Aprender a pensar con los pobres de la Tierra y los oprimidos

      Leonardo Boff

En esto se caracteriza alguien que practica la teología de la liberación: tiene un pie en la academia, en la facultad de teología, y otro en medio de los hijos e hijas de la pobreza, en las periferias. Este tipo de teología sostiene algo obvio: la pobreza significa éticamente una injusticia social y políticamente una opresión. Contra la opresión vale la liberación. Esta es llevada adelante por los propios pobres que toman conciencia de que son oprimidos, se organizan y comienzan desde las bases con prácticas orientadas a superar su situación.

Esto se hace a partir de la lectura comunitaria de la Biblia: confrontan una página de la Biblia con otra página de su realidad sufriente. De allí extraen, después de mucha oración, cantos y reflexión, los pasos concretos que todos deben asumir. Los teólogos que se disponen a caminar con las comunidades cambian su visión de la sociedad y de la Iglesia.

Todo esto es tan cristalino que me asombra el hecho de que la teología de la liberación haya sufrido y aún sufra persecución y difamación. Si observamos bien, este procedimiento viene de grupos que nunca vivieron realmente los padecimientos del mundo de los pobres y oprimidos. Eso mismo me confesó personalmente el amigo Cardenal Joseph Ratzinger, aquel que, por oficio, presidió mi juicio en los espacios de la antigua ex Inquisición. Pero especialmente son los sectores conservadores de la Iglesia y de la sociedad los que ven en todo movimiento de los pobres algo peligroso para el orden vigente, algo propio de comunistas. Con ese argumento Jesús, acusado de subversivo por los religiosos de su época, como testimonia Lucas (cf. 23,5), nunca habría sido crucificado, sino que habría muerto en la cama rodeado de discípulos.

Lo que distingue a un teólogo de la liberación de otros colegas del Centro y también de la Periferia es la opción por los pobres, contra la pobreza y a favor de la justicia social y de la liberación. Esta actitud implica un gran aprendizaje, cosa que no ocurre cuando el teólogo restringe su oficio al mundo académico. Pero con la inserción descubre la fuerza de los pobres, su resiliencia y su profunda fe en el Dios que escucha el grito de los oprimidos y muestra su ternura hacia los condenados de la Tierra. Sorprende la presencia de la gracia de Dios en las situaciones más inusuales, que nos obligan a pensar más allá del bien y del mal. Así lo sugiere el mensaje de Jesús, cuyo Abba (Papito querido) ama a todos, más allá de las categorías del bien y del mal, y muestra misericordia hacia los ingratos y malos (Lucas 6,35).

Voy a narrar dos experiencias vividas en la periferia pobre mientras enseñaba en la facultad el Tratado de la Gracia, uno de los más difíciles de la teología, pues encierra muchas condenas.

Me encontré con Raimundo en Canindé, quien enseguida me pidió: —Fray, vine a buscar agua bendita.—¿Para qué quieres el agua bendita? —pregunté. Respondió:
—Es para bendecir mi casa. —Pero eso yo, como sacerdote, puedo hacerlo e iré contigo. —No puede, fray. Hasta da vergüenza decirlo, pero voy a confesarle: vivo con una mujer sin haberme casado por la Iglesia. Tengo dos errores con ella: primero, porque es negra; segundo, porque la saqué de la prostitución. Quiero probar vivir con ella, darle cariño y comprensión. Si ella es capaz de vivir con un solo hombre, conmigo, entonces me casaré por la Iglesia. Ahora estoy en pecado. Por eso vine a buscar agua bendita para bendecirla y rezar para salir del pecado. Si todo sale bien, usted, fray, hará nuestro casamiento.

Tiempo después hice el casamiento con muchas palomitas de maíz y Coca-Cola.

Ese hombre, Raimundo, amó. Seguramente ni siquiera sabía que el verdadero nombre de Dios es amor. Y quien ama está con Dios, como dice san Juan en su epístola (1 Jn 4,16), y no con el pecado.

Encontré religiosas en Xapuri, en el corazón de la selva del Acre. Mantenían en una sala a un seringueiro que parecía tener lepra. Pasando por un callejón, una de las religiosas vio un cartel que decía: “Casa de la Caridad”. Fue a averiguar y supo que la casa pertenecía a doña Josefina. La religiosa la invitó a ir hasta el pequeño convento y ver a un enfermo de lepra. Apenas entró y miró largamente al enfermo, Josefina dijo:

—Hermanita, esto no es lepra, es solo una micosis. Déjelo, que voy a tratarlo en la Casa de la Caridad. Curiosa, la religiosa preguntó: —¿Para qué sirve esta Casa? Josefina respondió: —Es para todos los enfermos del interior de la selva y para quienes no tienen dónde dormir. —¿Y cómo mantiene usted la Casa de la Caridad? Josefina, algo avergonzada, respondió: —Tengo un cabaret. Necesito mantenerme. Las mujeres de aquí no tienen trabajo y casi todas son prostitutas. Necesitan alimentar a sus familias y yo al personal que se queda en la Casa. Solo tomo para mí lo necesario. Lo que sobra es para mantener la Casa de la Caridad. Cocino para ellos, les lavo la ropa y compro los remedios. Todo gratis. Para pagar mi pecado. Sé que está contra la ley de Dios. Pero ¿la ley de la vida no es también aceptada por Dios?

Al escuchar la historia quedé abismado y pensé para mí mismo: el amor de Josefina es lo que significa la gracia que yo enseño, es decir, el amor concreto de Dios en la situación concreta de las personas. Recordé a la mujer considerada prostituta que besó los pies de Jesús y los ungió con perfume; lloraba y secaba las lágrimas con sus cabellos (Lucas 7,38). Frente a quienes pensaban mal, Jesús dijo: “Dondequiera que en el mundo se predique la Buena Nueva, será recordado lo que ella hizo” (Marcos 14,9). Fue puro amor, gracia divina.

Estos dos hechos muestran el amor de Dios, que es lo que llamamos gracia: ella viene cuando quiere, sobre quien quiere y en cualquier situación. Hay flores que florecen en los pantanos. Y son las más blancas y bellas. Esa flor tiene un nombre: Josefina de la Casa de la Caridad. El amor generoso se llama Raimundo, aquel del agua bendita.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA. También escribió Gracia y experiencia humana, Vozes, varias ediciones, 2012; hay una edición en español; (https://www.leonardoboff.org).

Lernen, mit den Armen dieser Welt und den Unterdrückten mitzudenken

         Leonardo Boff

         Das zeichnet jemanden aus, der Befreiungstheologie praktiziert: Er steht mit einem Bein in der akademischen Welt, an der theologischen Fakultät, und mit dem anderen unter den Armen und Bedürftigen am Rande der Gesellschaft. Diese Theologie vertritt eine öffentliche Tatsache: Armut bedeutet ethisch gesehen soziale Ungerechtigkeit und politisch gesehen Unterdrückung. Befreiung ist der einzige Ausweg aus dieser Unterdrückung. Diese Befreiung wird von den Armen selbst vollzogen, die sich ihrer Unterdrückung bewusst werden, sich organisieren und an der Basis mit Maßnahmen beginnen, die darauf abzielen, ihre Situation zu überwinden. Dies geschieht ausgehend von der gemeinschaftlichen Lektüre der Bibel: Sie konfrontieren eine Seite der Bibel mit einer anderen Seite ihrer leidvollen Realität. Daraus leiten sie nach viel Gebet, Gesang und Nachdenken die konkreten Schritte ab, die von allen unternommen werden müssen. Theologen, die bereit sind, diesen Weg gemeinsam mit den Gemeinschaften zu gehen, verändern ihre Sicht auf Gesellschaft und Kirche.

All dies ist so glasklar, dass ich erstaunt bin, dass die Befreiungstheologie unter Verfolgung und Diffamierung gelitten hat und immer noch leidet. Wenn wir genau hinschauen, kommt dieses Vorgehen von Gruppen, die die Leiden der Welt der Armen und Unterdrückten nie wirklich erlebt haben. Das hat mir persönlich mein Freund Kardinal Joseph Ratzinger gestanden, der von Amts wegen den Vorsitz bei meinem Prozess im Raum der ehemaligen Inquisition innehatte. Vor allem aber sind es die konservativen Teile der Kirche und der Gesellschaft, die in jeder Bewegung der Armen etwas Gefährliches für die gegenwärtige Ordnung, etwas Kommunistisches sehen. Für dieses Argument wäre Jesus, der von den religiösen Menschen der Zeit als subversiv angeklagt wurde, wie Lukas bezeugt (vgl. 23,5), niemals gekreuzigt worden, ruhig sondern im Bett umgeben von seinen Jüngern gestorben.

Was einen Befreiungstheologen von anderen Kollegen im Zentrum und auch in der Peripherie unterscheidet, ist die Option für die Armen, gegen die Armut und für soziale Gerechtigkeit und Befreiung. Dieser Einsatz erfordert viel Lernen, was nicht geschieht, wenn der Theologe sein Wirken nicht auf die akademische Welt beschränkt. Doch durch die Einbindung entdeckt er die Kraft der Armen, ihre Widerstandsfähigkeit und ihren tiefen Glauben an den Gott, der den Schrei der Unterdrückten hört und den Verdammten der Erde seine Barmherzigkeit erweist. Es überrascht, wie die Gnade Gottes in den ungewöhnlichsten Situationen gegenwärtig ist, die uns zwingen, über Gut und Böse hinauszudenken. So legt es die Botschaft Jesu nahe, dessen Abba (geliebter Vater) alle liebt, jenseits der Kategorien von Gut und Böse, und den Undankbaren und Bösen Barmherzigkeit erweist (Lukas 6,35).

Ich möchte von zwei Erlebnissen berichten, die ich in den armen Vororten hatte, als ich an der Universität den Kurs „Die Gnadenlehre“ unterrichtete – eines der schwierigsten Themen der Theologie, da es viele Verdammungen beinhaltet.

Ich traf Raimundo in Canindé, der mich sofort fragte: „Vater, ich bin gekommen, um Weihwasser zu holen.“ „Wozu brauchst du das Weihwasser?“, fragte ich. Er antwortete: „Um mein Haus zu segnen.“ „Aber das kann ich als Priester tun, und ich komme mit.“ „Das kannst du nicht, Vater. Es ist mir sogar peinlich, es zu sagen, aber ich beichte es: Ich lebe mit einer Frau zusammen, ohne kirchlich geheiratet zu haben. Ich habe zwei Fehler an ihr: Erstens, weil sie schwarz ist, zweitens, weil ich sie aus der Prostitution geholt habe. Ich möchte mit ihr zusammenleben, ihr Zuneigung und Verständnis schenken. Wenn sie fähig ist, nur mit einem Mann, mit mir, zusammenzuleben, dann werde ich sie kirchlich heiraten. Im Moment lebe ich in Sünde. Deshalb bin ich gekommen, um Weihwasser zu holen, um sie zu segnen und für meine Befreiung von der Sünde zu beten. Wenn alles gut geht, wirst du, Vater, unsere Hochzeit vollziehen.“ Einige Zeit später traute ich die beiden, und wir feierten mit viel Popcorn und Cola.

Dieser Mann, Raimundo, wusste sicherlich nicht einmal, dass Gottes wahrer Name Liebe ist. Und wer liebt, ist bei Gott, wie der heilige Johannes in seinem Brief schreibt (1 Joh 4,16), und nicht bei der Sünde.

         Ich traf Nonnen in Xapuri, mitten im Amazonienwald von Acre. Sie beherbergten einen Kautschukzapfer, der anscheinend Lepra hatte. Als eine der Nonnen durch eine enge Gasse ging, sah sie ein Schild mit der Aufschrift: Haus der Nächstenliebe. Sie fragte nach und erfuhr, dass das Haus Dona Josefina gehörte. Die Nonne lud sie ein, das kleine Kloster zu besuchen und einen Leprakranken zu sehen. Kaum war sie eingetreten und hatte den Patienten lange betrachtet, sagte Josefina: „Liebe Schwester, das ist keine Lepra, sondern nur Ringelflechte. Lass ihn hier, ich behandle ihn im Haus der Nächstenliebe.“ Neugierig fragte die Nonne: „Wozu dient dieses Haus?“ Josefina antwortete: „Es ist für alle Kranken im Waldinneren und für diejenigen, die keine Unterkunft haben. Wie unterhalten Sie das Haus der Nächstenliebe?“ Josefina, etwas verlegen, antwortete: „Ich besitze einen Nachtclub. Ich muss meinen Lebensunterhalt verdienen. Die Frauen hier sind arbeitslos und fast alle sind Prostituierte. Sie müssen ihre Familien ernähren, und ich muss die Menschen im Haus versorgen. Ich nehme nur das Nötigste.“ Was übrig bleibt, wird für den Unterhalt des Hauses der Nächstenliebe verwendet. Ich koche für sie, wasche ihre Wäsche und kaufe ihre Medikamente. Alles kostenlos. Um meine Sünde zu sühnen. Ich weiß, es verstößt gegen Gottes Gesetz. Aber ist nicht auch das Gesetz des Lebens von Gott anerkannt?

Als ich die Geschichte hörte, war ich tief beeindruckt und dachte bei mir: Die Liebe von Josefina ist genau das, was die Gnade bedeutet, die ich lehre, nämlich die konkrete Liebe Gottes in der konkreten Situation der Menschen. Ich erinnerte mich an die Frau, die als Prostituierte galt, die die Füße Jesu küsste und sie mit Salböl salbte, weinte und ihre Tränen mit ihren Haaren abtrocknete (Lukas 7,38). Denjenigen gegenüber, die schlecht von ihr dachten, sagte Jesus: „Wo auch immer auf der Welt die Frohe Botschaft verkündet wird, wird man an das erinnern, was sie getan hat“ (Markus 14,9). Es war reine Liebe, göttliche Gnade.

Diese beiden Begebenheiten zeigen die Liebe Gottes, die wir Gnade nennen: Sie kommt, wann sie will, über wen sie will und in jeder Situation. Es gibt Blumen, die in den Sümpfen blühen. Und sie sind die weißesten und schönsten. Diese Blume hat einen Namen: Josefina da Casa da Caridade. Die großzügige Liebe heißt Raimundo, der mit dem Weihwasser.

Leonardo Boff schreibt für die Zeitschrift LIBERTA des ICL (https://www.revistaliberta.com.br); außerdem verfasste er das Buch „Gnade und menschliche Erfahrung“, erschienen bei Vozes in mehreren Auflagen, 2012; es gibt eine deutsche Übersetzung (https://www.leonardoboff.org ).

Aprender a pensar com os pobres da Terra e oprimidos

Leonardo Boff

       Nisso se caracteriza alguém que pratica a teologia da libertação: ele tem um pé na academia, na faculdade de teologia, e outro no meio dos filhos e filhas da pobreza, nas periferias. Este tipo de teologia sustenta algo óbvio: a pobreza significa eticamente uma injustiça social e politicamente uma opressão. Contra a opressão vale a libertação. Esta é levada avante pelos próprios pobres que se conscientizam oprimidos, se organizam e começam  lá nas bases com práticas que visam a superar sua situação. Isso é feito a partir da leitura comunitária da Bíblia: confrontam uma página da Bíblia com outra página de sua realidade sofrida. Daí tiram, depois de muita reza, cantoria e reflexão, os passos concretos a serem assumidos por todos. Os teólogos que se dispõem a caminhar com as comunidades mudam sua visão da sociedade e da Igreja.

Tudo isso é tão cristalino que me espanta o fato de que a teologia da libertação tenha sofrido e ainda sofra perseguição e difamação. Se bem repararmos este procedimento vem dos grupos que nunca vivenciaram realmente os padecimentos do mundo dos pobres e oprimidos. Isso mesmo me confessou pessoalmente o amigo Cardeal Joseph Ratzinger, aquele que, por ofício, presidiu meu julgamento nos espaços da antiga ex-Inquisição.Mas especialmente são os setores conservadores da Igreja e da sociedade que veem em todo movimento  dos pobres, algo perigoso para a ordem vigente, coisa de comunistas.Por esse argumento Jesus, acusado de subversivo, pelos religiosos da época, como atesta Lucas (cf.23,5) nunca teria  sido crucificado, mas morrido na cama  cercado de discípulos.

O que distingue um teólogo da libertação de outros colegas do Centro e também da Periferia é a opção pelos pobres, contra a pobreza e a favor da justiça social e da libertação. Esta diligência implica um grande aprendizado, coisa que não ocorre quando o teólogo restringe seu ofício ao mundo acadêmico. Mas com a inserção, descobre a garra dos pobres, sua resiliência e profunda fé no Deus que escuta o grito dos oprimidos e mostra sua ternura para com os condenados da Terra. Surpreende a presença da graça de de Deus nas situações mais inusitadas  que nos obrigam a pensar para além do bem e do mal. Assim  o sugere a mensagem de Jesus, cujo Abba (Paizinho querido) ama a todos, para além das categorias  do bem e do mal e mostra misericórdia aos ingratos e maus (Lucas, 6,35).  

Vou narrar duas experiências vividas na periferia pobre enquanto lecionava na faculdade o Tratado de Graça, um dos mais difíceis da teologia pois encerra muitas condenações.

Encontrei-me com Raimundo em Canindé que logo me pediu: Frei, vim buscar água benta. Para que você quer a água benta, perguntei. Ele respondeu: é para benzer minha casa. Mas isso, eu como padre, posso fazer e vou aí com você. Não pode, frei. É até feio  dizer, mas vou confessar: vivo com uma mulher sem ter casado na igreja. Tenho dois erros com ela: primeiro, porque é preta, segundo, porque a tirei da prostituição. Quero experimentar viver com ela, dar-lhe carinho e compreensão. Se ela for capaz de viver com um homem só, comigo, então vou casar na igreja. Agora estou em pecado. Por isso vim pegar água benta para benzê-la e rezar para eu sair do pecado. Se tudo der certo, o senhor, frei, fará nosso casamento. Tempos depois, fiz o casamento com muita pipoca e coca-cola.

Esse homem, Raimudo, amou. Seguramente nem saberia que o verdadeiro nome de Deus é amor. E quem ama, está com Deus, como diz São João em sua epístola (1 Jo 4.16) e não com o pecado.

Encontrei religiosas em Xapuri  no coração da floresta do Acre. Mantinham na sala um seringueiro que parecia ter lepra. Passando por uma ruela, uma das religiosas viu uma placa com os dizeres:Casa da Caridade. Foi se informar e soube que a Casa pertencia à dona Josefina. A religiosa  convidou-a para ir  até ao conventinho e ver um doente de lepra.  Logo ao entrar e olhar longamente o doente, Josefina disse: Irmãzinha, isso não é lepra, é só micose. Deixa, que vou tratá-lo na Casa da Caridade. Curiosa, a religiosa perguntou: para que serve esta Casa? Josefina respondeu: é para todos os doentes do interior da mata e para quem não tem onde dormir. Como a senhora mantém a Casa da Caridade? Josefina, um pouco constrangida, respondeu: eu tenho uma boate.Preciso me sustentar. As mulheres daqui não têm trabalho e quase todas  são  prostitutas. Precisam alimentar a família e eu  o pessoal que fica na Casa. Só pego para mim o necessário. O que sobra é para manter a Casa da Caridade. Cozinho para eles, lavo-lhes a roupa e compro os remédios. Tudo de graça. Para pagar o meu pecado. Sei que é contra a lei de Deus. Mas a lei da vida não é também aceita por Deus?

Ao ouvir a história fiquei abismado e pensei comigo: o amor de Josefina  é o que significa a graça que eu ensino, quer dizer, o amor concreto de Deus na situação concreta das pessoas.Lembrei-me da mulher, tida por prostituta, que beijou os pés de Jesus e os ungiu com perfume, chorava e com os cabelos enxugava as lágrimas (Lucas 7,38). Face aos que pensavam mal, Jesus disse:”onde quer que no mundo se pregar a boa-nova, será lembrado o que ela fez”(Marcos 14,9). Foi puro amor, graça divina.

Esses dois fatos mostram o amor de Deus que é o que chamamos de  graça: ela vem quando quer, sobre quem quer e em qualquer situação. Há flores que florescem nos pântanos. E são as mais brancas e belas.Essa flor tem um nome:Josefina da Casa da Caridade. O amor generoso se chama Raimundo, aquele da água benta.

Leonardo Boff escreve para a revista do ICL LIBERTA ((https://www.revistaliberta.com.br);  escreveu também, Graça e  Expeiriência humana,Vozes,muitas edições,2012 (https://www.leonardoboff.org).

Magnifica Humanitas di Papa Leone XIV: una nuova visione e un nuovo stile pontificio

      Leonardo Boff

Nel finire la lettura della prima enciclica di Papa Leone XIV notiamo, con sorpresa, l’introduzione di un nuovo stile argomentativo: non più il classico stile ecclesiastico, con i suoi numerosi riferimenti ai pensatori cristiani dei primi secoli. Ma uno nuovo, contemporaneo, che dialoga con i diversi campi del sapere e con autori, uomini e donne, al di là della loro origine confessionale. Ci sembra di leggere un testo di un teologo contemporaneo.

Innanzitutto, è opportuno sottolineare il tono generalmente fiducioso dell’enciclica nell’affrontare un tema così controverso e spinoso come quello dell’Intelligenza Artificiale (IA). Ma è realistico nel descrivere la situazione mondiale di perenne belligeranza: «può apparire cupo o pessimista, ma ritengo che sia una denuncia necessaria.» (MH, 210). Questa denuncia diventa cristallina quando si riferisce a «bombardamenti su civili, ad attacchi contro ospedali, scuole o infrastrutture vitali, a violenze che colpiscono bambini, ci troviamo davanti a scandali che feriscono lumanità stessa.» (MH, 216). È come se stesse riferendosi ai crimini dell’esercito israeliano nella Striscia di Gaza. Assume la prospettiva delle vittime «Ci sono conflitti in cui non è giusto rimanere neutrali» (MH, 216).

Ma quando affronta direttamente la sfida dell’IA, in modo positivo, afferma subito che essa rimane sempre artificiale e non sostituirà mai la natura (MH, 97). Tuttavia, può rappresentare «una forma umana di partecipazione allatto divino della creazione» (MH, 111). Questo fatto implica che l’IA debba assumere una speciale responsabilità etica e spirituale, perché ogni scelta progettuale esprime una visione dell’umanità (MH, 111; 117; 129). Infatti, questo punto è cruciale nella comprensione del Papa: non basta considerare se la tecnica e l’intelligenza artificiale siano buone o cattive e i loro fini buoni, ma bisogna chiarire «la visione che vi soggiace: se l’essere umano è trattato come materiale da perfezionare o da oltrepassare […] svincolata dal progresso morale e sociale» (MH, 117). Non possiamo considerare l’IA «moralmente neutra. In realtà, ogni artefatto tecnico porta con sé scelte e priorità: ciò che misura, ciò che ignora, ciò che ottimizza e il modo in cui classifica persone e situazioni» (MH, 104). Bisogna «chiedersi come esso venga progettato e quale idea di persona e di società risulti inscritta nei dati e nei modelli che lo guidano» (MH, 104). È intrinsecamente ambivalente «ciò che nasce per difendere può essere rapidamente convertito alloffesa, e il confine tra protezione e aggressione tende a sfumare» (MH, 183).

È a questo punto che Papa Leone muove una forte critica a due ideologie, il transumanesimo e il postumanesimo. Queste hanno come presupposto «la centralità della tecnica e il sogno di oltrepassare i limiti della condizione umana» (MH, 116). Il transumanesimo vuole esacerbare esponenzialmente le capacità umane (attraverso la biomedicina, l’ingegneria del corpo, gli algoritmi) per essere più efficienti e ottenere così vantaggi lucrativi. Il postumanesimo «prospetta una forma di ibridazione tra essere umano, macchina e ambiente, fino a immaginare un passaggio di soglia in cui lumanità supererà se stessa entrando in un nuovo stadio evolutivo» (MH, 116). Qui si ignorano i limiti naturali dell’essere umano e «si promette una “salvezza” puramente tecnica» (MH 117). Possiamo affermare che oggi, come hanno sottolineato diversi analisti, prevale un’idolatria della tecnica, una vera e propria religione. Tra noi l’ha pubblicamente denunciata, il nostro neuro-scienziato di fama mondiale Miguel Nicolelis.

Sarebbe lungo commentare i diversi punti affrontati dall’enciclica Magnifica Humanitas. In pratica, il suo ambito si estende dalle filosofie di vita alla politica (i vari radicalismi), all’economia (finanziarizzazione e criptovalute), alla salvezza del cuore, all’educazione, all’importanza dell’immaginario sociale, al tema del lavoro e dell’ecologia, culminando in utopie basate sulla cultura digitale, tecnologica e cibernetica e infine alla civiltà dell’amore. Questa «non è unutopia ingenua, ma un progetto esigente» (NH 186).

Schematizzando, è evidente il background intellettuale, teologico e spirituale dell’attuale Papa. Si fonda su Sant’Agostino (354-430), fonte d’ispirazione per il suo Ordine religioso (gli Agostiniani). Come è noto, il vescovo di Ippona, uno dei geni del pensiero occidentale, articola la sua visione della storia nell’interazione dialettica tra le due città e i due amori (129-130): la città terrena e la città celeste, l’amore di Dio e del prossimo e l’amore di sé. Biblicamente, ciò significa: costruire Babele, prototipo dell’essere umano che superbamente pensa solo a se stesso, dimenticando Dio, e ricostruire Gerusalemme, esempio dell’essere umano che fa la storia pensando a Dio e, a partire da Lui, a se stesso (MH, 130).

Leone XIV attualizza questa dialettica con ciò che sta accadendo oggi: un sistema di sorveglianza e controllo sulle popolazioni, proposto da alcune piattaforme digitali, in particolare la più perversa di tutte, Palantir (controllare tutta la popolazione di un paese e usare l’IA per la guerra), e il sistema di cura dell’essere umano, della sua relazione rispettosa con la natura e della fraternità universale tra gli esseri umani e tra loro e il Tutto. Tutta la sua riflessione presuppone questo scontro odierno. Prende chiaramente posizione a favore della cura, dell’amore disinteressato, della prospettiva delle vittime, dei poveri e degli oppressi.

Ci presenta un testo contemporaneo, di grande attualità, con un linguaggio del nostro tempo e quindi accessibile a tutti, senza sacrificare la gravità e la profondità delle questioni da considerare, affrontare e perseguire in modo da generare speranza per la possibilità di un mondo diverso, affettuoso, rispettoso della natura e aperto all’Infinito.

Concludendo, possiamo affermare che l’attuale Papa, seguendo le orme di Sant’Agostino e della grande tradizione dottrinale della Chiesa sulle questioni sociali (riassunta nell’enciclica MH nn. 28-44), ripropone il tema della civiltà dell’amore (termine coniato da Papa Paolo VI). Lo definisce così: «Essa consiste nel tradurre la carità in strutture di giustizia, nel dare corpo istituzionale alla fraternità e nel considerare laltro sia esso persona o popolo come un alleato necessario per la costruzione del bene comune. […] solo questo amore sociale, capace di farsi cultura e norma, può generare un ordine internazionale stabile, trasformando la convivenza da semplice coesistenza armata a comunità di destino» (MH, 186).

(Traduzione dal portoghese di Gianni Alioti)