Enfermamos a la Tierra y la Tierra nos enferma

La irrupción del coronavirus en 2019 ha revelado la íntima conexión existente entre Tierra y humanidad. Según la nuevacosmologia (visión científica del universo) nosotros los humanos formamos una entidad única con la Tierra. Participamos de su salud y también de su enfermedad. 

Isaac Asimov, científico ruso, famoso por sus libros de divulgación científica, a petición de la revista New York Times (deldía 9 de octubre de 1982) con ocasión de la celebración de los 25 años del lanzamiento del Sputnik, que inauguró la era espacial, escribió un artículo sobre el legado de ese cuarto de siglo espacial. 

El primer legado, decía él, es la percepción de que en la perspectiva de las naves espaciales, la Tierra y la humanidad forman una única entidad, es decir, un único ser, complejo, diverso, contradictorio y dotado de gran dinamismo. 

El segundo legado es la irrupción de la conciencia planetaria: construir la Tierra y no simplemente las naciones es el gran proyecto y desafío humano. Tierra y humanidad tienen un destino común. Lo que pasa en una, pasa también en la otra. La Tierra enferma y al mismo tiempo enferma el ser humano; enferma el ser humano, enferma también la Tierra. Estamos unidos para el bien y para el mal.

En el momento actual, toda la Tierra y cada persona estamos siendo atacados por la Covid-19, especialmente Brasil, víctima de un jefe de estado insano que no se preocupa por la vida de su pueblo. Todos, de una forma u otra, nos sentimos enfermos física, psíquica y espiritualmente. 

¿Por qué hemos llegado a esto? La razón reside en la Covid-19. Es erróneo verla aisladamente sin su contexto. El contexto está en la forma como organizamos desde hace ya tres siglos nuestra sociedad: con pillaje ilimitado de los bienes y servicios de la Tierra para provecho y enriquecimiento humano. Este propósito ha llevado a ocupar el 83% del planeta, deforestando, contaminando el aire, el agua y los suelos. En palabras del pensador francés Michel Serres, promovemos una guerra total contra Gaia, atacándola en todos los frentes sin ninguna posibilidad de vencerla. La consecuencia ha sido la destrucción de los hábitats de miles de especies de virus. Para sobrevivir saltaron a otros animales y de estos a nosotros.

La Covid-19 representa un contraataque de la Tierra contra la agresión sistemática montada contra ella. La Tierra enfermó y nos pasó su enfermedad mediante una gama de virus como el zika, la chicungunya, el ébola, la gripe aviaria y otros. Como formamos con la Tierra una unidad compleja, enfermamos con ella. Y si enfermamos nosotros, terminamos también por enfermarla. El coronavirus representa esta simbiosis siniestra y letal.

De modo general debemos entender que la reacción de la Tierra a nuestra violencia se muestra por la fiebre (calentamiento global), que no es una enfermedad, pero apunta a una enfermedad: el alto nivel de contaminación porgases de efecto invernadero que ella no consigue digerir y su incapacidad de continuar ofreciéndonos sus bienes yservicios naturales. El 22 de septiembre de 2019 se produjo la Sobrecarga de la Tierra, es decir, las reservas de bienes yservicios naturales, necesarios al sistema-vida, tocaron fondo. Entramos en números rojos, tenemos un cheque sin fondos. 

Para tener lo necesario y, peor, para mantener el consumo suntuoso y el desperdicio de los países ricos, debemos arrancarle a la fuerza sus “recursos” para atender la demanda de los consumistas. ¿Hasta cuándo aguantará la Tierra?

Sabemos que hay nueve fronteras planetarias que no se pueden sobrepasar sin amenazar la vida y nuestro proyecto civilizatorio. Cuatro de ellas ya las hemos traspasado. La consecuencia es que tenemos menos agua, menos nutrientes, menos cosechas, más desertificación, mayor erosión de la biodiversidad y de los demás elementos indispensables para la vida. Por tanto, nuestro tipo de relación es anti-vida y es la causa principal de la enfermedad de la Tierra que, a su vez, nos vuelve también enfermos. Por esta razón, casi todos nosotros, especialmente a causa del aislamiento social y de las medidas higiénicas, nos sentimos prostrados, desvitalizados, irritables, en una palabra, atrapados por una pesadilla que no sabemos cuándo va a acabar. La muerte de miles de seres queridos, sin poder acompañarlos y darles la última despedida con un luto imprescindible, nos abruman y ponen en jaque el sentido de la vida y el futuro de nuestraconvivencia en este planeta. 

Por otro lado, con un alto coste, estamos aprendiendo que lo que nos está salvando no son los mantras del capitalismo ydel neoliberalismo: el lucro, la competencia, el individualismo, la explotación ilimitada de la naturaleza, la exigencia de unEstado mínimo y la centralidad del mercado. Si hubiéramos seguido estos “valores”, casi todos seríamos víctimas. Lo que nos está salvando es el valor central de la vida, la solidaridad, la interpendencia de todos con todos, el cuidado de la naturaleza, un Estado bien pertrechado para atender las demandas sociales, especialmente las de los más necesitados, lacohesión de la sociedad por encima del mercado. 

Nos damos cuenta de que cuidando mejor todo, recuperando la vitalidad de los ecosistemas, mejorando nuestrosalimentos, orgánicos, descontaminando el aire, preservando las aguas, los bosques y las selvas nos sentimos mássaludables y con esto hacemos la Tierra también más saludable y revitalizada. 

Lo que la Covid-19 nos ha venido a mostrar de forma brutal es que ese equilibrio Tierra y humanidad se ha roto. Nos hemos vuelto demasiado voraces, arrancando a la Tierra lo que ella ya no nos puede dar. No respetamos los límites de unplaneta pequeño, con bienes y servicios limitados. Antes bien, nuestra cultura ha creado un proyecto irracional de crecimiento ilimitado como si los bienes y servicios de la Tierra fuesen también ilimitados. Esa es la ilusión que perdura encasi todas las mentes de los empresarios y de los jefes de Estado.

La Covid-19 nos hace recuperar nuestra verdadera humanidad, aunque sea ambigua por naturaleza. Ella está hecha de amor, de solidaridad, de empatía, de colaboración y de la dimensión humano-espiritual que da el debido valor a los bienes materiales sin absolutizarlos, pero da mucho más valor a los bienes intangibles como los que hemos citado. Los materiales los dejamos atrás, los humano-espirituales los llevamos más allá de la muerte, pues constituyen nuestra identidad definitiva. 

Cuanto más amigables sean nuestra relaciones con la naturaleza y más cooperativas entre nosotros, más se vitaliza la Tierra. Y la Tierra revitalizada nos hace también saludables. Nos curamos juntos y juntos celebramos nuestra convivencia terrenal. 

*Leonardo Boff, ecoteólogo y filósofo, ha escrito Opción Tierra: la solución de la Tierra no cae del cielo, Vozes 2009.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Entre a fome e o vírus a barbárie está vencendo

Foto de Christiana Carvalho

A opção entre a morte e a morte é a opção da barbárie e ela está vencendo em: A TERRA É REDONDA 1/03/2021

Tarso Genro*

Estou bem próximo, numa rua erma, onde dois homens velhos conversam certamente sobre as dificuldades da arte de sobreviver. São dois homens de cabelos brancos, vestidos de maneira simples, defronte a uma casa pequena e antiga. É um bairro de pessoas pobres, onde fruir o escasso vento da manhã – do verão cada vez mais quente – é um privilégio. Um deles, que está sentado com a cabeça erguida, responde algo ao que está em pé.

Ao passar por eles escuto aquele que está em pé dizer ao que está sentado – atento e reverente – como um velho conhecido: “… é que temos que escolher entre morrer de fome ou morrer do vírus”. A sentença revela reverência e fatalidade, não prazer ou adesão. Nem admiração ou respeito. Mas acolhimento de uma ordem mítica, sobre a qual não pende nenhuma possibilidade de resistência ou alternativa.

Na sequência lembro uma fala de Walter Benjamin sobre o nazifascismo e a guerra: “No piloto e chefe de um único avião com bombas de gás, convergem todos os poderes capazes de privar o cidadão de luz, de ar e de vida, e que em tempos de paz estão distribuídos por milhares de chefes de repartição.”  O Fascismo cria sua fatalidade mítica na razão invertida da palavra do líder: a razão iluminista pisa nas trevas medievais e abre espaços de luz; a razão perversa do fascismo, todavia, foge dos espaços de luz e abre o portão das trevas e da morte.

Pela frase que escutei, como se fosse o fragmento de um discurso sobre a desgraça, entendi melhor os efeitos da estratégia de um genocídio alcançando o  inconsciente: ele promove a dominação pela criação da dor consentida. A política de Bolsonaro é precisamente isso: convencer aquela parte indefesa – disponível na sociedade – que é bom ser confinada entre duas ilusões-limites: não entre a vida e a morte, mas entre os dois tipos de mortes no mercado liberal do ódio: morte pela fome ou morte pelo vírus.

Minha querida amiga Clara Ant me remete uma gravação sobre um fato brutal, ocorrido com parte da sua família, num dia longínquo 2a. Guerra, quando os nazistas ocuparam a Polônia. Separados das famílias recolhidas pelos nazis – todos judeus – os homens capturados foram pelos nazis levados a lugar “discreto”, para cavarem uma enorme fossa onde seriam sepultados após o fuzilamento coletivo pelos “valentes” soldados alemães.

Em cada movimento da pá, ao abrirem a fossa na terra generosa, imagino cada um destes homens olhando o céu e a terra, cientes de do roteiro lhes levava ao túmulo comum. Nesta certeza, o ritmo da terra ultrajada certamente lhes falava de uma morte solitária, que viria na tentativa de uma rebelião impossível; ou indicava a morte coletiva, cujo ritual de oferenda coletiva seria recompensado pelas mulheres que seriam poupadas.

Entre as mulheres que conseguiram caminhar depois dos assassinatos em massa, estava a mãe de Clara Ant, que recebeu de uma vizinha não-judia um punhado de batatas cozidas, que salvaram vidas e abriram novos caminhos de resistência. Um gesto de amor, uma forma de autopreservação da dignidade humana, um gérmen de resistência moral plantando a possibilidade de futuro.

Morte pelo vírus ou morte pela fome! Eis o convencimento trabalhado pelos ideólogos do bolsonarismo que especula com o medo, a fragilidade das pessoas perante o infortúnio programado e que faz a gente se perguntar: Onde estavam estas pessoas que fizeram isso? Quem são elas? Como de repente começaram a se apropriar da vida de milhões e lhes levam – como autômatos – a cavar seus próprios túmulos? A opção entre a morte e a morte é a opção da barbárie e ela está vencendo.

Todos os que rejeitam a barbárie, todos os que recusam o fascismo, todos os que não aceitam que a disjuntiva seja “a morte ou a morte”, mas a vida ou a morte – e estejam dispostos a lutar pela vida – deveriam sentar numa larga e generosa Mesa de unidade política contra o fascismo.

Neste ano infernal de 2021, em que o Centrão e centenas de militares no Governo parecem ter ajustado assassinar todos os sonhos de uma República com democracia e justiça, devemos carregar batatas nos bolsos da nossa consciência, para alimentar o desejo coletivo de lutar e de vencer os bandidos instalados no poder.

*Tarso Genro foi governador do Estado do Rio Grande do Sul, prefeito de Porto Alegre, ministro da Justiça, ministro da Educação e ministro das Relações Institucionais do Brasil.

Lição do Covid-19: adoecemos Terra e a Terra nos adoece

 A intrusão do coronavírus em 2019 revelou a íntima conexão existente entre Terra e Humanidade. Consoante a nova cosmologia (visão científica do universo) nós humanos formamos uma entidade única com a Terra. Participamos de sua saúde e  também de sua doença.

Isaac Asimov, cientista russo, famoso por seus livros de divulgação científica, a pedido da revista New York Times, (do dia 9 de outubro de 1982) por ocasião da celebração dos 25 anos do lançamento do Sputinik que inaugurou a era espacial,escreveu um artigo sobre o legado deste quarto de século espacial.

 O primeiro legado, disse ele, é a percepção de que, na perspectiva das naves espaciais, a Terra e a humanidade formam uma única entidade, vale dizer, um único ser, complexo, diverso, contraditório e dotado de grande dinamismo.

 O segundo legado é a irrupção da consciência planetária: construir a  Terra e não simplesmente as nações é o grande projeto e desafio humano.. Terra e Humanidade possuem um destino comum. O que se passa num, se passa também no outro.  Adoece a Terra, adoece juntamente o ser humano; adoece o ser humano, adoece também a Terra. Estamos unidos pelo bem e pelo mal.

 No atual momento, a Terra inteira e cada pessoa estamos sendo atacados pelo Covid-19, especialmente o Brasil, vítima de um chefe de estado insano que não se preocupa com a vida de seu povo. Todos, de uma forma ou de outra, nos sentimos doentes física, psíquica e espiritualmente.

 Por    que chegamos a isso? A razão reside no Covid-19. É errôneo vê-lo isoladamente sem seu contexto. O contexto está na forma como organizamos já há três séculos nossa sociedade: na pilhagem ilimitada dos bens e serviços da Terra para proveito e enriquecimento humano. Este propósito levou a ocupar 83% do planeta, desflorestando,poluindo o ar, a água e os solos. Nas palavras do pensador francês Michel Serres, movemos uma guerra total contra Gaia,  atacando-a em todas as frentes sem nenhuma chance de vencê-la. A consequência foi a destruição dos habitas das milhares de espécies de vírus. Para sobreviver saltaram para outros animais e destes para nós.

 O Covid-19 representa um contra-ataque da Terra contra a sistemática agressão montada contra ela. A Terra adoeceu e repassou sua doença a nós mediante uma gama de vírus como o zika, a chicungunya, o ebola, a gripe aviária e outros. Como formamos uma complexa unidade com a Terra,  adoecemos junto com ela.E nós doentes, acabamos também por adoecê-la O coronavírus representa esta simbiose sinistra e letal.

 De modo geral devemos entender que a reação da Terra à nossa violência se  mostra pela febre (aquecimento global), que não é uma doença, mas aponta para uma doença: o alto nível de contaminação de gases de efeito estufa que ela não consegue digerir e sua incapacidade de continuar nos oferecer seus bens e serviços naturais. A partir de 22 de setembro de 2019 ocorreu a Sobrecarga da Terra, vale dizer, as reservas de bens e serviços naturais, necessários ao sistema-vida, chegaram ao fundo do poço. Entramos no vermelho e no xeque especial.

Para termos o necessário e, pior, para mantermos o consumo suntuário e o desperdício  dos países ricos, devemos arrancar à força seus “recursos” para atender as demanda dos consumistas. Até quando a Terra aguentará?

 Sabemos que há nove fronteiras planetárias que não podem ser rompidas sem ameaçar a vida e nosso projeto civilizatório. Quatro delas já foram rompidas A consequência é termos  menos água, menos nutrientes, menos safras, mais desertificação, maior erosão da biodiversidade  e os demais itens indispensáveis para a vida. Portanto, nosso tipo de relação é antivida e é a causa principal da doença da Terra que,por sua vez, nos torna também doentes. Por esta razão, quase todos nós,especialmente por causa do isolamento social e das medidas higiênicas, nos sentimos prostrados, desvitalizados, irritadiços,numa palavra,tomados por um pesadelo que não sabemos quando vai acabar.Os milhares de mortos de entes queridos, sem poder acompanhá-los e prestar-lhes a última despedida por um luto imprescindível nos acabrunham e põem em cheque o sentido da vida e o futuro de nossa convivência nesse planeta.

Por outro lado, a muito custo estamos aprendendo que o que nos está salvando  não são os mantras do capitalismo e do neoliberalismo: o lucro, a concorrência, o individualismo, a ilimitada exploração da natureza, a exigência de um Estado mínimo e a centralidade do mercado. Se  tivéssemos seguido estes “valores” seríamos quase todos vitimados. O que nos está salvando é o valor central da vida, a solidariedade, a inter-pendência de todos com todos, o cuidado da natureza, um Estado bem apetrechado para atender as demandas sociais, especialmente dos mais carentes, a coesão da sociedade acima do mercado.

Damo-nos conta de que cuidando melhor de tudo, recuperando a vitalidade dos ecossistemas, melhorando nossos alimentos, orgânicos, despoluindo o ar, preservando as águas e as florestas nos sentimos mais saudáveis e com isso fazemos a Terra também mais saudável e revitalizada.

 O que o Covid-19 nos veio mostrar de uma forma brutal que esse equilíbrio Terra e Humanidade foi rompido. Tornamo-nos demasiadamente vorazes, arrancando da Terra  o que ela já não nos pode mais dar. Não respeitamos os limites de um planeta pequeno e com bens e serviços limitados. Antes, nossa cultura criou um projeto  irracional de crescimento ilimitado como se os bens e serviços da Terra também fossem ilimitados. Essa é a ilusão que perdura em quase todas as mentes dos empresários e chefes de Estado. Ai do país que anualmente não apresente um PIB maior.

  O Covid-19   nos faz recuperar nossa verdadeira humanidade, embora por natureza ambigua. Ela é feita de amor, de solidariedade, de empatia, de colaboração e da dimensão humano-espiritual que dá o devido valor aos bens materiais sem absolutizá-los, mas dá muito mais mais valor aos bens intangíveis como os acima citados. Os materiais os deixamos para trás, os humano-espirituais os levamos para além da morte,pois constituem nossa identidade definitiva.

 Quanto mais nossas relações para com a natureza forem amigáveis e entre nós  cooperativas, mais a Terra se vitaliza. A Terra revitalizada nos faz também saudáveis. Curamo-nos juntos e juntos celebramos a nossa convivência terrenal.

Leonardo Boff ecoteólogo, filoósofo e escrevu Opção Terra: a solução da Terra não cai do céu, Vozes 2009.

Hoje conta mais o banqueiro que o bom Padre Júlio Lancellotti

A cultura dominante, hoje mundializada, se estrutura ao redor da vontade de poder que se traduz por vontade de dominação da natureza, do outro, dos povos e dos mercados. Essa  lógica cria continuamente tensões, conflitos e guerras. E provocou a intrusão do Covid-19 que encontrou num presidente”um Trump dos grotões” que a considerou uma “gripezinha” e assim se dispensou de cuidar do povo, assistindo sem qualquer empatia à morte de mais de 240 mil vítimas, para escândalo nacional e internacional.

Dos 3.400 anos de história  da humanidade,  que podemos datar, diz-nos o historiador Georg Weber, 3.166 foram de guerra. Os restantes 234 não foram certamente de paz mas de preparação para outra guerra.

Praticamente em todos os países as festas nacionais, seus heróis e os monumentos das praças são ligados a feitos de guerra. Os meios de comunicação levam ao paroxismo a magnificação de todo tipo de violência, bem simbolizado no programa noturno de uma das televisões sob o título “Tela Quente”. E para vexame geral nosso presidente defende a tortura dos tempos da ditadura militar e exalta torturadores sanguinários.

Nos vários países, o militar, o banqueiro e o especulador valem mais do que o poeta, o filósofo e o santo. Conta mais o rico empresário da Fiesp do que o pobre homem de Deus, que cuida da população de rua e, só por isso, sempre ameaçado de morte: o padre Júlio Lancellotti. Nos processos de socialização formal e informal, a cultura da violência não cria mediações para uma cultura da paz, do diálogo e da fraternidade universal.

Esta situação faz suscitar sempre de novo a pergunta que, de forma dramática, Albert Einstein colocou a Sigmund Freud nos idos de 1932: é possível superar ou controlar a violência? Freud, realisticamente, responde: “É impossível aos homens controlar diretamente o instinto de morte (thánatos). Pode,entretanto, percorrer vias indiretas. Tudo o que faz surguir laços emotivos entre os seres humanos age contra a guerra. Tudo o que civiliza, trabalha contra a guerra”. Mas conclui com uma forma resignada: “esfaimados pensamos no moinho que tão lentamente mói que poderemos morrer de fome antes de receber a farinha”( Obras completas III:3, 215).

Sem detalhar a questão, diríamos que por detrás da violência funcionam fortes estruturas que rompem os possíveis laços de fraternidade. Se não as controlarmos, se torna verdade o que Thomas Hobbes sustenta em seu Levitã (1561): o ser humano é lobo para o outro ser humano.

 A primeira estrutura é o caos sempre presente no processo cosmogênico e antropogênico. Somos todos filhos e filhas do caos primordial, daquela  imensa explosão silenciosa, o big bang que ocorreu há 13,7 bilhões de anos. A expansão e a evolução do universo constituem  uma forma de criar ordem (cosmos) neste caos e não permitir que seja só caótico mas que seja também generativo. Ele gera novos corpos celestes, galáxias, estrelas e buracos negros. Mesmo assim o caos  e o cosmos (novas ordens) sempre acompanham  evolução do universo. Ele atua também no ser humano, fazendo que seja simultaneamente amoroso e violento, luz e sombra.

Essa estrutura de caos produziu cerca de cinco grandes dizimações em massa de seres vivos, ocorridas há milhões de anos. Na última, há cerca de 67 milhões de anos,  pereceram todos os dinossauros. Possivelmente a própria  inteligência também nos foi dada para limitar  a ação destrutiva do caos e potencializarmos sua ação generativa de novas ordens.

Em segundo lugar, somos herdeiros da cultura patriarcal que instaurou,há mais de dez séculos, a dominação do homem sobre a mulher e criou as instituições assentadas sobre o uso legítimo da violência pelo Estado, mas presente no  exército, na guerra, nas classes, no projeto da tecno-ciência posto a serviço  dos processos de produção que implicam uma  sistemática depredação da natureza e uma desumana injustiça social.

Em terceiro lugar, essa cultura patriarcal usou da repressão, do medo, do terror e da guerra como forma de resolução dos conflitos. Sobre esta vasta base se formou a cultura do capital, explorando a força do trabalho humano e devastando a natureza. Seu objetivo é o lucro e não a vida,  sua lógica é a competição e não a cooperação,o individualismo e não a interdependência entre todos. Sua dinâmica excludente origina desigualdades, injustiças, violências que ceifam milhares e até milhões de vidas humanas. A intrusão do Covid-19 impôs a todos uma pausa nessa voracidade pois tudo teve que parar, a produção e a circulação dos seres humanos, sujeitos ao confinamento social. Limou os dentes do lobo mas não lhe tirou a ferocidade. Os especuladores acumulassem fortunas fantásticas agravando a desigualdade social.

Todas estas forças se articulam estruturalmente para consolidar a cultura da dominação e da violência, atitudes contrárias a qualquer tipo de fraternidade. Elas nos desumanizam a todos, fazendo-nos no dizer da encíclica do Papa Francisco Fratelli tutti, não mais irmãos e irmãs mas apenas sócios ao redor de interesses pessoais ou corporativos (cf.n.12;101). Não basta sermos a favor da paz. Temos que ser contra a guerra e no Brasil denunciar a ausência de um projeto oficial para deter o Covid-19, tornando o seu principal responsável, o chefe da nação “um gendarme da burguesia”, que não cuida das vidas de seu povo e não mostra empatia para com as famílias e pessoas que perderam entes queridos, como se tivesse feito uma lobotomia.

 À essa cultura da violência há que se opor a cultura da paz. Ao mundo dos sócios temos que fazer valer o mundo dos irmãos e das irmãs. Esta é proposta inovadora,um verdadeiro novo  paradigma civilizacional do Papa Francisco na encíclica Fratelli tutti: um modo de habitar a Casa Comum, como frater irmão e irmã, na qual vigora uma fraternidade sem fronteiras entre os humanos e também com os demais seres da natureza da qual é parte, em contraposição ao paradigma da modernidade  assentado sobre  o dominus, o ser humano como senhor e dono da natureza e não parte dela.

Tal proposta é imperativa, porque as forças de destruição já por séculos romperam o contrato natural com a Terra e a natureza e  estão ameaçando, por todas as partes, quebrar o contrato social mínimo pela ascensão da direita e da extrema direita que não respeita as leis e a Constituição criando um Estado pós-democrático e sem lei (R.R. Casara).  É imperativa esta proposta papal porque  o potencial destrutivo, em termos de armas de destruição em massa já montado, mais o aquecimento global podem ameaçar toda a biosfera e impossibilitar a continuidade do projeto humano. Ou limitamos a violência e fazemos prevalecer o projeto da fraternidade universal, do amor social e da  paz perene, como o proclama de forma entre angustiada e esperançada o atual Pontífice, ou conheceremos, no limite, um caminho sem retorno.A decisão cabe à nossa geração.

Leonardo Boff é teólogo e retraduziu do latim medieval a Imitação de Cristo com um acréscimo sobre o Seguimento de Jesus, Vozes 2018.