Hoy cuenta más un banquero que el padreJulio Lancellotti que cuida de la población de calle

Leonardo Boff*

La cultura dominante, hoy mundializada, se estructura alrededor de la voluntad de poder, que se traduce en voluntad de dominación de la naturaleza, del otro, de los pueblos y de los mercados. Esa lógica continuamente crea tensiones, conflictos y guerras. Y provocó la irrupción de la Covid-19 que encontró en un presidente “un Trump de las cavernas”, que la consideró una “gripecita” y así se desentendió de atender al pueblo, presenciando sin ninguna empatía la muerte de más de 240.000 víctimas, para escándalo nacional e internacional.

De los 3.400 años de historia de la humanidad que podemos datar, nos dice el historiador Georg Weber, 3.166 fueron de guerra. Los restantes 234 no fueron ciertamente de paz sino de preparación para otra guerra.

Prácticamente las fiestas nacionales de todos los países, sus héroes así como los monumentos de sus plazas, están relacionados con hechos de guerra. Los medios de comunicación llevan al paroxismo la magnificación de todo tipo de violencia, bien simbolizada en el programa nocturno de una de las televisiones con el título “Tela Quente” (Pantalla caliente). Y para vejamen general, nuestro presidente defiende la tortura de los tiempos de la dictadura militar y exalta a torturadores sanguinarios.

En los distintos países, el militar, el banquero y el especulador valen más que el poeta, el filósofo y el santo. Cuenta más el rico empresario de la Fiesp que el pobre hombre de Dios que cuida de la gente de la calle y sólo por eso está siempre amenazado de muerte: el padre Júlio Lancellotti. En los procesos de socialización formal e informal, la cultura de la violencia no crea mediaciones para una cultura de la paz, del diálogo y de la fraternidad universal.

Esta situación suscita siempre de nuevo la pregunta que de forma dramática Albert Einstein plantea a Sigmund Freud en 1932: ¿es posible superar o controlar la violencia? Freud, realista, responde: “Es imposible controlar directamente el instinto de muerte (thánatos). Sin embargo, se puede ir por vías indirectas. Todo lo que hace surgir lazos emocionales entre los seres humanos actúa contra la guerra. Todo lo que civiliza, trabaja contra la guerra. Pero concluye con resignación: “hambrientos pensamos en el molino que muele tan despacio que podemos morir de hambre antes de recibir la harina” (Obras completas III:3, 215).

Sin entrar en detalles, diríamos que detrás de la violencia funcionan fuertes estructuras que rompen los posibles lazos de fraternidad. Si no las controlamos, se hace verdad lo que Thomas Hobbes sustenta en su Leviatán (1561): el ser humano es lobo para otro ser humano.

La primera estructura es el caos, siempre presente en el proceso cosmogénico y antropogénico. Todos somos hijos e hijas delcaos primordial, de aquella inmensa explosión silenciosa, el big bang ocurrida hace unos 13.700 millones de años. La expansióny la evolución del universo son una forma de crear orden (cosmos) en este caos y no permitir que sea sólo caótico, sino que sea también generativo. Él genera nuevos cuerpos celestes, galaxias, estrellas y agujeros negros. Incluso así, caos y cosmos (nuevos órdenes) acompañan siempre la evolución del universo. Él actúa también en el ser humano, haciendo que sea simultáneamente amoroso y violento, luz y sombra.

Esta estructura de caos ha producido cerca de cinco extinciones masivas de seres vivos, ocurridas hace millones de años. En la última, hace cerca de 67 millones de años, perecieron todos los dinosaurios. Posiblemente la propia inteligencia también nos ha sido dada para limitar la acción destructiva del caos y potenciar su acción generadora de nuevos órdenes.

En segundo lugar, somos herederos de la cultura patriarcal que instauró, hace más de diez mil años, la dominación del hombresobre la mujer y creó las instituciones asentadas sobre el uso legítimo de la violencia por el Estado, más presente en el ejército,en la guerra, en las clases, en el proyecto de la tecnociencia puesta al servicio  de los procesos de producción que implican unadepredación sistemática de la naturaleza y una deshumana injusticia social.

En tercer lugar, esa cultura patriarcal usó la represión, el miedo, el terror y la guerra como forma de resolver los conflictos. Sobre esta vasta base se formó la cultura del capital, explotando la fuerza de trabajo humano y devastando la naturaleza. Su objetivo es el lucro y no la vida, su lógica es la competición y no la cooperación, el individualismo y no la interdependencia entre todos. Su dinámica excluyente origina desigualdades, injusticias, violencias que eliminan miles, millones de vidas humanas. La irrupción de la Covid-19 ha impuesto a todos una pausa en esa voracidad, pues todo ha tenido que parar, la producción y la circulación de los seres humanos, sujetos al confinamiento social. Limó los dientes al lobo pero no le quitó la ferocidad. Los especuladores han acumulado fortunas fantásticas agravando la desigualdad social.

Todas estas fuerzas se articulan estructuralmente para consolidar la cultura de la dominación y de la violencia, actitudes contrarias a cualquier tipo de fraternidad. Ellas nos deshumanizan a todos, haciéndonos, según dice la encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti, no hermanos y hermanas sino solo socios de intereses personales o corporativos (cf.n.12;101). No basta estar a favor de la paz. Tenemos que estar contra la guerra, y en Brasil denunciar la ausencia de un proyecto oficial para detenerla Covid-19, que ha hecho a su principal responsable, el jefe de la nación, “un gendarme de la burguesía”, que no cuida las vidas de su pueblo ni muestra empatía con las familias y personas que han perdido seres queridos, como si se hubiese hecho unalobotomía.

A esta cultura de la violencia hay que oponer la cultura de la paz. Al mundo de los socios tenemos que hacer valer el mundo de los hermanos y hermanas. Esta es una propuesta innovadora, un verdadero nuevo paradigma civilizatorio del Papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti: un modo de habitar la Casa Común como frater hermano y hermana, en la cual prevalece una fraternidad sin fronteras entre los humanos y también con los demás seres de la naturaleza de la cual es parte, en contraposiciónal paradigma de la modernidad asentado sobre el dominus, el ser humano como amo y señor de la naturaleza y no parte de ella.

Tal propuesta es imperativa, porque las fuerzas de destrucción ya han roto durante siglos el contrato natural con la Tierra y la naturaleza y por todas partes amenazan con romper el contrato social mínimo por la ascensión de la derecha y de la extrema derecha que no respetan las leyes ni la Constitución creando un Estado pos-democrático y sin ley (R.R. Casara). Esta propuesta papal es imperativa porque el potencial destructivo, en términos de armas de destrucción masiva ya montado, más el calentamiento global pueden poner en peligro toda la biosfera e imposibilitar la continuidad del proyecto humano. O limitamos la violencia y hacemos prevalecer el proyecto de la fraternidad universal, del amor social y de la paz perenne, como lo proclama de forma entre angustiada y esperanzada el actual Pontífice, o conoceremos, al límite, un camino que no tiene vuelta atrás. A nuestra generación le toca tomar esta decisión. 

Leonardo Boff es teólogo, retradujo del latín medieval la Imitación de Cristo, agregándole el Seguimiento de Jesús, Vozes 2018.

Enfermamos a la Tierra y la Tierra nos enferma

Leonardo Boff*

La irrupción del coronavirus en 2019 ha revelado la íntima conexión existente entre Tierra y humanidad. Según la nuevacosmologia (visión científica del universo) nosotros los humanos formamos una entidad única con la Tierra. Participamos de su salud y también de su enfermedad. 

Isaac Asimov, científico ruso, famoso por sus libros de divulgación científica, a petición de la revista New York Times (deldía 9 de octubre de 1982) con ocasión de la celebración de los 25 años del lanzamiento del Sputnik, que inauguró la era espacial, escribió un artículo sobre el legado de ese cuarto de siglo espacial. 

El primer legado, decía él, es la percepción de que en la perspectiva de las naves espaciales, la Tierra y la humanidad forman una única entidad, es decir, un único ser, complejo, diverso, contradictorio y dotado de gran dinamismo. 

El segundo legado es la irrupción de la conciencia planetaria: construir la Tierra y no simplemente las naciones es el gran proyecto y desafío humano. Tierra y humanidad tienen un destino común. Lo que pasa en una, pasa también en la otra. La Tierra enferma y al mismo tiempo enferma el ser humano; enferma el ser humano, enferma también la Tierra. Estamos unidos para el bien y para el mal.

En el momento actual, toda la Tierra y cada persona estamos siendo atacados por la Covid-19, especialmente Brasil, víctima de un jefe de estado insano que no se preocupa por la vida de su pueblo. Todos, de una forma u otra, nos sentimos enfermos física, psíquica y espiritualmente. 

¿Por qué hemos llegado a esto? La razón reside en la Covid-19. Es erróneo verla aisladamente sin su contexto. El contexto está en la forma como organizamos desde hace ya tres siglos nuestra sociedad: con pillaje ilimitado de los bienes y servicios de la Tierra para provecho y enriquecimiento humano. Este propósito ha llevado a ocupar el 83% del planeta, deforestando, contaminando el aire, el agua y los suelos. En palabras del pensador francés Michel Serres, promovemos una guerra total contra Gaia, atacándola en todos los frentes sin ninguna posibilidad de vencerla. La consecuencia ha sido la destrucción de los hábitats de miles de especies de virus. Para sobrevivir saltaron a otros animales y de estos a nosotros.

La Covid-19 representa un contraataque de la Tierra contra la agresión sistemática montada contra ella. La Tierra enfermó y nos pasó su enfermedad mediante una gama de virus como el zika, la chicungunya, el ébola, la gripe aviaria y otros. Como formamos con la Tierra una unidad compleja, enfermamos con ella. Y si enfermamos nosotros, terminamos también por enfermarla. El coronavirus representa esta simbiosis siniestra y letal.

De modo general debemos entender que la reacción de la Tierra a nuestra violencia se muestra por la fiebre (calentamiento global), que no es una enfermedad, pero apunta a una enfermedad: el alto nivel de contaminación porgases de efecto invernadero que ella no consigue digerir y su incapacidad de continuar ofreciéndonos sus bienes yservicios naturales. El 22 de septiembre de 2019 se produjo la Sobrecarga de la Tierra, es decir, las reservas de bienes yservicios naturales, necesarios al sistema-vida, tocaron fondo. Entramos en números rojos, tenemos un cheque sin fondos. 

Para tener lo necesario y, peor, para mantener el consumo suntuoso y el desperdicio de los países ricos, debemos arrancarle a la fuerza sus “recursos” para atender la demanda de los consumistas. ¿Hasta cuándo aguantará la Tierra?

Sabemos que hay nueve fronteras planetarias que no se pueden sobrepasar sin amenazar la vida y nuestro proyecto civilizatorio. Cuatro de ellas ya las hemos traspasado. La consecuencia es que tenemos menos agua, menos nutrientes, menos cosechas, más desertificación, mayor erosión de la biodiversidad y de los demás elementos indispensables para la vida. Por tanto, nuestro tipo de relación es anti-vida y es la causa principal de la enfermedad de la Tierra que, a su vez, nos vuelve también enfermos. Por esta razón, casi todos nosotros, especialmente a causa del aislamiento social y de las medidas higiénicas, nos sentimos prostrados, desvitalizados, irritables, en una palabra, atrapados por una pesadilla que no sabemos cuándo va a acabar. La muerte de miles de seres queridos, sin poder acompañarlos y darles la última despedida con un luto imprescindible, nos abruman y ponen en jaque el sentido de la vida y el futuro de nuestraconvivencia en este planeta. 

Por otro lado, con un alto coste, estamos aprendiendo que lo que nos está salvando no son los mantras del capitalismo ydel neoliberalismo: el lucro, la competencia, el individualismo, la explotación ilimitada de la naturaleza, la exigencia de unEstado mínimo y la centralidad del mercado. Si hubiéramos seguido estos “valores”, casi todos seríamos víctimas. Lo que nos está salvando es el valor central de la vida, la solidaridad, la interpendencia de todos con todos, el cuidado de la naturaleza, un Estado bien pertrechado para atender las demandas sociales, especialmente las de los más necesitados, lacohesión de la sociedad por encima del mercado. 

Nos damos cuenta de que cuidando mejor todo, recuperando la vitalidad de los ecosistemas, mejorando nuestrosalimentos, orgánicos, descontaminando el aire, preservando las aguas, los bosques y las selvas nos sentimos mássaludables y con esto hacemos la Tierra también más saludable y revitalizada. 

Lo que la Covid-19 nos ha venido a mostrar de forma brutal es que ese equilibrio Tierra y humanidad se ha roto. Nos hemos vuelto demasiado voraces, arrancando a la Tierra lo que ella ya no nos puede dar. No respetamos los límites de unplaneta pequeño, con bienes y servicios limitados. Antes bien, nuestra cultura ha creado un proyecto irracional de crecimiento ilimitado como si los bienes y servicios de la Tierra fuesen también ilimitados. Esa es la ilusión que perdura encasi todas las mentes de los empresarios y de los jefes de Estado.

La Covid-19 nos hace recuperar nuestra verdadera humanidad, aunque sea ambigua por naturaleza. Ella está hecha de amor, de solidaridad, de empatía, de colaboración y de la dimensión humano-espiritual que da el debido valor a los bienes materiales sin absolutizarlos, pero da mucho más valor a los bienes intangibles como los que hemos citado. Los materiales los dejamos atrás, los humano-espirituales los llevamos más allá de la muerte, pues constituyen nuestra identidad definitiva. 

Cuanto más amigables sean nuestra relaciones con la naturaleza y más cooperativas entre nosotros, más se vitaliza la Tierra. Y la Tierra revitalizada nos hace también saludables. Nos curamos juntos y juntos celebramos nuestra convivencia terrenal. 

*Leonardo Boff, ecoteólogo y filósofo, ha escrito Opción Tierra: la solución de la Tierra no cae del cielo, Vozes 2009.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Entre a fome e o vírus a barbárie está vencendo

Foto de Christiana Carvalho

A opção entre a morte e a morte é a opção da barbárie e ela está vencendo em: A TERRA É REDONDA 1/03/2021

Tarso Genro*

Estou bem próximo, numa rua erma, onde dois homens velhos conversam certamente sobre as dificuldades da arte de sobreviver. São dois homens de cabelos brancos, vestidos de maneira simples, defronte a uma casa pequena e antiga. É um bairro de pessoas pobres, onde fruir o escasso vento da manhã – do verão cada vez mais quente – é um privilégio. Um deles, que está sentado com a cabeça erguida, responde algo ao que está em pé.

Ao passar por eles escuto aquele que está em pé dizer ao que está sentado – atento e reverente – como um velho conhecido: “… é que temos que escolher entre morrer de fome ou morrer do vírus”. A sentença revela reverência e fatalidade, não prazer ou adesão. Nem admiração ou respeito. Mas acolhimento de uma ordem mítica, sobre a qual não pende nenhuma possibilidade de resistência ou alternativa.

Na sequência lembro uma fala de Walter Benjamin sobre o nazifascismo e a guerra: “No piloto e chefe de um único avião com bombas de gás, convergem todos os poderes capazes de privar o cidadão de luz, de ar e de vida, e que em tempos de paz estão distribuídos por milhares de chefes de repartição.”  O Fascismo cria sua fatalidade mítica na razão invertida da palavra do líder: a razão iluminista pisa nas trevas medievais e abre espaços de luz; a razão perversa do fascismo, todavia, foge dos espaços de luz e abre o portão das trevas e da morte.

Pela frase que escutei, como se fosse o fragmento de um discurso sobre a desgraça, entendi melhor os efeitos da estratégia de um genocídio alcançando o  inconsciente: ele promove a dominação pela criação da dor consentida. A política de Bolsonaro é precisamente isso: convencer aquela parte indefesa – disponível na sociedade – que é bom ser confinada entre duas ilusões-limites: não entre a vida e a morte, mas entre os dois tipos de mortes no mercado liberal do ódio: morte pela fome ou morte pelo vírus.

Minha querida amiga Clara Ant me remete uma gravação sobre um fato brutal, ocorrido com parte da sua família, num dia longínquo 2a. Guerra, quando os nazistas ocuparam a Polônia. Separados das famílias recolhidas pelos nazis – todos judeus – os homens capturados foram pelos nazis levados a lugar “discreto”, para cavarem uma enorme fossa onde seriam sepultados após o fuzilamento coletivo pelos “valentes” soldados alemães.

Em cada movimento da pá, ao abrirem a fossa na terra generosa, imagino cada um destes homens olhando o céu e a terra, cientes de do roteiro lhes levava ao túmulo comum. Nesta certeza, o ritmo da terra ultrajada certamente lhes falava de uma morte solitária, que viria na tentativa de uma rebelião impossível; ou indicava a morte coletiva, cujo ritual de oferenda coletiva seria recompensado pelas mulheres que seriam poupadas.

Entre as mulheres que conseguiram caminhar depois dos assassinatos em massa, estava a mãe de Clara Ant, que recebeu de uma vizinha não-judia um punhado de batatas cozidas, que salvaram vidas e abriram novos caminhos de resistência. Um gesto de amor, uma forma de autopreservação da dignidade humana, um gérmen de resistência moral plantando a possibilidade de futuro.

Morte pelo vírus ou morte pela fome! Eis o convencimento trabalhado pelos ideólogos do bolsonarismo que especula com o medo, a fragilidade das pessoas perante o infortúnio programado e que faz a gente se perguntar: Onde estavam estas pessoas que fizeram isso? Quem são elas? Como de repente começaram a se apropriar da vida de milhões e lhes levam – como autômatos – a cavar seus próprios túmulos? A opção entre a morte e a morte é a opção da barbárie e ela está vencendo.

Todos os que rejeitam a barbárie, todos os que recusam o fascismo, todos os que não aceitam que a disjuntiva seja “a morte ou a morte”, mas a vida ou a morte – e estejam dispostos a lutar pela vida – deveriam sentar numa larga e generosa Mesa de unidade política contra o fascismo.

Neste ano infernal de 2021, em que o Centrão e centenas de militares no Governo parecem ter ajustado assassinar todos os sonhos de uma República com democracia e justiça, devemos carregar batatas nos bolsos da nossa consciência, para alimentar o desejo coletivo de lutar e de vencer os bandidos instalados no poder.

*Tarso Genro foi governador do Estado do Rio Grande do Sul, prefeito de Porto Alegre, ministro da Justiça, ministro da Educação e ministro das Relações Institucionais do Brasil.

Lição do Covid-19: adoecemos Terra e a Terra nos adoece

  Leonardo Boff

 A intrusão do coronavírus em 2019 revelou a íntima conexão existente entre Terra e Humanidade. Consoante a nova cosmologia (visão científica do universo) nós humanos formamos uma entidade única com a Terra. Participamos de sua saúde e  também de sua doença.

Isaac Asimov, cientista russo, famoso por seus livros de divulgação científica, a pedido da revista New York Times, (do dia 9 de outubro de 1982) por ocasião da celebração dos 25 anos do lançamento do Sputinik que inaugurou a era espacial,escreveu um artigo sobre o legado deste quarto de século espacial.

 O primeiro legado, disse ele, é a percepção de que, na perspectiva das naves espaciais, a Terra e a humanidade formam uma única entidade, vale dizer, um único ser, complexo, diverso, contraditório e dotado de grande dinamismo.

 O segundo legado é a irrupção da consciência planetária: construir a  Terra e não simplesmente as nações é o grande projeto e desafio humano.. Terra e Humanidade possuem um destino comum. O que se passa num, se passa também no outro.  Adoece a Terra, adoece juntamente o ser humano; adoece o ser humano, adoece também a Terra. Estamos unidos pelo bem e pelo mal.

 No atual momento, a Terra inteira e cada pessoa estamos sendo atacados pelo Covid-19, especialmente o Brasil, vítima de um chefe de estado insano que não se preocupa com a vida de seu povo. Todos, de uma forma ou de outra, nos sentimos doentes física, psíquica e espiritualmente.

 Por    que chegamos a isso? A razão reside no Covid-19. É errôneo vê-lo isoladamente sem seu contexto. O contexto está na forma como organizamos já há três séculos nossa sociedade: na pilhagem ilimitada dos bens e serviços da Terra para proveito e enriquecimento humano. Este propósito levou a ocupar 83% do planeta, desflorestando,poluindo o ar, a água e os solos. Nas palavras do pensador francês Michel Serres, movemos uma guerra total contra Gaia,  atacando-a em todas as frentes sem nenhuma chance de vencê-la. A consequência foi a destruição dos habitas das milhares de espécies de vírus. Para sobreviver saltaram para outros animais e destes para nós.

 O Covid-19 representa um contra-ataque da Terra contra a sistemática agressão montada contra ela. A Terra adoeceu e repassou sua doença a nós mediante uma gama de vírus como o zika, a chicungunya, o ebola, a gripe aviária e outros. Como formamos uma complexa unidade com a Terra,  adoecemos junto com ela.E nós doentes, acabamos também por adoecê-la O coronavírus representa esta simbiose sinistra e letal.

 De modo geral devemos entender que a reação da Terra à nossa violência se  mostra pela febre (aquecimento global), que não é uma doença, mas aponta para uma doença: o alto nível de contaminação de gases de efeito estufa que ela não consegue digerir e sua incapacidade de continuar nos oferecer seus bens e serviços naturais. A partir de 22 de setembro de 2019 ocorreu a Sobrecarga da Terra, vale dizer, as reservas de bens e serviços naturais, necessários ao sistema-vida, chegaram ao fundo do poço. Entramos no vermelho e no xeque especial.

Para termos o necessário e, pior, para mantermos o consumo suntuário e o desperdício  dos países ricos, devemos arrancar à força seus “recursos” para atender as demanda dos consumistas. Até quando a Terra aguentará?

 Sabemos que há nove fronteiras planetárias que não podem ser rompidas sem ameaçar a vida e nosso projeto civilizatório. Quatro delas já foram rompidas A consequência é termos  menos água, menos nutrientes, menos safras, mais desertificação, maior erosão da biodiversidade  e os demais itens indispensáveis para a vida. Portanto, nosso tipo de relação é antivida e é a causa principal da doença da Terra que,por sua vez, nos torna também doentes. Por esta razão, quase todos nós,especialmente por causa do isolamento social e das medidas higiênicas, nos sentimos prostrados, desvitalizados, irritadiços,numa palavra,tomados por um pesadelo que não sabemos quando vai acabar.Os milhares de mortos de entes queridos, sem poder acompanhá-los e prestar-lhes a última despedida por um luto imprescindível nos acabrunham e põem em cheque o sentido da vida e o futuro de nossa convivência nesse planeta.

Por outro lado, a muito custo estamos aprendendo que o que nos está salvando  não são os mantras do capitalismo e do neoliberalismo: o lucro, a concorrência, o individualismo, a ilimitada exploração da natureza, a exigência de um Estado mínimo e a centralidade do mercado. Se  tivéssemos seguido estes “valores” seríamos quase todos vitimados. O que nos está salvando é o valor central da vida, a solidariedade, a inter-pendência de todos com todos, o cuidado da natureza, um Estado bem apetrechado para atender as demandas sociais, especialmente dos mais carentes, a coesão da sociedade acima do mercado.

Damo-nos conta de que cuidando melhor de tudo, recuperando a vitalidade dos ecossistemas, melhorando nossos alimentos, orgânicos, despoluindo o ar, preservando as águas e as florestas nos sentimos mais saudáveis e com isso fazemos a Terra também mais saudável e revitalizada.

 O que o Covid-19 nos veio mostrar de uma forma brutal que esse equilíbrio Terra e Humanidade foi rompido. Tornamo-nos demasiadamente vorazes, arrancando da Terra  o que ela já não nos pode mais dar. Não respeitamos os limites de um planeta pequeno e com bens e serviços limitados. Antes, nossa cultura criou um projeto  irracional de crescimento ilimitado como se os bens e serviços da Terra também fossem ilimitados. Essa é a ilusão que perdura em quase todas as mentes dos empresários e chefes de Estado. Ai do país que anualmente não apresente um PIB maior.

  O Covid-19   nos faz recuperar nossa verdadeira humanidade, embora por natureza ambigua. Ela é feita de amor, de solidariedade, de empatia, de colaboração e da dimensão humano-espiritual que dá o devido valor aos bens materiais sem absolutizá-los, mas dá muito mais mais valor aos bens intangíveis como os acima citados. Os materiais os deixamos para trás, os humano-espirituais os levamos para além da morte,pois constituem nossa identidade definitiva.

 Quanto mais nossas relações para com a natureza forem amigáveis e entre nós  cooperativas, mais a Terra se vitaliza. A Terra revitalizada nos faz também saudáveis. Curamo-nos juntos e juntos celebramos a nossa convivência terrenal.

Leonardo Boff ecoteólogo, filoósofo e escrevu Opção Terra: a solução da Terra não cai do céu, Vozes 2009.