entender que a reação da Terra à nossa violência se  mostra pela febre (aquecimento global), que não é uma doença, mas aponta para uma doença: o alto nível de contaminação de gases de efeito estufa que ela não consegue digerir e sua incapacidade de continuar nos oferecer seus bens e serviços naturais. A partir de 22 de setembro de 2019 ocorreu a Sobrecarga da Terra, vale dizer, as reservas de bens e serviços naturais, necessários ao sistema-vida, chegaram ao fundo do poço. Entramos no vermelho e no xeque especial.

Para termos o necessário e, pior, para mantermos o consumo suntuário e o desperdício  dos países ricos, devemos arrancar à força seus “recursos” para atender as demanda dos consumistas. Até quando a Terra aguentará?

 Sabemos que há nove fronteiras planetárias que não podem ser rompidas sem ameaçar a vida e nosso projeto civilizatório. Quatro delas já foram rompidas A consequência é termos  menos água, menos nutrientes, menos safras, mais desertificação, maior erosão da biodiversidade  e os demais itens indispensáveis para a vida. Portanto, nosso tipo de relação é antivida e é a causa principal da doença da Terra que,por sua vez, nos torna também doentes. Por esta razão, quase todos nós,especialmente por causa do isolamento social e das medidas higiênicas, nos sentimos prostrados, desvitalizados, irritadiços,numa palavra,tomados por um pesadelo que não sabemos quando vai acabar.Os milhares de mortos de entes queridos, sem poder acompanhá-los e prestar-lhes a última despedida por um luto imprescindível nos acabrunham e põem em cheque o sentido da vida e o futuro de nossa convivência nesse planeta.

Por outro lado, a muito custo estamos aprendendo que o que nos está salvando  não são os mantras do capitalismo e do neoliberalismo: o lucro, a concorrência, o individualismo, a ilimitada exploração da natureza, a exigência de um Estado mínimo e a centralidade do mercado. Se  tivéssemos seguido estes “valores” seríamos quase todos vitimados. O que nos está salvando é o valor central da vida, a solidariedade, a inter-pendência de todos com todos, o cuidado da natureza, um Estado bem apetrechado para atender as demandas sociais, especialmente dos mais carentes, a coesão da sociedade acima do mercado.

Damo-nos conta de que cuidando melhor de tudo, recuperando a vitalidade dos ecossistemas, melhorando nossos alimentos, orgânicos, despoluindo o ar, preservando as águas e as florestas nos sentimos mais saudáveis e com isso fazemos a Terra também mais saudável e revitalizada.

 O que o Covid-19 nos veio mostrar de uma forma brutal que esse equilíbrio Terra e Humanidade foi rompido. Tornamo-nos demasiadamente vorazes, arrancando da Terra  o que ela já não nos pode mais dar. Não respeitamos os limites de um planeta pequeno e com bens e serviços limitados. Antes, nossa cultura criou um projeto  irracional de crescimento ilimitado como se os bens e serviços da Terra também fossem ilimitados. Essa é a ilusão que perdura em quase todas as mentes dos empresários e chefes de Estado. Ai do país que anualmente não apresente um PIB maior.

  O Covid-19   nos faz recuperar nossa verdadeira humanidade, embora por natureza ambigua. Ela é feita de amor, de solidariedade, de empatia, de colaboração e da dimensão humano-espiritual que dá o devido valor aos bens materiais sem absolutizá-los, mas dá muito mais mais valor aos bens intangíveis como os acima citados. Os materiais os deixamos para trás, os humano-espirituais os levamos para além da morte,pois constituem nossa identidade definitiva.

 Quanto mais nossas relações para com a natureza forem amigáveis e entre nós  cooperativas, mais a Terra se vitaliza. A Terra revitalizada nos faz também saudáveis. Curamo-nos juntos e juntos celebramos a nossa convivência terrenal.

Leonardo Boff ecoteólogo, filoósofo e escrevu Opção Terra: a solução da Terra não cai do céu, Vozes 2009.

Hoje conta mais o banqueiro que o bom Padre Júlio Lancellotti

A cultura dominante, hoje mundializada, se estrutura ao redor da vontade de poder que se traduz por vontade de dominação da natureza, do outro, dos povos e dos mercados. Essa  lógica cria continuamente tensões, conflitos e guerras. E provocou a intrusão do Covid-19 que encontrou num presidente”um Trump dos grotões” que a considerou uma “gripezinha” e assim se dispensou de cuidar do povo, assistindo sem qualquer empatia à morte de mais de 240 mil vítimas, para escândalo nacional e internacional.

Dos 3.400 anos de história  da humanidade,  que podemos datar, diz-nos o historiador Georg Weber, 3.166 foram de guerra. Os restantes 234 não foram certamente de paz mas de preparação para outra guerra.

Praticamente em todos os países as festas nacionais, seus heróis e os monumentos das praças são ligados a feitos de guerra. Os meios de comunicação levam ao paroxismo a magnificação de todo tipo de violência, bem simbolizado no programa noturno de uma das televisões sob o título “Tela Quente”. E para vexame geral nosso presidente defende a tortura dos tempos da ditadura militar e exalta torturadores sanguinários.

Nos vários países, o militar, o banqueiro e o especulador valem mais do que o poeta, o filósofo e o santo. Conta mais o rico empresário da Fiesp do que o pobre homem de Deus, que cuida da população de rua e, só por isso, sempre ameaçado de morte: o padre Júlio Lancellotti. Nos processos de socialização formal e informal, a cultura da violência não cria mediações para uma cultura da paz, do diálogo e da fraternidade universal.

Esta situação faz suscitar sempre de novo a pergunta que, de forma dramática, Albert Einstein colocou a Sigmund Freud nos idos de 1932: é possível superar ou controlar a violência? Freud, realisticamente, responde: “É impossível aos homens controlar diretamente o instinto de morte (thánatos). Pode,entretanto, percorrer vias indiretas. Tudo o que faz surguir laços emotivos entre os seres humanos age contra a guerra. Tudo o que civiliza, trabalha contra a guerra”. Mas conclui com uma forma resignada: “esfaimados pensamos no moinho que tão lentamente mói que poderemos morrer de fome antes de receber a farinha”( Obras completas III:3, 215).

Sem detalhar a questão, diríamos que por detrás da violência funcionam fortes estruturas que rompem os possíveis laços de fraternidade. Se não as controlarmos, se torna verdade o que Thomas Hobbes sustenta em seu Levitã (1561): o ser humano é lobo para o outro ser humano.

 A primeira estrutura é o caos sempre presente no processo cosmogênico e antropogênico. Somos todos filhos e filhas do caos primordial, daquela  imensa explosão silenciosa, o big bang que ocorreu há 13,7 bilhões de anos. A expansão e a evolução do universo constituem  uma forma de criar ordem (cosmos) neste caos e não permitir que seja só caótico mas que seja também generativo. Ele gera novos corpos celestes, galáxias, estrelas e buracos negros. Mesmo assim o caos  e o cosmos (novas ordens) sempre acompanham  evolução do universo. Ele atua também no ser humano, fazendo que seja simultaneamente amoroso e violento, luz e sombra.

Essa estrutura de caos produziu cerca de cinco grandes dizimações em massa de seres vivos, ocorridas há milhões de anos. Na última, há cerca de 67 milhões de anos,  pereceram todos os dinossauros. Possivelmente a própria  inteligência também nos foi dada para limitar  a ação destrutiva do caos e potencializarmos sua ação generativa de novas ordens.

Em segundo lugar, somos herdeiros da cultura patriarcal que instaurou,há mais de dez séculos, a dominação do homem sobre a mulher e criou as instituições assentadas sobre o uso legítimo da violência pelo Estado, mas presente no  exército, na guerra, nas classes, no projeto da tecno-ciência posto a serviço  dos processos de produção que implicam uma  sistemática depredação da natureza e uma desumana injustiça social.

Em terceiro lugar, essa cultura patriarcal usou da repressão, do medo, do terror e da guerra como forma de resolução dos conflitos. Sobre esta vasta base se formou a cultura do capital, explorando a força do trabalho humano e devastando a natureza. Seu objetivo é o lucro e não a vida,  sua lógica é a competição e não a cooperação,o individualismo e não a interdependência entre todos. Sua dinâmica excludente origina desigualdades, injustiças, violências que ceifam milhares e até milhões de vidas humanas. A intrusão do Covid-19 impôs a todos uma pausa nessa voracidade pois tudo teve que parar, a produção e a circulação dos seres humanos, sujeitos ao confinamento social. Limou os dentes do lobo mas não lhe tirou a ferocidade. Os especuladores acumulassem fortunas fantásticas agravando a desigualdade social.

Todas estas forças se articulam estruturalmente para consolidar a cultura da dominação e da violência, atitudes contrárias a qualquer tipo de fraternidade. Elas nos desumanizam a todos, fazendo-nos no dizer da encíclica do Papa Francisco Fratelli tutti, não mais irmãos e irmãs mas apenas sócios ao redor de interesses pessoais ou corporativos (cf.n.12;101). Não basta sermos a favor da paz. Temos que ser contra a guerra e no Brasil denunciar a ausência de um projeto oficial para deter o Covid-19, tornando o seu principal responsável, o chefe da nação “um gendarme da burguesia”, que não cuida das vidas de seu povo e não mostra empatia para com as famílias e pessoas que perderam entes queridos, como se tivesse feito uma lobotomia.

 À essa cultura da violência há que se opor a cultura da paz. Ao mundo dos sócios temos que fazer valer o mundo dos irmãos e das irmãs. Esta é proposta inovadora,um verdadeiro novo  paradigma civilizacional do Papa Francisco na encíclica Fratelli tutti: um modo de habitar a Casa Comum, como frater irmão e irmã, na qual vigora uma fraternidade sem fronteiras entre os humanos e também com os demais seres da natureza da qual é parte, em contraposição ao paradigma da modernidade  assentado sobre  o dominus, o ser humano como senhor e dono da natureza e não parte dela.

Tal proposta é imperativa, porque as forças de destruição já por séculos romperam o contrato natural com a Terra e a natureza e  estão ameaçando, por todas as partes, quebrar o contrato social mínimo pela ascensão da direita e da extrema direita que não respeita as leis e a Constituição criando um Estado pós-democrático e sem lei (R.R. Casara).  É imperativa esta proposta papal porque  o potencial destrutivo, em termos de armas de destruição em massa já montado, mais o aquecimento global podem ameaçar toda a biosfera e impossibilitar a continuidade do projeto humano. Ou limitamos a violência e fazemos prevalecer o projeto da fraternidade universal, do amor social e da  paz perene, como o proclama de forma entre angustiada e esperançada o atual Pontífice, ou conheceremos, no limite, um caminho sem retorno.A decisão cabe à nossa geração.

Leonardo Boff é teólogo e retraduziu do latim medieval a Imitação de Cristo com um acréscimo sobre o Seguimento de Jesus, Vozes 2018.

Los negacionistas amenazan la vida en la Tierra

Leonardo Boff*

La irrupción de los coronavirus ha reveladp la cantidad de negacionistas que existen en el mundo. Comenzando por el primer ministro inglés, Boris Johnson, menospreciaba la Covid-19, se contaminó y casi se muere. Donald Trump, afecto a las fake news y a las verdades paralelas (eufemismo para mentiras), trató el virus como algo pasajero. Se demoró en tratar la pandemia. Infectado, cambió de opinión, pero no le dio centralidad, hasta el punto de que Estados Unidos es el país con más víctimas. 

El presidente brasilero, lacayo de Trump, es el campeón absoluto entre los negacionistas. Consideró la pandemia como una “gripecita”, acabó infectado y se curó nadie sabe cómo. Como el proceso de la antropogénesis lo dotó de poquísimas luces, sigue siendo negacionista de otra forma: prescribe, como si fuera médico, cloroquina, afirmada por la ciencia sin eficacia contra el virus, duda o niega de la eficacia de las vacunas, no favorece el distanciamiento social, ridiculiza el uso de las mascarillas. Y lo más grave de todo, no propuso ningún plan nacional para hacer frente a la Covid-19. Por eso Brasil ocupa el último lugar en el mundo entre los países que peor combaten la Covid. Entre nosotros tenemos ya cerca de 2018 mil víctimas fatales y casi diez millones de infectados. Como forma de desprecio a la clase médica, puso de ministro de salud a un general que no entiende nada de medicina y no ha elaborado ningún plan estratégico de vacunación. Nuestro negacionista se ha convertido en un asesino de su pueblo y, posiblemente por los crímenes de responsabilidad y crímenes comunes va a ser depuesto y muy probablemente, él y sus cómplices, tendrán que comparecer ante un tribunal de crímenes contra la humanidad. 

Pero no hay solamente este tipo de negacionistas. Son negacionistas todos los que no aceptan el hecho de que no es que estemos yendo al encuentro del calentamiento global sino que estamos ya muy dentro de él, con todos los eventos extremos que causa. 

Muchísimas personas no tienen conciencia de las graves amenazas que pesan sobre el planeta Tierra: hemos tocado ya sus límites insoportables hasta el punto de que ella necesita un año y medio para reponer lo que le quitamos violentamente en un año, en función del consumismo ilimitado y de la voracidad de acumulación de riqueza material. Conocemos ya la Sobrecarga de la Tierra alcanzada a finales de septiembre de 2020. Crece la erosión de las nueve fronteras planetarias que sustentan la vida en el planeta. Si se rompen, pueden, en un efecto cascada, llevar nuestra civilización a un colapso. Grandes nombres de la ciencia de la vida y de la Tierra lamentan que la mayoría de los jefes de estado no tengan suficiente conciencia ecológica. No hacen los cambios necesarios, por ser antisistémicos y por perjudicar la lógica antinatural de laacumulación ilimitada. 

Atinadamente el Papa Francisco afirmó en su encíclica de ecología integral Laudato Si, sobre el cuidado de la Casa Común: “Las previsiones catastróficas ya no se pueden mirar con desprecio e ironía… pues nuestro estilo de vida insostenible sólo puede acabar en catástrofe” (n.161). En la reciente Fratelli tutti advierte muy seriamente: “estamos todos en el mismo barco; o nos salvamos todos o nadie se salva” (n.32). Queda así comprobado que la gran amenaza a la vida no viene de algún meteoro rasante sino del propio ser humano que, según innumerables científicos, ha inaugurado una nueva era geológica, después del holoceno, la del antropoceno e incluso la del necroceno, es decir, la destrucción en masa de seres vivos.

Otro grande y fundacional documento, asumido por la ONU, la Carta de la Tierra, afirma en al empezar: “Estamos ante un momento crítico de la historia de la Tierra, en una época en la que la humanidad debe escoger su futuro… nuestra elección es esta: o formamos una alianza global para cuidar de la Tierra y unos de otros, o arriesgamos nuestra destrucción y la destrucción de la diversidad de la vida” (Preámbulo).

En este contexto dramático recordamos la famosa parábola del filósofo y teólogo dinamarqués Sören Kiergegaard (1813-1855), uno de los precursores del existencialismo moderno y uno de los críticos mas severos del idealismo de Hegel, Schelling y otros. Esta es su narración:

Se declaró un incendio entre los bastidores de un teatro. El director mandó al payaso, que ya estaba listo para entrar en escena, que avisase a toda la platea sobre el peligro que corrían todos. El payaso pedía que acudiesen a apagar las llamas. Como se trataba de un payaso, todos pensaban que era un truco para hacer reír a la gente. Y reían y reían. Cuanto más lo pedía el payaso, más reían todos. Entonces se puso serio y comenzó a gritar: “el fuego acaba de quemar las cortinas y va a quemar todo el teatro con ustedes dentro”. Todos encontraron esto muy gracioso y decían que el payaso estaba haciendo espléndidamente su papel. Y el fuego consumió todo el teatro con toda la gente dentro. Termina Kiergegaard: “Así, supongo yo, es como va a acabar el mundo en medio de la hilaridad general de los graciosos y bromistas que piensan que todo, al final, no pasa de ser una broma”.

Así pensaba la gente en tiempos de Noé y sucumbieron bajo el diluvio. ¿Cuántos hoy, entre nosotros y en todo el mundo, consideran las amenazas letales como una invención de los comunistas o un artificio de los globalistas para dominar el mundo? Es significativa la última advertencia de Zygmunt Bauman una semana antes de morir en 2017: “o nos unimos todos para salvar la Tierra y la vida o engrosaremos el cortejo de aquellos que se encaminan hacia su propia sepultura”.

La irrupción de la Covid-19 y el aislamiento social forzado son oportunidades que la vida nos da para pensar sobre nuestra responsabilidad colectiva y sobre qué tipo de Casa Común queremos construir y habitar, naturaleza incluida. Esta vez no habrá un Arca de Noé: o nos salvamos todos o todos conoceremos el camino ya recorrido por los dinosaurios”.

*Leonardo Boff es eco-teólogo y ha escrito Cuidar la Tierra- Proteger a vida: cómo escapar del fin del mundo, Nueva Utopía, Madrid 2011. Con Jürgen Moltmann, ¿Hay esperanza con la creación amenazada? Vozes 2014.

Traducción de Mª José Gavito Milano