Celebrar a Vida de São Jose

O grande dia está chegando. A Rede da Família São José da América Latina e Caribe convida você e sua comunidade para a grande Festa de São José, no dia 18 de março, às 20h de Brasília. A transmissão será on line.

Para participar via internet através do canal do Zoom inscreva-se logo no link  https://forms.gle/ikEhyhbDuEs63PzF7 ou acompanhe também pelo facebook ou youtube nos endereços que estão no cartaz.

A noite terá palestra da Ir. Mary McGlone e do Teólogo Leonardo Boff, falando sobre a inspiração de São José para nossa atuação no mundo. Prepare algo em sua comunidade para a partilha e um brinde para comemorarmos juntos. Religiosas e leigos vamos vivenciar um momento de profunda comunhão e unidade na América Latina e Caribe. Você não pode faltar!

Equipe da Rede da Família São José


São Jose

“Sustentei a tese de que o Pai se personalizou em São José, o Filho se encarnou em Jesus, e o Espírito Santo se espiritualizou em Maria”. Ou seja, uma verdadeira família divina. E em seu jardim, em Araras,…

Nuestro mundo corre peligro de explosión y de implosión

Leonardo Boff*

El sueño del Papa Francisco formulado en la Fratelli tutti de una fraternidad sin fronteras y de amistad social (n.6), base para un nuevo orden mundial, se funda en la conciencia de que estamos en una emergencia planetaria. Las amenazas a la vida y a la sostenibilidad de la Tierra lo llevaron a decir: “estamos en el mismo barco; o nos salvamos todos o nadie se salva” (n.32).

Para eso debemos cambiar forzosamente: hacer una transición de paradigmas, es decir, pasar del paradigma dominante que creó la modernidad, del ser humano amo y señor (dominus) de la naturaleza, que no se considera parte de ella y por eso puede explotarla como le parezca, al paradigma de hermano y hermana (frater) por el cual el ser humano se siente parte de la naturaleza, hermano de todos los seres y con la misión de guardarla y cuidar de ella.

En razón de esto, propone como base de sustentación de su propuesta las virtudes ausentes o vividas solo de manera subjetiva en el paradigma de “amo y señor”: el amor universal, la amistad social, el cuidado de todo lo que existe y vive, la solidaridad sin fronteras, la ternura y la amabilidad en todas las relaciones entre los humanos y con la naturaleza. Ella universaliza tales virtudes que antes eran privadas.

Por tanto, su alternativa se alimenta de lo que es esencial y lo mejor del ser humano, aquello que nos hace ser humanos.El Papa se da cuenta de lo inusitado de su propuesta, reconociendo: “parece una utopía ingenua, pero no podemos renunciar a este altísimo objetivo” (n.190).

Realmente hay voces de científicos y sabios que nos avisan de los peligros que corremos. Enumero algunos para concretar y dar carácter de urgencia a la propuesta del Papa, casi al límite de la desesperación, no obstante su fe indestructible y su enraizada esperanza en “Dios, apasionado amante de la vida” (Sab 11,26; Laudato Si n.77 y 89)Por causa de lo atrevido de su propuesta recurre también a aquello sin lo cual la vida no tendría futuro: la virtud y el principio esperanza. “Invito a la esperanza que nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive” (n.55).

 La esperanza tiene una base objetiva: el carácter virtual de la realidad. El dato objetivo no es todo lo real. También pertenece a lo real lo potencial y lo utópico, lo que aún no es pero puede ser. El dato actual nos dice que estamos comportándonos como el Satán de la Tierra, como lobos unos con otros, rehenes de la cultura del capital, de la competición sin límites y del consumismo desenfrenado. Pero este dato no lo es todo ni estamos condenados a perpetuarlo. Dentro de nosotros existe también lo potencial y lo utópico viable, de ser los cuidadores de la vida, hermanos y hermanas unos de otros y con todos los demás seres de la naturaleza.

Tal propuesta es enfáticamente predicada por la Fratelli tutti.Ese potencial forma parte de nuestra realidad. Y si está potencialmente en ella, puede ser activado, puede ser hecho proyecto personal y político, y puede inspirar prácticas que darán un sentido salvador a la historia. La esperanza nos salvará de la desesperación y de la destrucción. Vale la pena esperar siempre contra toda esperanza.Mientras tanto, tomemos conciencia de los graves peligros que pesan sobre nuestro destino, como nos confirman los mejores nombres de las distintas ciencias de la vida y de la Tierra.

Damos solo algunos ejemplos:

El genetista francés Albert Jacquard nos dice «que estamos fabricando una Tierra en la cual a ninguno de nosotros nos gustaría vivir. Debemos apresurarnos porque la cuenta regresiva ha empezado» (Le compte à rebous a-t-il commencée?, 2009).

Norberto Bobbio, notable jurista y filósofo, aunque melancólico por temperamento, creía en las virtualidades de dos grandes revoluciones de Occidente: la de los derechos humanos y la de la democracia. Ambas servirían de base para su propuesta de un pacifismo jurídico y político, capaz de resolver el problema de la violencia como lógica del antagonismo entre los Estados. Pero los eventos del terrorismo globalizado, derrumbaron las convicciones del viejo y respetado maestro. En una de sus últimas entrevistas declaró:

«No sabría decir cómo será el Tercer Milenio. Mis certezas caen y solo agita mi cabeza un enorme enorme punto de interrogación: ¿será el milenio de la guerra de exterminio o el milenio de la concordia entre los seres humanos?».

Al final de su vida, el gran historiador Arnold Toynbee (+1975), después de haber escrito diez tomos sobre las grandes civilizaciones históricas, dejó consignada esta opinión sombría en su ensayo autobiográfico Experiencias, de 1969:«Viví para ver el fin de la historia humana tornarse una posibilidad intra-histórica capaz de ser traducida en hechos, no por un acto de Dios sino del hombre».

Las advertencias de Martin Rees, astrónomo real del Reino Unido son muy serias. Con base en muchos conocimientos a los que tiene acceso afirma en su libro La Hora Final: alerta de un científico (2005): «La humanidad está en mayor peligro del que haya estado en cualquier otra época de su historia… nuestra oportunidad de sobrevivir hasta el fin de este siglo no pasa del 50% » (203.205) .

También es momento de citar, por su gran autoridad, la advertencia de uno de los mayores historiadores del siglo XX, Eric Hobsbawn, en su conocido libro-síntesis La Era de los Extremos (1994). Concluyendo sus reflexiones, considera:

«El futuro no puede ser la continuación del pasado… Nuestro mundo corre el peligro de explosión e implosión… No sabemos hacia donde vamos. Sin embargo una cosa es clara: si la humanidad quiere tener un futuro que valga la pena, no puede ser a base de prolongar el pasado o el presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base, vamos a fracasar. Y el precio del fracaso, o sea, de la alternativa a un cambio de la sociedad, es la oscuridad» (p.562).

La pandemia de la Covid-19 nos deja una grave advertencia: si continuamos agrediendo la naturaleza y a la Tierra puede sucedernos algo todavía peor: otros virus más letales que el de la Covid-19 podrán asaltarnos. Esta situación suscita una indagación humanista y filosófica: ¿es posible tener todavía esperanza en el ser humano, en el sentido de ver y sentir al otro como hermano y hermana? ¿Puede él mejorar desde el punto de vista de las relaciones sociales, de la moralidad y de la humanidad o estamos condenados a vivir nuestra tragedia histórica hasta el fin, hasta nuestra autodestrucción?

El Papa Francisco en sus encíclicas ecológicas no excluye semejante tragedia (Cf. Laudato Si n.161).Seguramente no hay ninguna respuesta cabal para interrogaciones tan radicales, pero si en la pos-pandemia no iniciamos una transformación sustancial en la forma de producir, distribuir, consumir y en la forma de relacionarnos con la naturaleza, entonces sí podemos vernos sorprendidos con la destrucción de gran parte de la humanidad, o de toda ella. La Madre Tierra, entre dolores por perder hijos e hijas queridos pero rebeldes, continuará su trayectoria alrededor del Sol, pero sin nosotros.*

Leonardo Boff, ecoteólogo, filósofo ha escrito El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amor y amistad social, que será publicado en breve por la editorial Vozes.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Fra Éloi Leclerc che ha scoperto la fraternità di San Francesco a Buchenwald e Dachau. E l’ha trasmessa a Papa Bergoglio (di Leonardo Boff)

Di redazione – 31/01/2021 Faro di Roma

La figura del francescano francese Éloi Leclerc, autore del best-seller “La sapienza di un povero”, morto nel 2016 all’età di 95 anni nella casa di riposo delle Piccole Sorelle dei Poveri a Saint-Servan, in Francia, è evocata da Leonardo Boff, il più grande teologo brasiliano, in un saggio sulla fraternità umana nell’ottica dell’enciclica Fratelli tutti di Papa Francesco, ospitato da RaiNews nel blog Confini di Pierluigi Mele.

Nel testo, Boff propone una vera e propria etica della fraternità universale. È l’utopia di Francesco d’Assisi, di cui frate Éloi si è fatto cantore sino agli ultimi giorni della sua vita, che è stata come spezzata in due parti ben distinte: una prima, quella della giovinezza e della formazione francescana, culminata nell’esperienza del dolore e della crudeltà, con l’internamento nei lager tedeschi sino alla fine della guerra; la seconda totalmente consacrata alla testimonianza di un mondo diverso, che nasce dal riconoscere la bontà originaria della creazione di Dio: un riconoscimento che diventa chiamata per l’uomo ad accogliere la fraternità che gli è donata e che chiede di essere accolta con gratitudine.
La seconda parte della riflessione di Boff sarà pubblicata nei prossimi giorni sempre dal blog Confini. Di seguito le prime pagine del saggio di Boff

Il tema della fraternità universale è stata la preoccupazione insistente di uno dei migliori conoscitori degli ideali di Francesco di Assisi: il francese Eloi Leclerc in molte delle sue opere, specialmente nella “Saggezza di un povero” (Parigi 1959) e “Il Sole nasce ad Assisi” (Parigi 1999). Non parla in modo teorico ma da una terrificante esperienza personale. Giovane frate francese, anche se non ebreo, fu portato in Germania precipitando nell’inferno dei campi di sterminio nazisti a Buchenwald e Dachau. Ha conosciuto la banalità del male, le uccisioni compiute dalle SS per il semplice gusto di uccidere, le torture e le umiliazioni che segnavano la sua anima come ferro rovente.

Dopo la Shoah è possibile la fraternità umana?

Scosso nella fede nell’essere umano e dubitando dell’intero ideale di una fraternità umana, cercò disperatamente un raggio di luce che provenisse dal nulla. Anche dopo la sua liberazione per opera degli Alleati nel 1945, iniziò ad avere paura di ogni essere umano. Confessa: “di notte, mi svegliavo di soprassalto, il sudore colava e la mia anima si riempiva di paura; quelle immagini di orrore ritornavano sempre e mi perseguitavano; non potevo cancellarle” (p.33). E continua: “Che il Signore mi perdoni, se a volte di notte, questo vecchio che sono diventato, alza gli occhi inquieti al cielo, cercando un poco di luce” (p.31).

Caricava dentro di se i carnefici nazisti che lo perseguitavano e li suscitavano terrificanti domande sul destino umano e la sua capacità di distruggere vite indifese. Lo stesso trauma, più che psicologico, che invade e distrugge ogni essere umano dentro e fuori, è stato vissuto dal domenicano brasiliano padre Tito Alencar, che è stato barbaramente torturato dal delegato di polizia Fleury. Ha interiorizzato la sua immagine perversa in una forma tale da sentirsi sempre perseguitato da lui fino a quando, non sopportandolo più, ha posto fine alla sua vita, preferendo morire piuttosto che vivere una tortura permanente. Questa terribile esperienza è stata vissuta anche da padre Eloi Leclerc che, dopo una lunga e dolorosa riflessione, ci ha donato una piccola luce tremula indicando la possibilità di una fraternità universale, ispirata nei poverelli di Assisi.

In mezzo all’agonia: il Cantico delle Creature

È stato l’incontro con questa figura e con il suo esempio che ha fatto sì che alcuni raggi di sole apparissero nella sua anima ossessionata, facendogli sopportare le immagini dell’inferno umano. Narra di un fatto misterioso accaduto sul treno scoperto e carico di prigionieri che per 28 giorni da Buchenwald viaggiò da un luogo a un altro fino a fermarsi a Dachau, alla periferia di Monaco. C’erano tre confratelli, uno dei quali agonizzante. Nel mezzo dell’inferno irruppe qualcosa dal cielo. Senza sapere perché, mossi da un impulso superiore, iniziarono a cantare con voci quasi impercettibili il Cantico delle Creature di San Francesco. La fitta oscurità non poteva impedire la luce del Signore e del fratello Sole e la generosità della madre e della signora Terra. Nel Cantico si celebrano l’incontro dell’ecologia interiore con l’ecologia esteriore e il rapporto tra Cielo e Terra, da cui nascono tutte le cose. La domanda che sempre attraversava la sua gola: è possibile la fraternità tra gli esseri umani e con gli altri esseri della creazione? Questa esperienza tra agonia e abbaglio non potrebbe contenere un’eventuale risposta piena di speranza? Almeno si è aperto un tremulo lampo. Tale shock esistenziale lo motivò a studiare e ad approfondire quella che sarebbe stata la singolarità di questa figura assolutamente eccezionale nell’insieme delle agiografie.

La scoperta della fraternità nel volto del Crocifisso

Leclerc descrive, allora, il processo di costruzione della fraternità universale nella storia di Francesco di Assisi. Figlio di un ricco mercante di stoffe, considerato il re della gioventù dorata della città che viveva di feste e abbuffate, cominciò improvvisamente a rendersi conto della futilità di quella vita. Passava ore nella cappella di San Damiano, contemplando il volto dolce e tenero di un crocifisso bizantino. Qualcosa di simile faceva Dostoievsky: una volta l’anno viaggiava fino a Dresda in Germania per contemplare in una chiesa, per ore, la bellezza di un quadro di Maria straordinariamente sbalorditivo. Aveva bisogno di questa contemplazione per placare la sua anima tormentata. Nel romanzo I fratelli Karamasov ha lasciato questa frase stimolante: “la bellezza salverà il mondo”.

Così fu la dolcezza e lo sguardo misericordioso del Cristo bizantino che, similmente a Dostoevskij, conquistò quel giovane in profonda crisi esistenziale, cambiando il destino della sua vita. Lo convinse la fede nel Creatore che creò una fraternità fondamentale, facendo sì che tutti gli esseri, piccoli e grandi, inclusi gli umani e lo stesso Gesù di Nazareth, fossero tutti originati dalla polvere, dall’humus della Terra. Tutti hanno la stessa origine, formano una fraternità terrena.

In questo contesto di umiltà vale la pena ricordare ciò che San Paolo scriveva ai lettori della sua lettera agli Efesini: “Abbiate gli stessi sentimenti che aveva Cristo. Essendo Dio, non faceva caso alla sua condizione divina; si fece ultimo e assunse la condizione di servo per solidarietà con gli esseri umani; si presentò come un uomo semplice; si umiliò obbedientemente fino alla fine e alla morte in croce” (la più umiliante delle pene imposte ai sovversivi: Flp 2,5-8).

Alla luce di queste intuizioni, Francesco dimenticò la sua condizione di figlio di un ricco mercante, scoprì l’origine comune di tutti gli esseri, dalla polvere della terra, dal suo humus e contemplò l’umiltà di Cristo ritratto nel sereno e dolce volto del crocifisso bizantino. Siccome era concreto e risoluto in tutto ciò che si proponeva, ne trasse subito una conclusione: mi unirò solidariamente a coloro che sono più vicini al Crocifisso: i lebbrosi e con loro vivrò quello che ci fa, per la creazione, fratelli e sorelle e creerò una fraternità radicale con loro. Confessa nel suo testamento: “quella che prima mi sembrava amarezza ora emerge come dolcezza”. Conosciamo il resto della saga del Sole di Assisi come la chiama Dante nella Divina Commedia.

Tuttavia, Eloi Leclerc non si accontentò con l’esperienza illuminante del Cantico delle Creature. Una domanda angosciante non gli dava tranquillità: qual è l’ostacolo maggiore che impedisce la fraternità umana e con tutte le creature? Quale energia perversa è questa che produce i massacri e l’eliminazione sommaria di persone, considerate inferiori o subumane, come avvenne nei campi di sterminio? È giunto a questa conclusione: è la volontà di potenza.

Dove predomina il potere, non c’è né amore né tenerezza

Come aveva già percepito C.G. Jung, questa volontà di potenza costituisce l’archetipo più pericoloso dell’essere umano, perché gli dà l’illusione di essere come Dio, disponendo a suo piacimento della vita e della morte degli altri. E concludeva: “dove predomina il potere non c’è tenerezza né amore”. Quando diventa assoluto, il potere si rivela micidiale ed elimina tutti quelli che fanno sentire un’altra voce (p.30). Ora, le nostre società storiche (con l’eccezione dei popoli originari) sono strutturate intorno alla volontà del potere-dominio e di sottomissione di tutto ciò che si presenta: l’altro, i popoli, la natura e la vita stessa. Egli introduce la grande divisione tra quelli che hanno potere e quelli che non l’hanno.

Finché prevarrà il potere-dominio come asse strutturante di tutto, non ci sarà mai fraternità tra gli esseri umani e con il creato. Poiché quest’archetipo è umano, è latente dentro ciascuno di noi. In noi si nascondono un Hitler, uno Stalin, un Pinochet e un Bolsonaro. Lo stesso Leclerc confessa: “Mi sono sentito risvegliare in me stesso, la bestia assetata di vendetta” (p.32). Dobbiamo mettere sotto un severo controllo questa figura funesta che vive in noi, se vogliamo mantenere la nostra umanità. Se ci consegniamo alla seduzione del potere-dominio, rompiamo tutti i legami e l’indifferenza, l’odio e la barbarie possono occupare l’intero spazio della coscienza, come sta accadendo in diversi paesi del mondo, specialmente tra noi in Brasile. Allora emergono le sinistre figure, persino necrofile, menzionate.

Questo fatto drammatizza ulteriormente la domanda audacemente proposta da Papa Francesco in Fratelli tutti: l’urgenza della fraternità universale e dell’amore senza frontiere. Saranno possibili o costituiscono una mera e santa ingenuità? O forse sia un appello tra disperante e speranzoso, comprensibile di fronte a quanto più volte ripetuto da Papa Francesco: “O ci salviamo tutti o nessuno si salva”. Può darsi che ci sia offerta dalla Terra stessa, chissà, dall’universo stesso, una definitiva chance: o cambiamo e così ci salveremo o la Terra continuerà a girare intorno al sole, ma senza di noi.

Due anni fa, nel febbraio 2019, Papa Francesco, in visita negli Emirati Arabi Uniti, firmò ad Abu Dahbi un importante documento con il Grande Imam Al Azhar Amad Al-Tayyeb “Sulla fraternità umana in favore della pace e della comune convivenza”. In seguito, l’ONU ha stabilito il 4 febbraio come la Giornata della fraternità umana.

Sono tutti sforzi generosi che mirano, se non a eliminare, almeno a minimizzare le profonde divisioni che prevalgono nell’umanità. Aspirare a una fraternità universale sembra essere un sogno lontano, ma sempre desiderato.

Leonardo Boff

Por fin descubrimos el planeta Tierra

Leonardo Boff*

Uno de los efectos positivos de la irrupción de la Covid-19 en nuestras vidas ha sido el descubrimiento del planeta Tierra por toda la humanidad. Nos hemos dado cuenta forzosamente de que existe una íntima conexión entre la vida humana, la naturaleza y el planeta Tierra. El virus no cayó del cielo; vino como contraataque de la Tierra, considerada como un supersistema vivo que siempre crea y se autocrea, y se organiza para mantenerse vivo y producir todo tipo de vida existente en este planeta. Particularmente los quintillones de quintillones de microorganismos que existen en los suelos y en nuestro propio cuerpo, verdadera galaxia (Antônio Nobre) habitada por un número incalculable de virus, bacterias y otros microorganismos. 

El contexto del virus, casi nunca citado por los analistas de las redes de comunicación, es el sistema capitalista anti-naturaleza y anti-vida. Él hizo que el virus perdiese su hábitat y avanzase sobre nosotros. Ese sistema de producción y de consumo asalta despiadadamente la naturaleza, saquea sus bienes y servicios y destruye el equilibrio de la Tierra. 

Esta responde con el calentamiento global, la erosión de la biodiversidad, la escasez de agua potable y otros eventos extremos. Todos de alguna forma participamos de este ecocidio, pero los actores principales –es forzoso decirlo y denunciarlo – son el sistema del capital y la cultura del consumo descontrolado, y especialmente los millonarios con su consumo suntuoso. Por lo tanto, retiremos la culpa de la humanidad pobre, que colabora mínimamente y es víctima del mencionado sistema.

El ser humano, siempre curioso por saber más y más, ha hecho descubrimientos sin número: de nuevas tierras como las de América, de pueblos, culturas, todo tipo de aparatos, desde el arado hasta el robot, el submundo de la materia, los átomos, los topquarks y el campo de Higgs, lo íntimo de la vida, el código genético. Y no paran los descubrimientos.

Pero ¿quién descubrió la Tierra? Fue preciso que enviásemos astronautas fuera de la Tierra o hasta la Luna para ver la Tierra desde fuera de la Tierra y finalmente, maravillados, descubrir la Tierra, nuestra Casa Común. Frank White escribió en 1987 un libro The Overview Effect (tengo un libro firmado por él el 29/5/1989) en el cual recoge los testimonios de los astronautas emocionados hasta las lágrimas. 

El astronauta Russel Scheickhart nos revela: “Vista desde afuera, la Tierra parece tan pequeña y frágil, una mancha pequeña preciosa que puedes tapar con tu dedo pulgar. Todo lo que significa algo para ti, toda la historia, el arte, el nacimiento y la muerte, el amor, la alegría y las lágrimas, todo está en aquel punto azul y blanco que puedes tapar con tu pulgar. Desde esa perspectiva entiendes que todo ha cambiado… que tu relación ya no es la misma que la de antes” (White, p.200).

Eugene Cernan confesó: «Fui el último hombre en pisar la Luna en diciembre de 1972. Desde la superficie lunar miraba con temblor reverencial hacia la Tierra, en un trasfondo muy oscuro. Lo que yo veía era demasiado hermoso para ser aprehendido, demasiado ordenado y lleno de propósito para ser un mero accidente cósmico. Uno se siente obligado interiormente a alabar a Dios. Dios debe existir por haber creado aquello que yo tenía el privilegio de contemplar. La veneración y la acción de gracias surgen espontáneamente. Para eso debe existir el universo» (White p. 205).

Acertadamente comenta Joseph P. Allen: «Se ha discutido mucho sobre los pros y los contras de los viajes a la Luna, pero nunca oí a nadie argumentar que debíamos ir a la Luna para poder ver la Tierra desde fuera de la Tierra. Después de todo, esta debe haber sido seguramente la verdadera razón de que hayamos ido a la Luna» (White, p. 233). 

Efectivamente esta es la razón secreta e inconsciente de los viajes espaciales: descubrir la Tierra, el tercer planeta de un sol de quinta categoría, dentro de nuestra galaxia. El sistema solar en el cual está nuestra Tierra dista 27 mil años-luz del centro de la galaxia, la Vía Láctea, en la cara interna del brazo espiral de Orión. Ese sistema con la Tierra alrededor es casi nada y nosotros une quantité négligeable, cercana a cero. Y, sin embargo, desde aquí la Tierra a través de nosotros contempla el universo entero, del cual forma parte. Y a través de nuestra inteligencia, que pertenece al propio universo, él se piensa a sí mismo. Lo que cuenta en nosotros no es la cantidad sino la calidad, única, capaz de pensar, de amar el universo y de venerar a Aquel que lo sustenta permanentemente.

No solo descubrimos la Tierra. Descubrimos que somos aquella parte de la Tierra que piensa, ama y cuida. Por eso ser humano (homo en latín) viene de húmus, tierra fértil, y Adán procede de Adamah, tierra fecunda.

A partir de ahora nunca desaparecerá de nuestra conciencia que hemos descubierto la Tierra, nuestro hogar cósmico, y que somos la parte consciente, inteligente y amorosa de ella. Porque somos portadores de estas cualidades, nuestra misión es cuidar de ella como nuestra Casa Común, y de todos los demás seres que en ella habitan y que tienen el mismo origen que nosotros, por tanto son nuestros parientes.

Si es así, ¿por qué la hemos maltratado, superexplotado y estamos destruyendo las bases que sustentan nuestra vida? Si hay una lección que la Madre Tierra a través de la Covid-19 nos quiere transmitir es seguramente esta: 

«Tenéis que cambiar vuestra relación con la naturaleza y conmigo, si queréis que yo siga ofreciéndoos todo lo que necesitáis para vivir con una sobriedad compartida, en fraternidad y sororidad universales y bajo el cuidado amoroso con todos vuestros hermanos y hermanas de la gran comunidad de vida, tambiénmis hijos e hijas bien amados. En el pasado, en tiempos inmemoriales, os di a elegir entre “la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida para que vivas tú y tu descendencia. Esta promesa la mantendré siempre”» (Deut 30,19).

Escojamos la vida. Es el llamamiento de la Madre Tierra. Es el designio del Creador.

*Leonardo Boff es ecoteólogo y ha escrito Covid-19: el contraataque de la Madre Tierra contra la humanidad, Vozes, 2ª edición 2021.

Traducción de M.ª José Gavito Milano