Leonardo Boff
Esa frase no es mía. Es de uno de los mayores humanistas de nuestro continente, el expresidente uruguayo José Mujica. Después de un largo diálogo sobre el destino de nuestros países, del mundo, del capitalismo transformado en una cultura que nos envuelve a todos, en cierto momento confesó:“En Brasil la vida parece no valer nada: se mata por un celular. En Uruguay, cuando hay un crimen semejante, siendo un país ‘chiquitito’, todos llegan a saberlo”. En su país queda así, sin investigación, pues se trata de un negro.
Al final nos abrazamos, y tal fue la sintonía en nuestras palabras que me dijo: “somos almas hermanas”. Yo, sorprendido, guardé silencio para no llorar y, con la voz entrecortada, apenas le dije: “ia .Hay dos personas que yo admiro enormemente:el Papa Francisco y Usted,Mujica.” Él me abrazó fuertemente y vi que una lágrima furtiva corría por sus cansados ojos.
Decía la verdad. Una conocida de una comunidad periférica del Gran Río me contó: “hablé con un policía militar que iba y venía por nuestra placita y me dijo: ‘caramba, estoy aquí desde hace dos horas y todavía no maté a ningún joven negro’”. Muchos jóvenes negros entre 15 y 18 años son asesinados con un tiro en la cabeza con esta justificación: o pertenecen al narcotráfico o van a entrar en él. Entonces se procede al “abate” (expresión de un exgobernador hoy preso /eliminación, ejecución)
En el mundo actual parece, efectivamente, que la vida no vale nada. Véase la matanza y el genocidio cometidos bajo el mando de Benjamin Netanyahu en la Franja de Gaza. Los asesinatos de niños en Sudán, sin hablar de los miles de muertos en Ucrania y en Irán bajo los bombardeos, por un lado de los rusos y, por otro, de los norteamericanos y los israelíes, incluso utilizando Inteligencia Artificial.
El jefe de la Oficina de la ONU para Asuntos Humanitarios afirma: “los gastos de 14 días de guerra salvarían 87 millones de vidas” (O Globo, 22/4/26, p.19). ¿Por qué no decidimos por la vida y preferimos la muerte? Ese es el misterio de nuestra condición humana, que se muestra cruel y sin piedad.
Leo algo aterrador que ya está en funcionamiento y se completará hacia 2027: una superinteligencia artificial que maneja trillones de algoritmos, acumulados de todo el mundo. Ya no depende de decisiones humanas. Puede, eventualmente, tomar la decisión de eliminar toda la vida humana. El profesor HOC, uno de nuestros más serios analistas geopolíticos, describió en detalle su funcionamiento en su YouTube: “La disputa que puede decidir el futuro de la humanidad: Anthropic y el gobierno estadounidense” (basta entrar en Google y escribir este título)
En este contexto amenazador conviene reflexionar, aún a tiempo, sobre la excelencia de la vida. Las respuestas consagradas dicen que proviene de Dios o de algo misterioso, inaccesible para nosotros.
Pero nuestra visión cambió radicalmente cuando en 1953 James Watson y Francis Crick descifraron la estructura de la molécula de ácido desoxirribonucleico (DNA), que contiene el manual de instrucciones de la creación humana. La molécula de DNA consiste en múltiples copias de una unidad básica, el nucleótido, que se presenta en cuatro formas: adenina (A), timina (T), guanina (G) y citosina (C).
Ese alfabeto de cuatro letras se despliega en otro alfabeto de veinte letras que son las proteínas. Forman el código genético que se presenta en una estructura de doble hélice o de dos cadenas moleculares. Es el mismo en todos los seres vivos. Por eso somos todos parientes. Para los científicos Watson y Crick: “la vida no es más que una vasta gama de reacciones químicas coordinadas; el ‘secreto’ de esta coordinación es un complejo y fascinante conjunto de instrucciones inscritas químicamente en nuestro DNA” (cf. DNA: el secreto de la vida, Companhia das Letras, 2005, p. 424). Pero es mucho más: para otros cosmólogos, una energía de fondo, amorosa y poderosa, hizo converger todos los elementos para formar este conjunto de instrucciones: alguien que aparece como la fuente de toda la vida. ¿Quién es? Este es el misterio decifrado por las religiones.
Así, la vida fue insertada en el proceso global de la evolución. Después de la gran explosión del Big Bang, hace 13.700 millones de años, la energía y la materia liberadas se fueron expandiendo, densificando, complejizando y creando nuevas formas de organización. Al alcanzar un alto nivel de complejidad, irrumpió la vida como un imperativo cósmico. (cf.Joël de Rosnay, La aventura de la vida, Vozes 1992)
La vida representa, entonces, una posibilidad presente en las energías originarias y en la materia primordial. La materia no es “material”, sino un campo altamente interactivo de energías condensadas, como sostienen destacados físicos cuánticos, biólogos y cosmólogos.
La vida existe desde hace 3.800 millones de años. Ella es la Eva originaria de todos los seres vivos. Nosotros, los humanos, somos un subcapítulo del capítulo fundamental que es la propia vida. Somos aquella porción de la Tierra que un día, bajo extrema complejidad, comenzó a sentir, pensar, amar y venerar. Así surgió el ser humano.Somos Tierra.
Por último, me atrevo a repetir lo que escribí en un artículo anterior. Según varios biólogos y cosmólogos, “el Universo sería incompleto sin la vida”. Siempre que se alcanza cierto nivel de complejidad, la vida surge como un imperativo cósmico, en cualquier parte del universo. Es la tesis de Christian de Duve, premio Nobel de biología, y del físico cuántico, de la India Amit Goswami.
Por lo tanto, debemos enriquecer nuestra visión del universo, no como algo muerto, sino lleno de vida en trillones de planetas dentro de miles de millones de galaxias. Nuestra Vía Láctea, de tamaño medio, es portadora de esta joya preciosa que es la vida. En nosotros, la vida se hizo reflexiva y consciente, con la capacidad de dar rumbo a la historia.
Pero en este momento, dada nuestra osadía irresponsable, hemos creado una superinteligencia artificial que puede destruirnos. Sin embargo, alimentamos la esperanza de que la vida siempre triunfará, como logró sobrevivir a las quinze grandes extinciones del pasado.
Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA (https://www.revistaliberta.com.br); escribió junto con el cosmólogo M. Hathaway El Tao de la Liberación, premiado en 2010 en Estados Unidos con la medalla de oro en nueva ciencia y cosmología; cf. también Ética de la vida, Record, 2006 (https://www.leonardoboff.org).