“Aque camine por el valle de la sombra de la muerte,tú vas comigo”

Leonardo Boff

En estos tiempos sombríos bajo la acción peligrosa de la Covid-19 un manto de temor y de angustia se extiende sobre nuestras vidas. Vivimos cansados existencialmente, por las personas queridas que perdemos, por las amenazas de contaminarnos y todavía más por no poder entrever cuándo va a acabar todo esto. ¿Qué vendrá después?

Un israelita piadoso que pasó por la misma angustia nos dejó retratada su situación en el famoso salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. En él hay un verso que viene justamente a propósito de nuestra situación: “Aunque camine por el valle de la muerte nada temeré, porque tú vas conmigo”.

La muerte bíblicamente debe ser entendida no solo como el fin de la vida, sinoexistencialmente como la experiencia de crisis profundas tales como grave peligro de la vida, persecución feroz de enemigos, humillación, exclusión y soledad devastadora. Se habla entonces de descender a los infiernos de la condición humana.

Cuando se reza en el credo cristiano que Jesús descendió a los infiernos, se quiere expresar que conoció la soledad extrema y el abandono absoluto, hasta por parte de su Padre (cf. Mc 15,34). Él pasó efectivamente por el valle de la sombra de la muerte, por el infierno de la condición humana. Es consolador, entonces, oír la palabra del Buen Pastor: “no temas, yo estoy contigo”.

Nuestro gran novelista João Guimarães Rosa en Grande Sertão: Veredas bien observó: “vivir es peligroso”. Nos sentimos expulsados del jardín del Edén. Estamos siempre buscando construir un paraíso posible. Vivimos haciendo travesías arriesgadas. Nos acechan amenazas por todas partes. Y en este momento con el virus, como nunca antes.

Por más que nos esforcemos y las sociedades se organicen para ello, nunca podemos controlar todos los factores de riesgo. La Covid-19 nos ha mostradola imprevisibilidad y nuestra vulnerabilidad. Por eso es dramática y a veces trágica la travesía humana. Al final, cuando se trata de asegurar nuestra vida, nos vemos forzados a confiarnos, más allá de la medicina y de la técnica, a un Mayor que puede llevarnos “a verdes praderas y fuentes tranquilas”, a Dios-Buen-Pastor. Esa entrega supera la desesperanza.

Alarguemos un poco el horizonte: un gran dramatismo pesa sobre el futuro de la vida y de la biosfera. Miles de especies están desapareciendo por causa de la codicia y la falta de cuidado humano. El calentamiento creciente del Planeta unido a la escasez de agua potable puede confrontarnos con una crisis dramática de alimentación. Puede darse el desplazamiento de millones de personas en busca de su supervivencia, amenazando el ya frágil equilibrio político y social de las naciones.

Aquí cabe invocar de nuevo al Pastor del universo, Aquel que tiene poder sobre el curso de los tiempos y de los climas, para que cree situaciones oportunas y suscite el sentido de la solidaridad y de la responsabilidad en los pueblos y en los jefes de Estado.

Lo que hoy destruye nuestra alegría de vivir es el miedo. Es consecuencia deun tipo de sociedad que se ha construido en los últimos siglos asentada sobre la competición y no sobre la cooperación, sobre la voluntad de acumulación de bienes materiales, el consumismo, y sobre el uso de la violencia como forma de resolver los problemas personales y sociales.

Lo que invalida el miedo y sus secuelas es el cuidado de unos a otros, especialmente ahora, para no contaminarnos con el virus ni contaminar a los demás. El cuidado es fundamental para entender la vida y las relaciones entre todos los seres. Sin cuidado la vida no nace ni se reproduce. Cuidar de alguien es más que administrar sus intereses, es implicarse afectivamente con él/ella,preocuparse por su bienestar, sentirse corresponsable de su destino. Por eso, todo lo que amamos también lo cuidamos y todo lo que cuidamos también lo amamos.

El cuidado es también el anticipador previo de los comportamientos para que sus efectos sean buenos y fortalezcan la convivencia.

Una sociedad que se rige por el cuidado de la Casa Común, la Tierra, elcuidado de los ecosistemas que garantizan las condiciones de la biosfera y de nuestra vida, el cuidado de la seguridad alimentaria de cada uno de los seres humanos, el cuidado del agua dulce, el bien más escaso de la naturaleza, elcuidado de la salud de las personas, especialmente de las más desfavorecidas,el cuidado de las relaciones sociales más participativas, equitativas, justas y pacíficas, el cuidado del ambiente espiritual de la cultura para que todos puedan vivir con sentido, vivenciar y acoger sin mayores dramas las limitaciones, la vejez y la travesía de la muerte, esa sociedad de cuidado gozará de paz y concordia, necesarias para la convivialidad humana.

Es reconfortante, en medio de nuestras tribulaciones actuales, amenazados por la Covid-19, oír a Aquel que nos susurra: “No temas, yo estoy contigo” (Salmo 23) y a través de Isaías nos asegura: “no receles que yo soy tu Dios, yo te fortalezco, yo te ayudo, yo te sostengo en la palma de mi mano” (Is 41,10).

De esta forma, nuestra vida personal adquiere cierta levedad y conserva, aun en medio de peligros y amenazas, una serena jovialidad al sentir que jamás estamos solos. Dios camina en nuestro mismo caminar como Buen Pastor que cuida para que “nada nos falte”.

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo ha escrito: El Señor es mi pastor: consuelo divino para el desamparo humano, Sal Terrae 2007.Traducción de Mª José Gavito Milano            

“Though I should pass through the valley of the shadow of death”

                                                      Leonardo Boff

In these dark times under the dangerous action of Covid-19 a mantle of fear and anguish extends over our lives. We live existentially weary, because of the loved ones we have lost, because of the threats of being contaminated, and even more because we don’t see when it will all end. What will come next?

A pious Israelite went through the anguish table and left us a picture of his situation in the famous Psalm 23: “The Lord is my shepherd; I shall not want. In it there is a verse that comes in handy exactly for our situation: “Though I should pass through the valley of death, I will fear nothing, for you go with me”.

Biblically, death is to be understood not only as the end of life, but existentially as the experience of profound crises such as severe life-threatening, fierce persecution by enemies, humiliation, exclusion, and devastating loneliness. It speaks then, of descending into the hells of the human condition.

When we say in the Christian creed that Jesus descended into hell, we mean that he experienced extreme loneliness and absolute abandonment, even by his Father (cf. Mk 15:34). He effectively passed through the valley of the shadow of death, the hell of the human condition. It is consoling, then, to hear the words of the Good Shepherd: “Fear not, I am with you”.

Our great novelist João Guimarães Rosa in Grande Sertão:Veredas observed well: “living is dangerous. We feel expelled from the garden of Eden. We are always trying to build a possible paradise. We live in risky crossings. Threats lurk everywhere. And at this moment with the virus, like never before.

No matter how hard we try, and how well societies organize themselves, we can never control all the risk factors. Covid-19 has shown us the unpredictability and our vulnerability That is why the human crossing is dramatic and sometimes tragic. In the end, when it comes to securing our lives, we are forced to entrust ourselves, beyond medicine and technology, to a Greater One who can lead us “to green pastures and quiet springs,” to the Good Shepherd God. This entrustment overcomes hopelessness.

Let’s widen the horizon a little: great drama weighs upon the future of life and the biosphere. Thousands of species are disappearing because of human greed and negligence. The increasing warming of the planet together with the scarcity of drinking water may confront us with a dramatic food crisis. Millions of people may be displaced in search of survival, threatening the already fragile political and social balance of nations.

Here we must invoke once again the Shepherd of the universe, the One who has power over the course of time and climate to create opportune situations and arouse a sense of solidarity and responsibility in the peoples and heads of state.

Today what destroys our joy of living is fear.  It is the consequence of a type of society that has been built in the last centuries based on competition and not on cooperation, on the will to accumulate material goods, on consumerism, and on the use of violence as a way to solve personal and social problems.

What invalidates fear and its sequels is the care for each other, especially now, so as not to be contaminated by the virus and not to contaminate others. Care is fundamental for us to understand life and the relationships between all beings. Without care, life is not born or reproduced. Caring for someone is more than managing their interests, it is getting affectively involved with them, caring for their well-being, and feeling co-responsible for their destiny. For this reason, everything we love we also care for and everything we care for we also love.

Caring is also the anticipator of behaviors so that their effects are good and strengthen coexistence.

A society that is governed by care, for the Common House, the Earth, care for the ecosystems that guarantee the conditions of the biosphere and of our life, care for the food security of every single human being, care for fresh water, nature’s most echosen good, care for people’s health, especially for the most deprived, care, caring for the spiritual environment of culture, so that everyone can live a meaningful life, experience and welcome limitations, aging, and the passing of death without major drama, this caring society will enjoy the peace and harmony necessary for human coexistence.

It is comforting, in the midst of our current tribulations, threatened by Covid-19, to hear the One who whispers to us: “Do not be afraid, I am with you” (Psalm 23) and through Isaiah assures us: “Do not be afraid, for I am your God; I will strengthen you, yes, I will help you, yes, I will support you in the palm of my hand” (Is 41:10).

In this way, our personal life takes on a certain lightness and, even in the midst of risks and threats, it retains a serene youthfulness as we feel that we are never alone. God walks in our own walk as the Good Shepherd who takes care that “we lack nothing”.

Leonardo Boff is a theologian and philosopher: The Lord is my shepherd: divine consolation for human helplessness, Orbis Books, 2013.

“Ainda que devesse passar pelo vale da sombra de morte”

Leonardo Boff

Nestes tempos sombrios sob a ação perigosa do Covid-19 um manto de temor e de angústia se estende sobre nossas vidas. Vivemos cansados existencialmente, pelas pessoas queridas que perdemos,  pelas ameaças de sermos contaminados e ainda mais por não entrevermos quando tudo isso vai acabar. O que virá depois?

taUm israelita piedoso passou pela mesa angústia e nos deixou retrada a sua situação no famoso salmo 23:”O Senhor é meu pastor e nada me falta”. Nele há um verso que vem a calhar exatamente para a nossa  situação:”Ainda que devesse passar pelo vale da morte, nada temerei porque tu vais comigo”.

Morte biblicamente, deve ser entendida não apenas como o fim da vida, mas existencialmente como a experiência de crises profundas como grave risco de vida, perseguição feroz de inimigos, humilhação, exclusão e  solidão devastadora. Fala-se então, de descer aos infernos da condição humana.

Quando se reza no credo cristão que Jesus desceu aos infernos se quer expressar que ele conheceu a solidão extrema e o absoluto abandono, até por parte de seu Pai (cf. Mc 15,34). Ele passou, efetivamente, pelo vale da sombra de morte, pelo inferno da condição humana. É consolador, então, ouvir a palavra do Bom Pastor:”não temas eu estou contigo”.

Nosso grande romancista João Guimarães Rosa em Grande Sertão:Veredas bem observou: “viver é perigoso”. Sentimo-nos expulsos do jardim do Eden. Estamos sempre buscando construir um paraíso possível. Vivemos fazendo travessias arriscadas. Ameaças nos espreitam por todos os lados. E nesse momento com o vírus, como nunca antes.

Por mais que nos esforcemos e as sociedades para isso se organizem, nunca podemos controlar todos os fatores de risco. O Covid-19 nos mostrou a imprevisibilidade e a nossa vulnerabilidade Por isso, é dramática e, por vezes trágica, a travessia humana. No termo, quando se trata de assegurar nossa vida, somos forçados a  nos confiar, além da medicina e da técnica, a um Maior que pode levar-nos”a pastagens verdejantes e à fontes tranqulas”, ao Deus-Bom-Pastor. Essa entrega  supera a desesperança.

Alarguemos um pouco o horiconte: grande dramaticidade pesa sobre o futuro da vida e da biosfera. Milhares de espécies estão desparecendo por causa da  cobiça e da incúria humana. O aquecimento crescente do Planeta unido à escassez de água potável pode nos confrontar com uma crise dramática de alimentação. Milhões poderão  se deslocar em busca da sobrevivência ameaçando o já frágil equilíbrio político e social das nações.

Aqui cabe invocar de novo o Pastor do universo, Aquele que tem poder sobre o curso dos tempos e dos climas para que crie situações oportunas e suscite o sentido da solidariedade e da responsabilidade nos povos e nos chefes de Estado.

Hoje o que destrói nossa alegria de viver é o medo.  É consequência de um tipo de sociedade que se construiu nos últimos séculos assentada sobre a competição e não sobre a cooperação,  sobre a vontade acumulação de bens materiais, o consumismo e sobre o uso da violência como forma de resolver os problemas pessoais e  sociais.

O que invalida o medo e suas sequelas é o cuidado de uns para com os outros, especialmente agora, para não sermos contaminado pelo viírus nem contaminar  os outros. O cuidado é fundamental para entendermos a vida e as relações entre todos os seres. Sem cuidado a vida não nasce nem se reproduz. Cuidar de alguém é mais que administrar seus interesses, é envolver-se afetivamente com ele, importar-se pelo seu bem-estar, é sentir-se corresponsável pelo seu destino. Por isso, tudo o que amamos também cuidamos e tudo o que cuidamos também amamos.

O cuidado é  também o antecipador prévio dos comportamentos para que seus efeitos sejam bons e fortaleçam a convivência.  

Uma sociedade que se rege pelo cuidado, pela Casa Comum, a Terra, cuidado com os ecosistemas que garantem as condições da biosfera e de nossa vida, cuidado com a segurança alimentar de cada um dos seres humanos, cuidado com água doce, o bem mais ecasso da natureza, cuidado com a saúde das pessoas, especialmente das mais desprovidas, cuidado, com  relações sociais mais participativas, equitativas, justas e pacíficas, cuidado com o ambiente espiritual da cultura para que todos possam viver com sentido, vivenciar e acolher, sem maiores dramas, as limitações, o envelhecimento e a travessia da morte, essa sociedade de cuidado gozará de paz e concórdia, necessárias para a convivialidade humana.

É confortador, no meio de nossas tribulações atuais, ameaçados pelo Covid-19, ouvir Aquele que nos sussurra:”Não temas,  eu estou contigo”(Salmo 23) e através de Isaías nos assegura:”não olhes apreensivo, pois eu sou teu Deus, eu te fortaleço sim, eu te ajudo, sim, eu te sustento na palma de minha mão”(Is 41,10).

Desta forma, nossa vida pessoal ganha certa leveza e conserva, mesmo no meio de riscos e ameaças, serena jovialidade ao sentirmos que jamais estamos sós. Deus caminha em nosso próprio caminhar como o  Bom Pastor que cuida para que “nada nos falte”.

Leonardo Boff é teólogo e filósofo e escreveu: O Senhor é meu pastor: consolo divino para o desamparo humano, Vozes 2013.

Haben wir genug Zeit und Verstand, um eine ökologische Katastrophe zu vermeiden?

Leonardo Boff

Am 8. August 2021 veröffentlichte der Weltklimarat (IPCC) den alle zwei Jahre erscheinenden Bericht über den Zustand des Erdklimas, der das Ergebnis der Forschung von mehr als hundert Experten aus 52 Ländern ist. Im Gegensatz zu früheren Berichten war das Dokument noch nie so klar wie jetzt. Zuvor hieß es, es sei zu 95 % sicher, dass die globale Erwärmung anthropogen, d. h. vom Menschen verursacht sei. Jetzt wird uneingeschränkt bestätigt, dass sie eine Auswirkung des Menschen und seiner Art, die Erde zu bewohnen, ist, insbesondere aufgrund der Nutzung fossiler Energien (Öl, Kohle und Gas) und anderer negativer Faktoren.

Das Szenario sieht dramatisch aus. Das Pariser Abkommen sieht vor, dass die Länder “die Erwärmung auf unter 2˚ C begrenzen und sich bemühen, sie auf 1,5 ˚C zu begrenzen”. Der aktuelle Bericht deutet darauf hin, dass es schwierig sein wird, aber dass wir über die wissenschaftlichen Kenntnisse, die technologischen und finanziellen Kapazitäten verfügen, um den Klimawandel zu bewältigen, wenn alle – Länder, Städte, Unternehmen und Einzelpersonen – es jetzt ernsthaft angehen.

Die aktuelle Situation ist besorgniserregend. Im Jahr 2016 beliefen sich die weltweiten Treibhausgasemissionen auf rund 52 Gigatonnen CO2 pro Jahr. Wenn wir unseren derzeitigen Kurs nicht ändern, werden wir bis 2030 52-58 Gigatonnen erreichen. Auf diesem Niveau käme es zu einer enormen Zerstörung der biologischen Vielfalt und zu einer nie dagewesenen Vermehrung von Bakterien und Viren.

Um das Klima bei 1,5 Grad Celsius zu stabilisieren, so die Wissenschaftler, müssten die Emissionen um die Hälfte (25-30 Gigatonnen) sinken. Andernfalls würden wir, wenn die Erde in Flammen steht, erschreckende Extremereignisse erleben.

Ich bin der Meinung, dass Wissenschaft und Technologie allein nicht ausreichen, um die Treibhausgase zu reduzieren. Es ist zu viel, an die Allmacht der Wissenschaft zu glauben, die bis heute nicht in der Lage war, Covid-19 vollständig erfolgreich etwas entgegenzusetzen. Es besteht ein dringender Bedarf an einem anderen Paradigma der Beziehung zur Natur und zur Erde, das nicht zerstörerisch, sondern freundlich und in subtiler Synergie mit den Rhythmen der Natur ist. Dies würde eine radikale Umgestaltung der derzeitigen kapitalistischen Produktionsweise erfordern, die immer noch weitgehend von der Illusion getragen wird, dass die Ressourcen der Erde unbegrenzt sind und daher ein unbegrenztes Wachstums-/Entwicklungsprojekt ermöglichen. Papst Franziskus prangert in seiner Enzyklika “Laudato Sì: Über die Sorge für das gemeinsame Haus (2020)” diese Prämisse als “Lüge” (Nr. 106) an: Ein begrenzter, degradierter und überbevölkerter Planet verträgt kein unbegrenztes Projekt. Covid-19 in seiner tiefsten Bedeutung verlangt von uns, eine paradigmatische Umkehr in die Tat umzusetzen.

In der Enzyklika “Fratelli tutti” (2021) versteht Papst Franziskus diese Warnung vor dem Virus. Er stellt zwei Projekte gegenüber, die wahre Paradigmen sind: das gegenwärtige, das der Moderne, dessen Wesen darin besteht, den Menschen zum Dominus (Herrn und Meister) der Natur zu machen, und das neue, das er vorschlägt, das des Frater (Bruder und Schwester), das alle miteinschließt, den Menschen und die anderen Lebewesen der Natur. Dieses neue Paradigma der planetarischen Geschwisterschaft würde eine grenzenlose Geschwisterlichkeit und eine soziale Liebe schaffen. Wenn wir diese Reise nicht antreten, “sind entweder alle gerettet oder niemand” (Nr. 32).

Die große Frage ist: Zeigt die globalisierte kapitalistische Produktionsweise den politischen Willen, die Fähigkeit und die Vernunft, diesen radikalen Wandel zuzulassen? Sie hat sich zum Dominus (Descartes’ Maître et Possesseur) der Erde und all ihrer Ressourcen gemacht. Seine Mantras lauten: höchstmöglicher Profit, erzielt durch scharfen Wettbewerb, akkumuliert als Einzelperson oder als Unternehmen, durch eine verheerende Ausbeutung von natürlichen Gütern und Dienstleistungen. Aus dieser Produktionsweise ist die Klimakontrolle und, was noch schlimmer ist, eine Kultur des Kapitals entstanden, von der wir alle in gewisser Weise Geiseln sind. Wie können wir uns aus ihr befreien, um uns zu retten?

Wir müssen uns ändern, sonst, so Sygmunt Bauman, “werden wir uns in die Reihe derer einreihen, die auf ihr eigenes Grab zusteuern”.

Logischerweise braucht dieser dringende Paradigmenwechsel Zeit und beinhaltet einen Transformationsprozess, da das gesamte System darauf getrimmt wird, mehr zu produzieren und zu konsumieren. Aber die Zeit für Veränderungen läuft uns davon. Daher die Meinung der großen Köpfe der Welt, deren unbestreitbare Glaubwürdigkeit nicht auf einfachem Pessimismus, sondern auf fundiertem Realismus beruht. Ich zitiere einige von ihnen:

Der erste ist Papst Franziskus, der in Fratelli tutti warnte: “Wir sitzen alle im selben Boot, entweder wir retten uns alle, oder niemand wird gerettet” (Nr. 32).

Der zweite ist der Begründer der Theorie der Erde als lebender Superorganismus, Gaia, James Lovelock, dessen neuester Titel alles sagt: Gaia: Final Warning (Intrinsic, Rio 2010).

Der dritte ist Martin Rees, königlicher Astronom aus UKl: Unsere letzte Stunde: Wird das 21. Jahrhundert das letzte der Menschheit sein? (Companhia das Letras, SP 2005); der Titel spricht für sich selbst.  

Der vierte ist Eric Hobsbawm, einer der renommiertesten Historiker des 20. Jahrhunderts, der am Ende von The Age of Extremes (Companhia das Letras, SP 1995) sagt: “Wir wissen nicht, wohin wir uns bewegen. Eines ist jedoch klar: Wenn die Menschheit eine sinnvolle Zukunft haben will, kann dies nicht durch eine Verlängerung der Vergangenheit oder der Gegenwart geschehen. Wenn wir versuchen, das dritte Jahrtausend auf dieser Grundlage aufzubauen, werden wir scheitern. Und der Preis des Scheiterns, d. h. des gesellschaftlichen Wandels, ist die Dunkelheit” (S.562). Diese Warnung gilt für alle, die die Postpandemie als Rückkehr zur alten, perversen Normalität betrachten.

Der fünfte ist der bekannte französische Genetiker Albert Jacquard mit seinem Buch “Hat der Countdown bereits begonnen?” (Le compte à rebours a-t-il commencé? Stock, Paris 2009). Er erklärt: “Wir haben ein Zeitlimit, und wenn wir gegen uns selbst arbeiten, laufen wir Gefahr, eine Erde zu schaffen, auf der niemand von uns leben möchte. Das Schlimmste ist nicht sicher, aber wir müssen uns beeilen” (vierte Schicht).

Schließlich stellt einer der letzten großen Naturforscher, Théodore Monod, in seinem Buch “Und wenn das menschliche Abenteuer scheitern sollte” (Et si l’aventure humaine devait échouer, Grasset, Paris 2003) fest: “Der Mensch ist durchaus zu wahnsinnigem und irrsinnigem Verhalten fähig; von nun an können wir alles befürchten, absolut alles, sogar die Auslöschung der menschlichen Spezies” (S.246).

Der Prozess der Kosmogenese und Anthropogenese führte auch zur Entstehung von Glaube und Hoffnung. Sie sind Teil der gesamten Realität. Sie entkräften nicht die oben zitierten Warnungen, aber sie öffnen ein weiteres Fenster, das uns versichert, dass “der Schöpfer alles aus Liebe geschaffen hat, weil er der leidenschaftliche Liebhaber des Lebens ist” (Weisheit 11,26).

Dieser Glaube und diese Hoffnung erlauben es Papst Franziskus, “jenseits der Sonne” die folgenden Worte zu sprechen: “Gehen wir singend voran, damit unsere Kämpfe und unsere Sorge um diesen Planeten uns nicht die Freude der Hoffnung rauben” (Laudato Sì Nr. 244).

Das Prinzip der Hoffnung überwindet alle Grenzen und hält die Zukunft immer offen. Wenn wir den Klimawandel auch nicht verhindern können, so können wir doch Vorkehrungen treffen und seine schädlichsten Auswirkungen abmildern. Das ist es, woran wir glauben und worauf wir hoffen.

Leonardo Boff,Philosoph und Ökotheologe und hat das Buch geschrieben:”Zukunft für Mutter Erde:warum wir als Krone der Shöpfung abdanken müssen,Claufiud 2012.