“En su país la vida parece no valer nada: se mata por un celular”

Leonardo Boff

            Esa frase no es mía. Es de uno de los mayores humanistas de nuestro continente, el expresidente uruguayo José Mujica. Después de un largo diálogo sobre el destino de nuestros países, del mundo, del capitalismo transformado en una cultura que nos envuelve a todos, en cierto momento confesó:“En Brasil la vida parece no valer nada: se mata por un celular. En Uruguay, cuando hay un crimen semejante, siendo un país ‘chiquitito’, todos llegan a saberlo”. En su país queda así, sin investigación, pues se trata de un negro.

            Al final nos abrazamos, y tal fue la sintonía en nuestras palabras que me dijo: “somos almas hermanas”. Yo, sorprendido, guardé silencio para no llorar y, con la voz entrecortada, apenas le dije: “ia .Hay dos personas que yo admiro enormemente:el Papa Francisco y Usted,Mujica.” Él me abrazó fuertemente y vi que una lágrima furtiva corría por sus cansados ojos.

            Decía la verdad. Una conocida de una comunidad periférica del Gran Río me contó: “hablé con un policía militar que iba y venía por nuestra placita y me dijo: ‘caramba, estoy aquí desde hace dos horas y todavía no maté a ningún joven negro’”. Muchos jóvenes negros entre 15 y 18 años son asesinados con un tiro en la cabeza con esta justificación: o pertenecen al narcotráfico o van a entrar en él. Entonces se procede al “abate” (expresión de un exgobernador hoy preso /eliminación, ejecución)

            En el mundo actual parece, efectivamente, que la vida no vale nada. Véase la matanza y el genocidio cometidos bajo el mando de Benjamin Netanyahu en la Franja de Gaza. Los asesinatos de niños en Sudán, sin hablar de los miles de muertos en Ucrania y en Irán bajo los bombardeos, por un lado de los rusos y, por otro, de los norteamericanos y los israelíes, incluso utilizando Inteligencia Artificial.

            El jefe de la Oficina de la ONU para Asuntos Humanitarios afirma: “los gastos de 14 días de guerra salvarían 87 millones de vidas” (O Globo, 22/4/26, p.19). ¿Por qué no decidimos por la vida y preferimos la muerte? Ese es el misterio de nuestra condición humana, que se muestra cruel y sin piedad.

            Leo algo aterrador que ya está en funcionamiento y se completará hacia 2027: una superinteligencia artificial que maneja trillones de algoritmos, acumulados de todo el mundo. Ya no depende de decisiones humanas. Puede, eventualmente, tomar la decisión de eliminar toda la vida humana. El profesor HOC, uno de nuestros más serios analistas geopolíticos, describió en detalle su funcionamiento en su YouTube: “La disputa que puede decidir el futuro de la humanidad: Anthropic y el gobierno estadounidense” (basta entrar en Google y escribir este título)

            En este contexto amenazador conviene reflexionar, aún a tiempo, sobre la excelencia de la vida. Las respuestas consagradas dicen que proviene de Dios o de algo misterioso, inaccesible para nosotros.

            Pero nuestra visión cambió radicalmente cuando en 1953 James Watson y Francis Crick descifraron la estructura de la molécula de ácido desoxirribonucleico (DNA), que contiene el manual de instrucciones de la creación humana. La molécula de DNA consiste en múltiples copias de una unidad básica, el nucleótido, que se presenta en cuatro formas: adenina (A), timina (T), guanina (G) y citosina (C).

            Ese alfabeto de cuatro letras se despliega en otro alfabeto de veinte letras que son las proteínas. Forman el código genético que se presenta en una estructura de doble hélice o de dos cadenas moleculares. Es el mismo en todos los seres vivos. Por eso somos todos parientes. Para los científicos Watson y Crick: “la vida no es más que una vasta gama de reacciones químicas coordinadas; el ‘secreto’ de esta coordinación es un complejo y fascinante conjunto de instrucciones inscritas químicamente en nuestro DNA” (cf. DNA: el secreto de la vida, Companhia das Letras, 2005, p. 424). Pero es mucho más: para otros cosmólogos, una energía de fondo, amorosa y poderosa, hizo converger todos los elementos para formar este conjunto de instrucciones: alguien que aparece como la fuente de toda la vida. ¿Quién es? Este es el misterio decifrado por las religiones.

            Así, la vida fue insertada en el proceso global de la evolución. Después de la gran explosión del Big Bang, hace 13.700 millones de años, la energía y la materia liberadas se fueron expandiendo, densificando, complejizando y creando nuevas formas de organización. Al alcanzar un alto nivel de complejidad, irrumpió la vida como un imperativo cósmico. (cf.Joël de Rosnay, La aventura de la vida, Vozes 1992)

            La vida representa, entonces, una posibilidad presente en las energías originarias y en la materia primordial. La materia no es “material”, sino un campo altamente interactivo de energías condensadas, como sostienen destacados físicos cuánticos, biólogos y cosmólogos.

            La vida existe desde hace 3.800 millones de años. Ella es la Eva originaria de todos los seres vivos. Nosotros, los humanos, somos un subcapítulo del capítulo fundamental que es la propia vida. Somos aquella porción de la Tierra que un día, bajo extrema complejidad, comenzó a sentir, pensar, amar y venerar. Así surgió el ser humano.Somos Tierra.

            Por último, me atrevo a repetir lo que escribí en un artículo anterior. Según varios biólogos y cosmólogos, “el Universo sería incompleto sin la vida”. Siempre que se alcanza cierto nivel de complejidad, la vida surge como un imperativo cósmico, en cualquier parte del universo. Es la tesis de Christian de Duve, premio Nobel de biología, y del físico cuántico, de la India Amit Goswami.

            Por lo tanto, debemos enriquecer nuestra visión del universo, no como algo muerto, sino lleno de vida en trillones de planetas dentro de miles de millones de galaxias. Nuestra Vía Láctea, de tamaño medio, es portadora de esta joya preciosa que es la vida. En nosotros, la vida se hizo reflexiva y consciente, con la capacidad de dar rumbo a la historia.

            Pero en este momento, dada nuestra osadía irresponsable, hemos creado una superinteligencia artificial que puede destruirnos. Sin embargo, alimentamos la esperanza de que la vida siempre triunfará, como logró sobrevivir a las quinze grandes extinciones del pasado.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA (https://www.revistaliberta.com.br); escribió junto con el cosmólogo M. Hathaway El Tao de la Liberación, premiado en 2010 en Estados Unidos con la medalla de oro en nueva ciencia y cosmología; cf. también Ética de la vida, Record, 2006 (https://www.leonardoboff.org).

“Em seu país a vida não vale nada: se mata por um celular”

Leonardo Boff

       Essa frase não é minha. É de um dos maiores humanistas de nosso Continente, o ex-presidente uruguaio Pepe Mujica.Depois de um largo diálogo sobre o destino de nossos países, do mundo,do capitalismo, transformado numa cultura que a todos envolve, em certo momento confessou:”No Brasil a vida parece não valer nada:se mata por um celular. No Uruguai quando há um crime semelhante, país “chiquitito”, todos chegam a saber”. Em seu  país fica por isso mesmo, sem averiguação, pois se trata de um negro.

No final nos abraçamos e tal foi a sintonia em nossas falas que me disse:”somos almas irmãs”. Eu surpreso calei para não chorar e com voz embargada apenas lhe disse:”Há duas pessoas que eu admiro no mundo:o Papa Francisco e Usted, Pepe Mujica”. Ele me abraçou fortemente e vi que uma lágrima furtiva escorria de seus cansados olhos.

       Ele dizia a verdade. Uma conhecida de uma comunidade periférica do Grande Rio me contou: “conversei com um policial militar que ia e vinha na nossa pracinha e me disse: “puxa,estou aqui  há duas horas e ainda não matei nenhum jovem negro”. Muitos jovens negros entre 15-18 anos são mortos com um tiro na cabeça com esta alegação: ou pertencem ao tráfico ou irão entrar nele. E então  se faz o abate (expressão de um ex-governador preso).

No mundo atual parece mesmo que a vida não vale nada.Veja-se o morticínio e o genocídio cometidos sob mando de Netanyahu na Faixa de Gaza. Os assassinatos de crianças no Sudão sem falar dos milhares de mortos na Ucrânia e no Irã sob os bombardeios,de um lado dos russos e do outro, dos norte-americanos e dos israelenses usando até a Inteligência Artificial.

O chefe do Escritório da ONU para Assuntos Humanitários afirma:”Gastos de 14 de dias de guerra salvariam 87 milhões de vidas”(O Globo 22/4/26 p.19). Por que não decidimos pela vida e preferimos a morte? Esse é o mistério de nossa condition humaine que se mostra cruel e sem piedade.

       Leio algo apavorante que está já está funcionando e irá se completar até 2027: uma Super-inteligência Artificial que maneja trilhões de algoritmos, acumulados do mundo inteiro. Já não depende das decisões humanas. Ela pode, eventualmente, tomar a decisão de eliminar toda a vida humana. Prof. HOC, um de nossos mais sérios geopolíticos, descreveu em detalhes seu funcionamento em seu YouTube:”A briga que pode decidir o futuro da humanidade: a Anthropic e o governo americano”.(basta entrar no Google e escrever este título).

       Neste contexto ameaçador convém refletirmos, ainda em tempo, sobre a excelência da vida. As respostas consagradas são que ela provém de Deus ou de algo misterioso, por nós inacessível.

Mas nossa visão mudou radicalmente quando em 1953 Crick e Watson decifraram a estrutura de uma molécula do ácido desoxirribonucléico (DNA) que contém o manual de instruções da criação humana. A molécula DNA consiste em múltiplas cópias de uma única unidade básica, o nucleotídeo, que se realiza em quatro formas: adenina (A), timina (T), guanina (G) e citosina(C).

Esse alfabeto de quatro letras se desdobrava num outro alfabeto de vinte letras que são as proteínas. Formam o código genético que se apresenta numa estrutura de dupla hélice ou de duas cadeias moleculares. Ele é o mesmo em todos os seres vivos. Por isso somos todos parentes.Para os cientistas Watson e Crick:”a vida nada mais é que uma vasta gama de reações químicas coordenadas; o  “segredo” desta coordenação é um complexo e arrebatador conjunto de instruções inscritas quimicamente em nosso DNA” (Cf. DNA: o segredo da vida, Companhia das Letras 2005, 424).Mas ela é muito mais: para outros cosmólogos, a Energia de Fundo  amorosa e  poderosa fez convergir todos os elementos para formar este conjunto das instruções:Alguém que comparece como a Fonte de toda a Vida.Quem é Ele?

       Com isso a vida foi inserida no processo global da evolução. Após a grande explosão do big-bang há 13,7 bilhões de anos, a energia e a matéria liberadas foram se expandindo, se densificando, se complexificando e criando novas ordens à medida em que avançavam. Alcançado um nível alto de complexidade da matéria, irrompeu a vida como um imperativo cósmico (cf. Joël de Rosnay,A aventura da vida,Vozes 1992).

A vida representa, pois, uma possibilidade presente nas energias originárias e na matéria primordial. A matéria não é “material” mas um campo altamente interativo de energias condensadas. É o que afirmam notáveis da física quântica, biólogos cosmólogos.

A vida já existe há 3,8 bilhões de anos. Ela é a Eva originária e originante de todos os seres vivos. Nós, humanos, somos o sub-capítulo do capítulo fontal que a própria vida. Somos aquela porção da Terra que um dia, sob extrema complexidade, começou a sentir, a pensar,a amar e a venerar. Eis que surgiu o ser humano.

Por fim, ouso repetir o que escrevi num artigo anterior. Segundo vários biólogos e cosmólogos o“Universo seria incompleto sem a vida”. Sempre que se atingir certo nível de complexidade, a vida surge como um imperativo cósmico, em qualquer parte do Universo. É a tese de Christian de Duve,Nobel em biologia e do físico quântico indiano Amit Goswami.

Portanto, temos      que enriquecer nossa visão do universo, não como algo morto, mas cheio de vida em trilhões de  planetas  dentro de vários  bilhões de galáxias. A nossa Via-Láctea, média, é a portadora dessa joia preciosa que é a vida. Em nós ela se fez reflexa e consciente com a capacidade de dar rumo à história.

Mas nesse momento, dada a nossa ousadia irresponsável, criamos uma Super inteligência Artificial que pode nos  destruir.Nutrimos a esperança de que a vida sempre triunfará como pôde sobreviver em todas as quinze grandes extinções do passado. E a esperança não nos defraudará.

Leonardo Boff  escreve para a revista do ICL LIBERTA (https:// http://www.revistaliberta.com.br);escreveu com o cosmólogo M.Hathaway O Tao da Libertação premiado em 2010 nos USA com a medalha de ouro em nova ciência e cosmologia; cf. também Etica da vida, Record 2006. (https://www.leonardoboff.org).

Wir haben das neue planetarische Bewusstsein noch nicht angenommen: Artemis II

Leonardo Boff

Die vielen Weltraumreisen, sechs bemannte Mondmissionen und weitere, die sogar unser Sonnensystem verlassen und die unendlichen Weiten des Universums durchquert haben, haben weder in der Menschheit im Allgemeinen noch – und erst recht nicht bei den Staats- und Regierungschefs – das daraus resultierende neue planetarische Bewusstsein geweckt. Wir leben weiterhin unter dem Regime der Nationalstaaten, jeder mit seinen Grenzen, die im Westfälischen Frieden von 1648 festgelegt wurden. Covid-19 hat sich nicht an die Grenzen der Nationen gehalten. Es hat alle betroffen. Die notwendigen Konsequenzen daraus wurden noch nicht gezogen. Die rücksichtslose und konsumorientierte Lebensweise ist mit noch größerer Wucht zurückgekehrt. Wir haben die Lehren, die uns Mutter Erde erteilt hat, nicht beherzigt.

Hinzu kommt die Tatsache, dass wir heutzutage Kriege um Territorien führen (Ukraine, Gazastreifen, Grönland und andere). Aus der Perspektive von Astronauten, wie einer der vier an Bord der Artemis-II-Raumsonde treffend bemerkte: „Von hier oben sind wir ein Volk.“ Diese Aussage entlarvt die Konflikte als absurd. Sie werden von grausamen und völkermörderischen Gestalten wie Netanjahu und Trump aufrechterhalten, die noch immer nicht begriffen haben, dass wir eine einzige Menschheit sind und die Erde unser einziges gemeinsames Zuhause ist, in dem Juden, Palästinenser und alle anderen ihren Platz finden.

Unvergesslich sind die Worte von Neil Armstrong, dem ersten Menschen, der am 20. Juli 1969 den Mond betrat: „Das ist ein kleiner Schritt für einen Menschen, aber ein Riesenschritt für die Menschheit.“ Und er fuhr fort: „Plötzlich bemerkte ich, dass diese kleine, wunderschöne blaue Erbse die Erde war … Mit meinem Daumen bedeckte ich die Erde vollständig.“

Wir haben weitere Aussagen von Astronauten aus Frank Whites Buch „Der Overview-Effekt“ (Boston 1987, ich besitze ein von ihm signiertes Exemplar) hinzugefügt: Astronaut Russell Schweickhart sagte: „Wenn man die Erde von außen betrachtet, erkennt man, dass alles, was einem wichtig ist – die ganze Geschichte, die Kunst, Geburt, Tod, Liebe, Freude und Tränen –, in diesem kleinen blau-weißen Punkt enthalten ist, den man mit dem Daumen bedecken kann. Und aus dieser Perspektive versteht man, dass sich alles in uns verändert hat, dass etwas Neues entsteht, dass die Beziehung nicht mehr dieselbe ist wie zuvor.“ (Der Overview-Effekt, S. 38)

Astronaut Gene Cernan berichtete: „Ich war der letzte Mensch, der im Dezember 1972 den Mond betrat. Von der Mondoberfläche aus blickte ich voller Ehrfurcht und Bewunderung auf die Erde vor dem tiefblauen Hintergrund. Was ich sah, war zu schön, um es zu begreifen, zu logisch, zu sinnvoll, um das Ergebnis eines bloßen kosmischen Zufalls zu sein. Man verspürte innerlich den Drang, Gott zu preisen. Gott muss existieren, denn er hat das erschaffen, was ich betrachten durfte.“ (ebd., S. 39)

Sigmund Jähn: „Politische Grenzen sind längst überwunden. Nationale Grenzen sind ebenfalls überwunden. Wir sind ein Volk, und jeder Einzelne trägt die Verantwortung für den Erhalt des fragilen Gleichgewichts der Erde. Wir sind ihre Hüter und müssen uns um unsere gemeinsame Zukunft kümmern“ (ebd., S. 43).

Diese scheinbar selbstverständlichen Ansichten wurden von Geopolitikern und Staatsoberhäuptern nie ernst genommen. Immanuel Kant (1724–1804), der die Erde nie von außerhalb gesehen hatte (er verließ seine Stadt Königsberg nie), betonte in seinem letzten Werk, „Vom ewigen Frieden“ (1795), dass die Erde der gesamten Menschheit gehört und ein Gemeingut für alle darstellt. Daher gibt es keinen Grund, um Land zu kämpfen, wenn uns alles gehört. Wir können in ewigem Frieden leben.

Doch wer in unserer Zeit den Bewusstseinswandel erkannte, der sich daraus ergab, dass wir die Erde von außerhalb der Erde sahen, war der produktive russische Schriftsteller Isaac Asimov, Autor von Hunderten wissenschaftlicher, aber dennoch populärwissenschaftlicher Bücher. Anlässlich des 25-jährigen Jubiläums der ersten Weltraumfahrt mit dem Sputnik am 4. Oktober 1957, die das Weltraumzeitalter einläutete, wurde er von der Zeitschrift New York Times gebeten, einen Artikel über das Vermächtnis dieser 25 Jahre zu schreiben. Er verfasste einen kurzen Artikel mit dem Titel „Sputnik’s Legacy: Globalism“: Das Vermächtnis des Sputnik: Globalismus.

Ich verfolge einige Themen, da sie aktuell sind, wenn auch wenig Beachtung finden.

„Das erste Wort, das man nennen muss, ist Globalismus. Selbst gegen unseren Willen“, erklärt Asimov, „müssen wir die Erde und die Menschheit als eine einzige Einheit betrachten.“ „Die Satelliten“, fährt er fort, „zeigen uns diese Einheit, ob wir es nun akzeptieren oder nicht. Zum ersten Mal in der Geschichte können wir Hurrikane und klimatische Störungen von Anfang bis Ende verfolgen.“ Die Medien verbinden uns weltweit miteinander und belegen damit den Globalismus (wir würden sagen: Globalisierung). Das ist die materielle Seite.

Doch es gibt auch die psychologische Seite: „Der Blick auf die Erde als Ganzes, auf den Planeten, zwingt uns, sie als klein und zerbrechlich zu empfinden. Die Aufteilung ihrer Oberfläche in Teile (Nationen), die als heilig gelten und um jeden Preis bewahrt werden müssen, selbst wenn dies die Zerstörung des Planeten bedeutet, ist willkürlich.“ Es kommt darauf an, das Ganze zu sehen, den Planeten.

Schließlich gibt es noch die Frage der Möglichkeiten. Das Weltraumzeitalter hat den Weg für neue Reisen geebnet und für die Erforschung der Zusammensetzung und Funktionsweise der Planeten. „All dies wäre ohne globale Zusammenarbeit unmöglich. Die Erforschung des Weltraums ist ein Projekt der gesamten Menschheit, und darin wird sich der Wert des Globalismus zeigen.“

Dennoch müssen wir uns zwischen dem Lokalen und dem Globalen entscheiden. „Der Lokalismus (die Nationen für sich genommen) kann unser Abdriften in eine letztendliche Zerstörung, ja sogar der Menschheit, beschleunigen. Der Globalismus bietet uns die Hoffnung auf eine größere, umfassendere und bessere Zivilisation, die vielseitiger und flexibler ist und uns aus der Gefangenschaft des Lokalen befreit.“ Wenn wir die Alternativen betrachten – Lokalismus als Tod versus Globalismus als Leben –, werden wir uns sicherlich für das Leben entscheiden. Das ist das Vermächtnis des Weltraumzeitalters.“

Heute erleben wir das Gegenteil von allem, was oben dargelegt wurde. Es herrscht die Selbstbehauptung der Nation (Nationalismus) vor, die sich gegen eine andere Nation richtet, wobei diese Bewegung auf nationaler und globaler Ebene meist von der Ideologie des Faschismus begleitet wird. Anstatt die Globalisierung (über ihre Reduzierung auf das Wirtschaftliche hinaus) als eine neue Phase der Erde und der Menschheit zu vertiefen (wir alle kehren aus der großen Zerstreuung zurück) und uns an einem gemeinsamen Ort, auf dem Planeten Erde, wiederzufinden,  fallen wir in eine Vergangenheit der Spaltungen, Gegensätze und Kriege zurück, in dem Bestreben, Gebiete zu erobern.

Aber ich glaube, dass das, was wahr ist, Kraft besitzt und sich letztendlich durchsetzen wird. Es wird den nationalistisch-faschistischen Rückschritt überwinden und den neuen Kurs der Erde und der Menschheit als eine einzige, große, komplexe Realität – unser gemeinsames Zuhause – stärken.

Leonardo Boff schreibt für die Zeitschrift LIBERTA des ICL (https:// http://www.revistaliberta.com.br

Er ist außerdem Autor des Buches „A Terra na palma da mão“, erschienen bei Vozes 2016 (https://www.leonardoboff.org).

Deutsche Übersetzung von Bettina Gold-Hacker

Non abbiamo assunto la nuova coscienza planetaria: Artemis II

        Leonardo Boff

I numerosi viaggi spaziali, sei con equipaggio sulla Luna e altri che hanno addirittura lasciato il nostro sistema solare e attraversato lo spazio illimitato dell’universo, non hanno creato, nell’umanità in generale e tanto meno nei leader dei popoli, la nuova coscienza planetaria che ne deriva. Viviamo ancora sotto il regime degli stati-nazione, ciascuno con i propri limiti, definiti dal Trattato di Vestfalia del 1648. Il Covid-19 non ha rispettato i limiti delle nazioni. Ha colpito tutti. Non se ne sono ancora tratte le dovute conseguenze. Lo stile di vita predatorio e consumistico è tornato con ancora più furia. Le lezioni che Madre Terra ci ha dato non sono state ascoltate.

A ciò si aggiunge il fatto che ai giorni nostri abbiamo guerre per territori (Ucraina, Striscia di Gaza, Groenlandia e altri). Vista dalla prospettiva degli astronauti, come ha giustamente osservato uno dei quattro della navicella Artemis II: “da quassù siamo un solo popolo“. Questa affermazione rende ridicole queste controversie territoriali. Sono sostenute da figure crudeli e genocidiarie come Netanyahu e Trump, che ancora non hanno compreso che siamo un’unica specie umana e che la Terra è la nostra unica Casa Comune, in cui trovano posto ebrei, palestinesi e tutti gli altri.

Indimenticabili sono le parole di Neil Armstrong, il primo uomo a mettere piede sulla Luna il 20 luglio 1969: “Questo è un piccolo passo per un uomo, un gigantesco balzo per l’umanità”. E continuò: “Improvvisamente mi accorsi che quel piccolo, bellissimo pisello blu era la Terra… Con il pollice coprii completamente la Terra”.

Abbiamo incluso altre testimonianze di astronauti, raccolte nel libro di Frank White, The Overview Effect (Boston 1987, ne possiedo una copia autografata): dall’astronauta Russell Scheweickhart: “La Terra vista dall’esterno, ti fa capire che tutto ciò che è significativo per te, tutta la storia, l’arte, la nascita, la morte, l’amore, la gioia e le lacrime, tutto questo è racchiuso in quel piccolo puntino blu e bianco che puoi coprire con un pollice. E da quella prospettiva capisci che tutto in noi è cambiato, che qualcosa di nuovo comincia ad esistere, che la relazione non è più la stessa di prima” (The Overview Effect, 38).

Dall’astronauta Gene Cernan: “Sono stato l’ultimo uomo a camminare sulla Luna, nel dicembre del 1972. Dalla superficie lunare ho contemplato con reverenziale stupore la Terra sullo sfondo di un blu scurissimo. Ciò che ho visto era troppo bello per essere compreso, troppo logico, troppo ricco di significato per essere il risultato di un semplice incidente cosmico. Interiormente, si sentiva il bisogno di lodare Dio. Dio deve esistere per aver creato ciò che ho avuto il privilegio di contemplare” (Op.cit., 39).

Sigmund Jähn: “I confini politici sono già stati superati. Anche i confini nazionali sono stati superati. Siamo un unico popolo e ognuno di noi è responsabile del mantenimento del fragile equilibrio della Terra. Ne siamo i custodi e dobbiamo prenderci cura del futuro comune” (Op.cit., 43).

Queste opinioni, apparentemente ovvie, non sono mai state prese sul serio dalla geopolitica e dai capi di Stato. Anche senza aver mai visto la Terra dall’esterno (non lasciò mai la sua città di Königsberg), Immanuel Kant (1724-1804), nella sua ultima opera “La pace perpetua” (1795), sottolineò che la Terra appartiene a tutta l’Umanità e costituisce un bene comune per tutti. Non c’è quindi motivo di combatterci per le terre, se tutto è nostro. Possiamo vivere in pace perpetua.

Ma chi, ai nostri tempi, ha compreso il cambiamento di coscienza derivante dalla consapevolezza di vedere la Terra dall’esterno, è stato il prolifico scrittore russo, autore di centinaia di libri divulgativi, ma anche scientifici, Isaac Asimov. In occasione del 25° anniversario del primo volo spaziale dello Sputnik, il 4 ottobre 1957, che inaugurò l’era spaziale, fu invitato dal New York Times Magazine a scrivere un articolo sull’eredità di quei 25 anni. Scrisse un breve articolo intitolato Sputniks Legacy: globalism” (L’eredità dello Sputnik: il globalismo).

Seguo alcuni di questi temi, poiché sono attuali, sebbene trascurati.

«La prima parola da dire è globalismo. Anche contro la nostra volontà» afferma Asimov, «dobbiamo considerare la Terra e l’Umanità come un’unica entità» (single Entity). «I satelliti» continua, «mostrano questo essere unico (unit), che lo accettiamo o no. Per la prima volta nella storia, possiamo identificare uragani e perturbazioni climatiche dall’inizio alla fine. I media ci connettono globalmente, dimostrando il globalismo (per noi globalizzazione)». Questo è il lato materiale.

Ma c’è anche il lato psicologico: «La visione della Terra come un tutto, come sfera planetaria, ci costringe a percepirla come piccola e fragile. È arbitraria la divisione della sua superficie in porzioni (nazioni), considerate sacre, da preservare a tutti i costi anche a costo della distruzione del pianeta». È importante vedere il tutto, il Pianeta.

Infine, c’è il lato delle potenzialità. L’era spaziale ha aperto lo spazio a nuovi viaggi e alla scoperta di come sono composti i pianeti e di come funzionano. «Tutto ciò sarà impossibile senza la cooperazione globale. Lo sviluppo dello spazio è il progetto dell’umanità nel suo insieme, e in questo si mostrerà il valore del globalismo».

Tuttavia, dobbiamo scegliere tra il locale e il globale. «Il localismo (le nazioni considerate in sé) può accelerare la nostra deriva verso l’eventuale distruzione, compresa quella dell’umanità. Il globalismo ci offre la speranza di una civiltà maggiore, più vasta e migliore, con più versatilità e flessibilità, liberandoci dalla prigionia del locale. Se consideriamo le alternative – il localismo come morte contro il globalismo come vita – sceglieremo sicuramente la vita. Questa è l’eredità dell’era spaziale».

Oggi stiamo vivendo il contrario di tutto ciò che è stato espresso sopra. Predomina l’affermazione della nazione (il nazionalismo), che si contrappone a un’altra nazione, con l’ideologia del fascismo che generalmente accompagna questo movimento, a livello nazionale e mondiale. Invece di approfondire la globalizzazione (al di là della sua riduzione al solo ambito economico) come nuova fase della Terra e dell’Umanità (stiamo tutti ritornando dalla grande dispersione) e ritrovarci nello stesso luogo, sul pianeta Terra, stiamo regredendo a un passato di divisioni, opposizioni e guerre nella smania di conquistare territori.

Ma credo che ciò che è vero abbia forza e alla fine prevalga. Supererà la regressione nazionalista/fascista e rafforzerà la nuova direzione della Terra e dell’Umanità come un’unica, grande e complessa realtà, la nostra Casa Comune.

Leonardo Boff scrive per la rivista ICL LIBERTA (https://www.revistaliberta.com.br); è anche autore del libro “A Terra na palma da mão“, Vozes 2016. (https://www.leonardoboff.org).

(traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)