Preservar la perspectiva singular del Papa: la ecología integral

El Papa Francisco ha realizado un enorme cambio en el discurso ecológico al pasar de la ecología ambiental a la ecología integral. Esta incluye la ecología político-social, la mental, la cultural, la educacional, la ética y la espiritualidad. Existe el peligro de que esta visión integral sea asimilada dentro del discurso ambiental habitual, no dándose cuenta de que todas las cosas, saberes e instancias están interligadas. Es decir, el calentamiento global tiene que ver con la furia industrialista, la pobreza de buena parte de la humanidad está relacionada con el modo de producción, distribución y consumo, la violencia contra la Tierra y los ecosistemas deriva del paradigma de dominación que está en la base de nuestra civilización dominante desde hace ya cuatro siglos, que el antropocentrismo es consecuencia de la comprensión ilusoria de que somos dueños de la cosas y que ellas solo tienen sentido en la medida en que sirven para nuestro disfrute.Esa cosmología (conjunto de ideas, valores, proyectos, sueños e instituciones) lleva al Papa a decir: “nunca hemos ofendido y maltratado a nuestra casa común como en los dos últimos siglos” (n. 53).

¿Cómo superar esa ruta peligrosa? El Papa responde; “con un cambio de rumbo” y todavía más con la disposición de “delinear grandes caminos de diálogo que nos ayuden a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo (n.163). Si no hacemos nada, podremos ir al encuentro de lo peor. Pero el Papa confía en la capacidad creativa de los seres humanos que juntos podrán formular el gran ideal: “un solo mundo en un proyecto común” (n.164).
Bien distinta es la visión imperante e imperial presente en la mente de quienes controlan las finanzas y los rumbos de las políticas mundiales: “un solo mundo y un solo imperio”.

Para enfrentar los múltiples aspectos críticos de nuestra situación el papa propone la ecología integral. Y le da el fundamento correcto: “Dado que todo está íntimamente relacionado, y que los problemas actuales requieren una mirada que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial, propongo que nos detengamos ahora a pensar en los distintos aspectos de una ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales” (n.137).

El presupuesto teórico se deriva de la nueva cosmología, de la física cuántica, de la nueva biología, en una palabra, del nuevo paradigma contemporáneo que implica la teoría de la complejidad y del caos (destructivo y generativo). En esa visión, lo repetía uno de los fundadores de la física cuántica, Werner Heisenberg; “todo tiene que ver con todo en todos los puntos y en todos los momentos; todo es relación y nada existe fuera de la relación”.

Esta lectura la repite el Papa innumerables veces, formando el tonus firmus de sus exposiciones. Seguramente la más bella y poética de las formulaciones la encontramos en el número 92: “Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre Tierra”.

Esa visión existe desde hace ya casi un siglo, pero nunca consiguió imponerse en la política y en la orientación de los problemas sociales y humanos. Todos seguimos siendo rehenes del viejo paradigma que aísla los problemas y busca una solución específica para cada uno sin darse cuenta de que esa solución puede ser dañina para otro de los problemas. Por ejemplo, el problema de la infertilidad de los suelos se resuelve con nutrientes químicos que, a su vez, penetran en la tierra y alcanzan el nivel freático de las aguas de los acuíferos envenenándolos.

La encíclica podrá servirnos de instrumento educativo para apropiarnos de esta visión inclusiva e integral. Por ejemplo, como afirma la encíclica: “Cuando se habla de «medio ambiente», se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella” (n.139).

Y continúa dándonos ejemplos convincentes: “Hoy el análisis de los problemas ambientales es inseparable del análisis de los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, y de la relación de cada persona consigo misma, que genera un determinado modo de relacionarse con los demás y con el ambiente” [115].

Si todo es relación, entonces la propia salud humana depende de la salud de la Tierra y de los ecosistemas. Todas las instancias se entrelazan para bien o para mal. Esa es la textura de la realidad, no opaca y rasa sino compleja y altamente relacionada con todo.

Si pensásemos nuestros problemas nacionales en ese juego de inter-retro-relaciones no tendríamos tantas contradicciones entre los ministerios y las acciones gubernamentales. El papa nos sugiere caminos, que son certeros y nos pueden sacar de la ansiedad en la que nos encontramos frente a nuestro futuro común.

Teilhard de Chardin tenía razón cuando en los años 30 del siglo pasado escribía: “la era de la naciones ya pasó. La tarea que tenemos por delante, si no perecemos, es construir la Tierra”, Cuidando la Tierra con tierno y fraterno afecto en el espíritu de san Francisco de Asís y de Francisco de Roma, podremos seguir “caminando y cantando”, como concluye la encíclica, llenos de esperanza. Todavía tenemos futuro y vamos a irradiar.

*Leonardo Boff es columnista del JB

Traducción de MJ Gavito Milano

Leonardo Boff e il suo rapporto a l’enciclica “Cura de la Casa Comune” “

È apparso nel JORNAL DO BRASIL 14/06/2015 questa intervista che forse può interessare a parecchi lettori. Il testo è questo:

“Leonardo Boff, columnist del Jornal do Brasil, è stato uno degli attori che hanno aiutato a montare l’enciclica di Papa Francesco dedicata all’ambiente e divulgata giovedì scorso. In una intervista “e-mail”, ha spiegato come i suoi testi e contributi sono arrivati fino a Bergoglio, «una delle maggiori leadership mondiali, sia in campo religioso, sia in campo politico». Ha commentato inoltre il modo con cui il Papa ha affrontato delicati problemi e anche le risposte di potenze mondiali alle minacce “contro la nostra unica casa comune”.

“Vedo pochi passi avanti, perché gli interessi economici si sovrappongono alla preoccupazione per la salvezza dell’unica casa comune che abbiamo da abitare” – dice Boff in un’intervista al Jornal do Brasil – “c’è una irresponsabilità incosciente e colpevole nei riguardi delle minacce che pesano sul nostro futuro. Se quello che dice la comunità scientifica mondiale fosse ascoltato, ben altri sarebbero i risultati degli incontri organizzati dall’Onu sul riscaldamento globale e sulla crescente erosione della biodiversità”, mette in guardia Boff. “Il mio presentimento oscilla tra la catastrofe e la crisi”, continua.

Il Papa Francesco ha stabilito una “relazione intima tra i poveri e la fragilità del pianeta” nell’enciclica Laudato Si’ sulla cura della casa comune, divulgata giovedì scorso e pubblicata in portoghese dalle Edizioni Paoline. In gennaio, durante la visita alle Filippine, Francesco ha dimostrato preoccupazione per l’ecologia, affermando “la necessità di vedere, con gli occhi della fede, la bellezza del piano di salvezza di Dio, il legame tra l’ambiente naturale e la dignità della persona umana”.

Per Boff, “lo scandalo della povertà mondiale, in un mondo ad altissimo consumo, la devastazione degli ecosistemi e le minacce che pesano sulla nostra casa comune, trascurata e maltrattata,” preoccupano costantemente Papa Francesco.

Legga il testo integrale dell’intervista di LBoff al JB: JORNAL DO BRASIL –

Come sono andate le vostre conversazioni durante l’elaborazione dell’enciclica?

Vi siete incontrati personalmente?

Leonardo Boff – E’ con qualche difficoltà che rispondo alle domande dell’intervista, perché non vorrei creare l’impressione di attribuirmi un’importanza che in realtà non ho. Se voi mi domandate: tu hai aiutato il Papa a scrivere l’enciclica? Devo dire: no. Io ho soltanto messo a disposizione del materiale, dei mattoncini con i quali, volendo, potrebbe costruire qualche cosa. Non ho mai avuto incontri personali con Papa Francesco, soltanto indiretti. Innanzitutto attraverso un’amica comune, Clelia LURO, alla quale lui telefonava da Roma tutte le domeniche verso le 10,00. Attraverso di lei, mi mandava messaggi e mi faceva richieste di testi. All’inizio mi chiese un testo che l’ex-presidente dell’assemblea dell’Onu (gestione 2008-2009), Miguel d’Escoto e io avevamo elaborato per farne il cippo teorico della nuova Onu ancora allo studio: “Declaración Universal del Bien comun de la Madre Tierra y de la Humanidad”. Il testo è ordito all’interno del nuovo paradigma secondo il quale tutte le cose sono interconnesse, formando un incommensurabile sistema in evoluzione. In questo testo noi usavamo molto il termine “casa comune” per riferirci alla terra.

Quando il Papa è venuto in Brasile, l’intermediario è stato dom Demetrio Valentini, vescovo di Jales-SP, al quale ho affidato il libro da me scritto proprio per l’occasione della sua venuta: “Francisco de Assisi – Francisco de Roma: uma nova primavera para a Igreja, Editora Mar de ideias, Rio”.

Inoltre chiesi di consegnargli in spagnolo “Francisco de Assis: ternura e vigor” (Vozes), nel quale io affrontavo largamente la questione ecologica, dato che lui l’aveva sollecitato a Clelia Luro. Pure in spagnolo inviai la “Carta della Terra”, con raccomandazioni mie perché la utilizzasse, perché mi pareva la cosa più importante del documento sull’ecologia nell’inizio del secolo 21º, frutto di una vasta consultazione di più di 200.000 persone di tutti gli orientamenti, sotto la direzione di Michail Gorbaciov; io avevo partecipato alla redazione e avevo ottenuto di includere il tema della cura, “il legame parentale con tutta la vita” e la spiritualità.

Scrissi al Papa che la “Carta da Terra” affermava l’interdipendenza tra tutti gli esseri e il valore intrinseco di ognuno, contro l’antropocentrismo tradizionale. Un’altra volta inviai attraverso il vescovo di Altamira nello Xingu, dom Erwin Kräutler, che nel 2014 aveva vinto il premio Nobel alternativo della pace dal Parlamento svedese e che passando da Roma il Papa invitò a redigere qualche cosa sull’Amazzonia. Attraverso di lui mandai in spagnolo il mio libro più completo sulla ecologia, “Ecologia: grito da Terra-grito dos pobres” espressione che l’enciclica ha fatto sua. Inviato pure un altro libro, sempre in spagnolo “Cuidar la Tierra: Hacia una ética universal”, pubblicato in Messico.

ll più importante è stato un libretto con DVD sulle quattro ecologie, con immagini bellissime, in cui abbordo anche l’ecologia integrale. Altri materiali sono stati inviati all’ambasciatore argentino presso la Santa sede, Eduardo Valdés, amico di Bergoglio, perché inviando le cose direttamente al Vaticano non si ha mai la certezza che le cose arrivino nelle mani del Papa. Attraverso di lui inviai un libro che io consideravo importante “Proteger la Tierra – Cuidar la vida – como evitar la fin del mundo”.

Attraverso lo stesso ambasciatore inviai vari articoli in spagnolo sulle questioni ecologiche che escono in JB on line con cui collaboro da vari anni. Mi ricordo d’aver scritto in un biglietto da consegnare al Papa, nel quale c’era una citazione della Carta da Terra che – secondo me – doveva entrare nell’enciclica e di fatto consta al numero 207: “Come mai prima nella storia il destino comune ci obbliga a cercare un nuovo inizio… possa la nostra epoca essere ricordata per il risveglio di una nuova riverenza per la vita, per la risolutezza nel raggiungere la sostenibilità, per l’accelerazione della lotta per la giustizia e la pace, e per un’allegra celebrazione della vita” (parole finali della Carta della Terra).

Né io né l’ambasciatore abbiamo ricevuto una qualsiasi risposta. Quale non è stata dunque la sorpresa dell’ambasciatore Eduardo Valdés quando il giorno anteriore alla pubblicazione dell’enciclica, cioè il 17 giugno, il Monsignor Fernandez del Vaticano si mise in contatto con lui per ringraziarlo di tutto il materiale che aveva consegnato a Papa Francesco. Per finire: ho fatto quello che il Papa Francesco mi ha chiesto, senza nessuna pretesa di influenzarlo. L’enciclica è sua e lui è l’autore. Comunemente il Papa lavora con un corpo di periti che lo aiutano e con altri specialisti invitati. Quello che posso dire è che io sento molte risonanze dei miei pensieri e modi di dire nell’enciclica che non sono soltanto miei, ma di quanti lavorano a partire dal nuovo paradigma di una ecologia integrale. Ma io sono stato un semplice servo come si dice nel Vangelo.

Cosa ci potrebbe dire lei rispetto al Papa e al modo come lui sta affrontando questioni delicate nella chiesa?

Considero Papa Francesco uno dei più grandi leaders mondiali, sia in campo religioso sia in campo politico. Nel campo religioso ha usato la tenerezza di San Francesco per trattare le persone, particolarmente i più poveri. Ma ha trattato con fermezza di gesuita coloro che hanno macchiato l’immagine della Chiesa cristiana con abusi sessuali e crimini finanziari. In questo punto è stato duro e ha agito come medico. Ha ripulito il Vaticano e forse avrà ancora qualcosa da pulire.

Il fatto più visibile è che lui ha portato una primavera nella chiesa dopo tentativi di ritorno alla grande vecchia disciplina. I cristiani sentono la chiesa come un focolare spirituale e non come un incubo da sopportare scoraggiati. Politicamente lui ha promosso il dialogo tra i popoli, riavvicinato Cuba agli Stati Uniti e viceversa e ha predicato insistentemente l’incontro come forma di superare preconcetti e fondamentalismi e creare spazio per la pace. E lo fa con tanta dolcezza e convinzione che difficilmente qualcuno smette di dargli attenzione.

Lo scandalo della povertà mondiale in un mondo ad altissimo consumo, la devastazione degli ecosistemi e le minacce che pesano sulla casa comune, trascurata e maltrattata, lo preoccupano costantemente, perché presagisce situazioni apocalittiche se non faremo niente di serio per contenere il riscaldamento globale. Credo che l’enciclica andrà a rafforzare una visione più ampia, sistemica, integrale dell’ecologia inserendo specialmente la questione sociale mentale e profonda. Spero che la discussione ora sarà più ricca e non soltanto ridotta a problemi dell’ambiente.

Lei ha visto progressi significativi della questione tra le principali potenze mondiali?

C’è una irresponsabilità incosciente e colpevole a proposito delle minacce che pesano sul nostro futuro.

Vedo pochi passi avanti perché gl’interessi economici si impongono sulla preoccupazione per la salvaguardia dell’unica casa comune che abbiamo per abitarci. C’è un’incoscienza irresponsabile e colpevole intorno alle minacce che pesano sul nostro futuro.

Se si ascoltasse quello che dice la comunità scientifica mondiale, ben altri sarebbero i risultati degli incontri organizzati dall’Onu sul riscaldamento globale e sulla crescente erosione della biodiversità: secondo il noto biologo Edward O. Wilson, il numero delle specie che ogni anno spariscono definitivamente dal ciclo evolutivo oscilla tra le 27.000 e le 100.000.

Viviamo come ai tempi di Noè: le persone mangiavano, bevevano, prendevano moglie o marito e non importava niente dell’arrivo di uno tsunami. Questa volta però sarà diverso. Non ci sarà un’arca di Noè che salvi qualcuno e lasci morire tutti gli altri. Potremo avere lo stesso destino tragico. Il Papa parla di queste questioni, ma come uomo di fede ricorda che Dio è il “Signore amante della vita”, espressione che usa più di una volta e che concede alla speranza e non al disastro l’ultima parola,

Come vede lei il futuro della Terra? Ci sono speranze?

Il mio presentimento oscilla tra la catastrofe e la crisi. Come studioso della questione da più di trent’anni e leggendo gli ultimi dati scientifici ho l’impressione che la nostra ora è già arrivata. Abbiamo fatto tante e così gravi aggressioni contro la madre terra che non meritiamo più di vivere su di essa. Inoltre di anno in anno sono più di 3000 le specie che arrivano al loro climax e naturalmente spariscono dal processo evolutivo. E non sarà per caso arrivato anche il nostro turno? D’altro lato una crisi conserva sempre e purifica e fa crescere.

Come uomo di fede io so che il disegno del creatore, iscritto nelle circonvoluzioni del processo cosmogenetico, può portare alla nostra piccola nave al porto nonostante i venti contrari. Anche se avvenisse una catastrofe che liquidasse la vita visibile del nostro pianeta (solo il 5% è visibile, il resto, il 95% è invisibile: batteri, virus, funghi), credo che l’ultima parola spetterà alla vita. In che modo, non so. Faccio una scommessa positiva: credo e spero.

Traduzione di Romano e Lidia Baraglia

Uma das inspirações para encíclica “verde”, L.Boff fala sobre futuro da “casa comum”

Encíclica do papa vai reforçar visão mais integral de ecologia, diz Leonardo Boff

Uma das inspirações para encíclica “verde”, teólogo fala sobre futuro da “casa comum”

Jornal do Brasil 21;06/2015

O teólogo e ecólogo Leonardo Boff, colunista do JB, foi uma das vozes que ajudaram a montar a encíclica do papa Francisco dedicada ao meio ambiente, divulgada nesta quinta-feira (18). Em entrevista por e-mail, ele falou sobre como seus textos e contribuições chegaram até Bergoglio, “uma das maiores lideranças mundiais, seja no campo religioso, seja no campo político”. Comentou ainda sobre a forma como o papa tem lidado com questões delicadas e também sobre as respostas de potências mundiais às ameaças a “nossa única casa comum”.

“Vejo poucos avanços porque os interesses econômicos se sobrepõem à preocupação pela salvaguarda da única casa comum que temos para morar”, diz Boff em entrevista ao JB

“Vejo poucos avanços porque os interesses econômicos se sobrepõem à preocupação pela salvaguarda da única casa comum que temos para morar. Há uma inconsciência irresponsável e culposa acerca das ameaças que pesam sobre nosso futuro. Se o que a comunidade científica mundial diz fosse ouvido, outros seriam os resultados dos encontros organizados pela ONU sobre o aquecimento global e a crescente erosão da biodiversidade”, alertou Boff. “Meu sentimento oscila entre a catástrofe e a crise”, continuou.

O Papa Francisco estabeleceu uma “relação íntima entre os pobres e a fragilidade do planeta” na encíclica Laudato Si [Louvado seja] – Sobre o cuidado da casa comum, divulgada nesta quinta-feira (18) e publicada em português pelas Edições Paulinas. Em janeiro, durante visita às Filipinas, Francisco demonstrou preocupação com a ecologia, afirmando a “necessidade de ver, com os olhos da fé, a beleza do plano de salvação de Deus, a ligação entre o ambiente natural e a dignidade da pessoa humana”.

Para Boff, “o escândalo da pobreza mundial num mundo de altíssimo consumo, a devastação dos ecossistemas e as ameaças que pesam sobre a casa comum, descuidada e maltratada” preocupam constantemente o papa Francisco.

Confira a entrevista com Leonardo Boff na íntegra:

JORNAL DO BRASIL – Como foram suas conversas com o Papa durante a elaboração da encíclica? Houve um encontro pessoalmente?

Leonardo Boff – É com certo constrangimento que respondo às perguntas desta entrevista, para não dar a impressão de uma importância de minha parte que não tenho. Se me perguntarem: você ajudou o Papa a escrever a encíclica?  Devo dizer: não. Apenas ofereci tijolos com os quais, se ele quisesse, poderia construir alguma coisa. Nunca tive um encontro pessoal com o Papa Francisco, somente indireto. Primeiramente através de uma amiga comum, Clélia Luro, para a qual ele telefonava de Roma todos os domingos por volta das 10h.

Através dela ele mandava os recados a mim e me fazia as solicitações de textos. Primeiramente, me pediu um texto que o ex-Presidente da Assembléia da ONU (gestão 2008-2009), Miguel d’Escoto, e eu havíamos elaborado para ser o marco teórico da nova ONU que está sendo excogitada: “Declaración Universal del Bien Común de la Madre Tierra y de la Humanidad”. O texto é urdido dentro do novo paradigma segundo o qual todas as coisas são interconectadas, formando um incomensurável sistema em evolução. Neste texto usávamos muito o termo “casa comum” para referir-nos à Terra.

Depois, quando o Papa esteve no Brasil novamente, por intermédia de uma pessoa, Dom Demétrio Valentini, bispo de Jales-SP, mandei entregar o livro que havia escrito em função de sua vinda ao Brasil: “Francisco de Assis – Francisco de Roma: uma nova primavera para Igreja”(Editora Mar de Ideias, Rio). Além disso, pedi para entregar em espanhol “Francisco de Assis: ternura e vigor” (Vozes), no qual abordava largamente a questão ecológica, pois ele o havia solicitado pela Clélia Luro. Junto mandei em espanhol a “Carta da Terra”, com recomendações minhas para que a utilizasse, pois me parecia o mais importante documento sobre ecologia no início do século XXI, fruto de uma vasta consulta de mais de duzentas mil pessoas de todas as orientações, sob a direção de Michail Gorbachev; eu havia participado da redação e havia conseguido incluir o tema do cuidado, “o laço de parentesco com toda a vida” e a espiritualidade.

Escrevi ao Papa que a Carta da Terra afirmava a interdependência entre todos os seres e o valor intrínseco de cada um, contra o antropocentrismo tradicional. Outra vez enviei através do bispo de Altamira no Xingu, Dom Erwin Kräutler, que havia em 2014 ganhado o prêmio Nobel alternativo da Paz pelo Parlamento sueco e que passando por Roma o Papa o convidou para redigir algo sobre a Amazônia. Por ele mandei em espanhol o meu livro mais completo sobre ecologia, “Ecologia: grito da Terra-grito dos pobres” (Trotta), expressão assumida pela encíclica. Enviei o outro igualmente em espanhol “Cuidar la Tierra: hacia una ética universal”, publicado no México (Dabar).

O principal foi um livreto com um DVD sobre as quatro ecologias, com belíssimas imagens onde abordo também a ecologia integral. Outros materiais foram enviados ao embaixador argentino na Santa, Sé Eduardo Valdés, amigo de Bergoglio, pois enviando diretamente ao Vaticano nunca se tem a certeza de que as coisas  cheguem às mãos do Papa. Através dele enviei um livro que considerava importante “Proteger la Tierra – cuidar la vida: como evitar el fin del mundo” (Dabar Mexico).

Através do mesmo embaixador enviei vários artigos em espanhol sobre questões ecológicas que saem no JB Online, onde colaboro já há vários anos. Lembro-me que escrevi num bilhete para ser entregue ao Papa, no qual havia uma citação da Carta da Terra que achava que devia constar na encíclica, como de fato consta no número 207: “Como nunca antes na história o destino comum nos obriga a buscar um novo começo… que nossa época possa ser lembrada pelo despertar de uma nova reverência face à vida, pelo compromisso firme de alcançar a sustentabilidade, pela intensificação da luta pela justiça e pela paz e pela alegre celebração da vida” (palavras finais da Carta da Terra).

Nem eu nem o embaixador recebemos qualquer retorno. Qual não foi a surpresa do embaixador Eduardo Valdes quando, no dia anterior à publicação da encíclica, isto é, no dia 17 de junho, o Monsenhor Fernandez do Vaticano se comunicou com ele para lhe agradecer todos os materiais meus que ele havia encaminhado ao Papa Francisco. Para terminar: fiz o que o Papa Francisco me pedia, sem qualquer pretensão de influenciá-lo. A encíclica é dele e ele é seu autor. Comumente, o Papa trabalha com um corpo de peritos que o servem e com outros especialistas convidados. O que posso dizer é que sinto ressonâncias de meus pensamentos e  modos de dizer na encíclica que não são apenas meus, mas de quantos trabalham a partir do novo paradigma de uma ecologia integral. Mas fui apenas um simples servo, como se diz no Evangelho.

O que o senhor poderia dizer a respeito dele e da forma como está conduzindo questões delicadas na Igreja?

Considero o Papa Francisco uma das maiores lideranças mundiais, seja no campo religioso seja no campo político. No campo religioso, usou da ternura de São Francisco para tratar as pessoas, particularmente os mais pobres. Mas tratou com a firmeza de um jesuíta aqueles que macularam a imagem da Igreja cristã com abusos sexuais e crimes financeiros. Neste ponto, ele foi duro e agiu como um médico. Limpou o Vaticano e talvez tenha muito que limpar ainda.

O fato mais visível é que ele trouxe uma primavera à Igreja depois de tempos de volta à grande e velha disciplina. Os cristãos sentem a Igreja como um lar espiritual e não como um pesadelo a ser suportado com desalento. Politicamente ele tem promovido o diálogo entre os povos, aproximado Cuba aos Estados Unidos e vice-versa e pregado insistentemente o encontro como forma de superar preconceitos e fundamentalismos e criar espaço para a paz. E o faz com tanta doçura e convicção que dificilmente alguém deixa de dar-lhe atenção.

O escândalo da pobreza mundial num mundo de altíssimo consumo, a devastação dos ecossistemas e as ameaças que pesam sobre a casa comum, descuidada e maltratada, o preocupam constantemente, pois pressente situações de traços apocalípticos, se nada de sério fizermos para conter o aquecimento global. Creio que a encíclica irá reforçar uma visão mais ampla, sistêmica, integral de ecologia, inserindo especialmente a questão social, mental e profunda. Espero que a discussão agora seja mais enriquecida e não apenas reduzida ao ambientalismo.

O senhor tem visto avanços significativos nesta questão entre as principais potências mundiais?

Há uma inconsciência irresponsável e culposa acerca das ameaças que pesam sobre nosso futuro

Vejo poucos avanços porque os interesses econômicos se sobrepõem à preocupação pela salvaguarda da única casa comum que temos para morar. Há uma inconsciência irresponsável e culposa acerca das ameaças que pesam sobre nosso futuro.

Se o que a comunidade científica mundial diz fosse ouvido, outros seriam os resultados dos encontros organizados pela ONU sobre o aquecimento global e a crescente erosão da biodiversidade que, segundo o conhecido biólogo Edward O. Wilson, oscila entre 27-100 mil espécies que desaparecem definitivamente da evolução, a cada ano.

Vivemos tempos de Noé, onde as pessoas comem e bebem, casam e dão-se a casar sem se dar conta do anúncio de um tsunami. Desta vez será diferente. Não haverá uma Arca de Noé que salve alguns e deixa perecer os demais. Todos poderemos ter o mesmo destino trágico. O Papa fala destas questões, mas como homem de fé, lembra que Deus, é o “o Senhor amante da vida”, texto que usa mais de uma vez e que concede à esperança a última palavra e não ao desastre.

Como o senhor vê o futuro da Terra? Há esperança?

Meu sentimento oscila entre a catástrofe e a crise. Como estudioso da questão já há mais de 30 anos e lendo os últimos dados científicos tenho a impressão de que nossa vez já chegou. Fizemos tantas e tão graves agressões  contra a mãe Terra que já não merecemos mais viver sobre ela. Ademais, de ano em ano são mais de três mil espécies que chegam ao seu clímax e naturalmente desaparecem do processo da evolução. Não poderá ter chegado a nossa vez? Ou a crise que conserva, sempre purifica e faz crescer.

Por outro lado, como homem de fé, sei que o desígnio do Criador, inscrito nas circunvoluções do processo cosmogênico, pode levar a nossa pequena nave ao porto mesmo tendo ventos contrários. Mesmo que ocorra uma catástrofe que liquide a vida visível de nosso planeta (só 5% é visível, o resto, os 95% são invisíveis como as bactérias, vírus e fungos) acredito que a última palavra a terá a vida. Como não sei. Faço uma aposta positiva, creio e espero.

 

La Carta Magna de la ecología integral: grito de la Tierra-grito de los pobres

Antes de hacer cualquier comentario vale la pena resaltar algunas singularidades de la encíclica Laudato sí del Papa Francisco.

Es la primera vez que un Papa aborda el tema de la ecología en el sentido de una ecología integral (por tanto que va más allá de la ambiental) de forma tan completa. Gran sorpresa: elabora el tema dentro del nuevo paradigma ecológico, cosa que ningún documento oficial de la ONU ha hecho hasta hoy. Fundamenta su discurso con los datos más seguros de las ciencias de la vida y de la Tierra. Lee los datos afectivamente (con inteligencia sensible o cordial), pues discierne que detrás de ellos se esconden dramas humanos y mucho sufrimiento también por parte de la madre Tierra. La situación actual es grave, pero el Papa Francisco siempre encuentra razones para la esperanza y para confiar en que el ser humano puede encontrar soluciones viables. Enlaza con los Papas que le precedieron, Juan Pablo II y Benedicto XVI, citándolos con frecuencia. Y algo absolutamente nuevo: su texto se inscribe dentro de la colegialidad, pues valora las contribuciones de decenas de conferencias episcopales del mundo entero, desde la de Estados Unidos a la de Alemania, la de Brasil, la de la Patagonia-Comahue, la del Paraguay. Acoge las contribuciones de otros pensadores, como los católicos Pierre Teilhard de Chardin, Romano Guardini, Dante Alighieri, su maestro argentino Juan Carlos Scannone, el protestante Paul Ricoeur y el musulmán sufí Ali Al-Khawwas. Los destinatarios somos todos los seres humanos, pues todos somos habitantes de la misma casa común (palabra muy usada por el Papa) y sufrimos las mismas amenazas.

El Papa Francisco no escribe en calidad de Maestro y Doctor de la fe sino como un Pastor celoso que cuida de la casa común y de todos los seres, no sólo de los humanos, que habitan en ella.

Un elemento merece ser destacado, pues revela la «forma mentis» (la manera de organizar su pensamiento) del Papa Francisco. Este es tributario de la experiencia pastoral y teológica de las iglesias latinoamericanas que a la luz de los documentos del episcopado latinoamericano (CELAM) de Medellín (1968), de Puebla (1979) y de Aparecida (2007) hicieron una opción por los pobres contra la pobreza y a favor de la liberación.

El texto y el tono de la encíclica son típicos del Papa Francisco y de la cultura ecológica que ha acumulado, pero me doy cuenta de que también muchas expresiones y modos de hablar remiten a lo que viene siendo pensado y escrito principalmente en América Latina. Los temas de la «casa común», de la «madre Tierra», del «grito de la Tierra y del grito de los pobres», del «cuidado», de la «interdependencia entre todos los seres», de los «pobres y vulnerables», del «cambio de paradigma», del «ser humano como Tierra» que siente, piensa, ama y venera, de la «ecología integral» entre otros, son recurrentes entre nosotros.

La estructura de la encíclica obedece al ritual metodológico usado por nuestras iglesias y por la reflexión teológica ligada a la práctica de liberación, ahora asumida y consagrada por el Papa: ver, juzgar, actuar y celebrar.

Comienza revelando su principal fuente de inspiración: San Francisco de Asís, al que llama «ejemplo por excelencia de cuidado y de una ecología integral, y que mostró una atención especial por los más pobres y abandonados» (n.10; n.66).

Y entonces empieza con el ver: «Lo que le está pasando a nuestra casa» (nn.17-61). Afirma el Papa: «basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común» (n.61). En esta parte incorpora los datos más consistentes referentes a los cambios climáticos (nn.20-22), la cuestión del agua (n.27-31), la erosión de la biodiversidad (nn.32-42), el deterioro de la calidad de la vida humana y la degradación de la vida social (nn.43-47), denuncia la alta tasa de iniquidad planetaria, que afecta a todos los ámbitos de la vida (nn.48-52), siendo los pobres las principales víctimas (n. 48).

En esta parte hay una frase que nos remite a la reflexión hecha en América Latina: «Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres» (n.49). Después añade: «el gemido de la hermana Tierra se une al gemido de los abandonados del mundo» (n.53). Esto es absolutamente coherente, pues al principio ha dicho que «nosotros somos Tierra» (n. 2; cf. Gn 2,7), muy en la línea del gran cantor y poeta indígena argentino Atahualpa Yupanqui: «el ser humano es Tierra que camina, que siente, que piensa y que ama».

Condena la propuesta de internacionalización de la Amazonia que «solamente serviría a los intereses económicos de las multinacionales» (n.38). Hace una afirmación de gran vigor ético: «es gravísima iniquidad obtener importantes beneficios haciendo pagar al resto de la humanidad, presente y futura, los altísimos costos de la degradación ambiental» (n.36).

Con tristeza reconoce: «nunca habíamos maltratado y lastimado a nuestra casa común como en los dos últimos siglos» (n.53). Frente a esta ofensiva humana contra la madre Tierra que muchos científicos han denunciado como la inauguración de una nueva era geológica –el antropoceno– lamenta la debilidad de los poderes de este mundo que, engañados, «piensan que todo puede continuar como está» como coartada para «mantener sus hábitos autodestructivos» (n.59) con «un comportamiento que parece suicida» (n.55).

Prudente, reconoce la diversidad de opiniones (nn.60-61) y que «no hay una única vía de solución» (n.60). Así y todo «es cierto que el sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista porque hemos dejado de pensar en los fines de la acción humana» (n.61) y nos perdemos en la construcción de medios destinados a la acumulación ilimitada a costa de la injusticia ecológica (degradación de los ecosistemas) y de la injusticia social (empobrecimiento de las poblaciones). La humanidad simplemente «ha defraudado las expectativas divinas» (n.61).

El desafío urgente, entonces, consiste en «proteger nuestra casa común» (n.13); y para eso necesitamos, citando al Papa Juan Pablo II: «una conversión ecológica global» (n.5); «una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad» (n.231).

Realizada la dimensión del ver, se impone ahora la dimensión del juzgar. Juzgar que es planteado en dos vertientes, una científica y otra teológica.

Veamos la científica. La encíclica dedica todo el tercer capítulo al análisis «de la raíz humana de la crisis ecológica» (nn.101-136). Aquí el Papa se propone analizar la tecnociencia sin prejuicios, acogiendo lo que ha traído de «cosas realmente valiosas para mejorar la calidad de vida del ser humano» (n. 103). Pero este no es el problema, sino que se independizó, sometió a la economía, a la política y a la naturaleza en vista de la acumulación de bienes materiales (cf.n.109). La tecnociencia parte de una suposición equivocada que es la «disponibilidad infinita de los bienes del planeta» (n.106), cuando sabemos que ya hemos tocado los límites físicos de la Tierra y que gran parte de los bienes y servicios no son renovables. La tecnociencia se ha vuelto tecnocracia, una verdadera dictadura con su lógica férrea de dominio sobre todo y sobre todos (n.108).

La gran ilusión, hoy dominante, reside en creer que con la tecnociencia se pueden resolver todos los problemas ecológicos. Esta es una idea engañosa porque «implica aislar las cosas que están siempre conectadas» (n.111). En realidad, «todo está relacionado» (n.117) «todo está en relación» (n.120), una afirmación que recorre todo el texto de la encíclica como un ritornelo, pues es un concepto-clave del nuevo paradigma contemporáneo. El gran límite de la tecnocracia está en el hecho de «fragmentar los saberes y perder el sentido de totalidad» (n.110). Lo peor es «no reconocer el valor propio de cada ser e incluso negar un valor peculiar al ser humano» (n.118).

El valor intrínseco de cada ser, por minúsculo que sea, está destacado de manera permanente en la encíclica (n.69), como lo hace la Carta de la Tierra. Negando ese valor intrínseco estamos impidiendo que «cada ser comunique su mensaje y dé gloria a Dios» (n.33).

La mayor desviación producida por la tecnocracia es el antropocentrismo. Este supone ilusoriamente que las cosas solo tienen valor en la medida en que se ordenan al uso humano, olvidando que su existencia vale por sí misma (n.33). Si es verdad que todo está en relación, entonces «nosotros los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas y nos unimos con tierno cariño al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre Tierra» (n.92). ¿Cómo podemos pretender dominarlos y verlos bajo la óptica estrecha de la dominación?

Todas las «virtudes ecológicas» (n.88) se pierden por la voluntad de poder como dominación de los otros y de la naturaleza. Vivimos una angustiante «pérdida del sentido de la vida y del deseo de vivir juntos» (n.110). Cita algunas veces al teólogo ítalo-alemán Romano Guardini (1885-1968), uno de los más leídos a mediados del siglo pasado, que escribió un libro crítico contra las pretensiones de la modernidad (n.105 nota 83: Das Ende der Neuzeit, El ocaso de la Edad Moderna, 1958).

La otra vertiente del juzgar es de corte teológico. La encíclica reserva un buen espacio al «Evangelio de la Creación» (nn. 62-100). Parte justificando el aporte de las religiones y del cristianismo, pues siendo la crisis global, cada instancia debe, con su capital religioso, contribuir al cuidado de la Tierra (n.62). No insiste en las doctrinas sino en la sabiduría presente en los distintos caminos espirituales. El cristianismo prefiere hablar de creación en vez de naturaleza, pues la «creación tiene que ver con un proyecto de amor de Dios» (n.76). Cita, más de una vez, un bello texto del libro de la Sabiduría (11,24) donde aparece claro que «la creación pertenece al orden del amor» (n.77) y que Dios es “el Señor amante de la vida” (Sab 11,26).

El texto se abre a una visión evolucionista del universo sin usar esa palabra, hace un circunloquio al referirse al universo «compuesto por sistemas abiertos que entran en comunión unos con otros» (n.79). Utiliza los principales textos que ligan a Cristo encarnado y resucitado con el mundo y con todo el universo, haciendo sagrada la materia y toda la Tierra (n.83). Y en este contexto cita a Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955, n.83 nota 53) como precursor de esta visión cósmica.

El hecho de que Dios-Trinidad sea relación de divinas Personas tiene como consecuencia que todas las cosas en relación sean resonancias de la Trinidad divina (n.240).

Citando al Patriarca Ecuménico de la Iglesia ortodoxa, Bartolomeo «reconoce que los pecados contra la creación son pecados contra Dios» (n.7). De aquí la urgencia de una conversión ecológica colectiva que rehaga la armonía perdida.

La encíclica concluye esta parte acertadamente: «el análisis mostró la necesidad de un cambio de rumbo… debemos salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos hundiendo» (n.163). No se trata de una reforma, sino, citando la Carta de la Tierra, de buscar «un nuevo comienzo» (n.207). La interdependencia de todos con todos nos lleva a pensar «en un solo mundo con un proyecto común» (n.164).

Ya que la realidad presenta múltiples aspectos, todos íntimamente relacionados, el Papa Francisco propone una “ecología integral” que va más allá de la ecología ambiental a la que estamos acostumbrados (n.137). Ella cubre todos los campos, el ambiental, el económico, el social, el cultural y también la vida cotidiana (n.147-148). Nunca olvida a los pobres que testimonian también su forma de ecología humana y social viviendo lazos de pertenencia y de solidaridad de los unos con los otros (n.149).

El tercer paso metodológico es el actuar. En esta parte, la encíclica se atiene a los grandes temas de la política internacional, nacional y local (nn.164-181). Subraya la interdependencia de lo social y de lo educacional con lo ecológico y constata lamentablemente las dificultades que trae el predominio de la tecnocracia, dificultando los cambios que refrenen la voracidad de acumulación y de consumo, y que puedan inaugurar lo nuevo (n.141). Retoma el tema de la economía y de la política que deben servir al bien común y a crear condiciones para una plenitud humana posible (n.189-198). Vuelve a insistir en el diálogo entre la ciencia y la religión, como viene siendo sugerido por el gran biólogo Edward O. Wilson (cf. el libro La creación: cómo salvar la vida en la Tierra, 2008). Todas las religiones «deben buscar el cuidado de la naturaleza y la defensa de los pobres» (n.201).

Todavía en el aspecto del actuar desafía a la educación en el sentido de crear una «ciudadanía ecológica» (n.211) y un nuevo estilo de vida, asentado sobre el cuidado, la compasión, la sobriedad compartida, la alianza entre la humanidad y el ambiente, pues ambos están umbilicalmente ligados, la corresponsabilidad por todo lo que existe y vive y por nuestro destino común (nn.203-208).

Finalmente, el momento de celebrar. La celebración se realiza en un contexto de «conversión ecológica» (n.216) que implica una «espiritualidad ecológica» (n.216). Esta se deriva no tanto de las doctrinas teológicas sino de las motivaciones que la fe suscita para cuidar de la casa común y «alimentar una pasión por el cuidado del mundo» (216). Tal vivencia es antes una mística que moviliza a las personas a vivir el equilibrio ecológico, «el interior consigo mismo, el solidario con los otros, el natural con todos los seres vivos y el espiritual con Dios» (n.210). Ahí aparece como verdadero que «lo menos es más» y que podemos ser felices con poco.

En el sentido de la celebración «el mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza» (n.12).

El espíritu tierno y fraterno de San Francisco de Asís atraviesa todo el texto de la encíclica Laudato sí. La situación actual no significa una tragedia anunciada, sino un desafío para que cuidemos de la casa común y unos de otros. Hay en el texto levedad, poesía y alegría en el Espíritu e indestructible esperanza en que si grande es la amenaza, mayor aún es la oportunidad de solución de nuestros problemas ecológicos.

Termina poéticamente “Más allá del sol”, con estas palabras: «Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza» (n.244).

Me gustaría acabar con las palabras finales de la Carta de la Tierra que el mismo Papa cita (n.207): «Que nuestro tiempo se recuerde por despertar a una nueva reverencia ante la vida, por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad, por acelerar la lucha por la justicia y la paz, y por la alegre celebración de la vida».

Leonardo Boff, teólogo y ecólogo

Traducción de Mª José Gavito Milano

Este texto es un capitulo del libro en italiano Curare la Madre Terra, EMI, Bologna 2015.